Capítulo 117:
¡Una bofetada que resumía todo el rencor resguardado por tanto tiempo!
*CAPITULO PARTICULAR*
REDACTORA:
Un grito lleno de despotismo, rencor y odio retumbó poderosamente en cada rincón de los dominios del indigno Rey Scar, combinándose con el resonar de un ensordecedor y enérgico relámpago:
"¡SARABI!"
La leona a la que Scar hacía referencia escuchó aquél llamado, y se sintió indignada, crispada, sin embargo, buscó mantener su dignidad intacta.
A pesar de que Mufasa había muerto, gran cantidad de los súbditos y leonas seguían apreciando y considerando a Sarabi como reina. Ella aún seguía siendo una reina, una reina destronada, y no se humillaría tan fácilmente ante Scar. Así que se abrió paso con una actitud valiente y segura, pese a la atemorizante presencia de varias hienas soldado del ejército de Pelelezas las cuales le gruñían, le mostraban los dientes intentando morderla, y le faltaban al respeto. Sarabi mantuvo una actitud de indiferencia y decoro en todo momento, y así, con esa determinación, subió hasta lo alto de La Roca del Rey, dispuesta a enfrentar a Scar… Una vez más.
Scar, Narrando:
Justo, en ese momento, desde lo alto de La Roca del Rey, logré divisar a la cuadrilla de caza la cual venía de regreso. Esta vez, ninguna de las leonas traía alimento alguno. Eso había colmado lo poco que me quedaba de paciencia. Y no era por demás: días enteros comiendo ratas. Todos teníamos hambre. Todos, sin excepción. Eso nos tenía de con los nervios de punta todos.
Vi a Sarabi acercarse a La Roca. Como era de esperarse, caminaba a la cabeza de la cuadrilla. Yo estaba tan furioso que la mandé llamar, sin embargo no podía dejar de admirarla; ¡Vaya que era hermosa!, su andar era elegante, abriéndose paso entre la multitud de hienas. El Scar dentro de mí sentía gran alivio al concebirse con el poder de humillarla, de hacerla sentir triste, así como en algún momento ella me había hecho sentir a mí. ¡Cuánto sufrimiento me pudo haber ahorrado si tan sólo ella me hubiera amado!, su desprecio sólo había complicado lo que restó de mi vida.
Al menos esos eran mis insanos sentimientos en aquellos momentos.
Me miró el más terrible de los desprecios, pese a esto sin embargo, pude vislumbrar aquellos ojos preciosos de los que alguna vez me había enamorado, y las más intensas emociones se mezclaron en mi mente.
"¿¡Dónde están las cazadoras!?", le pregunté con despotismo e intentando imponer mi autoridad; "¡No cumplen con su deber!"
"Es que no hay comida", Me respondió Sarabi desafiante pero a la vez apaciblemente. "Las manadas se han ido."
"¡NO!", Proferí rotundamente; "No las están buscando bien."
"Se acabó," exclamó Sarabi firmemente "Ya no nos queda nada. Sólo una alternativa; ¡IRNOS DE ESTE REINO!
"¡No nos vamos a mover!" Exclamé en tono grave y de manera tajante.
Las palabras de Sarabi llegaron directo a mi hígado, destrozando lo poco que quedaba en mí de tolerancia y paciencia. ¿Pero qué estupideces estaba diciendo ella?, si según yo mi gobierno era perfecto, mi gobierno era fructífero. No iba a permitir que esa leona, ni nadie se expresara así de él. Yo era un buen rey. Las cosas marchaban bien conmigo. El problema eran los otros. Las inútiles leonas que no sabían buscar, los ingratos súbditos que solo sabían quejarse.
"Entonces nos has sentenciado a muerte", expresó Sarabi, alzando aun más la voz.
"¡QUE ASÍ SEA!", sentencié al fin. Si a todos les perturbaba mi gobierno, entonces todos moriríamos en él.
"¡NO PUEDES HACERLO!", Exclamó la leona indignada.
"Yo soy el rey, ¡Y, haré lo que me plazca!" Le dije de manera inflexible dándole la espalda a la leona con gran altanería.
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"Si fueras la mitad de lo que fue el rey Mufasa tú…"
No la dejé terminar la frase. Le lancé una violenta bofetada que la hizo caer al suelo; "¡SOY DIEZ VECES MEJOR DE LO QUE FUE MUFASA!", Le Grité furioso. Mis garras se habían cubierto con su dolor. Con ese golpe me cobraba todo el dolor que ella me había generado, yo me cobraba su rechazo, yo me cobraba todo lo que había padecido por su culpa. Ese era mi pensamiento enfermo. Ese era mi pensamiento cegado por el odio y la mentira del autoengaño y la autocompasión. Una inmensa rabia se apoderó de mí. ¡Mufasa!, ¡¿El habría visto lo que yo acababa de hacer?!, ¡Otra vez él! ¡Otra vez su sombra!... ¡No! ¡Yo era mucho mejor que él!, yo sentía que merecía ser recordado por todos por mí mismo, y no bajo su maldita sombra, así fuese para bien o para mal!, ¡Recordado por mi mismo!, así es como debió haber sido desde un principio, por eso el comentario de Sarabi era lo único que me había hecho falta para desbordar todo mi odio. Ya una vez la había perdido a ella por culpa de mi hermano, ahora debía soportar que fuera la misma Sarabi fuera quien me comparara con él y quien me restregara en mi cara lo pésimo rey que era yo. ¡No!, ¡No lo iba a permitir!, ¡No, esta vez! ¡Yo era más que Mufasa! ¡Mucho más! ,¡Y mi gobierno era muchísimo mejor que el de mi hermano!, ¡MUCHO MEJOR!
