Capítulo 76: Elanna como Sara, Zira como Agar.

"Según refiere la sagrada escritura, Abraham tuvo dos hijos, el uno tenido de la esclava (Agar), y el otro de su mujer legítima y libre (Sara); pero el tenido de la esclava nació según la carne, esto es, según el curso natural, sin milagro o promesa, de joven y fecunda, y el nacido de la mujer libre, contra el curso ordinario de la naturaleza, nació de vieja y estéril, por virtud de la divina promesa, lo cual debemos entender, no sólo, literalmente, sino también espiritual, y alegóricamente.

San Agustín"

Pasó un mes y medio lleno de amor y felicidad matrimonial para El Rey Scar y su amada reina Elanna. Nunca se habían sentido más felices y enamorados en toda su vida. La química que había entre ambos era perfecta.

Los dolores corporales de Scar, así como sus ataques de Asma, se habían reducido considerablemente gracias a los delicados y atentos cuidados de su dulce esposa. Los malos sueños también eran levemente alejados de la mente del león de oscura melena; cuando Scar tenía pesadillas, Elanna siempre estaba ahí para despertarlo y reconfortarlo. El corazón de Elanna era dulce, y cálido como un beso de amor verdadero.

Por otro lado, los vientres tanto de Elanna como Zira, día a día comenzaban a verse más y más abultaditos; Por un lado, la primera estaba muy feliz, pues sabía que ese pequeñito que esperaba en su vientre era el producto del amor entre ella y su amado esposo. Cada vez que recordaba la maravillosa clase de cacería en la que lo había concebido se sentía dichosa. En cambio Zira sentía mucho miedo y temor, ya que llevaba en su vientre un cachorro de un león que sólo había visto una vez en su vida, le daba rabia recordar que Scar no era el padre, además se sentía culpable. Tal vez Scar no la quería, pero de alguna manera ella se sentía como la peor de las infieles, porque desde pequeña ella se prometió que al único león al que le entregaría su corazón sería a Scar. A nadie más.

Un día cuando iba a tomar agua, la envidiosa leona encontró a Elanna y a Scar hablando, entonces para espiarlos se agazapó entre silenciosamente entre los pastizales.

—¡Oh, Elanna, qué feliz me haces!, ¡A tu lado me siento dichoso, y la satisfacción se incrementará cuando seamos tres!— decía el león mientras acariciaba el vientre de la feliz reina.

—Este pequeño es el más grande símbolo de nuestro amor —le contestó Elanna a su esposo, besándole la mejilla con ternura.

Los ojos de Zira destellaron de furia, y en silencio se alejó perdiéndose entre los pastizales. Cuando estuvo sola, se sentó un momento y comenzó a arañarse el vientre de manera más o menos brusca. Se dejaba marcas en la piel.

—Creo que tú, pequeño, me serás de mucha utilidad para lograr mis objetivos. —Susurró de manera perversa.