Buenas noches a todos ;D
Por fin terminé de corregir, me costó trabajo avanzar ésta vez, pero aquí les dejo el cuarto capítulo. Espero sus comentarios, ya saben que me encantan :D
Saludos.
Atención: InuYasha y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Yo solo escribí la historia porque me encanta este anime.
Capítulo 4: Lengua de Perro
Diana comía tranquilamente acompañada de Aki, cuando de repente entró Jaken al comedor. El pequeño demonio, siempre serio, tomó asiento del otro lado de la mesa y un sirviente comenzó a colocar las viandas frente a él.
–Oye humana, ¿Cómo es que regresaste, acaso la cueva te deja pasar cuando quieres?– preguntó el sirviente de la nada.
Diana lo miró de reojo mientras bebía de un pequeño tazón.
–Esa cueva no obedece a nada ni a nadie, se abre cuando quiere. No era mi intención venir aquí, sin embargo, me permitió el paso de nuevo– contestó la mujer secamente.
–Ya veo… no tenías porque haber regresado, pero el mal humor de mi amo bonito ya se estaba incrementando demasiado en el último mes. Ninguna hembra lo complacía lo suficiente y finalmente prefirió llamarte a ti– dijo Jaken como si nada, al tiempo que comía.
– ¡Oh gracias!, no sabes el gran honor que significa para mi ser la "elegida", mira que orgullosa me siento…– respondió Diana, con el tono más ácido y sarcástico que podía emplear.
–Pues aunque te burles humana tonta, otras hembras quisieran tener el privilegio de haber sido marcadas por Lord Sesshomaru– volvió a decir el sirviente. –Además, he notado que no te diriges a él con el debido respeto que se le debe rendir a un gobernante cardinal– remarcó seriamente.
– ¿Y eso debería importarme?, para mi es indiferente que él pertenezca a la nobleza. No tengo ninguna obligación de llamarlo siquiera por su nombre, así como él no lo hace conmigo– respondió la mujer impasible.
– ¡Como te atreves, humana irrespetuosa!, otros han muerto por menos que eso. Si mi amo bonito te escucha, te castigará– amenazó el demonio de cara verde.
–Sí, claro, tengo tanto miedo– respondió con leve risa. –Perro que ladra, no muerde– agregó burlonamente, sin tomar en cuenta el sentido de sus palabras.
Ambos demonios hicieron un gesto de extrañeza, no habían entendido la expresión de la humana. Diana los miró un poco sorprendida.
– ¿A qué te refieres jovencita?– cuestionó Aki. –Lord Sesshomaru es un InuYoukai, por lo tanto si puede ladrar y morder. –
La mujer rodó los ojos y casi estuvo a punto de soltar la risa, por un momento había olvidado que se encontraba en otro tiempo y lugar, donde las cosas eran completamente diferentes y aunque se le hizo gracioso, no debía ser irrespetuosa a pesar de su situación.
–Está bien, mi comentario no viene el caso, olvídenlo. ¿Qué significa InuYoukai?– inquirió la joven.
–Nosotros, las criaturas sobrenaturales, somos de diferentes especies. El señor Sesshomaru es un demonio perro, yo soy un demonio zorro– explicó la curandera.
Diana hizo un gesto de asombro ante la información, no porque no lo intuyera, sino porque todo en ese mundo era demasiado sorprendente para ella y por lo regular mantenía su curiosidad y dudas a raya.
– ¿Y tú eres algún tipo de sapo demoníaco?– preguntó, dirigiéndose a Jaken.
– ¡Yo no soy un sapo, humana impertinente!, ¡Para ti, soy el señor Jaken, recuérdalo!– habló con molestia.
La mujer volvió a rodar los ojos, ignorando por completo el reclamo del sirviente y siguió comiendo, era mejor darle por su lado. Por otra parte, la anciana zorro le acercó un contenedor con el té de hierbas moradas.
–Debes seguir tomándolo, al menos por todo el tiempo que estés aquí– comentó.
La mujer suspiró disgustada, pero tenía que aceptar la recomendación, no quería estar cansada todo el tiempo. Sin embargo, su cuerpo seguía adolorido, por lo que necesitaría más del ungüento coralino que empleaba la curandera.
…
Las horas pasaron y comenzó a anochecer, Diana ya se aburría. Había estado sentada en el jardín interno y después había recorrido algunos pasillos, no había señal de Sesshomaru. Ahora que lo pensaba detenidamente, no estaba segura cuanto tiempo permanecería ahí, es decir, debía regresar antes de que llegara el fin de semana.
–No puedo quedarme tanto tiempo como la otra vez, debo volver cuanto antes… sólo espero que el portal no me juegue una mala pasada– pensó Diana, mientras caminaba de nuevo al gran salón. –Pero… alguien tiene que llevarme a la cueva de la Luna, no puedo llegar sola, sería peligroso– meditó, al recordar el ataque de la extraña serpiente.
Al entrar, se dio cuenta de que la armadura y las armas del demonio seguían en el mismo sitio. Ella se aproximó con precaución a la mesa donde reposaban ambas katanas. Tomó cada una de ellas y las desenfundó parcialmente, sin retirarlas de su cubierta. Las dos espadas parecían brillar, no sólo por su filo, sino también por un tenue destello de color.
–Son hermosas y tienen algo… sobrenatural– murmuraba distraídamente mientras sujetaba una de las armas, que brillaba levemente en azulado. Después la guardó y depositó en la mesa de nuevo.
–Que diseño tan curioso… parecen grecas– comentó, al tomar la otra katana que despedía un ligero tono verde. Se podía apreciar claramente el diseño impreso sobre la afilada hoja, así como la perfecta hechura de la funda.
–Aún no entiendo cómo es que puedes tocar mi katanas sin recibir daño alguno– se oyó de pronto una voz.
Diana se sorprendió por un instante antes de voltear, era el señor del Oeste, parado en el umbral de la entrada. Él solamente la observaba con cierta curiosidad, mientras ella guardaba de nuevo el arma en su cubierta.
–Solamente estaba admirándolas, espero que no te moleste– habló la mujer con reserva.
Sesshomaru se acercó, tomó la katana de elaborado diseño y la desenfundó por completo.
–Empúñala– le ordenó a la mujer.
–No quiero…– intentó negarse Diana.
Sin embargo, el gesto imperativo del Lord la obligó a tomar el arma. Ésta no era muy ligera, así que necesitaba de ambas manos. La hermosa hoja solamente reflejaba su entorno y continuaba despidiendo el llamativo resplandor verde. Sesshomaru alzó una ceja, en gesto de sorpresa, al ver que el arma permanecía inmutable en manos humanas.
–Oye, deja de hacer eso por favor… es muy incómodo– se quejó de pronto.
–Explícate mujer. –
–Pensé que no volverías a molestarme con eso. La cicatriz me está cosquilleando, no duele, pero es incómoda la sensación– dijo ella.
En ese momento el Lord del Oeste entendió porque la humana podía estar en contacto con las katanas, la cicatriz que portaba en el hombro se lo permitía. Él la había marcado como de su propiedad, por lo tanto, era su dueño… así como lo era de las espadas. Pero no tenía intenciones de hacérselo saber a la mujer.
–Toma, ya no quiero sostenerla– habló la joven, al tiempo que le regresaba la katana por la empuñadura.
El Lord guardó el arma en su funda.
–Ve a la habitación y espérame ahí– ordenó sin más ni más.
–Escúchame por favor, no puedo quedarme varios días, debo regresar– protestó, recordando la intermitencia del portal.
–Obedece, si no quieres quedarte aquí por lo que te queda de vida– habló con tono frío e indiferente el demonio.
–Eres un maldito…– pensó Diana, al tiempo que se alejaba con la molestia reflejada en el rostro. A pesar de la amenaza, ella no quería someterse.
…
Poco después, la mujer permanecía recostada en el lecho, recargada sobre los mullidos cojines, durmiendo parcialmente. Así pasaron un par de horas mientras la noche seguía su marcha.
En silencio, la puerta de madera se abrió y Sesshomaru entró a la habitación. Caminando lentamente se aproximó a donde reposaba la mujer, observando su tranquilo respirar. En la orilla del lecho, se agachó sobre ella, olfateando el aire y reaccionando instintivamente sin poder evitarlo.
– ¿Por qué el aroma de ésta humana es tan diferente?– se cuestionó para sus adentros.
– ¿Para qué quieres saberlo?, ya es un poco tarde para que te importe, ¿No crees?– le contestó la bestia en su interior.
– ¡Cállate!, simplemente no puedo tolerar el hecho de que ésta mujer me altere más que una hembra demonio– respondió con irritación.
–Jajaja, mira como nos tiene y ni siquiera ha comenzado su periodo de celo…– se burló la criatura.
–Maldita sea, no quiero que esté aquí cuando eso suceda, no puedo dejar que me perturbe de nuevo…– se expresó molesto el Lord.
–Deja que se marche y problema resuelto…– declaró impasible su interior.
Sesshomaru no respondió.
–Ah, ya veo, no quieres liberarla, ¿Verdad?… es demasiado pronto… aún puedo sentir el hambre– pronunció lascivamente la bestia, al tiempo que se relamía los bigotes y provocaba la excitación del Lord. Por breves instantes tomó el control.
Sesshomaru gruñó ligeramente antes de subir al lecho, junto a la mujer. Ésta seguía adormilada cuando se percató de su cercanía.
–Esto no puede ser… estaba durmiendo tan tranquila– pensó Diana entre sueños, al darse cuenta de que las manos del demonio comenzaban a tocarla ansiosamente.
Con un poco de modorra, ella estiró su cuerpo y se quedó quieta con los ojos entrecerrados, dejando que el demonio la acariciara con total libertad. La mujer solamente dormía con la pieza inferior de su ropa íntima y una satinada bata, la cual comenzó a ser retirada. Dado que el sopor del sueño seguía presente, decidió ignorar los mimos de Sesshomaru, quería ver hasta donde era capaz de llegar, si ella no le prestaba atención.
Sin embargo, esa no fue una buena idea, porque a la bestia no le agrada que la ignoren. Entonces empezó a usar su lengua directamente sobre ella, justo en la parte de su cuerpo que más provocaba su ansia, por la señal olfativa que liberaba. Diana abrió los ojos de golpe y el adormecimiento desapareció en un suspiro, todo ocurrió en un instante.
La prenda íntima fue cortada por el filo de las zarpas y sus muslos fueron separados con algo de fuerza, dolió por un instante, pero no pudo quejarse, ya que lo que escapó de su boca fue un intenso gemido. La cálida lengua del demonio comenzó a recorrerla con lúbrico deseo.
La sensación la golpeó sin aviso, su espalda se arqueó de manera extraña y su boca no alcanzó a liberar completamente el nuevo jadeo. Apretó los párpados y se retorció entre las sábanas, intentando detener la morbosa tortura.
– ¡Espera… detente…!– quiso hablar, pero el demonio ya la tenía sometida.
Su cuerpo se estremeció al sentir el roce de su botón y el recorrido de toda su flor. Sus manos se dirigieron al blanco cabello, intentando sujetarlo, pero a él poco le importó.
Diana empezó a gemir con más fuerza y percibió el filo de las garras acariciar la cara interna de sus muslos. Algo no andaba bien, el Lord estaba demasiado excitado. Ella trató de buscar su mirada y sólo por un instante alcanzó a notar el carmesí en sus ojos, era la bestia quien dominaba.
El hábil movimiento del órgano bucal hacía honor a la especie de su dueño. Húmedo y suave recorrido, hizo a su cuerpo reaccionar tan rápido, que el interior de su feminidad la traicionó con una dolorosa contracción. Inmediatamente el macho gruñó al percibir el nuevo aroma mezclado con su propia lubricación.
Su respiración se agitó aún más, disfrutando de la fragante señal. Una extraña sonrisa, con los caninos al aire, complementaba su proceder, parecido al de un semental alterado por la hembra dispuesta ante él. Comenzó a subir sobre la mujer y su lengua seguía marcando la piel canela del vientre, siguiendo una dirección en ascenso. De pronto las manos de ella lo detuvieron.
– ¡Espera… tienes que controlarte!– habló Diana con la respiración entrecortada, al tiempo que se enfrentaba a la escarlata mirada.
Por un instante el macho dudó, su jadeo trataba de estabilizarse, pero el aroma de ella lo seguía perturbando. La tomó por las muñecas y la inmovilizó contra las sábanas. Su rostro se recargó sobre el pecho femenino y escuchó el agitado corazón, podía percibir el fluir de su sangre y el ligero miedo que emanaba de su ser. De pronto la cordura regresó, sus ojos se aclararon y de nuevo se incorporó.
La nerviosa mujer lo miró, ya era de nuevo el Lord, pero su lujuria no disminuyó. Él la liberó sólo para deshacerse del estorbo que le impedía unirse a su piel. De nuevo la contracción de su flor, descarado deseo escapando en forma de miel. Ella trató de cerrar sus piernas en un intento por controlar la sensación, pero el macho se lo impidió.
Un nuevo golpe de placer la invadió, el demonio reanudó su lingual tortura, preparándola para recibir su longitud. La mujer volvió a perderse en el mar de sensaciones y las sábanas del lecho sufrieron las consecuencias. Su boca reanudó los gemidos y la respiración ya no le alcanzó, cuando el espasmo del goce inició.
Estaba a poco de la cima final, cuando percibió al macho subir de nuevo sobre ella. Su virilidad empezó a rozarla y con martirizante lentitud comenzó a penetrarla. Diana gimió con desesperación y él lo disfrutó, sabía que el clímax de la hembra estaba por llegar. Pero el demonio quería torturarla aún más.
Las miradas de ambos se volvieron a encontrar, reflejando su propio deseo animal y con el roce de un vientre contra el otro, inició el vaivén brioso y enloquecedor. El ambiente se vició de transpiraciones y jadeos, las piernas de la hembra rodearon al macho, estrechando la unión. Diana se aferró a la espalda masculina y casi gritó cuando su orgasmo estalló, obligándola a clavar sus uñas en la blanca piel del Lord.
Él seguía dominándola, aceptando con placer la ruda caricia, al tiempo que su bestia sonreía complacida. Pero aún era pronto para detenerse, no la dejaría recuperar el aliento, tendría que soportar las embestidas hasta el final. El baile de ambos cuerpos continuó, entre movimiento y fricción el placer de ella se extendió y el orgullo del Lord se incrementó. Disfrutaba verla delirar, se complacía de sentirla temblar y saber que se entregaba en su totalidad.
El demonio recargaba parte de su peso en cada embate y la sensación parecía arrástralo al abismo final. De pronto sintió contraerse algo en su interior, la onda de placer empezó a crecer. Sin dejar de abrazar a la hembra, la oscilación de su cadera aumentó. Su boca se entretenía con el cuello de ella y su agitado respirar le acariciaba la oreja. En un instante más el clímax del Lord se hizo presente, recorriendo su espina dorsal y nublando su mente.
Diana aún temblaba, ligeros espasmos de placer seguían palpitando en su húmedo interior. Sus piernas comenzaron a ceder, liberando al macho, quien permanecía sobre ella recargado. Ambos seguían agitados y su posición no cambió hasta que la serenidad llegó.
Sesshomaru la liberó, recostándose a su lado con los ojos cerrados. La mujer demoró un par de minutos en moverse y después se levantó de poco a poco. Con algo de lentitud abandonó el lecho para atender la necesidad fisiológica de su cuerpo. Un poco después, salió de la habitación con la satinada bata cubriendo su desnudez. Llegó al comedor, buscando el té que la curandera le preparó.
–Cielos, estoy agotada… no me imagino lo que significaría ser la pareja de un ser como él… tan sólo de pensar en ello, me hace sentir aún más cansada– divagaba distraídamente la mujer, al tiempo que regresaba a los aposentos.
Cuando entró, se desconcertó por un instante. Sesshomaru seguía en el lecho, durmiendo indiferente.
– ¿Por qué sigue aquí?, por lo regular siempre me deja dormir sola– pensó Diana. –Bah, como sea, tengo tanto sueño que no me importa que esté aquí– finalizó, al tiempo que se sentaba en el borde de la cama.
Subió de nuevo y se acomodó en el espacio libre, un cojín le servía como almohada y la suave sábana la cobijó. En un instante se quedó tan dormida como el Lord.
Continuará...
