Esta historia no me pertenece, es de Alessandra Neymar.
Los personajes de Naruto no me pertenecen, le pertenecen a Kishimoto
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Resumen completo:Hinata Hyuga, una joven adolescente de la alta nobleza japonesa, regresa a Tokio tras muchos años de internado sin entender muy bien por qué su familia la quiere de vuelta. Allí se reencuentra con Sasuke Uchiha, un conocido de la familia con quien nunca ha tenido muy buena relación. Sasuke es terriblemente atractivo, impulsivo, y no parece tener más preocupaciones que las peleas con otras bandas y coquetear con chicas de piernas largas. Al empezar el curso, Hinata y Sasuke verán que no sólo comparten la misma clase sino también el mismo grupo de amigos. Lo que empezará con odio irá desembocando a una tensión cada vez más fuerte, con provocaciones cada vez más descaradas y situaciones límite… Y cuando finalmente ambos se atrevan a aceptar sus verdaderos sentimientos, deberán sortear obstáculos que nunca hubiera ni imaginado….
CAPÍTULO 5
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Pov. Sasuke.
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Me desplomé en la cama sabiendo que la oscuridad de mi habitación me consumiría. El silencio de la madrugada lo invadió todo y dejó vía libre a mis pensamientos.
Su nombre retumbaba en mi cabeza como si alguien me lo estuviera susurrando al oído una y otra vez. Cerré los ojos, desesperado, pero entonces vi su imagen. Parecía dibujarse entre la bruma.
Tan delicada y atractiva. Tan pálida y sensual. Deseé tenerla delante de mí. No dejaría que hablara, únicamente le pediría que me dejara observarla hasta que me venciera el sueño. Y cuando despertara…
«¡¿Pero qué estoy pensando?! ¿Eres estúpido o qué? Es una niñata. No la soportas», me reproché.
No podía permitirme caer, no con ella. No podía… enamorarme.
Suspiré vencido por el sueño. Me quedaba poco tiempo de conciencia. Pronto mi mente sería la dueña de todo mí ser y ahí no tendría nada que hacer. Así que me dejé llevar, convencido de que cierta Hyuga sería la protagonista de mis sueños.
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Mi padre golpeteaba su rodilla con los dedos. El aroma de su habano había impregnado toda la limusina y mi madre hacía todo lo posible por disimular lo mucho que le molestaba. Hasta que mi padre vio cómo su esposa arrugaba la nariz. Abrió el cenicero y apagó con decisión el puro mientras ahuyentaba la pequeña humareda que se había formado alrededor de su cabeza.
—Yamato, ¿podrías abrir la ventana? —preguntó mi padre al chófer.
—Enseguida, señor.
La ventanilla comenzó a bajar lentamente y dejó entrar unas gotas de lluvia acompañadas de una brisa helada. No llovía demasiado, pero era suficiente para estropear la entrada triunfal que Rasa había planeado.
Sabaku Rasa había convocado a todos los medios de comunicación de la ciudad poniendo como excusa que se trataba de una fiesta benéfica. Asistía toda la nobleza, así como los políticos importantes del país. Se suponía que la recaudación iría destinada a los más desfavorecidos: centros de acogida, albergues, hospitales, familias sin trabajo…
Pero, en realidad, era una enorme tapadera. No se haría ninguna obra benéfica, solo era una pretexto para conseguir escaños en su campaña política y así alejarse de Hiruzen Sarutobi, su mayor contrincante en la batalla por la alcaldía de Tokio. Simples artimañas políticas para tener el favor del pueblo. Y, si no lo lograba, siempre podía comprar los votos.
—¿Así está bien? —preguntó Yamato.
—Perfecto —contestó mi padre, y enseguida cogió la mano de su esposa y añadió—: Disculpa, querida, no recordaba lo mucho que te incomodaba el aroma del cigarro.
Ella sonrió y se acercó para darle un beso en la mejilla. Desvié mi mirada hacia la calle y mi hermano y primo hicieron lo mismo.
—No pasa nada, cariño —contestó mi madre.
Después de más de veinticinco años juntos, seguían igual de enamorados. Me preguntaba si yo lograría eso. Seguramente no, pero estaba orgulloso de que mis padres aún disfrutaran de su amor.
—¿Crees que la prensa se enterará? —preguntó Itachi, controlando la tensión de sus piernas.
—Tranquilízate, hijo. Tenemos más de cien personas velando por la seguridad de nuestra «fiesta benéfica». Deja que hagan su trabajo —le cortó mi padre, con aquel tono de voz tan sarcástico y seguro.
—Estoy tranquilo, papá. Pero no creo que se lo traguen. ¡Por favor! Si así fuera, entrarían los medios. Sé que sospecharán —remarcó.
Itachi tenía razón; si se descubría que Rasa Sabaku había organizado un evento que no existía, tendríamos problemas con su campaña y todo el proyecto se iría a la mierda. Porque lo que menos nos convenía era que Hiruzen Sarutobi fuera alcalde.
—Itachi, ¿es que no has aprendido nada, muchacho? —Mi padre se incorporó y yo me crucé de piernas. —¿Crees que dejaríamos que lo descubrieran? Tengo a tres comisarías vigilando la zona y a toda nuestra seguridad controlando el hotel. Necesitamos esos votos sea como sea y tú lo sabes. —Su voz subió ligeramente de tono—. Así que deja de importunar con tus estúpidos miedos de cobarde, ¿quieres?
—No soy un cobarde, padre. Es solo que… estoy algo nervioso. Son demasiados millones los que podrían perderse. Solo quiero que salga bien.
—Pues entonces comienza por relajarte, Itachi —le dijo Shisui, mi primo tocando su hombro—. Todo saldrá como lo planeamos el jueves en la mansión Hyuuga.
El coche se detuvo frente al Palace Hotel Tokyo. Ese enorme edificio de cinco estrellas era propiedad de mis abuelos maternos. Así que, en total, contábamos con la seguridad de la familia de mi madre, más la que llevaban los más de veinte clanes familiares que allí se daban cita. Parecía suficiente.
—Hemos llegado, señor Uchiha.
En la entrada se agolpaban algunos periodistas equipados con sus cámaras y unos chubasqueros de plástico para evitar que el agua calara su ropa y enseres. La seguridad personal de mi padre se colocó junto a su puerta para evitar que se agolparan allí todos los fotógrafos.
—Bien, vamos allá. —Dibujó golpeó suavemente el cristal tintado de aquel Maybach.
Ibiki, jefe de personal, se colocó la muñeca cerca de su boca y murmuró algo por el dispositivo que llevaba. Abrió la puerta y se inclinó.
—Todo controlado, Fugaku. Cuando usted quiera podemos entrar al hotel.
—¿Han llegado todos? —preguntó mi padre colocando un pie fuera del coche.
—Sí, solo falta Sabaku Gaara, que vendrá acompañado de Hinata Hyuga.
Sentí un escalofrió al escuchar su nombre. Había olvidado que ella estaría allí y que iría acompañada del imbécil de Gaara. Se me revolvieron las tripas al imaginarlos juntos.
«¿Cómo podía estar con él?», me pregunté.
Gaara no era suficiente hombre para ir al lado de Hinata. Era un capullo que se las daba de inteligente. ¿Eso es lo que ella quería?
Negué con la cabeza, intentando disipar mis pensamientos. No quería que Hinata estuviera en ellos, no quería que perteneciera a ellos. Solo deseaba que desapareciera esa ardiente quemazón que me producía. No quería que una niña engreída se adueñara de mi mente pero, hasta ese momento, lo estaba logrando.
Mi padre salió del coche derrochando el orgullo que le caracterizaba. Le siguieron mi madre y mi hermano y primo. Mientras la prensa les perseguía hacia el hotel (sin apenas dejarles caminar), yo me quedé en el vehículo, esperando para salir sin ser visto.
Me coloqué bien la chaqueta de mi traje Gucci y escondí mi cabeza entre los hombros comenzando a caminar hacia los árboles que guardaban la fachada del hotel; entraría por la parte de atrás.
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Pov. Hinata.
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Su mano tomó la mía y se la llevó a los labios para darme un suave beso. Me molestó sentirle tan cerca, a pesar de la dulce y delicada caricia. No le había dado permiso para que se tomara esas confianzas. De hecho, tampoco tenía interés en asistir a la fiesta con él. Por culpa de su actitud cariñosa, todo el mundo tendría la impresión de que Gaara y yo éramos pareja, y eso quedaba muy lejos de la realidad. No era su novia ni quería serlo, por mucho que a mis padres les enloqueciera la idea. Él jamás me tendría.
Gaara tomó su copa de cava y yo apreté los labios para intentar controlar mi repentina ira. Solo nos quedaban unas calles para llegar al hotel. Me pareció una travesía interminable.
Me concentré en la lluvia. En ese momento caía con más fuerza y arrastraba una corriente rabiosa que agitaba todo a su paso. Tuve la sensación de que estábamos en noviembre y no en enero.
—Mi madre tiene unas ganas enormes de verte —me dijo. Yo le miré, casi arrastrando mis ojos, y forcé una sonrisa—. No deja de hablar de ti a todas sus amigas…
Karura solo había podido verme una vez durante toda la semana, y fue la noche del jueves, cuando los Sabaku y los Uchiha asistieron a la cena que se organizó en mi casa. Al parecer, aquellas veladas se repetían con frecuencia.
—Si habla de mí es porque alguien le ha dado ese tema de conversación, ¿no crees? —dije un tanto molesta.
—Bueno, debo admitir que le he hablado de ti, y a mi madre le ha resultado fascinante.
—¿Puedo saber por qué?
—Es obvio, ¿no? —Volvió a coger mi mano después de soltar la copa. Desvié mi rostro hacia la ventana intentando controlarme—. Hinata, creo que eres lo suficientemente lista como para saber que me siento atraído por ti. Y, al parecer, por la reacción de tu piel cuando te toco, tú también sientes lo mismo por mí. —Retiré la mano.
—Creo que es… pronto… para hablar de estas cosas, Gaara. —Intenté ser respetuosa a la par que evitaba tartamudear; solía hacerlo cuando estaba demasiado enfurecida.
—¿Pronto? ¿A qué te refieres? —preguntó extrañado.
—Apenas nos conocemos —dije con rotundidad.
El coche se detuvo. La luz anaranjada del Palace Hotel Tokyo nos iluminó de repente.
—No necesito conocerte, Hinata. Yo sé lo que quiero y con eso me basta. No soy buen amigo del tiempo —continuó, cínico.
—Veo que no te gusta esperar —repetí, susurrando.
«Maldito gusano asqueroso», pensé.
Estaba echado sobre mí, soltándome todas aquellas patrañas como si tal cosa… Era como si me estuviera preparando para lo que me esperaba dentro.
—Sencillamente, hay gente que tiene la suerte de no encontrarse con esa palabra. Suena mal ¿no te parece? No, sin duda la espera no está diseñada para gente como nosotros, Hinata —concluyó.
Mi puerta se abrió y el chófer me ofreció una mano mientras sostenía un paraguas con la otra. En ese momento, unas frías gotas entraron en la limusina y rebotaron contra mis medias. Suspiré y le di la mano. Fue entonces cuando me percaté de los fotógrafos que esperaban en la entrada. Había estado tan absorta en la palabrería de de Gaara que ya no recordaba que asistiría la prensa. Rápidamente, se agolparon a mi alrededor. Me envolvieron con flashes y preguntas sin dejar de repetir mi nombre cuando el chófer me cogió del brazo.
—Señorita Hyuga, le aconsejo no hablar de la fiesta —me previno el chófer.
—Darui, eso no es asunto tuyo, ¿no crees? —masculló Gaara, rodeado ya de dos de sus guardaespaldas.
—Lo siento —se disculpó.
¿Qué no era asunto suyo? ¿Qué quería ocultarme Gaara? ¿Qué ocurría con aquella fiesta?
—Por favor, dejen pasar. —El perfilado rostro de Gaara intentaba dar una imagen agradable a los medios.
—Señor Sabaku, ¿viene acompañado de su novia? ¿Hinata Hyuga es su pareja? ¿Desde cuándo están juntos? —comenzaron a preguntar todos a la vez casi gritando. Yo no salía de mi asombro, pero me impresionó aún más que Gaara no negara nada. Solo sonreía mientras me arrastraba hasta el hotel. Quise matarle.
Al entrar, suspiré intentado recuperarme de lo que acababa de suceder. No estaba acostumbrada a ese tipo de cosas, era la primera vez en mi vida que me abordaban los medios de comunicación y ahora sería portada de todos los periódicos de la ciudad porque Gaara no había sido capaz de desmentir los rumores (que él mismo había creado) sobre nosotros. Él era muy conocido. Era de una familia importante y famosa en el mundo de la política. No sería la primera vez que un Sabaku se convertía en alcalde de Tokio.
Le sentí detrás.
—¿Sabes que estás espléndida? —susurró rozando la curva de mi cuello con sus dedos antes de quitarme el abrigo.
Me retiré furiosa y giré el rostro hacia él.
—No somos novios —mascullé.
—No estaban pidiendo tu opinión —dijo, refiriéndose a los periodistas.
—Pero debiste darles la respuesta correcta.
—Puede que esa fuera la respuesta correcta, Hinata. No tomes decisiones tan rápido. —Me acarició el mentón.
Volví a apartarme, irritada por su comportamiento. ¿Qué quería conseguir? Si se trataba de un capricho de niño rico, no tenía ninguna gracia.
—Tengo criterio, Gaara, y sé tomar mis propias decisiones. —Levanté un dedo para señalarle—. Y créeme, sé cuándo son definitivas.
Quise irme, pero me cogió del brazo con fuerza. Miró de soslayo hacia atrás y se percató de que el recepcionista estaba allí intentando mantener el tipo. Apretó los dientes y fue soltando mi brazo lentamente. Quiso remediar su arrebato de furia fingiendo una actitud dulce y delicada.
—Yo decido si es definitivo o no. ¿Te queda claro? —replicó con una falsa sonrisa.
—¡No!
—No me grites —me amenazó.
—No me trates como si fuera una estúpida.
Abandoné el vestíbulo y le dejé atrás. Pero cuando entraba en el gran salón, Gaara tomó mi mano y entrelazó sus dedos con los míos. Varias personas contemplaron la escena y él sonrió. Sabía que no podía montar un numerito para que todo el mundo fuera testigo de nuestra reyerta. Me tragué mi orgullo pero intenté transmitirle toda mi furia.
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Pov. Sasuke.
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La observé conversar con Karura Sabaku, , con su madre y con Hanabi mientras Gaara acariciaba su espalda; esta vez sí estaba cubierta, concretamente por un vestido de cóctel color marfil. Pero daba igual lo que se pusiera, siempre me causaba la misma impresión, el mismo fuego.
No parecía cómoda. Escuchaba parlotear a Karura con poco entusiasmo, pero nadie pareció advertirlo. Yo sí. Comenzaba a conocerla, lo que no dejaba de ser preocupante porque significaba que la observaba demasiado.
Kakashi tocó mi hombro sacándome de mi ensimismamiento. Se colocó frente a mí con una sonrisa en los labios un tanto incrédula oculta bajo su máscara. Como si me estuviera leyendo la mente.
—Es extraño verte tan solo en este tipo de fiestas. Siempre sueles estar acompañado de alguna mujer. ¿Qué ha cambiado? —Cogió un vaso de vodka de una de las bandejas y se apoyó en la barra esperando a que contestara.
Me intimidaba que Kakashi me contemplara de aquel modo. No me convenía que lo hiciera durante demasiado tiempo. Sabía que podía terminar descubriendo lo que agitaba mi cabeza. Él me conocía tan bien como Naruto.
Suspiré y tomé un sorbo de mi ron mientras desviaba la mirada hacia Hinata. No pude evitar el impulso de hacerlo.
—En fin, no hace falta que contestes. Tu mirada te ha delatado. —Se acercó a mí—. Una vez más.
—Kakashi, no sigas por ahí. —Hice una mueca.
Miró hacia ella. Yo sabía que la quería como a una hermana.
—Es una niña maravillosa.
—De niña la verdad es que tiene bien poco, créeme —dije sin poder contenerme.
Soltó una carcajada y aproveché para volver a mirarla.
—¿Por qué no me dices de una vez qué te pasa con ella? Porque está claro que algo sucede. Te conozco bien, Sasuke. Y a Hinata también la conozco muy bien. —Se puso serio—. Y está claro que algo pasa entre vosotros dos.
—No lo sé, Kakashi. Lo mismo me ha preguntado Naruto y lo mismo le he respondido. —Resoplé descubriendo un nuevo calor en mi cuerpo—. De lo único que estoy seguro es de que no quiero tenerla cerca. Hace que me sienta…, no sé, como perdido.
Kakashi frunció el ceño.
—¿Amor? —dijo.
Me puse tenso y le miré con el rostro duro formando una línea con mis labios. Negué con la cabeza.
—No —dije rotundo—. No menciones esa palabra. Ya sabes lo que el amor significa para mí: nada.
—Eso no quiere decir que alguna vez lo sientas.
—¿Como tú? —contraataqué.
Enseguida me arrepentí de aquel comentario. Sabía que Kakashi estaba casado con Hanabi pero que no la amaba.
—No puedo enamorarme. No, si voy a ser el dueño del imperio Uchiha. —Me sorprendió el dolor que salió de mi voz—. Los hombres como nosotros no podemos enamorarnos.
—Y tus padres, ¿dime? ¿Y tus abuelos? ¿Y tus tíos? —Empezaba a ofuscarse—. Por Dios, Sasuke, eso son gilipolleces. Puedes ser un hombre de negocios y amar a tu esposa al mismo tiempo. —Me señaló con un dedo—. Lo que a ti te pasa es que tienes miedo de descubrir que estás loco por Hinata. No seas niñato, esa faceta dejaste de tenerla a los trece.
Se marchó aprisa. Si no le conociera, habría creído que estaba enfadado; seguramente solo intentaba darme una lección.
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Pov. Hinata.
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Karura no dejaba de cotorrear mientras intentaba moverse en aquel vestido color canela tres tallas más pequeño. Era una mujer recia, apasionada por las joyas, y una cotilla de mucho cuidado. Conocía los movimientos de todas las personas que se encontraban en aquel hotel. Era la típica cincuentona de cabello rubio oxigenado, rellena de silicona y malgastadora compulsiva que no se daba cuenta del millón de problemas que tenía en casa, pero sí de los pequeños contratiempos que tenían los demás. Por supuesto, era íntima amiga de mi madre. Tanto, que ambas eran fundadoras del club de campo (utilizando los famosos apellidos de sus maridos): Hyuga y Sabaku, también conocido como «El club de las arpías». ¿Qué se podía esperar de personas como ellas? Tomaban té, jugaban al golf y criticaban a sus maridos sin pensar que todo se lo habían proporcionado ellos. Resultaba patético.
—Debo confesarte que eres la perfecta compañera de mi hijo —me dijo ella, sin darse cuenta de que yo me encendía.
—No somos… —quise corregirla.
—Llevas razón, mamá. Le he dicho que estaba preciosa justo antes de entrar —interrumpió Gaara.
Se acercaban a nuestro grupo más amigas-arpías de mi madre. Mis tripas comenzaron a removerse.
A esas alturas, mi sonrisa prácticamente solo servía como anuncio de dentífrico. Gaara se aferró aún más a mi cintura aprovechando que la gente me observaba maravillada. Solo me faltaba un letrero de luces de neón sobre mi cabeza que pregonara «la hija de Hiashi Hyuga ha vuelto». Repugnante.
La tortura de estar allí subió de nivel cuando mi hermana comenzó a comportarse como una adolescente. Siempre llamaba la atención de la manera más ridícula. Por suerte, todavía no estaba ebria. Aunque no le hacía mucha falta recurrir al alcohol si tenía a mi madre cerca; formaban un dúo perfecto.
—Debo decir, Hanabi, que estás fabulosa esta noche.
—¿A que sí? —reiteró, haciendo aspavientos.
La miré de arriba abajo. Llevaba un vestido rosa pálido de cuya falda le colgaban una especie de plumas. Era horroroso.
—Estás ideal, querida. —Mi madre seguía halagándola.
«Encima de falsa, mentirosa», gritó una voz en mi fuero interno.
—Hanabi está maravillosa, pero debo decir que usted está realmente hermosa esta noche —añadió Gaara, tomando la mano de mi madre y llevándosela a los labios.
—¡Gaara! Tú siempre tan encantador —contestó mi madre, sonriendo como una adolescente. Me resultó vomitivo.
—Oye, dónde está… —Iba a preguntar por Kakashi cuando noté sus dedos deslizarse por mi brazo.
—¿Me buscabas? —preguntó guiñándome un ojo.
—¡Kakashi! —Me lancé a sus brazos— Sálvame, por favor —susurré en su oído.
—Aguanta un poco más. —Me sonrió y se apartó un poco.
—Vaya, Kakashi. No sabía que podías ser tan cariñoso —interrumpió Hanabi con un extraño ataque de celos. Como si yo fuera a arrebatarle a su marido. Por Dios, era mi cuñado; un hermano para mí. Siempre habíamos estado muy unidos y ella lo sabía, no era nada nuevo. No comprendía por qué se extrañaba de nuestras muestras de cariño.
Kakashi dio un paso hacia ella guardando una mano en el bolsillo. Estaba tan guapo aquella noche que costaba dejar de mirarle. Resopló y retiró un mechón del cabello de mi hermana para colocarlo tras su oreja. Ella se tensó al sentirlo tan cerca. Llevaban cerca de cinco años casados y todavía no se habituaba al dulce tacto de su esposo.
—Mi carencia de cariño hacia ti se debe a tu comportamiento esquivo, Hanabi. No me ignores como lo haces y tendrás lo que quieres —le susurró, aunque los que estábamos alrededor lo escuchamos perfectamente.
—¿Lo que quiero? —preguntó, incrédula.
—Sí, lo que quieres.
—La verdad es que dudo mucho que tú seas capaz de darme lo que quiero, Kakashi.
—Es verdad, no soy capaz de darte lo que quieres porque aborrezco ese aroma a alcohol que siempre llevas impregnado en la ropa —masculló, tensando su cuerpo—. Tal vez Tetsu lo soporta mejor que yo. Hinata, mi vida, estaré rondando por aquí —me dijo, y dejó a los presentes sin saber qué decir.
Me costó digerir que Kakashi supiera que el amante de su esposa era mi primo. Y no solo eso, sino que lo soportaba. ¿Por qué hacía una cosa así? Yo hubiese escapado hace tiempo.
Después de más de una hora recibiendo halagos de todas aquellas mujeres (y de alguno de sus maridos) con la sombra de Gaara pisando mis talones, me topé con Fugaku y su hermano Madara. Eran lo más parecido a Kakashi que había en aquella sala. Me confortó hablar con ellos.
—Hinata, tan hermosa como siempre. No sabes el placer que me da verte por aquí. La otra noche no pude decirte que espero que sea durante mucho tiempo —dijo Fugaku, tras un saludo de manos.
Su sola presencia imponía tanto que hasta Gaara dejó de hablar. Ni siquiera intervino, y yo agradecí prescindir de su voz durante un rato.
—Debo decir que he vuelto para quedarme, Fugaku-san. No volveré al internado. Además, falta menos de un año para que cumpla la mayoría de edad y ya podré decidir —dije con convencimiento. Esperaba una reacción de Gaara, pero se limitó a mirarme con cierto desafío en los ojos, sin atreverse a contradecirme.
En ese momento, Madara miró a Gaara de una forma exigente. Él le apartó la mirada con rapidez. No comprendí bien aquel gesto, pero percibí cierta tensión entre ambos.
—Enseguida vuelvo —dijo Gaara en cuanto vio a mi padre.
Sonreí volviendo la mirada a los Uchihas.
—¡Por fin! Creí que nunca se marcharía. Es increíble lo insistente que es.
Ambos sonrieron, pero percibí que Madara no parecía a gusto con mi presencia. Me observaba atentamente y aquella mirada no me ayudaba demasiado. Era increíblemente parecida a la de Sasuke. Se notaba que eran familia.
—No deberías fiarte de él —dijo Madara en un tono autoritario, pero cariñoso—. No es bueno para ti.
—Lo sé, pero mi madre está loca por él y ya sabéis lo que eso significa.
Madara masculló algo antes de soltar la copa sobre la bandeja que portaba un camarero.
—Anko no sabe lo que hace. —Estiró las mangas de su chaqueta y se acercó a mí para coger mi mano—. Ha sido un placer hablar contigo, Hinata.
Se marchó caminando con paso ligero y dejándome completamente aturdida. ¿Por qué se había comportado así? ¿Acaso yo tenía la culpa?
—Lo lamento si he dicho algo…
—No, no. Tranquila. Es solo que está algo nervioso y cansado —dijo Fugaku casi dándome un abrazo.
Fingí tranquilizarme, pero interiormente hervía de inquietud.
Valentino me arrastró a la pista de baile. Bailamos un vals demasiado pegados para lo que exigía aquel estilo. Aún no había visto a Sasuke y tenía que confesar que me fastidiaba que así fuera. No sabía por qué, pero necesitaba verle. Echaba de menos su mirada intimidatoria sobre mí.
Era preocupante, sí. Comenzaba a tener síntomas de masoquista.
La canción terminó y todo el mundo comenzó a aplaudir. Cuando quise hacer lo mismo Gaara me soltó un beso en los labios, arrastrándome contra su cuerpo y apretándome por la cintura. Me deshice de él de un empujón y le miré furiosa.
—No vuelvas a hacer eso. La próxima vez te arrancaré los labios —mascullé antes de desaparecer.
Necesitaba estar sola y no se me ocurrió mejor lugar que el cuarto de baño. O eso creía. Me disponía a abrir la puerta cuando escuché unas voces conocidas: las de mi abuela y mi madre. Hablaban fervientemente.
—¿Podrías bajar la voz? —clamó mi abuela entre susurros—. Me alteras los nervios cuando te comportas de ese modo. Obligándola no conseguirás nada —gruñó.
—Pues si hace falta, lo haré, pero quiero que su relación se formalicé lo antes posible. No he estado esperando tanto tiempo para que los caprichos de una niña me impidan lograr mi objetivo. Hinata acatará mis deseos.
¿Cómo? Fruncí el ceño al reconocer que yo era la protagonista de aquella conversación.
—Deberías ser más paciente. Tú eres la que tiene el as en la manga. No lo desperdicies ahora por tu codicia y sed de venganza, Anko. Todo llegará, pero a su debido momento.
—El momento llegó en cuanto volvió a pisar Tokio.
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Salí de aquel pasillo completamente aturdida. No sabía qué pensar después de escuchar aquella conversación. Conocía a mi madre, sabía cómo era. Anko, la esposa del famoso juez Hiashi Hyuga. La mujer fría, despiadada e insensible que no asistió al funeral de su padre porque no pudo ponerse sus zapatos de Versace negros: tenía los pies hinchados después del velatorio. Pero jamás hubiera imaginado que la oiría hablar de una forma tan perversa sobre mí.
Sentí unas ganas arrebatadoras de llorar, me faltaba la respiración, tenía que salir de allí.
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Pov. Sasuke.
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La seguí sabiendo que ella no era consciente de mi presencia. Caminaba entre la gente intentando ocultar su rostro.
¿Acaso estaba llorando? No lo sabía, pero estaba dispuesto a averiguarlo.
Subió un pequeño escalón y entró en un cenador rodeado de forja y exóticas plantas trepadoras. Algunas gotas de agua se colaban por el tejado de parras y madera, aumentando la belleza de aquel rincón. El viento agitó su largo cabello dejándome ver la curva de su espalda; se perfilaba perfecta sobre unas caderas insinuantes. De repente, inclinó la cabeza hacia atrás y soltó un suspiro ahogado. Algunas gotas cayeron sobre su pálido rostro y se deslizaron por su esbelto cuello. La imagen estaba tan cargada de poesía que deseé abrazarla y aliviar la sensación de angustia que expresaban sus ojos. Cierto, estaba llorando.
Humedecí mis labios tras retener mis pensamientos delirantes y entré en el cenador sintiendo cómo el viento también me envolvía.
—¿Estás bien? —pregunté. Era la primera vez que me preocupaba por alguien que no fuera de mi familia o de mi entorno más inmediato.
Se sobresaltó al escucharme y enseguida eliminó las lágrimas de su rostro.
—Como si a ti te importara —susurró.
—Vaya, para una vez que intento ser amable… —Me acerqué hasta ella.
—Lo siento, es que no tengo un buen día —dijo cabizbaja.
—Ayer tampoco lo tuviste, ¿no? —Sonreí recordando cómo se había cargado el faro de mi Bugatti.
Me miró entre enfadada y desilusionada.
—¿Esa es tu forma de ser amable? —Respiró profundamente y se colocó frente a mí—. Basta, Sasuke. Déjame tranquila de una vez. Ya me he cansado de este juego inútil y sin fundamento. Y sé que a ti también te aburre. Así que terminemos con esto de una vez. Evitemos hablarnos —remató con un tono seco y bajo, pero cargado de decisión.
Hinata había zanjado lo que yo había intentado cerrar desde que la vi en el instituto por primera vez. Sin embargo, no me gustó que aquella charla tuviera ese aroma a final.
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Pov. Hinata.
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No sentía lo que acaba de decirle; había hablado mi frustración. Pero había dos razones por las que me había comportado de aquel modo. La primera era que estaba harta de estar allí; y la segunda, no tenía fuerzas para pelear con él después de lo que acababa de escuchar.
Me dispuse a salir de allí reteniendo las ganas de girarme e ir en su busca. Necesitaba que me abrazara. Lo vi desde el cristal; cabizbajo y pensativo. Por un instante, no parecía el Sasuke chulo y engreído. Más bien se veía perdido y afligido.
De repente, un sonido seco y atronador llegó desde la sala principal. Me quedé paralizada mientras al primer silencio le seguían algunos gritos.
Parecía un disparo.
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Pov. Sasuke.
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Me abalancé a por Hinata, la cogí del brazo y la coloqué detrás de mí. El temblor de su cuerpo me hizo ver lo asustada que estaba. En ese instante, nos llegó una voz desgarradora. Un hombre gritaba el nombre de mi padre y el de Hiashi. Se encontraba en el centro del salón apuntando con una pistola. Por su forma de hablar, parecía borracho.
No alcancé a verle porque los invitados tapaban su imagen, pero sí pude apreciar cómo los guardias se preparaban para capturarle.
Volvió a disparar cerca de mi padre. Apreté la mandíbula y me adelanté echando mano a mi espalda. Sujeté el mango de mi pistola con fuerza. Me daba igual lo lejos que pudiera estar de aquel hombre, mi puntería era perfecta. No vacilaría. Pero en ese instante, Hinata entrelazó sus dedos con los míos mientras se apretaba contra mi hombro. Percibí su respiración agitada. No le iba a ocurrir nada si estaba conmigo.
Acerqué mis labios a su oído.
—Estoy aquí —le susurré.
Hinata cerró los ojos al sentir mi voz cerca de su cuello. No sé qué hubiese ocurrido en otras circunstancias. Casi con toda probabilidad la habría besado aprovechando que mi ego me había abandonado unos segundos.
Los guardias capturaron al hombre y se lo llevaron. Tras ellos fueron mi padre, Hiashi, mis tíos Madara y Kagami, Kakashi y Gaara. Di un paso al frente. Tenía que irme y no podía decirle adónde.
Su mano se resistió, pero terminó por liberarme. La miré una última vez antes de mezclarme con la gente que cuchicheaba asustada y desconcertada.
Cerré la puerta bajo la mirada de mi padre, que sonrió en cuanto me vio entrar.
—Vaya, Sasuke, creía que me habías abandonado —dijo con ironía mientras se encendía uno de sus cigarros. Allí no había nadie a quien le molestara el humo del habano.
—Sabes que eso no ocurrirá, papá —le dije mientras observaba cómo ataban al hombre a una silla. Lo reconocí enseguida. Era Disonas Hachou—. ¿Dónde están Itachi y Shisui?
—He preferido que no asistan. Ellos y Rasa se encargarán de tranquilizar a los invitados.
Me apoyé en la puerta presionando el pomo. Madara se colocó a mi lado en cuanto vio que Gaara me observaba asqueado.
Disonas comenzó a patalear mientras Hiashi tomaba asiento; el juez prefería observar a formar parte de la acción. En cambio, Kakashi… Se apoyó en los hombros del detenido.
Dos de los escoltas desenfundaron sus armas cortas.
—Irrumpes en la fiesta con un arma y estás a punto de herir a alguien… ¿A qué se debe ese arrebato, Hachou? ¿Es que no hemos sido buenos contigo? —preguntó Kakashi, rodeándole.
Madara me alargó un cigarrillo después de encender el suyo. Lo prendí a la vez que Kagami le retiraba de un tirón la cinta que Disonas tenía pegada a la boca. Este gimió al sentir el calor en sus mejillas.
—Mi mujer no tiene nada que ver con esto y vuestros hombres la atacaron —masculló.
—¿Cómo? ¿Atacaron a tu mujer? —Ya me extrañaba que mi padre no hubiese empleado su sarcasmo. Señaló a los guardias con su puro—. Dios, sois muy perversos. —Todos comenzaron a reír.
—Como volváis a tocarla, os juro… —amenazó.
—Tenemos un acuerdo, Disonas —dijo mi padre caminando decidido hacia él—. El 60% de tus ganancias son nuestras y a cambio hacemos la vista gorda, ¿recuerdas? —Cogió una de sus mejillas y se la apretó ligeramente—. Sin embargo, me has cruzado la cara. He sido bueno contigo y a ti no se te ocurre otra cosa que irrumpir en mi fiesta amenazándome. Eres mala persona, Disonas, y tu mujer es una mentirosa de mucho cuidado.
—No la metas en esto.
—Tendrías que haberlo pensado antes. De hecho, ella tuvo la idea, ¿no es así? —Hice el comentario sin moverme del sitio. Disonas miró el suelo sabiendo lo que le esperaba.
Mi padre me lanzó una mirada llena de orgullo. Madara me dio un palmetazo en el hombro a modo de felicitación.
—Me has desafiado ahí fuera. Y lo peor de todo es que has olvidado que yo soy Tokio —continuó mi padre. Hizo un gesto a Ibiki, su jefe de seguridad.
Este echó mano a su bolsillo y sacó el silenciador de su arma. Kagami volvió a tapar la boca de Disonas con la misma cinta mientras este pataleaba.
—Que tus hombres se encarguen de él en cuanto termine Ibiki —ordenó mi padre a Gaara.
Él frunció los labios para responderle.
Ibiki se colocó frente a Disonas y, sin dudar, disparó. Gaara marcó un número en su móvil y avisó a sus guardias para que vinieran. Mi padre me echó la mano por los hombros antes de que yo abriera la puerta para salir.
—Caminaré entre vosotros marcado por la vergüenza —dijo irónicamente, refiriéndose a cómo Disonas Hachou había burlado la seguridad del hotel.
—No deberías ser tan teatral, papá —bromeé en cuanto él se separó y se adelantó.
De repente, Gaara me empujó haciendo que topara con la barandilla de las escaleras. Monté en cólera en cuanto vi su sonrisa.
—No deberías haber venido. No has hecho nada ahí dentro —dijo, despectivo.
Sin dudarlo, me lancé a por él, lo cogí del cuello y lo estampé contra la pared mientras echaba mano a mi pistola. Coloqué el cañón contra su cabeza.
—No lo harás —sonrió, mientras los demás intentaban separarnos—, ni siquiera está cargada.
Hice retroceder el martillo del arma presionando con fuerza sobre su cabeza. No dejó de sonreír.
—Ahora, sí.
—¡Basta chicos! —clamó mi tío Kagami, terminando de separarnos.
Gaara continuó observándome mientras se alejaba. Algún día acabaría con él.
—Deberías andarte con ojo. Sabes que hay negocios por medio que… —dijo Kakashi con un tono que no llegó a ser recriminatorio.
—Lo sé, Kakashi —dije.
Madara me cogió del brazo y me retuvo hasta que los demás se alejaron por el pasillo.
—Quiero verte en mi despacho esta madrugada. Tenemos que hablar de algo que te interesa. —Se marchó con paso ligero.
Su voz sonó extrañamente pícara y no pude evitar sonreír. Si mi tío Madara quería hablar conmigo, seguro que merecía la pena.
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Continuara…
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Por fiiiin, ya volví, lo siento chicas no quería tardarme tanto pero estoy escasa de tiempo, espero sus reviews, un beso nos leeremos pronto…
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Agradecimientos a:
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rcr
simazame
Nataly
amy23
Home kity
Clarity-chan
nayaritsasuhina
Raquel
Lunita
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Gracias chicas por sus reviews, un abrazo grande para ustedes.
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Pd: perdón si tiene errores ortográficos…
Besos, hasta la próxima…
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Hinata Uchiha21 ¡fuera!
