Diezmo de Sangre


Capítulo 10

En el punto de mira


Año 857, verano.

Distrito de Shiganshina, al sur del Muro María.

-¡Jean!- gritó una mujer desde la cocina removiendo continuamente con una cuchara el líquido de color marrón que había en la olla puesta al fuego. -¡Jeanbo!- voceó aún más fuerte hasta que finalmente su hijo de unos 13 años apareció por las escaleras del segundo piso.

-¿Qué es lo que quieres?- preguntó desganado, odiaba profundamente que usara aquel nombre para llamarlo. Si alguna vez escuchaba a alguien que no fuera de su familia llamarlo así, se enfadaría y se moriría de vergüenza al instante.

-¡Oh, querido hijo!- la mujer bajita y regordeta llevaba el pelo castaño recogido en un moño alto. La falda ancha que llevaba ondeó cuando se acercó con rapidez hasta su hijo y le plantó unos cuantos besos en las mejillas. –Qué guapo estás- dijo sin causar ninguna sonrisa en él. Jean se peinó el pelo con la palma de la mano y después con la manga de la camiseta se limpió los restos de babas que le había dejado su madre en la cara. Luego, solo le quedó esperar a que su madre le dijera de una vez por todas la razón por la que lo había llamado. -¿podrías ir al mercado a por algunas cebollas?- pidió amablemente.

Él se dio media vuelta volviendo a su habitación para calzarse. Sabía de antemano que le pediría algo parecido. Todos los domingos lo hacía. Por alguna razón, siempre le faltaba un ingrediente cuando llegaba el último día de la semana y entonces era él quien debía salir a comprarlo. Tiempo atrás comenzó a sospechar que su madre lo hacía a posta para que saliera a la calle, después de todo, siempre se quejaba de que jugaba poco con sus amigos. Pero él no necesitaba forzarse a hacerlo.

Cuando volvió a bajar preparado le tendió algo de dinero y unas monedas extra. –Toma, ¿por qué no le pides a Marco que te acompañe? Después podríais compraros algo, invítale con esto.- y ahí estaba, la verdadera razón por la que quería que saliera aquella mañana al mercado. Quería que pasara el día acompañado de su único amigo.

Con una mueca de desagrado cerró el puño de su mano dejando el dinero en el bolsillo de su pantalón y salió a la calle. Aunque quisiera quedar con Marco, tampoco podría hacerlo, según le había dicho, aquella semana la pasaría visitando a unos familiares en el interior del Muro María. Pero de todas formas, prefirió no decirle nada a su madre. Así, los dos ganarían, ella no se preocuparía por él y lo dejaría tranquilo toda la mañana.

Bajó las dos cuestas de su barrio sin reparar en la gente a su alrededor, aunque no pudo evitar fijarse en una persona que nunca antes había visto por aquella zona: Una muchacha de aproximadamente su edad con el cabello negro azabache y ropa ligera. Estaba sentada en unas escaleras de piedra que llevaban hasta unas casas más arriba. Sus piernas colgaban mientras jugaba con su pelo largo y miraba hacia el cielo como si hubiera tenido la suerte de presenciar el espectáculo más bonito del mundo entero.

Jean no quiso dedicarle más tiempo del necesario, así que la dejó atrás dirigiéndose al mercado en busca de las dichosas cebollas. Cuando alcanzó el puestecillo esperó a que llegara su turno para pedirlas. La mujer que la atendió fue realmente amable pero él, en cambio, no podía evitar ser algo seco con la gente, formaba parte de su personalidad. No le agradaba mucho entablar conversaciones con otras personas.

Después, pensó en qué podría gastar el dinero que le sobraba. Estaban en pleno verano y el sol, a lo alto del cielo pegaba con ganas. Sintió que si permanecía demasiado tiempo bajo él la cabeza podría derretírsele, por eso mismo, se decantó por unos dulces típicos del distrito. Eran una especie de helados cremosos y fresquitos con sabores a frutas. No tardó en encontrar el puesto cerca de la plaza y tampoco le extrañó que estuviera abarrotado de niños, todos adoraban aquellos dulces.

-Dime, pequeño, ¿qué te pongo?- preguntó el hombre con una gran sonrisa y un pequeño cuenco de madera en la mano.

-Hoy me apetece uno de frambuesa- dijo serio. El hombre se apresuró a coger con una enorme cuchara un buen pegote del helado cremoso y lo echó en el cuenco que tenía preparado. Después se lo tendió a Jean a cambio del dinero.

Jean sintió que salir aquella mañana había merecido la pena con tal de probar semejante delicia, era una lástima que esos puestos no abrieran todos los días. Solo lo había encontrado allí los fines de semana. Regresó por el camino que había tomado en primer lugar, se inventaría alguna excusa si su madre le insistía en que había vuelto demasiado pronto y después, volvería a su cuaderno de bocetos para seguir dibujando con carboncillo.

A pocas calles de su hogar automáticamente giró la cabeza acordándose de la niña que había visto antes. Tal y como esperaba ya no se encontraba allí. A primera vista le pareció realmente rara, quizás le convenía no acercarse mucho a gente como ella. Con ese pensamiento en la cabeza siguió andando mientras hundía una nueva cucharada en el cuenco.

-¿Me buscabas?- escuchó una voz tras él. En un principió pensó que no era a él a quien se dirigía pero tras darse cuenta de que no había nadie más cerca suyo se giró sorprendido. Efectivamente, era la niña de antes.

Terminó de chupar la cuchara para contestarle -¿pero qué dices? ¿Quién querría buscar a alguien como tú?- dijo sin pensarlo dos veces pero sin arrepentirse de sus palabras. Pensó que quizás se ofendería y se largaría de allí, pero en vez de eso se acercó un poco más a él con una sonrisa entre dulce y traviesa.

-¿Eso crees? ¿O es que acaso me temes y por eso no quieres acercarte a mi?- le picó. Lo único que le transmitió con aquellas palabras a Jean fue la intención de retarle. Y él no era de los que se negaban a luchar con otros y mucho menos de los que perdían.

-¿Temerte? Solo eres una niña debilucha y desaliñada- la juzgó cruzándose de brazos ante ella. A causa de eso se había olvidado de su recién comprado helado, así que cuando recordó que aún lo tenía en sus manos se llevó una nueva cucharada a la boca.

-Vale, entonces no te importará competir con esta niña tan débil y floja- lo retó directamente posando su mirada en el helado que estaba comiendo.

-Claro que no, aunque no me gusta pegar a las chicas. Pero te ganaré sin hacerte daño- le contestó con una sonrisa arrogante.

-Está bien, si te gano yo, quiero una recompensa- pidió sin cortarse un pelo. Jean la miró sorprendido. ¿Por qué tendría él que recompensarla si perdía? además, no había nada que pudiera ofrecerle y mucho menos que ella pudiera darle a él de premio cuando ganara. La niña pareció leerle la mente y siguió hablando. –si me ganas, me iré y no volveré a molestarte jamás, además me disculparé de rodillas por haberte llamado cobarde.- Jean sintió como nuevamente una sonrisa se formaba en su cara. Por algún motivo que lo alabaran o le reconocieran su valentía y fuerza lo hacía sentir bien. Así que aceptó su propuesta.

-Y si ganas tu ¿qué?- dijo aunque en realidad dudaba mucho que eso ocurriera pero quería saber las consecuencias.

-Si gano yo me darás tu helado- pidió sin cambiar de expresión, aunque se había llevado las manos tímidamente a la espalda. Jean al principio se negó rotundamente. No quería apostar su helado. Pero después con algunas palabras de la niña acabó convenciéndose. Ella estaba en lo cierto, si tan seguro estaba de que podía ganarle no debía temer perder su helado.

-De acuerdo.- dejó de lado el helado apoyando el cuenco en las escaleras donde unas horas antes ella había estado sentada contemplando el cielo. –El primero que caiga al suelo pierde.- dijo en voz alta. Ella asintió adoptando una posa un poco rara. Querría intimidarlo con aquello pero no surtió ningún efecto en él. Ya se había enfrentado antes a otros niños de su colegio, a los más fuertes, y hacía tiempo que nadie le ganaba.

Cogió impulso corriendo hasta ella, la agarraría de la cintura pasando a su lado y después le haría perder el equilibrio logrando que cayera al suelo. Aunque intentaría hacerlo un poco más suave, no solo porque creyera que las chicas eran más débiles, sino porque aquella muchacha le daba la sensación de que se quebraría por la mitad con un fuerte golpe. Además, llevaba un vestido fino y no quería causarle heridas. Su pequeño despiste pensando en su ropa y su piel de porcelana con algunas cicatrices le impidió reaccionar en el momento exacto. Por lo que no divisó con anterioridad las intenciones que tuvo la niña. Se echó a un lado evitando su amarre y estiró la pierna provocando que se tropezara para segundos después aterrizar en el suelo.

Jean se dio la vuelta todavía sentando en el suelo observándola como si se tratara de algún espécimen raro que nunca antes había visto. ¿Cómo había podido ganarle? Una chiquilla enclenque y sucia… no lo entendía. La pequeña se acercó a él con rostro calmado tendiéndole una mano para ayudarlo a levantarse pero se negó y se puso en pie solo.

-La fuerza bruta no lo es todo- le aconsejó cuando pasó por al lado suyo. -además, te has desconcentrado justo en el momento clave de tu golpe- continuó sacándole un leve sonrojo al hacerle recordar lo que se le había pasado por la cabeza en aquel instante tan importante.

-Ahí tienes tu premio- dijo guardándose las manos en los bolsillos mientras se marchaba en dirección a casa. A aquellas alturas se le había quitado el apetito y solo quería marcharse cuanto antes y no volver a encontrarse con ella.

La niña se apresuró a recoger el cuenco del suelo y probar con ganas el helado cremoso de color rosa, tal y como había imaginado estaba delicioso. -¡muchas gracias!- gritó a lo lejos para que él pudiera escucharla. Pero no quiso girarse para mirarla a la cara.

Sin embargo, por muchas ganas que tuviera de olvidar aquel incidente, mucho se temía que en los siguientes días no podría pensar en otra cosa. Y para su desgracia, aunque los años pasaran seguiría recordando la perfección de su piel blanca y lisa en contraste con su melena y sus ojos oscuros.


Año 856, primavera.

Distrito de Shiganshina, al sur del Muro María.

No supo muy bien a donde debía poner rumbo, lo primero que tuvo en mente era llevarla hasta su propia casa, a su madre seguramente no le importaría darle algún que otro cuidado, pero tampoco quería causarle molestias. De momento, lo único que podía hacer era recordar las indicaciones que Armin le había dado. Ni siquiera él conocía con exactitud el lugar en el que vivía Mikasa pero si la zona en la que se encontraba su casa. Por eso, lo único que podía hacer era dirigirse a esa zona hasta que ella recuperara la consciencia para darle indicaciones.

Sintió que de alguna manera la suerte le sonreía un poco cuando notó que el cuerpo de la joven, aún encogido en sus brazos, se agitaba un poco. ¿Tenía frío? las gotas de agua frías sobre su cuerpo debían haberla despertado, así que después de todo quizás no se encontrara en un estado tan crítico. En parte agradeció que fuera tan fuerte físicamente porque al cargar con ella avanzaba realmente despacio y perdían mucho tiempo. Además, el agua que caía sobre ellos con fuerza no ayudaba en absoluto.

Eren decidió detenerse unos instantes en una esquina del callejón para descansar unos segundos. Puso su cuerpo junto al de él sujetando su cabeza con cuidado para que no se golpeara con nada y revisó que el vendaje improvisado que le había atado en el hombro seguía haciéndole presión. Mikasa hizo una pequeña mueca de dolor cuando los hombros de ambos se juntaron, lo que le llamó bastante la atención a él. Quizás aquella sería la primera y la última vez en la que podría contemplar esa expresión en ella.

Entonces, se detuvo sin querer en su rostro mojado por el que las gotas de agua resbalaban y jugaban como si de un parque de atracciones se tratase. Aquella joven, aparentemente indefensa, había acabado con la vida de varias personas, probablemente muchas más de las que imaginaba. Y sin embargo, en aquel momento estaba tan vulnerable que si decidiera abandonarla le costaría salir de aquella por sí misma. Volvió a detenerse, esta vez, en una pequeña y casi invisible cicatriz bajo su labio inferior. También sintió curiosidad por sus largas pestañas con pequeñas gotas acumuladas en ellas, y después… en sus labios que aún tenían restos de pintalabios rojo.

En ese momento, la joven entre sus brazos trató de abrir uno de sus ojos a causa de sus insistencias por despertarla. Por un momento su ojo se puso en blanco hasta que unos segundos después consiguió fijar la mirada en su pecho. Miró hacia arriba viendo quien la sujetaba entre sus brazos. Aunque le costó, pudo notar el agua fría del suelo bajo su cuerpo y también que se encontraban en el suelo.

-¿Qué es lo que haces?- preguntó extrañada al estar tan cerca de él. Intentó apartarse con brusquedad haciéndose daño en el proceso. Eren se alarmó un poco por su gritillo de dolor.

-Todo esto es por tu culpa- dijo él reprochándoselo y ayudándola a sentarse de nuevo entre sus brazos. Aunque no le gustara verse en aquella situación estaba herida y no era capaz de cuidarse por sí sola así que no le quedaba más remedio que dejarse ayudar por él. Aprovechando que había despertado, Eren volvió a cogerla en brazos pero, asombrosamente, ella trató de zafarse de nuevo sin lograrlo. -¿quieres dejarlo ya? deberías agradecérmelo. Ni siquiera entiendo por qué estoy haciendo esto- admitió en voz alta.

-No te he pedido ayuda y tampoco la quiero- contestó ella volviendo a presionarse la herida advirtiendo que había dejado de sangrar bastante. Eren comenzó a andar otra vez sin hacer caso de sus palabras.

-Cierto. Sin embargo y por desgracia, la necesitas.- aclaró. Sus palabras consiguieron que dejara de quejarse, por muy desconforme que estuviera se mantuvo callada hasta que pasó media hora más y también colaboró guiándolo hasta donde estaba su casa. –un par de calles a la derecha.

-¿Qué?- preguntó confuso por su repentina intervención. Al tiempo que seguía las indicaciones comprendió lo que quería decir.

Ciertamente, no conocía del todo aquella zona del distrito o al menos no creía haber estado allí antes. Las casas eran mucho más bajas que en el interior y en la lejanía se encontraban los campos de arroz. Posiblemente fuera una de las zonas más rústicas y pobres de Shiganshina.

Al llegar a la última cabaña de la segunda fila lo hizo detenerse con un tirón en su camisa.

-Es aquí.- comentó. Eren se detuvo en seco observándola, le costaba creer que aquella casa pequeña y de unos quince metros cuadrados fuera su hogar. Las tablas de madera de la pared estaban llenas de agujeros grandes aunque no podía verse el interior y la única ventana que tenía permanecía tapada con un trapo colgado desde el interior. Al menos, esperaba que el techo estuviera bien tapado, sino no solo se mojarían, sino que correrían el riesgo de que se les derrumbara encima. –Tienes que dar un golpe seco cerca de los anclajes de la puerta para abrirla.- la miró curioso y ella apartó la vista incómoda al contarle aquellas cosas que nadie a parte de ella debía saber. –está atascada.

Hizo lo dicho y a la segunda consiguió abrirla para entrar dentro. A pesar de dar la sensación de llevar unos cuantos días cerrada no olía fuerte dentro, y un aroma a lavanda le hizo fijarse en las flores secas que había sobre la pequeña mesa. La casita estaba compuesta por una única habitación con una cama y un sillón y otro cuartito en el interior. Una mesa baja en el centro, algún mueble, una chimenea y varias herramientas de cocina. El cuarto pequeño que pudo ver al fondo debía ser el aseo.

-Ya puedes irte- trató de echarlo de allí pero Eren no la soltó hasta dejarla sobre la cama. Aunque en un principio dudó si hacerlo ya que ambos estaban empapados y con aquello mojaría las sábanas. Mikasa se levantó con cuidado, y aunque Eren hizo ademán de ayudarla ella lo detuvo pidiéndole que se diera la vuelta. Escuchó como el vestido mojado caía al suelo y se puso nervioso al imaginarse la escena, entonces su hilillo de voz lo sorprendió.

-Pásame una muda limpia del cajón que tienes a mano derecha- le pidió. Eren se acercó hasta el lugar para alcanzar unos pantalones desgastados y una camiseta ancha y después se dio la vuelta con cuidado de no ver nada. No quería ni imaginarse la paliza que podría darle si se atrevía a espiar o algo por el estilo. Sin embargo, divisó algo de piel desnuda y fría de su espalda cuando le tendió la ropa.

Mikasa entonces se metió con cuidado en la cama y se arropó hasta el cuello tras indicarle que ya podía dejar de permanecer de aquella manera.

-Puedes cambiarte tú también. Seguro que hay algo de tu talla- Eren asintió sin estar demasiado seguro pero no quería resfriarse por algo tan tonto como caminar bajo la lluvia, así que aceptó la amabilidad de ella. También encendió fuego en la chimenea para calentar la casa y poner sus ropas mojadas cerca, con suerte se secarían y podría volver a ponérsela.

Después de aquello, a pesar de que Mikasa lo amenazó varias veces con hacerle algo terrible, no quiso irse sin tratar de forma superficial sus heridas. Ella le permitió ayudarla a sacar con cuidado el brazo de la manga mientras se cubría el pecho con las mantas. Eren tardó más de lo esperado en limpiar su herida ya que era bastante profunda y ella estaba tan agotada que no hacía muchos esfuerzos. Alterminar la obligó a tumbarse en la cama apartando de ella la navaja que tanto se empeñaba en sostener, sabía que jugaba con fuego al hacer ese tipo de cosas y ni siquiera quería pensar en lo que aguantaría su paciencia. Pero a aquellas alturas dudaba que fuera a hacerle algo.

Por último, decidió calentar un poco de agua a sabiendas de que Mikasa le estaba taladrando la nuca con la mirada desde el colchón. Echó algunas verduras ricas en vitaminas para darle algo de sabor y también molió unas plantas medicinales que encontró entre los estantes. Su padre le enseñó algo sobre ciertas plantas con propiedades medicinales y desde entonces, nunca olvidó sus palabras. Eren sabía que aunque Mikasa no se quejara voluntariamente ni una sola vez de su estado pasaría varias noches terribles a causa del estado en el que se encontraba su cuerpo y con aquello que le daría de comer al menos lograría relajar su cuerpo para que pudiera quedarse dormida. Le daba la sensación de que no querría pegar ojo hasta que él se largara de allí, como si sintiera desconfianza. Una vez preparada la comida esperaba que no se diera cuenta del ingrediente que le había añadido.

Mikasa agarró con fuerza el cuenco y bebió de él sin rechistar. Cuando estuvo a punto de terminarlo volvió la vista hacia Eren, quien parecía concentrado en las llamas de la chimenea recordando algunas cuantas palabras más de Grisha Jaeger. Con todo aquello lío de las muertes y los delincuentes que no les daban ni un respiro se había olvidado completamente de uno de sus objetivos principales. Y también de una de las razones por las que quiso incorporarse a la Legión de Reconocimiento.

-Oye.- llamó su atención con éxito asustándolo un poco. –quiero que olvides este lugar. Como alguna vez te vea por aquí o le cuentes a alguien donde vivo te mataré sin dudarlo.- lo amenazó ella. Esta vez con total seriedad. Eren sonrió lentamente. Por mucho que tuviera esa actitud y formara parte de ella le recordaba a los gatos callejeros; fieros, fuertes y autosuficientes pero también podían llegar a ser muy tiernos.

-En cuanto recoja todo me iré.- afirmó.

Mikasa dejó el cuenco en el suelo junto a la cama y se recostó entre las sábanas tapándose hasta el cuello y dándole la espalda a Eren. En pocos minutos dormía profundamente.

Eren volvió a calzarse sus zapatos que ya estaban algo más secos, al igual que la chaqueta. El resto de ropa seguía un poco húmeda pero no le resultó desagradable ponérsela. Luego recogió todo lo que había usado para cocinar, la muda limpia que se había puesto y ordenó la sala. Por último, se quedó mirando con curiosidad a la joven que estaba acurrucada y hecha un ovillo.

Sin percatarse se acercó hasta ella, aún arriesgándose a llevarse un buen puñetazo por no largarse de allí. Su rostro cambiaba completamente mientras dormía. Se mostraba pacífica y en calma, incapaz de hacer frente a otra persona y mucho menos de matar a sujetos que le doblaban el tamaño. Era un verdadero monstruo camuflado en un cuerpo aparentemente delicado.

Se alejó tratando de no darle más vueltas, era momento de regresar a casa y al día siguiente se acercaría al cuartel para dar parte de todo. Sin embargo, no podía dejar de intentar buscar una razón de peso por la que la hubiera ayudado hasta el punto de ir en contra de sus convicciones. Quería demostrarle que sus actos no eran correctos pero él mismo acababa de matar por primera vez a un hombre aquella noche. Entonces le aterró pensar en la respuesta de si realmente su intención había sido pararle los pies al delincuente o si su único motivo para hacer lo que hizo había sido la preocupación que sentía hacia la chica.


Su madre se volvió un poco insoportable cuando llegó a casa con la ropa llena de sangre, barro y calado nuevamente hasta los huesos. Tuvo que explicarle tres veces lo mismo hasta conseguir que entrara en razón y lo escuchara. Por suerte, a excepción de algunos raspones en los codos y el entumecimiento en los músculos de los brazos por cargar con ella tanto tiempo, no tenía ninguna herida.

Consiguió que Carla se fuera a dormir tranquila las cinco horas que le quedaban antes de entrar a trabajar y él optó por darse un baño rápido después de dejar en el cesto la ropa sucia. No permitiría que fuera su madre quien la limpiara, lo haría el mismo cuando hubiera descansado, eso sí, después de hacer una visita al cuartel por la tarde.

Se lavó y frotó con fuerza deshaciéndose de la sangre seca y la suciedad en su piel, después, se secó y se metió en la cama tratando de conciliar el sueño sin pensar en todo lo ocurrido hacía unas horas.


Le costó horrores levantarse, las agujetas en sus brazos parecían haber ido a peor pero aún así supo que no le quedaba más remedio que aparecer por el cuartel. De pronto, recordó que se fue sin pedir permiso al capitán y se estremeció al pensar lo enfadado que podía estar por aquello. Seguro que se había ganado una buena bronca y como mínimo una suspensión temporal, además, ambos delincuentes estaban muertos. ¿Qué habría sucedido con el equipo del capitán después de abandonar aquella casa? También le asustaba la posibilidad de que Armin pudiera salir perjudicado con sus acciones.

Hasta que no fuera allí en persona no tendría oportunidad de saber lo ocurrido. Pero desgraciadamente, se encontró con un alboroto difícil de controlar: Soldados de la Policía Militar estaban allí dentro con cara de no haber dormido en horas y con ganas de montar bulla.

-No tenéis autorización para detener a personas que residen fuera de Shiganshina- habló el que parecía ser el comandante de la Policía Militar. Eren se coló allí dentro entre los espectadores para ver a quien hablaba y se encontró con la mirada punzante y envenenada del capitán Levi. –sabéis perfectamente que vuestras acciones de anoche fueron ilegales y para colmo, dos personas han muerto.

De nada serviría defenderse diciendo que eran delincuentes peligrosos pertenecientes a la banda que tanto tiempo habían estado buscando. Levi sabía cómo tratar con gente como aquel comandante, les gustaba la palabrería y sentirse superior al resto, como a la mayoría de la Policía Militar. Dejaría que se quedara a gusto con su discurso y después se largaría por donde había venido. Al fin y al cabo, con su presencia allí solo le afirmaba que efectivamente, tal y como pensaban, el cuerpo militar encargado de las ciudades interiores estaba totalmente podrido al tener a soldados como él al mando. Quienes preferían antes un manojo de billetes que detener a personas que alteraban el bienestar y la seguridad de la población.

-¿Me estás escuchando?- insistió al ver que el capitán había girado la cabeza asqueado de prestarle atención. Entonces, sonrió nervioso preparado para dar más órdenes a sus hombres. –chicos, coged a los detenidos, volvemos al interior del Muro María- dijo alto y claro para que todos los allí presentes lo escucharan. Adoraba mostrar su poder e influencia y ver como Levi no podía hacer nada para evitarlo. Era realmente satisfactorio.

En unos pocos minutos más, los hombres que habían atrapado la noche anterior y que pertenecían a la banda que tanto tiempo habían perseguido se encontraban en manos de la Policía Militar y se dirigían hacia la ciudad interior.

Levi permaneció en su sitio hasta que el comandante se marchó y dirigió miradas asesinas a todos los que estaban allí para indicándoles que se dispersaran y volvieran a centrarse en sus asuntos, hasta que de reojo reconoció a Eren en una esquina.

-Eren, a mi despacho- ordenó entre todo el ruido. Él al escuchar su nombre se tensó pero lo siguió con paso firme hasta la pequeña sala impecable y ordenada.

-Capitán, yo…- empezó a hablar nervioso pero su mirada le obligó a callarse de inmediato pidiéndole que solo respondiera cuando él le formulara alguna pregunta.

-¿Qué ocurrió con los dos sospechosos?- preguntó directamente sobresaltándolo. Se imaginaba que le diría algo parecido.

-Uno de ellos estaba muerto y el otro… yo… fue un accidente- terminó diciendo con la cabeza gacha y sin atreverse a mirar al capitán directamente a los ojos. Escuchó como carraspeaba un poco para volver a hablarle.

-¿Acaso te arrepientes?- esta pregunta si que lo sorprendió, ¿arrepentirse? por supuesto que prefería no haberse dejado llevar por la rabia y no haber matado a aquel hombre. Pero la pregunta ocultaba otro significado diferente que no lograba ver. Pensó unos instantes antes de responder. Su intención fue capturarlo en primer lugar pero dadas las circunstancias hizo lo que hizo y fue por voluntad propia aunque lo quisiera llamar "accidente". Sin embargo, si no hubiera ido hasta allí no habría llegado a tiempo de salvar a la otra persona involucrada. Era eso lo que tenía que evaluar. ¿Se arrepentía de haber ayudado a Mikasa?.

-No, no me arrepiento- dijo finalmente poniéndose nervioso por el silencio que acompañó a sus palabras justo después. Entonces, el capitán se apoyó sobre la mesa con la vista fija en él.

-Eso era lo que quería saber. –admitió. Le dio la sensación de que su respuesta de alguna manera había dado en el clavo. –Eren, anoche hiciste un buen trabajo. Espero que lograras lo que fuera que quisieras conseguir al seguirnos a escondidas. Pero esto ya no es un juego. –se echó hacia atrás apoyando la espalda en el sillón oscuro. –acabas de observar con tus propios ojos la tensión que hay entre los dos cuerpos militares. Esta última misión ha captado en especial su atención y ya no podemos permitirnos cometer ni el más mínimo error. Por eso, esta vez acatarás las órdenes y no intentarás involucrarte en ninguna misión en la que no se te haya reclutado.

Eren se removió en su asiento incómodo, las advertencias que le había dado eran claras pero aquello le llevaba a pensar que se traía algo nuevo entre manos. Algo grande, aún más que la última misión y por desgracia él quedaría lejos de aquello. Asintió con la cabeza dándole su palabra. Después, el capitán le dejó marchar. Todos los sospechosos que tenían detenidos ya no estaban a su alcance, por lo que no podrían sonsacarles ninguna información.


-Me acabo de enterar, ¡enhorabuena!- le dijo Connie tomando asiento al lado suyo y ofreciéndole una cerveza fresca. Reiner también los acompañaba aquella noche.

-No creo que sea algo por lo que felicitarme- le reprochó con el ceño fruncido sabiendo que a aquellas alturas la mayoría sabría que había participado en la misión secreta del capitán, aunque dudaba que supieran como había logrado involucrarse.

-¿En serio? Yo creo que es importante celebrar que el capitán Levi no te cortara la lengua por tratar de seguirlos como un sucio espía.- rió a carcajada limpia aliviando la tensión que tenía Eren.

Durante largo rato no pararon de hacer diversas preguntas y comentó con ellos lo que había vivido, aunque únicamente las cosas más básicas como en qué había consistido la misión. Después pasaron a hablar de La Legión de Reconocimiento y La Policía Militar quienes parecían pasar por uno de sus peores momentos.

-¡Aún así tienen la cara de aparecer por aquí!- hasta entonces no se habían percatado de que varios soldados de la policía militar se encontraban en la barra tomando algo y comenzaban a hablar bastante más alto de lo normal, como si hablara de ellos.

Los tres les prestaron atención en especial por el tono burlesco que estaba empleando Jean Kirschtein. Eren confirmó que efectivamente se estaba dirigiendo a ellos cuando notó su arrogante y altanera mirada en dirección a su mesa.

-Pero lo peor de todo es que colaboran con esa asesina y después se lavaron las manos como si nada- sonrió abiertamente provocando carcajadas en sus compañeros, unos muy diferentes a los que lo acompañaban la última vez que lo vieron. Por sus uniformes parecían ser de rango superior a él. –A este paso acabará muerta más gente de la que consiguen salvar- provocó otra gran ronda de carcajadas.

Eren trató de aguantar sus comentarios centrándose en otras cosas pero sus palabras llenas de veneno cortaban toda conversación dentro del local. Cuando se dispuso a abrir de nuevo la boca no aguantó más y con paso decidido caminó hasta él, quien lo esperó sonriente al haber logrado que perdiera los nervios.

Jean Kirschtein le sacaba al menos una cabeza de altura a pesar de ser de su edad. Pero no le temía en absoluto, todo lo que alardeaba se quedaba en el aire y no era ni la mitad de bueno de lo que afirmaba ser.

-¿Tienes algún problema con nosotros? Alguien como tú jamás podrá entender todo por lo que tenemos que pasar, ¿es que acaso alguna vez has intentado ayudar de verdad a alguien?- lo picó Eren. En los distritos controlados por la Legión de Reconocimiento la gente estaba firmemente convencida de que la Policía Militar tenía muchos trapos sucios escondidos y estaba en su mayoría corrupta por dentro.

Jean pareció comprender a qué se refería con su comentario pero se había informado lo suficiente como para poder responderle.

-¿Es que acaso tú sí?- lo tentó. –Se rumorea que antes de que los soldados trataran de capturar a los delincuentes, tú te largaste de allí con el rabo entre las piernas- Eren se estremeció al no poder contar lo que sucedió en realidad. A pesar de no ser exactamente esa la razón por la que lo hizo no quería comentar nada relacionado con Mikasa, ni en aquel lugar, ni mucho menos a él. –Tu cara lo dice todo- se volteó hacia sus compañeros haciéndolos reír de nuevo mientras lo ridiculizaba.

-No escapé, fui en busca de los delincuentes que se habían escapado- contestó enfadado para sorpresa de Jean. Pero este no se amedrentó y volvió al ataque tan rápido como obtuvo respuesta.

-¿Los hermanos que encontraron muertos?- un escalofrío recorrió su cuerpo al recordarlo de nuevo. –fueron brutalmente asesinados. ¿No tendrás tu algo que ver?- trató de culparlo, pero para entonces Connie y Reiner se habían acercado hasta donde estaban ellos y le daban indicaciones a Eren para convencerlo en que se fueran de allí.

-No, no fui yo- se giró para decir al tiempo que sus dos amigos lo guiaban hasta la salida.

-Oh, por supuesto que no. Algo así solo lo haría ella, ella es la responsable de todo esto. Algún día, nosotros conseguiremos atraparla y todos los de la Legión que tanto os habéis empeñado en protegerla os quedaréis con el culo al aire- tan pronto como terminó de hablar el puño de Eren se estrelló contra su cara haciéndole retroceder de la sorpresa.

Jean perdió el equilibrio cayendo al suelo y Eren inmediatamente aprovechó para situarse sobre él reteniéndolo en el suelo y apretando con fuerza el cuello de su camisa. –Un cabrón como tú ni siquiera se merece que le pegue.- fue lo primero que le dijo. Después se acercó a su rostro mostrándole una mirada fiera y dispuesta a todo. Jean utilizó sus piernas para incorporarse un poco y lanzar a Eren hacia atrás. En pocos segundos le dio la vuelta a la tortilla y tras pegarle un puño en la cara se detuvo un instante extrañándose de que sonriera.

-¿No serás tú… quien se sentirá mal si algún día la atrapáis?- soltó de repente Eren. Jean se quedó petrificado al escuchar sus palabras, ¿a qué demonios venía aquello? ¿de qué estaba hablando?- tu cara me lo acaba de confirmar- empleó sus mismas palabras. En el momento en el que Eren volvió a sonreír con sarna Jean volvió a golpearlo con fuerza hasta que sus compañeros lo separaron de él y Connie y Reiner sacaron a Eren del bar.

-¡Maldito seas Eren Jaeger!- gritó frustrado desde el interior.

Connie y Reiner sujetaron a Eren cada uno por un brazo para acompañarlo a casa. Aunque solo le habían dado algún golpe debía estar cansado por la noche anterior. Se extrañaron al observar que su amigo seguía riendo en voz baja a pesar de haber pasado ya un rato.

-¿Se puede saber qué demonios le dijiste? Nunca he visto a nadie sacar de quicio a Jean con tanta facilidad- preguntó Connie con curiosidad.

Eren alzó la vista para mirar el cielo estrellado –solo lo que sospechaba desde hacía tiempo.


Hasta aquí el capitulo 10! Ya son un montón jajaja todavía no me creo que sea verdad :3

¿Os esperabais este pequeño encuentro del pasado entre Jean y Mikasa? Me da a mí que no jajaja me pareció curioso y como todo, tendrá algo que ver en la trama. Tampoco os esperaríais la conversación tan… extraña del bar. Pero bueno, ahora creo que se entiende un pelín mejor el mal rollo que hay entre las dos fuerzas militares.

Sin embargo, todo esto solo acaba de empezar y me temo que queda muuucho todavía por contar, aunque no tantos capítulos para ello. Estimo terminar este fic en tan solo cuatro capítulos más, ni uno menos. Quiero dejar caer que planeo hacer dos capítulos extra tras el último porque, a pesar de que no me disgusta el final que he escogido creo os quedaréis con ganas de más. Eso lo dejaré a vuestra elección en su momento. :P

El momento de Eren y Mikasa que hemos tenido da bastante para hablar, ¿verdad? ¿Os ha emocionado? Aún no estoy segura de haber profundizado lo suficiente en ello.

Os adelanto que el siguiente capítulo vendrá cargado de diversas sorpresas y que será de nuevo bastante movidito ¡así que esperadlo con ganas!

Muchas gracias a quienes dedicáis un poco de vuestro tiempo a leer y gracias también a RenKouen por sus comentarios que nunca faltan :)

¡Hasta pronto!