Diezmo de Sangre
Capítulo 12
Cambio de planes
Año 856, otoño.
Distrito de Shiganshina, al sur del Muro María.
Corrió y corrió sin parar, esperando a que nuevamente ante ella apareciera la oportunidad idónea para darles esquinazo. Esta vez, admitía que se había pasado un poco por robar más de lo estrictamente necesario. Sabía que con la cartera de uno de ellos seguramente tendría suficiente para pasar los días siguientes pero aún así, quiso adelantarse a la próxima semana quitándole también la cartera al acompañante de su víctima. A causa de eso se veía envuelta en una de las huidas más intensas que había tenido.
El hecho de que el sol brillara en lo alto del cielo no ayudaba en absoluto y su amplio abanico de escondites.
Finalmente, tras una gran carrera aparentemente interminable, decidió saltar al pequeño lago cerca de los campos para que le perdieran el rastro. Al conseguirlo, se arrepintió al momento de verse empapada de los pies a la cabeza, más aún, a sabiendas de que no tenía otra muda aparte de aquella ropa.
Caminó despacio y dejando pequeñas surcos de agua allá por donde iba, hasta que decidió sentarse no muy lejos de algunos puestos en la plaza, al sol. Así estuvo durante un par de horas sin lograr secar su ropa por completo, aunque había logrado quitarle algo de humedad. Había comenzado a acostumbrarse a aquello de ver pasar a gente diferente ante ella sin que repararan en su presencia. Cuando se hiciera un poco más tarde y los puestos de comida estuvieran a punto de cerrar. Entonces se acercaría a ellos para comprar su cena y desayuno y quizás, con un poco de suerte, le regalarían una ración extra para no verse obligados a tirar a la basura las sobras que nadie había comprado.
Tal y como predijo la cantidad de gente disminuyó enormemente cuando empezó a oscurecer. El frío se colaba por sus pies descalzos metiéndose bajo su vestidito blanco ligero, pero aún así no se iría. Casi automáticamente doblo las rodillas y las rodeó con sus brazos para darse calor, entonces, sintió que alguien le arrojaba algo encima. No era la primera vez que la insultaban o se paraban ante ella para tirarle cosas punzantes, por lo que se sobresaltó asustada.
Mikasa se quitó la prenda de la cabeza con rapidez para observar a la persona que había hecho aquello. A diferencia del resto de las veces, en aquella ocasión la cosa que le habían tirado era suave, pesada y grande. Tanto que ocultaba a la perfección su pequeño cuerpo por completo.
Agarró con fuerza lo que parecía ser una gran manta gruesa y miró con timidez hacia arriba para encontrarse a unos ojos marrones y amables mirándola fija y detenidamente.
-Tienes frío, ¿verdad pequeña?- preguntó la hermosa mujer sonriéndole como hacía tiempo que nadie hacía. La coleta baja en la que llevaba recogido el pelo cayó hacia un lado cuando se agachó un poco quedando más cerca de ella.
No articuló palabra, ya que no comprendía el gesto de la mujer. Sin embargo, por algún motivo le transmitió la misma sensación que hacía tiempo no experimentaba: Calidez.
-No creo que sea suficiente, pero seguro que te aporta algo de calor. Puedes quedártela si quieres- siguió hablando sin perder la mirada serena y comprensiva. Mikasa le echó un nuevo vistazo a lo que tenía encima advirtiendo que no se trataba de una manta, sino de una gran capa de color granate oscuro. Le quedaría grande pero así podría utilizarla también a pesar de que los años pasaran.
Trató de hablar para darle las gracias pero no fue capaz de ello, pero la mujer sonrió al ver su intento y comprendió de inmediato sus intenciones.
-¿Te gustaría venir a casa a cenar con nosotros? Prepararé un rico estofado- le ofreció tras un rato pensando que quizás así podría ayudar un poco a la pequeña. Ella estuvo a punto de asentir, pero entonces una voz chillona las interrumpió a lo lejos.
-¡Mamá!- gritó un niño acercándose a toda mecha con dos grandes zanahorias en la mano.
Mikasa se sobresaltó y alarmada decidió escabullirse de allí lo antes posible para que la mujer no tratara de detenerla. Estaba contenta por la capa que había obtenido y la cuidaría con delicadeza. En cuanto pudiera usarla adecuadamente, y no como una manta, la llevaría puesta cada día. Mientras tanto, la ayudaría a pasar de forma más amena las frías noches.
La mujer se sorprendió al darse la vuelta y ver que la pequeña ya no se encontraba allí. Debía haberse asustado. Le dio bastante lástima no poder hacer más por ella, por desgracia, no era la primera vez que encontraba a alguien en su misma situación, pero ver a niños tan jóvenes en esas circunstancias siempre le hacía sentirse más apenada. Era por eso que no podía pasar ante ellos sin ofrecerles algo para ayudarlos, ya que no podía acoger a todos los que encontraba por mucho que quisiera.
-¡Mamá, mira lo que me ha regalado la señora de la tienda!- gritó el niño contento sujetando y alzando las zanahorias en el aire. Ella las cogió con cuidado y después le acarició la cabeza con una sonrisa. Su hijo era un niño muy despierto y enérgico, jamás permitiría que él tuviera que pasar por algo como lo de aquella pequeña.
-Tienen muy buena pinta, las utilizaremos para el estofado- le ofreció. Él cogió su mano con fuerza y tiró de ella en dirección a casa.
-Oye, mamá, ¿qué le ha pasado a tu capa?- preguntó curioso al percatarse de que ya no llevaba encima la capa con capucha que usualmente utilizaba al salir aquellos días.
-Ah, ¿la capa dices? La verdad es que no tengo ni idea. Creo que me la habré olvidado en algún sitio- le quitó importancia esperando que pronto se olvidara del asunto.
-Seguro que ha sido en la tienda de Anna. Mañana mismo iré a por ella- dijo con decisión sacándole una sonrisilla a su madre.
-Claro que si, Eren. Ahora, volvamos a casa- estrechó su mano con fuerza y ambos caminaron al unísono de regreso a su hogar.
Año 865, verano.
Interior del Muro María.
Mikasa se tambaleaba lentamente dentro de la jaula con barrotes, el camino estaba repleto de piedras y baches. Se encontraba en una de las esquinas del carro observando a través de los barrotes de madera el cielo oscuro donde la luna la contemplaba desafiante.
Era consciente de que hacía más de media hora que se habían adentrado en el Muro María, a través de una puerta oculta que muy pocos conocían. Y por suerte, había descubierto que gente como ellos la utilizaban en ocasiones para el tráfico de esclavos.
Mikasa llevaba tiempo investigándolos y para entonces conocía casi a la perfección cómo solía ser su forma de actuar. No transportaban a sus víctimas directamente hasta el interior del muro Rose. Primero, solían pararse en algún punto concreto entre el interior del Muro María y el distrito de Trost a las afueras del Muro Rose. Allí, se dedicaban a juntar esclavos que habían capturado en diferentes días y en distintos lugares o distritos para, posteriormente, trasladarlos a todos juntos al Interior del Muro Rose, y después, hasta el tercer Muro; Sina. Había sido aquel lugar incierto el que no había logrado situar por muchas veces que los había seguido en la oscuridad, por eso mismo en aquella ocasión se había dejado atrapar.
Eso es, su plan era tan sencillamente perfecto que acongojaría a cualquiera y además estaba saliendo todo según lo previsto. Hacía meses que seguía la pista a aquellos indeseables pero a causa de otros asuntos más a mano los había dejado campar a sus anchas un poco, además eran verdaderamente escurridizos. La mejor forma de acceder al foco de todo aquello era desde el interior. Pues evidentemente que aquellos hombres debían ser unos mandados que solo cumplían órdenes de arriba, por eso, no bastaba con deshacerse de ellos puesto que otros podrían ocupar sus lugares. Quería cortarlo de raíz.
Para ella habría sido más fácil matarlos en dos segundos y zanjar el asunto por un tiempo, pero tal y como había averiguado, el mercado de esclavos y sobre todo, de mujeres jóvenes, se pagaba a altos precios en las ciudades más grandes. Así que un mercado tan bien pagado debía ser bastante activo aunque pasara desapercibido para la mayoría de la población y soldados.
Lo tenía todo pensado, primero dejaría que la llevaran hasta esas mujeres que mantenían encerradas, el lugar que solo ellos conocían. Después de liberarlas, ponerlas a salvo e indicarles el camino de vuelta a sus hogares, torturaría a los dos hombres hasta obtener toda la información sobre sus clientes más usuales y su organización. Finalmente, se los quitaría de en medio e iría por su cuenta deshaciéndose de todos y cada uno de los miembros restantes, uno por uno.
Por eso mismo, aquella noche, como muchas otras veces que tenía algo entre manos, se sentía muy tranquila. Tener seguridad en ella misma, confiar en sus acciones y mostrarse serena era una grandísima ayuda y lo había podido comprobar con el paso del tiempo.
Mientras mantuviera la calma y actuara en su debido momento nada podía salir mal, creía firmemente en ello. Creía en sí misma.
En quince minutos exactos el carro en el que viajaba se detuvo acompañado del relinchar de los caballos. A su izquierda se encontraba el porche de una pequeña casa de madera que tenía las luces encendidas. Los dos hombres se bajaron suspirando y quejándose de cosas que no alcanzaba a escuchar. Ambos se introdujeron en la cabaña para reunirse con los demás miembros de su grupo. Después de un rato todos ellos salieron fuera acercándose a Mikasa con cierto aire de ilusión como si fuera un ejemplar raro que acababan de cazar.
-¿Es ella?- preguntó el más alto de todos repasándose continuamente con los dedos su bigote grueso y oscuro.
-Sí, estoy seguro- contestó uno de los dos que la habían llevado en el carro. El resto de ellos la analizaron detenidamente hasta dar el visto bueno.
-Vale, quiero que vosotros montéis guardia aquí, Marc y Lewis vendrán conmigo para empezar a cargar el carro grande.- ordenó el señor del bigote. Ninguno de los hombres replicó sus órdenes y cada uno se fue a cumplir con su parte. Los dos que la habían transportado se sentaron junto a la puerta de la jaula lo suficientemente lejos de ella como para que no pudiera atacarlos y una vez sentados en el suelo procedieron a encender una pequeña hoguera.
-Menuda pasta gansa vamos a sacar… vales tu peso en oro, preciosa- dijo uno de ellos riéndose para después echar un escupitajo al fuego. Miró en dirección a Mikasa quien de alguna manera sentía que algo se le escapaba de las manos. En especial con la conversación extraña que minutos antes habían tenido con ella.
-Paul, cállate ya, ¿quieres?- le dijo el otro enfadado. –No olvides que es una asesina experimentada, pudo habernos matado- susurró pero Mikasa alcanzó a escuchar perfectamente. ¿Cómo era posible que la conocieran? Aquello le olía a chamusquina y no estaba dispuesta a permanecer más tiempo encerrada en la jaula de madera escuchando barbaridades y cosas sin sentido que la ponían nerviosa.
-Es verdad, es verdad.
Sacó su preciada navaja y aprovechando que ambos charlaban de cosas más triviales trató de cortar con fuerza el fino barrote de madera. Para asegurarse de que aquello no saliese mal, lo había practicado unas cuantas veces con carros que ellos mismos habían dejado abandonados en Shiganshina y que solían utilizar para despistar a los soldados que pudieran saber sobre sus planes. Colocaban varios de ellos en diferentes zonas para darles a entender que alguno de ellos podría ser el bueno mientras el verdadero lo ocultaban en zonas que pasaban desapercibidas. Así era como lograban salirse con la suya. Por desgracia, algo no parecía funcionar cuando golpeó el barrote y emitió un sonido metálico que llamó la atención de los dos delincuentes.
-Oh, vaya, ¿ya te has cansado de esperar?- comentó uno de ellos. Mikasa volvió a golpear con fuerza el barrote negando a creerse lo que pasaba. Aquella barra a simple vista parecía de madera y si sus ojos no la engañaban parecía serlo, tenía su mismo color. Sin embargo, en el interior estaba hecha de un material completamente diferente, uno que no podía romper con la navaja y su fuerza.
-No te molestes, te harás daño y no conseguirás romperlo- continuó el hombre. –los carros en los que transportamos a las mujeres siempre son más resistentes que los otros que usamos de señuelo. No queremos que los imprevistos del pasado vuelvan a acecharnos. Sobre todo, teniendo en cuenta lo caro que nos sale cometer un simple error. No nos pasan ni una. Por eso decidimos reforzarlos nosotros mismos y partiendo de una base de metal tapamos esa evidencia con una fina capa de madera.
Ella se detuvo mirándolos sorprendida y entonces trató de calmarse. No estaba todo perdido, tarde o temprano entrarían allí para llevarla al carro en el que transportarían a las demás mujeres. Y aunque consiguieran quitarle el cuchillo, estaba completamente segura de que podría deshacerse de ellos sin problemas utilizando únicamente el combate cuerpo a cuerpo. Estaba dispuesta a salir herida si no le quedaba más opción. Suspiró y se mantuvo a la espera de que ellos hicieran su próximo movimiento.
-Si quieres comer algo háznoslo saber, no queremos que te mueras de hambre- le indicó el que estaba de espaldas a ella con sonrisa socarrona logrando que su compañero le diera varias palmadas en la espalda.
Entonces, uno de los delincuentes que se había ido antes con el otro hombre volvió y sin acercarse demasiado a su jaula le lanzó una manta fina al interior. –Toma, para que te pongas cómoda. Espero que no te importe que te dejemos ahí dentro unas cuantas horas más. Tan solo será lo que dure el viaje- le explicó con una mirada desafiante. Mikasa, por primera vez en mucho tiempo, sintió que la sangre de todo el cuerpo se le congelaba de golpe. Su segunda posibilidad tampoco serviría de nada.
Todo parecía torcerse, como si aquellos hombres hubieran previsto cada uno de sus movimientos con anterioridad. Ni siquiera se molestarían en sacarla del carro en el que estaba, preferían no arriesgarse a hacerlo con tal de seguir manteniéndola con ellos.
Pensando que a aquellas alturas ya no tendría más alternativas que tratar de hacer algo desde el interior del carro, blandió la navaja con su mano y corrió como loca hasta el punto más próximo al hombre que permanecía sentado de espaldas. Su única opción a aquellas alturas solo era tratar de hacerles el mayor daño posible. Su mano se alargó con fuerza hasta la espalda del hombre, a pesar de que en un principio parecía que no la alcanzaría, y cuando estuvo a punto de tocarla un golpe seco en su muñeca le privó del arma.
-¿¡Qué crees que estás haciendo!?- gritó histérico el señor del bigote. –¿te estamos dando más comodidades de las necesarias y tú intentas apuñalarnos por la espalda? ¿Crees que te dejaremos hacer lo que quieras solo por tu alto valor?- el hombre rechinó los dientes con fuerza. Sus cejas se fruncieron de tal forma que parecieron unirse en el centro de su entrecejo.
Mikasa retiró la mano inmediatamente evitando algún posible golpe del hombre que parecía desesperado en mantenerla bajo control como fuera. ¿A qué se refería con eso de su valor? ¿Podría aquello darle inmunidad ante golpes o malos tratos? Si así era, podría valerse de ello.
-Lewis, trae a la número once- pidió al que estaba a su espalda observando el espectáculo fascinado. Una sonrisa perversa se dibujó en el rostro del cabecilla del grupo mientras mantenía aquella mirada desafiante.
El sujeto apareció momentos después tirando de una mujer alta y delgada vestida con un traje un poco sucio. Llevaba una cinta en el brazo con el número once escrito. Su cara estaba sucia y el pelo lo tenía tan alborotado y enredado que costaba adivinar la largura que tendría. Sus manos estaban atadas a la espalda con una cuerda y sus piernas también llevaban cuerdas atadas entre sí que le daban el espacio justo y necesario para poder andar dando pequeños pasos apresurados.
-Esta no nos servirá de mucho, seguro que sacaremos poca cosa cuando la vendamos- la agarró del cuello y la sentó cerca de la hoguera entre dos de sus hombres –se me ha ocurrido una forma mejor con la que podríamos sacarle más provecho en la gran ciudad. – volvió a mirar en dirección a Mikasa dándole a entender que todo aquello lo hacía como castigo por sus acciones violentas.
Hizo dos gestos de cabeza e inmediatamente los dos hombres a su lado agarraron a la joven por los brazos y piernas reteniéndola en el suelo y tapándole la boca para que no gritara. Entonces, cuando consiguieron mantenerla quieta el hombre del bigote cogió una cuchara del suelo y la colocó en las brasas de la hoguera unos cuantos minutos esperando a que su temperatura se elevara.
-Espero que esto te sirva para aprender modales y para que te des cuenta de que tu mal comportamiento lo pagaran otras- recogió la cuchara con un trapo para no quemarse la mano y se agachó quedando a pocos centímetros de la cara de la mujer.
Mikasa sospechaba que era lo siguiente que haría, conocía aquello y en alguna ocasión lo había presenciado pero jamás se planteó la posibilidad de hacérselo a nadie. Era demasiado hasta para ella, debía ser terriblemente doloroso, más que una puñalada y además, imposible de curar. Aunque no quiso darle el placer de mirar la escena y de sentirse terriblemente culpable por aquello que estaba a punto de suceder, no podría escapar de los gritos de dolor que aquella mujer ni aunque se tapara las orejas con todas sus fuerzas. Sintió verdadera rabia en su interior, como si de un momento a otro fuera a volverse loca. Agarró con fuerza los barrotes y zarandeó el carro con todo su cuerpo.
La mujer en el suelo, al sentir la pequeña pieza de metal al rojo vivo sobre su ojo emitió un grito tan profundo y desgarrador que tuvo que escucharse en los alrededores. Su cuerpo se agitó con fiereza logrando soltar una de sus manos. Pero lamentablemente volvieron a sujetarla contra el suelo de inmediato. Segundos después, cuando el olor a quemado empezó a llegar hasta Mikasa, el hombre con la cuchara aproximó de nuevo el objeto al otro ojo al tiempo que sujetaba su párpado con la otra mano.
Los gritos dolorosos la acompañarían durante mucho tiempo, y serían los causantes de diversas pesadillas junto a sus remordimientos. Lo único que odiaba más que a nada era involucrar a otras personas en sus planes, era esa la razón por la que no quería acercarse a nadie. Mucho menos entablar una relación amistosa con alguien. De aquella forma no se sentía atada a nada ni tampoco tendrían nada con qué amenazarla. Sola, trabajaba a la perfección y nadie se ponía en peligro a parte de ella. Quienes permanecían demasiado tiempo junto a ella solían terminar mal parados.
Media hora después, parecía algo más tranquila a pesar de que en el fondo no parara de reprocharse a sí misma el haber sido tan idiota como para no haber podido hacer nada ante aquello. ¿Desde cuándo se resignaba ante esas situaciones de impotencia sin hacer nada? ¿Desde cuándo había empezado a torcerse todo? Oh, sí, desde aquella maravillosa noche en la que pensó que vestirse de gala para atraer a un peligroso delincuente era una buena idea. Desde aquel día todo había ido a peor. Quizás se tratase de su castigo por todas las muertes que había causado, por todas las vidas que había arrebatado. Pero si esa era su forma de pagar todo lo que había hecho, entonces, prefería ser ella la que sufriera torturas como la de la mujer de hacía un rato, no quería que otros ocuparan su lugar. Eso nunca.
La calma se extendió por los alrededores y la noche clara se volvió algo más densa y oscura. Los hombres parecían haber acabado con sus preparativos y a excepción de uno de ellos, el resto entraron en la casa para recoger el equipaje y llevarlo al otro carro que parecía situarse al otro extremo de la casa.
El hombre que vigilaba la jaula de Mikasa movió la tierra con su bota echándola sobre la hoguera y apagándola por completo.
-En pocos minutos partiremos hacia el interior del Muro Sina tras atravesar el distrito de Trost y el Muro Rose. Espero que seas buena chica y te portes bien todo el viaje- tonteó con ella sin siquiera obtener una mirada punzante de su parte. Aburrido de no conseguir llamar la atención de la chica se dio la vuelta observando la casa y las sombras de las personas en su interior.
El golpe seco de su cuerpo cayéndose le resultó conocido a Mikasa, y fue eso lo que consiguió que finalmente escapara de sus tenebrosos y oscuros pensamientos devolviéndola a la realidad. Cuando miró al frente no logró ver a nadie que la vigilara, lo que le pareció raro, ya que en ningún momento la habían dejado sola. Se acercó rápidamente hasta el barrote y vio al hombre tendido en el suelo inconsciente. Se sorprendió gratamente pero por allí cerca no pudo ver al causante de aquello.
-Shh, aquí arriba- dijo alguien susurrando. Mikasa se acercó a uno de los bordes y vio parte del cuerpo de esa persona y una mano que la saludaba. La puerta trasera del carro parecía difícil de abrir sin las herramientas adecuadas así que había optado por la trampilla de metal en el techo. –No hagas mucho ruido, te sacaré de ahí cuanto antes.- le afirmó seguro de lo que decía. Aquella voz le pareció conocida pero no alcanzaba a comprender de quien podría ser o quien la había podido encontrar allí cuando nadie, a excepción de los soldados de la Legión, sabía acerca de aquellos delincuentes o sus planes.
Mikasa escuchó como trataba de introducir algún objeto en la cerradura sin éxito. Entonces, al darse cuenta de que el resto de los hombres se acercaban de nuevo hasta donde ella estaba dio unos golpes rápidos en el carruaje para avisar a la persona que estaba en el techo. El joven se bajó torpemente por el lado contrario al de ellos.
Sus ojos verdes se cruzaron con los de ella unos instantes antes de que decidiera meterse bajo el carro, entre las ruedas.
-¡Paul! ¿Qué te ha pasado?- zarandearon al hombre en el suelo logrando despertarlo. -¿otra vez tú?- le preguntó Lewis a Mikasa con mirada envenenada.
-No, no ha podido ser ella- el líder caminó alrededor del carro con paso firme pero sin acongojar a Mikasa en ningún momento. Esperaba que no se percatara de que el chico estaba allí pero aquellos cabrones, en especial él, habían demostrado ser muy espabilados. Se sintió aliviada cuando volvió a dirigirse a sus hombres con seriedad. -¿qué es lo que os he repetido un montón de veces?- ellos se miraron confundidos entre sí. –si no vigiláis como es debido ocurren estas cosas. –cogió una fina vara de metal y se agachó lo suficiente como para lanzar un golpe bajo el carro hasta que la vara chocó con el cuerpo del joven. Repitió varias veces el movimiento hasta conseguir que saliera al exterior y entonces lo sujetó por el cuello. -¿veis? Si no cumplís con algo tan simple se nos cuelan pequeñas ratas. ¿Y sabéis lo que eso significaría?- esta vez asintieron intimidados de escuchar la respuesta de él.
-Si se cuelan polizones y nos joden los planes, entonces, perdemos dinero y lo que más odio en el mundo es perder mi puto dinero- su mirada agresiva se posó completamente sobre el joven al que sujetaba con fuerza, quien trataba de soltarse a toda costa.
Mikasa al ver la cercanía trató de alcanzarlos pero el hombre solo rió ante sus intentos y empezó a pegarle fuertes puñetazos a Eren. Cuando se cansó de utilizar sus manos lo arrojó al suelo como un saco y pasó a las patadas hasta que empezó a escupir sangre por la boca y por su nariz también chorreó aquel líquido rojo. Su cuerpo estaba lleno de heridas y Mikasa pudo ver en la oscuridad la herida abierta que tenía en la cabeza. Si seguían golpeándolo así acabarían matándolo.
-J-jefe- interrumpió con miedo uno de los espectadores. Parecía querer decirle algo importante aunque era evidente que temía interrumpirlo. –Se nos acaba el tiempo, pronto amanecerá- acabó diciendo. El hombre reaccionó a sus palabras alzando a Eren una última vez hasta su cara obligándolo a que lo mirara directamente a los ojos.
-Esto es lo que te pasa por meterte en los asuntos de los demás, mocoso. Tienes suerte de que tengamos cosas más importantes que hacer, sino te golpearía hasta saciarme.- lo dejó caer al suelo y Eren se recostó como pudo haciéndose un ovillo en el suelo. Le dolía el cuerpo por todas partes, incluso más que aquella vez en la que Mikasa lo ayudó. Se esforzó tremendamente por no perder la consciencia pero la cabeza le daba demasiadas vueltas como para poder aguantar tanto tiempo. Giró despacio su cuerpo para ver como los dos carros se alejaban y nuevamente observarla alejarse de él sin haber podido hacer nada. Otra vez, había fracasado.
Bueeeeno, hoy estoy especialmente motivada porque de momento… ¡he acabado los exámenes! Eso si no me cae alguna, claro. Pero aún así, sentía que debía subir un nuevo capítulo. Así que aquí lo tenéis. Espero que os guste. ¡Gracias por leer! :)
