N/A: Hola y muchas gracias por su apoyo. Ondyne, : ) Gracias por el fav.
Capítulo 11: Poder Femenino.
—¡Su Majestad! ¡Su Majestad! —Uno de los guardias personales del rey corría como quien lo lleva el diablo con una nota en su mano—. ¡Su Majestad, dispénseme, es urgente! —hizo una veloz reverencia al verle en el comedor tomando su almuerzo con su amante.
—Acércate —hizo señal con su mano—. Por la manera en que él se había presentado parecía ser algo grave. Ningún soldado suyo, y menos los más cercanos a él, tendría este comportamiento de no ser necesario—. ¿Qué sucede?
—Estaba haciendo mi recorrido, Su Alteza, y me topé con esta nota clavada en el centro del patio, milord —extendió la misma hacia quien tenía en frente. Nadine observó a ambos hombres con preocupación. Kaden tomó la misma con un amargo sabor de boca.
"Su sobrino y sus hombres fueron emboscados y están en manos enemigas, rey Kaden. ¿Aún piensa seguir trabando relaciones con simples y tramposos búhos?"
—¡Oh, cielos! —musitó. Al otro lado de la mesa, Nadine temía lo peor—. Nadine, querida, deberás terminar el desayuno tú sola. Harvey —habló al hombre que había hallado la nota—, ve por el resto y prepara al ejército, pero, deja los necesarios como para defender el castillo. En media hora los quiero a todos reunidos y listos para partir frente a los portones. Y cuando digo a todos, me refiero a feys; sylphs y gnomes —Ya vería qué podrían hacer contra sus tres ejércitos.
—¡Sí, milord! —De inmediato acató la orden yendo a por el resto.
—Si esto es así, Rey Goblin, tendrás que darme muchas explicaciones… —murmuró para sí. Los ojos de Nadine volvían a ser invadidos por las traicioneras lágrimas.
—Sobrino, cuídate y no seas imprudente.
—No te preocupes, tío. La traeré de vuelta y sólo atacaré de ser necesario —le aseguró desde su brioso y negro caballo.
—Los Poderes te oigan y te bendigan —le sonrió con afecto—. Los estaré esperando a ambos —Jareth le correspondió la sonrisa y cabeceó en aceptación de sus palabras. Erwin se hizo a un lado y tras la segura orden del monarca, la hilera de fey y goblins guerreros comenzaron a avanzar traspasando las puertas del castillo y siguiendo a su líder sorteando las vueltas y trampas del laberinto.
—¡Su Majestad! ¡Su Majestad! —Jareth oyó una pequeña voz al atravesar las puertas de Labyrinth. Scary y algunos más lo rodearon protectoramente—. ¡Espérenos!
—Tranquilos, muchachos —aclaró Jareth—. No es necesario, sólo es la reina Daisy —La diminuta fairy se dejó ver, bajo su capa tenía su coraza y su corta falda. Su reino era uno pequeño al cual le era permitido seguir existiendo bajo la bondad de Rey Goblin, pese a que cuando se acercaran demasiado a su laberinto las rociaran con esos repugnantes líquidos—. ¿Qué necesitas, Daisy?
—Yo nada, Su Majestad. Pero, quizás, usted necesita nuestra ayuda.
—¿Su ayuda? —inquirió extrañado—. ¿Qué podrían hacer unas pequeñas y lindas cositas como ustedes? —opinó divertido y todos, especialmente los goblins rieron. Mas, la risa fue acallada cuando detrás de la reina vieron a toda una diminuta armada de fairies, todas ellas con lanzas; espadas y armaduras acordes a sus graciosas formas.
—Quizás una sola abeja no pueda hacer mucho. Pero, ¿quién puede contra todo un enjambre. ¿Y cuántos de ustedes pueden infiltrarse por entre las piezas de las armaduras y… atacar sin ser advertidos en el único punto que siempre parece olvidárseles —dirigió su vista con picardía a la entrepierna del embarazado rey. Daisy sonrió con triunfo y con cierta venganza al verle sonrojarse y advertir el silencio absoluto, tal parecía había dado en el blanco. Jareth carraspeó con incomodidad.
—Viéndolo de ese modo… —habló el Rey Goblin—. Pero, antes, dime, ¿por qué quieren ayudarnos?
—Lady Alin es una niña. Nos agradan las niñas inteligentes, no los muchachos sucios y… maleducados —observó a unos pequeños goblins con desdén; los cuales le mostraron la lengua y dándoles la espalda se palmearon el trasero. Daisy giró el rostro indignada.
—De acuerdo, Reina Daisy. Bienvenidas, entonces —sentenció retomando la marcha con majestuosidad—. Pero, no esperen un trato especial sólo por usar faldas.
—Ustedes no esperen un trato especial sólo por usar pantalones —refutó ella sentándose en el hombro del monarca. Jareth la observó de reojo con una ceja levantada.
—¿No crees que te has vuelto muy atrevida, Daisy?
—Es la mala vecindad que circunda mi reino, hace que una se olvide de las buenas maneras —Se cruzó de brazos y piernas con majestuosidad. Jareth no pudo evitar carcajear—. Así que, ¿qué has hecho esta vez?
—Te juro que nada. Ni siquiera entiendo los motivos ni por qué no puedo conjurar mis poderes para ubicarla…
Mientras, el Rey Goblin conversaba tranquilamente con su pequeña colega y suerte de súbdita, en el carromato donde iban las provisiones para la armada, una negra araña se mantenía oculta entre ellas; una araña que podía tomar la forma de una exuberante y lujuriosa mujer de negros cabellos. Ese tonto de Hubert se había apresurado por sacar a la tonta chiquilla de allí y no le había dado tiempo de conseguir arrastrar a Jareth hasta su lecho. De haber sido así, ella no hubiera tenido necesidad de mantenerse hasta ahora junto a ellos para corromper los poderes del mismo.
—Les advierto, señores, que si no me dejan pasar a ver a… ese desgraciado —La oscura melena sobre sus hombros caía graciosamente en adorables rizos y su rostro angelical estaba maquillado de manera tal que sólo la hacía más encantadora, sus ojos azul pizarra mostraban femenina indignación— Lord Marlon se pondrá furioso y ni hablar de Lord Hubert.
—Señora…
—¡Señorita, tontito! Aún soy soltera por culpa de ese… mal nacido… —espetó con odio.
—Bien —carraspeó Birger—, señorita… eh…
—Lady Loyce —aclaró con soberbia.
—Lady Loyce…, nosotros no podemos dejarle pasar a verle y de hecho es sospechoso que usted haya encontrado este lugar.
—¡Ja! ¿Sospechoso? —Le observó con superioridad—. ¿Cómo podría haber conocido donde estarían si no fuera con el consentimiento de Lord Marlon y de Lord Hubert, dime? ¡Aún no puedo creer que ustedes sean quienes estén a cargo! ¡Ya mismo quiero hablar con quien esté por sobre ustedes! ¡Yo necesito hablar con alguien con un cerebro en la cabeza! —El agotado Birger suspiró y observó a sus secuaces que veían la situación cómodamente reclinados sobre la entrada de la cabaña.
—¿Por qué no? —Finalmente habló uno de ellos viendo a Lady Loyce de pies a cabeza con lascivia—. Ella es muy bonita —La mujer sonrió con descaro al hombre.
—Gracias, señor —respondió coqueta.
—Además, ella trajo una nota firmada por ambos. Nadie puede obtener la firma de esos dos en el mismo papel a no ser que se haya reunido con ellos… —opinó el otro.
—En la cantina "A Bit Death," del reino de las salamanders —La mujer terminó la frase haciendo que el trío volviera a verle. Los tenía donde quería—. Debo agregar que, Lord Hubert mantiene muy bien sus… 'cualidades' —comentó insinuante haciendo reír al resto—. Entonces, supongo que podremos 'combinar' nuestros mutuos rencores hacia ese asno que tienen allí dentro.
—Por favor, my lady —Birger le cedió el paso. Conociendo a su amo, no era raro que se hubiera aprovechado de las ansias de venganza de esta joven.
La mujer pasó con donaire entre los hombres que apenas le llevaban unos centímetros de estatura; agradeció haber elegido un calzado sin tacos, pues, si bien en su reino era de contextura más bien baja, entre esta raza de feys era alta incluso para ser una mujer.
—Espero que aún esté con vida. Puedo asegurarles que si hay algo que él odiaría es que yo vuelva a ponerle un solo dedo encima y ¡cielos, cómo lo disfrutaré! —Rió con femenina perversidad ingresando a la vivienda—. ¡Oh, mi madre! —clamó con desagrado—. ¿Cómo pueden ser tan sucios? Tenemos que hacer algo al respecto.
—Lady Loyce, usted no vino aquí a criticarnos. Y ningún lugar donde se tienen prisioneros debe estar higienizado y…
—¡Pero, qué vergüenza! ¡Aquí no veo ningún prisionero! ¿Tendrán que compartir el sitio con una dama y pretenden mantenerlo así de mugriento? ¡Ya mismo nos pondremos a limpiar todo este desorden!
—¿Limpiar? ¡Nosotros no limpiamos, mujer! ¡Somos rufianes, eso es lo que hacemos! —Loyce dejó su boca entreabierta con descreimiento.
—Esa es la excusa más infantil que oído, señor Birger. Si quieren que el prisionero viva entre la mugre, muy bien. Pero, ustedes y yo no podemos vivir en medio de la suciedad como cerdos. ¿Qué creen que sucedería si Sir Hubert decidiera venir a…? —Se hizo la inquieta—…bueno, a visitarme.
—Por eso es mejor no entrometer a las mujeres en estas cuestiones —rezongó Birger—. Sólo saben mandar como si fueran las reinas del lugar… —siguió chillando levantando uno o dos trapos que había por allí tirados. Sus secuaces rieron por lo bajo.
—Y eso que recién llega y todavía…
—¿Y qué creen que están haciendo ustedes dos? —Ella les miró descendiendo sus pestañas con la velocidad de una damisela insultada—. Cuantas más manos ayuden más pronto terminaremos. ¿Dónde está la cocina? Les prepararé un delicioso platillo que solía cocinar mi madre —observó a su alrededor sin saber a dónde dirigirse hasta que uno de los tres hombres le señaló en dónde se hallaba dicho cuarto y ella le sonrió con gratitud yendo hacia allí—. ¡Oh, por todos los cielos! —Al rato, oyeron un escandaloso grito desde la cocina y seguidamente un sermón—. ¿Cómo pueden comer en medio de este chiquero? Definitivamente no entiendo a los hombres. Parece que sus mamis nunca les han enseñado buenas costumbres… —Se comenzó a oír el ruido de recipientes que eran fregados y puestos en su sitio y la melodiosa y dulce voz contralto de una feliz muchacha trabajando en la cocina.
Tiempo después, un delicioso aroma inundó las narices de los truhanes pagados por Lord Hubert, que todavía estaban escondiendo un poco de mugre bajo una alfombra, ya hartos de limpiar, pues, la joven les había advertido que de no ver terminado ese trabajo nadie probaría bocado de su especialidad.
—¿Qué sucede, Birger?
—Aún no estoy muy seguro de haber hecho lo correcto con… la muchacha —Señaló disimuladamente con su cabeza hacia la cocina—. ¿Qué si no es quien dice ser?
—Vamos, viejo. Lo que ella dijo tiene lógica. Nadie sabía adónde diablos íbamos a llevar a este puerco y nadie nos ha seguido. Es obvio que Lord Hubert le ha enviado.
—No sé…
—Además, parece tener buena mano en la cocina. ¿Qué más quieres? Nos pagan bien por este trabajito y ahora una mujer joven; bonita y sensual nos atenderá —Se codeó con el otro y se echaron a reír.
—No más comida que sepa a suelas de zapatos; no más ropa sucia y no más fantasías sin cumplir —Volvieron a carcajear.
—¿Muchachos, ya se lavaron las manos? —Se escuchó desde la otra habitación—. Si es así pueden sentarse a comer.
—Ahí vamos, mami —se mofó Raymond.
—¡Vamos, Birger! ¡Sólo disfruta el regalo de Sir Hubert! Él sabe que si envía una mujer aquí terminará siendo para nuestra diversión. Seguramente el viejo está tan feliz por que todo haya salido según lo pactado que por eso le dejó venir.
—Hubiera sido bueno que nos hubiera dado uno de esos cristales para comunicarnos con él.
—Ya te ha dicho que no podía porque de esa manera, el rey podría detectarnos fácilmente y descubrirle a él también.
—Lo sé, lo sé —La mirada de Loyce tras la puerta estaba llena de diablura. Era lógico que dudasen, pero, ella los tendría comiendo de su mano y, por otro lado, no era mucho el tiempo que pensaba pasar allí con esos tres grasientos cernícalos. La limpieza había servido para ubicar dónde estaba el prisionero; tal como les había dicho, pusieron orden en todos los cuartos, menos en el sótano… Seguro estaba allí, oculto, a oscuras; regresó junto al fogón al oírlos acercarse.
—Señores, disfruten de un buen plato hecho con mucho amor para ustedes.
—¡Wow…! —exclamó Birger ante la mesa tan bien producida—. ¡Ni mi madre me atendía así! —Sonrió viendo los platillos. Loyce se acercó a él y pellizcó juguetonamente su mejilla.
—Porque tu madre no sabía lo guapo que serías, tontito —se burló y pegó un grito de sorpresa al sentir la palmada en su trasero—. ¡Ah…! ¡Atrevido! —Le dio suavemente con la palma de su mano sobre el hombro y el hombre se largó a las carcajadas limpias.
—¡Luego de esta cena quiero el postre, nena!
—Sólo si has sido un buen chico, cosa que, sinceramente, dudo. Además, he tenido un largo viaje —Tomó asiento junto con ellos en la mesa—. Al menos, permítanme descansar por esta noche. Les prometo que una vez reposada no tendrán tiempo para arrepentirse.
—¿Por qué? —se quejó el tal Martin.
—Porque ustedes son tres por atender y necesito de todas mis energías para satisfacerlos. Y tengo en mente una o dos cosillas que quisiera experimentar con ustedes, pero, eso será recién mañana en la noche. Así que, señores, buen provecho.
—¡Esto sí que está para comerse! —comentó el tercero y Loyce abrió sus ojos al ver cómo devoraban con inhumanismo los manjares. ¡Estos hombres no eran búhos, pero, por su comportamiento parecían más bien goblins! Se obligó a sonreírles cuando pensaba que estaba más asqueada que el día aquel que en un duelo vio a un hombre destripándose delante de sus narices.
—¿Y… qué tal se ha portado nuestro 'invitado'? —indagó con casualidad.
—No has comido ni bebido nada —observó Devis los platos sin tocar y la botella sin vaciar. La chica seguía sentada en su catre, ahora echa un ovillo, abrazando sus piernas—. No es mi intención el que mueras, ¿sabes? —Su voz estaba llena de amargura, cuestionándose una y otra vez si había hecho bien.
—Separarme de mi familia es como morir —Alin murmuró y se sobresaltó cuando sintió que Devis se sentó cerca de ella.
—Eso es cierto. Pero…, tú bien lo has dicho; es 'como,' lo cual significa que no es morir —La estudió unos segundos—. Eres muy bonita… y joven, sería una pena que todo lo que estoy haciendo fuera en vano porque tú no comes.
—¿Y qué rayos le preocupa? —explotó ella con los ojos empañados y los dientes prietos por la rabia y la impotencia. Devis abrió los ojos asombrado y sonrió. Por un momento había pensado que era tan frágil que se iba a extinguir con la misma debilidad de una llama, pero, la chiquilla guardaba una pequeña fierecilla dentro—. ¿Usted… me tiene aquí encerrada en este… agujero de mala muerte y pretende que le esté agradecida? —Sus silenciosas lágrimas comenzaron a convertirse en hipos y en un gesto fruncido cual niño que pierde su sonaja.
Devis se la quedó viendo con interés. Era la primera vez que veía a una chica de los búhos, al menos, tan de cerca, ¿serían todas así de chistosas? Sonrió en una mueca y luchó por no carcajear.
—Mira…, no quiero que me agradezcas nada, de hecho está bien que me repliques, estás en tu derecho. Pero, hazme caso, niña; de todos los que estamos aquí, yo soy el único en quien puedes llegar a confiar. ¿Todavía no has conocido a Graham, cierto?
—No… —Absorbió y respiró con fuerza—. Y no me importa. Usted tampoco me importa —le aclaró como si eso fuera necesario. Devis llevó una mano a sus labios. No debía reírse, se dijo viendo hacia otro lado.
—De acuerdo —Se incorporó yendo hacia la puerta—. Mas, si tienes esperanzas en regresar con los tuyos, yo que tú comería. ¿Quién sabe? Quizás ellos estén viniendo a por ti y ¿cuando lleguen qué crees que sería mejor; que te encuentren viva o literalmente muerta de hambre? Piénsalo —La dejó a solas, nuevamente en penumbras.
Alin estaba asustada y se secaba las lágrimas a medida que iban rodando por sus mejillas. Había intentado usar sus poderes, había intentado comunicarse con sus cristales, pero, nada de lo que intentase funcionaba. Si su tío-abuelo había puesto un conjuro en el lugar o sobre ella, tenía lógica que no hubiera tenido éxito. Suspiró rendida viendo hacia la mesa con alimentos.
