No podía moverse. Su cerebro le ordenaba que se moviese pero estaba paralizada. "Muévete, muévete, responde, haz algo", gritaba internamente. Abrió la boca. No salió sonido alguno ni palabra articulada de su garganta. Adrien la miraba expectante. Empezaba a arrepentirse de su imprudente impulso. De soltarle todo aquello como mecanismo de defensa… o eso creía. Unos pasos en las escaleras los devolvieron a la realidad.

- Marinette. Adrien. Os traigo la merienda –se oyó la voz de Sabine cada vez mas cercana.

Los dos reaccionaron al mismo tiempo, precipitándose al escritorio y fingiendo hacer los deberes. Así fue como los encontró Sabine y con una dulce sonrisa, dejó la bandeja con unas deliciosos bollos y dos vasos de zumo de naranja. El corazón del rubio latía tan fuerte que le zumbaban los oídos.

- Hoy tengo tarea de Lengua. Sabes que soy un desastre en esta asignatura. ¿Te suenan los diptongos, los hiatos y esas cosas? –logró decir para aliviar la tensión.

Marinette se armó de valor para mirar a su amigo y asentir con la cabeza. Sabia que su madre los observaba.

- Es mas fácil de lo que crees –murmuró.

- Parece que os lleváis mejor –sonrió Sabine con agrado. Acarició la cabeza de Adrien afectuosamente- si necesitáis algo, decídmelo.

- Gracias, mamá

- Gracias, Señora Cheng

Cuando estuvieron solos y seguros de que nadie los oyera, Adrien hizo a un lado sus apuntes y se apresuró a explicarse cuando la peliazul estaba a punto de quejarse.

- Olvida lo que dije antes. Fue una tontería. Lo dije sin pensar. Es que estaba tan molesto y dolido porque no me hablases que… -dijo atropelladamente.

La joven no supo si sentirse decepcionada o aliviada. Pero tuvo que desechar la idea de inmediato. ¿Qué hacia pensando esas cosas? No es que le importase ahora la vida amorosa de su mejor amigo. Eran unos niños todavía al fin y al cabo. Por otro lado, debía admitir que su fría actitud estaba perjudicándolos a los dos. Suspiró largamente.

- Tienes razón. Yo… no me he portado bien contigo –esbozó una tímida sonrisa- lo siento de verdad.

Colocó su mano encima de la suya en la mesa. Ambos sintieron ese cosquilleo tan familiar que los recorría cada vez que se tocaban. Ya era tan conocido que se habían acostumbrado y les gustaba sentirlo. El muchacho se llenó de alivio con sus palabras y sonrió contento.

- ¡Volvemos a ser los mejores amigos! –exclamó en un arrebato de gozo y la abrazó fuertemente.

Su amiga ahogó un gritito de sorpresa y se echó a reír contagiada pro su alegría.

- ¡Bruto! ¡Suéltame! –le pidió entre risas, forcejeando con él.

Después de todo, la verdadera amistad podía superar cualquier obstáculo.

Reconciliados después de aquel bache, ambos jóvenes se llevaron mejor, intentando volver a ser los que eran. En el instituto, eran inseparables, aunque Adrien tuvo que soportar que Marinette lo abandonara con Nathaniel alguna que otra vez. Esto no pasaría si él no fuera tan celoso pero no podía remediarlo. Aquel pelirrojo era una amenaza directa. No había vuelto a hablar de sus sentimientos con su amiga, ¡ni siquiera sabia realmente cuales eran! Solo sabia que le molestaba sobremanera cualquier chico que se acercase a ella. Por otra parte, Chloe lo acaparaba cada vez mas y él se resignaba a hacerle compañía cuando Marinette no estaba. No tardo mucho en hacerse tremendamente popular y lo avergonzaba delante de todos, presumiendo de tener un amigo que era modelo. Irónico, ¿no? Eso lo avergonzaba. Su martirio se reducía a dos sencillas cosas: estar sin Marinette y soportar a Chloe.

Marinette no lo pasaba menos que él pero lo llevaba de manera diferente. A pesar de tener a su mejor amigo en el instituto, cosa que la hacia muy feliz, no podía dejar a Nathaniel, era una amistad que apreciaba y dado que Adrien no lo aceptaba, compartía algunos momentos con él a su costa. Cuando lo veía con Chloe, se entristecía y hasta llegaba a sentir alguna punzada de celos, pero confiaba en él. Si no era su novia, pues lo creía y ya está pero por razones mas que evidentes, esa rubia la sacaba de quicio. No le caía bien y siempre buscaba algún pretexto para humillarla. Que coincidencia que Adrien no estaba en ese momento. Cuando estaban a solas, se desahogaba con él. No le daba mucha importancia pero confiaba en que su amigo la entendiera.

Nathaniel parecía ser el punto neutro de la relación entre esos dos. Veía todo desde una perspectiva diferente y mucho mas amplia. Estaba encantado con la compañía de Marinette y a pesar de sus esfuerzos, no lograba congeniar con Adrien. No sabia que le había hecho a ese chico pero parecía molestarle que estuviera con Marinette. Con el tiempo, aprendió a no darle importancia y no crear problemas. Su pacifica persona lo persuadía a que dejara las cosas como estaban y disfrutara de los buenos momentos. Con Marinette a su lado, no necesitaba mucho mas y poco a poco, fue involucrándose con los compañeros. Iban y Mylene fueron sus primeros contactos. Eran gente tan maja que no se sintió intimidado. Lo cual era un gran paso para él. Quizás ese curso evolucionaba de manera muy positiva.

Nathalie caminó con paso firme escaleras arriba hacia el dormitorio matrimonial. Se detuvo a unos metros de la puerta, inspiró hondo, se colocó la camisa y tocó en la madera, esperando.

- Soy Nathalie

- Pasa

Obedeció, abriendo despacio y sin hacer ruido. Asomó la cabeza al interior. La habitación era espaciosa y las paredes estaban pintadas de negro. Solo los muebles, que constaba de un enorme armario empotrado, dos mesas de noche y un tocador, y la cama eran de un puro color blanco. El contraste era impresionante. Nathalie se acercó donde se encontraba el cuerpo de la señora Agreste tumbado en la cama. Se apreciaba a simple vista que estaba enferma: piel pálida, nariz congestionada y fiebre. A su lado, se encontraba una bandeja con su almuerzo. Casi no lo había tocado.

- Señora Agreste, con el debido respeto, pero tiene que comer

- Nathalie, por favor, ¿cuántas veces tengo que decirte que me llames María? –replicó con voz débil. Tiritó un poco bajo las mantas y tosió un par de veces.

La secretaria suspiró largamente. Siempre pasaba lo mismo con su señora. Estaba preocupada aunque no lo dejaba relucir. Ya llevaba una semana enferma y la fiebre no le bajaba.

- ¿Se ha tomado el tratamiento al menos?

- Solo es una gripe –farfulló intentando sonreír- estoy bien, en serio.

- Bueno, venia a comunicarle que el Señor Agreste está a punto de llegar y que insiste en que vaya al médico.

- No pienso ir al médico por una simple gripe

- Señora Agreste… -empezó pero la mirada fulminante de sus ojos verdes la hizo corregirse de inmediato- María… es solo por precaución. No es normal que la fiebre siga tan alta.

- Hoy ha bajado a 38 grados. Estoy mejorando –se removió un poco y se incorporó débilmente- ¿Ves?

- No seguiré discutiendo con usted. Y ahora túmbese de nuevo –se inclinó y detuvo su avance, recibiendo de vuelta una mirada de reproche- por favor…

María obedeció sin rechistar. En realidad se encontraba muy débil y cansada. Y pensar que todo había empezado por un maldito catarro. Luego vino el dolor de garganta, los estornudos. Y si seguía hilando, llegaba al presente. Nathalie se vio obligada a darle de comer la sopa de pollo porque María no tenia las fuerzas suficientes para sujetar el cuenco. Así las encontró el señor Agreste en la habitación. Dejó el maletín cerca de la puerta y desanudó la corbata de camino a la cama.

- Querida mía –se inclinó para depositar un beso en su frente- sigues ardiendo en fiebre. ¿No te has tomado las pastillas?

- Yo también me alegro de verte, Gabriel –murmuró con sarcasmo.

- No hagas esfuerzos y menos con sarcasmo –la cortó con seriedad.

- Apenas ha comido nada, señor Agreste. Si acaso el cuenco de la sopa –intervino Nathalie.

- Muy bien. No se hable mas. Ya he llamado al médico para que venga a verte

- No, Gabriel, por favor. Es una pérdida de tiempo –se quejó María con una mueca.

- Si no vas al médico por las buenas, pues el médico vendrá a casa. No tienes alternativa, querida. Detesto verte así –arrugó el entrecejo unos segundos. Odiaba ser duro con ella.

Su mujer bufó contrariada y reposó la cabeza en la almohada. Nathalie dejó el cuenco de la sopa en la bandeja y llamó al mayordomo para que se lo llevara. Gabriel le ordenó que suspendiera todas las reuniones de aquella semana. Quería estar con su esposa para cuidarla y velar por ella hasta que estuviera lo suficientemente recuperada.

- A propósito, señora Agreste, yo misma iré a recoger a su hijo al colegio. No se preocupe –le informó Nathalie antes de desaparecer por la puerta y ahorrarse la queja de ella por no llamarla por su nombre.

Media hora mas tarde, el médico se presentó en la mansión. Se trataba de un viejo amigo de la familia, el doctor Molina. Un señor de unos cuarenta y tantos, pelo canoso y rostro afable. Estrechó la mano de Gabriel.

- Gracias por haber venido tan rápido, Molina

- Faltaría mas. Veamos como se encuentra la señora de la casa –sonrió afectuosamente- con su permiso.

María no protestó y saludó al médico lo mejor que pudo. Solo deseaba dormir largo y tendido. Primero la auscultó en un primer examen básico: su respiración y el ritmo de su corazón; y después, examinó su garganta, sus oídos, los ganglios, así como la temperatura corporal y la tensión arterial. Guardó sus materiales en su maletín y anotó algo en una libreta.

- ¿Cómo la ves, Molina? –quiso saber Gabriel, disimulando muy bien su preocupación. Había estado observando todo en silencio.

- Pues… a simple vista, parece una gripe estacionaria. Nada alarmante. Tiene 38 grados de fiebre, la garganta inflamada, quizás faringitis, la respiración regular, el ritmo cardiaco un poco alterado y la tensión baja. Algo normal por la fiebre. Me preocupa que persista la fiebre. Debería bajar lo antes posible.

Gabriel le había informado de los medicamentos que se estaba tomando antes de que él viniera y los baños de agua fría. Sacó un libro de recetas y escribió en dos papeles. Se los entregó a Gabriel.

- Te dije que era una gripe –murmuró la voz somnolienta de María.

Molina sonrió y Gabriel carraspeó orgulloso. En las recetas figuraba los nombres de un antigripal y un jarabe para la faringitis. También le aconsejó que siguiera dándose baños de agua helada, que tomara infusiones de miel y tomillo. Estimaba su recuperación entre 7 y 10 días. Si surgía cualquier problema que contactara con él. Gabriel le dio las gracias y lo acompañó a la puerta, dejando descansar a María.

El tiempo fue pasando.

Adrien supo del estado de salud de su madre. Estaba preocupado como todos los que residían en la casa. Así que cuando terminaba los deberes o estudiaba para algún examen, empleaba parte de su tiempo libre a cuidar de ella. Alguna que otra vez, María lo reñía por no estar con sus amigos y que disfrutara. Pero él no se apartaba de ella. Era algo que no podía evitar. Velaba porque tuviera de todo y hasta Marinette la visitó para no sentirse solo y cuidarla juntos. Gabriel cumplió con permanecer en la casa y estar pendiente de su esposa y ella se lo agradecía sobremanera. No era la mejor manera de pasar tiempo juntos pero no se quejaba.

María empezó a sentirse mejor. Seguía a rajatabla todas las instrucciones del medico y tuvo resultados. El único inconveniente era la perdida de apetito. Gabriel volvió al trabajo, transcurrida la semana de reposo. No la descuidó. La llamaba cada vez que podía.

Al noveno día, algo cambió bruscamente. María empeoró. Surgieron otros síntomas como dolor abdominal y vómitos.

Y para colmo, Gabriel se la encontró una tarde al volver del trabajo desmayada en el cuarto de baño con la piel amarillenta. Se vino abajo en cuestión de segundos. Nathalie llamó a emergencias mientras el mayordomo ayudaba a su señor. Le tomaron el pulso y aun latía. Le sujetaron la cabeza y se aseguraron de que respirara. Cuando se quisieron dar cuenta, ya estaban en el Pitié-Salpêtrière, el mejor hospital de Paris.

Adrien corrió todo lo que le permitieron sus piernas. El corazón le quería salir por la boca. Casi tropezó al llegar a la casa de los Cheng. Aporreó la puerta. Sabine lo recibió con los ojos abiertos.

- ¡Adrien! Eras tú, ¿pasa algo, cariño?

- ¡Permiso! –dijo rápidamente el chaval, escurriéndose de ella.

- ¡Adrien!

Ignoró la llamada y subió las escaleras de dos en dos hacia la buhardilla, llamando a su amiga. La habitación estaba desierta. El desconcierto lo inundó. ¿Dónde estaba Marinette? Bajó las escaleras como una exhalación. Sabine lo detuvo abruptamente.

- ¿Dónde está Marinette? –exigió atropelladamente y con ojos desesperados.

- Calma, calma, estás muy alterado. ¿Va todo bien? –se preocupó.

- Necesito hablar con ella

- ¿No recuerdas que quedaste con ella hoy en el parque? –inquirió con calma.

Se golpeó la frente. Era estúpido. Había quedado con ella. ¿Dónde tenia la cabeza?

- Muchas gracias y perdona.

Se despidió torpemente y salió prácticamente huyendo de la casa. Le costó casi veinte minutos llegar al parque corriendo fatigosamente. Se paró para tomar aire justo cuando vio a su amiga sentada en el borde de la fuente, balanceando los pies. Reanudó la marcha. Marinette sonrió ampliamente al verlo.

- Hasta que por fin llegas. Ya estaba pensando que te olvidaste de mi –se burló de él, bajando de la fuente.

Su expresión cambió al ver su estado. Adrien le pidió con una seña que esperara mientras recuperaba el aliento. Los pulmones le fallaban y los jadeos eran muy ruidosos. Por no hablar del grado de sudoración que estaba experimentando.

- Mi madre… gripe, enferma… -farfulló.

- Adrien, tranquilo –se acercó a él y rodeó su cintura- vamos a sentarnos en ese banco.

Lo guió con cuidado hacia esa zona mientras notaba como su respiración volvía a ser normal. No se atrevió a soltarlo hasta que se sentaron. Esperó pacientemente.

- He venido lo mas rápido que he podido. Mi madre está en el hospital –soltó de golpe.

- ¿Cómo? ¿Tu madre? ¿Qué ha pasado? –se sorprendió la joven.

- Todo fue muy rápido. Se estaba recuperando de una gripe, ¿recuerdas? Y de repente… pumm! Cayó al suelo –gesticuló nervioso- papá me lo contó.

- A ver, a ver, pero ¿saben lo que tiene?

- Le están haciendo pruebas. Pero estoy muy preocupado. Quería contártelo.

- Bueno, bueno, está bien. Pero calma, ¿si?, ya verás que no le pasa nada malo a tu madre. A lo mejor es una recaída –acarició los mechones rubios de su rostro.

Poco a poco, el chico se tranquilizó y con un débil suspiro, recargó la cabeza en su hombro. Buscó su mano inconscientemente. Marinette dejó que sus dedos se entrelazaran.

- Gracias, bichito

- Para eso están los amigos –sonrió la peliazul con cariño.

María pasó muchos días en el hospital ingresada, sometiéndola a pruebas. Desde analíticas hasta procesos mas complejos. No lograban cazar la razón de su empeoramiento. Gabriel no sabia ni como actuar. No dormía apenas y comía lo justo y necesario, por mantenerse no por tener hambre. Por petición de ella misma y resignación por parte de él, algunos familiares se habían enterado: su suegra, su cuñado y una prima muy cercana. Todos estaban muy preocupados por la salud de María y esperaban resultados positivos. Solo cuando María parecía estar mejor, Gabriel le permitía a su hijo visitarla. No quería que viera a su madre en ese estado. Era un adolescente todavía y no sabia como podía tomárselo.

Una mañana, el médico que llevaba el caso de María, un tal doctor Jordan buscó al señor Agreste en la sala de espera. Se reunieron en su despacho para hablar en privado. Encima del escritorio habían varios papeles. Gabriel dedujo que serian los resultados de las pruebas.

- Bien, señor Agreste. Tome asiento por favor –le ofreció el doctor con amabilidad.

- No quiero ser borde pero preferiría que fuera al grano –espetó el hombre cruzándose de brazos.

El doctor Jordan levantó la vista y miró fijamente al señor Agreste con severidad. Hubo un tenso silencio. Dudó mientras ordenaba su despacho. Gabriel se impacientó. Estuvo a punto de recriminarle cuando el doctor por fin habló. Conforme hablaba y le contaba, su semblante fue cambiando. Su apagado tono de voz no ayudaba a asimilar la noticia. Las piernas le fallaron y tuvo que agarrarse del posa brazos de la silla. El médico le entregó unos papeles. Unas frases en negrita, especialmente destacables, lo hicieron tragar fuertemente. Por un momento, dejó de respirar. Alzó la mirada y Jordan asintió con pesar.

- Usted decide señor Agreste. Necesitamos su aprobación para empezar con el tratamiento.

- ¿Perdón? –murmuró sin haber escuchado nada. Le estaba costando asimilar tantas cosas.

- El tratamiento… ¿da su aprobación?

- ¿Podría dejarme a solas un momento por favor?

El doctor suspiró y asintió, apretando su hombro. Salió del despacho y en cuanto la puerta se cerró, Gabriel se hundió. Su vida había cambiado completamente.

¿Y ahora… qué?

Adrien se encontraba con su madre en su cuarto de hospital. La habían subido a planta después de realizarle dos pruebas en aquel día. Recién había llegado del instituto y llegaba con muchas cosas que contarle. Intentaba por todos los medios mostrarse optimista y alegre para no contagiarle la tristeza de verla enferma. No era fácil. Su madre estaba sonriendo mientras veía con ojos ilusionados una sesión de fotos de su hijo.

- ¿Cuándo te hiciste estas fotos?

- El fin de semana. Es para un anuncio publicitario de la nueva moda juvenil de invierno –explicó el muchacho acomodándose mejor en la cama.

- Están geniales. Fue Marinette contigo, ¿no? –recordó con cariño.

- Si. Le hacia mucha ilusión ir –asintió con entusiasmo.

María observó como los ojos verdes de su hijo le brillaban al hablar de su amiga. ¿Cuándo tardaría en darse cuenta? Estaba tentada a revelárselo ella misma. Pero no… debía averiguarlo él mismo. Sonrió dulcemente y acarició sus mechones rebeldes. Se inclinó para depositar un beso en la coronilla.

- Que orgullosa estoy de tener un hijo tan guapo –lo achuchó con fuerza.

- Mama, que me asfixias –se quejó riéndose

- Ahora te aguantas –se burló abrazándolo aun mas y él aceptó finalmente devolviéndole el abrazo.

Esos momentos eran los que mas amaba. Se quedarían siempre en su memoria y en su corazón. El pasar tiempo con su hijo, verlo crecer y ser una gran persona. Siguió admirando las fotos. En una de ellas, estaba sentado en en un sillón de piel, guapísimo con unos vaqueros oscuros y una cazadora marrón. Su cabeza estaba apoyada en sus nudillos y sus ojos verdes miraban fijamente a un punto cercano a la cámara. María alzó una ceja.

- Adrien… en esta foto no estarías mirando a Marinette, ¿verdad?

El chaval se esforzó por recordar ese momento en la sesión de fotos. Su expresión empezó a cambiar y su madre pudo jurar que las orejas estaban rojas. Se rascó la nuca, avergonzado.

- Emmm… puede ser –musitó con voz aguda. ¿Estaba nervioso?, tonto, claro que si.

- ¿Puede ser? –insistió la mujer con picardía.

- Oh, vale, está bien –se rindió desviando la mirada y sintiendo el ritmo de su corazón acelerarse.

Recordaba perfectamente lo que estaba haciendo su amiga en ese momento, como si la tuviera delante. Estaba concentrada en su libro de dibujos que el le había regalado. Parecía trazar algo y quizás había percibido su mirada porque había alzado sus preciosos ojos azules. Su tímida sonrisa le había ocasionado estragos. Momento perfecto para sacar la foto. Tenia una cara de embobado que le avergonzaba. Lo mas curioso es que su amiga no le había mostrado su dibujo posteriormente.

- Solo te tomaba el pelo –lo tranquilizó su madre, disimulando una sonrisa de satisfacción.

En ese momento entró Gabriel al cuarto. Salvado por su padre, quien lo diría. El hombre los observó con ternura pero se percibía una profunda tristeza en sus pupilas. Besó en la frente a María.

- ¿Cómo te encuentras hoy?

- Un poco cansada eso es todo –sonrió ella. Lo miró a los ojos con cariño- ¿mucho trabajo?

- Sabes que no trabajo desde que estás aquí –replicó suavemente.

Ella no discutió.

- Adrien, sal un momento, necesito hablar con tu madre. Nathalie te espera fuera.

- Vale –asintió el chico. No quería irse pero de nada servía rebatir a su padre. Se levantó y recogió las fotos. Besó a su madre en la mejilla- vendré después, ¿vale, mama?

- Está bien, cielo. Cuídate mucho. Sigue estudiando.

- Lo haré. Te quiero mucho

- Y yo a ti, hijo –respondió ella, conmovida y con unas tremendas ganas de llorar.

Cuando Adrien salió por la puerta, Gabriel tomó la mano de su esposa entre las suyas y acarició sus nudillos.

- No le has dicho nada aun, ¿verdad? –rompió el silencio en un murmullo grave.

- No es algo fácil de decir, Gabriel

- Lo sé. Pero tiene derecho a saberlo, ¿no?

- Es un niño todavía –susurró con el dolor latiendo en su cuerpo si su hijo se enterase.

- Algún día tendrá que aceptarlo.

- ¿Tú lo has aceptado? –lo miró fijamente, esperando respuesta.

Pero esa respuesta no llegó, por supuesto. Gabriel no estaba dispuesto a admitir nada. La sola idea le comía por dentro, acabando con su propia cordura. Respiró profundamente antes de continuar.

- He hecho algunas llamadas… -le informó, desviando sus ojos al anillo de bodas- si todo sale como espero, mañana mismo te trasladaran a otro hospital…

- Gabriel, sabes que eso no solucionará…

- …en Suiza –la cortó él sin escucharla.

- ¿En Suiza? ¿Estás loco? –abrió los ojos desmesuradamente- ¿has perdido la cabeza?

- Puedo perder mucho mas sino lo intento todo –rebatió apretando la mandíbula- un amigo mío tiene un médico especializado en tu caso. Cree que puede solucionar tu problema.

- Ambos sabemos que no se puede hacer nada –dijo ella con pesar.

- ¡No! –exclamó con mas dureza de la que pensaba y el cuerpo de su mujer tembló- ¡me niego a creer eso!

Se incorporó violentamente y paseó por la habitación alterado. Se pasó las manos por el pelo, se colocó las gafas y respiró varias veces para calmarse.

- Gabriel… -murmuró María. El labio inferior le temblaba. Aquella situación no era nada fácil para ambos.

- No puedo quedarme quieto. Si hay una mínima posibilidad, yo… -calló abruptamente y volvió junto a ella- ¿no entiendes que puede haber una solución?

- Quiero creer que si. Pero ya oíste al doctor…

- Él puede decir lo que quiera, pero hay médicos mucho mejores que él. Te mereces la mejor atención médica y…

- Gabriel…

- … te harán mas pruebas, el mejor tratamiento y te recuperarás…

- Gabriel…

- … la sola idea de perderte, yo…

- ¡Gabriel! –logró alzar la voz, lo que provocó que tosiera y él se callara- yo solo quiero una cosa.

- Lo que sea, querida mía –oprimió su mano con afecto, expectante.

- Que estés conmigo, pase lo que pase. Necesito a mi familia a mi lado –sollozó sin poder contener las lágrimas- no necesito ir a Suiza. Solo a vosotros dos.

- Pero María… es lo mejor. Estaremos contigo, pero confía en mi. En Suiza, cuidarán de ti.

- No podemos hacerle esto a Adrien. Separarle del colegio, de sus amigos.

- Tendrá que aceptarlo. Ya es mayorcito –rebatió con sencillez.

- No es justo, Gabriel. Tú no lo entiendes

- La que no lo entiendes, eres tú. Y no pienso discutir mas. Iremos a Suiza y punto.

La noticia del viaje a Suiza le sentó como una bomba a Adrien. ¿Viajar a Suiza? ¿En serio? Aquello debía ser una broma muy pesada. Su padre había sido tan directo y frío cuando habló con él. Notaba que le ocultaba algo. ¿Seria de mamá? Pero se estaba mejorando, no entendía por qué tenían que irse tan lejos. No recibió ninguna explicación al respecto. Solo la orden de su padre. Era tan frustrante. Pero lo peor, ¿qué hacia ahora? Iba a dejar todo. Su casa, su vida en Paris, su instituto… El corazón le dio un vuelco. Marinette. Se iba a separar de Marinette. Eso no podía ser verdad. De pensarlo, le dolía. No tardó en llamarla para hablar con ella. Callarse no era su fuerte. Se presentó en su casa y como siempre, la señora Cheng lo recibió afectuosamente. No estaba de humor pero logró devolverle el saludo.

- ¿Cómo está tu madre, jovencito? La ultima vez que la vi, no tenia buen aspecto.

- Está mejor –fue lo único que respondió.

Subió escaleras arriba al cuarto de su amiga. En cuanto la vio, ni se lo pensó dos veces. Fue hacia ella y sin mediar palabra, la estrechó fuertemente con sus brazos. Marinette casi se ahogó por la presión en su pecho.

- Adrien, ¿qué…? –intentó hablar pero su amigo la abrazó aun mas, haciéndola guardar silencio.

Conmovida, le devolvió el abrazo y apoyó la cabeza en su hombro. Percibió con fuerza el aluvión de emociones que estaba sintiendo su amigo y la empatía natural que compartían la inundó por dentro. Le susurró al oído palabras tranquilizadoras y acarició su espalda con movimientos circulares. Notó como temblaba. La mataba verlo así. No supo cuanto tiempo estuvieron abrazados pero Adrien no se separó de ella hasta que se sintió un poco mejor. Sus ojos verdes brillaban por las lagrimas y tenia la nariz roja. Ella lo miró con tristeza y preocupación. Lo tomó de la mano y lo guió hacia su cama para sentarse en el colchón. No dijo nada, esperando pacientemente a que el tomara la palabra. Adrien sorbió por la nariz y se pasó la manga de la mano por ella.

- Voy a irme, Mari –soltó en un débil murmullo- voy a irme de Paris.

Marinette palideció. De todas las cosas que podrían habérsele pasado por la cabeza, aquello no se lo esperaba. ¿Había oído bien? ¿Se marchaba? Antes de que pudiera replicar, Adrien empezó a contarle la charla que había tenido con su padre. Hablaba con tanta tristeza y amargura que se estremeció mas de una vez y las lagrimas amenazaban con salirle.

- ¿No hay ninguna solución? –logró decir con voz débil.

- ¡Ojalá! Pero con ese viejo canoso no hay quien hable –gruñó cabreado. Apretó los puños. Las gotas saladas recorrían sus mejillas sin piedad.

- Oh, Adrien –oprimió su brazo- no hables así de él. También lo esta pasando mal.

- ¡Al cuerno! ¿Quién es él para hacerme esto?

- Pero si me acabas de decir que es por tu madre, ¿no?

- Mi madre está mejorando, ¿vale? No entiendo por qué tenemos que irnos.

- Pues no sé… a lo mejor lo que tiene tu madre no se puede arreglar aquí. ¿Te has parado a pensarlo?

- ¿Y que mas da? Me iré con ellos, sea como sea. No quiero separarme de ti, ¿entiendes? –la miró a los ojos con dolor.

Sin soportarlo mas, lo abrazó con fuerza y dejó que llorara en silencio. Ella también lloró. ¿Cómo no hacerlo? Estaba a punto de separarse de su mejor amigo. Les dolía mucho a ambos. Tantas cosas compartidas.

- Oye… quizás… no sé… podríamos llamarnos todos los días. Mandarnos cartas incluso. No tenemos que perder nuestra amistad solo por la distancia –razonó impulsada por sus emociones.

Adrien se separó lentamente y la miró a los ojos, pensando en sus palabras. ¿Y si tenia razón? No tendrían por qué dejar su amistad. Seguiría doliendo muchísimo pero oír su voz todos los días podría menguar su tristeza.

- No quiero separarme de ti… -volvió a repetir.

- Ni yo tampoco –sonrió con tristeza- pero ambos sabemos que no podemos hacer nada contra eso. Lo único que podemos hacernos es seguir en contacto.

- ¿Crees que funcionará? –medio sonrió

- Yo quiero que funcione. Somos los mejores amigos del mundo, ¿no? –intentó animarlo.

- Claro que si –agrandó la sonrisa- los mejores. No hay mejor persona que tú.

- Pues hecho. No nos desanimemos. Hablaremos todos los días y nos contaremos nuestras cosas. Incluso podríamos visitarnos

- Eso seria genial. Y podríamos dar una fiesta cuando mi madre se recupere.

- A lo grande –puntualizó riéndose.

Y así poco a poco, se animaron y se dieron apoyo mutuamente. Pasaron una agradable tarde entre juegos, risas y vieron la tele juntos. Adrien agradeció tremendamente la compañía de su bichito. Al mirarla solo podía pensar en lo afortunado que era. Por su parte, Marinette era muy feliz a su lado, podía ser ella misma y al mirarlo, sabia que no había mejor amigo que el para su persona. No eran conscientes del ritmo errático de sus corazones al cruzar miradas ni el cariño implícito cuando hablaban o el simple hecho de disfrutar de la compañía del otro.

El viaje a Suiza fue mas pronto de lo esperado y ya todo estaba preparado. Adrien y Marinette se despidieron en el aeropuerto y se desearon lo mejor con la mejor sonrisa que pudieron, dadas las circunstancias y prometiéndose contacto diario. La despedida fue muy agridulce.

Pasaron los días, las semanas y los meses. Como los grandes amigos que eran, cumplieron y hablaban todos los días sin importar la hora. La carga que soportaban era mas ligera gracias a ese contacto. Se contaban todo con sumo detalle. De la madre de Adrien no hablaban mucho, mas que nada por la escasa información. Gabriel informaba a su hijo de lo esencial para que supiera de ella. Lo importante era que parecía mejorar y que haberla trasladado era la mejor idea. Eso tenia contento al chico. Sin embargo, a partir del cuarto mes de la separación, las cosas cambiaron. Marinette daba fe de ello. Las cartas llegaban mas tardes, alguna que otra llamada no sonaba y no contestaba los mensajes de WhatsApp. De comunicarse todos los días, pasaron a ser cuatro días. Y así poco a poco, el contacto se fue diluyendo hasta que al sexto mes, Marinette no recibió señal alguna de su mejor amigo. Ni él de ella.

Continuará….


-AUTORA-

Hola a todos! Sigo viva aunque no lo creáis! jejeje. Disculpenme de verdad. Miren antes que nada, si por lo que sea vuelvo a ausentarme por un largo periodo, en mi perfil suelo actualizar mi situación para que sepáis de mi y el por que de mi ausencia.

No me merezco que seáis pacientes conmigo así que espero de corazón que este capitulo compense.

Reviews a esta arrepentida escritora?

Dama Felina.