Las calles de la ciudadela de Deredes se encontraban calladas durante la noche, la ventisca mecía las plantas ornamentales que adornaban los edificios de piedra caliza mientras las enredaderas raspaban ligeramente los muros de éstos al moverse a su compás.

Parnok caminaba por las calles de la ciudadela armado con su lanza y con los ojos abiertos en busca de indicios de algún peligro. Pero ¿qué peligro iba a encontrar en el distrito comercial?

Era algo curioso este distrito, siempre se encontraba en movimiento desde el amanecer hasta el alba. Aquí era donde se encontraban la mayoría de las panaderías, herrerías, puestos de fruta, verdura y granos de toda Deredes. Por la mañana se podía observar como los comerciantes armaban los estantes fuera de su negocio u hogares y exhibían la mercancía que disponían para la venta. Las calles se llenaban con cestos, telas y especias de diferentes colores, decenas de letreros con precios anotados en ellos anunciaban los productos y servicios que se ofrecían, mientras que otros solo mostraban el nombre del establecimiento como el de la posada 'Las Espadas Gemelas' cuyas puertas siempre estaban abiertas para quienes buscaran alimento o asilo por la noche.

Pero eso era durante el día, a estas horas de la noche no se escuchaba ni un alma, todo el mundo se encontraba dentro de su casa descansando o dentro de algún bar bebiendo. La única razón por la que Parnok se encontrara aun fuera era por el castigo que le puso su comandante, Lord Urath.

Usando su lanza como poste, se apoyó en ella para evitar caerse. Las palabras de Daudi resonaron como eco en su mente. Búscalo más tarde y discúlpate en persona. ¿Por qué debía de disculparse? Sí, era verdad que había ofendido a Hasani llamándolo niño de mamá cuando realmente no tenía ninguna, pero había algo de verdad en sus palabras. El cuerpo de Hasani no se fortalecía como los del resto de leones, podría ser el mejor arquero del mundo pero eso no le serviría de nada si alguien lo atacaba a de cerca; se vería obligado a dejar su arco pues no le daría tiempo ni siquiera de cargar una flecha antes de que el enemigo se avanzara sobre él. Sin el entrenamiento apropiado, Hasani sería uno de los primeros en caer durante una guerra.

El vaivén de las enredaderas contra los muros arrullaba a Parnok envolviéndolo en una calma profunda, llevándolo a cerrar sus parpados para disfrutar de los ruidos de la noche. El crepitar de las antorchas en los muros era acompañado por los cantos de las cigarras que predecían días más calurosos en el porvenir, la estación del alto sol se encontraba a la vuelta de la esquina.

Sus músculos relajados se tensionaron de repente cuando sintió una garra aferrándose a su hombro.

"Estoy despierto, estoy despierto." Dijo el gran felino girando sobre sí mismo y poniéndose rápidamente en posición de ataque.

Frente a él se encontraba Daudi quien utilizando su espada, movió la punta de lanza que se encontraba a pocas pulgadas de su rostro.

"Sí, se nota." Respondió con la mirada fija sobre él. "Ya lárgate a dormir, no quiero ser yo quien tenga que recoger tu cadáver si te llegas a dormir cerca de la fuente y te ahogas."

"No estaba durmiendo." Reclamó Parnok a la vez que se dio cuenta de lo que sucedía. "Espera, ¿Por qué estás aquí? A ti no te toca patrullaje nocturno."

Daudi se recargó contra la pared para estar a la misma altura que su amigo.

"Vine a suplirte, a cambio de que me hagas un favor." Su semblante se mostraba alegre aunque cauteloso a la vez. Aunque él y Daudi eran amigos, por experiencia sabía que nada en esta vida era gratis.

"¿Qué quieres que haga?"

"No mucho, solo que patrulles por mi mañana."

"¿Es todo?," dijo casi ingenuamente "¿Puedo preguntar por qué?" se podía percibir un tono de curiosidad en su voz.

"Tengo algo importante que hacer mañana, ya sabes cómo eso y… aquello." Respondió vagamente sin darle tanta importancia. "De cualquier manera, ¿aceptas o no?"

El guerrero león pensó profundamente; si se iba a su habitación en este momento podría descansar lo suficiente como para no volver a tener problemas con Urath. Aun cuando el precio era hacer doble guardia durante el día, sentía más deseos de saber por qué Daudi se tomaba las molestias de hacer esto.

"De acuerdo." El rostro de su amigo se iluminó con una sonrisa y este tomó su posición envainando su espada en un cinturón de cuero. "Que no te apuñalen por la espalda." Le dijo Parnok a la vez que se despedía alzando la garra y dejando a su amigo solo en la noche.

Esta expresión era muy común entre la guardia de la ciudad; aunque el compañerismo era alto entre los guerreros, estos no eran muy dados a expresar sus sentimientos pues algunos lo podrían ver como una señal de debilidad, así que esta era su manera de decir que esperaban que nada malo les ocurriera.

Con paso tranquilo, Parnok se dirigió al Distrito Militar cuando escuchó una voz que provenía de una calle más adelante.

"Vamos nena, yo sé que me quieres."

Acercándose a la esquina, Parnok asomó su cabeza para poder observar aquella escena desde la seguridad de las sombras. Un león de pelaje naranja claro y melena negra se encontraba abrazando a una leoparda a la mitad de la calle, el lungui del león indicaba claramente que se trataba de un guardia de Deredes pero Parnok no logró identificarlo hasta que pudo observar el borde de sus orejas, de un negro tan oscuro como el de su melena. Su nombre era Sefu, a diferencia de los demás, él era impopular entre los leones por querer siempre demostrar su fuerza contra todos, en especial con los nuevos reclutas.

¿Qué está haciendo con esa leoparda? Musitó Parnok a la vez que observaba el aspecto de aquella joven. Su rostro era encantador y de voz suave, su pelaje amarillo era cubierto por una falda ligera que se mecía con cada movimiento y un corpiño que dejaba ver su blanco abdomen. Una dama de compañía. Pensó él. En algunos bares y establecimientos de la ciudad se podrían contratar a estas señoritas para atender especialmente a los clientes de bolsillos profundos; les servían las bebidas, se reían de sus chistes, los acompañaban e incluso unas llegaban a coquetear con ellos. Pero no parecía que ella quería estar con Sefu.

"Disculpe señor pero ya me tengo que ir. Buenas noches." Dijo la leoparda librándose incómodamente de su abrazo y caminando por un costado del león. Rápidamente Sefu bloqueó su camino recargando su garra contra la pared con expresión despreocupada.

"Ya te lo dije, llámame Sefu."

La forma en que el león se expresaba y mecía de un lado al otro a pesar de estar apoyado contra la pared daban a entender que había salido del mismo bar que ella.

"Sefu, nos la pasamos bien pero ahora debo de volver a casa. Déjame pasar." La paciencia parecía esfumarse con cada instante que pasaba.

"Tengo una mejor idea." El enorme león tomó a la leoparda entre su brazo a la vez que recorría el cuerpo de ella con la otra garra usando sus dedos para trazar un camino sobre su pelaje. "¿Qué te parece si te acompaño a tu casa y contamos juntos cuantas manchas tienes?"

Sin previo aviso la joven leoparda descargó su codo contra el rostro de Safu golpeándolo directamente en el rostro. El león, inundado por el dolor, dejó ir a la dama de compañía y se llevó la mano a su ojo derecho. Inundado por ira, Safu se abalanzó tras la leoparda que intentaba huir.

"PAGARAS POR ESO." Exclamó a la vez que iba tras ella.

Sintiendo un impulso dentro de él, Parnok salió corriendo dispuesto a detener a Safu. La ley le impedía intervenir a menos que el bienestar de alguien se viera amenazado, y por el aspecto en el semblante del león de melena negra, estaba claro que le quería hacer daño.

Ambos dieron la vuelta adentrándose a un callejón entre las casas perdiéndose entre la oscuridad de la noche. Cuando Parnok por fin los alcanzó, lo que sus ojos vieron lo dejaron perplejo. La joven leoparda había salido huyendo y en su lugar se encontraba Safu luchando contra un individuo cuya identidad era cubierta por una capucha café.

El tipo lanzó un golpe hacia Safu quien lo esquivó con facilidad, sus piernas tambaleaban un poco pero se mantuvo firme, rápidamente el león lo tomó por su costado estrellando su rodilla contra las costillas del sujeto encapuchado una y otra vez quien soltaba quejidos de dolor con cada golpe que recibía, apretando los dientes para evitar gritar. Esto continuó hasta que Safu lo sujetó fuertemente y lo lanzó contra el suelo. Su cuerpo pareció dar un ligero rebote en el impacto y después dejó de moverse.

Cuidadosamente Safu se acercó agarrando la capucha que cubría aquella persona para descubrir quién había intentado golpearlo. Antes de que pudiera reaccionar, Safu sintió como el puño de aquel sujeto se impactaba contra su ojo mal herido. Dos golpes en una noche.

Retorciéndose de dolor, el león de melena negra soltaba maldiciones a su atacante mientras este se ponía de nuevo sobre sus patas. Aun en plena noche, Parnok pudo observarlo más detalladamente ahora que él, o mejor dicho ella, se encontraba de frente. La figura esbelta y la carencia de una melena o manchas sobre el pelaje indicaban que se trataba de una leona. Pero ella no pelea como las cazadoras que conozco. Se dijo Parnok.

Cuando aquella leona alzó la mirada, se encontró con dos esferas tan azules como el cielo de la mañana que la observaban desde el fondo del callejón. Dándose cuenta de la presencia de Parnok, la leona salió corriendo en dirección contraria a los dos guerreros león.

Rápidamente Parnok la siguió sin inmutarse por Safu quien aún continuaba quejándose por su ojo. Salió del callejón a una de las calles, captó movimiento por el rabillo de su ojo al ver como una cola se desvanecía dentro de otro callejón doblando la esquina. Siguiendo la dirección que la leona encapuchada había tomado, el león de ojos azules entró dentro del mismo oscuro lugar. Apoyados contra los muros de los edificios se encontraban diversas cajas y baldes repletos de desperdicios que desprendían un aroma asqueroso, Parnok corrió hasta el fondo que para su sorpresa era un callejón sin salida y la leona no se veía por ninguna parte.

¿A dónde rayos se fue? Se dijo para sí mismo mientras miraba de un lado a otro escudriñando todo el callejón. Nadie solamente desaparece. Regresando por donde vino, escuchó un pequeño ruido que provenía de uno de los barriles, casi como una respiración. Ella pudo haberse escondido aquí. Dándole una patada, el león tumbó el barril vertiendo su contenido sobre el suelo rocoso, pero lo único que salió rodando de este fueron restos pestilentes de alimentos podridos por el tiempo y una rata que salió chirriando buscando refugio en otra parte.