Sus pulmones le dolían del esfuerzo que había hecho por escapar de la guardia, subir a los techos de los edificios no era tarea sencilla, sobre todo después de la paliza que le había dado aquel león quien dijo que su nombre era Safu.

Ella corría lo más rápido que podía acelerando cuando se acercaba a los bordes de las casas y comercios para saltar sobre los callejones y aterrizar en el tejado más próximo, las piernas le dolían pero ya estaba cerca de su destino, los muros internos que separaban el castillo de la ciudadela se encontraban a solo un par de techos.

La leona se acercó hasta tener de frente aquellas enormes defensas y con la velocidad de un cheetah corrió sobre el muro agarrándose a un hueco entre los bloques y comenzó a escalar buscando cualquier punto de apoyo que pudiera ver o sentir para facilitar su acenso. Una vez en la cima del muro tomó un respiro y miró a ambos lados, no había guardias por ningún lado.

¿Por qué hay un muro sin que nadie lo proteja contra intrusos? Tan rápido como llegó su duda la hizo a un lado, le convenía que esta zona del castillo estuviera desprotegida sobre todo para lo que tendría que hacer a continuación.

Ya tenía apoyada una pata del otro lado del muro cuando una figura a lo lejos llamó su atención haciendo que ella se escondiera nuevamente pegando su cuerpo lo más cercano a la superficie rocosa, si tenía suerte tal vez podría hacerse pasar por una sombra. Con este pelaje, sí claro. Se dijo así misma sarcásticamente mientras miraba su pelaje claro. Tal vez crean que soy una antorcha. La figura pareció no haberse percatado de la joven intrusa, tan solo permanecía quieta en un balcón lejano. La leona entrecerró los ojos intentando descubrir de quien se trataba.

"Palier." Dijo casi en un susurro.

La reina se encontraba en su balcón observando todo y a la vez nada, perdida entre sus pensamientos. De vez en cuando soltaba un suspiro que demostraba que seguía con vida a pesar de no moverse para nada. Poco tiempo después, Palier regresó a sus aposentos.

Volviendo a lo suyo y de una manera similar a como subió, la leona descendió a los jardines del castillo. Primero su pata derecha y luego su garra izquierda, una pata y una garra, izquierda, derecha. Continúo así hasta que sus patas lograron tocar el césped que cubría todo el suelo del jardín, sobre éste salían flores de distintos colores: Unas eran de pequeños pétalos azules con un punto amarillo en su centro como las primeras estrellas saliendo en el crepúsculo, otras eran de un rosado tan suave que pareciera que se iba a desmoronar en cualquier momento y más al fondo se encontraban unos bulbos con sus pétalos rojos cerrados negándole al mundo mostrar su resplandor hasta que el sol se abriera paso entre las montañas junto con ella.

Ignorando aquella belleza natural, la leona de ojos amarillos se acercó a una pared llena de enredaderas que parecían abrazar al castillo cubriéndolo de sus hojas verdes. Introdujo sus garras dentro de ellas y sacó una cuerda oculta entre tantas ramas de aquella planta.

Apoyando sus patas contra el muro de enredaderas y soportando todo su peso con las garras aferrándose a la cuerda, subió hasta alcanzar un balcón, el balcón de su habitación. Un cuarto con paredes y piso de piedra decorado con muebles de madera tallada, las ventanas estaban cubiertas por cortinas que no dejaban pasar la luz cuando estas eran desplegadas y en la esquina se encontraba una cama acolchada con pieles afelpadas que la hacían suave al tacto en donde podrían dormir hasta tres personas juntas.

Una vez dentro, la leona se quitó la capucha revelando el rostro de Illaya. Dejando sus prendas sobre la cama, se desvistió para estar más cómoda, bajo la capucha la joven princesa llevaba puesto un corpiño y un taparrabo cafés, no protegían precisamente el cuerpo pero daban la movilidad que necesitaba para correr y escalar.

Cansada, dobló su ropa y abrió el cajón de un buró al lado de su cama, ella sacó un poco más de prendas que había dentro y puso la capucha en el fondo ocultándola bajo una montaña de telas.

Recostándose sobre su cama, repasó lo que vio esa noche.

El acoso a aquella leoparda, la facilidad con la que alguien podría entrar en el castillo y la débil vigilancia en los muros. Bueno, aunque eso ultimo le permitía salir y regresar por las noches sin que nadie se diera cuenta no dejaba de ser una debilidad en las defensas, era algo inaceptable.

Respiró profundamente y su costado comenzó dolerle. Maldito guardia. El dolor era fuerte pero soportable, no iba a dejar que cosas como esa la detuviera. Y su compañero no es mejor, solo se quedó mirando, ¿qué clase de persona deja que algo así suceda y no haga nada por evitarlo?

Ella recordaba muy bien el aspecto de ese guardia. Una larga melena castaña llegándole a los pectorales, pelaje pardo como si hubiera sido bronceada por el sol y unos ojos azules tan azules como el alba.

Esto no sucedía cuando… Morathi estaba aquí. Se dijo ella misma pensando en el semblante que tenía la reina Palier en su balcón. Illaya sabía lo que merodeaba por la mente de su madre, y el verla en aquel estado solo la entristecía más. Un recuerdo brotó en su mente junto con amargura.

Se encontraba en el funeral de su padre. Habían transportado su cuerpo desde Deredes hasta un lejano monte llamado Mawingu donde sería su último lugar de descanso. Dentro de este monte se encontraban las cenizas de todos los antiguos reyes y guerreros de Pridelands, por esta misma razón la gente llamaba a este sitio 'La Ciudad de los Muertos'.

Frente a la entrada de una cueva del monte Mawingu, el cuerpo del fallecido rey yacía con los ojos cerrados en medio de una cama hecha de paja, madera y pasto seco. Era la primera vez que Illaya asistía a un funeral pero sabía que aquel lugar donde se recostaba su padre era una pira.

Luam se encontraba junto al cuerpo dando palabras de alientos a todos los que asistieron. Normalmente los funerales eran algo restringidos, pero la muerte de un rey es algo que todos sentían por igual. Amigos, compañeros, consejeros, algunos guardias y por supuesto, su familia. Todos aquellos que fueron alguna vez importantes para Morathi se encontraban reunidos para dar su último adiós.

De uno en uno fueron pasando hasta que era el turno de la joven princesa. Con los pies tan pesados como rocas caminó hasta la pira y se inclinó para ver a su padre. Incluso aun recostado parecía tan sereno y fuerte que no podía creer que había muerto. Sin saber que decir, Illaya permaneció cayada intentando recordar cada detalle que podía de él.

Su pelaje claro, brazos corpulentos con los que podía destrozar a sus enemigos, una cabellera café enmarcando un semblante de tranquilidad eterna. Illaya no pudo evitar pensar que si ella hubiera nacido como un varón, tal vez pudiera haber sido tal como su padre, amado y respetado por todos.

Luam continuó hablando sobre la vida de Morathi pero Illaya no escuchaba nada, a ella no le interesaba eso, ya lo había vivido junto con él, lo único que quería era ver a su padre y nada más, el resto del mundo podría esperar.

Tomando una antorcha encendida, la sacerdotisa se acercó a la pira sacando a Illaya de su trance.

"Con el mismo fuego que nos dio la vida, destruyo este recipiente mortal para que tu alma se eleve." Con estas palabras, Luam lanzó la antorcha prendiendo en llamas la pira. "Ahora te has vuelto una estrella más en los cielos."

De poco a poco, la joven leona se escabulló del funeral, no podía soportar la idea de que la imagen que había guardado de su padre en su corazón fuera destruida junto con su cuerpo en las llamas, simplemente no podía.

Buscando sombra bajo un árbol cercano ella esperó a que todo el ritual terminara. Después de quemar al difunto, las cenizas eran guardadas en una urna y eran introducidas a la Ciudad de los Muertos usando la entrada de la cueva que se abría paso por las entrañas del monte.

Durante su regreso a casa Illaya alzó su mirada, el sol se había ocultado tras las montañas y el cielo se pintó de tonos azules y estrellas resplandecientes. Con sus ojos amarillos observó detenidamente cada una de ellas, pensando que una de esas estrellas era su padre que la estaría protegiendo desde las alturas. Eso la hizo sentirse feliz.

Con la mente agotada, dejó que el sueño la envolviera con la esperanza de que al abrir sus ojos la mañana siguiente descubriera que todos estos días solo hubieran sido un largo mal sueño y sus padres la estarían esperando en el comedor real para el desayuno tal y como lo hacían antes.

Pareció que tan solo había pasado unos pocos segundos pero los rayos del sol entrando por su ventana indicaban lo contrario. Tomó el primer vestido que vio y rápidamente se cambió, saliendo de su habitación pero alguien le impedía el paso.

Detrás de la puerta se encontraba un león que ella no había visto antes. Su fornido cuerpo café como la madera era cubierto por el lungui de la guardia, su vedeja negra no hizo más que abrillantar más su semblante cuando él la saludó con una sonrisa.

"Buenos días princesa Illaya. Espero que haya descansado bien."

Illaya lo miró de arriba hacia abajo, fue entonces cuando sus ojos se posaron en la espada que colgaba de su cintura. La vaina al igual que el mango de la espada era de piel teñida en rojo con adornos dorados en los extremos, los colores de la familia real de Deredes.

"Sí, gracias." Illaya comenzó a caminar por el pasillo y pudo sentir como el león la estaba siguiendo de cerca. Desconcertada, la princesa se detuvo y se dirigió ante el guardia, él seguía sonriéndole. "Disculpa, pero ¿Quién eres?"

"Oh, disculpe alteza. Pensé que ya estaba enterada." Dijo un poco avergonzado, inclinó su cabeza en señal de respeto y prosiguió con voz calmada. "Mi nombre es Kurok. Por órdenes de Petir, de hoy en adelante, soy vuestro guardaespaldas personal."