CAPÍTULO 44: FELICES JUEGOS DEL HAMBRE

POV KATNISS


Cinna y Portia entran a la habitación para despertarnos. Nos dicen que no hay tiempo para desayunar y que lo haremos más tarde en el aerodeslizador.

Peeta se despide de mí con un beso muy emotivo para ambos, casi de despedida.

-Te amo, Katniss. Nos vemos en el estadio.

-Yo también te amo, Peeta. –Mi voz se rompe. Mantengo mi mano en su ropa negándome a dejarlo ir y fijando mi mirada en sus ojos azules. –Cuídate hasta entonces ¿sí? Por favor. –Le ruego. Me aterra que él muera en el baño de sangre apenas ponga un pie fuera de la base.

-Y tú no hagas nada impulsivo. –Me recomienda. Peeta sabe que yo soy muy capaz de hacer cosas impulsivas y estúpidas como… bueno, lo insinuó Haymitch al despedirnos.

-Lo prometo. Nos reuniremos apenas suene el gong ¿de acuerdo?

-Es una promesa, no se puede romper. –Con un beso en mi mejilla de despedida se va junto a su estilista.

Cinna me da una túnica sencilla para que me ponga encima de pijama y me acompaña al tejado. Los últimos preparativos se harán en las catacumbas, debajo del estadio en sí.

Un aerodeslizador se materializa de la nada, igual que el del bosque el día que vi cómo capturaban a la chica pelirroja, y deja caer una escalera de mano. Pongo pies y manos en el primer escalón y, al instante, me quedo paralizada. Una especie de corriente me pega a la escalera hasta que me suben al interior.

Aunque me imaginaba que la escalera me soltaría al llegar, sigo pegada a ella de los nervios sin saber que hacer y una mujer vestida con una bata blanca se me acerca con una jeringuilla.

-Es tu dispositivo de seguimiento, Katniss. Cuanto más quieta estés, mejor podré colocártelo. –Me explica.

¿Quieta? Soy una estatua. Sin embargo, eso no evita que note un dolor agudo cuando la aguja me introduce el dispositivo metálico debajo de la piel del antebrazo.

-Lo siento, sé que duele. –Se disculpa. –Será por unas horas, después se pasará.

-Está bien. –Digo.

Ahora los Vigilantes podrán localizarme en todo momento. No les gustaría perder de vista a un tributo.

-Te sacaremos una muestra de sangre también. ¿Has comido?

-No ¿Eso para qué es? –Pregunto.

-Para hacer distintos estudios. En base a los resultados, sus mentores les enviarán lo que necesiten para ser tratados de ser necesario.

Seguramente sólo harán estudios específicos de los tributos que sobrevivan al baño de sangre y los demás los descartarán, porque no tiene sentido determinar el estado de salud de un muerto. Y dado que el primer día mueren la mitad de los tributos por lo general, se ahorraran trabajo los profesionales.

En cuanto el dispositivo está colocado y me saca una muestra de sangre, la escalera me suelta. Me pide que me siente en una camilla de una sala de primeros auxilios, me hace un control general y me da un recipiente con tapa de plástico, para tomar una muestra de orina mía, para realizar otros exámenes. Yo obedezco aunque algunas cosas me parecen muy raras, porque nunca me han pedido que hiciera esas cosas.

Cuando salgo del baño dejo la muestra de orina donde me indica la enfermera, en una bandeja de plata justo al lado de mi muestra de varios tubitos de vidrio con mi sangre. No sé cuanta me extrajo pero viéndola así parecer mucho.

-Puede irse, Señorita Everdeen. Buena suerte.

Cinna me está fuera y me rodea con su brazo de mi hombro.

-¿Estás bien?

-Creo que me bajo la presión y sentí mareo, pero la enfermera me dio unos chocolates y me sentí un poco mejor.

-Es normal, algunas personas hasta se desmayan. Bueno, no queremos que pase eso. Necesitas tomar y comer más cosas dulces. Te sentirás mejor.

Un chico avox se acerca y nos acompaña a una habitación donde han servido el desayuno. A pesar de la tensión que noto en el estómago, como todo lo que puedo, aunque los deliciosos manjares no me impresionan como en días anteriores.

Estoy tan nerviosa que podría estar comiendo polvo de carbón. Lo único que me distrae es la vista desde las ventanas: sobrevolamos la ciudad y después la zona deshabitada que hay más allá. Esto es lo que ven los pájaros, sólo que ellos son libres y están a salvo. Justo lo contrario a mi situación o la de cualquier chico en edad de ser cosechado.

El viaje dura una media hora. Después se oscurecen las ventanas, lo que nos indica que llegamos al estadio. El aerodeslizador aterriza, y Cinna y yo volvemos a la escalera, aunque esta vez para bajar hasta un tubo subterráneo que da a las catacumbas.

Seguimos las instrucciones para llegar a mi destino, una cámara donde realizar los preparativos. En el Capitolio la llaman la sala de lanzamiento.

En los distritos la conocemos como el corral, donde guardan a los animales antes de llevarlos al matadero.

Todo está nuevo; yo seré la primera y única ocupante de esta sala de lanzamiento. Los campos de batalla son emplazamientos históricos y los conservan después de los juegos, destinos turísticos populares para los residentes del Capitolio: puedes pasar aquí un mes, volver a ver los juegos, hacer un recorrido por las catacumbas y visitar los lugares donde tuvieron lugar las muertes. Incluso puedes participar en reconstrucciones de los hechos. Dicen que la comida es excelente.

Me dan escalofríos ante las imagines que vienen a mi mente.

Sería genial que eso de las almas en pena vagando por la tierra fuera verdad, así por lo menos, los habitantes del Capitolio acabaran aterrados al menos.

¿Cómo pueden ser tan frívolos?

Cualquier persona de Distrito acabaría temblando de miedo al estar en el lugar donde se produjeron tantas muertes. Ellos en cambio, se burlan de todos los tributos y juegan a matarse con pistolas que lanzan papelitos de colores o pintura y armas de juguete.

Lucho por no vomitar el desayuno mientras me ducho y me lavo los dientes.

Cinna me peina con mi sencilla trenza de siempre; después llega la ropa, la misma para cada tributo. Los estilistas personales no tienen nada que ver con los trajes, ni siquiera sabe qué hay en el paquete, pero me ayuda a vestirme con la ropa interior, el pantalón verde musgo, la blusa azul oscuro, una camisa, el robusto cinturón marrón y la fina chaqueta negra con capucha que me llega hasta los muslos.

-El material de la chaqueta está diseñado para aprovechar el calor corporal, así que te esperan noches frescas –Me advierte.

Las botas, que me coloco sobre unos calcetines muy ajustados, son mejores de lo que cabría esperar: cuero suave, parecidas a las que tengo en casa. Sin embargo, éstas tienen una suela de goma flexible con dibujos, perfectas para correr. Afortunadamente, no tienen cordones. No nos caeremos porque se desaten tampoco.

Cuando creo que ya he terminado, Cinna se saca del bolsillo la insignia del Sinsajo dorado y el anillo de compromiso dentro de un medallón de oro puro que tiene la forma de la mitad de una esfera. Se me había olvidado por completo.

Si bien Peeta y tú no aceptaron colgantes decidí darte uno a ti para que tu anillo estuviera seguro.

-¿Y los otros?

-Entran en el medallón que tiene Peeta, pero dado que es un poco difícil que se pierdan a no ser que ustedes se los saquen, pueden llevarlos puestos.

Él me alcanza una cajita aterciopelada y la abro. Saco la alianza de casamiento y me la pongo en el dedo corazón donde estará hasta que muera.

Mi estilista me coloca el collar y engancha el broche en el costado superior de mi blusa.

-El Sinsajo es el símbolo del distrito de ustedes ¿no?

Asiento.

Es el símbolo de tu distrito, ¿no? Casi no logra pasar por la junta de revisión. Algunos pensaban que podía usarse como arma y darte una ventaja injusta, pero, al final, lo aprobaron. Eliminaron el anillo de la chica del Distrito Uno; si girabas la gema salía una punta envenenada. La chica decía que no tenía ni idea de que el anillo se transformase y no había pruebas que demostrasen lo contrario. De todos modos, ha perdido su símbolo. Y los anillos son los que indican que están casados, no pusieron queja alguna con que llevaran más de un recuerdo. Bueno, ya está. Muévete, asegúrate de estar cómoda.

Camino, corro en círculo, agito los brazos y hago ejercicios con las piernas

-Sí, está bien. Me queda perfectamente y es cómodo.

-Entonces sólo queda esperar la llamada. A no ser que puedas comer algo más.

-Ya perdí el apetito. Pero me gustaría beber ese jugo exprimido de naranja.

Cinna me prepara un vaso de jugo, mientras yo acomodo mejor el pantalón por debajo de mi bota para que no moleste.

Me bebo el dulce jugo a traguitos, mientras esperamos sentados en el sofá. No quiero morderme las uñas ni los labios, así que acabo mordisqueándome el interior de la mejilla. Todavía noto las heridas que me hice hace unos días; no tardo en sangrar.

Los nervios se convierten en terror cuando empiezo a pensar en lo que me espera. Podría estar muerta, muerta del todo, en una hora o menos… Al igual que Peeta… Ese chico lo suficiente amable y noble como para ser un Ángel, pero fuerte y determinado cuando se trata de defenderme. Si uno de los muere, el otro muere instantáneamente. Me toco de manera obsesiva el bultito duro del antebrazo, donde la mujer me inyectó el dispositivo de seguimiento y está tapado por un pequeño apósito, que también tengo en mi otro brazo por la extracción de sangre. Pero Cinna, me toma la mano para que deje de hacerlo.

-Te vas a lastimar, Katniss. No te toques por dos días al menos, o te dolerá más. Es obvio que estás nerviosa. Pero no te hieras a ti misma. Eso no soluciona nada.

-Lo siento. Tienes razón.

-¿Quieres hablar?

-Me sacaron sangre y pidieron una muestra de orina. ¿Sabes que estudios hacen?

-Para descubrir si tienes anemia, algún problema de hígado, enfermedades, problemas de cualquier tipo. Pero a las mujeres en especial, les hacen estudios para saber si están embarazadas. Precaución. Nunca sabe que puede pasarles a ustedes en la arena. Es un registro para los mentores también. De ese modo la gente puede ayudarlos.

-Puedes que den positivos. –Murmuro y bajo la mirada avergonzada.

-¿Qué dices?

-Que el embarazo es una posibilidad. Pero no quiero que eso cambie la visión de nadie. Yo no voy a salir de la arena sin mi esposo.

-Sabemos que ninguno saldrá de la arena. Pero haremos lo posible por mantenerlos vivos todo el tiempo que podamos.

-Gracias.

-¿Quieres que haga algo más por ti?

-Nada. Ya te lo pedí anoche. Con Peeta ya pusimos todo en las cajas como nos pidieron. Sabrán a quienes pertenecen porque aparecen los nombres en los dorsos de los sobres.

-Bien. Eso ahorra trabajo.

Ambos reímos por su comentario. Mi estilista y amigo está tratando de hacer esta despedida más liviana.

Le doy la mano y Cinna me la aprieta entre las suyas. Nos quedamos así sentados hasta que una agradable voz femenina nos anuncia que ha llegado el momento de prepararnos para el lanzamiento.

Todavía agarrada a las manos de Cinna, me acerco a la placa de metal redonda.

-Recuerda lo que dijo Haymitch: corran, busquen agua. Lo demás saldrá solo y lo que necesiten, se los enviaremos o lo tendrán en algún momento. Y recuerda una cosa: aunque no se me permite apostar, si pudiera, apostaría por ti.

-¿De verdad? -Susurro.

-De verdad. Conseguirás lo que tú desees. –Afirma Cinna; después se inclina y me da un beso en la frente. –Buena suerte, Chica en Llamas. Mándale saludos a Peeta de mi parte.

Entonces me rodea un cilindro de cristal que nos obliga a soltarnos, que me obliga a separarme de él, sintiéndome aterradoramente sola. Con ganas llorar y preocupada por qué sucederá en minutos. Cinna se da unos golpecitos en la barbilla; quiere decir que mantenga la cabeza alta.

Levanto la barbilla y me quedo todo lo quieta que me es posible.

Cinna continúa con su mano contra la mía en el cristal que nos separa. Lo miro asustada, pero él intenta tranquilizarme sin palabras, simplemente con sus gestos.

El cilindro empieza a elevarse, haciendo que rápidamente los ojos verdes y la sonrisa agradable de mi amigo desaparezcan de mi campo de visión y, durante unos quince segundos, me encuentro a oscuras. Después noto que la placa metálica sale del cilindro y me lleva hasta la brillante luz del sol, que me deslumbra; sólo soy consciente de un viento fuerte que me trae un esperanzador aroma a pino. Sólo puedo pensar en bosques y eso me hace salir de mi letargo.

En ese momento oigo la voz del legendario presentador Claudius Templesmith por todas partes:

-Damas y caballeros, ¡que empiecen los Septuagésimo Cuartos Juegos del Hambre!