Las llamas de la noche anterior se habían calmado hasta volverse brasas que luchaban por mantenerse con vida mientras las hienas se esparcían por todo el pueblo saqueando todo lo que se podía entre los escombros y las casas.

Rodeado de un grupo de hienas armadas se encontraban los suricatos capturados, de rodillas y con las muñecas atadas con cuerdas, se encontraba Arshad volteando la cabeza de un lado a otro en busca de sus padres pero todo lo que podía ver eran los rostros de sus captores, a plena luz del día no daban tanto miedo, la sonrisa hecha de colmillos filosos en sus bandanas se había convertido solo en líneas pintadas sobre tela, el temor se había esfumado.

Sin previo aviso una hiena se abrió paso entre las demás portando una espada envainada a la cintura, sus ropas estaban hechas girones como las de sus compañeros pero ella portaba unas hombreras y brazales de cuero que la hacía sobresalir más que su altura. Arshad se preguntó si ella era una especie de líder para los demás.

Cuatro guerreros hienas estaban vertiendo agua con cubetas para apagar los escombros en llamas de una edificación cuando ella llegó al lugar.

"¿Qué sucedió aquí Manzur?" Preguntó de manera imponente.

Uno de los guerreros dejó en el suelo su cubeta y volvió su vista a ella. Era mucho más pequeño que su líder pero su mirada y voz mostraban seguridad al hablar.

"Durante la noche de la invasión, esta construcción explotó de la nada." Le reportó apuntando con su garra a los escombros que antes eran un cobertizo. "Se cree que había por lo menos tres de nuestros hombres dentro al momento del estallido, no hemos encontrado todavía los cuerpos."

"Ya veo. Sigan buscando." Indicó la gran hiena.

"Saso, todavía está el problema de los cadáveres." Dijo Manzur antes de que ella se fuera. "Los habitantes de estas tierras se resistieron y tuvimos que utilizar la fuerza para dominarlos, algunos de ellos perdieron la vida en el proceso."

Saso agachó la mirada analizando la situación.

"No podemos correr el riesgo de que los cadáveres generen enfermedades, apenas logramos sobrevivir la última plaga. Caben una fosa y entierren a aquellos que perecieron."

Saso continuó caminando con Manzur a su lado mientras los suricatos los miraban con odio.

"También hemos enviado un mensajero a Morodia para traer de vuelta el resto de nuestro clan."

"Perfecto, si nuestro plan resulta un éxito podremos recuperar nuestras tierras muy pronto."

"MALDITOS SALVAJES."

Saso se detuvo volteando hacia el grupo detenido, caminó lentamente hacia el suricato que había pronunciado esa palabra.

"¿Cómo nos has llamado niño?" preguntó Saso acercando la cara para hablarle frente a frente.

"Salvajes." Remarcó el suricato poniéndose de pie.

"Arshad cállate." Le dijo uno de los suricatos retenidos junto a él pero Arshad lo ignoró.

"Llegan asesinando a la gente, reteniendo prisioneros y robando lo que no es suyo. Me repugna la gente como ustedes."

Saso se acercó a Arshad y se arrodilló para estar a su misma altura.

"¿Nos llamas salvajes por venir y tomar estas tierras?" Saso tomó bruscamente del cuello al suricato levantándolo en el aire. "Tierras que fueron arrebatadas de nosotros mucho antes que ustedes llegaran."

"Este territorio se nos fue otorgado durante el reinado del rey Morathi." La voz de Arshad se escuchaba ahogada por la garra de la hiena apretando su cuello.

"Un rey que llegó declarando la guerra a nosotros y desterrándonos a Morodia. Créeme niño tu no hubieras sobrevivido ni una semana en ese lugar, así que no me digas que reclamar lo que por derecho nos pertenece es de salvajes."

Al terminar, Arshad le escupió a la cara a Saso pero ella no pareció importarle ni demostró emoción alguna. Solo se limpió el ojo donde había caído la mayor parte de la saliva con la garra y abrió la mano dejando caer al suricato.

"Encierren a todos en el almacén." Ordenó Saso señalando una pequeña construcción que se usaba para almacenar alientos en caso de mala cosecha o falta de lluvias para que los habitantes de Illystos no pasaran hambre. Una guerrera hiena levantó a Arshad del suelo y estaba a punto de llevarlo con el resto cuando su líder lo detuvo. "Espera, pongan al mocoso en una prisión de tierra, tal vez de esa forma aprenderá a respetar a sus superiores."

Mientras Arshad era arrastrado a las afueras del pueblo, las hienas comenzaron a llevar a las suricatas entre arrempujones al almacén. Los alimentos almacenados dentro ya habían sido sacados y estaban esparcidos por la entrada.

Al entrar en el almacén, las suricatas se amontonaron cubriendo todos los espacios vacíos, apenas se podía moverse libremente por allí, se abrasaban las familias que quedaban y algunos rezaban con miedo de lo que ocurriría después. Con clavos y tablas, fueron bloqueadas todas aquellas aperturas por la que se podría escapar alguien y cuando todos los campesinos se encontraron dentro, las puertas se cerraron estruendosamente.

Entre los gritos de la gente, Saso seguido por Manzur continuaron caminando por el pueblo.

"¿Ya establecieron un perímetro de arqueros?" Preguntó Saso "Estamos lejos de los demás pueblos pero no quiero que seamos detectados incluso por aves mensajeras."

"Ya, cerramos los caminos y hay por lo menos veinte arqueros vigilando el cielo." Comentó Manzur. "También hemos determinado cuál será su cabaña mi señora."

"No me digas 'mi señora' Manzur, soy su líder no su dueña. Como sea, ¿dónde se encuentra?"

"Junto a una estatua."

"¿Estatua?" La voz de Saso mostraba confusión. "No sabía que un pueblo agrícola les importara tener estatuas."

"Aquí es." Dijo Manzur señalando con su garra una cabaña circular con paredes de madera y techo de paja.

"Muchas gracias." Saso rodeo la cabaña hasta que se topó con una figura de piedra que supuso era la estatua de la que hablaba su compañero. Más que una estatua era un altar con una efigie de un dragón sentado sobre él. "Es Kijani, uno de los dioses de los leones, creo que simbolizaba la tierra, tal vez por eso lo tienen como su deidad aquí."

Alrededor del altar la hierba estaba crecida y algunas enredaderas se aferraban a este rodeando su base, la efigie tenía algo de moho entre las partes talladas de la piedra resaltando sus facciones y entre sus garras alguien había puesto un pequeño cuenco con un puñado de tierra dentro de la cual brotaban unos pequeños retoños verdes. En general la estatua estaba cubierta por tanta vegetación que la piedra comenzaba a adquirir la misma tonalidad.

"Sabias que los creyentes de Kijani nunca limpian sus altares." Continuó Saso mientras rodeaba lentamente la efigie. "Sus seguidores creen que el moho y las guías, o incluso las malas hierbas, son las formas en que Kijani se manifiesta para adornar él mismo su altar.

"¿Quiere que removamos el altar de aquí?"

La gran hiena dejó escapar un suspiro.

"No, no estamos aquí para despojarles de las deidades traídas por los leones, si este pedazo de roca les da esperanza y calma que así sea."

Un cuerno se hizo escuchar a lo lejos haciendo saber la llegada de caravanas.

"El resto del clan ha llegado." Comentó Manzur.

"Ve y reúnete con nuestros hermanos y hermanas, pronto daremos comienzo a nuestra conquista."