Capítulo 4 – Recuerdos de una vida pasada
Era una noche de tormenta en el lejano pueblo de Vizuri Shetani, donde las fuertes ráfagas de viento huracanado parecían ser capaces de arrasar con todo a su paso, mientras que la fuerte lluvia resonaba en los techos y cristales de los hogares del pequeño asentamiento, rodeado por el bosque.
En el interior de una pequeña vivienda, una cebra de crin lacia y ojos verdes se encontraba abrazando a un pequeño unicornio amarillo de crin dorada, el cual tenía la frente y los cascos vendados. El pequeño no tardó en caer profundamente dormido, y la joven se quedó allí, abrazando a aquel potrillo del cual no sabía nada más que su nombre: Blast.
En aquel instante, todo lo que había acontecido a lo largo del día parecía lejano, como un sueño. Pero estaba segura de algo: ese pequeño era real y estaba allí, en sus brazos. Una extraña determinación sacudió su corazón, y entonces lo decidió: protegería a ese pequeño sin importar qué, y se aseguraría de que nada malo le sucediera. Sabía que era lo correcto.
El día anterior...
Transcurría una hermosa tarde en una isla en medio del gran lago Zira, a una considerable distancia del pueblo de Vizuri Shetani. Faltaba poco para el atardecer; la tierra era tocada por los agradables rayos de sol a través de las hojas de los arboles, y había un gran silencio en el lugar, uno que solo se veía opacado por los pájaros que emitían su maravilloso canto desde los pinos cercanos.
Allí, dos cebras de la rama guerrera del clan Vivuli se encontraban en una labor especial de recolección, pues se habían propuesto conseguir hierbas medicinales especiales que crecían mas allá de sus territorios, donde los recolectores de la rama médica del clan no eran capaces de llegar pues no contaban con la capacidad necesaria para enfrentar los peligros que allí podían encontrar.
La pareja estaba conformada por Shin de las Flores, la hermosa hija de Felshak del Trueno, líder del clan, y por Kanto de la Noche, una cebra de pelaje algo más oscuro que el de su compañera, con franjas casi negras alrededor de todo su cuerpo. Tenía ojos grises, crin en punta, una marca en forma de estrella en sus flancos, anillos de oro en su brazo derecho, y un colgante en forma de cruz negra con una gema romboidal roja en el centro. Ambos tenían canastos en sus costados, hechos a casco, para realizar su labor.
—Nos estamos alejando mucho del pueblo, ¿no crees? A este paso quizá no podamos volver antes de la puesta de sol, y estos lares pueden ser muy peligrosos durante la noche. —Decía Shin, algo preocupada.
—¡Tranquila!, venimos preparados para esto. Además, no podemos volver hasta que encontremos flores de Neim y hojas de Xianú. Se lo prometimos a tu padre, y no pienso faltar a esa promesa. —Dijo Kanto, con determinación.
—Te lo tomas muy en serio. Además, esas hierbas son cicatrizantes y hemostáticos, dudo que las necesitemos mucho de momento. Quizá deberíamos volver al pueblo ahora, e intentarlo de nuevo dentro de unos meses, cuando llega el verano y los días son más largos, ¿qué dices?
—No te preocupes, ¡terminaremos rápidamente con la recolección y volveremos antes de que te des cuenta! ¿Qué acaso no confías en mí? —Preguntó con gracia.
—¡Claro que sí! ¡De otra forma no estaríamos casados! —Respondió, casi ofendida por la pregunta.
—¡Entonces sígueme! ¡Creo que puedo ver brotes de Neim por allí! —Dijo sonriente mientras apuntaba con su casco a un claro del bosque no muy lejos de allí, antes de galopar hacia él.
Shin se quedó allí parada, y suspiró pesadamente por causa de la actitud de su esposo para luego sonreír. Shin siempre había considerado que era más "madura" que Kanto, quien a pesar de ser una excelente cebra, un gran compañero, amigo, confidente, y no menos importante, un gran guerrero, tenía la costumbre de comportarse de una manera extremadamente infantil por momentos. Había ocasiones en que esto la molestaba, pero también había otras en que la hacía romper en carcajadas. A causa de ello, a veces le costaba distinguir si aquello era un defecto o una virtud, pero aún así era una de las tantas cosas que la hacían amarlo aún más, pues cuando ella estuviera triste o se sintiera sola, el siempre estaría a su lado, tratando de acompañarla, de hacerla sonreír, y de hacerla feliz.
"Siempre ha estado a mi lado." —Pensó mientras veía a su marido recolectar las flores cual niño emocionado.
—¡Oye! ¿Acaso no vas a ayudarme? —Preguntó Kanto, sacándola de sus pensamientos. Shin se acercó a su marido y comenzó a recolectar las flores en su canasto, con cuidado de no dañar el resto de las plantas—. ¿En qué pensabas? —Preguntó con curiosidad, al haber notado la mirada de la cebra poco antes de acercarse. Su pareja rió para sus adentros una vez más, antes de contestar.
—En lo mucho que te amo. —Dijo ella con ternura, mientras le dedicaba una cálida mirada.
—¿Y tenemos que estar tan lejos de nuestro hogar para que te des el lujo de pensarlo? —Inquirió con una ceja en alto. Ciertamente lo decía en broma, pero su pareja no lo tomo así, pues al instante su mirada pasó de ser cálida y dulce a gélida como el hielo mismo—. ¡Tranquila, era solo una broma! —Exclamó con nerviosismo, pues a pesar de que sabía que podía bromear con ella, también sabía que había un cierto límite, uno que no tenía intenciones de cruzar. Shin suspiró con pesadumbre—. Oye, sabes que yo también te amo, no tienes porque enfadarte así. —Habló con un tono cálido, tratando de sonar lo más convincentemente posible al tiempo que dejaba su labor y se acercaba a su esposa, mientras ella desviaba la mirada con el ceño fruncido.
—Lo sé, pero pero tú sabes que no me gusta que bromees cuando te lo digo. Es como si insinuaras que no estoy siendo sincera, o que estoy haciendo una especie de broma. Y no me gusta qu-…
La joven se vio interrumpida al sentir los labios de su esposo posarse sobre los suyos. Shin se sorprendió, encontrándose en medio de un tierno beso al cual no tardó mucho en responder, abrazándose fuertemente a su amado al tiempo que ambos se sentaban en el césped. El momento era ideal, pues la calma era casi absoluta en aquel lugar. Eso sumado al agradable canto de los pájaros a su alrededor y los cálidos rayos de sol del atardecer posándose en la escena constituían un pequeño fragmento de paraíso, uno que ninguno de los dos iba a desperdiciar. Antes de lo que el joven hubiera querido, Shin rompió el beso.
—Te amo demasiado, ¿sabes? —Dijo Kanto, con una sincera sonrisa.
—¿Crees que esto te funcionará cada vez que me hagas enfadar? —Inquirió ella con una ceja en alto.
—Tu dímelo, ¿funcionó? —Se atrevió a preguntar, aunque no esperaba una respuesta realmente.
Sin embargo, Shin no contestó la pregunta con palabras, sino que acercó su rostro al de su marido una vez más al encuentro de otro beso. Y así pasaron los minutos que, para los dos enamorados, fueron tan solo segundos.
Poco tiempo después se separaron para recuperar el necesitado aire, mientras aún permanecían abrazados, disfrutando del calor y la compañía del otro. Pasados unos minutos, fue Shin quien rompió el agradable silencio que se había formado.
—Nunca te apartes de mi lado. —Susurró ella, recargando su cabeza en el hombro del guerrero.
—No en esta vida, Shin. —Respondió con calidez, abrazando a su esposa protectoramente.
Ahora, ambos permanecían sentados contra un viejo roble en una zona elevada de la isla, mientras contemplaban el cálido atardecer. En tanto el sol, reflejando sus cálidos rayos en el lago, ya se retiraba en el horizonte, dando paso a la majestuosa noche.
—Es tan hermoso. —Musitó Shin, no recordando cuando había sido la última vez que había disfrutado de un espectáculo así.
—No tanto como tú. —Respondió Kanto, sonriéndole sinceramente, mientras su esposa lo miraba con ternura.
—Quisiera quedarme aquí junto a ti, para siempre. —Dijo ella, y dirigió su vista una vez más al horizonte.
—Bueno, sabes me encantaría, de no ser por el hecho de que pronto va a oscurecer, las criaturas salvajes comenzaran a salir de sus cuevas y-… —Fue silenciado por el casco de su esposa, quien suspiró una vez más.
—¿Por qué siempre tienes que hablar tanto? —Preguntó, divertida.
—Si acaso te molesta, sabes bien como callarme. —Respondió, arqueando una ceja. Ambos acercaron sus rostros a la espera de otro beso, pero algo los interrumpió.
Kanto se separó de su esposa abruptamente, sobresaltado, poniéndose de pie y en estado de alerta. Shin lo observó confundida, y pronto se acercó a él.
—Amor, ¿Qué su-…? —Fue silenciada por uno de los cascos de su esposo. Shin lo observó molesta un momento al apartarlo, pero antes de hablarle alcanzó a oír una especie de zumbido, aunque este no parecía provenir de ningún animal salvaje que ella conociera—. ¿Qué es ese soni-…? —Kanto chistó para interrumpirla, mientras intentaba ubicar con su vista y oído el origen del sonido, cada vez más fuerte. Shin lo comprendió, e hizo lo mismo. Luego de unos segundos, finalmente fue capaz de divisar el origen de aquel zumbido.
—Santo cielo. —Susurró Kanto al ver que el objeto que lo originaba se aproximaba por aire a toda velocidad a su posición. Se trataba de un gigantesco objeto ovalado con un rectángulo metálico adherido a la parte inferior, envuelto en llamas, y que avanzaba a una velocidad imposible en su dirección—. Corre… ¡Corre!
Shin no tardo en reaccionar, y en menos de un segundo la pareja se encontraba huyendo, galopando lo más rápido que podían a través del bosque en un intento desesperado por salvar sus vidas. Cerraron los ojos un instante mientras aun estaban a la carrera en medio de la galería de árboles, y una vez que los abrieron su mirada había cambiado. Una sombra negra había aparecido bajo sus ojos, y ahora eran capaces de galopar a una velocidad mayor.
Segundos después, el titan envuelto en llamas se estrelló contra el suelo, y aún así su marcha no se detuvo. Aquella bestia de metal seguía avanzando por tierra a toda marcha, arrasando con todo a su paso. Kanto y Shin tenían a aquella monstruosidad prácticamente pegada a sus cascos; sabían que a ese paso no lograrían superar la velocidad del artefacto, por lo que huir en esa dirección ya no era una opción. El guerrero empujó a su esposa a un lado del camino para luego saltar hacia el lado lado contrario. Gracias a ello, evitaron que la bestia metálica arrasara con ellos en aquel preciso instante.
Luego de caer en la maleza cercana, las dos cebras se incorporaron adoloridas y se reunieron en el medio del camino creado por el arrastre del titan, al tiempo que sus ojos volvían a la normalidad, solo para notar como la gran bestia seguía su camino, arrasando con todo hasta quedar fuera del alcance de su vista. Poco tiempo después oyeron como ésta impactaba a una distancia considerable, y vislumbraron una creciente columna de humo en aquel punto.
La pareja aún se encontraba atónita, incrédula de lo que acababan de ver, y de cómo su tranquilo paseo por el bosque se había convertido en una odisea por salvar sus vidas. Algunos árboles habían comenzado a arder alrededor del camino que había formado la gran máquina, pero no parecía que hubiera peligro de que el fuego se extendiera rápidamente; contaban con algo de tiempo para escapar antes de que eso sucediera.
—Por los ancestros. —Musitó Shin, pues había visto pasar su vida entera frente a sus ojos poco antes de que su esposo la salvara.
—¡¿Qué cascos fue eso?! —Gritó Kanto en dirección a la zona de impacto, con una mirada y voz afectadas por el miedo y la confusión.
—No-… no lo sé, parecía un dirigible.
—¡¿Estarán atacando nuestras tierras?! —Preguntó el guerrero, su cuerpo y mente preparándose para la batalla.
—No, no creo que eso haya sido intencional, seguramente hubo un accidente, o algo así. —Respondió seriamente, mientras se calmaba e intentaba razonar la situación—. Deberíamos ir a investigar, puede que haya heridos.
—No, lo que debemos hacer es regresar a la aldea y advertir a tu padre sobre lo que sucedió aquí. —Replicó él, no estando dispuesto a dejar que su esposa se arriesgara de esa manera.
—Para cuando regresemos otra vez, podría ser demasiado tarde. —Susurró casi para si misma, para luego mirar a su esposo con gran determinación—. ¡Debemos apresurarnos! —Dijo al tiempo que se iniciaba un rápido galope.
—¡Espera! ¡Shin! —Exclamó el guerrero, corriendo tras su esposa.
En poco tiempo, siguiendo el sendero de destrucción que se había creado, las dos cebras llegaron al lugar del impacto. El dirigible había chocado contra un enorme árbol que doblaba su tamaño, y ahora resultaba en una gran linterna que iluminaba el bosque a su alrededor en medio de la noche. Estaba hecho pedazos, no había forma de que aquella maquina pudiera ser puesta en el aire otra vez. También había fuego por doquier, dentro y fuera de la nave, que poco a poco comenzaba a extenderse a la flora cercana.
—Dudo que aún haya alguien con vida ahí. —Kanto trató de convencer a su esposa de escapar, pues podría ser muy peligroso permanecer en ese lugar mas tiempo. En tanto, ella cerró los ojos por un momento, y aquella extraña sombra no tardó en aparecer.
—Puedo sentirlo, hay al menos dos supervivientes. ¡Tenemos que salvarlos! —Intentó acercarse rápidamente al dirigible, y su pareja se interpuso.
—¡No, es demasiado peligroso! Esa cosa podría explotar en cualquier momento y, aunque no lo hiciera, el fuego dentro de poco consumirá este lugar. Mira a tu alrededor, Shin. Por favor, no quiero que te arriesgues así. –Dijo Kanto con desespero, tratando de hacer reaccionar a su esposa. Aquella le dirigió una fría mirada, una que el guerrero supo reconocer.
—¿Confías en mi?
—¿Qué-... qué has dicho? —Respondió él, anonadado. Aquella pregunta lo había tomado por sorpresa.
—¿Confías en mi? —Inquirió nuevamente, sin cambiar su expresión.
—¡Por todos los cielos Shin! ¡Por supuesto que confío en ti! Pero-… —Se vio interrumpido.
—¡Entonces ayúdame en esto! ¡Y si no tienes deseos de ayudarme, al menos no te interpongas! —Dijo ella, evitando a su cónyuge y corriendo hacia la nave mientras esquivaba los restos encendidos a su alrededor.
No dispuesta a desperdiciar un solo segundo, se acercó a lo que parecía ser una de las entradas: una gran puerta de hierro que se encontraba cerca del suelo. Luego de cerrar un momento sus ojos, y apareciera la misma sombra bajo estos de antes, comenzó a empujar la puerta hacia un lado con intenciones de forzarla, aunque era incapaz de lograrlo sola, y ella lo sabía. Luego de unos momentos sintió otros cascos apoyarse sobre la puerta, y notó entonces que su marido se encontraba junto a ella, con la misma sombra bajo sus propios ojos.
—De acuerdo, ¡Hagámoslo! —Exclamó con gran confianza.
Shin sonrió ampliamente al ver que su amado, tal y como ella esperaba, no iba a dejarla sola en aquel momento. Ella asintió sonriente y, uniendo sus fuerzas, fueron capaces de arrancar la puerta de hierro fácilmente, arrojándola a un lado después. Ambos intercambiaron una seria mirada por un instante, e inmediatamente después ingresaron en el interior de la nave preparados para lo que fuera, sin saber que lo que encontrarían en su interior cambiaría sus vidas para siempre.
Una vez en el interior del dirigible, investigaron con la mirada velozmente la estancia, sin alejarse mucho de la entrada. Una alarma sonaba en intervalos de dos segundos, mientras que una luz roja que indicaba "emergencia" iluminaba el lugar débilmente. Había varias puertas y corredores secundarios en el lugar, pero ellos no contaban con tiempo suficiente para explorar todo el transporte; requerían de una guía específica.
—Ten cuidado, no sabemos si son hostiles. Si notas algo extraño, lo que sea, no dudes en atacar ni por un segundo, ¿de acuerdo? —Previno Kanto, pues había una posibilidad de que los supervivientes no fueran del todo amistosos.
—Sé cómo defenderme cariño, no tienes porque preocuparte por mí. —Dijo ella con confianza. Su esposo suspiró.
—Si, a veces olvido que estoy casado con una de las mejores guerreras del clan. —Comentó en tono de burla, mientras ambos se preparaban para avanzar.
Haciendo uso de su capacidad para percibir la energía natural de otros seres vivos, se acercaron rápidamente a la última puerta del corredor, forzándola casi al instante, subiendo las escaleras de caracol tras esta, y forzando también la puerta que daba acceso al segundo piso.
Al llegar se encontraron con otro pasillo, aunque este se encontraba invadido por las llamas, y había cuerpos de seres distintos de su raza en el suelo, que no parecían presentar señales de vida. Con cuidado, ambos se acercaron para investigar los cuerpos, encontrándose con criaturas equinas, con y sin alas.
—Por los ancestros, son… son ponis. —Musitó Shin, sorprendida de que tales criaturas se encontraran en su territorio.
—Y no parecen ser guerreros, ni mucho menos… son civiles. —Dijo Kanto con seriedad mientras investigaba los cuerpos sin vida, cerca de su esposa.
Shin sin embargo no hizo caso a las palabras de su marido, dado que ella estaba perdida en sus propios pensamientos pues no esperaba volver a ver a aquellas criaturas, mucho menos en sus tierras.
La joven cebra siempre había tenido un espíritu aventurero, incluso desde pequeña, y es por eso que cuando cumplió trece años, con el permiso de su padre (aunque muy a su pesar) dejó el pueblo de Vizuri Shetani para cumplir su sueño de viajar a tierras desconocidas. Luego de algunos meses, y de haber conocido el territorio de los minotauros, de los perros diamante y de los búfalos, llegó a un bello y pacifico lugar llamado "Equestria", donde habitaba toda clase de criaturas equinas. La joven decidió entonces establecerse en aquel maravilloso lugar, dispuesta a aprender todo lo que la cultura poni tenía para dar en cuanto a conocimientos de medicina e historia, e incluso tuvo el honor de conocer a la mismísima princesa del alba durante la celebración del verano en la capital del lugar.
Cumplidos sus veinte años, Shin añoraba su pequeño pueblo, pues a esta altura se había dado cuenta de que realmente nunca podría adaptarse a la forma de vida en ciudades y pueblos tan ajetreados. Fue cuando decidió emprender el viaje de regreso a Upendo Umuvilivu, junto a su amado padre.
Al volver, se encontró una vez más con su familia, sus compañeros, y en especial, con su mejor amigo de la infancia, quien había crecido para ser un honorable guerrero, aunque en el fondo seguía siendo el mismo niño inocente que había conocido años atrás. Fue entonces que se enamoraron, y unos años después, se casaron, dispuestos a formar una familia y a pasar el resto de sus vidas juntos.
—¡Shin! ¡¿Qué sucede?! —Inquirió Kanto, y sacando a la cebra de sus pensamientos.
—¿Eh? Nada, no es nada, es solo que… no importa. ¡Vamos! ¡Es por aquí! —Dijo Shin, acercándose rápidamente a la anteúltima puerta del pasillo del lado izquierdo, y abriéndola rápidamente con una potente coz. Así ingresó en lo que parecía ser un camarote, destruido casi por completo.
La mitad del techo de la habitación se había derrumbado, y la gran cama en el centro, junto con los muebles cercanos, estaban completamente cubiertos por los escombros. Pero lo que llamó su atención realmente fueron las dos figuras que yacían abrazadas en el suelo cerca del lecho, visiblemente heridas, bajo los escombros del dirigible. La cebra se acerco rápidamente a ellos, seguida de su marido, para levantar sin demasiada dificultad los restos del transporte que los cubrían, y dedicar una mirada más detallada a las víctimas. Se trataba de una unicornio de pelaje amarillo pálido, crin lacia color marrón oscuro, ojos cafés, y marca en forma de un libro en sus flancos. En sus brazos yacía inconsciente un potrillo de pelaje amarillo pálido y crin dorada con un pequeño mechón naranja. Probablemente su hijo.
—¡Señora! ¡Señora despierte! ¡Por favor, despierte! —Gritó Shin, intentando hacer reaccionar a la joven unicornio.
La misma entreabrió los ojos con dificultad, oyendo lejanas las palabras incomprensibles pertenecientes al dialecto de la cebra. Kanto ahora permanecía al lado de su esposa, esperando poder ayudarla en algo más, alegrándose de que ella conociera tan perfectamente el idioma equestriano.
—Señora, ¡¿puede usted oírme?! ¡Resista, la saldremos de aquí! —Le gritó, disponiéndose a ayudar a la unicornio a ponerse de pie, pero la misma se negó a incorporarse.
La unicornio no era capaz de responder con palabras no solo porque no comprendía el idioma de quien intentaba salvarla, sino también porque se encontraba extremadamente débil. A razón de ello, solo fue capaz de extender sus patas con dificultad, empujando al pequeño hacia Shin. El potrillo estaba realmente lastimado, pero no más que su madre, quien tenía graves heridas en el pecho y en su cabeza, pues había recibido de lleno el impacto de los escombros en un intento por proteger al pequeño.
La unicornio era consciente de sus lesiones, y sabía que quizá no lo conseguiría. Sabía también que si aquellas criaturas intentaban ayudarla no conseguiría más que retrasar su huida, poniéndolos en peligro a ellos y a su propio hijo. La cebra dudo un momento, pero al darse cuenta de lo que la madre pensaba, no perdió tiempo para tomar al pequeño con un brazo, mientras que la joven unicornio le sonreía con dificultad.
—Por favor, cuida de mi hijo. —Musitó con una voz ahogada. Shin quedó paralizada—. Cuida... de mi Blast. —Dijo llena de aflicción mientras su mirada escurría angustia, y sus ojos, lágrimas de dolor.
Sin pensarlo un instante, Shin asintió, al tiempo que veía con dolor como aquella madre cerraba sus ojos al dar un último suspiro, para finalmente partir de este mundo. La pareja cerró los ojos en señal de luto unos segundos, para luego de abrirlos y dedicar una mirada más detenida al pequeño en brazos de la guerrera.
Shin no sabía qué era lo que había ocurrido en aquel lugar, pero eso no le importaba. Lo que importaba ahora era que el unicornio en sus brazos necesitaba atención médica, y ese no era precisamente el lugar para proporcionársela. Una explosión más cercana la sacó de sus pensamientos, al igual que los gritos de su esposo.
—¡Shin! ¡Debemos irnos, ahora! —Exclamó con desespero, y sus gritos se vieron opacados por las explosiones que ahora ocurrían en distintos puntos del dirigible, algunas muy cerca de su posición.
La guerrera le dedico una última mirada a la unicornio que ahora yacía en el suelo, con una expresión tranquila en su rostro, y asintió.
—Lo prometo. —Dijo seriamente, para luego darse la vuelta y correr hacia la salida, siguiendo a su marido.
Salieron del cuarto y galoparon a través del corredor en llamas hacia la puerta que daba acceso a la escalera de caracol, solo para encontrarse con grandes escombros que caían frente a ellos, bloqueando totalmente el acceso al piso inferior.
—¡Estamos atrapados! —Exclamó la guerrera con el potrillo en brazos, llena de horror, no encontrando otra salida posible.
Kanto consideró la situación rápidamente y dio media vuelta, galopó al final del corredor del lado contrario seguido por su esposa, esquivando las llamas, y al llegar concentró todo su poder en sus cascos traseros, volteándose y propinando una potente coz a la pared, la cual salió despedida hacia el exterior casi en fragmentos.
—¡Deprisa! ¡Es ahora o nunca! —Gritó Kanto.
Shin se apresuró y se acercó a su marido con el potrillo aún en brazos, y en un segundo ambos saltaron al exterior de la nave, aterrizando a unos cuantos metros de ella justo cuando el interior del lugar por el cual acababan de escapar se veía invadido por una fuerte explosión.
Ambos respiraban agitadamente, luego de su milagroso escape al encuentro con la muerte. Aún así no perdieron tiempo y, evitando las llamas, se alejaron rápidamente del lugar que, tal y como Kanto había previsto, se había convertido en un completo infierno. El bosque a su alrededor ahora estaba ardiendo con una gran intensidad, y los arboles en llamas cedían a su paso.
Segundos después el dirigible mismo voló en pedazos, los cuales se esparcieron por todo el lugar. La pareja le dedicó una última mirada a los restos del transporte estando a una distancia segura del incendio, para luego observar con preocupación al niño que permanecía en brazos de la joven Shin, aun inconsciente. El pequeño necesitaba atención médica urgente, por lo cual no podían perder más tiempo; debían volver al pueblo lo más rápido posible.
La pareja de cebras se apresuró a volver a la orilla de la isla y subieron a la canoa en la cual habían arribado a aquel lugar. Kanto tomó los remos con sus cascos, y no tardaron más que unos cuantos segundos en ganar velocidad y alejarse de la costa.
Allí, en aquella isla, se había perdido un gran tesoro de hierbas medicinales, al igual que la vida de decenas de criaturas que allí habitaban y habían sido incapaces de escapar por agua o aire. Pero ellos lo habían conseguido, habían logrado escapar con vida junto con un niño de otra raza cuyo origen ambos conocían: Equestria.
Una vez que estuvieron a una distancia segura de la peligrosa isla Rafiki, Kanto se detuvo en medio de las oscuras aguas del lago, pues estaba realmente cansado. La flota en la que iban ahora estaba iluminada por una lámpara de combustible colocada en el centro, que el guerrero había llevado por precaución por si acaso la noche los alcanzaba antes de regresar.
—Te dije que sería mejor si... si veníamos preparados. —Dijo Kanto con una sonrisa de confianza, respirando agitadamente, mientras la sombra bajo sus ojos desaparecía.
Shin le sonrió a su esposo en respuesta, para luego observar al pequeño en sus brazos. Lo importante ahora era atender sus heridas, pues no estaba totalmente fuera de peligro. Sin embargo, no podía dejar de hacerse la misma pregunta una y otra vez: ¿qué sería de aquel pequeño de ahora en adelante?
Todos los habitantes del pueblo estaban fuera de sus casas, observando con temor la columna de humo que se divisaba a lo lejos, en el medio de una noche iluminada por la luna llena. Delante de todos ellos se encontraba el líder del clan: una cebra mayor de pelaje gris y rayas negras, aros de oro en sus orejas y brazos, colgante en forma de cruz negra en su cuello, y una marca en forma de rayo en sus flancos. Aquel guerrero era temido en todo el país de Upendo Uvumilivu dado su historial de guerras pasadas, y eran contados los adversarios que habían sido capaces de hacerle frente en el campo de batalla.
Y así, aún después de haber enfrentado peligrosas batallas a lo largo de su vida, solo ahora, en este preciso instante, sentía miedo. Miedo porque en la mañana su hija y su yerno se habían marchado en la dirección donde la columna de humo se levantaba, y no había tenido noticias de ellos desde entonces. Su instinto le gritaba que debía ir a aquel lugar y asegurarse de que su familia estuviese con bien, pero la parte lógica de su mente le indicaba que aquello bien podría ser la treta de un enemigo para tenderle una emboscada, o para atacar la aldea en el preciso instante en que él partiera. De momento no podía arriesgarse, debía confiar en los centinelas que habían partido rumbo a aquel lugar horas antes. Finalmente, dos de ellos salieron del bosque y se acercaron al jefe.
—Señor Felshak, hemos confirmado que el incendio se originó en la isla Rafiki, del lago Zira. —Dijo uno de ellos con seriedad. Aquellas palabras fueron como un puñal para el viejo Felshak, quien encontró cierta dificultad para mantener su usual expresión serena. La otra centinela notó esto, y actuó rápidamente en consecuencia.
—Aún así, no podemos tener la certeza de que Shin y Kanto hayan estado allí presentes cuando sucedió. Nosotros volvimos para informarle una vez tuvimos la certeza del lugar donde ocurrió. Los demás avanzaron para buscar rastros de su familia. —Dijo la joven guerrera, tratando de calmar a su lider.
—Está bien. Lai, Narae… gracias, pueden regresar a su puesto. —Dijo el jefe relajadamente, cerrando sus ojos. Ambos asintieron y se alejaron en silencio, volviendo a su lugar en dos de las elevadas torres que se ubicaban alrededor del pueblo, recuperando la sombra bajo sus ojos para continuar con su labor.
Felshak del Trueno era una cebra de cincuenta y dos años que había asumido como líder del clan a la edad de veinticinco, luego de perder a su padre y a su amada esposa a garras de los leones durante la última gran guerra, la cual se había desatado por el vasto territorio que las cebras habitaban. Luego de eso, Felshak tomó su merecido lugar como líder del clan a una temprana edad, habiendo quedado viudo, y con una pequeña hija de dos años que no entendía el por qué de la ausencia de su madre.
Años después, otra gran desgracia golpeó a su familia. Su nieto de cinco años, Akim, el primer hijo de Shin de las Flores y Kanto de la Noche, perdió la vida a causa de una terrible enfermedad que había afectado a los niños y ancianos de Vizuri Shetani. Para cuando los curanderos encontraron una combinación de hierbas adecuada para tratar los síntomas, para algunos ya era demasiado tarde. La pareja lloró a su querido ángel durante años, antes de poder continuar con sus vidas. Aunque claro, ni Shin ni Kanto habían vuelto a ser los mismos desde aquel entonces.
El líder no solo tuvo que cargar con el sufrimiento de sus seres queridos más cercanos, sino también con el suyo propio. Aún así, esto nunca le impidió guiar a su clan con responsabilidad y sabiduría pues debía seguir adelante, al igual que el resto su familia.
—¡Señor! ¡Se acercan! —Gritó Lai desde la torre, percibiendo mediante sus habilidades a un grupo numeroso que se acercaba rápidamente por el norte.
Felshak vio interrumpidos sus pensamientos mientras hacía uso de las mismas habilidades que el guardián, y una sombra oscura apareció bajo sus ojos. Pudo entonces sentir la energía de los dos seres por quienes tan preocupado estaba, y una extraña energía que no fue capaz de identificar, que se acercaba junto con ellos.
Segundos después los guerreros se abrieron paso entre la maleza que delimitaba el pueblo del bosque, y cuál fue la dicha del viejo jefe al ver llegar a su hija sana y salva, al igual que su yerno y el equipo de centinelas que los habían escoltado.
—¡Shin! —Exclamó Felshak, galopando hacia la joven.
—¡Padre! —Gritó Shin, apresurándose a abrazarlo con uno de sus brazos cariñosamente, mientras que su ser querido la abrazaba con ambos, no habiendo reparado en la criatura que llevaba con ella. Kanto permanecía junto a los demás rastreadores mientras los habitantes se aproximaban a ellos, dichosos de su regreso.
—¡Gracias a los ancestros que están bien! ¡Estaba tan preocupado, mi niña! Yo-… ¿Qué es esto? —Preguntó el jefe al notar al potrillo en brazos de su hija.
—¡Padre, este niño está muy mal herido, y necesita de cuidados médicos inmediatos! Por favor, se lo que piensas sobre las demás razas, distintas a la nuestra. Pero te suplico, te imploro, que hagas una excepción y que nos permitas tratar a este pequeño, pues de no hacerlo quizá vea un nuevo amanecer. —Suplicaba Shin, pues conocía bien la postura de su padre con respecto a los forasteros luego del ataque de los leones hacia ya tantos años.
Su padre ahora se debatía entre permitirle la entrada a un completo extraño, por más que de un niño se tratara, o negarle la necesitada ayuda a su ser más amado en el mundo lo cual, aunque parecía una decisión simple, no era nada fácil para el viejo jefe. Por más que la idea no le agradara en lo más mínimo, decidió permitir esto, pues no podía decirle que no a su hija en ese momento. Más tarde meditarían que hacer con el niño, ya que lo que importaba ahora era salvarle de los fríos cascos de la parca, que ansiaban posarse sobre él y llevarse su alma antes del alba.
—¡Kuhn de las Sombras! ¡Acércate! —Llamó Felshak mirando a su derecha, buscando a alguien en particular que pronto se abrió paso entre la multitud.
—Aquí estoy mi señor, descuidad. Puedo preguntar, ¿cuál es su voluntad? —Dijo Kuhn, una vieja cebra de pelaje blanco con muy pocas rayas grises que solo cubrían su rostro, parte de su espalda y sus patas. De ojos marrones, crin corta en punta, aros en ambas orejas, y una marca en forma de cruz en sus flancos.
—Ve a casa de mi hija junto con ella y su esposo, y cuida de este niño haciendo uso de tus habilidades. Asegúrate de proporcionarle cuantos cuidados necesite, pues cuando sus heridas hayan sanado y se halle recuperado, decidiremos de qué forma lo devolveremos a sus tierras. —Concluyó Felshak mirando seriamente al viejo doctor del clan, uno de los más capacitados de la rama médica.
Kuhn asintió, y rápidamente los cuatro se retiraron a la morada de la pareja mientras que Felshak, con un gran cansancio a sus espaldas, ordenó a todos volver a sus hogares antes de apartarse con el grupo de centinelas que habían escoltado a Shin y a Kanto. Los demás habitantes del pueblo aún se miraban entre sí, preguntándose si la decisión que había tomado el jefe había sido la correcta pues tener a un niño de otra especie allí, en el futuro podría traerles problemas. No mucho después decidieron que era muy tarde como para preocuparse por eso, pues los niños debían descansar al igual que los adultos, quienes al día siguiente deberían reiniciar sus labores normalmente. Minutos después, casi todos se habían retirado a sus hogares para dormir bajo el abrazo de la noche.
—No quiero molestar a mi hija por el momento, así que explíquenme que fue lo que sucedió. —Dijo con seriedad el jefe del clan. Una de las cebras dio un paso al frente.
—Gran Felshak, la señorita Shin nos relató los infortunios por los cuales pasaron en la isla Rafiki hace apenas algunas horas. Un gran dirigible, un transporte muy utilizado en las tierras de Equestria, cayó casi en el centro de la alejada isla, pues al parecer hubo un accidente mucho antes del impacto. Todos los equinos que iban a bordo, civiles, perecieron en aquel lugar, y solo aquel pequeño sobrevivió a tal fatalidad. Su hija y su yerno salvaron a aquel potrillo y escaparon oportunamente, y nosotros los interceptamos cuando venían hacia aquí. —Concluyó el centinela. Felshak suspiró.
—De acuerdo, pueden retirarse. Mañana reiniciaremos las labores normalmente, y cuando el fuego en la isla se haya extinto por completo, ustedes irán allí para investigar el lugar con más detenimiento. Probablemente dentro de poco tendremos invitados provenientes de Equestria, una vez que aquellos no tengan noticias de las víctimas del dirigible. —Concluyó el líder, luego de lo cual los centinelas asintieron y se retiraron.
Ahora Felshak se encontraba sentado en una vieja silla en el exterior de su morada, pensativo, considerando cuales eran las opciones que tenía entonces y qué debería hacer luego para devolver a su patria al pequeño unicornio recién llegado.
Por un segundo lo imaginó como una amenaza, como un agente infiltrado solo para hacer daño a su pueblo, a su familia. Ante aquel pensamiento, la sombra apareció bajo sus ojos, y no tardó más de unos instantes para hallar la presencia del unicornio. Examinó el aura que proyectaba de punta a punta, y no tardó en descubrir que se trataba de una criatura común y corriente, profundamente dormida. Su poder actual apenas sería suficiente para hacer daño a una hormiga toro, y Felshak se dio cuenta de que sus miedos eran infundados.
Pronto aquellas ideas se vieron opacadas por el gran cansancio que lo invadía. La preocupación por su familia lo había desvelado, pero ahora que sabía que su hija y su yerno estaban a salvo, por fin se retiró a su lecho, disponiéndose a dormir.
Unas horas después, bien entrada la madrugada, el pequeño yacía en cama con la frente vendada, en una pequeña habitación débilmente iluminada por algunas velas. Kuhn, un doctor de la rama médica del clan, concluía su tratamiento para luego alejarse del lecho del paciente junto con Kanto, mientras la esposa de este último permaneció en todo momento junto al potrillo.
—¿Cómo crees que se encuentre? —Inquirió Kanto al salir de la habitación, con cierta preocupación.
—Muchos conocimientos poseo yo sobre nuestra anatomía, más la de los ponis, es una cosa completamente distinta. Su cuerpo no ha sufrido un daño mayor, sin embargo, requerida de algún tiempo para ponerse mejor. —Dijo el curandero, con seriedad.
—Entiendo pero, ¿Tu que-...? ¿Que cre-...? Uh. —No era capaz de completar la pregunta—. ¿Qué crees que debamos hacer cuando despierte? ¿Debemos decirle lo que le ocurrió a su madre, o...? —Inquirió finalmente, desviando la mirada. Kuhn apoyó un casco en su hombro.
—Un paso a la vez amigo mío, en cuanto de su sueño salga, llámame inmediatamente, pues no deberá levantarse de su cama. Yo lo examinaré una vez más, para así un diagnostico definitivo poder dar. —Respondió Kuhn, luego de lo cual le sonrió para darle ánimos, notando que el joven estaba realmente preocupado por el niño.
—De acuerdo, te lo agradezco mucho Kuhn, has sido de gran ayuda. —Dijo él, con una sincera sonrisa en señal de agradecimiento. El doctor asintió, luego de lo cual se retiró a su hogar.
Una vez que quedaron solos, Kanto se acercó a su esposa notando como ella, sentada al borde del lecho, continuaba acariciando la melena del pequeño unicornio, con una triste mirada. El guerrero notó esto y actuó en consecuencia.
—¡Tranquila! No te preocupes tanto por él, ya fue atendido por uno de nuestros mejores curanderos. Dentro de algunos días estará bien, ¡ya lo verás! —Animó él, tratando de relajar el ambiente.
—Sí, lo escuché. Pero, ¿y después? —Preguntó mirando al niño, quien respiraba pausadamente.
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a que-... uh, piénsalo por un momento. Su madre falleció hace algunas horas, y no sabemos si su padre iba o no en ese dirigible cuando ocurrió el accidente. Quizás aquel esté bien, a salvo en Equestria, pero... ¿Y si no tiene padre? ¿Y si solo tenía a su madre? Entonces, ¿qué será de él? —Preguntó. ahora mirando a su esposo.
Kanto comprendió cual era el punto de su esposa, pues él había estado pensado exactamente lo mismo unas horas atrás, mientras se dirigían al pueblo.
—Creo que deberíamos dejarle ese asunto a la gobernante de Equestria. Tú misma me contaste que es una princesa sabia y justa, sé que hará lo mejor por el niño. —Respondió con una sonrisa, pero ello no tuvo efecto alguno en su esposa.
—He visto a potrillos de su edad, sin familia, que terminan en orfanatos sin que nadie los adopte, pues las parejas que no pueden concebir solo buscan para ello a los más pequeños. Los demás crecen solos, apartados de todo, sin nunca conocer el cariño y el amor de una madre o un padre. Y solo una vez cumplida su mayoría de edad, los dejan a su suerte en el vasto mundo, solos, sin nadie que los guíe, ni que los acompañe. —Dijo con tristeza, recordando aquellas escenas de las cuales había sido testigo durante su estadía en Equestria.
Kanto pronto se acercó al lecho y abrazó a su esposa protectoramente, susurrando en sus oídos.
—No debes preocuparte por eso ahora, amor mío. Si esa es la causa de tu tristeza, puedo asegurarte que haremos todo lo que esté a nuestro alcance por el bien de este pequeño, te lo prometo. —Dijo con determinación, y un cálido tono de voz que inspiraba paz en la guerrera. Shin no pudo evitar enternecerse al escuchar estas palabras.
—Gracias. —Susurró ella, sonriendo.
Unos minutos después, ambos se apartaron de la cama, apagando las velas que iluminaban el lugar y retirándose del cuarto, dedicándole una última mirada al pequeño que ahora dormía plácidamente. La pareja se retiró a su lecho en la habitación continua, repasando en sus mentes todo lo que habían vivido ese mismo día, y no pudiendo sacar de sus cabezas el hecho de que el pequeño unicornio ahora descansaba en la habitación que una vez había pertenecido a su querido hijo.
Al día siguiente, el sol brillaba una vez más sobre Vizuri Shetani. La columna de humo proveniente de la isla Rafiki ahora apenas era visible, pues el fuego se había extinto del todo durante la noche. Las cebras se disponían a comenzar sus labores diarias mientras que los más pequeños aún seguían dormidos, pues se habían desvelado la noche anterior.
En las primeras horas de la mañana, luego de haber desayunado, Shin tomó lugar en un cómodo sillón colocado al lado de la cama del unicornio, no dispuesta a dejar que se encontrara solo al despertar. Kanto aún permanecía sentado a la mesa del comedor, preocupado por Shin. Con un profundo suspiro salió de sus pensamientos, pues era hora de iniciar con sus labores de recolección diarias. Y así, luego de despedir a su querida esposa, salió de su hogar al encuentro de los demás miembros del clan que conformaban su equipo, y partieron con dirección al sur.
Unos minutos después, el jefe Felshak se presentó en la morada de la joven pareja, dirigiéndose al cuarto del pequeño donde sabia, probablemente, hallaría a su hija.
—Buenos días, Shin. —Saludó el líder del clan, cruzando la puerta de la habitación.
—Buenos días, padre. —Respondió Shin, sonriéndole dificultosamente y sin muchos ánimos, pues no había dormido bien. El jefe se sentó al borde de la cama, observando con detenimiento a la criatura que su hija custodiaba. Su situación no había cambiado desde el día anterior.
—Entonces, ¿cómo está? —Preguntó a su hija, sin dejar de mirar a la criatura.
—Kuhn dice que ya está fuera de peligro, pero sufrió un fuerte golpe en la cabeza, así que requerirá de algún tiempo para reponerse.
—Entiendo. Hija... ya he escuchado lo que sucedió de boca de los centinelas que los trajeron a ti y a Kanto a salvo, pero ahora me gustaría escucharlo de ti, y por favor no omitas ningún detalle por pequeño que sea, ¿de acuerdo? —Solicitó el jefe, que iba a requerir de toda la información posible si lo que deseaba era tomar una decisión adecuada, por el bien del pequeño, y el de su pueblo.
Shin asintió, y procedió a relatar los sucesos ocurridos el día anterior en aquella isla, los cuales les habían llevado a salvar al pequeño de un destino fatal. Le contó sobre la muerte de su madre, y también de sus miedos, sobre lo que probablemente ocurriría con él al volver a su reino. Felshak, mientras tanto, escuchaba atentamente cada palabra.
Una vez que Shin hubo concluido su relato, su padre cerró sus ojos y suspiró, pensando que era lo que debía hacer o decir, pues no quería preocupar a su hija más de lo que ya estaba.
—Shin, como dije antes, el pequeño podrá quedarse hasta que despierte y se recupere por completo. Y cuando ese momento llegue, decidiré seriamente qué es lo que debemos hacer con él. Solo te pido... que no te encariñes con él, pues no estará aquí para siempre. ¿De acuerdo?
—Si, lo sé. Solo quiero... solo quiero que se recupere, y que este bien. —Respondió ella, mirando con tristeza al potrillo durmiente. Su padre se incorporó, disponiéndose a salir.
—Disculpa si no es lo que querías escuchar hija mía, pero así son las cosas. —Dijo con seriedad, saliendo de la habitación sin esperar una respuesta por su parte. Una vez Felshak había salido, Shin cerró los ojos fuertemente, sintiendo una gran tristeza invadir su corazón.
El día pronto llego a su fin, y en un abrir y cerrar de ojos la noche cayó sobre el pueblo, más no era una noche estrellada, como muchas otras, pues había nubes de tormenta aproximándose, las cuales rápidamente cubrieron el cielo. Una fuerte lluvia se desató en la zona mientras que los habitantes que aún permanecían en el exterior resguardaban todos los bienes materiales que pudieran resultar dañados por la tempestad, antes de buscar refugio en sus hogares.
La joven Shin, sin embargo, había permanecido en su hogar todo el día, más precisamente al lado de la cama del unicornio, pues no podía evitar preocuparse por él. Y ahora que aquella gran tormenta se había desatado, se sentía incapaz de dejarle solo.
En un momento, la puerta de la casa se abrió de par en par y un muy agitado Kanto la atravesó, pues la tormenta lo había tomado por sorpresa justo en el momento en que regresaba a su morada.
—¡Shin! ¡¿Estás aquí?! —Debió gritar Kanto mientras cerraba la puerta, pues el sonido de los truenos y la fuerte lluvia golpeando el techo y los cristales no favorecían mucho la audición.
Sin obtener respuesta, se dirigió rápidamente a la habitación del muchacho, hallando a su esposa en el mismo lugar, y prácticamente en la misma posición en que se encontraba cuando se había marchado en la mañana.
—Buenas noches, querido. —Saludó ella, sonriendo con dificultad tal y como cuando su padre la había visitado.
—¿Has estado aquí todo el día? —Preguntó, extrañado.
—Si, le he dicho a mi padre que no continuaría con mis labores diarias hasta que el pequeño se hubiera repuesto, por si acaso me necesitaba.
—Shin. —Susurró él, con una clara mueca de preocupación.
—Oye, no te preocupes por mi. Estoy bien, es solo que... no quería que estuviese solo al despertar. —Dijo cálidamente la guerrera, observando al niño durmiente. Kanto suspiró, para luego sonreírle.
—Está bien. De cualquier forma, ¿ya has comido algo?
—Uh... no, en realidad. Olvidé preparar la cena por completo, lo siento. —Se disculpó ella, en extremo apenada.
—No te preocupes por eso, ¡hoy cocina tu esposo! —Exclamó alegremente.
—¿El mismo que evita hacerlo cada vez que puede, acaso? —Preguntó ella, con tono de burla y arqueando una ceja.
—¿Qué puedo decir? ¡Me gusta mucho más la comida que preparas tú! —Se excusó él—. En fin, ¿qué te gustaría cenar?
—Bueno, lo que tú quieras por mi está bien. Además, no puedo ser tan exigente con alguien que no es precisamente un cocinero profesional, ¿no crees? —Bromeó ella.
—Bueno... Kuhn me enseño hace mucho como preparar sopa de hongos, y hay algunos en la alacena, ¿qué tal? —Sugirió él.
—Suena bien para mi, avísame cuando este lista. Iré a comer y luego regresaré aquí, ¿está bien?
—¡Claro! —Exclamó alegremente el joven, dirigiéndose a la cocina a preparar el plato prometido.
Ahora Shin permanecía pensativa, escuchando cada vez más lejanos los estruendos de aquella tormenta, mientras observaba al niño de cabellos cálidos con una tranquila expresión en su rostro. La guerrera no podía evitar preguntarse: ¿Estaría soñando? Y si así era, ¿con quién? ¿Los habría escuchado a ella o a Kanto?
Pronto todas sus preguntas perdieron lugar en su mente, al ver al unicornio finalmente moverse, tocando su frente con uno de sus cascos y un gesto de molestia en el rostro. Shin se quedó ahí, petrificada, y observó con alegría al pequeño que, poco a poco, abría sus ojos.
Ahora, Shin centraba su atención una vez más en el pequeño unicornio en sus brazos, que permanecía tranquilamente dormido en esta noche de tormenta. La cebra acercó el rostro para besar su frente cariñosamente, justo en la base de su cuerno, para luego apartarse y abrazarlo una vez más, disponiéndose a dormir en esa posición.
—Siempre te cuidaré, Blast... y siempre estaré a tu lado. —Musitó ella, mientras poco a poco cerraba sus ojos, quedando profundamente dormida. Minutos después, Kanto regresó a la habitación en busca de su esposa.
—¡Shin, la cena ya esta lista! ¿Quieres que-...? —Se detuvo en seco al notar que su esposa estaba abrazada al niño, durmiendo plácidamente junto a él, con una sonrisa en su rostro.
Kanto, no menos sorprendido, no pudo evitar enternecerse con tal escena. En silencio, se acercó a una de las cómodas de la habitación para sacar una blanca sabana, para luego arropar a esposa y al niño con ella.
—Dulces sueños. —Susurró Kanto, besando la frente de la dulce dueña de su corazón.
Luego apagó las velas que iluminaban el cuarto, y se acomodó en el sillón junto al lecho, disponiéndose a dormir allí mismo, en compañía de su cónyuge y del pequeño unicornio. Al día siguiente la fuerte tormenta había cesado, las nubes se alejaron, y el sol ascendió radiante en el cielo azul una vez más, dando inicio a un nuevo día.
