Buenas noches a todos ;D
He traído limones, muchos limones, ¿Quien quiere limonada? XD jajaja
Aquí tienen el tercer capítulo, comencemos con la calentura XD y por favor regálenme un comentario ;D
Saludos.
Nota: ¿Recuerdan el diván de Irasue? (Kanketsu-hen cap 9), pues Sesshomaru tiene uno muy parecido, sólo que menos decorado y su color es negro aterciopelado. Comiencen a imaginar por favor XD
Atención: InuYasha y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Yo solo escribí la historia porque me encanta este anime.
Capítulo 3: El Diván
Diana caminó hasta llegar al jardín interno, donde se sentó a observar el cielo y a meditar su situación. A pesar del chantaje y las amenazas de Sesshomaru, ella buscaría la manera de desquitarse. No podía dejar las cosas así, después de todo, ella no era una inocente damisela en desgracia.
Entonces comenzó a remembrar su anterior vivencia, era inevitable recordar que no lo había pasado tan mal, a pesar de las consecuencias físicas que había tenido que soportar. Sin embargo, pocas veces en la vida se tiene la oportunidad de experimentar orgasmos que te dejan al borde del colapso. Y sí, tenía que reconocer que el sobrenatural gobernante de ese lugar, era muy hábil en los menesteres de la carne.
Para despejarse de tan insinuantes recuerdos, decidió dar un recorrido y así volver a familiarizarse con los pasillos y las habitaciones, dado que estaría al menos un par de días en ese lugar.
Un rato después sus pasos la llevaron al gran salón, donde comenzó a observar las paredes, admirando de nueva cuenta las pinturas que decoraban la estancia. De nuevo ese perro blanco retratado en el muro principal le llamó la atención, era hermoso, lo tenía que reconocer.
– ¿Te agradan los perros?– inquirió de la nada una voz.
La presencia de Sesshomaru la sobresaltó y su estómago volvió a contraerse al verlo entrar al salón. Dudando al principio, decidió contestar con indiferencia.
–No, no son de mi agrado… prefiero a los felinos, son mejores que los caninos– expresó Diana.
El Lord gruñó por lo bajo, algo le incomodó de esas palabras.
– ¿Qué?, ¿Por qué esa reacción, acaso dije algo malo?– preguntó la mujer.
–Los felinos son criaturas molestas– contestó el Lord.
–No sé como sean los gatos de éste lugar, pero de donde yo vengo son animales hermosos, inteligentes e independientes. Si me dan a elegir, siempre voy a escoger a un gato por encima de un perro– aseguró de nueva cuenta la joven sin darle importancia al extraño gesto del demonio.
–Guarda silencio– ordenó imperativo.
–Bah, que sensible resultó el amo de éste lugar– pensó con burla Diana mientras lo veía tomar asiento en su hermoso diván.
– ¿Te agrada éste lugar?– volvió a preguntar de la nada Sesshomaru.
– ¿Qué?... ¿Te refieres al salón?– cuestionó ella como respuesta.
–Me refiero a éste lugar– dijo, señalando el mueble donde ahora reposaba.
Diana desvió la mirada, lo observó e inmediatamente comprendió su insinuación.
–Tú quieres…– trató de preguntarle, pero con un gesto de su mano le indicó que se acercara.
La mujer sintió el latigazo de nervios en su espalda al obedecer. Sesshomaru se reclinó ligeramente mientras ella se aproximaba, hasta quedar frente a él.
–Comienza– ordenó, mirándola a los ojos, esperando a que ella supiera interpretar sus deseos.
La joven estaba un poco desconcertada, así que cerró los parpados y respiró profundamente.
–Está bien, debo adivinar lo que quieres que haga… interesante juego– pensó, al tiempo que lo miraba de nuevo.
Diana llevó lentamente sus manos hacia el pecho de Sesshomaru, sobre su armadura, después comenzó a subir por sus hombros.
–Supongo que debo quitarte esto primero– dijo ella con tono suave, él no respondió, sólo la miraba.
Sus manos sujetaron la esponjosa estola y con calma la fue juntando.
–Pero que suave es…– pensó, al dejarla a un lado.
Después su mirada se dirigió a la extraña tela amarilla y azul que hacía de cinturón. Sus manos deshicieron el nudo y por un instante dudó antes de aflojar completamente el cinto. Sesshomaru notó la pausa y dirigió la vista hacia lo que había llamado la atención de la mujer, sus katanas.
–No toques…– trató de decir, sin embargo no pudo terminar la frase.
Diana ya tomaba ambas espadas por sus respectivas empuñaduras, cosa que sorprendió al Lord del Oeste, puesto que pensaba, que solamente él podía sujetar dichas armas y que reaccionarían de alguna extraña manera ante el tacto de una humana. Sin embargo no fue así, lo que se le hizo curioso.
– ¿Sucede algo, no debía tocarlas?– preguntó ella con duda, mientras las sostenía.
– ¿No te lastima su tacto?–
–Pues… no, no siento nada. A menos claro, que las desenfunde y pruebe su filo. Pero sinceramente, me ponen muy nerviosa las armas de éste tipo, así que las voy a colocar aquí– dijo Diana con calma, dejando ambas katanas sobre la mesa cercana, con cautela y suavidad.
El Lord seguía intrigado, sin embargo, no dejaría que esa curiosa situación lo distrajera de lo que le interesaba. Así que volviendo a lo principal, procedió a retirar su pesada armadura, de ésta manera la mujer tendría más libertad para continuar con tan entretenida actividad.
Diana volvió a suspirar, no era como la primera vez en que la situación fue sumamente tensa. Aun así, no podía evitar cierto nerviosismo ante el poder que emanaba del demonio, era inevitable sentirse intimidada. Ella se acercó de nuevo y sus manos tomaron la tela cruzada sobre el pecho masculino y lentamente empezó a separarla, dejando al descubierto la piel blanca del Lord. La mujer comenzó a tragar saliva con dificultad y no quería alzar la mirada, sabía que él sonreía con malicia al notar su incomodidad.
–Quiero la atención de tus manos sobre mi piel– dijo el señor del Oeste, sin dejar su tono altivo.
La mujer cerró los ojos por un segundo mientras asimilaba la orden, después sus manos se posaron sobre los recién descubiertos y marcados hombros, comenzando un suave recorrido. La tela se aflojó y él bajó ligeramente los brazos para que ella pudiera quitar completamente la prenda. Ésta cayó detrás de su espalda, a la altura de su cintura, dejando completamente expuesto su torso y los marcados brazos. Diana volvió a suspirar ante el deleite visual.
El suave tacto comenzó a acariciar la piel, sin saber exactamente qué hacer, ya que el demonio no decía una sola palabra, únicamente parecía prestar atención al recorrido de sus dedos. La mujer tocó suavemente las marcas de sus hombros y después bajó por sus brazos donde había otras iguales. Inmediatamente recordó que fueron sus uñas las que dejaron esas líneas sobre la piel, de igual forma debían seguir presentes las de su espalda. Aún tenía duda de porque se quedaron grabadas, pero de la misma forma que en la otra ocasión, se reservó la pregunta.
Diana quería acariciar más de cerca la piel del Lord, quería sentir el tenue calor que emanaba y porque no, también anhelaba besarla. Lentamente se arrimó, quedando en medio de las piernas entreabiertas de Sesshomaru. Éste permitió la cercanía sin inmutarse, al tiempo que sus manos la tomaban por la cintura. De pronto ella sintió el jalón y por un momento estuvo en el aire, después fue obligada a colocarse sobre los fuertes muslos, no tuvo tiempo de protestar al quedar sentada sobre su regazo. Ahora estaba lo suficientemente cerca para besar y recorrer con facilidad el desnudo torso.
–Cierra los ojos… por favor– pidió la joven.
Al principio el demonio parecía no querer, pero después cerró lentamente los parpados. Diana sintió algo de libertad al verlo así, no quería que su mirada la dominara. Se acercó despacio al hombro izquierdo de él y con cautela comenzó a besar su blanca piel.
No sabía que reacción tendría el Lord, no sabía si tenía la misma sensibilidad que un humano, pero decidió arriesgarse a experimentar. La textura era suave y cálida a su boca, sus manos acariciaron y subieron por la nuca. La combinación de estímulos provocó algo en él, porque lo sintió agitarse ligeramente.
Los dedos femeninos empezaron a masajear el cabello plateado mientras sus labios subían por su cuello y en un atrevido movimiento, su lengua alcanzó el contorno de su puntiaguda oreja. Sesshomaru abrió los ojos de golpe, la sensación le había provocado un jadeo involuntario.
Sin quedarse atrás, el señor del Oeste estrechó el abrazo en la cintura femenina, recorriéndola sobre su ropa. Percibió el ligero temblar de ella, sin embargo la mujer continuó con su actividad, frotándose suavemente contra su piel. Él volvió a cerrar los ojos, dejándose llevar por las atenciones. Sus manos avanzaron encima de la tela con lentitud y lujuria, pasando por la espalda, caderas y glúteos de la joven. No tenía prisa por desnudarla.
Diana inició el recorrido del otro hombro, pasando con suavidad por la clavícula y después acariciando de nuevo el cuello. Ansiosamente comenzó a besar y a subir un poco más, hasta que finalmente volvió a lamer el contorno de la otra oreja. Él se inquietó por segunda vez, confirmándole a la mujer que la sensibilidad de esa parte corporal no era tan diferente a la de un humano.
De pronto ella sintió como Sesshomaru llevó sus garras a la parte frontal de su vestimenta. El filo de éstas amenazaba con cortar la tela. Inmediatamente ella frenó la acción con sus manos.
–Espera, no lo hagas, ésta vez deseo conservar intacta mi ropa… por favor– pidió con súplica la joven.
El demonio la miró con gesto de extrañeza, pero no hizo nada, sólo retiró las manos.
–Desnúdate– ordenó como respuesta.
La mujer respiró un poco agitada, pero al menos su ropa estaría a salvo. Comenzó a desabrochar los dos únicos botones que tenía el escote de la blusa. Después la tomó por la parte inferior y lentamente la hizo subir, dejando al descubierto su abdomen, su cintura, sus senos cubiertos por la ropa interior, su cuello y finalmente su rostro, quitándola por encima de su cabeza.
El Lord no perdía detalle y su mirada lasciva se entretuvo en los pechos, mientras ella dejaba caer la prenda al suelo. Acercó el rostro, rozando su piel contra la de ella, oliendo su fragancia, disfrutando de su suave textura. Después empezó a besar y a lamer, afectando la respiración femenina. Con ambas manos abrazó su espalda e inició un recorrido en el canal de su columna vertebral. Entonces sintió la tela femenina como un obstáculo y de nuevo el filo de sus garras amenazó con cortarla.
–Espera, no hagas eso por favor– protestó ella, al tiempo que llevaba sus manos al frente. –Mira aquí– pidió coquetamente, mientras soltaba uno a uno los broches delanteros, permitiendo que sus senos quedaran expuestos.
Él sonrió sutilmente y su mano terminó de retirar la extraña vestimenta por detrás de ella. Con avidez continúo su recorrido usando la punta de su lengua sobre los pezones, despacio y sin prisa comenzó con uno, después pasó al otro con turnos muy bien cronometrados. La mujer solamente cerró los ojos y se dejó llevar por la deliciosa caricia, mientras sus manos se entretenían con el hermoso cabello blanco que escurría por los hombros. De vez en cuando dejaba escapar un gemido suave, producto de las sensaciones que sentía en su espalda. No podía evitar sobresaltarse más con las cosquillas, que con el lascivo recorrido de la boca masculina.
De pronto sintió como las manos del demonio bajaron por su cintura, se posaron en sus glúteos y de manera morbosa comenzaron a presionar. Aun vestida podía sentir la leve punción de sus garras, tenía que hacer algo al respecto, porque Sesshomaru no parecía tener intenciones de respetar su ropa. Entonces, lentamente bajó sus manos para desabrochar y aflojar su vestimenta inferior, sin embargo tenía que levantarse para continuar.
–Deja que me levante– pidió suavemente. Un ligero gruñido fue lo que obtuvo por contestación. –Por favor, sólo voy a desnudarme– indicó, tratando de mantener cierto control.
Él alzo la vista de entre sus pechos, mirándola con malicia.
–Yo decidiré cuando harás eso– acto seguido, la tomó por la cintura y la recostó a lo largo del diván, quedando encima de ella.
Diana intentó decir algo al respecto, pero el demonio selló su boca con un excitante beso, mientras sus manos recorrían los senos y después bajaban por los costados. Ella pudo respirar después de que la liberó, para entretenerse ahora con su cuello y hombros. Podía sentir la cálida piel del demonio friccionar contra la suya, percibiendo la fuerza de su cuerpo expresada en definidos músculos.
Por un instante tuvo el fugaz deseo de querer arañar su espalda y en ese momento se dio cuenta, su instinto estaba tomando control de ella. Si en un principio se sentía renuente a la demanda de Sesshomaru, ahora su propio deseo ya la traicionaba de nuevo.
El demonio continuaba entretenido marcando la piel de la joven con sus cálidos labios, mientras sus manos delineaban sus curvas una y otra vez, hasta que comenzó a sentir el estorbo de la tela que los separaba. Se levantó un poco para mirar el deleite de la hembra humana, la cual tenía los ojos cerrados, dejándose llevar por el sopor del placer que empezaba a crecer en ella. Pudo escuchar su corazón latiendo con más fuerza, acelerándole la respiración. Y también percibió como su fragancia corporal cambió… llamándolo.
La mujer estaba ensimismada en sus pensamientos dejándose hacer. No podía negarlo, le agradaban los mimos también y si el Lord no ordenaba nada, ella no haría nada. Sin embargo esa cómoda situación cambió en el momento en que Sesshomaru se incorporó. Ella sintió su mirada por un par de segundos hasta que decidió abrir los ojos, sólo para encontrarse con que el señor del Oeste ya se estaba deshaciendo de su vestimenta.
Diana tragó saliva, aún estaba inquieta por lo que iba a suceder, pero eso no le impidió disfrutar del portento masculino que se mostraba sin pudor alguno frente a ella. Su cuerpo de adonis, sus hermosas rayas violetas y su imponente presencia era un deleite para cualquier hembra humana o demonio.
–Levántate– ordenó Sesshomaru.
Ella obedeció con calma, se puso de pie mientras el Lord tomaba asiento de nuevo en el diván, después le hizo un gesto para que se acercara. Diana sintió como sus mejillas se coloreaban sin control, apretó los párpados sin poder evitar que los nervios jugaran con sus emociones. Al momento de quedar frente a él, sintió como sus manos se posaron sobre sus caderas y comenzaron a bajar su ropa sin previo aviso. Ella abrió los ojos de golpe y quiso decir algo, pero ya era tarde, ambas prendas cayeron a sus tobillos.
–Espera…– trató de hablar la mujer.
–Ya te permití conservar tu extraño atuendo, así que deshazte de lo que queda y deja de protestar… no colmes mi paciencia– dijo Sesshomaru en tono imperativo.
Diana soltó un suspiro de molestia, pero no le quedó más que obedecer. En un rápido movimiento se descalzó y sus ropas fueron a hacerle compañía a lo demás. Apenas hizo esto, el Lord la sujetó por el brazo y la acercó a él, obligándola a sentarse a horcajadas sobre sus muslos entreabiertos, a escasos centímetros de su, aún relajada, masculinidad. Ambas pieles se acariciaron, compartiendo inmediatamente su calor y textura. La mujer se estremeció ante el dominante abrazo del demonio, quien comenzó a acariciar de nuevo su espalda, mientras su lengua humedecía sus pezones una vez más.
Las manos masculinas seguían entretenidas y el filo de las garras repasaba grácilmente la piel canela, dejando un sutil enrojecimiento. Su libido comenzó a aumentar, expresándose en el despertar de su virilidad. Su bestia interna se complacía ante el espectáculo y se removía de un lado a otro, ansiando más y más.
La mujer percibía los escalofríos de placer bailando en su cuerpo, las sensaciones de goce subían por su espalda y al mismo tiempo su feminidad ya le susurraba un húmedo anhelo. La contracción que sintió entre sus piernas le sorprendió bastante, no esperaba que con la moderada estimulación por parte del Lord, su interior comenzara a palpitar tan rápidamente. Esto sólo reafirmó su profundo deseo por el soberbio demonio.
Las garras de Sesshomaru no se contuvieron más, bajaron a sus glúteos y comenzaron a arañar. Sin llegar a lastimar, surcos rojos empezaron a marcar la piel de la mujer, quien sólo pudo gemir. Ella trató de moverse, pero él no la dejó, atrayéndola más hacia su cuerpo, haciendo que ambos vientres se juntaran y que sus intimidades rozaran.
Diana abrió los ojos ante el contacto, su cuerpo estaba listo para continuar, pero su poca cordura la hacía dudar. Sin embargo, la lujuriosa mirada del demonio decía que no había marcha atrás. Lo sintió mover la pelvis lentamente, haciendo que su masculinidad se frotara sobre su vientre. Un delgado y húmedo hilo escapó de su feminidad, como una impaciente señal. Ella lo miró sonreír con lascivia y por momentos la bestia se asomaba en sus pupilas.
La joven ya no pudo más, al diablo la sensatez, sus manos se posaron en la nuca y sujetando sus cabellos plateados, hizo que acercara su rostro, él no se resistió y con una mueca de satisfacción correspondió. Diana hundió sus dedos en el suave pelo al tiempo que trataba de no perderse en tan placentero beso. Cuando por fin los labios se separaron, entre agitados jadeos, ella expresó su carnal apetito.
– Quiero sentirte…– susurró libidinosamente en el oído del Lord.
El demonio sonrió, él también deseaba lo mismo, pero no haría nada hasta que la hembra suplicara. En ese momento sus manos la tomaron por la cintura elevándola ligeramente, su virilidad comenzó a rozar la húmeda flor, sintiendo su contracción. Las manos femeninas estaban sobre sus hombros y las uñas amenazaban la blanca piel, esperando la sensación de placer o dolor para comenzar su punción.
Diana se sintió en el aire y hasta ese momento se dio cuenta de que sus pies no tocaban el suelo. Estaba a merced del demonio y al percibir la cercanía de su erección, se estremeció completamente. Le dolió recordar su propia estreches, sabía que él no se contendría, no lo hizo antes, tampoco lo haría ésta vez. Su interior se cimbró al recibirlo de nuevo.
Poco a poco la hizo bajar sobre el endurecido miembro, el cual se abrió paso en medio de sus lubricados pliegues, un gemido animal escapó de ambos. La presión de las paredes internas abrazó su grosor con calidez. Él no se detuvo hasta quedar completamente rodeado y ella temblando.
El macho se perdió en el placer que le brindaba la húmeda cavidad, lo disfrutaba y su rostro expresaba la verdad. La hembra se aferraba con sus manos y su mirada se deleitaba ante el gesto de él. Sin perder más tiempo, ambos cuerpos comenzaron a bailar en un sensual ritual. Las manos masculinas aprisionaron a la mujer con fuerza, aumentando la penetración.
Ella no podía hacer nada más que tolerar la fuerza y el vigor de Sesshomaru. No podía hacer nada más que disfrutarlo, era demasiado delicioso como para negarlo. Los espasmos musculares se extendieron por su cuerpo, repartiendo el placer y obligándola a buscar más de aquella grata sensación. Hasta cierto punto, Diana tenía más libertad en esa posición, lo cual aprovechó moviendo su pelvis en un rítmico vaivén. Sus piernas tenían suficiente apoyo en el hermoso diván y solamente dejó a su cuerpo actuar.
Sesshomaru permanecía recargado en el respaldo del mueble, disfrutando del sensual movimiento, entreteniéndose con la piel de ella y arañando sutilmente sus costados. La sintió aferrarse a sus hombros, mientras se acercaba con lentitud, invitándolo a hundir el rostro en sus cálidos pechos. Él sabía que estaba limitada su libertad de movimiento, así que por ahora, dejaría que la hembra se encargara de la unión de sus vientres.
Ella subía y bajaba cadenciosamente, dejándose llevar por la caricia del órgano bucal, sin poder reprimir la sonrisa que le provocaba la reacción de su dermis. De pronto, sintió el filo de un colmillo tocar la parte superior de unos de sus senos, fue ligero el ardor, al tiempo que un jadeo acompañó la morbosa acción. El demonio se había encaprichado con su sangre desde la primera vez que la poseyó y de nuevo se extasiaba con las gotas recién robadas.
Los ojos de Sesshomaru cambiaron con rapidez, su mirada se encontró con la de Diana y solamente sonrió ante sus palabras.
–Nos volvemos a encontrar, bestia… –susurró entre gemidos la hembra.
Con lentitud sus brazos rodearon el cuello del Lord y de nuevo atrajo su rostro. La criatura se regodeó lasciva ante tal gesto, correspondiendo a la sensual unión de lenguas y al gemido escapado de sus labios.
De pronto, Diana percibió un calambre en su botón de placer. Rápido y sin avisarle comenzó a crecer, su orgasmo se adelantaba antes de tiempo sin entender por qué. Poco le importó y al abismo del placer se entregó, su cuerpo se estremecía y su boca jadeaba la sensual nota que al demonio más excitaba. Sus uñas arañaron los hombros masculinos y sus cálidos pliegues abrazaron con fuerza la virilidad del Lord. Su estallido final llegó, el éxtasis se derramó en su interior.
El señor del Oeste observó complacido como la hembra se perdía en su delirio. Pero él aún no lo liberaría y sin soltarla, comenzó a recostarse a lo largo del diván, haciendo que la mujer siguiera montándolo y permitiéndole seguir abrazando su grosor. Sus fuertes piernas le dieron el control y su pelvis empezó a moverse, al tiempo que la mujer quedaba recargada sobre su pecho y a merced de sus embestidas.
La mirada de ella parecía perdida, seguía disfrutando de su orgasmo sin importarle nada más. Sus manos estaban sobre el pecho masculino, sintiendo el agitado ritmo del corazón. De pronto sus uñas se clavaron, haciendo gruñir al macho, quien por respuesta hizo que el filo de sus garras marcara la piel canela, obligándola a secundar su jadeos.
El baile sexual continuaba y con fuerza seguía sujetando a la mujer, quien parecía perderse otra vez en el insistente roce de su flor. De pronto Sesshomaru sintió crecer la convulsión del clímax en su interior, su cadera empujó con más vigor hasta que su orgasmo estalló y un fiero gemido de su boca escapó. Su cálido y lúbrico final llegó.
Ambos permanecieron respirando su relajación, todo lo demás era quietud.
Momentos después, Diana permanecía recostada en el diván, dejándose llevar por el sopor del cansancio. No era nada extraño, estaba agotada y el demonio lo sabía. Terminó de vestirse únicamente con las telas que conformaban su atuendo y sin decir palabra alguna, salió del gran salón.
…
Poco después se escuchó una voz.
–Diana, despierta– habló con suavidad.
– ¿Quien?, ¿Qué sucede?– contestó ella con algo de modorra, al tiempo que levantaba la cara.
–Hola jovencita, nos vemos de nuevo– saludó la anciana zorro con gesto amable.
– ¡Hola Aki, que gusto verte otra vez!– se expresó encantada al reconocerla.
Se incorporó lentamente para quedar sentada en el diván, de repente percibió la primera consecuencia del acto sexual, reflejada en el dolor de su cuerpo.
– ¡Maldición, ya me estoy arrepintiendo de esto!– se quejó al sentir la pesada sensación.
–Jovencita… no deberías estar aquí– señaló con reserva la curandera.
Diana suspiró molesta antes de responder.
–Tú desgraciado amo me obligó a venir, si no fuera por ésta maldita cicatriz, yo estaría tranquila en mi casa… pero no tiene caso hablar de ello. –
–Me imagino lo que sucede, pero está bien, no es el momento adecuado. Ponte esto– indicó la anciana, ofreciéndole lo que parecía ser una bata de color marfil. –Tengo que atender tus dolencias, pero antes debes asearte. –
– ¿Dónde está mi ropa y mi mochila?– preguntó la mujer, al mirar que no había nada en el suelo.
–Los sirvientes ya se llevaron todo, tu vestimenta será lavada y dejada en los aposentos del amo Sesshomaru– contestó Aki.
–Eso no era necesario… sólo espero que no vayan a dañarla– reprochó Diana un poco inconforme. No quería andar de nuevo por ahí, solamente con la bata cubriendo su desnudez.
Más tarde ambas mujeres estaban en la habitación de aguas termales. Diana ya se había bañado y Aki ya había aplicado el ungüento para el dolor corporal. Ahora bebía el mismo té de hierbas moradas que le diera en la otra ocasión para recuperarse del cansancio general.
–Entonces, el amo Sesshomaru te llamó a través de la marca– comentó la curandera.
–Sí, el muy ladino hizo trampa, yo no tenía ninguna intensión de regresar a éste lugar. Mi vida ya había vuelto a la normalidad, cuando de pronto, empiezo a soñar con él y la cicatriz me comienza a doler– explicó la joven.
–Diana, ya te lo había dicho la vez anterior, entre los demonios las cosas son diferentes. Esa marca indica posesión, por lo tanto puede hacerte venir cuando él quiera… pero tú también así lo deseas, de lo contrario no estarías aquí– reveló la anciana zorro sin titubear.
– ¡Maldición Aki!, no es necesario que me lo digas tan directo… no me agrada del todo esa idea, pero…– respondió Diana, tratando de refutar las palabras.
–Pero la verdad es que lo disfrutas, no tiene caso que lo niegues. A pesar de que eres humana, también te sientes atraída por la presencia y el poder de Lord Sesshomaru– volvió a decir la mujer demonio sin rodeos.
Diana solamente hizo un gesto de fastidio y desvió la mirada, era embarazosa la realidad y se resistía a aceptarla.
–Lo que me extraña, es que no percibo el olor de tu celo… ¿Acaso estás preñada?– cuestionó Aki.
– ¡¿Qué dices?, cómo se te ocurre semejante idea!– reclamó Diana sorprendida e incómoda. – ¿Por qué me preguntas eso?–
–Es lo más lógico, yaciste con el amo en más de una ocasión hace pocos meses. Los encuentros entre humanas y demonios casi siempre resultan en el nacimiento de un mestizo– declaró la curandera.
–Entiendo a lo que te refieres, pero no, no estoy embarazada. Eso no sucedió antes y no pasará ahora– dijo Diana con seguridad. –Probablemente no percibes ningún aroma por cuestiones químicas de mi cuerpo. –
–No te entiendo niña, ¿A qué te refieres?– preguntó intrigada.
–No creo que lo entiendas del todo, simplemente te diré que, de donde yo vengo, existen… medicinas especiales para evitar los embarazos– trató de explicar la joven. –Yo no tengo intenciones de tener bebes, no me agradan… y menos si no son de mi especie– murmuró levemente al final, aunque sabía que Aki había escuchado perfectamente.
–Sí que eres una humana extraña, supongo que algo en ti le atrae a mi señor. A final de cuentas, la mayoría de los seres vivos se dejan llevar por sus instintos– comentó la curandera. –Pero no deberías confiarte, al amo no le agradan del todo los mestizos y desconozco cómo reaccionaría si tú quedaras preñada. –
–Bah, eso no sucederá, ya te lo dije, es más ¿Dónde está mi mochila?– preguntó Diana al tiempo que caminaba hacia la otra habitación.
Al entrar, se dio cuenta de que todas sus cosas se encontraban sobre la cama.
– ¿Qué haces?– preguntó Aki, al verla tragar algo que extrajo del morral.
–Nada… nada de importancia– respondió la mujer, después de beber agua de una pequeña botella que traía también.
No tenía ninguna intención de revelar cuestiones que no pertenecían a esa época. Solamente estaba tomando sus precauciones.
–Te espero en el comedor, debes alimentarte– recomendó la mujer zorro, al tiempo que salía de la habitación.
–Sí, en un momento voy– indicó, mientras comenzaba a vestirse.
Continuará...
