Buenas noches ;D

Les traigo el capítulo 5, calientito (mejor dicho calenturiento). Creo que me quedó algo perverso ésta vez, pero bueno, eso lo decidirán ustedes lectores ;)

Gracias por su tiempo y sus comentarios.

[Éste capítulo es para ti Kitty, espero lo disfrutes XP]

Atención: InuYasha y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Yo solo escribí la historia porque me encanta este anime.


Capítulo 5: Venganza

El sol comenzó a subir, las sombras se alejaban y un nuevo día iniciaba, dentro de poco se cumplirían las primeras veinticuatro horas desde que Diana regresó a ese lugar. Estos pensamientos rondaban su mente cuando empezó a despertar. De pronto, se dio cuenta de que algo no andaba bien, la sensación la desconcertó por un instante, quedándose quieta sin mover nada más que los ojos.

Permanecía recostada de lado y detrás de su cuerpo estaba Sesshomaru, abrazando su cintura de manera posesiva, repegándola contra él. Ella se mantenía ligeramente recargada contra su fuerte pecho, su cadera y piernas también palpaban la blanca piel. Su cuello y hombro estaban parcialmente cubiertos por el platinado cabello y la relajada respiración del demonio le acariciaba suavemente la nuca.

¿Por qué sigue aquí?, ¿En qué instante me abrazó?, creí que se marcharía en algún momento de la noche– pensó la mujer. –Esto no me agrada, prefiero dormir sola… ¿Qué haré, si me muevo, se despertará?– volvió a meditar.

Trató de separarse del Lord, lo más sutil que podía. Sin embargo él lo percibió, no despertó, pero su posesivo agarre se intensificó. Diana sintió como la repegaba más contra su torso y el rostro de él se acercó a su mejilla.

¡Suéltame, no me gusta que me abracen tanto!– se quejó para sí misma, intentando permanecer quieta.

No quería despertarlo y mucho menos provocarlo, su cuerpo estaba resentido y por el momento no toleraría un nuevo acercamiento. Pasaron un par de minutos y Diana no sabía qué hacer, así que simplemente cerró de nuevo los ojos, pensando en cualquier cosa para distraerse.

Un momento después, percibió una inhalación profunda por parte del él, estaba olfateando su piel. Ella se mantuvo serena, fingiendo dormir. Sesshomaru la fue liberando lentamente, no sin antes hacer un gesto curioso, lamer su mejilla. La mujer continúo respirando tranquila sin inmutarse.

Qué extraño mimo, supongo que es común en los de su especie– pensó con algo de extrañeza, al tiempo que él se retiraba del lecho y en silencio abandonaba la habitación.

Ella esperó un poco y después se estiró pasivamente, cual gato adormilado entre las sábanas. Se arrastró a la orilla para tomar su mochila, buscando en su interior la precaución a su extraña situación. Tragó y bebió de su propia agua una vez más, después volvió a buscar dentro del morral.

–Es un idiota, debería cortarse las garras… menos mal que soy precavida– dijo, mientras localizaba una nueva prenda íntima y guardaba los restos de la anterior. Ya había presentido con antelación que algo le sucedería a su vestimenta estando en manos del Lord.

En ese instante tocaron la puerta y la voz de la curandera se escuchó.

–Diana, ¿Puedo pasar?–

–Adelante Aki, llegas a tiempo para ayudarme, me duelo todo y necesito bañarme con urgencia– explicó la joven.

La anciana zorro se aproximó a ella, ofreciéndole su mano.

–Si niña, ya lo sé. Vamos, apóyate en mí. –

Más tarde, la curandera terminaba el relajante masaje con el bálsamo coralino para el dolor corporal. La joven empezó a vestirse con algo de queja, los recientes rasguños aún ardían en su piel.

– ¡Maldición, esto es tan molesto!… Aki, ¿En serio no tienes algo para cicatrizar los arañazos? – preguntó Diana.

–De momento no, jovencita. Las heridas de un demonio como Lord Sesshomaru no son fáciles de tratar, a pesar de que no lo hizo con la intención de lastimarte. Pero iré al bosque cercano para buscar algo que reduzca la molestia– respondió la anciana.

–Gracias, te lo agradezco. No es nada agradable soportar sus filosas caricias– dijo la mujer.

–Bueno, es un pequeño precio a pagar por todo el placer de lo demás, ¿O no?– comentó la anciana con picardía.

Diana hizo un gesto de desconcierto, esa mujer demonio ya tenía demasiadas confianzas con ella. Pero hasta cierto punto tenía razón, no la había pasado nada mal, excepto por su extraño despertar.

–Ja-ja, que graciosa. Mejor dime si tu amo ya se marchó, no quiero verlo en el comedor– respondió ella, cruzando los brazos en gesto de indignación.

–El amo casi no visita el comedor, por lo regular llevan sus viandas al gran salón. Se la pasa la mayor parte del tiempo ahí, atendiendo sus asuntos, cuando no sale a recorrer su territorio– explicó la curandera.

–Bien, entonces vamos a desayunar, tengo mucha hambre– pidió la joven, al tiempo que caminaba hacia la puerta.

El día avanzó un poco más, Diana buscaba a Sesshomaru para tratar de convencerlo de que la dejara marcharse, sin embargo, no sería tan fácil. Recorrió los pasillos y el gran salón, pero no lo encontró por ningún lugar. De pronto vio al fiel sirviente entrando por la puerta principal.

–Oye, ¿Dónde está tu señor?– cuestionó la mujer.

–El amo Sesshomaru salió a recorrer su territorio– contestó Jaken.

– ¿Y porque no te llevó?– volvió a inquirir.

–Que preguntona eres humana, eso no te importa. A veces el amo sale a cazar por diversión y para dejarle en claro a sus enemigos, quién es el que gobierna éstas tierras. Así que no tiene caso que lo busques, él no volverá hasta el atardecer– dijo el sirviente.

– ¡No puede ser y yo aquí encerrada sin poder marcharme!– habló Diana exasperada. – ¡Oye, tú podrías llevarme de nuevo a la cueva de la Luna, en el dragón de dos cabezas!–

– ¡¿Qué?, estás loca si piensas que voy a hacer eso!, si quieres, vete tú sola… pero yo en tu lugar no lo haría, sabes que Lord Sesshomaru te puede encontrar fácilmente. Además, dudo que la cueva esté abierta– declaró con burla el pequeño demonio.

–Así que tu sabes cuando está abierto el portal– reprochó la joven.

–Hoy no lo está y mañana… quien sabe jejeje– se rió de nuevo Jaken. De pronto hizo un gesto de desconcierto. – ¡Oye, qué crees que haces, vuelve aquí!– gritó, al verla caminar hacia el pórtico de salida con mochila en mano.

–Me largo, no necesito tu ayuda, sapo feo– respondió Diana, mientras caminaba a la salida.

– ¡Regresa inmediatamente, humana loca!, ¡Mi amo se va a enojar mucho cuando vuelva y no te encuentre!– volvió a decir el sirviente, siguiendo de inmediato a la mujer.

Diana casi cruzaba el pórtico de salida, cuando de pronto, una de las bestias guardianas con aspecto úrsido giró hacia ella, cerrándole el paso. Gruñó levemente haciendo un gesto indicativo que apuntaba hacia la mansión. La mujer se sobresaltó más por el aspecto de la criatura, que por lo que expresaba.

–Quiero… quiero irme de aquí, no tienen porque detenerme– protestó con algo de nervios.

–No puedes salir de éstos muros, son ordenes de Lord Sesshomaru– habló con voz ronca el sobrenatural guardián.

–Te lo dije, eres una tonta si crees que puedes hacer lo que te venga en gana– recriminó Jaken a espaldas de la joven.

– ¡Maldición, déjenme pasar!–alzó Diana la voz, al tiempo que trataba de evadir al vigilante.

De pronto la criatura alzó uno de sus brazos, deteniendo su avance e intentando sujetarla.

– ¡No la toques, el amo Sesshomaru se dará cuenta!– se escuchó la voz de la anciana, quien regresaba con un manojo de hierbas oscuras. –No querrás que te castigue, ¿Verdad?–

Ante la advertencia, el guardia se alejó de la humana y volvió a su posición.

– ¡Aki, ¿Tú también me vas a detener?!– preguntó enojada.

–Ven conmigo Diana, por el momento no conviene que trates de salir, hay algunos monstruos por los alrededores, podría ser peligroso– explicó la anciana zorro.

–Esto no puede ser… ese idiota…– masculló entre dientes, mientras regresaba al interior del lugar junto con la curandera y el sirviente.

–Ya te lo dije niña, no provoques al amo, no tiene caso. Lo único que conseguirás es que te mantenga aquí por más tiempo– dijo Aki, mientras colocaba una pasta oscura sobre los rasguños en la piel de Diana.

–Ésta situación ya me está hartando. Yo le dije que no puedo quedarme tanto como la otra vez. Tengo una vida y responsabilidades en mi propia época. No debería estar aquí– se quejó, al tiempo que percibía la sensación templada de la mezcla de hierbas, la cual iba disminuyendo el ardor de los zarpazos.

–Sí, lo sé, pero es peligroso que quieras irte sola, algunas criaturas andan famélicas y por éstas fechas pululan en demasía por el territorio del amo– advirtió la mujer zorro.

–Tengo que hacer algo al respecto, debo hablar con él– finalizó la joven.

El día siguió avanzando lentamente.

Sesshomaru no dejaba de observar los oscuros y furiosos ojos de la mujer, su mirada era llamativa para él. Le encantaba hacerla rabiar y lo que más le llamaba la atención era que lo desafiara sin siquiera tener la mínima idea de que podría morir en un segundo. Sin embargo, el Lord del Oeste no tenía intenciones de dañar a la extraña hembra que inexplicablemente alteraba su instinto y tampoco tenía intensiones de dejarla marchar, aún era muy pronto.

–He dicho que no, así que deja de insistir– dijo él con su típico tono serio.

– ¿Por qué?, yo ya cumplí con lo que querías, no puedo quedarme tanto tiempo, tengo mi propia vida y asuntos que atender– reclamó Diana con molestia.

–Aunque te lleve a la cueva, no servirá de nada, está cerrada y no se abrirá hasta mañana– se justificó el Lord.

– ¡Eso no es cierto, yo hice el conteo y está abierta el día de hoy!– respondió alzando la voz.

–Silencio mujer, no me hagas enoj…– ordenó el demonio, pero no pudo terminar la frase.

– ¡¿O si no qué?, ¿Me vas a mantener encerrada aquí?!– interrumpió enérgicamente, ya estaba impacientándose por la actitud del señor del Oeste.

Sesshomaru sonrió sutilmente, de nuevo lo estaba enfrentando. Se acercó a ella y en un parpadeo la tomó por la barbilla, la mujer no pudo esquivarlo. La inmovilizó mientras sus ojos ambarinos se encontraban de frente con los de ella.

–Me perteneces y estarás aquí hasta que yo decida lo contrario– declaró fríamente, volviendo su expresión altiva y dominante.

– ¡Eres un desgraciado!– dijo la joven, tratando de soltarse.

De repente sintió como la mano bajó a su cuello y lo atenazó con fuerza. El rostro del demonio se acercó amenazadoramente.

–No me agrada que hables tanto…– declaró, antes de besarla con fuerza.

Diana trató de rechazar el sorpresivo gesto, pero su boca se vio obligada a aceptarlo ya que la presión de las garras le impedía respirar libremente. Por un momento sintió que el aire se había agotado, pero en ese instante él la liberó. Su respiración estaba alterada y sólo atinó a retroceder unos pasos intentando recuperarse, mientras el Lord la miraba con malicia.

–No me provoques o lo lamentarás…– fueron sus últimas palabras antes de alejarse por un pasillo.

¡Imbécil, esto no se va a quedar así!– se prometió a sí misma, al tiempo que masajeaba la zona afectada.

Ya era de noche, Diana seguía molesta por los caprichos del demonio y no quería encontrarse con él, así que el resto de la tarde la había pasado en el comedor junto con Aki. Sin embargo, unas horas después el sueño comenzó a pesarle, por lo que decidió ir a dormir.

Caminaba en silencio por el corredor, cuando de pronto la voz de Sesshomaru la llamó desde la estancia.

–Ven aquí– ordenó.

¡No quiero…!– pensó ella con fastidio.

Caminó unos pasos para alejarse, pero la orden se repitió con más fuerza.

– ¡Te he dicho que vengas!– volvió a hablar en tono más imperativo.

Diana suspiró enojada antes de entrar al lugar, su desagrado estaba a flor de piel.

–Necesito dormir, estoy muy cansada– se quejó.

–Podrás dormir después…– contestó con frialdad el demonio.

–No es el momento adecuado– volvió a oponerse la joven.

–Silencio– respondió indiferente el Lord. –Ahora ven y compláceme con tu boca. –

Ella frunció el ceño y su irritación aumentó cuando el demonio se recargó en el cómodo diván y descaradamente entreabrió los muslos, reafirmando su lasciva solicitud.

La mujer volvió a suspirar con cansancio, esto no podía continuar así. Encaminó sus pasos hacia él, mientras su mente le sugería una venganza, a fin de cuentas ella también podía ser cruel. No permitiría que se saliera con la suya todo el tiempo y a pesar de correr peligro, decidió darle un escarmiento.

Se aproximó con lentitud al demonio, se arrodilló y sus manos acariciaron la tela que cubría la parte inferior de su cuerpo. Con grácil movimiento lo dejó al descubierto, al tiempo que alzaba la cara y sus ojos se enfrentaban con los de color ámbar, en un juego de miradas para ver quien dominaba. Ella se fingió sumisa y desvió la vista, mientras sus manos tocaban la virilidad, que rápidamente comenzó a despertar.

El demonio se hundió en la agradable sensación de las manos femeninas, que con anterioridad había extrañado. El cálido tacto de la mujer y su hábil fricción empezó a transportarlo fuera de la realidad, tanto así, que no se percató de las intenciones reflejadas en su astuta mirada.

Diana lo observaba de reojo mientras su atención se centraba en la mejor estimulación. Inmediatamente aplicó la experiencia previa, sus cálidas manos acariciaban y su boca lentamente se acercaba. Con insinuante y lúbrico movimiento comenzó a recorrerlo sin recato, el objetivo estaba claro.

Los jadeos del macho se hicieron presentes, su respiración se alteraba y su ser lo disfrutaba. Su rostro se relajó y sus facciones no mentían, la hembra sabía lo que hacía. No la observaba, no era necesario… ya confiaba demasiado. La húmeda caricia lo perturbaba y su anhelo se incrementaba. Por un instante sintió el deseo de poseerla en ese momento, sin embargo una intensa sensación lo distrajo, el inicio del clímax se estaba gestando.

La mujer lo miraba sin detener la felación y su mirada brillaba con perversión. Lo estimuló a tal grado, que la erección ya dolía del placer acumulado, ella lo sabía. En ese momento detuvo de golpe la carnal actividad, retiró los labios, lo liberó de sus manos y se incorporó rápidamente. Mientras el demonio abría los ojos, ella le sonrió.

Sesshomaru se tensó ante la acción de la mujer, su endurecida virilidad estaba en el punto más álgido, donde no hay marcha atrás o las consecuencias pueden ser dolorosas. Entonces los oscuros ojos de ella lo miraron desafiantes y en un acto de total rebeldía, le dio la espalda y comenzó a retirarse.

Un fiero gruñido se escuchó más que sus palabras.

– ¡¿A dónde crees que vas?!– preguntó desconcertado, al tiempo que una punzada recorría su zona genital.

Diana no respondió, simplemente se alejó más rápido, perdiéndose en el umbral de entrada al gran salón. El Lord gruñó aún más irritado, no podía creer que una simple humana osara desafiarlo de esa manera. Lentamente se incorporó, cerrando la vestimenta que portaba. Su ansiedad y frustración aumentaron, simplemente no podía tolerar la situación y con una siniestra intención, comenzó a seguir a la huidiza hembra.

¿Qué locura estoy haciendo?, no lo puedo creer… sin embargo se lo merece– pensaba Diana mientras llegaba a la habitación principal, sabía que era peligroso su actuar, pero ya no había marcha atrás. Caminó unos pasos más y entró al baño de aguas termales, sentándose cerca de la orilla.

Lo escuchó llegar, la puerta del cuarto contiguo se abrió de golpe y sus pasos avanzaron hacia donde estaba ella. La segunda hoja de madera también cedió, al paso de un demonio sumamente alterado.

– ¡¿Cómo te atreves a dejarme en éste estado, maldita humana?!– habló con filo en la voz, al tiempo que la miraba con ojos escarlata.

– ¡Aunque seas el rey de éste lugar, yo no tengo porque someterme a tus caprichos!, ¡Y si no piensas dejarme marchar, tampoco tendrás mi cooperación!– respondió la mujer con seguridad, al tiempo que su estómago y corazón sufrieron el golpe de la adrenalina, se estaba jugando la vida.

Esas simples palabras alteraron más de lo que se imaginaba a Sesshomaru, quien casi ladró cual perro rabioso al tiempo que se acercaba a la mujer. Él provenía de un linaje real, siempre tuvo todo lo que quiso, siempre impuso su voluntad y jamás una hembra lo había rechazado, jamás un humano lo había desafiado. Pero ahora, una mujer de esa fastidiosa especie lo había dejado en semejante estado, su orgullo estaba crispado.

Ella se quedó quieta con los ojos cerrados, esperando algún tipo de agresión, sin embargo ésta no llegó. El demonio la tomó con fuerza por el brazo y empezó a arrastrarla a la otra habitación.

– ¡Suéltame, me estás lastimando!– se quejó Diana del agarre.

Sin la menor consideración la arrojó sobre el lecho, después subió y empezó a gatear hacia ella de forma amenazante. La asustada joven se arrinconó hacia la otra orilla, pero no pudo escapar de la garra que la sujetó por el tobillo y cual ligera muñeca la jaló con fuerza, situándola debajo de él. Su cuerpo la aprisionó en una morbosa posición y sus manos atenazaron las frágiles muñecas por encima de su cabeza.

¡Contrólate Diana, que no te domine el pánico!– pensó la mujer, al quedar a merced del alterado macho.

Entonces su cuerpo se relajó sin oponer resistencia, a pesar de tenerlo encima de ella.

– ¡No deberías de provocarme así, a menos que desees morir…!– amenazó el demonio, enseñando los colmillos.

La mujer temblaba, pero no respondió, solamente giró el rostro de lado evitando la mirada del Lord. Su respiración agitada y el olor de su miedo ahora predominaban.

– ¡¿Eso quieres, deseas morir?!– preguntó el demonio acercándose al cuello femenino.

–Sé que no lo harás…– susurró la mujer sin voltear. Sus palabras sonaron con insolente seguridad.

El demonio se quedó paralizado por un segundo y su mirada se encolerizó aún más. Nunca, en lo que llevaba de vida, alguien se había atrevido a provocarlo de esa manera. La hembra humana le había dado un golpe bajo a su orgullo, pero no estaba dispuesto a permitir que lo supiera.

Diana sintió como otro fiero gruñido le acarició la piel, estaba tan cerca de su yugular que casi podía sentir la dentellada sobre su carne. El filo de los colmillos rozó su cuello y el cálido aliento empeoró la sensación de miedo. La sangre se agitó en sus venas y los latidos de su corazón fueron demasiado claros para el Lord.

Jajaja, ésta hembra es única, me encanta su rebeldía… ¿Qué estás esperando, no piensas castigarla?– habló la bestia enojada desde su interior.

Sesshomaru se incorporó y sus garras rasgaron la fina tela que cubría a la mujer. Entonces su húmeda lengua comenzó a lamer con descaro el espacio entre los tibios senos. Diana cerró los ojos y tragó saliva con temor, seguía sin oponer resistencia. No se movía ni reaccionaba ante la agresión.

Y de pronto sucedió. El demonio volvió a gruñirle con rabia cerca del oído al tiempo que hacía algo inesperado.

–Esto no va a quedarse así…– susurró una oscura sentencia.

De pronto la mujer se vio liberada, el movimiento del lecho le indicó que él se retiraba. Ligeros pasos se alejaron y ella alzó la vista para ver desaparecer al Lord tras la puerta de la habitación.

¡Maldita sea, eso fue demasiado peligroso!… Diana, no deberías bailar con la muerte– divagaba la mujer en su mente, mientras se sentaba en la cama y trataba de controlar su alterada respiración.

Lo había conseguido, con riesgo de perder la vida, pero se había vengado y de paso confirmó una sospecha. La primera vez que la amenazó de esa forma, ella no sabía si realmente él se atrevería a semejante vileza. Ahora comprobó que no lo haría, a pesar de haberlo provocado a un grado bastante doloroso para un macho. Y aunque obtuvo su desquite, debía tener cuidado, porque su amenaza era muy clara, él regresaría.

Antes de recostarse, sonrió con burla al escuchar a lo lejos el sonido de agua corriendo.

– ¡Maldita mujer!– gritó Sesshomaru bajo la caída del agua.

Su desnudo cuerpo se refrescaba con el frío líquido, tratando de calmar su furia y serenar su frustrado deseo.

Idiota… ¿Qué te detuvo?– inquirió su bestia enojada.

– ¡Cállate!–

Responde…– insistió.

–Soy el señor del Oeste y jamás me rebajaré a un acto tan vil, ¡No soy un vulgar animal!– proclamó el demonio.

¿A pesar de lo que nos hizo?– reclamó de nuevo su interior.

–No me complace su indiferencia… sólo espera un poco, la dejaré disfrutar de su victoria…– contestó con más calma, mientras dejaba que la humedad acariciara su rostro.

Sí, entiendo… no sería divertido forzarla, es más placentero hacerla suplicar. Quiero que se entregue completamente, que ruegue por ser poseídadeseo verla llorar de placer– siseó con malicia la criatura.

Sesshomaru sonrió de la misma forma, aceptando la petición. Ahora menos que nunca dejaría que se marchara.

La noche siguió su camino, la luna llena iluminaba serena e indiferente y una humana dormía plácidamente.

A pesar de los últimos sucesos, Diana había podido conciliar el sueño sin problema, nada la perturbó hasta que empezó a amanecer. La claridad del sol apenas comenzaba a alejar las sombras cuando entreabrió los ojos, algo la despertó. El movimiento del lecho era suave pero ella supo de inmediato que ya no estaba sola.

Lo miró sentado en la orilla de la cama, dándole la espalda, estaba desnudo y su plateada cascada se derramaba sobre las sábanas. De pronto, la volteó a ver por encima del hombro y sus ojos ambarinos parecían ocultar algo.

–Tú ganas mujer, fuiste muy astuta– dijo con voz serena. –Pero antes de que te marches… mereces un castigo por tu atrevimiento– sonrió con malicia al tiempo que subía lentamente, gateando hacia ella.

Diana volvió a sentir el calambre de nervios, sin embargo, Sesshomaru no se mostraba irritado. Seguramente tuvo toda la noche para calmarse. Aun así, se mantuvo alerta permitiendo que se acercara a ella, tan cerca que ambos rostros quedaron frente a frente y su cuerpo sintió el calor corporal que él emanaba.

Su boca se acercó y en un parpadeo se apoderó de los labios femeninos, sin darle tiempo de nada. El posesivo beso le robó el aliento a la mujer, quien trató de apartarlo con ambas manos. Entonces fue liberada, pudiendo respirar mientras sentía como la húmeda lengua del Lord marcaba su cuello.

Lento y acompasado comenzó a descender, pequeños besos se estacionaron en su hombro derecho, un poco más y bajó a sus senos. Entre beso y lamida, la piel canela respondía a todas las incitaciones y el suave erizamiento de los poros transmitía sin reparo alguno las placenteras cosquillas, inquietándola todavía más.

Diana seguía tensa, ignoraba qué es lo que haría el demonio. En los ojos ámbar se ocultaba una amenaza, ella lo podía intuir.

¿Qué pretendes?, no me vas lastimar, eso lo sé… entonces ¿Cuál es tu trampa?– pensó la joven, al sentir que el macho se esmeraba en su carnal estimulación.

Sin embargo su mente comenzó a relajarse por el placer que su piel experimentaba, sin imaginar lo que le esperaba.

Hazlo, con un poco será suficiente…– susurró la bestia de ojos carmesí.

El Lord sonrío mientras se llevaba un dedo a la boca. El colmillo cortó la piel y una brillante gota roja escapó.

La hembra observó con atención, pero no se dio cuenta de la intención hasta que ya fue demasiado tarde. Sesshomaru la miró con perversión, al tiempo que su otra mano la tomaba por el cuello. Ella se retorció tratando de liberarse, pero la fuerza del agarre la obligó a abrir la boca, frente al dedo sangrante. El líquido escarlata cayó en poca cantidad, impregnó su lengua y resbaló por su garganta. En ese instante le tapó la boca, obligándola a tragar.

Ella se agitó ante el sabor y un extraño calor la invadió. La sangre de demonio puede tener raros efectos en un humano y ella lo comprobó. Sesshomaru la liberó al percibir que el fluido iniciaba el recorrido en su interior.

Diana sintió ardor en el pecho y una sensación parecida a la adrenalina. De pronto su cuerpo comenzó a temblar, su piel se erizó y una extraña ansiedad se generó.

– ¡¿Qué me hiciste?!– preguntó sobresaltada.

–Simplemente es un castigo para que no vuelvas a desafiarme– respondió con cinismo el Lord.

Entonces se acercó al lado de su rostro y de forma insinuante, lamió el borde de la oreja. La joven se estremeció por completo y un gemido escapó de su boca, era tremenda la reacción de su cuerpo ante la leve caricia. De pronto lo sintió subir sobre ella y apresarla contra las sábanas. Las manos comenzaron a recorrer sus costados y de nuevo la cálida lengua empezó a transitar por su piel.

El cuerpo femenino recogía todas las sensaciones y las transmitía con fuerza a la mente de la mujer, los nervios sensitivos comenzaron a incrementar las descargas y ella percibió las estimulaciones de manera aumentada, como si estuviera drogada.

Empezó a gemir con más fuerza, únicamente con la caricia corporal, su piel comenzó a sudar y sus feromonas se desplegaron, alterando al macho. Su interior dolió con el inicio de su lubricación, percibió la contracción de sus pliegues internos y la ansiedad le provocó malestar. Su espina dorsal era recorrida sin mesura por los espasmos de placer y su mente comenzó a nublarse ante el deseo incrementado.

¡¿Por qué se siente así, qué rayos me sucede?!– trató de razonar la joven, mientras el demonio manoseaba libidinosamente su cuerpo. – ¡Su sangre, es su maldita sangre…!– pensó, al tiempo que otro jadeo escapaba de su boca.

Sesshomaru continuaba estimulando a la hembra y su propio instinto se empezó a trastornar por el aroma. Se humedeció los labios con lujuria, tratando de controlarse para no tomarla en ese mismo instante. Quería llevarla al borde de la agitación, quería hacerla suplicar y finalmente hacerla pagar por su provocación. Su bestia jadeaba ansiosa, esperando paciente el desenlace final.

Diana temblaba, el deseo carnal crecía de sobremanera en el centro de su ser. Ya no podía soportarlo más, necesitaba liberarse, quería sentir explotar el placer que se estaba concentrando y que poco a poco la estaba perturbando. Jamás había pasado por semejante experiencia, ni con su mejor amante en el pasado. Ahora sentía que su razonamiento estaba nublado y sólo el primitivo instinto controlaba su actuar.

– ¡Ya basta, por favor, no lo soporto más!– gritó la mujer.

Su respiración estaba sumamente alterada. Su piel se sensibilizó a un extremo insoportable y cada roce lo empeoraba. Su feminidad liberó la lubricación, mojando la satinada sábana. Dolía su flor, se contraía su interior y la señal olfativa estaba a su máxima expresión.

Sesshomaru detuvo su cruel tortura, levantó la vista y se regodeó complacido al verla tan suplicante. Ya había logrado su propósito y en ese instante su sexo empezó a doler, anhelando hundirse en la hembra. Sin embargo, era momento de hacerla pagar. Así que controlando su instinto con suprema fuerza de voluntad, se alejó de ella, dejándola ansiosa y escurriendo su carnal necesidad.

– ¡No lo hagas por favor, no me dejes así…!– gimió la mujer, al descubrir su intención final. – ¡No resisto más, voy a enloquecer!–

El Lord del Oeste sonrió satisfecho ante la súplica de la hembra. Su cruel desquite rebasó lo que ella había hecho, no obstante, la tortura aún no terminaba.

–Te dije que lamentarías el haberme provocado, mujer– contestó con frialdad el demonio. –Mi sangre te hará pagar por tu atrevimiento– sentenció, retirándose del lecho.

– ¡Eres un bastardo!– gritó Diana, intentando incorporarse.

El latigazo de sensaciones golpeó su espina dorsal, haciéndola doblarse sobre sí misma. La humedad recorrió sus muslos y la punzada de su sexo casi la hizo llorar. Su cuerpo entero seguía cimbrándose ante el placer acumulado, que ahora parecía una corrompida convulsión de malestar.

El demonio la miró agacharse y tratar de sostenerse sobre sus brazos, estaba semi arrodillada y podía notar el color de su excitación. Su aromática señal seguía hostigando su olfato, dentro de sí mismo continuaba batallando por mantener el control. Deseaba poseerla en ese momento y anhelaba tomar su sangre una vez más. Pero su orgullo seguía molesto y lo obligaba a esperar por verla llorar. Sin embargo la hembra no cedía, así que se marchó con lentitud, dejando la habitación.

Diana lo miró desaparecer, maldijo una y otra vez… no se sometería.

– ¡Desgraciado, eres un maldito monstruo!– trataba de canalizar su ira en palabras.

Pero no tenía caso, la tortura física había alcanzado la cima. Tenía que pensar en algo o se desmayaría y tal vez el mismo dolor la haría despertar de nuevo. Miró a su alrededor y sólo los cojines le hacían compañía. De repente una idea cruzó su mente, no le quedaba más que auto complacerse. Tendría que hacerlo o perdería la cordura.

Se recostó con lentitud, soportando la caricia de la sábana y gimiendo ante cada roce. Su espalda se arqueó cuando la mano acarició su feminidad. Su lubricación facilitó la fricción y con el tacto que sólo una mujer puede tener para consigo misma, empezó a buscar la culminación que la liberaría de aquella opresiva sensación.

Conocía su cuerpo, sabia donde tocar para apresurar el clímax. Sus fluidos internos continuaban apoyándola, el resto de su piel seguía ardiendo y su médula espinal quería convulsionar. Su boca se mantuvo gimiendo y sus ojos permanecían cerrados concentrándose en el estallido final.

Lo sintió gestarse en su interior, creciendo con rapidez al tiempo que sus pulmones luchaban por mantener el aire. El orgasmo llegó de forma brutal, sus ojos se abrieron de golpe y su garganta liberó un profundo jadeo animal. Su cuerpo se tenso a más no poder y el carnal placer se extendió desde su vientre hacia todo su ser.

Perdió el aliento y su vista se nubló al tiempo que se quedaba quieta, permitiendo que su cuerpo reposara el gratificante alivio, liberador de la tortura. Minutos después, el cansancio venció y el sopor del sueño la abrazó.

El sonido de la hembra eran excitante y sus feromonas finales perturbaron al demonio, quien no estaba tan lejos de la habitación. No la veía, pero percibía todo lo que ella sentía, por el vínculo con la sangre que le obligó a tragar. Sabía lo que había hecho para mitigar la tortura de su cuerpo y eso le irritaba aún más. Su orgullo no se podía calmar.

¡Jajaja adoro a ésta hembra, nos tiene como idiotas!, ¡No la liberes hasta que suplique por nosotros!– habló la bestia con excitación.

Sesshomaru trataba de serenarse bajo el agua fría nuevamente, pero el saber que la mujer se había liberado de su castigo con el auto placer, lo tenía exasperado. Era un espectáculo que le hubiera encantado ver, así que sólo le quedó maldecir y esperar.

La hembra únicamente había conseguido un alivio temporal y eso lo hizo sonreír con perversión. Era muy pronto para dejarla ganar en este juego de dominio y poder. Después de todo, la sangre de demonio es poderosa y la de Sesshomaru lo era aún más. Al grado de que ésta seguiría corriendo por su cuerpo, mezclándose en su interior y martirizándola de nuevo para su señor.


Continuará...