Capítulo 6 – Los lazos que nos unen
Blast Fire – 10 Años
Una cuadrilla de cinco blancos pegasos sobrevolaba el bosque, en dirección hacia el norte. El joven del centro se encontraba pensativo, disconforme con la respuesta del líder del clan y de la joven que había arribado poco antes.
-Cloud… ¡Cloud! –Exclamó uno de los pegasos a su izquierda, sacando al sargento de sus pensamientos.
-Uh, ¿Qué sucede? –Respondió él, de mala manera.
-¿No te pareció extraño?
-¿A qué te refieres?
-A esa chica, parecía algo… nerviosa.
-¿Algo? Estaba muy nerviosa. –Respondió un pegaso al otro lado.
-¿Crees que estuvieran escondiendo algo? –Inquirió al mismo.
-Probablemente la chica tomó alguna alhaja de buena vista del dirigible y temía que la descubrieran, recuerda que allí iban muchos ponis de dinero y prestigio. –Dijo Cloud con seriedad.
-¿Y… por qué no dijiste nada? ¿No es un delito, acaso? –Inquirió el joven a su lado.
-Estamos muy lejos de Equestria, soldado, no tenemos jurisdicción en este lugar. Además, no es de nuestra incumbencia; se nos ordenó investigar el lugar donde el transporte cedió, y traer a los supervivientes de regreso a nuestra patria, no tenemos ninguna orden sobre los bienes materiales que a bordo iban.
-De acuerdo, entonces, ¿Qué haremos ahora? –Inquirió el soldado a su lado.
-¿Tu qué crees? Volveremos a aquella isla, y una vez que hayamos terminado el informe, nos vamos a casa, no quiero permanecer en este lugar más tiempo del necesario.
Todos sus compañeros asintieron, y sin más que decir, incrementaron la velocidad de su vuelo, para dirigirse rápidamente a su próximo destino.
Habían pasado cinco largas horas desde que los pegasos se habían retirado de la aldea. Gracias a sus rastreadores, el jefe Felshak supo rápidamente que aquellos, luego de haberse dirigido a la isla Rafiki una vez más, y de haber allí permanecido algunas horas, se habían marchado de nueva cuenta hacia Equestria.
En la morada del jefe de la aldea, cuyo interior exponía llamativas decoraciones tribales (como mascaras colocadas en la entrada, las cuales simbolizaban la bienvenida al hogar), Felshak se hallaba ubicado en un gran asiento bien decorado en el recibimiento, vistiendo una túnica blanca de bordados dorados que cubría la mayor parte de su cuerpo, y sosteniendo un báculo de oro macizo, con decoraciones de carácter herbal en el extremo superior.
Los ocho sabios ancianos del pueblo, entre los cuales Kuhn de las Sombras se encontraba, vestían una capa ceremonial de color rojo con bordados amarillos que dejaba al descubierto apenas parte de su rostro, y ahora permanecían frente al líder, formando dos hileras de cuatro, en medio de la cual se encontraba el joven Kanto, arrodillándose ante Felshak.
-Kanto de la Noche… tú, y la joven Shin de las Flores, entonces, ¿Aceptaran la responsabilidad de cuidar de este niño? ¿Están realmente seguros de ello? –Inquirió el jefe, con mucha seriedad.
-Si señor, estamos seguros, y aceptaremos la responsabilidad de todas las consecuencias que esta decisión conlleve. Y prometo, juro ante usted, y ante los grandes sabios, que nunca tendrá que enfrentar ningún problema por causa de ello. –Respondió el joven, con mucha seguridad.
-Confío en ti, joven Kanto… los nobles sabios del pueblo, ¿Tienen acaso alguna objeción en cuanto a este asunto? –Inquirió el jefe, ahora mirando en dirección a los ancianos. No hubo respuesta alguna.
-De acuerdo… entonces declaro, ante nuestros ancestros, nuestros protectores, nuestro pasado, presente, y futuro… que a partir del día de hoy, el niño equestriano, nombrado Blast Fire, ahora pertenece a nuestra aldea, a nuestro clan… estará bajo mi protección, y podrá gozar de todas las bondades de nuestra tierra, tanto como un igual de nuestra gran familia. Será considerado como el hijo de Shin de las Flores, y Kanto de la Noche, pues esta es su voluntad, y ahora también lo es mía… -Dijo el jefe, elevando su grave voz.
-Gracias señor, le prometo que-… -Decía Kanto gentilmente, que se vio interrumpido por Felshak.
-Pero… aún así, deberán cumplir ciertas condiciones.
-¿C-condiciones? –Inquirió el joven, con cierta duda.
-La primera: El muchacho nunca podrá alejarse más allá de los límites de nuestros territorios bajo ninguna circunstancia, para evitar ciertos inconvenientes sobre los cuales ya hemos discutido. La segunda: Nadie deberá hablar con ningún ser ajeno a nuestro clan sobre el muchacho, pues no debe saberse en Equestria que aquel aquí se encuentra. Y la tercera: Nadie hablará con el muchacho sobre sus orígenes, pues eso podría causar cierto conflicto, ya que aquel no tiene recuerdos de ello, y el tema, sin excepción, solo será tratado con este último por sus padres cuando lo consideren necesario. Kanto de la Noche, y los sabios aquí presentes… serán conscientes de estas condiciones, y las comunicaran a sus iguales lo antes posible. –Concluyó finalmente Felshak, luego de lo cual, golpeó el suelo a su lado con el báculo ceremonial, dando fin a la reunión.
Los sabios comenzaron a retirarse por la puerta principal, mientras Kanto permanecía en el mismo lugar, en la misma posición, sin caer en la cuenta de que ahora debería oficiar realmente como el padre del muchacho. En ese momento, Felshak se acercó al joven, poniendo un casco sobre su hombro.
-Kanto… hijo mío, aun no estoy completamente seguro de que esto sea lo correcto, pero si esto es lo que tu y Shin realmente desean con el corazón, no me opondré, puedes estar seguro de que siempre contarán con mi apoyo en todo lo que necesiten, nunca dudes de ello, pues nunca me apartare de su lado. –Decía el jefe en voz baja, con una sincera sonrisa. Kanto cerró los ojos unos momentos, antes de volver a dirigirle la mirada a su jefe.
-Se lo agradezco mucho, señor… -Dijo el, sonriendo también.
Ahora, en la habitación de la cocina, unas horas después de la reunión, y de recibir las mejores noticias que había oído en mucho tiempo, Shin se encontraba preparando alegremente el almuerzo. Al oír las risas de su esposo e hijo casi al otro lado de la casa, tenía una extraña pero agradable sensación, una que no había experimentado en mucho tiempo: como si cada centímetro de su hogar ahora estuviera lleno de dicha y felicidad.
Kanto, mientras tanto, se hallaba con el niño en su habitación, platicando con el, y "ayudándolo" a recordar la historia del pueblo, junto a detalles que él consideraba "necesarios" que el muchacho supiera.
-Entonces, ¿Esas marcas las pinta el abuelo? –Inquirió el pequeño sentado en su cama, señalando la estrella dibujada en el flanco de su padre (quien se encontraba sentado en el sillón), con mucha curiosidad.
-Así es, todos los habitantes de nuestro pueblo que hayan logrado algo muy importante por el clan, y que haya trascendido en el tiempo, son honrados con una marca como ésta. Y es el líder del clan el encargado de pintar la marca en nuestros flancos, y nombrarnos por segunda vez.
-¿Y cómo te llamaban antes?
-Kanto. –Respondió felizmente.
-¿Y el abuelo te nombró "Kanto… de la Noche"?, pero…
-¿Si?
-¿Por qué "de la Noche"? ¿Y qué hiciste entonces para conseguir tu marca? –Cuestionó con mucha curiosidad.
-Bueno, es una larga historia… -Respondió él, sonriendo misteriosamente, mientras se acercaba al niño para comenzar a relatarle la historia.
Fue en la época en que tu madre se había ido de viaje para conocer el mundo, como ella tanto deseaba. Yo apenas tenía 17 años, y mientras muchos de mis amigos y compañeros tenían la suya, yo aún no había logrado conseguir mi marca, y a causa de ello me sentía muy mal, sentía que no era capaz de hacer algo realmente útil por mis semejantes.
Por ese tiempo llegó un día en que nubes negras se cernieron sobre nuestras tierras. Un extraño fenómeno climatológico que duró aproximadamente dos meses trajo como consecuencia una oscuridad casi total en nuestro pueblo, lo cual llevó a que los cultivos comenzaran a marchitarse.
El jefe, tu abuelo, nos confió entonces a mí y a mis compañeros la tarea de buscar comida en otras áreas de Upendo, pues nuestros alimentos comenzaban a acabarse, y de otra forma, nuestra gente podría morir de hambre.
Con escasos recursos, tanto alimentos como antorchas, partimos hacia lo desconocido, a lugares donde nunca habíamos viajado, pues nunca nos habíamos alejado demasiado de nuestro querido pueblo. Días enteros estuvimos buscando alimentos, vegetales que se hubieran salvado, pero al no hallar nada, pronto tuvimos la necesidad de dispersarnos, pues el tiempo se agotaba, y necesitábamos cubrir un terreno mayor. Anduve caminando solo durante días, luchando contra bestias salvajes, peligrosas plantas carnívoras, y un sinfín de peligros más, pero mis alimentos se habían acabado, y no sería capaz de durar mucho tiempo más. Pero de repente, algo sucedió.
No puedo asegurar que haya sido verdad, o tan solo una alucinación por causa del hambre, pero vi pasar frente a mis ojos una estrella, una estrella fugaz, rápida como la luz, que cruzaba el bosque a gran velocidad. Sin dudarlo, con las pocas fuerzas que aún me quedaban, galopé y la seguí durante un largo recorrido, hasta que la perdí de vista cuando ésta entró en una cueva. Sabía que era una señal, asique entré en el lúgubre lugar, buscándola con la vista, pero era incapaz de hallarla.
Me encontraba muy cansado, el hambre le estaba pasando factura a mi cuerpo a toda velocidad, pues me faltaba energía incluso para mantenerme parado. Caí rendido por causa de ello, sin ser capaz de moverme. Estuve a punto de darme por vencido, pero entonces logré ver algo que brillaba a lo lejos, casi al fondo de la cueva. Con las pocas fuerzas que me quedaban, movido únicamente por la voluntad, me incorporé, y fui a investigar.
Y tal fue mi sorpresa, cuando allí encontré un árbol, un inmenso árbol de extraños y brillantes frutos redondos de una coloración azul, que iluminaban débilmente el lugar. Un joven más inteligente hubiera evitado comer algo que brillaba en la oscuridad, claro, pero si el posible veneno de esa planta no acababa conmigo, el hambre lo haría; no había muchas opciones.
Pero aquellos frutos no solamente eran comestibles, sino que eran deliciosos, y podían crecer en una penumbra casi absoluta. Tomé entonces todos los que pude, y los guardé en mi cesto, para luego buscar a mis compañeros y regresar rápidamente a la aldea. Unos días después, fui capaz de regresar con bien a mi hogar, junto con mis amigos, trayendo con nosotros todos los frutos que fuimos capaces de llevar de aquel árbol, para alimentar a nuestra gente.
Le relaté toda la historia al jefe, e inmediatamente después, luego de haber alimentado a todos los habitantes, procedimos a plantar las semillas de aquellos frutos en nuestros huertos, esperando con impaciencia que crecieran.
Luego de dos días, tan solo en ese tiempo, arboles del mismo tamaño crecieron en aquellos, dando frutos tan suculentos como los primeros en el mismo día. El pueblo celebró nuestros logros por todo lo alto, sirviendo un gran banquete de diversos platillos, todos y cada uno preparados con aquella fruta. Felshak estaba orgulloso de nosotros, y agradecía a los ancestros por haber iluminado mi camino.
Parecía un sueño hecho realidad, y gracias a ello, fuimos capaces de sobrevivir a aquel fenómeno. Y cuando las nubes finalmente se retiraron, dando paso al sol una vez más, el jefe llamó a todos a la hoguera de la reunión, y luego de un ritual que a mí estaba dedicado, presidido por el mismísimo Felshak, fui nuevamente nombrado gracias a la noche casi eterna, en la que yo y mis compañeros ayudamos a salvar decenas de vidas, y fue entonces cuando se me concedió mi propia marca, con la figura de la estrella que había marcado mi camino.
Al finalizar su relato, Kanto conservaba una nostálgica sonrisa por causa de aquellos recuerdos, admirando su marca con orgullo, mientras que el niño a su lado lo observaba totalmente maravillado.
-¡Eres increíble papi! ¿Y aún tienen esos frutos en el pueblo?
-Claro que sí, los nombramos "Mkali".
-¿Mkali?
-Así es… significa "Brillo" en el idioma antiguo, se plantaron en los huertos al sur del pueblo. Quizá no las notaste cuando saliste con tu madre porque no brillan de día, pero de noche, su resplandor no pasa desapercibido.
-Guau… -Decía el pequeño, impresionado de que su padre hubiera logrado tal hazaña, pero luego su mirada cambió, quedando pensativo.
-¿Crees que algún día tenga que hacer algo como eso para obtener mi marca? –Cuestionó finalmente, con preocupación.
-Claro que no, hay muchas formas de obtener tu marca que no implican pasar por peligros como esos, no te preocupes, algún día tu también tendrás la tuya, y te aseguro que estarás tan orgulloso de ella como yo lo estoy de la mía. –Concluyó el padre, dándole confianza al muchacho.
-Gracias papi, uh…
-¿Qué sucede? –Inquirió Kanto, al tiempo que escuchaba lo que parecía ser un gruñido. Su expresión cambió al notar que aquel sonido provenía del estomago del niño.
-Es que… me dio hambre, ¿Cuánto tiempo falta para almorzar? –Preguntó, muy apenado. El joven no pudo hacer más que soltar una pequeña risa a causa de su actitud.
-No te preocupes, en cualquier momento la comida estará lista.
-Que bien, uh, papá, ¿Puedo preguntarte algo?
-Claro, ¿Que quieres saber?
-¿Qué significa ese collar? –Preguntó el niño con curiosidad, señalando con su casco el colgante en forma de cruz del padre, el cual estaba hecho de un metal oscuro, y tenía incrustada una gema romboidal roja en el centro.
-Oh, ¿Esto? –Dijo Kanto, tomando el colgante en su casco derecho.
-Esta… es la "cruz Vizuri", es una joya familiar. –Decía con mucho orgullo.
-El abuelo también tiene una, ¿Verdad?
-Así es, estos colgantes pertenecieron a los fundadores de nuestro pueblo, en los tiempos de las primeras canciones. Representan nuestra unión, el deseo de paz, y la fuerza espiritual que se haya en cada uno de nosotros. –Explicaba el joven, que poco tiempo después tuvo la necesidad de enjugar una pequeña lágrima que escapaba de uno de sus ojos.
-Mi madre me lo dejó hace muchos años, antes de morir. Significaba mucho para ella... –Decía Kanto, susurrando, no pudiendo contener la tristeza de aquellos recuerdos.
-Papi… no llores… -Decía el pequeño tristemente, acercándose para abrazarlo. Actitud que conmovió al joven.
¿Acaso ahora es el hijo quien consuela al padre? –Se cuestionaba aquel, sonriendo, no cayendo en la cuenta de la palabra que acababa de utilizar, una vez más.
Padre… -Pensaba, con cierta tristeza, cuando una alegre voz lo sacó de sus pensamientos.
-¡El almuerzo está listo! –Decía la joven Shin desde el corredor, y volviendo al cuarto de cocina luego de esto.
Kanto poco a poco rompió el abrazo de su hijo, para observarlo cálidamente, mientras acariciaba su crin, en un típico gesto paternal.
-Bueno… ¿Vamos a comer? –Inquirió Kanto, con una sonrisa.
-¡Claro! –Respondió alegremente el muchacho.
Bien entrada la tarde, el niño salía de su hogar en compañía de su madre, para así poder hacer las compras. Su padre, como siempre, había salido a cumplir con sus labores de recolector, y volvería a casa a la hora de la cena.
-Veamos, entonces necesitamos: hongos láfia, escuzei… -Decía la joven en voz alta, haciendo una pequeña lista mental de lo que debería comprar.
-¿Podemos comprar biajalis? –Preguntaba el niño, antojado.
-¡Seguro!
Pronto aquellos llegaron a la tienda de comestibles, que ahora estaba siendo atendida por Nalu, quien vestía un pequeño delantal blanco, con unas pequeñas manchas.
-¡Shin! ¡Blast! Bienvenidos, ¿Qué se les ofrece? –Inquirió felizmente la joven.
-Buenas tardes Nalu, ¡Que gusto verte! Bueno, veamos, primero necesitaré… frutos de biajali, ¿Aún quedan, verdad?
-¡Seguro! Dame un momento… por cierto, escuché que Liar y su hija tuvieron una discusión esta mañana, ¿Te has enterado? –Decía la joven, mientras se dirigía a la parte de atrás del comercio, en busca del producto.
-¿Liar y Kala? Pero si siempre han sido muy unidos… -Decía Shin, con una ligera mueca de confusión.
-Lo sé, por eso me extrañó, pero según Ailya, al parecer ayer en la noche ella salió sin su permiso, para encontrarse con el joven Jinka, ¿Puedes creerlo?
-Kala ya es toda una señorita, es difícil de creer lo rápido que han crecido esos niños… parece que fue ayer cuando sus madres les cambiaban los pañales… -Decía la joven, con un cierto aire de nostalgia, que su amiga al regresar, acompañó.
Mientras su madre se encontraba platicando con Nalu, el pequeño ve, a través de la entrada, a unas cuantas viviendas de distancia a un grupo de cuatro niños de su edad, riendo y jugando. Eran los primeros niños que veía en semanas, desde que había despertado.
-Mami, ¿Puedo… ir a jugar? –Decía el pequeño, llamando la atención de la madre y señalando con su casco a los niños a lo lejos.
La joven dudo un momento, pues tenía ciertas dudas sobre permitir al muchacho alejarse de su lado, pero pronto concluyó que ello no traería ningún problema, pues todos en su clan estaban informados de cómo debían comportarse, y tenían conocimiento de las cosas que debían callar frente a el. Además, no debería temer el hecho de perderlo de vista, pues haciendo uso de sus habilidades podría hallarlo al instante, fácilmente.
-Uh… claro, solo no te alejes demasiado, ¿De acuerdo? Terminaré de hacer las compras y volveremos a casa. –Concluyó la madre finalmente, aun no muy convencida. A lo que el pequeño asintió felizmente, y se puso en camino.
El grupo de amigos, conformado por tres niños y una niña, jugaba alegremente, realizando pases con un balón, cuando a uno de ellos se le escapa, y va a parar justo frente al unicornio, quien no duda en tomarlo y dirigirse hacia los niños.
-¡Hola! –Saludó el, con una sonrisa.
-Hola… -Decían uno de los niños, no con muchos ánimos, mientras se acercaba.
-Mi nombre es Blast, ¿Puedo… jugar con ustedes? –Se atrevió a preguntar, mientras le hacía entrega del balón.
-Uh… es que… es un juego de cuatro, y… no puede haber más. –Decía el muchacho, desviando la mirada, mientras los demás permanecían en silencio.
-Oh… entiendo, e-está bien… -Respondió el, sonriendo con dificultad tratando de mantener una actitud positiva (en un intento por ocultar su decepción), mientras se retiraba en la dirección por donde había llegado. Cuando se encontraba a una distancia considerable, fue capaz de escuchar susurros por parte de los niños.
-¿Por qué le dijiste que-…? –Dijo la niña.
-Sh… mi papá dice que no debemos acercarnos a él, mejor vámonos… -Decía uno de los niños, mientras se alejaban.
Aquello no hizo más que romperle el corazón al pequeño, que no entendía el porqué de su rechazo. Un nudo se había formado en su garganta, y ya no era capaz de mantener la alegre sonrisa que poco antes había mostrado, pues esta había sido reemplazada por una mueca de profunda tristeza.
En ese momento, mientras se dirigía de nueva cuenta a su madre, ve en el reflejo distorsionado de un cristal que había sido colocado en el exterior de una de las viviendas, finalmente, como se veía realmente.
A diferencia del resto de las cebras, el muchacho no tenía rayas en su cuerpo, y no poseía un pelaje de tono gris, sino de un color amarillo apagado, además, poseía en su frente una extensión rígida, que ninguno de los demás habitantes del pueblo presentaban. El pequeño observaba con tristeza y confusión que no tenía parecido alguno con sus padres, ni con ningún habitante de la aldea.
¿Por qué? ¿Por qué soy… tan diferente? ¿Es por eso que no quisieron jugar conmigo? –Pensaba con tristeza, mientras ahora se encaminaba hacia el comercio en el que su madre aún se encontraba, con el corazón destrozado, y una duda muy concreta a preguntar.
Pero en aquel instante, algo llama su atención. A una cierta distancia, logra ver a la niña de profundos ojos azules y lacios cabellos, que el día anterior había conocido, y que ahora se encontraba dirigiéndose al bosque, internándose entre los árboles, para finalmente perderse de vista.
¿A dónde va? –Pensó el unicornio que pronto, preocupado, decidió ir en su búsqueda para saber qué era lo que pretendía, ignorando por completo la petición de su madre de no alejarse demasiado.
El joven Blast rápidamente se internó en el bosque, siguiendo el camino que había tomado la niña. Los rayos de sol se filtraban entre los árboles, y se oía el cantar de las aves a su alrededor. Pero momentos después, aquellos sonidos cesaron, y luego de unos minutos, llegó a un claro del bosque, un lugar tocado por el sol, donde no había árboles, y en cuyo centro había una gran roca, blanca y lisa.
El muchacho pronto se ocultó tras uno de los árboles, apenas asomando, cuando notó que la niña allí se encontraba, y ahora permanecía sobre aquella roca, con los ojos cerrados y en silencio, con una expresión que inspiraba la paz más pura.
Blast se tomó unos momentos para observar a la joven una vez más, pues aquella tenía una extraña sombra bajo sus ojos, que no parecía ser producto de alguna clase de pintura.
El joven la admiraba extrañado, pero en ese momento, aquella abrió ligeramente uno de sus ojos, al haber sentido la presencia de alguien más en el lugar. El muchacho sin dudarlo se esconde tras el árbol, deseando con todas sus fuerzas que aquella no lo hubiera visto, pues se vería algo mal el hecho de que la hubiera seguido. La joven rió para sus adentros al notar al tímido niño una vez más.
Luego de unos momentos (pues su respiración se había vuelto realmente agitada por causa de sus nervios) aspiró y exhaló profundamente, en un intento por calmarse. Segundos después, el joven asomó a través del árbol una vez más, encontrando con sorpresa que la joven ya no se encontraba allí.
¿Se ha ido? ¿Pero cuándo? ¿Me habrá visto, y… se habrá asustado? –Pensaba con preocupación el joven.
-No creas que es mi intención acusarte, ¿Pero acaso estabas espiándome? –Decía una aguda y melodiosa voz, que venía desde detrás de él.
El joven se quedó tieso como una tabla, y su sangre se heló de repente. Volteándose trabajosamente, se encontró frente a frente con la joven de profundos ojos azules, quien lo observaba con recelo. Aquel notó entonces que la sombra bajo los ojos de la joven había desaparecido.
Blast apenas era capaz de gesticular algunas pocas palabras, al encontrarse tan próximo al rostro de aquella joven, quien poco tiempo después, cambio su expresión "acusadora", dedicándole una cálida mirada, mientras e joven se apresuraba a decirle estas palabras.
-Disculpa, no era mi intención, es solo que… quería saber a dónde te dirigías, mi… mi mamá dice que el bosque es muy peligroso si vas sin compañía… -Se excusó el joven. La niña le sonrió una vez más, y señaló el claro frente a ellos.
-Aquí es a donde vengo a meditar, el lugar más tranquilo que podrás encontrar. –Explicaba relajadamente.
-¿Te refieres a… a lo que estabas haciendo? –Inquirió con curiosidad
-Así es, ¿Quieres acompañarme unos momentos? Si lo deseas, te enseñaré los fundamentos.
Blast dudó por un instante, sobre todo porque los nervios que le provocaba estar tan cerca de la joven prácticamente lo estaban devorando vivo, y aún ahora, hablando tan amenamente con ella, no era capaz de alejarlos. Pero aún así, pronto acepto la propuesta, pues a pesar de ello, aquella era la única niña que no se había comportado distante con él.
-Uh… claro. –Dijo finalmente.
Fue entonces que Shisui guió con su casco a Blast (gesto ante el cual el joven no pudo evitar sonrojarse), a sentarse sobre aquella roca, a su lado, mientras aquella relajaba su cuerpo, cerraba sus ojos, y tomaba una expresión de total concentración, invitando al muchacho a hacer lo mismo.
-Solo debes cerrar tus ojos, anulando tu visión, y sentir la energía natural a tu alrededor, pues si logras cierta concentración, encontraras la calma en tu interior… -Decía la joven relajadamente, mientras Blast la observaba extrañado, pues claro, no había entendido ni una sola palabra de aquello.
Aún así, hizo caso a lo que sí había logrado comprender, cerrando sus ojos, y tratando de sentir aquella energía de la cual la joven hablaba. Luego de un rato, sin abrir los ojos, inquirió con curiosidad.
-¿Cuándo empezaré a sentir esa "energía"? –Se atrevió a preguntar.
-Cuando tu cuerpo este en armonía con la naturaleza, y tu mente esté libre de distracciones, solo entonces podrás obtener sus bendiciones. –Respondió relajadamente, una vez más.
-Oh… de acuerdo. -Decía él, no muy convencido de la respuesta.
Permanecieron en silencio unos segundos, hasta que Blast rompió el silencio de nueva cuenta.
-¿Y qué sucede cuando sientes esa energía?
-Cuerpo y mente se libran de sus cadenas, es entonces cuando eres capaz de alcanzar un poder y percepción sin reservas. –Concluyó ella.
-Ajam… -Decía el pequeño, aún no entendiendo de que se trataba todo aquello.
Y así pasaron unos minutos más, antes de que el unicornio rompiera el silencio una vez más.
-¿No te molesta que sea diferente? –Inquirió con curiosidad, sorprendiendo a la joven con su pregunta, que abrió uno de sus ojos para observarlo.
-Claro que no, ¿Porqué lo dices? –Preguntó ella, extrañada.
-Me refiero a que… no nos parecemos en nada. –Decía el muchacho, bajando la mirada.
-¿Y eso debería molestarme?
-No, n-no lo sé… es solo que… -Decía él, recordando a los pequeños del pueblo. La joven estiró su casco hacia su mentón, y lo invitó a mirarla directamente a los ojos.
-Mi maestro una vez me enseñó que no importa cómo te veas por fuera, pues no se debe juzgar un libro por su cubierta. –Concluyó ella, sonriéndole sinceramente. El joven, por enésima vez en el día se sonrojó, quedando sin habla. La joven Shisui rió una vez más, antes de apartarse.
-¿Te parece si continuamos? –Preguntó ella finalmente.
-Seguro… uh... ¿Shisui?
-¿Si?
-¿Tienes que hacer algo más cuando termines con esto? –Se atrevió a preguntar él, tallándose la nuca, algo apenado.
-Dudo que logre terminar a este paso, pues llevamos platicando un buen rato… -Decía ella con una sarcástica sonrisa, para luego suspirar.
-Oh lo… lo siento…
-Está bien... –Decía ella, que pronto notó que el niño varios años menor que ella parecía estar algo… triste. ¿Quizás ello había sido causa de su respuesta?
-No tengo otras responsabilidades ni consultas, ¿Por qué me lo preguntas? –Decía la joven doctora.
-Es que… me gustaría saber si tú… si quieres… ¿Jugar conmigo? ¿Tal vez?
Shisui se sorprendió por su petición. Hacía mucho que había dejado de jugar con los demás niños de la aldea, pues luego de haber obtenido su marca, había considerado que ya era lo suficientemente madura como para seguir con esas cosas. Pero pasar tiempo con ese niño no solo era algo diferente a lo que ya estaba acostumbrada, sino que también era muy agradable, asique, ¿Por qué no?
-Claro. –Respondió ella, sonriendo cálidamente antes de cerrar los ojos de nueva cuenta y continuar con su meditación.
Poco tiempo después, mientras ambos meditaban, una muy agitada Shin se presentó en aquel claro, en busca del niño.
-¡Blast! –Dijo ella, galopando a su encuentro.
-Mamá… -Susurró aquel.
-¡Blast! Te pedí que no te alejaras del pueblo, ¿Por qué no me escuchaste? –Inquirió, muy molesta.
-Lo siento mami, es que, es solo que… yo… -Decía el joven, siendo interrumpido por la niña tras él, cuya presencia la madre ni siquiera había notado.
-Señorita Shin, disculpe mi falta, ha sido culpa mía, fui yo quien le pidió a Blast que me acompañara, pero olvidé a usted advertirle a donde iba. –Se disculpó ella.
-Oh Shisui, perdóname, no te he visto al llegar. Uh… está bien, pero trata de no darme un susto así la próxima vez jovencito, este bosque es peligroso al caer la noche… -Decía la madre, aún algo molesta.
-Está bien, no lo volveré a hacer, l-lo siento… -Decía el muchacho, muy apenado. Su madre no podía evitar enternecerse, y al mismo tiempo sentirse culpable, pues era la primera vez que regañaba al niño, y lo que aquel había hecho ni siquiera había sido tan grave, pues además estaba en compañía de Shisui.
En ese momento, Shin cayó en la cuenta y comprendió que, quizás, aquel esperaba que la joven doctora pudiera ser su amiga, y una amistad, en aquel pueblo donde los únicos habitantes que conocía y con los que se relacionaba eran a sus padres, era algo que no podía negarle.
Cuando ya se estaban retirando, Shin volteó hacia atrás, en el lugar donde la niña aún permanecía, preocupada por el muchacho.
-Shisui, ¿Te apetecería acompañarnos en la cena de esta noche? –Inquirió con una sonrisa, la cual los niños acompañaron.
-Desde luego, avisaré a mi mentor, y allí estaré al ocultarse el sol. –Respondió con alegría. Blast no era capaz de describir la felicidad que lo invadía, y que lo invitaba a olvidar todas sus dudas y preocupaciones.
Dos días después, durante el transcurso de la tarde, Kanto acompaña a Blast a recorrer el bosque Kidoku, a escasa distancia del pueblo, enseñándole el tipo de hierbas que recolectaban para realizar útiles medicinas (las más comunes, claro), y enseñándole cuales eran los frutos de los árboles aptos para consumir, cuales eran útiles para fabricar medicinas, y a cuales no debería ni siquiera acercarse.
El pequeño sentía fascinación por aquel mundo: el arte de fabricar, en base a plantas y hierbas que no parecían tener utilidad alguna, una poderosa medicina capaz de sanar rápidamente heridas y dolencias tanto leves como graves.
Ya bien entrada la tarde, ambos regresaban a su hogar. Blast se adelantó algunos metros y, al entrar en el recibimiento de la morada, encuentra a su madre en una extraña posición. Para ser más precisos, aquella estaba de cabeza, y sostenida únicamente por una caña de bambú, con los ojos cerrados, en un estado de total concentración. El joven unicornio se percató de que su madre poseía la misma sombra negra bajo sus ojos que antes había visto en Shisui.
-Mami, ¿Qué estás haciendo? –Inquirió el niño con curiosidad. Su madre, que no había advertido la presencia de aquel, abrió los ojos abruptamente, y no pudiendo mantener el equilibrio, cayó al suelo.
-¡Shin! –Exclamó sobresaltado el joven, galopando hacia su esposa, y ayudándola a incorporarse.
-Shin, cariño, ¿Te encuentras bien?
-¿Estas bien mami? –Preguntaron ambos con inquietud.
-Si, si, no se preocupen, estoy bien, estoy muy bien, enserio, es solo que me sorprendieron. –Dijo con una sonrisa, riendo un poco y sentándose en el sillón del recibimiento, pues aunque nunca lo admitiría frente al niño, aquel golpe le había dolido bastante.
-¿Qué estabas haciendo ahí mami? –Preguntó el niño, mirando en dirección a la caña de bambú, que para su sorpresa, no estaba ligada al suelo.
-Mañana debemos ayudar al abuelo a levantar una nueva torre de vigilancia al este, por lo que estaba reuniendo algo de energía para emplear Hekima… -Explicó la madre, que al hacerlo se percató de que había omitido un dato muy importante en sus enseñanzas al joven unicornio.
-¿"Hekima"? –Preguntó con curiosidad.
-¿Quieres que yo se lo explique por ti? –Preguntó Kanto.
-Claro. –Respondió ella.
-De acuerdo, veamos, ¿Por dónde puedo empezar…? -Dijo el joven, ahora en dirección al niño, tomando una pensativa expresión.
-Oh, lo tengo, um… Blast, tu madre ya te ha enseñado que todos los seres vivos, ya sean plantas o animales, poseen cierto flujo de energía mediante el cual funcionan, y claro, viven, ¿Verdad?
-Ajam…
-Perfecto, entonces será mucho más fácil. Definiéndolo de una manera simple, Hekima, o mejor conocido como "modo Hekima", es una técnica mediante la cual nosotros podemos tomar prestada una pequeña parte de la energía del flujo de otros seres vivos, y añadirla al nuestro propio, para aumentar nuestra fuerza, velocidad y percepción, ¿Entiendes?
-¿Eso es la sombra que tenía mamá bajo sus ojos?
-Bueno, esa "sombra" es útil para identificar a un usuario de Hekima. Es un pequeño efecto colateral del uso de esta técnica. Al tomar energía de la naturaleza, nuestro cuerpo "moldea" su flujo original para adaptarlo a la "nueva" energía. La manifestación física más notoria, es una pequeña coloración oscura que aparece comúnmente bajo los ojos del usuario, y un cambio en su mirada.
-¿Un cambio en su mirada? –Inquirió el joven con curiosidad.
Kanto no disponía en aquel momento de la energía de la cual estaba hablando, por lo cual miró en dirección a Shin, para que aquella lo explicara más gráficamente.
Entonces la joven cerró sus ojos unos momentos; la misma sombra apareció bajo ellos, y al abrirlos, su mirada se había agudizado, sus iris y pupilas eran mucho más pequeñas, y ahora, aquellos ojos parecían ser capaces de ver inclusive a través del alma del niño, quien se sorprendió un poco al notar aquel cambio.
-¿Ahora lo ves? –Inquirió el padre, al ver la expresión de sorpresa del unicornio, mientras su madre cerraba sus ojos una vez más, desactivando el Hekima.
-Guau…–Susurró el niño, tomando una feliz expresión, que pronto cambió.
-Pero… ¿Para que necesitan tomar la energía de los demás así? ¿No está mal tomar las cosas de los demás sin permiso? –Preguntó con preocupación, a lo que sus padres respondieron con una pequeña risa.
-No, no, claro que no, el modo Hekima es capaz de tomar la energía de los demás, claro, pero tan solo una "pequeñísima" parte, de tal forma que ello no pueda afectar a los seres de los cuales la tomamos. Es realmente útil cuando necesitamos realizar duras labores que requieren de un gran esfuerzo físico, o cuando necesitamos combatir a un enemigo que nos supera en cuanto a fuerza o velocidad, y un largo etc. Pero claro, no todo es tan fácil, esta técnica también tiene sus puntos débiles…
-¿En serio? Pero… ¿Cuáles?
-La duración. Hekima no puede estar activo eternamente, pues la energía que tomamos de la naturaleza no dura para siempre. Normalmente, habiendo almacenado el máximo de energía que nuestros cuerpos son capaces de soportar, la duración aproximada será de media hora, luego de lo cual, la técnica queda inactiva automáticamente, para que el cuerpo pueda descansar. De activarlo de nueva cuenta, casi inmediatamente luego de ese periodo, puede llegar a ser muy peligroso. Si lo haces, estarías modificando el flujo de energía de tu cuerpo durante un periodo de tiempo muy prolongado, lo cual puede conllevar no solo cansancio físico excesivo, sino también lesiones internas muy difíciles de tratar. Es una técnica poderosa, pero también muy peligrosa si no se tiene conocimiento de todas sus ventajas y desventajas. En nuestro clan, cuando un miembro logra controlar a la perfección a Hekima, es oficialmente considerado un adulto.
-Ajam… -Decía el joven, inclinando la cabeza, apenas habiendo entendido la mitad de las palabras del padre, quien suspiró pesadamente con una mueca de decepción. Shin no fue capaz de contener su melodiosa risa.
-¿Puedes enseñarme a hacer eso? –Inquirió el pequeño con una sonrisa, mientras sus padres intercambiaban miradas de duda.
Ciertamente, aquella era una técnica muy poderosa y muy útil, que los integrantes del clan comenzaban a ejercer desde pequeños, pero hasta ese momento había sido una técnica secreta del clan, la cual claro, solo había sido empleada por cebras, ¿Había acaso forma de que un unicornio pudiera aprenderla, y hacer uso de ella?
Claro, ahora ambos estaban pensando exactamente lo mismo. Pero que decirle, sino, ¿Qué al ser diferente a los demás aquel no sería capaz de lograr aquella técnica? Eso tan solo despertaría dudas sobre el pequeño, las cuales ellos, claro, no eran capaces de responder por el momento. Lo mejor sería "intentar" enseñarle aquella habilidad, para que así no hubiera más conflictos de los necesarios. Shin asintió mirando a Kanto, para confirmar lo que estaba pensando.
-De acuerdo… pero debes saber que es una técnica muy difícil de aprender, y tan solo sentir la energía natural a tu alrededor puede tomar años… -Decía el joven seriamente.
-No importa, ¡Lo haré! –Exclamaba con emoción, y gran determinación.
Aquellos ánimos por parte del pequeño hacían sentir muy bien a sus padres, que accedieron y se sentaron junto a él en el recibimiento de la entrada, formando un círculo.
-Tan solo cierra los ojos, y olvida lo que ves. –Decía la madre.
El joven hizo caso a sus palabras, y así lo hizo, cerrando sus ojos.
-Antes de intentar sentir la energía de los demás seres vivos, su flujo, primero debes sentir el tuyo propio. Intenta escuchar atentamente el sonido de tu respiración… luego, los latidos de tu corazón. Y así con cada sonido que de tu cuerpo provenga. Cuando lo hayas conseguido, y distingas cada sonido con claridad, entonces habrás completado la primera parte de tu entrenamiento. El siguiente paso entonces será sentir la energía natural. –Decía el joven Kanto, relajadamente.
El muchacho hizo caso a cada palabra dicha por sus padres, y así ellos permanecieron el resto del día, ayudando a su hijo a aprender aquella extraña pero poderosa habilidad.
Desde ese momento, todos los días durante la tarde, el joven Blast se presentaba en el lugar donde había platicado con Shisui la primera vez, en aquel claro del bosque, el cual ella había dicho que era el perfecto lugar para meditar. Y sobre aquella blanca roca se sentaba durante horas y horas, intentando sentir la energía de los árboles y pequeñas criaturas a su alrededor. Realmente estaba dispuesto a aprender a controlar el modo Hekima tanto como sus padres.
Cinco días después de ello, al descubrirse la aurora, Shin y Kanto se encontraban trabajando en la gran huerta de la joven Nalu (la cual se encontraba tras su tienda, a la vista de todos, y quedaba en dirección al bosque), junto a aquella, y a su esposo Bicar, mientras que Blast permanecía sentado en el suelo cerca de ellos, observando el sol asomarse en el horizonte.
La pareja les había ofrecido ayuda a sus amigos para cosechar los vegetales de la plantación, a cambio de haberlos ayudado con la recolección de hierbas el tiempo en que aquellos debieron cuidar de su hijo. Blast había sido despertado, y llevado junto con ellos, pues no se sentían seguros dejando al pequeño solo en casa. Claro, al no tener nada que hacer allí, el aburrimiento simplemente lo estaba consumiendo.
-¿Aún falta mucho? –Inquirió el muchacho somnoliento, mirando en dirección a sus padres.
-Así es, quizá un par de horas más. –Respondió su padre mientras trabajaba, sin mirarlo, mientras el unicornio demostraba sin reservas su decepción.
-Tranquilo, te prometo que apenas terminemos el trabajo aquí, iremos a pasear, ¿Qué dices? –Dijo la madre, tratando de levantar sus ánimos.
-Claro… -Respondió el muchacho, que suspiró profundamente, mientras dirigía su mirada al cielo, a las nubes, una vez más.
Bicar aún no estaba convencido de que aquel niño hubiera permanecido allí en la aldea, sin más. Había discutido sobre el tema con el jefe, pero no tenía jurisdicción sobre el asunto, por lo cual, debería limitarse a aceptarlo. Aún así, desde su llegada, no había cruzado palabra con el niño, e inclusive evitaba intercambiar miradas con aquel.
El muchacho se sentía abrumado por el aburrimiento, y permanecía sumergido en sus pensamientos, de los cuales fue extraído de pronto al sentir una melodiosa y dulce voz provenir detrás de él, a escasos metros de distancia.
-¡Buenos días a todos!
-¡Buenos días Shisui! –Respondieron los mayores, mientras el niño sonreía.
-¡Shisui! –Exclamó el muchacho, galopando a su encuentro, y abrazándola con un solo brazo en señal de afecto.
-Que gusto verte, Blast. –Decía la joven.
-Shisui, ¿Qué haces despierta a estas horas de la mañana? ¿Kuhn te ha hecho un encargo especial una vez más? –Inquirió Shin, con una ceja en alto.
-Así es, hacia la montaña del sur debo partir temprano, en busca de flores de Kairazo. Pues pasado el medio día, sus pétalos se cierran y entonces para nada se utiliza. –Respondió ella.
-Oh, he oído de ellas, pero ¿No es peligroso que vayas allí tu sola?
-No se preocupe por mí, señorita Shin, de todos los peligros allí presentes mi maestro me ha hablado, y me ha enseñado muchas formas de defenderme de ellos y de evitarlos. –Respondió relajadamente la joven.
-Bueno, siendo así… de cualquier forma ten mucho cuidado.
-Lo tendré, mientras realizo mi labor con devoción. Señorita, le agradezco su preocupación.
-Mamá, ¿Puedo ir con Shisui? –Inquirió el joven muchacho.
-Blast, preferiría… preferiría que… no-… -Decía ella, que fue interrumpida por la joven doctora.
-Me gustaría que Blast conmigo venga, señorita Shin, si a usted no le molesta. Pues el camino a las montañas es muy largo, y así tendré a alguien con quien platicar mientras avanzo. Además, como ya he dicho, los peligros allí son muy escasos, y conozco bien la forma de evitarlos.
-Está… bien, pero cuídense mucho, por favor. –Decía Shin, abrazando a su hijo para despedirlo.
-¡No te preocupes! –Decía el joven, mientras se apartaba sonriente de su abrazo, e iba al encuentro de su amiga, para así emprender el viaje. Mientras aquellos se alejaban, Shin permanecía allí, pensativa, no pudiendo ocultar su inquietud.
-Ya lo escuchaste, ¡No te preocupes! Está con Shisui después de todo, dudo que puedan llegar a tener algún problema. –Decía Kanto, tratando de confortar a su esposa, al tiempo que reiniciaba sus labores. Aquella, sin embargo, permaneció mirando en la dirección en que su hijo se había marchado algunos minutos, antes de hacer lo mismo.
Ahora, bien entrada la mañana, ambos jóvenes recorrían un bosque muy lejano al pueblo, a través de un ancho sendero bajo los árboles, los cuales no permitían el paso de la luz. El silencio en el lugar era sepulcral.
Ambos niños llevaban en sus costados un pequeño canasto, hecho a medida, y destinado para recolección de hierbas.
-¿Y cómo son esas "flores de Kairazo"? –Cuestionó el joven.
-Son flores azules de espinas rojas, muy bellas, y muy llamativas. No las confundirás, cuando las veas, lo sabrás. –Respondió ella.
-¿Y para qué sirven? –Cuestionó una vez más.
-Aquellas flores son un importante ingrediente para preparar un brebaje fuerte, capaz de combatir ciertos males, como la vista cansada-…
-¡Guau! ¿Esa es la montaña? –Inquirió el pequeño al ver la gran elevación, cuando finalmente salieron del bosque.
-Así es, las flores no deben estar muy elevadas, será mejor que busquemos en este lugar con calma.
Y así, al pie de la montaña, ambos comenzaron la búsqueda aquellas flores, examinando el lugar minuciosamente durante casi una hora, sin éxito.
-¡Shisui! ¡Aquí no hay nada! –Dijo Blast, desde un punto bastante alejado de su joven amiga.
-Uh, deben de estar en una zona más elevada, parece que deberemos escalar la montaña. –Decía ella, con una ligera mueca de preocupación.
-¿Es seguro? –Inquirió el joven, al acercarse a ella, notando su expresión.
-Claro, solo deberemos de tener cuidado, pues los caminos son muy amplios, y allí habitan múltiples criaturas, de las cuales varias pueden ser peligrosas.
-¿Pero… no dijiste que no había peligro?
-Bueno, mi maestro me enseño todo sobre estos lares, especialmente de la montaña Hares. Es una gran y extensa elevación, la cual constituye de una gran cantidad de criaturas, refugio y salvación, y que alberga raras hierbas medicinales, las cuales en nuestro territorio no suelen ser normales. Los animales que aquí habitan suelen ser tranquilos, no osados, pues no atacan a otros seres a menos que se sientan amenazados, así que debemos ir con cuidado.
Blast, aún no muy convencido, siguió a Shisui a través de los extensos caminos inclinados que permitían recorrer la extensa montaña, mientras buscaban con la mirada las flores que tanto requerían.
Luego de casi media hora caminando, y de haber recorrido una considerable distancia, finalmente visualizaron a lo lejos una planta de flores de Kairazo, dispuestas sobre un lugar elevado del camino, a su izquierda, ascendiendo en la montaña. Ambos jóvenes, felices de su hallazgo, se apresuraron rápidamente hacia el lugar, a alcanzar la planta de elevada posición.
Blast ayudó a Shisui, impulsándola con sus cascos, para que así ella pudiera tomar las flores. Una vez que lograron obtenerlas (con mucha delicadeza, claro), ambos comenzaron su retorno hacia su pueblo.
Aquellos ahora caminaban tranquilamente, a través del sendero por el cual habían arribado, pero poco tiempo después Shisui se detiene en seco, y con su casco rápidamente detiene también a Blast, invitándolo a hacer lo mismo.
-¿Shisui que-…? -Decía el muchacho, solo para ser callado por uno de los cascos de la joven, y luego de lo cual, aquel logró comprender el porqué de su reacción.
Por el mismo camino por el cual habían llegado, ve un grupo de cinco arañas gigantes e inmóviles, de un metro de largo, y medio metro de altura, de tonos negros y ojos carmesí que brillaban con intensidad; aquella imagen no hizo más que paralizar al joven muchacho, pero aún así, no podía permanecer allí. Pronto, la joven de lacios cabellos lo guía con su casco a alejarse del lugar en silencio, para no llamar la atención de las criaturas.
Mientras se alejan lentamente por el camino contrario, la joven rompe una pequeña rama con su casco, sonido al cual las arañas rápidamente reaccionan, volteando hacia ellos.
-Son arañas Kripia… oh cielos, corre… ¡Corre! –Susurró y gritó la joven, con un rostro marcado por la desesperación al notar que las horribles criaturas, las cuales según su maestro dormían durante el día, ahora caminaban rápidamente hacia ellos, con la intención de devorarlos.
En un intento por huir de las arañas, ya a una cierta distancia, Shisui trepó rápidamente a una pequeña abertura en la montaña, la cual se encontraba elevada a dos metros del suelo, haciendo uso del Hekima oportuna y rápidamente activado.
-¡Shisui! ¡Ayúdame! –Gritaba Blast con desesperación, tras ella.
La joven no tardó en sobresalir del escondite, y extender su casco para ayudar a subir a joven su compañero, el cual se ayudó con sus cascos sobre la pared, para que finalmente ambos entraran al refugio.
Momentos después, aquellas criaturas atravesaron el camino rápidamente, en busca de sus presas, levantando polvo a su paso por causa de sus rápidas pisadas. El unicornio y la cebra observaban perplejos a aquellos seres desde su escondite, quienes para su suerte, no se habían percatado de su presencia, y pasaban de largo.
Luego de unos momentos, todas se habían retirado, y el silencio característico de aquel lugar se hizo presente de nueva cuenta. Los jóvenes se miraron una vez más, no pudiendo caer en la cuenta de que sus vidas habían peligrado de aquella manera.
Escasos segundos después, se percataron de que el escondite era realmente estrecho, y en medio de su huida de aquellos seres, no habían advertido de que se encontraban realmente apretados allí.
-Bueno, al menos tenemos las flores, ¿Verdad? –Inquirió Blast, con una sonrisa y cierta dificultad.
Shisui trató de contener su risa ante aquel comentario tragicómico, sin éxito, la cual el joven acompañó. Cuando finalmente se relajaron, decidieron que era hora de salir de aquel lugar. Allí, encontraron con desagradable sorpresa que se encontraban atorados, y no eran capaces de moverse.
A los pocos segundos, luego de algunos forcejeos, Shisui inconscientemente inclinó su cuerpo para ser capaz de retirar su brazo derecho, pero por causa del brusco movimiento, sus labios rozaron la mejilla del unicornio, peligrosamente cerca de su boca.
El muchacho se tensó al sentir el contacto, y permaneció tieso por unos momentos, mientras la joven, al haber liberado su brazo, se apartaba rápidamente.
-D-discúlpame… -Decía ella, muy avergonzada.
-Descuida, no… no es nada. –Respondió el joven, tratando de mantener un aire relajado.
Ambos rieron nerviosamente antes de salir del escondite, con cuidado de no herirse por causa de la altura. Una vez abajo, ya con el encargo en su poder (aunque algo maltratado), emprendieron una vez más el regreso a su hogar. Al entrar en el bosque, luego de unos segundos, Blast rompió el silencio.
-Shisui, por favor… no le digas a mis padres lo que pasó con aquellas criaturas, ¿Si? –Solicitó el joven, con cierta tristeza.
-No te preocupes, pequeño Blast, no diré nada sobre lo sucedido, y asumo que con mi mentor, tú harás lo mismo.
-Sí, lo prometo. Uh Shisui, ¿Te molestaras si te hago una pregunta?
-Te prometo no me molestaré, ¿Qué quieres saber?
-¿Tú no tienes mamá o papá?
La joven que iba delante de él detuvo su paso abruptamente unos segundos, fue entonces que Blast se percató de que había hecho una pregunta indebida.
-Lo-lo siento, no quise-…
-No, está bien, descuida… -Decía ella, mientras retomaba su caminata, sin mirar atrás.
-A diferencia de ti, yo no tuve padres que cuidaran de mí.
Mi padre murió de una grave enfermedad, meses antes de mi nacimiento, y mi madre falleció luego de traerme al mundo, pues no tenía tratamiento. En ese entonces, mi actual maestro, Kuhn de las Sombras, se ofreció a cuidar de mí desde ese momento. Y desde ese día, su única meta en la vida ha sido ayudarme a ver más allá de la decepción, para finalmente encontrar mi lugar en el mundo, siguiendo a mi corazón. Estoy dispuesta a aprender todo sobre la medicina herbal, para así convertirme en una gran doctora y a mis semejantes poder ayudar. –Relataba Shisui, para luego darse la vuelta y mirar al pequeño, quien la observaba atentamente.
-Discúlpame, ahora soy yo la que no para de hablar. –Dijo ella, algo apenada, antes de mirar hacia adelante una vez más.
-No importa, me gusta mucho oírte hablar. –Decía el niño felizmente.
Aquel comentario llamó la atención de la joven, que se volteó a verlo con una sonrisa y una ceja en alto, con un gesto de extrañes, mientras aquel se inquietaba y sonrojaba más de lo que ya estaba, intentando desviar la mirada.
La niña rió para sus adentros una vez más, antes de volver a mirar hacia adelante y continuar con su camino. Sonreía al pensar que aquel pequeño unicornio era una tierna y agradable compañía.
Blast Fire – 11 Años
Transcurría la tarde de un día de lluvia en las tierras de Upendo. Aún así, el joven unicornio había escapado a la vista de su madre, para asistir al claro del bosque cercano donde todos los días, sin falta, acudía para entrenar.
Ya había pasado casi un año desde que había comenzado su entrenamiento para lograr activar a Hekima, y ahora era capaz de sentir la energía natural a su alrededor. Aún así, todavía no era capaz de adaptarla a su flujo de energía propio, por lo cual, no era capaz de ejercer aquella técnica.
Ahora el joven se encontraba bajo la tempestad, mientras las gotas de lluvia caían sin cesar sobre su cuerpo. El niño permanecía sentado sobre la misma roca blanca, manteniendo una expresión de total concentración. No importaba que lloviera o tronara, el estaría allí siempre, perseverante, hasta que llegara el día en que lograra su cometido.
Pocos segundos después, sintió la lluvia ceder sobre él, pero aún así, podía escuchar la caída de las gotas. Aún tenía los ojos cerrados, pero gracias a que ahora era capaz de sentir la energía natural de los demás seres vivos, sabía bien que era lo que sucedía.
-Gracias mami… -Susurró aquel, sonriendo, sin abrir los ojos.
La joven Shin ahora permanecía a su lado, con un paraguas de bambú y hojas de plátano, que utilizaba para cubrirlos a ambos. La cebra tenía conocimiento de lo que el niño pretendía, y no pensaba negárselo, pero como madre, tampoco podía permitir que el niño pescara un resfriado.
El muchacho se sentía muy feliz de que su madre lo acompañara incluso en aquellos momentos, sentía que podía contar con ella para lo que fuera.
Segundos después de ello, Blast sintió algo atravesar su mente, con la velocidad de un rayo. No sabía lo que era, pero podía sentirlo cada vez más fuerte, recorriendo su cuerpo en toda su extensión. Era una sensación de calidez, pero al mismo tiempo, por alguna razón, se sentía fría.
En ese momento se percató de algo más. Ahora podía sentir todo a su alrededor; no solo la energía de los demás seres vivos, sino también la textura del terreno, la velocidad del viento en las distintas áreas a su alrededor, la cantidad de lluvia que descendía del cielo a su alrededor; todo se sentía tan nuevo, y a la vez tan familiar. Poco tiempo después, su madre interrumpió sus pensamientos, con una voz llena de emoción.
-¡Blast! ¡Lo… lo lograste! –Exclamaba con mucha felicidad la joven.
¿Lo logre? –Pensaba aquel, no comprendiendo a lo que se refería su madre, por lo cual abrió los ojos rápidamente, encontrándose con aquella, sonriendo.
Era extraño, ahora veía su rostro sonriente con más claridad, era capaz de ver todo a su alrededor con una increíble nitidez; era como si ahora fuera capaz de ver más allá de lo que le permitía su vista, y se sentía mucho, mucho más fuerte. En ese instante lo comprendió, realmente lo había conseguido. Una coloración oscura había aparecido bajo sus ojos, y su mirada había cambiado drásticamente.
-¿Lo logré? –Inquirió a la madre, sin caer en la cuenta de lo que estaba sucediendo. Su madre sonrió con ternura y asintió una vez más.
-¡Lo logré! –Gritó el joven, lleno de emoción y felicidad, arrojándose a los brazos de su madre, quien lo recibió gustosa, mientras el paraguas caía de sus brazos y era arrastrado por el viento. Era el momento más feliz de su vida.
Pero lo que el muchacho había logrado no era controlar a Hekima, apenas había logrado activarlo. Su camino apenas estaba comenzando, y el, claro, continuaría con perseverancia hasta el final, hasta lograrlo.
Blast Fire – 13 años
Un cielo gris cubría a Upendo aquel día; una triste mañana, en la cual el sol se había ausentado por completo. Tres seres permanecían en silencio, con dolida expresión, frente a múltiples tumbas sin inscripción, tan solo señaladas mediante cruces de madera. Una de ellas tenía sobre sí un fino collar de perlas, una fina pieza de colección.
Uno de los tres seres, un joven unicornio de pelaje amarillo claro, y crin amarilla y naranja, avanzó hacia el sepulcro, y acarició con su casco la joya que en la cruz se hallaba, admirándola con tristeza.
-Esto perteneció a… a mi madre, ¿Verdad? –Inquirió seriamente el joven, sin voltear.
Las cebras que se hallaban tras de el no tenían el valor para responderle, pues la dolida expresión de su ser más querido los despojaba de toda fuerza, y los sumergía en la tristeza más profunda.
-Entiendo… -Dijo él con el mismo tono, al no recibir respuesta de sus padres.
Las dudas del joven Blast pronto se habían hecho difíciles de negar para Kanto y Shin, quienes ya no eran capaces de fingir la situación mucho más. El unicornio estaba acomplejado, era muy difícil disimular las diferencias que tenía con cualquiera de los integrantes del clan, de las cuales ya era totalmente consciente.
Llegó la oscura noche en que la pareja decidió que era tiempo de colocar las cartas sobre la mesa. Ambos se presentaron frente a su hijo, y accedieron a contarle la verdad, hasta el último detalle, y aclarar cada una de sus dudas de una vez por todas.
Eventualmente, Blast escuchó atentamente cada palabra del relato de sus padres, sobre sus orígenes, la raza a la cual realmente pertenecía, la razón por la cual allí se encontraba, su amnesia, el pacto del pueblo, todo, cada detalle de su vida conocido por ellos fue revelado.
Blast siempre supo que era diferente, de eso estaba seguro, pero nunca había imaginado cuanto. No era una cebra, si no un poni, y no cualquier poni, sino un unicornio, una criatura mágica, perteneciente al reino de Equestria.
El joven, claro, no fue capaz de asimilar la verdad, pues al terminar aquel relato, no tenía idea de que demonios era lo que debía sentir. No sabía si debía sentirse feliz de conocer sus orígenes, impactado por la muerte de su madre biológica, o engañado por, quien el creía, su propia familia. Un mar de emociones tomó al joven por asalto, invadiendo hasta el último rincón de su mente perturbada.
Ya no sabía frente a quienes se encontraba, si frente a su familia, o frente a impostores que se habían hecho pasar por ella… estaba conmocionado.
Se dio la vuelta, y caminó totalmente perdido desde el recibimiento del hogar, a través de los corredores (los cuales sentía cada vez más extensos), aturdido por todas las cosas que había oído, y negándose a escuchar más de boca de aquellos seres.
Todo el pueblo había sabido de ello todo el tiempo, todos, todos e incluso Shisui, su más querida amiga y en quien confiaba ciegamente, todos se habían burlado de él a sus espaldas. Una vez dentro de su cuarto, todo aquello pareció tomar la forma de una pesadilla, una horrible pesadilla, de la cual tan solo quería escapar, alejarse lo más que pudiera, pero le era imposible, estaba sumido en la realidad, la cruel y dura realidad, que lo había abofeteado directamente en la cara, con una fuerza brutal.
¿Cómo pudieron hacerme esto? ¿Por qué? ¡¿Por qué?! –Se cuestionaba el joven, derrumbándose sobre la puerta de su habitación, y derramando lagrimas de dolor y confusión. Su mente era un mar de emociones violentas, sentía deseos de gritar, de golpear. Deseaba con todas sus fuerzas que aquello fuera tan solo un mal sueño, pero no lo era. Ante sus ojos, su vida entera se había derrumbado.
Kanto y Shin habían permanecido en el recibidor, sin moverse de su lugar, no se sentían con derecho de ir tras él para consolarlo, ahora el joven debería asimilar todo aquello que había oído. Shin ya no estaba segura de nada, si siquiera de si aquello había sido lo correcto, si era lo que debía hacerse y o lo que debía decirse. Pero ella bien sabía que, de haber esperado más tiempo, las cosas podrían haber sido mucho peores.
-¿Qué… qué hemos hecho? –Dijo Shin, para luego dejarse caer en el suelo, arrodillándose, y llorando desconsoladamente, y poco tiempo después siendo abrazada y contenida por su esposo y protector.
-Sh… Shin, no digas eso, ambos sabíamos, desde el día en que Blast llegó a nuestras vidas, que este día también llegaría. Ya hicimos lo que debíamos, ahora debemos esperar a que lo asimile, fue un golpe infinitamente más duro para el que para nosotros, lo sabes. –Decía Kanto con dulces palabras, a las cuales la joven no hizo caso siquiera, pues estaba sumida en su miseria.
-El… el ya no nos querrá, no tendría porque… le hemos mentido desde el primer día, ¿Por qué… por qué iba a querer permanecer a nuestro lado? –Se lamentaba la madre, sin cesar su llanto, desesperada, mientras aquellas crueles ideas encontraban un importante lugar en su mente.
-Todo… ¡Todo es culpa mía! ¡Fue mi idea en un principio! Aunque en ese momento lo hice… pensando que era por su bien, ahora lo veo… lo veo claramente; fui entupida y egoísta. ¡Soy de lo peor! –Gritaba ella, totalmente histérica.
-Shin… por favor cálmate… -Decía su amado, en un intento por tranquilizarla, siendo invadido por su propia tristeza.
-¡¿Cómo puedes pedirme que me calme?! ¡Mira todo el daño que le he hecho! ¡Y tuve el descaro de llamarme "su madre"! ¡Por todos los cielos! ¡¿En qué demonios estaba pensando?! ¡No solo fui estúpida y egoísta, fui una tonta, una necia, una-…!
-¡Ya basta! ¡No voy a permitir que te sigas faltando el respeto así! –Gritó Kanto, apartándola de su abrazo, sosteniéndola por los hombros y mirándola fijamente. La joven Shin se encontraba atónita, mientras las lágrimas insistían en escapar de sus ojos. Antes de que aquella pudiera siquiera pensar en gesticular una sola palabra, el joven volvió a abrazarla de repente, mucho más fuerte que antes, y ahora era él quien parecía estar sollozando en su hombro.
-Has sido la mejor madre que Blast habría podido tener, no tienes porque martirizarte así. Sabíamos que esto tenía que suceder, pero no tienes porque echarte la culpa de todo, ni mucho menos de rebajarte así. –Decía el joven, que pronto se aparto de su abrazo una vez más, aún sosteniendo a su esposa por los hombros, quien lo observaba desconcertada, aturdida.
En ese momento, Kanto besó a su esposa con amor, cariño, y tristeza (beso al cual Shin no se resistió, abrazándose fuertemente a su cónyuge), no pudiendo concebir la idea de que la joven que aquel tanto amaba y respetaba se encontrara en esas condiciones.
Luego de unos momentos, y de que sus bocas se separaran, Shin dejó reposar su cabeza sobre el pecho de su esposo; ya no tenía fuerzas para gritar, ni siquiera para hablar, tan solo deseaba quedarse allí, al lado de su amor, olvidar todo lo sucedido, y saber que al día siguiente todo estaría bien.
Kanto la guió, aun abrazados, a reposar sobre el sillón del recibimiento, disponiéndose a dormir allí en su compañía, pues ambos sabían que al día siguiente los esperaría un duro despertar.
Al descubrirse la aurora, Kanto y Shin permanecían abrazados, reposando en el sillón en la misma posición en la cual habían partido al mundo de los sueños la noche anterior.
Al despertar, sintiendo los cálidos rayos del sol sobre sus rostros, aclararon su vista, solo para encontrar que el joven unicornio, al cual hasta ese día habían llamado "su hijo", permanecía frente a ellos, mirándolos fijamente con triste expresión y signos de no haber dormido en toda la noche. Shin no tuvo mejor idea que romper el abrazo e incorporarse para dirigirse al joven.
-Blast… Blast yo solo-… -Decía la joven, que se vió interrumpida por la fría mirada del muchacho, frente a la cual le era difícil encontrar las palabras para hablar, tragando sus palabras.
-¿Me quieren? –Inquirió finalmente.
-¿Por… por qué preguntas eso? –Cuestionó Kanto, sorprendido y desconcertado.
-Tan solo quiero saber que algo de lo que me han dicho fue cierto, solo eso. Quiero saber que al menos no se quedaron conmigo porque sentían que era su obligación, o porque sentían culpa por la muerte de mi madre, o lastima por mí. –Decía el joven, entre lágrimas que comenzaban a brotar de sus ojos.
-Blast… te hemos amado desde el día en que llegaste a nuestras vidas; ni siquiera deberías dudar de ello. –Decía el padre, pues Shin no era capaz de hablarle.
-Quiero, necesito saber… ¿Dónde descansa mi madre ahora? –Cuestionó aquel, bajando la mirada.
La pareja intercambió miradas con cierta duda y tristeza, pero finalmente Kanto asintió, haciéndole saber a su esposa que ya era hora.
Ahora la familia permanecía frente a las tumbas de las víctimas del trágico accidente del dirigible, ocurrido más de dos años atrás. Blast observaba aquel hermoso collar con ojos que expresaban tanto melancolía como tristeza.
-¿Cómo… cómo era ella? –Preguntó el joven, con un nudo en la garganta. Shin bajó la mirada, antes de decir estas palabras.
-Era una joven muy bella. Tenía tu mismo color de pelaje, de cabello castaño, y ojos color café… -Decía ella, mientras el unicornio no era capaz de contener las lagrimas que clamaban por escapar de sus ojos, por causa del gran dolor que invadía su corazón.
-Si… si lo que deseas en verdad es regresar a tu hogar, a… Equestria… y buscar a tu verdadera familia, te aseguro que no te lo negaremos Blast. Lo único que deseamos es tu felicidad, es lo que siempre hemos querido, y por lo que hemos luchado tanto. Sé que te hemos mentido, que fuimos egoístas, que te fallamos, pero si vas a partir… debes saber algo, en lo que nunca te hemos mentido, y que estés donde estés, siempre será verdad: siempre te hemos amado, y siempre amaremos.
Al terminar de hablar Kanto, su joven esposa se abrazó fuertemente a él, sollozando audiblemente, mientras el joven unicornio, que hasta ese momento les había dado la espalda, se voltea, para finalmente mirarlos a los ojos, con lágrimas corriendo libremente por sus mejillas.
-Yo… yo… -Decía el joven, no encontrando palabras para expresar lo que sentía, hasta que finalmente tomó valor desde lo más profundo de su alma, para decir estas palabras.
-…ya estoy en mi hogar. –Concluyó él, sonriendo débilmente.
-Mi verdadera familia está aquí… -Decía el joven, mientras se acercaba a las cebras que años atrás, aun conociendo sus diferencias, aun contra la voluntad de su líder, y yendo contra todos los prejuicios de su gente, decidieron adoptarlo, y cuidar de él como si de su propio hijo se tratase, por encima de todo.
Ya no importaba lo que hubiera pasado antes, sus sentimientos hacia ellos definitivamente no habían cambiado. Si le habían mentido sobre ello, había sido para no revelarle una terrible verdad, y aún así, el los amaba, y deseaba con todas sus fuerzas permanecer a su lado.
Finalmente, el joven abrazo a quienes para él, eran, y serían siempre, sus amados padres, quienes respondieron al abrazo casi por inercia, derramando lágrimas de felicidad al igual que su hijo. Ya no había nada que pudiera separarlos, eran una familia otra vez.
Dos semanas después, las cosas habían regresado a la normalidad. Los demás habitantes de la aldea ya no tenían necesidad de ocultarle nada al joven, y se sentían muy aliviados por ello. En especial Shisui, que apoyó a Blast desde el principio, pidiéndole disculpas con tristeza por haberle ocultado aquellas cosas de las cuales tenía conocimiento; claro, no está demás decir que fue perdonada por él casi al instante, después de todo, era su mejor amiga.
Blast Fire – 14 Años
Los días pasaron, el sol y la luna continuaron su danza, y el joven unicornio continuó con su vida; estaba dispuesto a convertirse en un gran guerrero, tal y como su padre y madre lo eran.
Al atardecer, mientras los tonos cálidos del cielo decoraban el paisaje, en el claro de un bosque lejano al pueblo de Vizuri, junto a un lago, dos figuras combatían incansablemente. En el lugar, además del tranquilo cantar de las aves, tan solo se oía el rápido choque de los cascos de ambos oponentes sin cesar.
Una cebra de edad madura permanecía tras uno de los arboles cercanos al claro, observando atentamente la batalla, no siendo advertida por los combatientes gracias a la habilidad que poseía, de poder ocultar su flujo de energía y evitar así ser detectado incluso por un usuario de Hekima.
Uno tras otro, los ataques recibidos eran difícilmente repelidos por el joven de cabellos cálidos, al cual le costaba seguir el ritmo de su contrincante. En un momento dado, recibe una fuerte coz en su pecho, fuerte y eficazmente propinada, haciendo que caiga de espaldas, muy adolorido y abrazando la zona afectada, mientras la sombra bajo sus ojos desaparecía inevitablemente, pues ya no era capaz de utilizar la habilidad de su clan.
Ambos respiraban agitadamente, pues aquella batalla se había extendido durante más de dos horas (claro, sin contar el tiempo durante el cual habían hecho uso del modo Hekima).
-Has… mejorado mucho, Blast… pero aún cuando estoy tratando de ayudarte a avanzar, luchando a tu nivel, sigues sin poder seguirme el ritmo; supongo que tendrás que entrenar mucho más duro si pretendes conseguirlo… -Decía el joven Kanto, con cierto aire de superioridad.
-Lo siento… es muy difícil. Padre, tu eres mucho más fuerte que yo, no puedo seguir tu ritmo tan fácilmente…
-Esa es la razón de este entrenamiento. Si lo que deseas es llegar a ser tan fuerte como tu madre, o como yo, y entonces ser un orgulloso miembro de la rama guerrera de nuestro clan, deberás entrenar muy duro, no es algo que puedas lograr de la noche a la mañana, hijo…
-Lo sé… -Decía el joven, bajando la mirada.
-Bueno, ya ha sido suficiente por hoy, vamos a casa; tu madre nos está esperando y seguramente querrás descansar un poco y comer algo. –Decía el padre comprensivamente, desactivando a Hekima, y ya retirándose.
-No… -Escucho el joven tras de sí, para voltearse, y encontrarse de lleno con la mirada de su hijo, quien poco a poco se incorporaba, llena de determinación, mientras una oscura sombra hacía aparición bajo sus ojos una vez más.
-Blast, tu cuerpo está muy dolido. Lo mejor será volver a casa ahora, descansar, y continuar con el entrenamiento mañana.
-Padre… tu mismo lo dijiste, ¿Recuerdas? –Decía el muchacho.
Kanto se sorprendió al escuchar aquellas palabras, no comprendía de qué hablaba el unicornio.
-"Si no te esfuerzas hasta el máximo, ¿Cómo sabrás donde está tu limite?" –Decía Blast, citando las palabras exactas de su padre, sonriendo dificultosamente.
El joven cebra no pudo evitar sonreír por causa de ello. Era algo que le había dicho al pequeño algunos años atrás para alentarlo, cuando se encontraba entrenando para lograr activar el Hekima.
Aquel, aún cuando casi no le quedaban energías, ahora pretendía continuar luchando, sin descanso. Como padre, sabía que debía negarlo y detenerlo, pero al mismo tiempo se sentía orgulloso del joven.
-De acuerdo, una vez más, pero esta vez no seré tan amable como lo fui hace rato. Tengo mucha hambre y quiero volver a casa lo antes posible, asique terminaré con esto rápidamente. –Dijo el padre cómicamente, sonriendo con malicia, con el objetivo de provocar al muchacho.
-¡No creas que me vencerás tan fácilmente, padre! –Exclamó el muchacho, lleno de convicción, galopando al encuentro de padre con intenciones de atacar.
Así se habla… -Pensó el joven Kanto, mientras reactivaba el Hekima una vez más y tomaba una posición defensiva, para así contrarrestar eficazmente el ataque del unicornio.
Durante un instante, Blast y Kanto se encontraron chocando sus cascos el uno con el otro, antes de que el segundo eludiera a su hijo, para rápidamente propinar una coz en el lado derecho de su vientre. El unicornio esquivó el ataque fácilmente, pero aquello tan solo había sido una distracción, pues justo en ese momento, luego de aquella evasión, no advirtió que el casco trasero de su padre se aproximaba hacia su flanco izquierdo.
El joven muchacho no fue capaz de contrarrestar aquel ataque, recibiendo el impacto de lleno y siendo impulsado hacia adelante, cayendo en el piso y rodando algunos metros antes de detener su arrastre. Su padre, a pesar del daño que le había causado, no cambió su seria expresión.
-Eso… me dolió… -Decía Blast, mientras dificultosamente se reincorporaba.
-Hasta hace unos minutos te estaba enseñando a luchar, pero ahora estas poniendo en práctica todo lo aprendido, ¡Esto es un verdadero combate!
-Dijiste que aún no estaba listo para eso, que debía saber defenderme bien y ser más fuerte antes de un combate real…
-La vida no te enseña a ser fuerte, Blast, te obliga a serlo, asique será mejor que me des tu mejor golpe, claro si no quieres pasar el resto de la semana en cama, con heridas de gravedad. –Decía Kanto, ahora muy seriamente hablando, intentando sonar lo más convincentemente posible, para incitar al joven a luchar con todas sus fuerzas.
El unicornio lo comprendió a través del tono de voz que nunca en su vida había oído a su padre utilizar; ahora iba en serio.
Galopó hacia la cebra una vez más con intenciones de propinar una fuerte coz en su rostro, ataque que, para su contrincante, no fue difícil eludir y contrarrestar. Kanto rápidamente impulsó su casco delantero derecho hacia adelante, aprovechando la brecha en la defensa del joven; aquel se percató de ello, y rápidamente actuó en consecuencia, tomando el brazo derecho de su padre con ambos cascos, y rápidamente dirigiendo su frente hacia aquel. En un segundo, el ineludible cabezazo propinado provocó una seria herida en la frente de ambos, aunque afectó más a Kanto, que se alejó rápidamente para evitar recibir otro ataque continuo.
No esperaba eso, definitivamente ha mejorado mucho en muy poco tiempo. –Pensaba el padre con orgullo, mientras el unicornio se aproximaba a gran velocidad hacia su contrincante.
Una batalla de cascos se desató una vez más, muy similar a la anterior, con la única diferencia de que era ahora Kanto quien se defendía de los ataques de su hijo. Aquel realmente no conocía sus límites, y si la batalla continuaba, las cosas de seguro no terminarían bien para ninguno de los dos, pues ambos habían excedido el uso de Hekima más de lo debido.
Kanto rápidamente tomó el brazo derecho de Blast entre sus cascos, y antes de que aquel hiciera uso de su brazo izquierdo para contraatacar, Kanto utilizó la propia fuerza de su oponente para impulsarlo hacia adelante, evitando el contraataque. Luego de lo cual, se colocó a espaldas del muchacho, situando el brazo izquierdo alrededor de su cuello y comprimiendo rápidamente, no para asfixiarlo ni causarle un daño serio, sino para poner fin rápidamente al combate, y evitar que ambos acabaran con heridas graves.
-Ya está bien Blast, no quiero lastimarte; ya has demostrado que eras capaz de más, pero si sigues usando a Hekima, te harás mucho daño, asique terminemos con esto y vayamos a casa.
-¡No! ¡Tú lo dijiste! ¡Nunca debo rendirme! No puedo perder… ¡No dejaré que me venzas! –Gritaba desesperado aquel, encontrándose atrapado por la llave de su padre.
-Me haces sentir orgulloso, hijo, en verdad, pero también es verdad que hemos alcanzado nuestro limite, y si continuamos-…
-¡NO! –Exclamó el muchacho, mientras una onda expansiva enviaba al padre a varios metros de distancia. Kanto se reincorporó dificultosamente, levantando la mirada para encontrarse con un desconcertante espectáculo.
-¡No padre, aún… aún no he llegado a mi limite! –Exclamó una vez más, mientras una extraña aura roja emanaba de su cuerno, y rápidamente cubría su cuerpo en toda su extensión, como si de un manto se tratase.
Kanto estaba desconcertado; por causa de la velocidad del flujo de energía natural del muchacho que era capaz de percibir, era fácil distinguir de qué técnica se trataba, pero había algo más, era muy diferente a todo lo que él conocía.
El mando rojo rápidamente cubrió totalmente al joven poni, mientras aquel ahora sentía los músculos de su cuerpo contraerse, causándole dolorosos desgarramientos en diversas áreas de aquel. Pronto, no fue capaz de mantener el más mínimo control de su flujo de energía.
El padre galopó rápidamente al encuentro de su hijo con intención de auxiliarlo, pero una extraña extensión (la cual emergió de aquel manto) lo impactó directamente en el rostro, haciendo que retrocediera varios metros. Kanto se cubría con sus cascos, sintiendo un fuerte ardor en su mejilla derecha, del cual pronto conoció la causa, al descubrir su rostro.
Varias extensiones, que parecían ser lenguas de fuego, se extendían desde aquella aura roja en todas direcciones, incinerando todo el césped a su alrededor, mientras ahora el unicornio permanecía sobre sus cascos traseros, siendo sostenido solamente por aquella aura, al tiempo que su ojo derecho se perdía en un resplandor rojo, y el izquierdo derramaba lagrimas de horror.
-¡Padre! ¡Ayúdame! –Gritaba y suplicaba Blast con total desesperación, habiendo perdido totalmente el control de sus habilidades, y de su cuerpo.
Kanto no sabía qué hacer; poseía el poder necesario para contrarrestar el ataque del unicornio, pero no era capaz de hacer uso de él, no contra su propio hijo.
