CAPÍTULO 43: DESPEDIDAS
-PARTE II-
POV KATNISS
Mañana al alba nos levantarán y nos prepararán para el estadio. Los juegos en sí no empiezan hasta las diez, porque muchos de los habitantes del Capitolio se levantan tarde, pero los tributos tenemos que empezar temprano. No se sabe lo lejos que estará el campo de batalla elegido para este año.
Haymitch y Effie no irán con nosotros. En cuanto salgamos de aquí, ellos se desplazarán a la sede central de los juegos, donde reclutarán patrocinadores sin parar y trabajarán en una estrategia para decidir cómo y cuándo entregarnos los regalos. Cinna y Portia viajarán con nosotros hasta el mismísimo punto desde el que nos lanzarán a la batalla.
A pesar de todo, el momento de las despedidas llega. No son fáciles, porque eso significa que nos estamos resignando a no volver y que aceptamos nuestro destino.
Effie se despide de nosotros con un largo abrazo y nos dice que fue un placer habernos conocido y no merecíamos pasar por esto. Nosotros le agradecemos por su ayuda y por organizar la boda, nuestro momento más especial de la semana, por ser posiblemente el único feliz que guardaremos en nuestros corazones hasta que llegue nuestra muerte. Nos contesta que está feliz de habernos podido ayudar a hacer más soportable nuestra estadía en el Capitolio. Tiene lágrimas de verdad en los ojos, y nos desea buena suerte. Nos da las gracias por ser los mejores tributos que ha tenido el privilegio de patrocinar.
-Cuídense mucho, haremos lo que podamos por ayudarlos. No lo olviden.
Después nos besa en la mejilla y se aleja rápidamente, no sé si abrumada por la sentimental despedida o triste porque nos va a extrañar de verdad y nos quiere.
Portia y Cinna nos abrazan y nos recomiendan que descansemos bien. Nos despediremos de ellos mañana.
Por último queda Haymitch, quien cruza los brazos y nos examina.
-Han hecho un buen trabajo, chicos. Fueron los mejores tributos que he tenido en décadas. Les prometo que haré hasta lo imposible por salvarlos. Les conseguiré más patrocinadores y les enviaré lo que necesiten. Sólo prométanme que se defenderán del modo que sea necesario y se mantendrán vivos tanto tiempo como puedan.
-Lo haremos. –Respondemos aunque no entendemos a que se refiere. Nosotros vamos a morir.
-¿Unos últimos consejos? –Pregunta Peeta.
-No vayan a la Cornucopia. –Exige. –Apenas suene el gong se reúnen y se van directo hacia un lugar seguro. Ninguno de ustedes es lo bastante bueno para sobrevivir a ese enfrentamiento masivo. No se metan a pelear por armas o suministros en el baño de sangre, los profesionales los matarán en minutos, serán su blanco principal. Huyan, pongan toda la distancia posible de por medio y busquen una fuente de agua. Recolecten frutos mientras no puedan cazar, asegúrense que sean comestibles, si tienen alguna duda ni los toquen, pero eso ustedes ya lo saben. Estamos seguros que muy pronto podremos conseguirles suministros de ser necesario. ¿Entendido?
Asentimos.
-¿Y después? –Digo.
-Mantengan las alianzas el tiempo que consideren necesario. Respáldense en ellos para protegerse y luchar contra los demás tributos.
Finalmente nos abraza, parece dolido porque sabe que nuestra situación es peor que la de otros tributos y tal vez, se pudo encariñar un poco con nosotros, lo suficiente para ayudarnos durante este tiempo y cuando estemos en la arena. También trato de ponerme en su lugar, en lo mal que debe sentirse al ver morir a dos tributos suyos cada año.
-Gracias. –Dice Peeta.
Haymitch acepta el agradecimiento y sonríe.
Él se acerca a nuestros oídos mientras mantiene fuerte el abrazo.
-Los sacaremos a ambos. Estarán bien. –Murmura entre medio de nuestras cabezas. Lo dice como si fuera un secreto que no debe saber nadie.
¿Qué quiere decir con eso? ¿Nos sacara en un cajón? Porque es de la única forma que podremos salir juntos. ¿La muerte es considerada un "estar bien"?
Nuestro mentor se aleja y nosotros nos quedamos perplejos mirándolo, no podemos procesar lo que nos dijo. Pero no lo explica, ni lo repite.
-Un último consejo antes de que vayan a dormir: Sigan vivos. –Nos dedica una sonrisa burlona y los tres recordamos internamente lo enojados que estábamos Peeta y yo cuando lo dijo por primera vez. Pero tiene sentido, no hay nada más que podamos hacer salvo sobrevivir.
Tomados de la mano vemos partir al hombre que borracho que tal vez por primera después de años se preocupa por sus tributos. Entra al ascensor y desaparece para siempre de nuestra vista.
-Ven, amor. De verdad necesitamos ir a la cama y descansar. –Insiste Peeta.
-Si podemos. –Digo nerviosa.
No creo que pueda pegar un ojo en toda la noche.
-Si podemos. –Repite.
Se ríe un poco.
-Intentémoslo al menos.
Subimos nuevamente a nuestra habitación.
Tan pronto como entramos, reorganizamos las cartas y cosas que queremos que se queden nuestras familias. Utilizamos cajas de madera decoradas que nos dio Effie para juntar todo dentro de ella. Para mi madre y mi hermana, para Gale, para Madge, para Arán, para Howard y su esposa, para Jace, para los padres de Peeta. Repartimos nuestras pertenencias en cada caja junto a las cartas, incluso Peeta le escribió una carta a su madre, sólo una carta. Pero es más de lo que esa mujer que tanto nos hizo sufrir merece. Y le escribimos varias a Jace para que las lea a medida que pasen los años. Amamos a ese niño y da tristeza no poder verlo crecer.
Cada caja tiene cartas, dibujos, fotos y pertenencias de ambos, no tiene sentido que las separemos porque ambos somos cercanos a todos. Es una despedida definitiva, los últimos regalos que les daremos… cosas para que nos recuerden y no hayamos muerto del todo, porque estaremos en cada uno de ellos. Cuando terminamos tarea tras una hora y las guardamos dentro del cajón de la mesa de luz, estamos llorando. Peeta me abraza cuando yo me acerco a él y nos recostamos en la cama.
-Tengo miedo, Peeta. –Confieso. –No quiero ir a esa arena.
-No es algo que podamos cambiar, Katniss. –Besa mi coronilla. –Por más aterrados que estemos.
Apoyo mi cabeza en su pecho mojando su camisa con mis lágrimas.
-Lo sé, es que no quiero perderte.
-Y yo no quiero perderte a ti.
Ambos estamos hechos pedazos y no encontramos la salida de esta pesadilla eterna. Yo quiero salvarlo. Él quiere salvarme. Ninguno de los dos vivirá sin el otro, por más que empecinemos a intentarlo.
No sé en qué momento nuestros labios se encuentran, pero es lo único que consigue calmarnos.
Nos besamos porque será la última vez que podremos hacerlo libremente fuera de las cámaras.
Nos acariciamos porque no volveremos a tocarnos de esa manera una vez que estemos en la arena.
Hacemos el amor porque no volveremos a sentirnos tan increíblemente unidos nunca más.
No vamos a exponer nuestra relación de forma tan humillante, ni incomodar a nuestros seres queridos allí en casa haciendo cosas indebidas, ni queremos ser filmados y que las grabaciones e imágenes se propaguen por los medios de todo Panem.
-¿Una última vez para nosotros? –Pregunta Peeta mirándome con amor desbordante.
Juego con sus mechones de cabello y sonrío.
-Adelante, tal vez podría ser más de una última vez esta noche. Me ayudará a dormir.
-Estoy de acuerdo.
-¿En disfrutar nuestras última noche juntos antes de los juegos?
-A eso y todo lo que quieras, Princesa.
-Te amo. –No quiero que nunca lo olvide cuando estemos entre enemigos
-Te amo. –Responde.
Con nuestros labios devorando los del otro nos despojamos de nuestra ropa interior y terminamos con lo que empezamos hace un rato. Cuando Peeta entra en mí, abro los ojos, para que nos miremos. No es sólo hacer al amor, también es la unión de nuestras almas y nuestros corazones como siempre. No cambiaria a Peeta por nadie y sé que él tampoco a mí.
No nos dejamos de demostrar amor, decirnos lo mucho que nos amamos y lo importantes que somos el uno para el otro y lo que sentimos en las siguientes horas, porque mañana no sabemos si estaremos vivos para decirnos todo esto.
Nos quedamos dormidos y abrazados, Peeta me atrae hacia su cuerpo y yo recuesto mi cabeza en su pecho, escuchando los latidos de su corazón, porque no podré escucharlos mucho más tiempo y tengo miedo que su corazón deje de latir, porque en ese mismo momento, el mío también se detendrá para siempre.
-Nuestro amor perdurará en la arena ¿real o no real? –Murmuro con los ojos cerrado intentando dormir.
-Real, perdurará tanto como duren nuestras vidas, e incluso después.
Sonrío contra su cálido pecho.
-Gracias. Te amaré por siempre.
-También yo. –Siento la cabeza de Peeta pegada a la mía y cuando quiero acordar estoy dormida.
En mis sueños Peeta es asesinado por distritos profesionales que nos tienen en la mira desde la cosecha. Despierto gritando y me sujeto a algo pensando que es el cuerpo de mi esposo. Pero no, es una su estúpida almohada ubicada a lo largo de mi cuerpo. Abro los ojos y miro asustada a mi alrededor.
-¡Peeta! ¡Peeta! –Grito sintiendo que aún estoy en la pesadilla. – ¿Dónde estás?
Empiezo a llorar.
¿Él está muerto? ¿Por qué no está conmigo? ¿Lo profesionales lo mataron?
Bajo la mirada a mi cuerpo, descubro que estoy desnuda y cubierta por las sabanas la cama matrimonial con gran parte de mi cuerpo sobre la almohada. Sonrío porque ahora sé que fue una pesadilla y que mi estado se debe a que hicimos el amor hace poco.
-Estamos a salvo. –Murmuro.
Miro por la ventana es de noche. Pero ¿Dónde está mi esposo?
-¿Peeta?
No está en la habitación, si estuviera en el baño escucharía ruidos, si estuviera en el salón donde nos dispersamos y comemos, me escucharía. Veo su camiseta en el suelo junto a la cama y me la coloco. Me levanto con frío por lo que busco mi pantalón de jean que está un poco más lejos en la punta de la cama, no encuentro mi ropa interior, así que me dirijo al armario para tomar un conjunto nuevo.
Debo encontrar a Peeta, pero no puedo salir desvestida. La camiseta tiene su fragancia y decido dejármela puesta. Pasan los minutos mientras termino de cambiarme y él sigue sin aparecer.
Voy a la cocina, al comedor, al living, nuestras antiguas habitaciones y nada. Solamente se me ocurre un último lugar, el que más amamos de este edificio porque nos recuerda a casa.
Y no me equivoco.
El tejado no está iluminado por la noche, pero en cuanto piso el suelo de baldosas, veo su silueta recortada contra las luces que no dejan de brillar en el Capitolio. Mi esposo está en la terraza sentado justo donde ambos hicimos nuestros votos matrimoniales, con ropa abrigada, que me hace sentir estúpida porque no creí que la necesitara al comienzo, porque no planeaba salir al aire libre. La estructura techada está muy a la orilla del edificio, lo bueno es que es imposible caerse debido al campo de fuerza.
En las calles hay bastante barullo, música, gente cantando y cláxones, cosas que no oía a través de los gruesos paneles de cristal del cuarto… El aire nocturno es tan agradable a pesar del frío que no soportaría regresar a mi agobiante jaula.
Avanzo sin hacer ruido por las baldosas; cuando estoy a un metro de él, le digo:
-Deberías estar durmiendo, Peeta. ¿Por qué no avisarte que vendrías? Me asustaste mucho.
Él se sobresalta, pero no se vuelve, y veo que sacude un poco la cabeza y abandona su tarea de dibujar en su cuaderno.
-Lo lamento, princesa. No quise asustarte. Pensé que seguirías durmiendo. Te veías tan tranquila.
-Hasta que te fuiste y empecé a tener pesadillas.
-Perdón, Kat. –Gira su rostro y me mira con pena. –Iba a volver a contigo en unos minutos, aunque me ganaste. –Veo que estuvo llorando, porque tiene los ojos hinchados y eso es suficiente para que deje de reclamarle el haberme abandonado en medio de la noche.
-Está bien. –Digo abrazándolo desde atrás, no soporto verlo triste. –Es que me dio miedo no verte a mi lado al despertar, creí que habías muerto.
-¿Qué te hizo pensar eso? Aún no empiezan los juegos.
-La pesadilla me pareció muy real.
-Ven conmigo. –Me dice.
Me siento en su regazo y me apoyo en su pecho. Levanto la mirada y lo veo directamente a los ojos. Él seca mis lágrimas con sus labios.
-Estamos a salvo Katniss, por unas horas. Aún no llegó mi tiempo partir. Y cuando estemos en la arena no permitiré que nos aparten, moriremos entre los brazos del otro ¿de acuerdo? Juntos como siempre quisimos. –Sus ojos azules me dan paz, siempre fue así. Sonrío y le doy un beso.
-Juntos como siempre quisimos. –Prometo.
Peeta también me sonríe y sin mediar palabra nos besamos un rato. Es lo que ambos necesitábamos para dejar nuestros miedos a un lado. Cuando nos apartamos Peeta detiene sus manos en los brazos de su camiseta de tela fina que traigo puesta y me aleja.
-No debiste venir tan desabrigada. Está muy fresco.
-No sabía que te encontraría en el tejado.
Reconozco que más allá de mis mejillas sonrojadas por el beso y la cercanía a Peeta, estoy temblando por la brisa que me golpea contra mi cuerpo.
Peeta se quita la campera gruesa impermeable térmica y se queda con el suéter.
-Peeta, no.
-Traje una manta aparte, Katniss. La campera es muy calentita. Tú estás más desabrigada que yo.
Desde pequeño tuvo esos gestos conmigo. Su padre siempre les enseñó a él y sus hermanos a ser caballerosos y tratar a las mujeres con respeto. Acepto cuando me pone la campera y de inmediato siento el calor de haber sido usada recientemente. Peeta toma la manta doblada a un costado de nosotros y se cubre con ella. Subo el cierre de mi campera pero no me muevo de mi posición sobre sus piernas, de hecho rodeo con las mías su cintura y me apego a él como si hiciera años que no estábamos así. La realidad es que nos queda tan poco tiempo de vida, que no quiero desperdiciar ni un segundo de este contacto.
-¿Qué haces aquí?
-No quería perderme la fiesta. Al fin y al cabo, es por nosotros. Además no podía dormir, pensé… que me ayudaría tomar aire fresco y dibujar. Por lo general funciona.
-¿Y ahora?
-Definitivamente, no. Salvo que deprimirte y pensar el doble en lo que pasará mañana sea algo bueno. Pero ahora que estás conmigo me siento mejor.
Apoya su cabeza en mi hombro derecho y yo me dedico acariciar su cabello como si estuviera consolando a un niño.
Estamos a menos de medio metro del borde, puedo ver claramente las amplias calles llenas de gente bailando. Me esfuerzo por distinguir los detalles de sus figuras diminutas mientras consuelo a mi esposo.
-¿Están disfrazados? –Pregunto para distraerlo.
-¿Quién sabe? Teniendo en cuenta la locura de ropa que llevan aquí... ¿Tú tampoco podías volver a dormir?
-Lo dudo, además tú no estabas.
-Debí dejarte una nota para que no te preocuparas. ¿Piensas en nuestras familias?
-¿Por qué preguntas?
-Fue triste lo que hicimos hoy, pensé que tal vez… tú seguías pensando en tu madre y tu hermana.
-No. –Reconozco, sintiéndome un poco culpable. –No dejo de preguntarme qué pasará mañana, aunque no sirve de nada, claro.
No puedo dejar de imaginarme en qué terreno nos soltarán. ¿Desierto? ¿Pantano? ¿Un páramo helado? Sobre todo espero que haya árboles que nos puedan ofrecer escondite, alimento y cobijo. Suele haber árboles, porque los paisajes pelados son aburridos y, sin vegetación, los juegos se acaban pronto. ¿También contaremos con esa ventaja Peeta y yo?
¿Cómo será el clima? ¿Qué trampas habrán escondido los Vigilantes para animar los momentos aburridos? Y luego están los otros tributos, nuestros pocos aliados y enemigos.
Cuando se lo comento a Peeta, ninguno de los dos tiene respuestas. Sólo comentamos que esperamos que sea un lugar fresco, ni tan gélido, ni tan seco; y que hayan alimentos que podamos recolectar y mucha vegetación, con suerte un bosque. Ambos coincidimos en que será como estar en casa.
-¿Sabes? No me puse a pensar en esto, hasta esta noche. Recién ahora caigo en la cuenta de lo que significa estar en la arena.
-¿Morir? Eso ya lo sabíamos. –Trato de adivinar a donde ser dirigen sus pensamientos.
-No. Hacer cosas que nunca pensé de sería capaz de cometer… Mi única esperanza es no avergonzar a nadie y... –Vacila.
-¿Y qué?
Rodeo su cuello con mis brazos y nos observamos largamente mientras hablamos.
-No sé cómo expresarlo bien. Es que... quiero morir siendo yo mismo. ¿Tiene sentido?
Niego con la cabeza. No entiendo a que se refiere.
¿Como él, Peeta Mellark, el chico más dulce y compasivo de Panem, va a morir siendo otra persona? Siempre será el mismo para los que lo amamos.
Él se explica minutos después.
-No quiero que me cambien ahí fuera, que me conviertan en una especie de monstruo, porque yo no soy así.
Me muerdo el labio, sintiéndome inferior. Mientras yo cavilaba sobre la existencia de árboles, y sustento, mi compañero de vida le daba vueltas a cómo mantener su identidad y su esencia. No me sorprende. Es muy de él.
-¿Quieres decir que no matarás a nadie? ¿Te arrepentiste de lo que me dijiste? –Le pregunto.
-No. Cuando llegue el momento estoy seguro de que mataré como todos los demás para salvarte, o en defensa propia. No podemos rendirnos sin luchar. Pero desearía poder encontrar una forma de... de demostrarle al Capitolio que no le pertenezco, que soy algo más que una pieza de sus juegos.
-Es que no eres más que eso, ninguno lo es. Así funcionan los juegos.
-Me doy cuenta de eso, pero, dentro de ese esquema, tú sigues siendo tú y yo sigo siendo yo. ¿No lo ves?
-Un poco. Aunque..., sin ánimo de ofender, ¿a quién le importa, Peeta?
-A mí. Quiero decir, ¿qué otra cosa además de tu vida, me podría preocupar en estos momentos?
Me mira a los ojos con sus penetrantes ojos azules, exigiendo una respuesta.
-Nunca serás un monstruo para mí, amor. Pero no tenemos elección… El Capitolio no nos da libertad en ese aspecto.
Peeta considera mis palabras, pero no se lo ve seguro. Él sigue pensando en formas de mostrar su hidalguía en los juegos.
-Preocúpate por lo que dijo Haymitch. Por seguir vivo.
-Vale. –Responde él, esbozando una sonrisa triste y burlona. –Gracias por el consejo, preciosa. –Usa el tono condescendiente de Haymitch, es como si me hubiese dado un bofetón, no de forma literal, él nunca me puso una mano encima para agredirme, más bien es algo emocional, pero hacerme entender que no está de acuerdo conmigo del todo.
-Mira, si quieres pasarte las últimas horas de tu vida planeando una muerte noble en el estadio, es cosa tuya. Pero en mi opinión ya estamos mostrando nobleza y sacrificio, queriendo morir el uno por el otro, en vez de vivir a costa de la vida del otro. Según las reglas, deberíamos matarnos allí dentro sin importar el vínculo y míranos.
Lo tomo del mentón y lo obligo a fijar la vista en mis ojos.
-Siempre has demostrado ser mejor de la media general de chicos del Distrito Doce. Eso me enamoró de ti. Y te juro que no importa lo que hagas, no cambiarás, porque eres tú mismo, porque te amo y me amas. Yo tampoco cambiaré. Nadie cambiará. Las personas son de una forma siempre sólo que pocas veces sacan a luz sus demonios y defectos. Tú y yo no mataremos por gusto, mataremos por supervivencia y para protegernos mutuamente. Son dos cosas diferentes.
Peeta se relaja al escuchar mis palabras. Me sorprende la cantidad de cosas que dije en minutos. Pocas personas sacan ese lado protector y la necesidad de consolarlos.
-Tienes razón. Aunque eso no quitará lo horrible que es el acto de matar.
-Eso lo sé.
Algunos tributos, se vuelven locos una vez que están en la arena, han llegado a intentar comerse el corazón de alguien después de matarlo. Hubo un tipo así hace unos cuantos años, Titus, del Distrito Seis. Se volvió completamente salvaje y los Vigilantes tuvieron que derribarlo con pistolas eléctricas para recoger los cadáveres de los jugadores que había matado y evitar que se los comiera. En el estadio no hay reglas, pero el canibalismo no es del gusto del público del Capitolio, así que intentaron eliminarlo. Se especuló que la avalancha de nieve que acabó finalmente con él fue preparada para asegurarse de que el ganador no fuese un lunático.
Peeta y yo no nos convertiremos en monstruos, no somos así y nunca lo seremos. Mataremos cuando sea necesario para protegernos. No por entretenimiento.
Nos quedamos abrazados por horas, minutos da igual. El tiempo pasa rápido y se está agotando. Miramos la fiesta que se desarrolla debajo, o el cielo despejado y lleno de estrellas. Nos recostamos en el suelo, cuando Peeta empieza a cabecear y dormirse sobre mi pecho, sé que ha llegado la hora de ir a la cama. Mi pobre Chico del Pan no ha dormido nada a diferencia de mí.
-Peeta, amor… Creo que deberíamos entrar.
Él abre los ojos perezosamente porque estaba quedándose profundamente dormido, beso su coronilla.
-Al final funcionó, pero recuerda que no podré cagar contigo a cuestas hasta la habitación si te duermes.
-Claro, el que te carga siempre soy yo. –Se ríe.
-Tú eres el hombre fuerte. Yo, en cambio, la chica débil y pequeña. –Bromeo.
-Te faltó aclarar que eres así solamente en lo físico. En lo demás eres perfecta. Pero eres mi débil y pequeña y amada esposa.
Ambos sonreímos después de un corto beso insisto en bajar, aludiendo a que los dos necesitamos descansar.
Peeta estuvo dibujándonos a los dos en la terraza, unas pequeñas siluetas abrazadas mirando el paisaje, las montañas, el cielo lleno de estrellas brillando e iluminando la noche y los edificios y figuras borrosas de una multitud de gente debajo.
-¿Para qué necesitamos fotógrafos, si tú eres mejor cualquiera de ellos? –Lo halago.
-No tengo idea. –Me rodea mi espalda con su brazo. –A veces tiendo a preguntarme lo mismo. Pero creo que una fotografía hace mayor justicia a tu belleza, yo trato de hacer mi mejor esfuerzo de retratarte tal y como te veo.
-Eres lo mejor que me pasó en la vida.
-Y para mí fue una fortuna haberte conocido y amado del modo que lo hice durante primer día de escuela.
-¿No te arrepientes de nada? –Pregunto.
Niega con la cabeza.
-¿Nos quedó algo pendiente?
-¿Además de los hijos que tú tanto soñabas y que yo quería tener si no existieran los juegos? No. –Contesto. –Hicimos todo. ¿Qué más podemos pedirle a la vida?
-Absolutamente nada. Tuvimos suerte, más allá de lo que nos toque vivir a partir de mañana. Nos amamos y nos tenemos el uno al otro.
-Y eso es lo más importante. –Beso su mejilla, satisfecha al ver que pone rojo como un tomate ante el gesto y seguimos caminando rumbo a la habitación.
Muy en el fondo sabemos que esta podría ser nuestra despedida. A partir del momento que pongamos un pie en la base del tubo todo resultará impredecible.
Esta vez nos quedamos dormidos de inmediato apenas nos echamos en la cama, no sabemos qué hora es pero dormiremos el tiempo que podamos. Ninguno de los dos tiene pesadillas ahora.
A/N: ¡Hola! Espero que le haya gustado el capítulo. Un poco romántico al final. Ya tienen miedo de perderse, ya que están tan cerca del peligro. Con respecto a lo que les dijo Haymitch ¿Qué opinan? ¿Katniss le hará caso esta vez a su mentor o saldrá corriendo en busca del arco si puede? ¿Huirán inmediatamente con Peeta? ¿Se reunirán con sus cuatro aliados durante el baño de sangre o después de algunas horas?
Espero tener en estos días el siguiente capítulo. Gracias por su apoyo.
Saludos,
Lucy.
