En sus sueños, Arshad se encontraba en la pradera cerca de su hogar, el ardiente sol que agrietaba la tierra le había obligado a conseguir agua al pozo de su familia para refrescarse.
El joven suricato con un balde y cuerda en manos, se acercó a aquel circulo de piedra tapado por tablones de madera ya roídos por el tiempo. Usando la cuerda amarró un apretado nudo en el asa del balde y le dio unos tirones para confirmar si resistía, seria una desgracia si el balde se rompiera a medio camino de sacarlo del pozo una vez lleno con agua. Retiró los tablones de madera mostrando en lo mas profundo de aquel agujero el reflejo del sol sobre la superficie del agua. Arshad bajó el balde hasta que este se hundió y, poco a poco, comenzó a jalar de la cuerda para sacarlo. Una vez fuera, cargó el balde lleno hasta los bordes hacia su casa.
Con cada paso que daba sentía que el calor aumentaba por igual. Daba un paso y el sol se volvía tan brillante que sentía que lo dejaría ciego, dio otro paso y el suelo bajo sus pies le quemaba como si estuviera parado sobre las brasas mal apagadas de una hoguera. Continuó así hasta que ya no o soportó mas, tomó el balde de agua recién sacada del pozo y lo vertió sobre él con la esperanza de calmar aquel infernal calor, pero no fue así.
En la lejanía, se podía escuchar el sonar de un cuerno resonando con potencia, intentó alzar la vista para ver de donde provenía pero el sol lo volvía a cegar con su resplandeciente luz cada vez que abría sus ojos. Fue entonces cuando un olor a humo le llenó los pulmones dejándolo sin aliento. En ese momento se despertó en su cama para descubrir que la pesadilla continuaba en la vida real.
El sonido del cuerno de alerta inundaba el aire junto con el asqueroso hedor a humo, solo lo sonaban en situaciones de alta emergencia. El calor se podía percibir con la misma intensidad que en su sueño obligándolo a abandonar su habitación lo mas rápido que pudo. Dando tropiezos, se dirigió a la recamara de sus padres pero una garra lo tomó del brazo y comenzó a jalarlo llevándolo arrastras al exterior. Era Rafat.
El horror y preocupación se le podía notar ciegamente en el semblante, algo no iba para nada bien.
Una vez fuera, se podía observar entre el denso humo algunas casas con fuego brotando por los techos acompañado con los estruendosos gritos de gente pidiendo ayuda.
Se acercaron corriendo los dos suricatos lo más rápido que pudieron al cobertizo hasta que una sombra envuelta en el humo les bloqueó el este comenzó a disiparse, la sombre fue tomando forma mostrando a una hiena con ropas verdes desgastadas y armada con una espada oxidada, su hocico estaba cubierto por una bandana de tela oscura con un diseño pintado en blanco de una sonrisa amplia y macabra, los dientes más bien como decenas de colmillos puntiagudos, le daban un aspecto más aterrador a la hiena.
"CORRE." Gritó Rafat.
Se abalanzó contra la hiena tomándole de la mano con la espada para impedir que la usara. Los dos forcejearon fuertemente, la hiena le daba puñetazos en el costado a Rafat mientras él usaba toda su fuerza para retener la dolor comenzó a aumentar hasta que de una patada en el pecho,Rafat logró aventar a la hiena contra el suelo. Aprovechando esos pocos segundos de ventaja, corrió con su hijo al cobertizo. Una vez dentro, tomó un enorme tabla y bloqueó la puerta con ella para evitar que entrara aquella hiena. Aunque solo habían visto una de ellas, sabían que no era la única.
"¿Qué está pasando?!" preguntó Arshad preocupado. "¿Dónde está mamá?"
Sin contestarle, Rafat se dirigió a una esquina del cobertizo. Movió a empujones cestas, costales, palos y herramientas hasta que despejó esa pequeña zona revelando una trampilla en el suelo.
Rafat tomó a su hijo de los hombros y le dijo con la mayor seriedad que podía:
"Arshad, necesito que te metas allí," apuntó a esa pequeña puerta del piso con sus ojos, "es un túnel que te llevará lejos de Illystos donde estarás a salvo."
"Papá pero, ¿Qué hay de mamá?No podemos irnos sin ella." Las lagrimas comenzaban a brotar de sus ojos.
"ARSHAD ESCUCHAME." Le gritó apretándole más los hombros. "Prométeme que sobrevivirás, hazlo por tu madre y por mi."
Arshad tenía un nudo en la boca, no podía dejar atrás a su padre en medio de todo ese escándalo y aunque él se negaba a decirlo, en el fondo sentía que no iba a ver a su familia nunca mas.
"PROMETEMELO." Repitió Rafat gritando.
La puerta del cobertizo fue azotada por fuera en un intento de abrirla a la fuerza. No resistiría mucho tiempo. Rafat soltó a su hijo y rápidamente lo obligó a meterse dentro de la trampilla.
"PAPÁ." Una vez dentro la trampilla se serró y fue sepultada nuevamente con lo costales. "¡PAPÁ!" No importaba cuanta fuerza aplicara contra la trampilla, perecía que esta no se iba a mover ni un poco.
La puerta era golpeada una y otra vez, cada vez con más fuerza que el golpe anterior. Rafat se armó con las herramientas colgadas en las paredes, las hoces que usó tantas veces para cosechar ahora le iban a servir para defenderse.
La tabla que bloqueaba la puerta reventó dejando entrar a tres hienas, una de ellas tenía una antorcha en la mano iluminando el cuarto y todo lo que se encontraba dentro de él. Con luz y de cerca, Rafat podía ver perfectamente el aspecto de las hienas.
Su pelaje era amarillo con manchas cafés incluso aun alrededor de los ojos, la cabellera café estaba grasosa y despeinada. Todos usaban las mismas camisas sin manga, unos pantalones largos destrozados por el uso continuo y la bandana oscura de los colmillos pintados.
"Agárrenlo." Ordenó una de las hienas. Las demás corrieron a atacar a Rafat con sus espadas, pero éste se defendió blandiendo sus hoces aprovechando la curvatura para frenarlas.
Eran dos contra uno, Rafat no podía nada más que intentar defenderse y acertar un corte exitoso raras veces. Tras un tiempo, sus brazos comenzaron a cansarse, no podía seguir a aquel ritmo por siempre.
"¿Tan difícil es matar a este tonto suricato?" La hiena que parecía estar al mando, dejó tirar la antorcha y comenzó a acercarse a Rafat con espada en mano. "Muévanse inútiles".
Tan pronto como dio la orden, las dos hienas contra las que peleaba Rafat retrocedieron lentamente, aun en posición de combate, para darle espacio al nuevo oponente. Esta nueva hiena, aunque era un poco más lenta de movimientos, los asestaba con tanta fuerza que el metal de las hoces comenzaba a doblarse.
Cuando la hiena blandió la espada verticalmente, Rafat puso las dos hoces entrecruzadas sobre su cabeza para intentar bloquearlo. Fue tan fuerte el impacto que las hoces de Rafat se agrietaron, pero lograron mantenerse en una pieza. Sin darse tiempo de reaccionar, la hiena golpeó con su mano libre las costillas de Rafat infringiéndole dolor seguido de un golpe a la cara que lo lanzó contra la mesa de trabajo. Sus armas cayeron de sus manos en el impacto lo que lo llevó a tomar lo más cercano que tenía, la antorcha.
Apuntando con la antorcha a las hienas para evitar que se acercaran, Rafat buscaba por todos lados algo que lo salvara. El fuego se movía con el temblor de sus manos haciendo que las sombras de la habitación se movieran junto a él.
"¿Crees que le tenemos miedo al fuego, verdad?" Dijo la hiena que lo golpeó. "No me hagas reír." Las tres hienas comenzaron a cerrarse a su alrededor.
Miraba entre las cosas algo que le pudiera ayudar, pedazos de vidrio roto, tablones de madera, cualquier herramienta. Fue entonces cuando sus ojos se posaron sobre una vasija de barro con la tapa envuelta en tela para mantenerla sellada, la reconoció de inmediato, era el polvo negro que había hecho Arshad esa tarde.
Mientras tanto dentro del túnel Arshadse apresuraba en salir de aquel oscuro sitio. El túnel era angosto pero se podía mover uno con facilidad si se gritos de las personas podían escucharse aun estando bajo tierra, el sonido era amortiguado pero se podía distinguir el temor de aquellas personas. De repente, un gran estruendo como una explosión devoró los gritos haciendo retumbar el túnel. Arshad se tiró al suelo cubriéndose la cabeza cuando las paredes comenzaron a temblar, pedazos de tierra y rocas cayeron destruyendo el túnel y enterrando a el joven suricato junto con él.
La tierra le rodeaba el cuerpo entero asfixiándolo cada vez que intentaba respirar, sabiendo que no tenia demasiado tiempo antes de morir bajo tierra, Arshad comenzó a cavar hacia la superficie. Con sus garras arrancaba pedazos de tierra y los hacia aun lado lo mas rápido que podía. En su mente, las palabras de su padre seguían frescas. Prométeme que sobrevivirás. Las piedras que le golpeaban el rostro ya no le importaban. Hazlo por tu madre y por mi. Con su ultimo aliento, emergió a la superficie tratando de respirar a bocanadas forzadas, cayendo sobre el suelo terroso de agotamiento, su mirada solo pudo divisar una figura que se acercaba a él. PROMETEMELO.
"Mira nada mas que tenemos aquí." El rostro de una hiena con el hocico tapado por un trozo de tela se encontraba tan cerca de su cara que podía oler su rancio aliento. "¿Creíste que te podías escapar chaval?"
Los parpados le pesaban a Arshad, casi no podía mantenerse despierto. Intentaba escapar de allí, pero sus piernas ya no le respondían.Perdóname padre, se dijo antes de caer rendido a los pies de aquella hiena de sonrisa torcida.
