CAPÍTULO 39: SESIÓN PRIVADA


POV PEETA


El séptimo día de entrenamiento empiezan a llamarnos a la hora de la comida para nuestras sesiones privadas con los Vigilantes.

En el almuerzo, nos sentamos con Thresh, Rue y los dos tributos del Cuatro, Eithan y Deméter. Estos dos se unieron a nosotros.

Eithan y Deméter nos han seguido por varios días, fueron a los mismos puestos que nosotros, hemos hablado con ellos amistosamente, mayormente yo porque Katniss tendía a ser desconfiada. Thresh se ganó su confianza por haberme ayudado cuando caí de la red y Rue desde que la vio en televisión ganó su atención. Pero los tributos del Cuatro no le convencieron del todo. La verdad fue que sin quererlo hicimos aliados.

"Haymitch estará satisfecho cuando lo sepa." Le dije a Katniss el día anterior a lo que ella simplemente gruñó, haciéndome reír en consecuencia.

El odio de los profesionales fue en aumento al darse cuenta que nuestro grupo había crecido, porque igual que Thresh. El Distrito Cuatro, que habitualmente formó parte de los profesionales, en apariencia optó por unirse a nosotros. Eithan de dieciocho es excelente usando el tridente y tenía buena puntería. Deméter de catorce y sabe hacer todo tipo de anzuelos y trampas. Sumadas a las habilidades de Thresh, y Rue, y las de nosotros dos, si todo va bien vamos a ser un buen equipo.

Distrito a distrito, primero el chico y luego la chica. Como siempre, el Distrito Doce se queda para el final, así que esperamos en el comedor, sin saber bien qué hacer. Nadie regresa después de la sesión.

Katniss se sienta en mi regazo y yo apoyo mi cabeza sobre su brazo o su hombro. Muchos nos miran, pero nos da igual. Además, no tiene caso ocultar algo que todo el mundo sabe.

Cuando llaman a Rue nos quedamos solos.

-¿Crees que lo hagan bien?

-Thresh, sí. Y Rue creo que podría sorprenderlos.

-Estoy nerviosa, Peeta.

-Lo sé. También yo. Nos irá bien, Kat. Estamos preparados para esto.

-Recuerda lo que dijo Haymitch sobre tirar las pesas. –Dice ella. –O tal vez, las lanzas.

-Gracias, lo haré. Y tú... dispara bien.

El nombre Peeta Mellark aparece en el tablero electrónico que ocupa la pared y justo después suena un zumbido. Es mi turno.

Katniss me rodea con sus brazos el cuello y nos besamos.

-Te amo, princesa. –Le digo al apartarme.

-Yo también te amo. Suerte.

-Para ti también. Nos vemos arriba.

Deposito un beso en la frente de mi esposa y me encamino hacia la puerta.


Nadie me mira cuando entro al gimnasio, porque los Vigilantes llevan demasiado tiempo aquí dentro y ya han visto otras veintidós demostraciones. Además, casi todos han bebido demasiado vino y quieren irse a casa de una vez. Me enfurece esto, pero digo mi nombre cuando un hombre de cabello canoso y gordo se digna a mirarme.

-Peeta Mellark. Distrito Doce. –Grito y algunos se dan por aludidos y asienten.

Pienso rápidamente en que puedo hacer para mi demostración. Uno de mis fuertes es la fuerza, pero también puedo jugar con la puntería o tal vez trampas. Debo hacer lo que mejor se me da, para conseguir patrocinadores y ayudar a Katniss. Si los Profesionales aspiran al mejor resultado, yo también aspiraré al mismo.

Cuelgo varios maniquíes por el cuello con un nudo que aprendí a hacer meses antes y después me alejo tras colocarlos en sus bases. Si lanzo bien las pesas, podré partirlos por la mitad a todos. El material es duro, pero no tanto como las pesas.

Me ubico a cierta distancia ignorando a los vigilantes. Observo las pesas de diferentes tamaños y formas. Muchas veces he llegado a cargar más de ochenta kilos sobre mis hombros. Desde El Quemador hasta mi casa. Así que cuando cargo la primera bola de treinta kilos aproximadamente no supone algo difícil para mí. Me concentro, la balanceo hasta que me siento lo suficiente seguro de hacer esto. No debo fallar. Por Katniss. Solamente unos veinte metros me separan del objetivo.

Respiro hondo y cierro los ojos cuando tengo el objetivo claro. Un ruido de algo rompiéndose se escucha minutos después, y el peso de estrellándose contra el suelo.

Al abrir los ojos veo que ha dado en el blanco. La bola ha trisado el primer maniquí y ha roto por completo el brazo derecho.

Voy por el siguiente. Elijo algo más pesado para el siguiente maniquí y este se parte por la mitad por la zona del pecho. La mitad inferior cae al suelo, la otra queda colgando como si hubiera podido destrozar a la persona y ahorcarla.

Hago lo mismo varias veces con distintos maniquíes hasta que me canso. No he fallado excepto una vez, me sorprende a mí mismo haberlo logrado. Cuando giro la cabeza me doy cuenta de la poca importancia que me dan. Ha llegado un cerdo asado y borrachos como están han centrado toda su atención en el mismo. Excepto por un par de vigilantes, los demás me ignoran. Cierro las manos en puños, esto no puede quedar así. No me pueden ignorar, porque si no me prestan atención a mí, Katniss pasará por lo mismo. Voy hasta el puesto arquería. Tomo un arco y un carcaj de flechas y rápidamente lo pruebo, desde mi posición y tratando de buscar el ángulo más libre, desde el que no le pueda hacer daño a nadie. Sólo deseo llamar la atención de todos.

Coloco la flecha, tenso el arco y lanzo la flecha de forma mecánica. Veo a algunos Vigilantes retroceder asustados aunque ninguno fue tocado por la flecha. Cuando atraviesa la zona de la cabeza del cerdo, sonrío al darme cuenta que ahora todos me están mirando entre asustados, sorprendidos, enojados o fascinados. Seneca Crane, el Vigilante en Jefe me mira con un interés genuino por primera vez. El hombre gordo, de piel blanca y canoso, sonríe hacia mí, pero no podría descifrar cuáles son sus pensamientos. De hecho él es la única persona que sentí que nos ha estado observándonos mucho a Katniss y a mí durante esta semana. Como si nos estuviera analizando constantemente. Otro hombre se cae sobre el ponche y yo sigo sonriendo.

-Gracias por su consideración y espero que de verdad vean a mi compañera, Katniss Everdeen. –Grito la advertencia.

Dejo el arco y el carcaj de flechas en el suelo y me voy del gimnasio dejando a todos con la boca abierta.

Apenas salgo me doy cuenta que arruiné todo. Pero al menos ahora no podrán ignorar a mi esposa, como hicieron conmigo.

Tomo el primer ascensor que se abre. Pero antes de que se cierre, me doy cuenta que Finnick Odair está casualmente dentro.

-Peeta. –Saluda.

-Finnick. ¿Qué haces?

-Vengo del hospital. Tenía que ir por una medicina para Mags. –Muestra unas pastillas que por el nombre de la droga creo que son calmantes.

-¿Mags? ¿No es muy grande para ser mentora?

-Lo es. El único mentor soy yo. Ella vino para tratarse por un problema de salud y aprovechó los juegos, porque puedo venir con ella.

-Oh. Vale.

-¿Cómo te fue en la sesión?

-Bien, pero no lo sé. Todos me ignoraban prácticamente.

-Los Vigilantes tienden a ser unos ineptos, una vez que llegan a la mitad de la jornada. Con tanto alcohol y comida encima, no les importa nada más. Se lo hacen a casi todos, pero siempre hay uno que otro mirando. Es lo mismo cada año.

Estoy de malhumor por lo que no le respondo.

-¿Sigues molesto por lo del otro día?

-No todo pasa por ti. Aunque te recomendaría que te mantengas alejado de mi esposa.

-No te preocupes por eso. Por cierto, ¿esposa? ¿Ya se casaron?

-Sí.

-Felicidades.

-Gracias.

Pasan unos minutos y digo.

-Tu primo quiere formar una alianza con nosotros.

-Lo sé. Me lo ha comentado.

-¿Y? ¿Estás de acuerdo?

-Él es inteligente. Si Eithan quiere formar una alianza con ustedes, es porque vio algo más especial en ti y Katniss, que en los profesionales. –Remarca la palabra "especial" de una forma que parece como si quisiera decir algo más y no pudiera.

La puerta del ascensor se abre y él se despide de mí, sin darme tiempo a preguntarle a que se refería y yo me quedo solo, dentro del ascensor con dudas.

Finnick Odair es un hombre joven imposible de descifrar y realmente misterioso. No sé hasta qué punto confiar, o desconfiar de él. Y en consecuencia de sus tributos.


POV KATNISS


Veinte minutos después que se va Peeta es mi turno. Estoy nerviosa. ¿Le habrá ido bien a él? ¿Y yo dispararé bien? Nunca tuve que actuar bajo presión. De esto depende que consigamos patrocinadores.

En el gimnasio todo el mundo parece concentrado en su propio mundo. Sólo un par me ven entrar. Algunos lucen preocupados y hasta asustados.

Espera ¿Qué hace una flecha sobre la mesa de comida junto a un cerdo asado?

¿Qué habrá pasado?

¿Por qué siento que tiene que ver con mi esposo?

Cuando lo vea le podré preguntar en persona.

-Katniss Everdeen. Distrito Doce.

Sigo el plan original: me dirijo al puesto de tiro con arco. ¡Ah, las armas! ¡Llevo días deseando ponerles las manos encima! Arcos hechos de madera, plástico, metal y materiales que ni siquiera sé nombrar. Flechas con plumas cortadas en líneas perfectamente uniformes. Escojo un arco, lo tenso y me echo al hombro el carcaj de flechas a juego. Hay un campo de tiro que me parece demasiado limitado, dianas estándar y siluetas humanas. Me dirijo al centro del gimnasio y escojo el primer objetivo: el muñeco de las prácticas de cuchillo. Sin embargo, cuando empiezo a tirar de la flecha, sé que algo va mal: la cuerda está más tensa que la de los arcos de casa y la flecha es más rígida. Me quedo a cinco centímetros de darle al muñeco y pierdo la poca atención que me había ganado. En este momento odio a Haymitch por no dejarme entrenar antes con esto. A Peeta le tomó un buen tiempo encontrar el adecuado.

Veo un arco y un carcaj en el suelo. Es el mismo con el que disparó mi esposo. Los tomo, sin poder evitar sentirme humillada por fallar. Pero si Peeta escogió ese es porque yo también podré manejarlo.

Vuelvo a la diana, y disparo una y otra vez sin fallar esta vez.

De vuelta al centro del gimnasio, me pongo en la posición inicial y le doy al muñeco justo en el corazón, este se tiñe de sangre falsa. Pruebo en la sala de simulación virtual al igual que Peeta días antes, con un nuevo carcaj lleno de flechas. Con una puntería perfecta ataco a todos mis oponentes.

Todos vuelven su atención a mí cuando salgo de la sala. Un hombre gordo y canoso me está mirando con interés y expectante. Mira al Vigilante en Jefe Seneca Crane y este ultimo habla tocándose la barba varios metros hacia arriba en el balcón.

-Fantástico. –Suspiro aliviada. -¿Podrías hacer una prueba más?

-¿Otra? –Pregunto.

-¿Podrías apuntar a la manzana del cerdo?

-¿Ese cerdo? –Grito mirando el de la mesa de comida. Me sorprende la sugerencia.

-Exacto.

Todos se corren hasta la pared contraria tal vez para darme el paso libre para lanzar la flecha al cerdo. Son los vigilantes así que no me puedo negar al pedido. Estoy muy lejos pero por experiencia estoy segura que lo lograré.

-Adelante, Señorita Everdeen. –Dice el otro hombre. –Se ve que tiene una excelente puntería. Haga esto y se podrá marcharse.

Empieza a latirme el corazón muy deprisa, me arde la cara. ¿Por qué diablos quieren que haga eso? Ya les demostré que tengo un buen manejo del arco. ¿Para qué necesitan más demostraciones? La flecha en mesa ¿Por qué está allí?

-Lo haré. –Contesto.

Sin pensar, saco una flecha del carcaj y la envío directamente a la mesa de los Vigilantes. Todos se fueron hacia el costado contrario, por lo que nadie sale herido. Pero la flecha se clava precisamente en el lugar que me pidieron, en la manzana de la boca del cerdo. Todos lucen impresionados y se miran entre sí, porque yo nunca demostré tanta habilidad como Peeta en los entrenamientos, al menos no con armas.

-Puede irse, Señorita Everdeen. Gracias por tiempo. –Me despide Crane.

Hago una reverencia coloco el arco y carcaj donde corresponde y me marcho confundida. Debo buscar a Peeta para saber que sucedió. Tan pronto como llego a nuestro piso, voy a la habitación que comparto con mi esposo desde que nos casamos. La misma quedó permanentemente para nosotros. Trajeron nuestra ropa aquí y casi ni hemos tenido contacto con los demás en los últimos días, porque comemos solos y disfrutando de nuestros últimos día como pareja en relativa paz. Peeta no está en la habitación, tampoco en el baño, sólo me queda un lugar por ver. Cuando abro la puerta del pequeño saloncito, lo veo recostado en el sofá durmiendo profundamente. Unas lágrimas surcan su rostro. Tengo miedo de saber el motivo. Busco dos mantas y lo cubro con ellas. No se ha bañado i cambiado de ropa al parecer, porque sigue con el conjunto de entrenamiento.

-¿Qué te pasó, Peeta? –Murmuro acariciando su rostro y su cabello y depositando un beso en sus labios. -¿Qué pasó allí para que acabaras llorando?

No recibo respuesta. Eso tendrá que esperar para después.

Decido tomar un baño mientras tanto. Cuando regreso cambiada, veo que sigue en el mundo de sueños y no pienso molestarlo. Me recuesto a su lado y él no se da por aludido Mi cabeza cae sobre su fuerte y cálido brazo y lo observo desde mi posición reparando en cada detalle de su rostro. Pasan veinte minutos hasta que se remueve en plena inconsciencia y me atrae hacia él. Estamos tan acostumbrados a dormir así, que es algo automático e inconsciente. Sonrío o todo el peso del día cae sobre mí. Estoy nerviosa porque no quiero que Peeta o a mí nos vaya mal. Y seguro los profesionales deben estar más preparados que nosotros en esta materia. Desde el comienzo de los Juegos del Hambre fueron los preferidos del Capitolio, incluidos los Vigilantes.

No puedo dormir, pero aprovecho para sentirme protegida por su cuerpo.


Cuando él despierta es de noche, parece sorprendido al verme, aunque no puede evitar que una sonrisa encantadora adorne sus facciones.

-Amor… que hacemos así. No recuerdo…

-Te dormiste. Yo te tapé, me recosté a tu lado y te observé descansando pacíficamente. ¿No tuviste ninguna pesadilla?

-Ahora no.

-Eso creí.

-¿Cómo te fue en tu sesión?

-Fue raro. Después que hice mi prueba en la sala de simulación virtual. Los Vigilantes me pidieron que apuntara hacia la manzana de un estúpido cerdo asado, porque según ellos tenía buena puntería.

Peeta abre la boca pero después la vuelve a cerrar y veo la culpa grabada en sus ojos. Confirmando mis sospechas.

-¿Lo hiciste?

-Sí, y atravesé la manzana.

-Debiste impresionarlos mucho. –Dice fingiendo felicidad.

-Dime que tuviste que ver en todo esto. –Se queda callado, evidentemente nervioso.

-Perdón, Katniss. Lo arruiné todo. Lo siento tanto. Fui un idiota. No debí cometer esa estupidez. Es que estaba tan molesto…

-Ya suéltalo. ¿tú lanzaste la flecha?

-¿Lo viste? –Peeta parece sorprendido.

-La flecha estaba en la mesa, al lado de cerdo.

-Estaba enojado. Porque casi el noventa y cinco por ciento de Vigilantes me ignoró y para llamar su atención fui al puesto de arquería y le lancé una flecha al cerdo que era lo más importante para todos en apariencia. Lo hice por ti, porque no quería que te ignoraran también. Incluso antes de irme se los advertí. Quería hacerlos reaccionar. No herí a nadie, pero siento que eché todo a perder para nosotros. Ahora me pondrán un puntaje bajo por haberlos desafiado y… lo lamento, Katniss. No pensé en las consecuencias hasta que crucé la puerta de salida.

No creí que Peeta fuera capaz. Él se caracteriza por ser más pacífico. Los nervios, la furia y la tensión hicieron que actuara por impulsivo. O tal vez fue porque se volvió más fuerte y determinado después de estar tantos años a mi lado.

-Yo hubiera hecho lo mismo que tú o peor. Creo que siempre fui una mala influencia para ti. –Me río intentando aliviar el ambiente.

Peeta sonríe y besa mis labios.

-La peor. –Me sigue la broma. –Al menos dime que sirvió de algo.

-No me ignoraron tanto como a ti.

-Está bien. Mientras tú hayas conseguido algo positivo como consecuencia de lo que hice, puedo estar feliz.

-¿Y tú? ¿Qué pasa si tu calificación es mala?

-Demostraré en la arena que soy el mejor. –Responde tranquilo. –Tal vez pueda parecer un enclenque como Johanna Mason y demostrar lo contrario en la arena. Tampoco sería mala estrategia.

-Si tú lo dices. –Digo poco convencida y con temor de que los Vigilantes tomen una medida contra él. – ¿Vamos a cenar? Nos deben estar esperando.

-Me debo bañar y cambiarme de ropa primero. Puedes esperarme, o ir sin mí.

-Te espero. Iremos juntos.

Peeta sonríe y salta por encima de mi cuerpo para salir del sillón. Besa mi frente y me murmura que no me preocupe, que no pasara nada. No estoy segura sobre creerle o no, pero trato de que mi rostro no demuestre mi debate interno. Desaparece y yo me quedo sola tapada con las mantas mirando las estrellas de un cielo despejado típico de mediados de verano.