Capítulo 8 – Caminos separados

Blast Fire – 17 Años | Shisui – 20 Años

¿Dónde… dónde estoy?

¿Qué… qué fue lo que paso?

¿Por qué estoy aquí?

El dragón… el… me atacó, lo recuerdo…

¿Acaso estoy… muerto?

¿He… he fallado?

Shisui…

Al menos ella estará bien…

Ni siquiera puedo sentir mis cascos.

No puedo sentir… nada.

Todo está tan oscuro… pero es tan... tranquilo.

Podría quedarme aquí para siempre…

No, ¿Qué estoy diciendo?

No puedo quedarme aquí.

Necesito salir.

¡Es cierto, esa cosa aún sigue en nuestro pueblo!

-¡Blast! –Una voz muy conocida para él se oía a lo lejos, casi como un eco.

¡Shisui! Ella… ella aún está combatiendo.

No… no puedo dejarla sola. ¡No puedo!

Si algo llegara a sucederle… ¡Nunca… nunca me lo perdonaré!

¡Tengo que volver! ¡Necesito volver!

¡Debo salvarla!

¡Debo estar a su lado porque yo…! Porque yo…


Un joven unicornio abrió sus ojos abruptamente, aspirando aire en una gran bocanada, encontrándose de lleno con un gran dolor que invadía hasta el lugar más recóndito de su cuerpo magullado.

Una gran bestia alada surcaba el cielo en el espacio aéreo justo por encima de él, mientras los rayos del sol de atardecer se reflejaban en las escamas del monstruo.

El cuerpo del poni, quien respiraba agitadamente, estaba casi incrustado en el suelo de un lugar despejado de arboles, habiendo dejado un largo rastro de arrastre tras de él por causa de la caída y el impacto.

Sus cascos estaban sangrando, al igual que su vientre, su rostro… en un sentido más general, la mayor parte de su cuerpo, pues se encontraba herido de gravedad. Un enorme dolor lo invadía, uno insoportable que nunca en su vida había sentido, pero no era precisamente el momento adecuado para sucumbir ante él.

-No tengo… tiempo para… descansar ahora… -Decía el joven, sonriendo con determinación, mientras poco a poco intentaba incorporarse, saliendo del hoyo en el cual se encontraba.

Apenas podía sostenerse sobre sus doloridos cascos cuando estos cedieron de repente, y su débil sonrisa dio paso a una mueca de dolor, al tiempo que su visión comenzaba a nublarse cada vez más. Estaba perdiendo la consciencia a toda velocidad.

¡NO! ¡Debo permanecer de pie! La única forma de ganar… es no rendirse jamás. No importa que tan fuerte sea el enemigo, no importa que tan herido estés, no importa si parece imposible; si aun puedes respirar… -Pensaba el joven, recordando las palabras de su abuelo, incorporándose de nueva cuenta.

-Entonces… ¡Debes luchar! –Completó él en voz alta haciendo hincapié en la última parte, mientras que desde su cuerno el aura roja de Asili Hekima lo cubría una vez más, preparándolo para continuar con el combate.

-¡¿Ese insecto aún está vivo?! ¡Bastardo! –Rugió el dragón al notar al poni volver a levantarse, lanzándose contra él.

-¡Te destrozare con mis propias garras! ¡No escaparás de mí! –Rugió la bestia con fervor, dispuesto a terminar con la vida de su oponente de una vez por todas.

Cuando protegí a Shisui, mi energía natural se redujo a la mitad. No puedo ejecutar la explosión de fuego, y tampoco tengo la energía suficiente para dañarlo mediante un ataque cuerpo a cuerpo, debo encontrar otra manera... –Pensaba el joven, mientras la bestia de escamas carmesí se aproximaba a su posición a toda velocidad. No quedaba tiempo.

-¡Usuarios de agua, contra el enemigo! ¡Usuarios de viento, onda gélida! –Se oyó una voz a lo lejos.

El unicornio volteó justo a tiempo para ver como un gran chorro de agua (compuesto de varios otros) salía del pueblo en dirección al cielo, que luego se congelaba y se convertía en grandes lanzas de hielo, las cuales se dirigían hacia el dragón.

Aquel ataque encontró blanco en la gran bestia alada que surcaba el cielo, quien tuvo la necesidad de cubrirse con su brazo derecho para evitar recibir en impacto en su rostro. Lo que el dragón no había esperado, era que aquellas lanzas fuesen tan efectivas, pues se habían clavado firmemente en su carne, habiendo atravesado sus poderosas escamas, rígidas como el diamante.

Casi sin inmutarse, mientras aun se mantenía en el aire, con el otro brazo golpeó fuertemente todas las lanzas de hielo, destrozándolas al instante, y dejando clavado el resto de aquellas en su cuerpo.

-Me encargaré de las basuras a su debido tiempo, ¡Ahora mismo tengo una presa más interesante en mente! –Exclamó el dragón, lanzando una gran llamarada en dirección al pueblo -de la cual sus habitantes supieron defenderse mediante Asili-, para luego dirigir su mirada al ser que aún permanecía en tierra, e impulsarse mediante sus alas en su búsqueda.

La energía de la cual dispongo prolongará a Asili al menos tres minutos más. No es suficiente tiempo para poder vencerlo cuerpo a cuerpo. Llevar este modo más allá de los límites ahora terminará por deteriorar mi cuerpo, pero si no lo hago los demás habitantes de Vizuri podrían resultar heridos, o incluso muertos por causa de este monstruo. Shisui… madre, padre… abuelo… -Razonaba el unicornio, mientras su enemigo se aproximaba a su posición por vía aérea.

-No tengo muchas opciones… -Concluyó aquel. El aura roja que cubría al joven poco a poco se desplazaba hacia su brazo derecho, el cual se tenía de un rojo intenso tal y como un trozo de hierro que arde al rojo vivo. Su poder había dejado de protegerlo en ese entonces.

-¡Protegeré a este pueblo, a estas tierras, y a todos sus habitantes! ¡Pase lo que pase! ¡Ese es mi destino! –Exclamó gallardamente, rebosante de valentía.

-¡Claro que sí! ¡Los protegerás en el infierno! ¡INSECTO! –Exclamó el dragón con una maliciosa sonrisa, encontrándose a una distancia considerable. Era lo que el unicornio había estado esperando.

De repente, Blast lanzó su casco hacia adelante, extendiendo desde este una gran garra de un color rojo intenso hecha de su aura, que se extendió una increíble distancia hasta alcanzar su objetivo: el cuello del dragón. Tomándolo desde esa zona en particular fue capaz de detenerlo en seco en el aire, y así comenzó a comprimirlo con todas sus fuerzas, encontrando que era la única oportunidad que tenía de vencer a aquel inusual adversario.

Apretaba sus dientes y cerraba sus ojos, forzando su cuerpo, mientras la gran criatura alada se resistía, y volaba de un lado a otro tratando de liberarse de aquella garra que ahora lo estaba oprimiendo fuertemente, lastimándolo gravemente, mientras gemía de dolor.

Blast se encontraba en tierra intentando retenerlo por todos los medios posibles, consumiendo mucha más energía de la que esperaba. Estaba superando su máxima capacidad.

Pronto, aquel ataque comenzó a deteriorar su estado a una gran velocidad, pues sus fosas nasales escurrían un líquido rojo; el mismo líquido que momentos después comenzó a toser repetidamente. Su cuerpo no iba a resistir mucho tiempo más de un esfuerzo como ese; debería terminar con aquel ser de una vez por todas si lo que pretendía era salvar a su familia, antes de que fuera demasiado tarde.

En ese instante, cuando todo parecía estar perdido, el unicornio sintió dos cascos posarse sobre su brazo, y el dolor que hasta ese momento había invadido la totalidad de su ser, desaparecer poco a poco.

Al abrir los ojos con sorpresa, encontró a su izquierda a una joven con lágrimas en sus mejillas que sostenía con ambos cascos, los cuales poseían una tonalidad verde claro, el brazo del cual estaba haciendo uso. Sus heridas más visibles pronto comenzaban a sanar.

-Equivocado estarías, si acaso pensaste que en esta situación, sólo te dejaría. –Dijo la joven con dolida voz, al tiempo que sonreía dificultosamente.

-Shisui… -Fue lo único que el joven fue capaz de decir con una sonrisa, mientras volvía a sentir otro par de cascos femeninos más sostener su brazo, del lado derecho.

-Somos una unidad, trabajamos en equipo, y esta no será la excepción. –Dijo cálidamente su madre, apoyándolo.

-Mamá… -Dijo una vez más, mientras sentía sobre su lomo posarse un casco de cada lado, y su energía rápidamente volvía a incrementarse.

-Tu madre tiene razón. Durante todos estos años, nuestro pueblo ha enfrentado toda clase de problemas, y fue nuestra unión la que nos concedió la victoria siempre. –Continuó el padre.

-Escucha a tus padres, pues hablan con verdad. Hazme sentir orgulloso de ser tu maestro, muchacho. –Concluyó Felshak, sonriendo sínicamente.

-Papá… abuelo… -Decía el joven, emocionado, mientras más cebras se aproximaban.

-¡Guerreros del clan Vívuli! ¡No permitiremos que esta bestia destruya nuestro mayor tesoro, y tomé por la fuerza todo por lo que hemos luchado durante años! ¡Será como siempre ha sido: hasta la última sangre! -Vociferó fuertemente Felshak, frente a lo cual recibió fuertes gritos de ovación de todos los guerreros que habían concurrido al lugar para dar fin a la batalla.

-¡IMBÉCILES! -Exclamó el dragón, iracundo, lanzándo un potente torrente de llamas hacia los guerreros.

-¡Usuarios de agua! ¡Defensa, AHORA! -Exigió rápidamente, frente a lo cual los usuarios lanzaron un fuerte chorro de agua, que al chocar con el torrente, no dejó nada más que un rastro de vapor.

Entre los vapores resultantes que habían dificultado la visión del monstruo, emergieron garras hechas de roca, producidas por los usuarios de tal elemento, las cuales encontraron blanco en las garras y patas de aquel, inmovilizandolo.

Todos estaban dispuestos a hacer su parte para terminar con el invasor. Blast se sentía orgulloso, orgulloso de que los demás miembros del clan se apoyaran entre si de aquella manera, de ahora estar trabajando en conjunto con todos ellos por un objetivo en común.

-¡Terminemos con esto de una vez! –Exclamó el muchacho, rebosante de energía y ánimos, listo para vencer a su enemigo, junto al resto de su gente.

-¡INSECTOS! ¡LIBÉRENME DE INMEDIATO! ¡LOS ANIQUILARÉ! ¡A TODOS USTEDES, BASURAS! –Vociferaba la gran bestia alada, mientras sentía la garra de fuego que lo restringía comprimir su cuello con más fuerza.

Segundos después un crujido se oyó proveniente del dragón; eran sus escamas. Tal había sido la fuerza del brazo del unicornio, que había conseguido destrozar la poderosa armadura draconiana, haciendo contacto directamente con la carne de la bestia.

No puede ser, es imposible. Está… ¡¿Quemándome?! –Pensaba, no pudiendo ser capaz de gesticular palabra alguna por causa de su dolor. El humo producido por la carne quemada comenzaba a hacerse visible frente a los ojos color esmeralda del monstruo.

La energía que estoy recibiendo por parte de todos potenció a mi Asili. ¡Esto es… esto es sorprendente!

-¡AHORA! –Exclamó la muchedumbre, al ver que su enemigo en común se tomaba de la garra que lo ahorcaba, siendo incapaz de moverse.

El resplandor de Asili se hizo presente en la totalidad del cuerpo del unicornio una vez más, aunque mucho más intenso. Un grito ahogado, una opresión causada por un poder concentrado en su máximo esplendor, y el cuerpo de la bestia, luego de sus músculos contraerse unos momentos, cedió por completo de forma definitiva, siendo sostenido únicamente por aquella extensión de Asili.

-Es tu fin… -Susurró el joven, mientras abría la garra que oprimía a la bestia inmóvil, las garras de roca comenzaban a desintegrarse, y el monstruo inevitablemente caía al suelo, destrozando el terreno y la flora circundante del lugar, y generando una gran nube de polvo, que pronto cubría los restos del dragón.

Hubo unos momentos de silencio, mientras todos permanecían en la misma posición y el aura roja del unicornio se desvanecía poco a poco, hasta que una de las jóvenes dijo estas palabras.

-Lo logró… lo… logramos… -Susurró la joven guerrera.

En un instante, todos los integrantes de la rama guerrera de la aldea estallaron en festejos, pues habían logrado vencer a un enemigo que aparentaba ser implacable.

El joven no podía hacer más que sonreír ante tal logro, pero aún así le fue imposible mantenerse en pie, pues a pesar de haber sanado sus heridas, por causa de la energía de la cual había hecho uso, había abusado de las capacidades de su cuerpo más de lo debido.

Sus cascos cedieron de repente y el joven quedó arrodillado, respirando agitadamente, con una sonrisa de felicidad y orgullo que no puede describirse con palabras.

En ese momento, mientras su familia y amistad lo ayudaban a incorporarse, un resplandor de extraña naturaleza apareció en ambos flancos del joven, el cual luego dio lugar a un pequeño grabado, tal y como las marcas que llevaban las cebras, solo que este estaba a color, y parecía tener la forma de una estela de fuego.

Todos se mostraron sorprendidos a excepción de Shin, quien sonreía ampliamente, aunque el joven poni no parecía haber notado la aparición de aquella extraña marca.

Los demás realmente todos querían preguntar de qué se trataba eso, si era otra de las "particularidades" de la raza del muchacho, pero ese no era precisamente el momento indicado. Más tarde habría tiempo para preguntas, lo importante ahora era que su pueblo estaba a salvo una vez más.

-Vamos, regresemos a la aldea. –Dijo finalmente Felshak, sonriendo ante la multitud. Su joven nieto asintió y pronto se puso en pie, justo a tiempo para ver que quien cedía ahora era la joven Shisui. El unicornio sobresaltado se dirigió a su encuentro, a escasos metros.

-¡Shisui! ¿Qué sucede? ¿Estás bien?

-Sí, estoy bien… es solo-… -Explicaba la joven mientras se incorporaba con ayuda de otros compañeros, para que luego sus cascos cedieran una vez más, mostrándose realmente exhausta.

-Usó toda su energía para curar tus heridas mediante su técnica original. De no ser por ella ni siquiera podrías pararte ahora mismo, luego del ataque que recibiste por parte de aquella bestia. –Explicó el jefe de la aldea.

-No deberías haber hecho eso… -Le regañó el muchacho. La joven doctora respondió con una sonrisa.

-Tú me salvaste la vida… si no pudiera hacer lo mismo por ti, ¿Qué clase de amiga sería?

El joven, aunque sorprendido por su resolución, pronto sonrió melancólicamente y la ayudó a incorporarse, para luego cargarla sobre su espalda.

-¿Qué… qué estás haciendo? –Inquirió ella, exaltada.

-No puedes caminar, ¿Qué clase de amigo sería si no te cargara? Anda, regresemos… –Replicó él. La joven, por demás sonrojada, aceptó el gesto y se abrazó cariñosamente al cuello de su compañero.

Pronto, todos los aldeanos presentes se pusieron en camino siguiendo al joven que llevaba a cuestas a su amiga, pero en un momento dado, Felshak se detuvo en seco, al sentir algo que atravesó su cerebro en un instante, como un rayo. Su yerno, quien iba junto a él con feliz expresión, detrás de todos los presentes, lo notó.

-¿Qué sucede señor? –Inquirió con curiosidad.

-Ustedes vuelvan a la aldea, hay algo de lo que debo encargarme. –Dijo él, con mucha seriedad.

-¿Desea que lo acompañe?

-No, no te preocupes, tú vete junto con tu familia y los demás. Yo los alcanzare en un momento.

-De… de acuerdo. –Respondió él, para acto seguido adelantarse y ponerse en camino. Sabía que era lo que su suegro pretendía, pero prefería no entrometerse si el jefe así lo deseaba.

El líder se puso en marcha en dirección a la bestia caída. Su energía, aunque casi imperceptible, denotaba que el dragón aun poseía algún vestigio de vida.

Al llegar al lugar donde descansaba el cuerpo del dragón, quien permanecía con los ojos cerrados sobre un enorme cráter, Felshak se apresuró a hacer uso del modo Hekima para dar un gran salto, directamente sobre el hocico del gran reptil alado.

Aquel, quien parecía estar dormido por causa de su debilidad, abrió lentamente uno de sus ojos, mientras el líder de los aldeanos lo observaba con el más puro desprecio.

-¿C-cómo… cómo puede ser… que se-res tan insignifican-tes… me hayan… vencido? –Cuestionaba el dragón indignado, susurrando, no siendo capaz de moverse.

-Nuestro pueblo no es solo un montón de habitantes "débiles". Somos una unidad, trabajamos como uno solo, y juntos superábamos tu poder. Desde un principio no tenías oportunidad de ganar esta batalla. –Explicó él, no sabiendo si la bestia alcanzaría a comprender sus palabras.

-Ustedes… basuras… ¿C-cómo se atreven?... ¡¿Cómo se atreven?! ¡Ya verán! ¡Me los llevaré… conmigo a la otra vi-…! –Decía entrecortadamente, comenzando a levantar la voz, cuando el líder de la aldea concentró la energía del modo Hekima rápidamente en su casco derecho, para propinar un fuerte golpe justo en la frente del monstruo, destruyendo el centro de su sistema nervioso, lo cual causó una muerte instantánea.

-Lo siento, pero no puedo permitir que un monstruo como tú siga viviendo. –Concluyó el jefe, con determinación.


Mientras tanto, a lo lejos una figura de extraño aspecto había estado observando con atención y disimulo el desarrollo de la batalla, bajo el abrigo de las sombras y la maleza.

-Vaya… lo que habíamos oído sobre los seres que hacían uso de la energía natural era cierto. Son justo lo que el jefe desea. –Susurraba la figura de grandes alas y rasgos felinos, sonriendo maliciosamente.

-Pero... son demasiado poderosos como para atacarlos ahora, y no tenemos por el momento las fuerzas de combate suficientes para hacerles frente. Necesitaremos de algo de tiempo, pero al final valdrá la pena. –Concluyó con una masculina voz grave, disponiéndose a retirarse, no emprendiendo vuelo para evitar llamar la atención, sumergiéndose en la maleza del bosque de regreso a su origen.


Ahora, cuatro horas después de la culminación de la batalla, la hermosa noche se había cernido en Vizuri Shetani. Los usuarios de tierra de Asili se habían encargado de nivelar nuevamente el terreno de la aldea, que se había visto afectado durante el combate, y fueron los usuarios de viento quienes ayudaron en el proceso.

Momentos antes Felshak había convocado a una reunión en la hoguera de ceremonia en el centro del pueblo, dedicada al joven quien, con valor, había salvado la aldea, y a sus habitantes.

Mientras todo el pueblo se preparaba para asistir, la familia de Blast había hecho una pequeña excepción, pues por causa de las preocupaciones de Shin, se habían demorado un poco.

-¡Mamá, ya te he dicho que estoy bien! ¡Cielos! –Renegaba un joven, quien era forzado por su madre a tomar reposo en su cama, mientras limpiaba los restos de sangre y la suciedad de su pelaje con un paño húmedo.

Shisui observaba la escena con una mueca de gracia mientras descansaba en el cómodo sillón que, aún después de tantos años, no había sido movido de la habitación.

-Ese dragón te lastimó gravemente. Por más que ahora no tengas heridas ni contusiones visibles, será mejor que descanses, al menos hasta mañana.

-¡Pero Shisui curó todas mis heridas! ¡Además, el abuelo convocó a una reunión en la hoguera! Es importante y no podemos ausentar-… ¡Vamos, deja eso! –Renegó él, apartando el casco de su madre, quien suspiró con pesadumbre.

-Lo importante ahora es que descanses, y si eso es lo que te preocupa, hablaré con mi padre para que postergue la reunión hasta mañana. –Concluyó ella.

Aquello no hizo más que aumentar el estado de malestar del unicornio. Su amiga partiría en dos días, al amanecer (pues ese día comenzarían las lluvias de verano, y de esperar más tiempo, el río crecería, y cruzar la frontera imposible le resultaría), y habían previsto que pasarían el día siguiente juntos. El hecho de que el día se acortara por causa de la reunión lo preocupaba en sobremanera.

Mientras la joven madre estaba concentrada en higienizar sus brazos, el joven unicornio observaba a su amiga con desespero, incitándola con la mirada a ayudarlos a salir de aquella situación. Aquella se levantó del sillón y se dirigió a la guerrera, posicionándose a su lado.

-Señorita Shin, disculpe mi atrevimiento pero, ¿Le parece bien que examine a Blast un momento? Después de todo pertenezco a la rama médica, y con mis habilidades podré determinar rápidamente si requiere reposo o asistencia. –Explicó ella, intentando sonar lo más convincentemente posible.

-Uh… está bien linda, si no es mucha molestia para ti.

-Al contrario señorita, pues si encuentro que su hijo está en buena condición, no habrá necesidad para retrasar la reunión. –Concluyó ella felizmente. En ese momento, la guerrera la observó con una ceja en alto (expresando su desconfianza, casi cómicamente), y luego dirigió la misma mirada a su hijo, aún en cama. Suspiró momentos después, antes de sonreír y responderle a la joven a su lado.

-Entonces… yo iré a ver cómo van los preparativos. –Dijo ella, sabiendo que cualquier diagnóstico dado a su compañero y amigo sería positivo, con tal de no perjudicarlo; y de no serlo, encontraría la forma de sanarlo.

-¿En verdad crees que te puedes encargar de este gruñón? –Cuestionó Shin. La joven doctora dirigió una mirada con aires de superioridad hacia el unicornio, antes de contestar.

-Estoy segura de eso, no se preocupe por ello.

-De acuerdo, regresaré en unos momentos. –Dijo, para luego retirarse de la habitación y luego del hogar.

-Gracias "linda", pensé que-… Oye, ¿Qué haces? –Inquirió el unicornio confundido, al notar que la joven comenzaba a palpar su vientre, para luego pasar a los brazos y al resto de su cuerpo, con sus cascos que habían adquirido una verde tonalidad.

-Soy una doctora de palabra y valía, y prometí a tu madre que te revisaría. No tengo otra opción, más que cumplir con mi obligación. –Explicó ella, mientras continuaba.

-Sabes que estoy bien, tú me curaste con tu técnica de regeneración instantánea. Ahora que lo pienso, tú eres quien necesita una revisión. –Replicó él, recordando como debió cargar hasta el pueblo a su débil amiga, incapaz de caminar.

-Yo tan solo hice uso de mi energía natural, así como parte de la vital. No recibí, como tú, de una criatura de diez toneladas un golpe bestial. -Decía ella, que calló repentinamente, y momentos después bajó un poco la mirada, lo cual confundió al muchacho.

-Por cierto… gracias… -Musitó ella, tímidamente.

-¿Por qué? –Inquirió, confundido.

-Por… salvarme…

-Es lo menos que podía hacer. –Respondió, como si de algo obvio se tratara.

-Pero…

-¿Si?

-Aun así, arriesgar tu vida de esa manera, sin pensar, fue una locura sin igual. –Siguió, levantando la vista, para observarlo con cierto enfado.

-Oh vamos, ¿Acaso vas a empezar a regañarme? –Suspiró él.

-No deberías haberme protegido con TU defensa, podrías haber perdido la vida por causa de tal inconsciencia.

-No podría llamarlo "vida" si tu no estuvieras en ella. –Respondió él, con los ojos cerrados, sin cambiar su seria expresión.

Aquello provocó que la joven callara una vez más, no por vergüenza como la ocasión anterior, sino porque no tenía idea de que era lo que debía responder ante tal resolución.

-No creo que lo hayas entendido aún, pero si te hubiera perdido en ese momento… mi alma se habría ido contigo. –Explicó el unicornio, abriendo los ojos. La joven aún permanecía en silencio, perpleja, por lo que el muchacho continuó.

-Sabes que gustoso daría mi vida, si con ello consiguiera salvar la tuya, así ha sido siempre. Eres lo más cercano que he tenido a una hermana, Shisui; alguien en quien puedo confiar mi vida, pues se bien que tú confías en mi la tuya. –Dijo él con calidez y una sonrisa.

La cebra se calmó un poco y exhaló profundamente al notar el rastro del "cariño fraternal" del cual hablaba el muchacho, y el cual ella creía haber malinterpretado.

-Hoy no fue un buen día para demostrarlo… y menos de tal osado modo expresarlo. –Respondió la joven doctora finalmente.

-Al contrario, creo que fue el momento indicado… pues en unos días partirás, y entonces ya no seré capaz de… -Dijo él, mientras sus facciones denotaban rastros de tristeza. La joven no alcanzó a decir palabra alguna, antes de que su compañero la cuestionara.

-¿Realmente estás segura de que es lo que deseas?

-Blast, no-…

-Eres la mejor doctora de este pueblo, muchos te necesitan aquí. –Intentó convencerla él.

-Hay muchos doctores tan buenos como yo lo soy.

-Tú sabes que eso es una mentira.

-Aún así, ya no siento aquí pertenecer, es por eso que necesito hacer este viaje, solo así mi destino encontraré. Y si en realidad estoy equivocada, regresaré, tal y como la señorita Shin regresó, luego de haber despejado su alma y su mente.

-¿Y si no es así? ¿Y si ya no pudieras volver? Sabes que yo no puedo abandonar estos territorios. Cuando te vayas de aquí, la duda se esmerará en consumir mis pensamientos día a día.

-Blast…

-¿Dónde estará? ¿Qué estará haciendo? ¿Estará bien? ¿Necesitará de mí? –Cuestionaba él, al tiempo que un nudo comenzaba a formarse en su garganta.

-Por favor…

-¿La volveré a ver algún día? –Cuestionó, quebrándose, mientras sus lágrimas comenzaban a asomar.

Al instante el muchacho se vió envuelto en los cálidos brazos de la joven, quien llevaba los cascos a su espalda y lo abrazaba cariñosa y tristemente, con moderada fuerza.

-Por favor, no lo hagas… hieres mi ser con tus palabras. –Interrumpió la joven, habiendo sido invadida por la tristeza del guerrero.

El muchacho, sorprendido por su reacción, se tensó al sentir el contacto en un principio pero pronto se calmó, y llevó sus brazos a la espalda de la doctora, respondiendo al abrazo con la misma fuerza, acercándola aún más a su cuerpo. La joven se relajó, y ahora ambos reposaban en el lecho, abrazados, habiendo colocado su rostro en el hombro del otro.

-No importa lo que pase, no importa a donde vaya. Blast, no debes dudar que siempre estaré en tu corazón, lo sé porque… tú siempre estarás en el mío, no me faltará razón. –Concluyó ella, luego de lo cual permanecieron así durante varios minutos, en silencio.

-¿Sabes? Las palabras… no son suficientes para decir cuánto te aprecio en verdad. Y cuanto extrañaré pasar el tiempo junto a ti… como esos paseos en los que nos perdíamos en el bosque, de pequeños, y reíamos de nervios al darnos cuenta de que estábamos perdidos, las horas que pasamos meditando juntos, nuestros entrenamientos como médico y guerrero en los cuales nos apoyamos mutuamente, las veces que trabajamos juntos como equipo de recolección, y como el jefe se sentía orgulloso de nosotros al ver que gracias a nuestras habilidades, habíamos obtenido el mejor botín.

-Son hermosos recuerdos, invaluables en verdad, momentos que en esta vida no voy a olvidar… -Decía ella, con melancolía.

-Pero principalmente… lo que quizá más extrañaré… es este momento. Un momento en que puedo estar tan cerca de ti, sentir el hermoso perfume de tus cabellos, tu calor; abrazarte, y poder hacerte saber cuán grande es el cariño que siento por ti, y que tan especial eres para mí.

-No hace falta que lo digas, lo sé con certeza, ya que me siento de la misma manera cuando de ti estoy cerca. Me has ayudado a crecer y a madurar, tú me incitaste al conocimiento buscar. Estuviste a mi lado tanto en las buenas como en las malas, cada mes, cada día, cada semana. Juntos lo hemos compartido todo, desde momentos maravillosos y trascendentes, hasta experiencias poco menos que cercanas a la muerte. Siempre estuviste ahí cuando necesité de ti… pues cuando estaba triste, tú eras capaz de hacerme sonreír; cuando me rendía, tú me dabas fuerzas para adelante seguir. –Decía ella, con feliz expresión.

-No podría llamarme "tu amigo" si no fuera así.

-Siempre has sido mucho más que un amigo para mí… has estado allí para mi, cada día de nuestras vidas desde que te conocí.

-Y tú no has hecho más que cautivarme durante cada uno de esos días, en el tiempo que he estado junto a ti. –Decía el cálidamente. En ese momento la joven se apartó un poco para quedar cara a cara con él, a escasos centímetros de su rostro, dejando caer mechones de su cabello sobre él. Cómicamente colocó uno de sus cascos justo bajo su cuerno.

-Creo que el golpe en verdad te afectó, pues estas delirando, debido a la contusión. –Decía, entre risas.

-Claro que no. –Dijo, apartando su casco.

-Entonces, si es verdad lo que dictas, ¿Qué es lo que te cautiva? –Inquirió con curiosidad, y una ceja en alto.

-¿Quieres que lo enumere? Veamos… tu risa… tu voz, tu inteligencia, tu generosidad, tu optimismo, tu mirada… tus ojos…

-¿Mis ojos? –Cuestionó ella, con gracia.

-Son los zafiros más hermosos que he visto en mi vida, que poco tienen que envidiar a los mismísimos inmortales. –Dijo él con calidez.

-¿En verdad? –Cuestionó una vez más con una pequeña risa, sorprendida por el elogio pues aquel parecía realmente estar hablando en serio.

-De mi boca no salen más que verdades. –Dijo él, acariciando la mejilla de la joven con su casco. Ambos permanecieron en silencio unos momentos, encontrándose sus rostros reflejados en los ojos del otro.

Había algo… algo que ambos querían decir, algo que no se atrevían a revelarse el uno al otro. La joven doctora se encontraba visiblemente sonrojada, y el mismo joven podía sentir como su corazón palpitaba con una fuerza inusual por causa de su proximidad, que se confundía con sus latidos igualmente acelerados.

Una fuerza invisible los invitaba a aproximarse, acercando sus rostros, acortando la escasa distancia que los separaba, y lentamente cerrando sus ojos en el camino que les deparaba. Poco a poco era más fácil para el joven sentir el cálido aliento de su compañera, así como su agitada respiración. Mil pensamientos hacían acto de aparición en su mente al encontrarse tan próximo a la joven doctora.

-¡Shisui! ¿Está todo bien ahí? –Dijo Shin desde el corredor.

El ambiente que se había formado entonces se desvaneció en un instante. Ambos se apartaron un poco, abriendo los ojos abruptamente, para luego de unos momentos, mostrarse una incómoda sonrisa, aun con una agitada respiración. Al escuchar los pasos próximos de la guerrera, la doctora pronto se bajó del lecho, y simuló estar continuando con su tratamiento.

-Estará bien, ¿Verdad? –Cuestionó Shin con una sonrisa y una ceja en alto, al cruzar el umbral de la puerta, estando segura de la respuesta.

-Sí, no es nada para preocuparse, con seguridad ya puede incorporarse. –Respondió ella, con cierto nerviosismo.

-Linda, estás algo… roja… ¿Estás bien? –Dijo ella, poniendo un casco en su frente.

-Uh… si señorita Shin, no se debe usted inquietar, en verdad, solo tengo… algo de calor, quizá producto de mi ardua labor.

-No porque pertenezcas a la rama médica debes descuidar tu propia salud. Si necesitas algo, tan solo dímelo, ¿De acuerdo?

-Seguro, le avisare si necesito apoyo alguno. –Concluyó la joven doctora.

-Bueno, ¡Apresúrense! Blast, el abuelo quiere verte de inmediato. –Dijo ella, con gran emoción.


Al salir de su hogar junto a su amiga, siguiendo a su madre, el unicornio se encontró con un Vizuri Shetani totalmente iluminado por antorchas, a altas horas de la noche. A lo lejos, en el centro del pueblo, era capaz de divisar una gran hoguera, alrededor de la cual todos los aldeanos parecían haberse reunido. Podía oír a algunas jóvenes entonando una antigua canción al ritmo de tambores, cuyos golpes estremecían su pecho.

Aquel había intuido que se trataría de una ceremonia un tanto más "privada", pero nunca imaginó que allí fuera a reunirse el pueblo entero, en su honor. Caminó acompañado de las dos cebras, quienes se apartaron y se mezclaron con la multitud al llegar al lugar de reunión, mientras los demás aldeanos se voltearon a verlo, sonrientes, abriéndole el paso para llegar donde su abuelo, quien esperaba pacientemente frente a la hoguera, sosteniendo el báculo ceremonial.

Al llegar donde Felshak, cuyo rostro se encontraba iluminado por las llamas, quedó frente a frente con él, quien lo observaba con seria expresión. Un solo gesto del líder con su casco y los golpes a los tambores cedieron, y las jóvenes que cantaban cercanas a él cesaron su canto. Un silencio sepulcral invadió el lugar.

-¡Pueblo de Vizuri Shetani! –Exclamó el jefe, con el volumen más alto de su voz.

-¡Nos hemos reunido aquí hoy… para conmemorar la valía de uno de nuestros hermanos guerreros! ¡Quien ha demostrado hoy… lo que significa pertenecer al clan Vivuli! ¡Lo que significa luchar con tu vida, por proteger a tus iguales! –Exclamó, colocando un casco sobre el hombro del muchacho. El joven se tensó al sentir el poderoso casco de su abuelo posarse sobre él, en verdad estaba muy apenado al encontrarse frente a todos los habitantes del pueblo de esa forma.

-Y es por eso que el día de hoy lo honramos con esta celebración. Pues frente a nuestros ancestros, y frente a nuestros ojos, ha sido merecedor de su marca. –Concluyó finalmente.

Un gesto de su casco, y el sabio Akela se aproximó con un extraño cuenco en sus cascos, el cual tenía llamativos diseños, que el joven desconocía. En medio de sus nervios, el muchacho pronto comenzó a buscar a su familia con la mirada. Los encontró a escasos metros, en la primera fila del círculo alrededor de la hoguera.

Pronto, Felshak introdujo su casco en el cuenco; al retirarlo, este estaba manchado de una extraña sustancia gris oscura. Hizo que el unicornio se sentara en el suelo, y al acercarse, rió al ver que el joven ya tenía una marca (otra de las curiosidades de su raza), y el joven se apenó al notarlo.

Aún así, las costumbres debían ser respetadas, y es por eso que, para no pintar sobre su marca recientemente obtenida, decidió acentuar con la pintura ceremonial los bordes de esta, en ambos flancos. Al terminar con su trabajo, invitó al joven a que se incorporara una vez más.

De hoy en adelante, por haber sido capaz de hacer uso de tu Asili para enfrentar… y quemar… a un dragón, y de haberlo vencido con ayuda de nuestros hermanos, yo te nombro hoy… "Blast… del Fuego Eterno", en el futuro tu nombre te acompañará, al igual que tu reputación, y así las generaciones venideras te recordarán, y contaran historias en tu honor. –Decía el jefe, con gran felicidad y orgullo, los cuales el joven, debido a las facciones de su rostro, no acompañaba.

-Señor, no… no puedo aceptar eso. –Dijo el muchacho, finalmente.

-¿A qué te refieres? –Cuestionó el jefe luego de unos momentos, sorprendido al igual que el resto de los aldeanos, y disgustado por sus palabras.

-Señor, discúlpeme. Todo esto… esta ceremonia… el obtener mi marca finalmente, y ser nombrado nuevamente… me llena de dicha, me hace sentir más feliz de lo que jamás he sido… pero…

-¿Pero?

-Hace mucho tiempo, mi madre… mi madre biológica… me nombró de esta forma. Mi madre dio su vida por mi, y es gracias a ella que el día de hoy me encuentro aquí, con ustedes, quienes se han convertido… en mis amados hermanos, por quienes daría gustoso mi vida. No lo tome a mal señor, no es mi intención, pero me gustaría… me gustaría conservar mi actual nombre, pues es el único recuerdo que tengo de la poni… gracias a quien el día de hoy… estoy aquí. –Concluyó el muchacho, con seriedad.

Felshak, sorprendido por su resolución, al igual que la mayor parte de la aldea, sonrió poco después. Sus padres, cercanos a él, derramaban lágrimas de felicidad.

-De acuerdo… entonces que no se diga más, pues de hoy en adelante, siempre serás conocido por el nombre de "Blast Fire"… terror de los dragones, y antorcha del fuego eterno. Pues esta es mi voluntad. –Exclamó finalmente el líder, golpeando el suelo con su báculo, y luego de lo cual la multitud estalló en festejos, y pronto sus padres se acercaron a la hoguera para abrazarlo con inmenso cariño. Ese había sido, por demás, uno de los días más felices en la vida del joven unicornio.


El sol de la mañana pronto comenzaba a ascender en el horizonte, iluminando el bello pueblo luego de la difícil situación del día anterior, y luego de los festejos. Ahora, Vizuri relucía con la paz de la cual había gozado hasta entonces, como si nada hubiese pasado.

-¡Vamos! ¡Despierta! –Exclamó una femenina voz, al tiempo que empujaba al muchacho.

El joven unicornio no hizo más que gemir por la molestia de la luz que se filtraba a través de las cortinas de su habitación, movidas por la joven, por lo que simplemente se dio la vuelta y se cubrió con la sabana para continuar con su sueño, no percatándose de lo que sucedía, pues el día anterior los festejos habían durado hasta la madrugada.

-¡Vamos! ¡Ya amaneció! ¿O acaso te quedarás hasta la caída del sol? –Inquirió ella, molesta.

-Solo… unos minutos más… -Susurró el joven, escondiendo su rostro en las sabanas.

La doctora no tuvo más opción entonces que despojarlo de su arropo, el joven escondió entonces su rostro en la almohada.

-¿Qué sucede? –Cuestionó, algo irritado.

-Prometiste que el día de hoy lo pasaríamos juntos desde el alba hasta el anochecer, ¿Acaso tu promesa no fueron más que palabras, que el viento se lleva y deja correr? –Decía ella, muy molesta.

El joven bajo del lecho algo tambaleante hacia ella, y la abrazó con uno solo de sus brazos.

-Disculpa… es que no dormí muy bien que digamos. –Dijo él, para luego apartarse.

-Descuida… -Replicó ella, comprensiva.

-Bueno, ¿Cómo quieres empezar tu día? –Inquirió él, despejándose, con un tono alegre.

-Tengo algunas ideas… -Respondió, con una amplia sonrisa ante su actitud.


Al alba, mientras la mayor parte de los aldeanos dormía, ellos tomaron algunas cosas que pronto guardaron en sus respectivas bolsas, y salieron de su casa para emprender un pequeño viaje que duraría el resto del día. Claro, habían dejado una nota avisando a Shin y a Kanto, para que de esa forma no se preocuparan.

Al llegar el mediodía se detuvieron en un pequeño manantial al pie de la montaña Hares, en el cual disfrutaron de su humilde almuerzo, descansaron de su caminata, y aprovecharon para refrescarse en sus aguas.

Entrada la tarde, Shisui sugirió cambiar de rumbo, y se dirigieron a los montes cercanos al valle de Shirkan, a los cuales ascendieron para disfrutar de la bella vista que sus cumbres ofrecían. Y allí pasaron algunas horas, tan solo platicando sobre sus vidas, y sobre cuales serian las primeras paradas de Shisui durante su viaje (destinos que Shin le había indicado, los cuales serían de su agrado). La joven doctora estaba realmente emocionada con el viaje que iniciaría al día siguiente, y el guerrero se sentía feliz por ella, pero claro, le era algo difícil disimular la tristeza que le producía el hecho de pensar que por un largo tiempo ya no la vería.

Cuando el sol comenzaba a alejarse en el horizonte, de regreso, tan solo tenían dos paradas más que hacer.

Se detuvieron en un pacifico lugar cercano al pueblo, en el cual se ubicaban las tumbas de los integrantes del clan Vivuli que ya habían partido hacia al otro mundo. La joven doctora, acompañada de su fiel amigo, llevaba un ramo de jazmines en sus cascos, el cual colocó delicadamente sobre una sepultura en particular. Luego de ello, la joven se apartó un poco con la mirada baja, y sintió el brazo del unicornio posarse sobre ella.

-No hay día que no extrañe su presencia, pues un gran vacío ha dejado en mí su ausencia… -Dijo ella, con mucha tristeza.

-Por más que ya no esté entre nosotros, el siempre estará cuidándote, y guiándote. Esa es la forma de ser del señor Kuhn. –Explicó el, tratando de animarla.

-Tienes razón… -Respondió ella, sonriendo dificultosamente, mientras enjugaba sus lágrimas.

Al final el día, mientras el sol se alejaba en el horizonte y daba paso a la hermosa noche, los jóvenes se encontraban frente a una hermosa laguna cercana a Vizuri. Ambos se encontraban reposando al pie de un antiguo roble, observando el magnifico espectáculo de luces que ofrecían los calidos rayos de sol al reflejarse en las aguas.

-Me pregunto si encontraré, en otro lugar más allá de nuestras tierras, una belleza tal como esta. –Dijo la joven.

-No lo creo, es uno de los espectáculos más hermosos que pueden ofrecer nuestras tierras, dudo que encuentres algo como esto en otro lugar. –Respondió el muchacho, con mucha seguridad.

-¿Acaso lo dices para intentar… convencerme de aquí quedar?

-¿Acaso soy tan obvio? –Cuestionó él, con el mismo tono. La joven sonrió, y devolviendo la mirada al lago, se arrimó un poco más a su amigo, dejando reposar su cuerpo en él, a lo cual el joven respondió haciendo lo mismo. Ambos aspiraron y exhalaron profundamente.

-Quizá vaya siendo hora de que regresemos, ¿No crees? –Inquirió el unicornio, algo preocupado.

-No, por favor, quedémonos aquí un poco más. Quiero disfrutar hasta el último minuto de este día, sin pensar en que quizá no se repetirá de ahora en más. –Explicó ella.

-Como desees. –Asintió él.

El silencio luego de sus palabras duró más que unos pocos minutos, y habría continuado así, de no haber algo que el joven necesitaba preguntar con urgencia, pues hasta entonces, lo sucedido el día anterior había quedado en el fondo de su mente.

-Shisui… el día de ayer tú… querías decirme algo, dijiste que necesitabas decírmelo antes de partir, ¿Qué era? –Cuestionó con curiosidad. Los visibles nervios de la joven no se hicieron esperar para aparecer.

-¿Acaso… acaso te dije algo como eso? –Cuestionó ella desviando la mirada, intentando evitar una confrontación al respecto.

-Pues… si, poco antes de que el dragón arribara a nuestro pueblo.

-Oh… si… lo recuerdo… uh…

Por favor, ¡No lo pienses! ¡Solo hazlo! ¡Ahora!

-Es verdad, quería decirte que… que…

¡Vamos, díselo! ¡No tendremos otra oportunidad así! ¡Dile lo que sientes por él!

-Esto…

¡No encontraras otro momento mejor! ¡HAZLO! ¡AHORA!

-Quería decirte que... que espero… que espero que te conviertas en un gran guerrero en mi ausencia, estaré feliz de que así sea. –Concluyó ella, felizmente, mientras en su interior gritaba con ira.

¡Eres… una… COBARDE! ¡Se acabó! ¡Me voy de aquí!

-Uh… gracias… ¿Era… era eso lo que querías decirme en verdad?

-Pues claro… ¿Qué otra cosa sería, sino? –Replicó ella, intentando esconder por todos los medios los nervios que la invadían, y el rubor de sus mejillas.

-Pues, no lo sé…

-¿Tu querías decirme algo? –Cuestionó, con cierta ilusión en sus ojos, aunque no lo miraba directamente a los suyos.

-¿Yo?

¡Claro que hay algo que quieres… que DEBES decirle!

-Bueno, yo…

¿Acaso tienes miedo? ¡Por todos los cielos, es tu oportunidad! ¡Habla de una buena vez!

-Si, hay algo que también quería decirte…

¡Has vencido a un dragón con tus propios cascos, maldita sea! ¡¿Y ahora estas prácticamente temblando sobre tus cascos frente a quien ha sido tu amiga más cercana durante toda tu vida?! ¡¿Qué diantres sucede contigo?!

-Solo quería decirte que… te… te…

¡Vamos viejo, es el momento perfecto! ¡Son tan solo dos mugrosas palabras! ¿Acaso quieres esperar a que se vaya mañana para luego pensar "¿Qué hubiera sucedido si…?"? ¿Quieres eso? ¡¿Eh?! ¡Entonces díselo de una vez!

-Te… te deseo lo mejor el día de mañana, y realmente espero que encuentres allá afuera lo que estas buscando. –Respondió finalmente, con una falsa sonrisa.

¡Te odio… te odio con todas mis fuerzas! ¡Gallina! Recuerda esto: ¡Te arrepentirás toda tu vida!

-Oh… bueno, gracias… -Respondió ella, algo decepcionada. Definitivamente aquello no era lo que ambos deseaban decir realmente, ni lo que ambos deseaban escuchar.

Para cuando se dieron cuenta, el sol ya se había retirado, las luciérnagas habían comenzado su espectáculo nocturno de luces, y los grillos cantaban sin cesar.

-Creo… que ya debemos irnos. –Dijo él, finalmente.

-Si, tienes razón, ya es algo tarde, y no es mi intención preocupar a tus padres. –Asintió ella.


Ya eran altas horas de la noche cuando ambos jóvenes regresaron a su hogar. Ahora todo el pueblo descansaba bajo el abrigo de las estrellas. Al entrar en el recibimiento de la morada, ninguno de los dos dijo palabra alguna en un principio, pero antes de que aquel rompiera el silencio, fue la doctora quien habló.

-Fue… un día maravilloso, de veras… solo… solo quería que lo supieras. –Dijo ella, algo apenada.

-Para mi también lo fue.

-Vendrás mañana al puente Bagheera a despedirme, ¿Verdad?

-Shisui… sabes que… sabes que las despedidas no son nada fáciles para mí, y lo será menos aún si de quien tengo que despedirme es de ti.

-E-entiendo… -Respondió ella, con tristeza. Luego de unos momentos de silencio, habló una vez más.

-Iré a dormir pues estoy algo cansada, mañana me espera una larga jornada.

-Si… descansa… -Dijo Blast, permitiéndole retirarse a su habitación.

La joven estaba a punto de cruzar el umbral del corredor, cuando el joven le llamó la atención.

-Shisui… -Llamó el, mientras iba a su encuentro.

-¿Si? –Decía ella, cuando el joven llevó un casco tras su cuello, y la acercó a él, para abrazarla fuertemente.

-Te extrañaré mucho… -Dijo él, quebrándose. La joven no tardó en devolver el gesto en la misma forma.

-Y yo a ti… -Respondió, con los ojos humedecidos. Al apartarse, el joven no se resignó a decirle adiós, simplemente le dijo…

-Hasta luego… -Se despidió, con una sonrisa.

-Hasta luego. –Respondió la joven de la misma forma, retirándose, y dirigiéndole una última mirada al muchacho en el corredor, antes de cerrar la puerta de su habitación. Realmente la noche no había terminado como ella hubiera deseado.

El unicornio, habiendo quedado solo en los pasillos del hogar, se dispuso a ir hacia la cocina en busca de un vaso de agua, a falta de una bebida más fuerte para sus penas calmar.

Al entrar en la habitación, iluminada débilmente por la luz de las velas, encontró con sorpresa a su padre, sentado a la mesa en silencio, con una mirada que decía más que mil palabras.

-Papá… ¿Qué… qué estás haciendo aquí?

-Le prometí a tu madre que permanecería en vela hasta que ustedes regresaran.

-Oh… ya veo… -Dijo él, tomando un vaso del aparador y dirigiéndose al fregadero.

-Entonces no iras mañana a despedirla, ¿Verdad?

-Estimo que oíste toda la conversación, ¿Por qué me lo preguntas?

-Por que, por más que te duela, no puedes simplemente voltear la cabeza mientras que la chica con la que has compartido gran parte de tu vida se aleja en el horizonte, no dolerá menos por ello.

-Lo sé.

-¿Y aún así lo harás?

-Si… -Respondió, cortantemente, obviamente no queriendo continuar hablando sobre el asunto, mientras bebía del vaso. Su padre suspiró con pesadumbre.

-Veo que has heredado la terquedad de tu madre. De acuerdo, no te obligaré a ir a despedirla, solo déjame darte un consejo… -Le dijo, mientras se incorporaba.

-Claro. –Respondió el unicornio al terminar.

-Sería una buena idea… que se lo dijeras mañana, antes de que se marche.

-¿Decirle? ¿Decirle qué? –Cuestionó el joven, contemplando como su padre le daba la espalda, dispuesto a retirarse, pero detuvo su marcha para decir sus últimas palabras sobre el tema.

-Quizá ella no regrese, pues irá en busca de su lugar en el mundo. Si es así, si lo encuentra y jamás regresa, te arrepentirás toda la vida de lo que ahora callas… -Concluyó, para finalmente retirarse a su habitación.

Aquellas palabras fueron para el muchacho como un puñal, directamente clavado en su corazón. Un sudor frío brotaba de su frente. El mismo corazón que clamaba por hablar, protestaba por callar.

Mil y un cosas podrían salir mal. No solo era su mejor amiga, había sido como una hermana para él a lo largo de los años; claro sin contar que, además, pertenecían a especies diferentes.

¿Qué sucedería si se lo confesara, y ella lo rechazara? O peor aún, ¿Si sintiera asco por él? Por tener esos sentimientos por alguien que ni siquiera pertenecía a su propia especie.

Todas esas dudas eran las que le habían impedido decírselo a lo largo de los años, y ahora las palabras de su padre, quien al parecer conocía sus sentimientos, habían sido como una llave, que había abierto el cofre en donde guardó todas esas preocupaciones a lo largo del tiempo.

Esa noche, el muchacho no pudo conciliar el sueño por causa de su silencio, pero lo que no sabía, era que la joven que descansaba en la habitación junto a la suya, estaba sufriendo lo mismo. Cada tanto sollozaba, derramaba lágrimas de dolor, dolor que provenía desde lo más profundo de su corazón, no encontrando en ellas su necesitada solución.


Al día siguiente, al alba, las lluvias de verano habían comenzado. La caída de las gotas, impactando sobre el techo de su habitación, eran la señal para la joven de que debía prepararse, para efectuar su viaje en el transcurso de la mañana, pues una vez que el río creciera, durante al menos tres mese le sería imposible cruzar la frontera.

Ahora, una hora después, un grupo de cebras permanecía con paraguas en el medio de la lluvia, frente a una joven quien llevaba pesadas bolsas de equipaje a sus costados. Segundos atrás, el jefe le había dado un pequeño regalo: las dos mascaras decorativas que guardaba en su hogar, para que así nunca olvidara sus raíces, fuera donde fuera.

-Te diré lo mismo que le dije a mi querida hija hace muchos años, Shisui: Hekima es una técnica secreta propia de nuestro pueblo, los únicos que tienen conocimiento de ella son los clanes pertenecientes a estas tierras, a los cuales nos enfrentamos en el pasado. Esta técnica no debe ser conocida por otros, por lo cual nunca debes hacer uso de ella, claro a menos que de ello dependa tu vida. ¿De acuerdo? –Explicó el jefe, seriamente.

-Si, señor, es una promesa. De Hekima no haré uso mientras fuera de aquí permanezca. –Respondió ella, con mucha seguridad.

En ese entonces, Shin y Kanto se adelantaron y se aproximaron a la joven doctora, para abrazarla cariñosamente.

-Nunca olvides quien eres… -Dijo la guerrera, con algo de tristeza.

-Nunca lo haré, señorita Shin, señor Kanto. Gracias… por todo…

-No tienes nada que agradecer. –Respondió el guerrero.

-Creí que Blast vendría a despedirte… -Dijo Shin, algo confundida.

-Coincidimos en que no necesitábamos de una despedida, pues ello tan solo dolor nos traería. –Explicó la doctora.

-Oh, entiendo.

-¿Y Blast no habló contigo desde anoche, Shisui? –Cuestionó Kanto.

-No señor, ¿Por qué lo pregunta?

-No, por nada…

-Bueno… ha llegado la hora. –Dijo finalmente ella, volteándose en dirección al puente, aspirando profundamente el aire puro de su pueblo, con aroma a tierra mojada.

Volteó hacia atrás por última vez, para observar a sus queridos compañeros y amigos, y pronunciar su última palabra hacia ellos.

-¡Adiós! –Exclamó ella felizmente, intentando ocultar su tristeza al igual que los demás.

Todos los presentes respondieron a su saludo, mientras las lagrimas de algunos se veían opacadas por las gotas de lluvia que caían sobre sus rostros.

Finalmente la joven doctora emprendería un viaje que ninguno de ellos había siquiera soñado en hacer, ella tenía deparado un camino muy distinto al del resto de los habitantes de su pueblo, y el día de la fecha, comenzaría a transitarlo. Pronto, se internó en el bosque al otro lado del río, y en poco tiempo sus seres más allegados la perdieron de vista.

A lo lejos, un muchacho permanecía sentado sobre la elevada rama de un viejo roble, observando el puente desde allí a una distancia considerable, no siendo advertido por los presentes en el lugar.

No soportaba el hecho de que la noche anterior fuera la última vez que viera a su querida amiga, y es por esa razón que se presentó allí. Realmente hubiera querido que las cosas fueran de otra manera, pero ya era demasiado tarde para lamentarse.

-Espero que seas muy feliz. –Susurró el joven guerrero, mientras sentía un fuerte dolor invadir su ser.

De pronto, una sensación de frio invadió su pecho, y una epifanía hizo acto de aparición en su mente. Algo andaba mal, y no era solo el hecho de que su mejor amiga se estuviera marchando, quizá para siempre. Necesitaba saber algo, necesitaba decirle algo, y quizá aquella sería su última oportunidad.

Se apresuró, bajó del gran roble rápidamente y corrió velozmente a través de la flora, no hacia el puente (pues vería allí a su familia y compañeros) sino hacia el río. Hizo uso de Asili para atravesar éste último de un solo salto.

En ese instante, mientras se encontraba en el aire, su padre alcanzó a divisar su figura desde el puente. Aquel no dijo palabra alguna, simplemente sonrió mientras regresaba a su pueblo junto a su esposa.

Ese muchacho es mucho más valiente… de lo que yo era a su edad. -Pensó, esperando que su hijo no se echara atrás a último momento.

Continuó galopando a través del bosque, yendo tras el rastro de energía de la doctora, mientras las gotas de lluvia se evaporaban al hacer contacto con el aura de Asili.

Al entrar en un claro del bosque muy conocido para el, fue capaz de encontrar a la joven, observando con nostalgia una gran roca lisa de tono blanco. La joven se volteó instantáneamente al sentir allí la presencia del agitado muchacho, cuya aura se desvanecía poco a poco, y entonces la lluvia comenzaba a mojar su pelaje.

-¿Blast? Creí que no vendrías… ¿Por qué… por qué lo harías? –Cuestionó ella, confundida.

El joven se aproximó un poco más, acortando la distancia entre ambos al tiempo que las gotas de lluvia corrían a través de su rostro, confundiéndose con sus lágrimas, mientras decía estas palabras.

-Shisui, necesitaba… necesito… solo quería… solo quería decirte que yo… que yo siempre te he-… -Hablaba él, siendo callado por uno de los cascos de la joven, quien le sonreía melancólica, y lo observaba cálidamente, al tiempo que lagrimas de felicidad recorrían el camino de sus ruborizadas mejillas.

-Lo sé… lo sé… -Decía la joven, con una amplia sonrisa, que no puede expresarse con palabras.

-Y yo a ti… con todo mi corazón. –Concluyó ella finalmente, para luego abrazarlo fuertemente, sentándose en el césped húmedo, para quedar ambos reposando su rostro en el hombro del otro en medio de la lluvia, tan solo disfrutando del contacto, y de la compañía del otro.

Así permanecieron durante varios minutos, antes de que el muchacho rompiera el silencio de una forma inesperada para ella.

Me muero por suplicarte

Que no te vayas mi vida,

Me muero por escucharte

Decir las cosas que nunca digas

Más me callo y te marchas.

Mantengo la esperanza

De ser capaz algún día

De no esconder las heridas que me duelen al pensar

Que te voy queriendo cada día un poco más,

Cuanto tiempo vamos a esperar…

Recitaba él. La joven reconoció aquella canción al instante, pues en múltiples ocasiones había escuchado al padre de Blast cantándola junto a su joven esposa, cuando se encontraban descansando en el sillón del recibimiento de su hogar, abrazados, en días de tormenta como aquel.

Le parecía una bellísima letra, que en aquel momento tenía un significado diferente, pues él en realidad le estaba expresando lo que sentía. Ella sentía deseos de hacer lo mismo, y le respondió con su melodiosa voz.

Me muero por explicarte

Lo que pasa por mi mente,

Me muero por intrigarte

Y seguir siendo capaz de sorprenderte,

Sentir cada día

Ese flechazo al verte,

Que mas dará lo que digan

Que mas dará lo que piensen

Si estoy loca es cosa mía

Y ahora vuelvo a mirar el mundo a mi favor,

Vuelvo a ver brillar la luz del sol.

Recitaba la joven doctora, luego de lo cual ambos se apartaron unos centímetros, quedando frente a frente, para cantar al unísono.

Me muero por conocerte,

Saber que es lo que piensas,

Abrir todas tus puertas

Y vencer esas tormentas que nos quieran abatir,

Centrar en tus ojos mi mirada,

Cantar contigo al alba

Besarnos hasta desgastarnos nuestros labios

Y ver en tu rostro cada día

Crecer esa semilla,

Crear, soñar, dejar todo surgir,

Aparcando el miedo a sufrir.

Concluyeron finalmente. Quedaron mirándose a los ojos mutuamente, aún sin separarse, sonriendo, orgullosos de su interpretación. La proximidad de sus cuerpos, de sus corazones, volvía erráticos los latidos de ambos, y aceleraba su respiración.

Había algo más que necesitaban, no solo bellas palabras, sino algo que solo el uno al otro podían proporcionarse. La escasa distancia entre sus rostros se acortó una vez más, tal y como había sucedido luego de la batalla contra el dragón, días atrás.

La doctora y el guerrero cerraron sus ojos a una distancia en que podían sentir el aliento del otro. Y fue entonces, instantes después, cuando sus labios hicieron contacto por primera vez, resultando en un apasionado beso, su primer beso.

Dada la inexperiencia de ambos, el movimiento y el roce eran algo torpes, pero ninguno de los dos podría haberlo imaginado de una forma mejor.

El muchacho nunca había soñado, ni siquiera imaginado, que alguna vez podría llegar a vivir un momento así, y disfrutar enteramente de la totalidad de la esencia de la joven doctora. Su perfume, la calidez de su cuerpo, la dulzura de sus labios, todo, era un sueño hecho realidad.

Luego de algunos minutos, que para ambos fueron tan solo instantes, se separaron, respirando agitadamente, y visiblemente sonrojados. Ninguno de los dos caía en la cuenta de lo que acababa de suceder, y ninguno sabía que era lo que debían decir a continuación.

-Shi-shisui… yo-… -Decía el joven, siendo callado por el casco de la doctora, quien sonriente, lo retiró para de nueva cuenta plantar sus labios en los del muchacho, haciéndole saber que no había nada más que decir.

Tras mágicos momentos, se separaron una vez más, sin dejar de sonreír, para luego abrazarse mutua y fuertemente.

Permanecieron así en silencio durante varios minutos, bajo la gentil lluvia, cuyo impacto sobre las hojas de los arboles cercanos se volvía más distante a cada segundo. El mundo entero se desvaneció por esos instantes, y luego de unos momentos, fue el guerrero el primero en hablar.

-Se que… se que este viaje es… algo que tienes que hacer, y es por eso que, aunque me duela, esperare paciente… el día de tu regreso. –Le dijo él, cálidamente, sin dejar de abrazarla.

-Ten la seguridad, pues ahora tengo una gran razón por la cual regresar. –Le respondió ella, riendo, para apartarse unos centímetros, y mirarlo a los ojos.

-Tú… -Concluyó ella, para besarlo una vez más; un tierno beso, que duró mucho más que los anteriores, y el cual le permitió detallar perfectamente los labios del unicornio.

-Es una promesa… -Concluyó el joven guerrero con una gentil sonrisa, al apartarse, mientras la lluvia cesaba durante escasas horas, y pronto los cálidos rayos del sol del amanecer se abrían paso entre las grises nubes.