Capítulo 101: La decisión de Nala y Mi Bella Sarabi
Una tarde, mientras Elanna tomaba una siesta, Nala y Sarafina recibían la agradable visita de Minka –una leona miembra de la cuadrilla de caza y de la manada de Mufasa-, así como por supuesto está, la de Mheetu y Shizazen.
Así, los cinco felinos sostenían una importante conversación dentro de la cueva:
—Estoy muy agradecida contigo, Sarafina —decía Minka—; A pesar de que Nala y tú ya no habitan más dentro de La Roca Del Rey, siempre nos han ayudado muchísimo en la cacería. A nombre del resto de la cuadrilla queremos agradecerles.
—¡Oh, no es nada! –Respondió Sarafina—, aún cuando mi hija y yo, ya no vivamos más ahí, el resto de la cuadrilla sigue siendo nuestra familia y siempre estaremos felices de ayudar. Además, la dictadura de Scar ha llegado a extremos terribles: leyes absurdas, escases de alimento, Pelelezas-a-ufalme patrullando por doquier, sequía, y para rematar una guerra. Hoy más que nunca, debemos apoyarnos entre todos.
—Estoy de acuerdo, madre —exclamó Nala– Yo también estoy muy preocupada por la situación. Ya ven cómo últimamente, por ejemplo, hemos tenido que cazar animales peligrosos como crías de jirafa. Estamos exponiendo demasiado nuestras vidas con el afán de sobrevivir. Al menos más de lo debido. Los ríos se secan y las plantas escasean, y esto hace que los animales herbívoros mueran o intenten escapar del reino.
—Y es precisamente por eso hermana –Exclamó Mheetu tomando la palabra –que yo quisiera pedirte que te regreses al reino a donde perteneces. Al reino que te vio nacer. Junto a nuestro padre y conmigo. ¿Qué dices, Nala?
Automáticamente, Nala se puso seria y agachó la cabeza.
—Hermano, es que, no sé…
Sarafina se acercó a ella, mirándola con cierta inquietud:
—¡Vamos, hija!, regresa con tu hermano y con tu padre. Vivirás mucho mejor allá que en medio de esta dictadura. Yo no puedo hacer eso porque debo apoyar a Sarabi en estos difíciles momentos, pero en cambio tú… tú todavía tienes un gran camino por delante. Verás que si acompañas a tu padre y a tu hermano tendrás una vida más feliz y prometedora que permaneciendo aquí.
—Hija mía —Agregó entonces Shizazen—: Yo sé que si vienes con nosotros vivirás más segura y feliz.
Ante estos argumentos, Nala con voz firme y actitud decidida impugnó:
—Tal vez éste no es el reino de mi padre, tal vez éstas tierras no me vieron nacer, pero sí que me vieron crecer. Yo amo Las Tierras del Reino más que a nada, amo a la manada, y por muchas razones, no pienso dejar éste lugar. Mi objetivo es contribuir para cambiar las cosas aquí.
—Pero, ¿cómo piensas hacerlo, hija? —preguntó Sarafina agobiada.
—No lo sé, madre, pero ya encontraré la forma. Y si debo partir, no será al reino de mi padre a esconderme, será a otras tierras a pedir ayuda. Ahora Debo irme…
Acto seguido, y para sorpresa de todos, Nala salió corriendo de la cueva.
Shizazen y Mheetu se quedaron perplejos ante el extraño comportamiento de Nala.
—¡Hija!, ¡Hija espera!
Justo cuando Sarafina estaba a punto de ir tras Nala, Minka la detuvo y la tranquilizó.
—Tranquila, Saffy. Tu hija es muy lista y bondadosa. Sabe lo que hace. Aiheu se encargará de protegerla. No te preocupes.
Mientras tanto, en La Roca Del Rey, había más plática:
—¡No aceptaremos tu mandato, Scar! –decía Sarabi con voz firme—: Ninguna de nosotras irá a la guerra en contra de los reinos vecinos. Ellos han sido nuestros colegas por años y no los defraudaremos.
Taka estaba furioso. Daba vueltas de un lado a otro de manera violenta.
—¡¿Ni siquiera porque nos tienen bloqueados?!
—Ni siquiera por eso, Scar –replicó Sarabi corta y tajantemente— Además, si nos bloquearon fue por tú culpa… Tú culpa y la de tus estúpidas leyes. Mufasa nunca hubiera permitido que rompiéramos relaciones con los reinos vecinos, tampoco hubiera dejado que el reino hubiera llegado a las condiciones tan deplorables en que se encuentra actualmente.
—¡Pero qué insolencia, Sarabi! —Gritó Scar encolerizado— ¡Sabes que es un delito criticar mi forma de gobernar! ¡Y es aún más grave mencionar el nombre de Mufasa en mi presencia! ¡También es ilegal levantarme la voz!, ¿O, acaso ya lo olvidaste?!
Pese a esta advertencia, el resto de las leonas ya no estaban dispuestas a dejarse manipular. Así, con gran valentía, mostraron su apoyo a Sarabi, y gritaron al unísono:
—¡Nos rehusamos a pelear!
Scar no podía creer que se le estuvieran revelando. Estaba tan enojado que parecía echar chispas por los ojos.
—¡Todas ustedes son unas inútiles —gritó con todas sus fuerzas. Después se dirigió únicamente a Sarabi—: Pero te preguntaré algo, Sarabi, ¿Acaso no conoces la primera regla de la líder de cuadrilla de caza?, esta dice que toda falla es tú falla y toda insubordinación es tú insubordinación. Así que, si no quieres obedecer y hacer que el resto de las leonas participen en esta guerra, entonces, yo personalmente te condenaré a muerte.
—¡Para eso tendrás que matarnos a todas nosotras también, Scar!— replicó una de las leonas de la manada de Mufasa llamada Tabatha.
Taka lanzó un bufido lleno de frustración.
—¡Al demonio con esto! ¡Me rindo! Si no quieren pelear, adelante, de todos modos no hay la suficiente comida en el reino como para darme el lujo de eliminarlas a ustedes; la cuadrilla de caza. Ahora, ¡Salgan de la cueva real y desaparezcan de mi vista antes de que cambie de opinión!
Todas las leonas de la manada de Mufasa, incluyendo Sarabi, salieron del lugar con paso firme y decidido, pero sobre todo con gran aire triunfal. Habían ganado; aunque la guerra sí se llevaría acabo, ellas, al menos, ya no tendrían que pelear contra nadie.
Una jaqueca inmensa comenzó a invadir a Scar, y también algunos ligeros ataques de asma.
¿Y ahora qué seguía en su mala racha?, Si las leonas de Mufasa no le entraban a la guerra, habría muchas posibilidades de perder.
Pasaron algunas horas; Scar se encontraba recostado con sensaciones de malestar, y por si eso hubiera sido poco para él, su cadena de sucesos incómodos continuaron, cuando escuchó de pronto detrás de él, una femenina voz que lo llamó con cierto tono agresivo:
—Scar, es urgente que hablemos.
—Ahora no, Nala. Me duele la cabeza.- decía el león frotándose la sien con una de sus zarpas.
—Eso no me importa en lo más mínimo, Scar, ¡Me vas a escuchar porque me vas a escuchar!
Como era común en Scar, pese a que siempre quería proyectar rudeza, lo cierto es que invariablemente se sentía intimidado cuando una leona le hablaba de esa manera, así que no le quedó otra opción más que acceder a la petición de la furiosa leona.
—De acuerdo, te escucho. Dime, ¿Cuál es tu problema?
Nala se sintió muy indignada ante tal respuesta:
—¿Que cuál es mi problema? ¿Que cuál es mi problema? ¡¿Acaso no lo vez?! El reino, está cada vez peor; ya no hay comida ni agua, la cuadrilla de caza se ha visto en la necesidad de cazar animales peligrosos como crías de jirafa, los ríos se secan, el ejercito de Pelelezas se la pasa intimidando a todos, y ahora una guerra, ¡¿Y todavía te atreves a preguntar que cuál es mi problema?!
—Nala, tu sabes perfectamente que está penado cuestionar mi manera de go…
Nala alzó la voz aún más. Estaba energúmena.
—¡¿Cómo te atreviste si quiera a pedirnos ir a la guerra?! ¡¿Acaso no ves la situación del reino?! ¡¿Qué no te das cuenta que eso sólo traerá más hambre y penuria a estas tierras?!
—Ya les he dicho, mi querida Nala, que aquí abunda la comida, es sólo que la cuadrilla no sabe buscar…
Ante esta indiferente respuesta, una gran sensación de impotencia invadió a Nala, quien expulsó una lágrima de su ojo derecho, y bajó la guardia. Después dijo con la voz quebrada:
—No te importa... ¿Verdad, Scar?
Entonces, llena de desesperanza, Nala se soltó llorando. Scar se limitaba a observarla, pero no precisamente porque sintiera algo de compasión, o porque le hubieran conmovido las palabras de la leona. No. había algo más… obsesivos pensamientos atravesando su perverso corazón.
—A veces, al verte –comenzó a decir el perverso rey, ignorando por completo todo lo que estaba ocurriendo en su entorno—, Pareciera que estoy viendo a mi amada Elanna, o aún más… a Mi Bella Sarabi. Mírate, eres igual de hermosa que ellas dos, y yo...
Nala dio un brinco hacia atrás, comenzaba a asustarse ante las raras palabras y actitudes de Scar.
—¿Qué…? ¡¿Pero qué locuras estás diciendo?!
Los ojos del león de negra melena destellaron con un dejo de lujuria, mientras que sus delgadas zarpas comenzaron a deslizarse suavemente por la suave espalda de la leona, haciendo que ésta, experimentara una incómoda sensación de escalofrío.
—Basta Scar, ¿qué estás haciendo?
—Ven a mí Nala. Eres tan hermosa que…
Taka se acercaba cada vez más a Nala hasta invadir por completo su espacio personal, y cuando ella lo sintió demasiado cerca, le dio tremendo zarpazo que lo dejó tirado jadeando. Acto seguido, Nala salió de allí corriendo, empapada en lágrimas.
La perturbada leona se perdía entre los pastizales llorando desconsoladamente, corriendo sin rumbo fijo, hasta que de pronto, escuchó un ruido:
—¿Quién anda ahí? — Preguntó angustiada y mirando para todas direcciones.
Muy pronto, su pregunta obtuvo una respuesta. Una hiena estaba parada justo frente a ella.
—No te me acerques, escoria –le dijo Nala –, si lo haces te juro que te mataré.
—No te preocupes cariño. No vine a pelear. Sólo quiero ayudarte. Quisiera que me escucharas.
Nala se quedó callada. Era la primera vez que una hiena le hablaba con esa amabilidad, sin embargo, su experiencia le dictaba que no debía confiar en ella, así que, en un tono que reflejaba dureza, le dijo:
—Está bien, pero no te me acerques ni un milímetro, o te irá mal. Anda, di lo que tengas que decir. No me hagas perder mi tiempo.
La hiena, pareciendo ignorar el comentario poco amable de Nala, sonrió ligeramente, asintió con la cabeza, y respondió en un suave y misterioso susurro:
—De acuerdo, lo haré bajo tus condiciones. Mi nombre es Shimbekh. Soy la sacerdotisa del clan de hienas. Soy vidente también, y por ello, he visto tu futuro. Sé que tú eres quien puede contribuir en gran medida a que estas tierras se regeneren.
— ¿Lo dices en verdad? —Preguntó Nala sorprendida. Tal vez a Nala no le agradaban las hienas, pero su madre siempre le había dicho que las hienas que sabían magia podían ser incluso más poderosas que un simio chamán.
—Absolutamente. Pero debes hacer lo que yo te diga; Ahora acompáñame, te mostraré el camino.
Shimbekh llevó a Nala hasta los límites del reino, las cuales como todos sabemos, estaban siendo patrulladas por Falkur y la temible patrulla de Pelelezas a su cargo.
—¡Alto ahí en nombre del rey! —vociferó el guardián Falkur, más sin embargo, al ver a Shimbekh, bajó la guardia—: ¡Disculpe mi atrevimiento, su santidad Shimbekh! Yo sólo hacía mi trabajo de patrullar la frontera y no la vi venir… Pero dígame, ¿qué la trae por aquí? ¡Oh, poderosa!
—Esta leona debe salir del reino. Órdenes del Rey. –dijo Shimbekh con firmeza, señalando a Nala con la cabeza.
Shimbekh miró a Nala a los ojos de manera muy profunda. Después se le acercó y la acarició en su cabeza con una de sus patas.
—Cierra los ojos, pequeña.
Nala hizo caso de la petición de Shimbekh. La sacerdotisa comenzó a susurrar estas extrañas palabras:
—Ommm Bhavaa Antayee Roh´kash. Te bendigo bajo la gracia de la gran madre. Ommm Bava Antayee Roh´kash. Yo te consagro en el nombre de Roh´kash. Gran madre, bendícele y condúcela por el camino hacia su misión —Después guardó silencio por algunos minutos, hasta que finalmente le ordenó: —Ahora abre los ojos, hija de la luz.
Al abrirlos, Nala sintió una gran paz y felicidad en su interior. Era como si sus energías hubieran sido renovadas por completo. Miró hacia al frente y pudo vislumbrar una extraña bola de luz color azul marino, extremadamente brillante.
—¿Qué es eso? —le preguntó Nala a la Hiena, totalmente atónita.
—.Eso mi niña, es un Trakingaroho.
—¿Un Trakingaroho ? ¿Y qué significa?
—Es un espíritu guía y protector. Él guiará tu camino, hasta que puedas encontrar ayuda para tu gente. Dime, ¿estarás dispuesta a seguirlo?
Nala perdió su vista en Las Tierras del Reino. En sus amadas tierras, esas que la habían visto nacer, y que por hoy se habían convertido en Tierras de Sombras. Soltó una lágrima, y miró a la hiena.
—Lo haré —Respondió en tono firme y decidido.
—Hasta aquí puedo guiarte, mi niña —le dijo la Hiena—: Ahora todo depende de ti.
Nala, corrió tras el Trakingaroho, y así emprendería lo que sería para ella un largo y tortuoso viaje; un viaje que a pesar de ser difícil, terminaría por cambiar el destino de todos.
—Buena suerte. —Susurró finalmente la sacerdotisa. El viento frío acarició su rostro.
Después, Falkur se acercó a Shimbekh. —Esas no pudieron ser órdenes del rey, ¿Por qué usted la dejó escapar?
Shimbekh lo miró calculadoramente.
—Tu familia no ha comido en días, tú y tus soldados han tenido que patrullar esta frontera por meses sin descanso, y quieres que eso cambie, ¿Verdad Falkur?
Falkur asintió, algo apenado.
—Entonces lo que has visto aquí, no deberá ser divulgado al rey Scar –Finalizó Shimbekh, reflejando mucha convicción en sus palabras.
