Capítulo 5: Un Gran Castigo. ¡Qué injusto!

—¿Por qué debemos hacer esto? —se quejó el pequeño goblin, rociador en mano; a su lado, su compañero en igualdad de condiciones.

—Goblins malos —El otro sacudió su cabeza a ambos lados, casi infantil arrepentimiento.

—Ustedes ayudaron al príncipe Conrad —el enano dijo con alegre tono, sentado en la fuente fuera del castillo, pues, el rey le había ordenado vigilar de que estos dos pillos cumplieran con su 'dura' sentencia—, y el rey Jareth me ha encomendado que se haga su voluntad.

—Higgle malo —volvió a opinar el goblin de menor tamaño.

—¡Tsk! —El enano chasqueó su lengua junto a un gesto despectivo de su mano—. No me importa lo que piensen ustedes dos. Y mi nombre es Hoggle.

—Rey te llama Higgle… Hoghead… Hogbrain… Hedgewart…

—¡¿Quién te preguntó?! ¡Ponte a trabajar! —le apresuró molesto. Sí, el rey era un ser irritante y parecía divertirle sacarlo de quicio con sobrenombres que él mismo inventaba. Hoggle odiaba eso, pero, respetaba a su rey y, de alguna manera, le tenía cierto aprecio aunque le costara reconocerlo. El rey anterior no hacía ni la mitad de lo que este.

—De acuerdo… —consintieron desganados y se empezaron a oír los sonidos de los rociadores. Hoggle los observaba cual sargento. ¡En buena hora que alguien se hiciera cargo de esas molestas hadas! Y él, tomaría unas merecidas vacaciones, se recostó sobre el pilar de fuente.

—¿Qué sucede, Conrad? ¿Demasiado esfuerzo para ti? —se mofaba el soberano viendo a su primo cambiando pañales y tratando de calmar a las últimas adquisiciones del mundo mortal. Por su lado, este parecía desesperado intentando hacer acallar al bebé que se había hecho encima; al que de nuevo tenía hambre; al que extrañaba a su madre; al que… ¡Era imposible!

—¡Jareth, no seas así! ¡Por favor, primo; soy muy joven para morir en medio de pañales, cremas para paspaduras; biberones y gritos de exigencia! —El pequeño en sus brazos gritó más fuerte y molesto le pegó en la cabeza con su muñeco de trapo por lo que Conrad cerró sus ojos—. ¡¿Lo ves?! ¡Estos pequeños monstruos son peores que tus goblins! —Jareth carcajeó con soltura.

—Exageras, primo. Pero, te daré una pequeña mano, siempre y cuando no vuelvas a molestar a tu hermana y no le digas nada a tu padre.

—¡Te lo prometo! ¡En serio! —le aseguró ansioso por que le aliviase el castigo.

—De acuerdo —dijo aproximándose a la cuna de uno de los tantos infantes—. Empezaré por el de la barriguita adolorida… No debió comer ese musgo.

—Es que ni bien me di vuelta ya estaba llevándoselo a la boca. ¡¿Cómo iba a saber que le gustaría el musgo de la pared?! ¡Y ni siquiera camina, por todos los cielos!

Jareth se concentró en el niño y acariciando su tibio vientrecito le arrulló, por lo que el chiquillo sonrió relajadamente y se durmió. Y tomó el siguiente y así sucesivamente. Conrad lo miró maravillado.

—¿Cómo… le haces, Jareth? ¡Ellos te adoran!

—Tú también tienes el don, Conrad. Quizás de una manera diferente, pero, lo tienes. Eres un fey y tu padre bien podría estar ocupando mi trono; está en tu sangre.

—¿Tú crees?

—Estoy seguro. Quizás, debes desarrollarlo un poco más, como la magia. Cuando eres niño no se puede hacer grandes cosas, ¿no? Pues bien, con esto sucede lo mismo.

—¿Me… ayudarías a hacerlo? —cuestionó viéndole con esperanzas—. No es que quiera ser como tú ni nada de eso, pero… ¡eres genial! —Su voz nuevamente mostró admiración— ¡Y también debo saber cómo le haces para girar tantos cristales al mismo tiempo! ¡Yo he intentado con tres y me ha costado un poco, pero, con cuatro…! ¡Imposible! —Jareth rió algo avergonzado. Su primo siempre lo había tomado como ejemplo a seguir, al menos, en algunos aspectos, por que por sí solo Conrad siempre había sido demasiado travieso, aún más que él.

—De acuerdo, te ayudaré a mejorar con los bebés. Lo de los cristales, sigue practicando. En cuanto a mi encanto, eso es más difícil.

—¿Qué encanto? —Sonrió ladino—. ¿Ya te están llenando la cabeza?

—¡Pequeño tramposo! Tienes el primo más encantador de todos y no quieres reconocerlo sólo por celos —le siguió el juego; a lo que Conrad, con su lengua asomada, hizo un poco educado resoplido. Las criaturas le vieron risueñas y sonrieron. El adolescente observó a su rey quien elevó las cejas divertido—. Tal parece que esa es tu gracia para con ellos.

—¿En serio? —Se sorprendió y volvió a repetir la acción, una y otra vez e inventó más morisquetas hasta que las risitas de los niños inundaron el salón.

Erwin asomado en la entrada con escepticismo; sonrió bonachonamente al ver a su hijo disfrutando de hacer feliz a los pequeños. Aquello le trajo recuerdos de cuando Alin era apenas un bebé y en los instantes en que Conrad pensaba que nadie lo veía, iba a acariciarla y le cantaba e inventaba juegos para alegrarla. Claro que tanto él como su esposa jamás le habían dicho que sabían cuánto amaba a su hermana pese a sus escenas de celos y sus diabluras.

—Bueno, mi muchacho —habló el príncipe Erwin viendo a su hijo que, suspirando tras atender a los niños de la guardería del reino, hizo presencia en el comedor junto al rey—, espero que hayas aprendido tu lección.

—Sí, sí. Aprendí a cómo cambiar pañales y lo mal que puede oler un bebé por muy lindo y tierno que se vea —protestó. Jareth, a su lado, dejó liberar una franca risa.

—Bueno, salvo por eso y por algún que otro baboseo sobre tu persona no puedes decir que la has pasado mal. De hecho —siseó con maldad—, tuve que insistirte en que ya era hora de cenar —Conrad le miró por el rabillo del ojo con las pestañas vengativamente a mitad de camino.

—Eso fue porque la pequeña Kim se apoderó de mi nariz, a no ser por ello, yo hubiera sido el primero en alejarme de allí.

—¡Oh, disculpa! No sabía que una pequeña de apenas un año te tenía totalmente subyugado con su extraordinaria e increíble fuerza física —rebatió el rey.

—Tú no eras quien estaba atrapado como para saberlo —semejó ofensa por lo que Erwin tuvo que morder sus labios para no echarse una carcajada.

—De acuerdo; puedo ver que has sufrido mucho ahí dentro. Espero que lo recuerdes para cuando se te vuelva a cruzar la idea de pegarle caracoles en la cabellera a tu hermana.

—¿Qué? —Su voz sonó algo decepcionada—. ¿Sólo así me castigarás con la guardería? —Jareth dio vuelta su rostro para que su joven primo no le viera jocoso.

—Bueno… —Erwin frunció sus labios simulando pensarlo—, a decir verdad, cualquier travesura que hagas será castigada, aunque no puedo asegurar si el destino siempre será la guardería.

—¡No es justo! —El adolescente clamó y cambió su actitud ante la fingida mirada de extrañeza tanto de su padre y de su primo sobre sí—. Quiero decir, que no hay nada peor que la guardería, eso —carraspeó incómodo—. Prefiero ir a rociar hadas con mis secua… ¡mis amigos goblins! —corrigió.

—Claro que no. Ya bastante tiene Hoghead con esos dos como para tener que vigilarte a ti también.

—Completamente de acuerdo, Jareth —convino su tío viendo el reloj—. ¿Qué estará haciendo esta niña que aún no baja a cenar?

—Twig está con ella en su alcoba, Su Alteza —le aclaró Brisky.

—Apuesto a que llegará tarde… —exhaló Conrad—. Ahora siempre llega tarde.

—Es lógico —Sonrió su padre—. Cada día Alin se convierte más en una mujer; pronto cumplirá catorce y cuando queramos acordarnos, se convertirá en una dama cortejada y seguidamente casada.

—¡¿Por qué?! —Conrad pareció irritarse—. ¡Ella aún es muy joven! ¿Por qué va a venir un… estúpido bueno para nada a llevársela, eh? ¿Acaso es más importante un estúpido bueno para nada que nosotros que la hemos venido soportando desde que nació? ¡No! ¡Simplemente no!

—¿Esos son celos, primo? —El Rey Goblin elevó una sarcástica y prolija ceja—. ¿Por tu hermana?

—¿Yo…? —Se escandalizó con las mejillas rojas de vergüenza—. ¡Ja! ¡Por mí que se la lleve el primer atolondrado en el cual ella deposite sus ojos!

—Eso suena a considerado de tu parte —Jareth le hizo ver risueño. Erwin cubrió con disimulo sus labios tras una de sus enguantadas manos.

—¡No lo es!

—Sí, lo es. ¿Por qué si no te va a importar en que ella deposite sus ojos en él y no al revés? —Esta vez, el monarca sonrió con perversidad. Sabía que lo había atrapado en su propio juego.

—¡Porque no se me da la gana y punto! ¡Y porque tú eres el 'Oh El Hombre Perfecto' para ella! —terminó de decir mostrándole la lengua a su soberano.

Erwin abrió sus ojos azorado. ¿Por qué este joven no podía tener un poco de sensatez y respeto hacia su primo, el cual no sólo era su rey si no que también era mayor.

Pasó un segundo de sorpresivo silencio ante un confundido Jareth. ¿Alin lo veía como un hombre? ¡Eso no era posible, él apenas la veía como una niñita y no creía poder verla de otra manera! ¿Por qué ella…? Se quedó viendo a Conrad y analizó un poco la situación. ¡Allí estaba el problema! Al llegar él a la casa de su tío, la niña lo tomó a él como su hermano mayor, por lo que Conrad perdió terreno sobre la admiración de su hermana. Dejó escapar una clandestina risita. Este chico era de lo peor en cuanto a lo posesivo con Alin, ambos hermanos lo eran con respecto a lo que consideraban suyo, quizás, porque siempre su padre fue excluido del resto de la familia hasta que él llegó a sus vidas y aprendieron desde muy niños a salvaguardarse de los malintencionados comentarios y desdenes.

—Siento haberte quitado el puesto de 'héroe,' primito. No fue intencional.

—¿Héroe? ¡Tsk! —Se puso más ruboroso—. ¿Además, quién quiere que esa cabeza hueca ande persiguiéndolo a uno? ¡Ja-ja-ja! Como si me interesara tamaña molestia.

—¡¿A quién llamas cabeza hueca?! —se oyó tronar desde las puertas del comedor abiertas por dos goblins de buen tamaño, alabardas en mano, apareciendo por ellas Alin con Twig tras de ella.

Tal parecía, últimamente, a Alin se le daba por arreglarse más que de costumbre y de allí sus tardanzas. Pues, como toda muchacha, nunca acababa por decidirse si por una prenda u otra; este peinado o mejor aquel.

Ciertamente que la muchachita ya era toda una mujer y tal como había pronosticado a su hijo, pronto llegaría el momento de elegirle esposo entre los muchos candidatos que aparecerían tras su aniversario.

—Bueno, Twig ha demostrado ser muy sabia, así que si haces cálculos…

—Conrad… —le amonestó Erwin—. ¿Quieres que en vez de a la guardería te envíe a ayudar a Sir Dydimus en el Bog…?

—¡No, no! —se dispensó inmediatamente y se incorporó para correr la silla a su hermana antes de que su primo lo hiciere. Alin le vio tan molesta como antes, puños en sus caderas—. ¿Lo ves? Yo quiero ser educado, es ella quien no me deja.

—Alin, tu hermano está siendo amable contigo, así, que esta vez sé correcta, hija. Ambos deben cambiar sus maneras, especialmente entre sí —La muchacha aceptó el asiento ofrecido. Jareth sonrió ante las palabras dichas con gran paciencia por su tío. Ese hombre tenía una paciencia prodigiosa, así como una mente astuta y un corazón invaluable. Él hubiera sido muy feliz de haberle tenido como padre. El suyo sólo lo había visto de tanto en tanto, muy ocupado con su madre y ella con él. Eso era lo único bueno que podía decir de sus progenitores, el mutuo amor que se prodigaban… Aunque él no parecía haber estado en sus planes…—. ¿No falta algo, hija? —señaló Erwin.

—Gracias, Conrad —dijo desganada.

—De nada, Alin —El muchacho mostró radiante sonrisa como quien vence una gran apuesta.

—Eso está mejor —convino el príncipe. El Rey Goblin salió de sus tristes pensamientos y sonriendo agradeció a los poderes supremos por quienes tenía consigo.

—¿Entonces, ya podemos comenzar? —Jareth inquirió.

—Por supuesto, mi muchacho —Erwin le sonrió en una suerte de conocimiento de a dónde la mente de su sobrino había divagado—. Aquí tú eres quien da las órdenes y de ti depende el futuro —Jareth le correspondió. Estaba seguro de que aquel hombre lo sabía todo, al menos con respecto a él y por ello nunca se cansaba de brindarle consejo y guía.

Alin sonrió con coqueta simpatía a Jareth cuando este halagó su nuevo atuendo, por lo que ella le explicó qué modista se lo había hecho y porqué había elegido ese modelo y ese color; y que las alhajas las había escogido con la ayuda de Twig, quien tenía un muy buen ojo para ello.

Erwin sonrió con cierta pena, su niña apenas tenía damas a su lado con quién hablar de cosas como esas, a veces, pensaba que debería buscarse un nueva esposa, pero, no sería justo para nadie. Él no podía apartar su corazón de Matrika y sus hijos tampoco aceptarían a nadie de buen grado, tanto como él. Además, ¿qué si la mujer mostraba una falsa fachada y una vez en la casa maltrataba a sus dos tesoros? ¡Nunca permitiría cosa semejante! ¡Y menos en donde él conservaba los más bellos recuerdos de su único amor! Toda su finca estaba invadida de ellos y en cada uno podía sentirla como si fuera ayer.

—Entonces, en vista de que te ha llevado tanto trabajo, ¿qué tal si te invito a una breve caminata por el jardín? Con el consentimiento de tu padre, claro está —Jareth sonrió a este con diversión, pues, pese a las anteriores palabras de Erwin a su hijo con respecto a 'futuros pretendientes,' este era muy cuidadoso en cuanto a estos y era más probable que los sacase corriendo hasta que el pobre tipo le ganase insistiendo y demostrando cuánto amaba a su pequeña niña.

—Por supuesto que tiene mi consentimiento para pasear contigo —rió por lo bajo. ¡Diablo de muchacho, divirtiéndose a su costa! Bueno, él era en parte culpable de fomentar esa personalidad en él, ¿o no?—. Ahora, no olviden en llevar a Conrad con ustedes. Todos sabemos que no faltan malas lenguas para dañar la reputación de cualquiera de nosotros.

—Lo sé, tío. Es que a Conrad ya le había dicho antes y él aceptó.

—¿Por qué tiene que venir él? ¡Sólo nos fastidiará con sus monerías! —opinó Alin

—¡Oh, perdón, señorita 'Mira Mi Bonito Vestido'! ¿Acaso no puedes tolerar un poco de competencia? ¿Quién crees que eres? ¿La dueña de nuestro primo? ¡Él me quiere más a mí que a ti!

—¡Yo no me creo…! —se irrumpió ante la mímica de su hermano, la cual optó por ignorar y contestar sus acusaciones—. ¡Eso es menti…!

—¡Si siguen peleando ninguno irá a ninguna parte! —Su padre intervino con firmeza—. Con permiso de Su Majestad, claro está —aclaró con un movimiento de cabeza hacia el mismo.

—Totalmente de acuerdo —ocultó su sonrisa y sus primos se miraron entre sí con inquina y algún disimulado mohín cuando se pensaban libres de atención.