CAPÍTULO 41: PREPARACIÓN
-PARTE III-
POV KATNISS
Aunque al principio ni me imagino por qué necesita Effie cuatro horas para enseñarnos algo, acabo aprovechando hasta el último minuto. Nos pide que nos vistamos como estaremos en la entrevista, a mí me pone un vestido largo y tacones altos y me explica cómo debo andar. Los zapatos son lo peor: nunca he llevado tacones y no me acostumbro a ir dando tumbos sobre la punta de los pies. Sin embargo, Effie corre por ahí con ellos las veinticuatro horas del día, y decido que, si ella es capaz de hacerlo, yo también.
El vestido me supone otro problema; no deja de enredarse en mis zapatos. Subo la tela del mismo y Effie cae sobre mí como un halcón para darme en la mano y gritar:
-¡No lo subas por encima del tobillo!
Peeta y Effie me sostienen muchas veces cuando me estoy a punto de caer. Él pide por mí un cambio de calzado y lo agradezco, esta vez la base del taco es más ancha y mantengo con más facilidad el equilibrio.
Cuando por fin domino los pies, todavía me queda la forma de sentarme, la postura (al parecer, tengo tendencia a agachar la cabeza), el contacto visual, los gestos de las manos y las sonrisas. En cambio, Peeta es mucho más grácil con los movimientos y mira de frente.
Como haremos la entrevista al mismo tiempo, nos indica que debemos hacer y que no. Debemos mostrarnos enamorados y felices de salir en televisión juntos.
Sonreír ya no consiste en sonreír sin más. Effie nos obliga a ensayar cien frases banales que empiezan con una sonrisa, se dicen sonriendo o terminan con una sonrisa. A la hora de la comida tenemos un tic nervioso en los músculos de las mejillas, de tanto estirarlos.
Mi humor de perros queda a la vista rápidamente. No estoy feliz con nada de esto y termino recurriendo al sarcasmo. Aunque Peeta no luce muy feliz que digamos, hace su mejor esfuerzo y como siempre resulta más simpático que yo. Él intenta ayudarme, pero no actúo bajo presión y ya tengo suficiente con Effie diciéndome que tengo que hacer.
-Bueno, he hecho lo que he podido –dice Effie, suspirando. –Recuerda una cosa, Katniss: tienes que conseguir gustarle al público.
-¿Crees que no le gustaré?
-No, si los miras con esa cara todo el tiempo. ¿Por qué no te lo reservas para el estadio? Es mejor que imagines que estás entre amigos.
-¡Están apostando cuánto tiempo duraré viva! ¡No son mis amigos!
-¡Pues fíngelo!
Después recupera la compostura y esboza una sonrisa de oreja a oreja.
-¿Ves? Así. Te sonrío aunque me estés exasperando.
-Sí, muy convincente. Voy a comer. –Digo de mala gana.
Nos hemos saltado el almuerzo por estar con Effie, tengo hambre y estoy iracunda.
Me quito los tacones de un par de patadas y salgo camino al comedor, subiéndome el vestido hasta los muslos, sólo para llevarle la contraria.
Peeta se disculpa con Effie por mí y me alcanza en el pasillo. Me sujeta de los hombros y yo lo enfrento.
-Katniss. Sé esto no es agradable para nadie, pero no tienes porque descargar tu furia en Effie. Ella solamente trata de ayudarnos.
Por un momento me molesta que la defienda, pero después pienso en todo lo que ella hizo por nosotros y suspiro.
-Tienes razón. Creo que me pasé. Es que no soporto todo esto y termino descargándome con las personas que no lo merecen.
Peeta me mira con sus ojos azules claros, tan hermosos y tranquilizadores, y me abraza.
-Te entiendo, amor. Yo también tengo ganas de cometer locuras a veces, pero debemos enfocarnos para hacer lo mejor para nosotros ¿no crees?
Acaricia mis mejillas.
-Debemos conseguir que el público nos ame. Es la única forma de protegernos. Trata de concentrarte en lo importante. Nuestro objetivo.
Nuestro objetivo es salvarnos el uno al otro, o morir juntos. Y para eso debo dejar de comportarme como una niña malhumorada y caprichosa.
Él besa mis labios unos segundos y yo le correspondo.
-Prométeme que lo intentarás. Ser agradable con todos.
-Lo haré… por ti.
Nos mantenemos abrazados un largo rato y después vamos al comedor, donde Haymitch nos espera. Decido que más tarde me voy a disculpar con Effie por haberla tratado mal.
Peeta y Haymitch parecen estar de buen humor, así que imagino que la sesión de contenido continuará bien, ahora que los tres nos hemos puesto de acuerdo en no discutir.
Después de la comida, Haymitch nos lleva al salón nuevamente, y cuando nos sentamos nos mira con el ceño fruncido.
-¿Y bien, Haymitch? –Pregunta Peeta.
-Me dieron la autorización para entrevistarlos juntos, el Capitolio estará encantado con este cambio. Así que empecemos. He estado conversando con todo el equipo, e incluso Caesar Flickerman, y he llegado a formular varias series de preguntas individuales y de ustedes como pareja. ¿Por cuales empezamos?
Haymitch busca su cuaderno con tapas de cuero en el maletín y después lo abre dejando a la vista decenas de anotaciones que ocupar muchas carillas. Al parecer Haymitch no ha descansado ni un segundo desde que nos separamos.
Las horas de tortura continúan. Sin embargo, Peeta me hizo reflexionar y no estoy tan molesta y cerrada como antes. Ahora me esfuerzo por parecer agradable y responder cada pregunta con la misma calma de mi esposo. Porque de la entrevista depende como nos vean y si nos ven negativamente tendremos todo en contra. No puedo arriesgar la vida del hombre que amo así. Cuando algo me desagrada, o no tengo respuesta es Peeta quien responde y entre medio pide mi opinión o mi versión de los hechos.
Finalmente, la sesión llega a su fin. Haymitch está satisfecho con el resultado, no del todo, pero cree que sabremos manejar la situación y eso viniendo de mí, ya es un paso grande. Sin embargo, el pilar claramente es mi esposo. Si yo cometo un error, él intentará enmendarlo o desviar la atención de inmediato para que no empeoren las cosas.
-Eso es todo. Les daré el cuaderno y ustedes podrán ir ensayando por su cuenta. Tal vez no logrará hacerles ni diez preguntas, pero vayan pensando en las respuestas que darán. Buen trabajo. Pueden tomarse un descanso hasta mañana.
Haymitch nos pasa el cuaderno de anotaciones y después se va dejándonos solos y considerando la idea de aprovechar las últimas horas que nos quedan hasta la cena.
-¿Qué haremos con el tiempo que nos queda? –Pregunta Peeta abrazándome desde atrás.
-El tejado. –Propongo.
-Buena idea.
Pedimos un montón de comida, cogemos algunas mantas, y vamos al tejado para un picnic. Un picnic en el jardín de flores con los tintineos de las campanillas del viento. Comemos. Nos tumbamos al sol. Arranco vinas colgantes y uso mi recientemente adquirido conocimiento del entrenamiento para practicar nudos y tejer redes.
Peeta me dibuja y yo admiro sus expresiones de concentración, su postura, la forma en que toma los lápices y como sus músculos se tensan al dibujar. Tiene unas hermosas pestañas rubias claras largas y onduladas que brillan con el sol, igual que sus pupilas que ahora mismo parecen zafiros. De vez en cuando desvía la mirada del papel y me observa en detalle sonriente y con amor destilando de su mirada. Él disfruta de este momento tanto como yo.
Nos inventamos un juego con el campo de fuerza que rodea el tejado―uno de nosotros le lanza una manzana y la otra persona tiene que cogerla.
Nadie nos molesta. Se siente como en los viejos tiempos cuando Peeta y yo íbamos a la pradera, el bosque, o la casa del lago.
Reímos, nos besamos, jugamos dándonos cosquillas. Pretendemos olvidar el hecho de que mañana será la entrevista televisada y dentro de dos días tal vez estemos muertos. Es nuestro último día de tranquilidad y debemos apartar cualquier pensamiento negativo.
Sonrío deseando quedarme con esta imagen de él, el último recuerdo al que me aferraré cuando me vaya de este mundo.
Hacia el final de la tarde, estoy tumbada con la cabeza en el regazo de Peeta, haciendo una corona de flores mientras el juguetea con mi pelo, alegando que está practicando sus nudos. Le sonrío tiernamente ante su excusa. Él siempre fue así, tierno y delicado conmigo. Siempre me dejo saber que me amaba y adoraba a todos los niveles.
Después de un rato, sus manos se quedan quietas.
-¿Qué? –Pregunto.
-Desearía poder congelar este momento, justo aquí, justo ahora, y vivir en él para siempre.
-Vale.
Puedo oír la sonrisa en su voz.
-Entonces ¿lo permitirás?
-Lo permitiré.
Se inclina y me besa.
-Voy a extrañar estos momentos.
-También yo. Aunque no quiero pensar en el futuro, estaremos juntos hasta el final ¿no?
Peeta sonríe.
-Por siempre y para siempre.
-Con eso me basta. Mantenernos unidos donde sea que vayamos es lo único que deseo.
Se recuesta a mi lado y yo me acurruco en su pecho cálido y firme, con sus brazos rodeándome, Peeta es capaz de hacerme sentir protegida y amada hasta en las peores épocas. Besa mi coronilla y suspiro.
-Moriremos o viviremos juntos. Eso es lo que harían dos personas que se aman.
-Como Romeo y Julieta. –Respondo.
Leímos ese libro por curiosidad hace dos días, lo encontramos en la biblioteca de la sala de estar en nueva habitación. La biblioteca estaba repleta de libros, sin embargo, como el Agente de Paz lo mencionó en tren, quisimos saber de que trataba. Era como si estuviera escrito para nosotros, nos amamos pero nuestro amor no era bien visto por todos y tuvimos que sortear muchos obstáculos, y ahora que estamos siendo condenados a la muerte, lo único en lo que pensamos es en protegernos y que estamos dispuestos a renunciar a nuestras propias vidas por amor. Puedo entender a que se refería Zeke cuando nos comparaba con los personajes de esa trágica historia, la diferencia es que nuestro romance fue mucho más largo y no tan fugaz como el de ellos, las circunstancias son mucho más desoladoras. Es más difícil luchar contra el Capitolio, que contra un par de familias enemistadas.
-Como nosotros.
Sus dedos vuelven a mi pelo y me adormilo después de varios minutos, pero él me despierta para ver el atardecer. Es de un brillo amarillo y naranja espectacular, detrás del horizonte del Capitolio.
-No creí que quisieras perdértelo.
-Gracias. –Digo. Porque puedo contar con los dedos el numero de atardeceres que me quedan, y no quiero perderme ninguno. –Tu color favorito.
A Peeta le encantan los atardeceres, siempre que íbamos al bosque, o la pradera nos quedábamos para contemplarlo si la hora lo permitía. Él gira la cabeza en mi dirección y me sonríe. Me siento en su regazo, me rodea la cintura y apoya su mentón en mi hombro. No hacemos nada más que abrazarnos y contemplar el cielo mientras oscurece y se da inicio a la noche.
No bajamos para reunirnos con los demás para la cena, y nadie sube a llamarnos.
Vamos a nuestra habitación tomados de la mano, y cuando Peeta cierra la puerta, nuestros labios se buscan desesperadamente, uniéndose el mejor beso que podemos darnos en este momento.
Muy pronto nuestra ropa empieza a sobrar y nos deshacemos de ella. No podría decir con exactitud cuánto demoramos llegar a la cama, pero no debe ser mucho teniendo en cuenta nuestra urgencia.
Peeta se dedica a besarme y adorar con sus manos cada sector de mi cuerpo y yo sólo me dejo llevar haciendo lo mismo que él cuando me deja camino libre. Sus labios, sus mejillas, su cuello, sus hombros, su pecho que ahora parece estar hirviendo, su torso, su estomago, sus manos, sus piernas, hasta las puntas de sus pies.
Nos alimentamos de cada gemido, cumplido, te amo, susurro de nuestros nombres, o suplica. Estamos solos en nuestra habitación amándonos y nada más importa nosotros en nuestra propia burbuja, porque sabemos que una vez que estemos en la arena ya no podremos disfrutar de estos momentos de absoluta unión y amor. Porque sería muy incomodo, muy íntimo y por respeto a nuestras familias. También porque no creo que tengamos momentos de serenidad, estaremos con miles ojos sobre nuestras cabezas y veintidós tributos dispuestos a acabar con nosotros para sobrevivir. Nuestras prioridades estarán muy lejos del romance posiblemente.
Mientras estamos besándonos solamente consigo pensar en lo mucho que nos amamos y como lo demostramos con cada cosa que sucede en nuestras vidas.
Cuando Peeta está entrando en mí, lo hace despacio queriendo perpetuar el momento para toda la eternidad. Deja mis labios en paz y sin apartar su mirada de la mía murmura:
-Te amo, Katniss Camille Mellark. Y te amaré por siempre.
-Te amo, Peeta Ian Mellark. Y te amaré por siempre.
Nuestros labios vuelven a juntarse, pero nuestros ojos no se cierran. No queremos desperdiciar ni un segundo de la vista que nos ofrecemos el uno del otro.
Nos fusionamos en un sólo ser indivisible y a pesar de la urgencia inicial que teníamos al entrar en la habitación, nos lo tomamos con calma como si fuera nuestra primera vez.
-Eres perfecta. –Murmura en mi oído, moviéndose dentro de mí y conseguimos entrar en ritmo entra y sale sin previo aviso. –Eres lo más importante que tengo en esta vida. No lo olvides.
Me aferro a sus hombros mientras beso su mentón, me cuesta hablar sintiendo tantas cosas.
-Y tú no olvides que siempre fuiste y serás todo para mí. Mi esperanza y mi amor.
-Tu esperanza y tu amor. –Peeta sonríe. –Tú también eres eso para mí y nada podrá cambiarlo.
Llegamos al clímax en forma conjunta la primera vez y hacemos el amor tantas veces esa noche como nuestras fuerzas nos lo permiten. Desde que Haymitch insinúo el embarazo, nos cuidamos. Peeta se pone protección, o yo tomo una pastilla anticonceptiva que se deshace en mi boca justo antes de tener relaciones.
A veces creo que eso no hará diferencia, teniendo en cuenta lo irresponsables que fuimos por varios días. Si estaba en mis días fértiles o no, lo ignoro, pero tal vez si sigo viva dentro de unas semanas descubra que estoy embarazada, y aunque lo estuviera, eso no cambiaría ningún plan. Peeta siempre supo sobre mi miedo de ser madre y sabe que no puedo estar sin él.
¿Se habrá resignado a la idea de viva, o sólo está actuando haciéndome creer que acepta mi muerte? Si piensa igual que yo, todavía no se resigna y de hecho seguirá luchando en la arena por salvarme.
-Buenas noches, Peeta.
-Buenas noches, Katniss. Intenta descansar bien, princesa.
-Igual tú.
Nos quedamos dormidos entre los brazos del otro sabiendo que mañana será un día lleno de emociones negativas y estrés. Tal vez este día será el último feliz y tranquilo que tengamos, porque cuando llegue la noche, sólo pensaremos en las horas que nos faltan para ir a nuestra propia tumba…
La arena.
