CAPÍTULO 115: "El semidiós Anubiam"

Scar, Narrando:

Miré al horizonte. El nublado del cielo de algún modo me deprimía. Son embargo, hacía siglos que no llovía en el reino y eso era una buena noticia. ¿Pero qué sensación había en el ambiente?, una sensación angustiante me invadía segundo a segundo, como si hubiera presentido de alguna manera los sucesos venideros. En eso estaba yo, cuando Raczo, mi consejero real, se paró en mi hombro.

"¿Algo le preocupa, majestad? –preguntó el ave con su grave y varonil voz -Últimamente lo he notado muy apagado.

Aún con mi mirada fija en el horizonte, le dije seriamente:

"Dime algo, Raczo, ¿tú qué crees que le ocurre a quienes han hecho mucho mal en vida, cuando fallecen?

Puede notar que las plumas de Raczo se encresparon al escuchar esta pregunta:

"Pero su majestad, ¿por qué me pregunta algo como eso?"

No le respondí nada, y él, al sentir la tensión que se suscitó tras aquel silencio, comenzó a decir lenta y pausadamente:

"Bueno… en realidad, aunque los buitres somos las aves de la muerte, muy poco sabemos de ella… pero ya que lo menciona, una vez… escuché que la sacerdotisa de las hienas mencionaba algo sobre un juez que habita en el otro mundo, o algo así."

Mis pupilas se dilataron y mi corazón comenzó a latir con fuerza.

"¡¿Un juez…?!... ¿Qué más escuchaste del tema, Raczo?"

Aún más desconcertado que antes, el ave sin embargo contestó:

"Bueno, lo que escuché fue que… cuando aquellos que han hecho mucho mal en vida mueren son llevados frente a un ser supremo llamado "Anubiam"; una criatura mitad chacal y mitad hiena. Éste ser se encarga de juzgar a las almas, y decidir qué ocurrirá con ellas, dependiendo de sus buenas o malas acciones en vida."

"Anubiam," dije en voz meditabunda. "Pero… ¿y sabes como qué clase condena les pone a los que han cometido actos malos?"

"Bueno, mi señor… no comprendo por qué me hace estas preguntas, pero ya que insiste, se lo diré; la sacerdotisa estaba diciendo que aquellos que han sido malvados en vida son llevados a algún lugar no muy agradable y oscuro en donde sólo se experimenta soledad y melancolía. Y sólamente hasta que a esa desdichada ánima llega el verdadero arrepentimiento y redención, la divinidad, que es compasiva y misericordiosa, arrebatará todo residuo de maldad en ese espíritu para después dejarle entrar al paraíso. Sólo hasta que esa alma realmente se arrepienta."

"Ya veo," le dije entonces. "Será una pena, porque creo que yo nunca…"

"¿Una pena…? ¿Por qué, mi señor?"

Expulsé aire con fuerza de mi boca.

"Olvídalo, Raczo. Ahora, por favor retírate. Tengo mucho en qué pensar"

"¿Algo le preocupa, majestad?"

"No sé qué es… pero sí. Algo me preocupa, y mucho."

"¡Oh, mi señor!" Prorrumpió Raczo entonces; "Usted siempre tan lleno de angustias. A veces me pregunto por qué siempre tiene esa mirada tan triste. Si al menos usted pudiera agradecer la familia tan hermosa que tiene."

Un extraño silencio reinó. Volteé a ver a mi consejero, y me quedé pensativo. Reflexionando las cosas que él había dicho. "¡Mi familia!", pensaba yo, "Y, ¡mis amigos del ejercito de Haki!". Me abatía pensar que no habían regresado aún de la guerra. Mi deseo real era que, apenas lo hicieran, sólo querría pasar más tiempo junto a todos ellos, y los valoraría más… pero algo dentro de mí me decía que… eso ya no sería posible."

"Bueno mi señor, debo vigilar el reino, para el reporte vespertino."

"¡Espera, Raczo!," Vociferé entonces.

"¡Dígame, alteza!"

Guardé silencio unos momentos, después le dije pausadamente:

"Gracias… Por estar siempre allí."

"De nada, excelencia."

Raczo me hizo una pequeña reverencia, y después emprendió vuelo, dejándome solo con mis inquietantes pensamientos.