Capítulo 27. Bichos no, por favor.
—¿Señorito Conrad, se encuentra usted mejor? —inquirió el viejo criado dejando una bandeja con un suculento desayuno dulce. Conrad abrió los ojos con pereza y bostezó.
—Eso creo... ¿Cuánto he dormido?
—Casi tres días ya, mi señor.
—¿Tres días?
—¿Qué esperaba? Hizo lo prohibido, ¿o no?
—Gaspard... —pareció reclamarle a su vez— era necesario. Alguien puso un conjuro para inhabilitarnos...
—¿Tanto así? ¿Pero, quién?
—No estoy muy seguro, pero, sospecho de alguien de la familia... claro está... y hay otra energía que desconozco...
—Mi joven señor, por favor, no haga más locuras... Su padre ha preguntado por usted el día en que logró ver a su hermana... y... me preguntó si había hecho lo prohibido...
—Espero que no le hayas dicho, Gaspard...
—No; no le dije. Pero su padre es un hombre inteligente y perspicaz, no creo que me haya creído. Y... es que en parte tiene razón, joven Conrad. Si a usted le pasara algo y él quedara solo... sería terrible para él...
—Lo sé... pero... no me ha pasado nada... Y... la ayuda que tuve fue de confianza... —Sonrió con melancolía—. No me gusta hacerlo porque sí... ni molestarla...
—¿Molestarla? ¿Recurrió a su madre...? —Agrandó su mirada junto a la interrogación.
—Debía hacerlo, Gaspard... ¡Solo ella hubiere hecho algo así por Alin o por mí! No te enfades, mi viejito... —Puso cara de cachorro suplicante. Gaspard aspiró, no podía con este chico, no. Siempre le ganaba.
—Será mejor que su padre no se entere de nada de esto, joven, o ambos estaremos en problemas... Si lo que pensé que había hecho está prohibido para usted, mucho más lo que en realidad ha hecho... Y obviamente los poderes deben apreciarle mucho para permitírselo...
—Gaspard... no te enfades y dame mi comida que tengo hambre y debo volver a estar fuertecito. —Le sonrió comprador y el buen hombre volvió a suspirar y le acercó la bandeja tras que el joven se sentó acomodando las almohadas tras su espalda—. ¡Mh...! ¡Eso se ve delicioso, viejito! ¡Gracias!
—¡Ya coma y no haga más travesuras! Supongo que seguirá en cama por un par de días más.
—Supones bien. Excepto si viene mi padre o alguien me llama.
—De acuerdo. Pero, ya no le permitiré saltarse el resto de las comidas.
—¡No me ofondré a esho! —respondió con la boca llena de panqueques untados con abundante miel.
Gaspard se retiró riendo y sacudiendo su cabeza de un lado al otro, notificándole que cuando terminase, vendría a retirar la bandeja y a chequearlo como cuando niño.
—¡Su Majestad! —Un sylph descendió del cielo a pasos del mismo—. ¡Tengo noticias, Su Majestad!
—¿Qué sucedió? —inquirió con la esperanza de tener noticias de su sobrino y, a la vez, la incertidumbre de si serían buenas o no.
—¡Hemos avistado a lo lejos el ejército goblin, Su Majestad! —Los ojos de Kaden se encendieron con furia.
—Así que... en verdad fue él... ¡Maldito traicionero...! ¡No sobrevivirá ninguno ni bien les ponga las manos encima! ¿Qué tan lejos están?
—A unos siete días, mi señor.
—¡Muy bien! En siete días, las águilas volverán a dominar el Underground, pues no habrá búho que quede vivo, después de esta. Sigamos avanzando como lo hemos venido haciendo. —Los hombres clamaron vítores por su líder, elevando sus espadas al cielo.
—¡Sí, Su Majestad!
La mirada de Kaden sólo mostraba una furia que de ser desatada sería apocalíptica y el resentimiento que había pensado alguna vez olvidar entre ambas familias. Sacó por debajo de su capa el presente con la envoltura aboyada y, tras volver a apretarlo en su mano, lo lanzó con furia al costado del camino. ¡Incluso si la muchacha debía pagar por el engaño, lo haría! ¡Se convertiría en el ser más vil que alguna vez esos búhos hubieren visto! Azuzó al enorme y renegrido corcel que lo llevaba y que metía tanta pavura como él.
La oscura hilera de águilas; gnomes y sylphs siguió camino, a sabiendas de que, a cada paso que daban, más próximos estaban del enemigo, seguros de que vencerían.
—¡Con cuidado! —Gontran aferró a Alin de la cintura por detrás, cuando esta casi pierde el paso en el bosque, durante el amanecer, pues habían comenzado a adentrarse ni bien empezó a aclarar. Habían andado toda la noche a causa de la terca muchachita que no quería ceder al descanso, pese a su consejo—. ¿Estás bien? —preguntó con inquietud.
—Sí... Gracias... Sólo me distra... —Se sintió elevada por el aire y terminó en brazos del hombre, como una niña que era acunada, pegada a su torso—. Señor Gontran, de verdad... no es necesario... — Elevó su mirada que dio con su barbilla.
—Díselo a tu cuerpo que ya no quiere ni responderte. —Él la miró por entre sus pestañas con cierto reproche—. Esta vez, Yo estoy a cargo, ¿de acuerdo?
—¡Pero...!
—Es en lo que habíamos quedado. De noche tú guías, de día, lo hago yo. Y ya está asomando el sol. Busquemos un lugar para descansar... Ambos lo necesitamos.
—Entonces, déjeme andar, yo puedo.
—Ni hablar, Alin, te cuidaré todo en cuanto pueda —certificó sin siquiera verla. Alin llevó un dedo a sus labios pensativa y con las mejillas sonrosadas. ¿Podría ser que su apariencia ruda y bruta no lo fuera tanto? ¿Que solo sus modos fueran groseros, pero, en el fondo...? Sacudió su cabeza tratando de borrar dichas ideas. Después de que todo esto acabara volverían a ser enemigos, así que, mejor no pensar en que era un buen sujeto o algo como eso. Aunque... pensaba viéndolo desde su posición, sí que era guapo... Analizó esto tras una sonrisa que él le dirigió tratando de tranquilizarla quizá, pero, sólo la hizo acalorarse más y descender la cabeza avergonzada. ¿Su corazón había golpeado más fuerte? No estaba segura...
Cuando llegaron a un árbol gigante, cuya base parecía en parte hueca, él volvió a permitirle pisar suelo y se puso a estudiar el entorno. Golpeó un poco el árbol y pareció concentrarse en algo con las manos puestas en la corteza de este. Alin pensó que quizás estaba tratando de comunicarse con el espíritu del mismo, pues, todos los seres tenían uno. Y se sobresaltó cuando él arrancó de cuajo una parte de la cáscara que quedó en su mano cual escudo.
—¿Por qué ha hecho eso? —Ella se enfadó un poco. Para los búhos, los árboles tenían gran significado, a como ser casa y comida.
—Debemos ocultarnos y su tronco está hueco. ¿Ves? —Le mostró que lo que sacó encajaba perfectamente donde estaba.
—¡Pero... es un árbol...! ¡Ni siquiera le ha pedido permiso!
—¿Permiso? —Él le vio extrañado—. ¿Para qué le voy a pedir permiso? Ni siquiera me va a contestar —bromeó—. Dices cosas muy graciosas, Alin.
—¡No es un chiste! ¡Es un árbol muy antiguo! ¡Merece respeto!
—¿Por ser un árbol viejo? Mira, si está hueco es porque no va a durar mucho más. ¿Por qué te enfadas ahora por algo tan tonto como esto?
—¡No entiende nada! ¡Los árboles son nuestros amigos!
—¿Por qué? ¿Hablas con ellos o qué?
—¿Qué no siente nada por su entorno? ¿En las montañas...?
—No hay árboles muchos árboles allí arriba. Y no somos amigos de las rocas ni de las hierbas que crecen fuera. Tampoco de las piedras preciosas, no les pedimos permiso, ni mantenemos charlas con ellas. ¡Eso es cosa de locos! —Seguía risueño.
—¡Brutos, eso es lo que son!
—¿Ya empezamos con esos modos de nuevo? —Él se cruzó de brazos ya algo mosqueado —. Mira, no me interesa lo que acostumbren en tu familia, ¿bien? Debemos descansar una hora al menos, y estar de pie nuevamente sin detenernos hasta que el sol comience a esconderse de nuevo, y entonces, seguiremos andando. Así que, vamos, entra allí de una vez. Tenemos que ver si no está húmedo como para poder echarnos.
—¿O qué? —Ella se mostró desafiante y tozuda. Gontran le vio con una ceja levantada. ¿Qué quería demostrarle? No se iba a dejar tan fácil.
—O te meteré de las orejas adentro. Si quieres descansar, ayuda en algo. Yo vengo montando guardia sin cesar y también necesito el reparo.
—¡Pues, no le he...! ¡Ah...! —gritó al sentir cómo él pasó su brazo alrededor de su cintura y la llevó hacia sí sobre su hombro y se metió con ella en el hueco—. ¡Bájeme!
—Veamos... Creo que con un poco de hojas secas estaríamos bien, pero, a esta hora, es difícil hallar algo seco por el rocío.
—¡He dicho que me baje, bruto! ¿Qué no oye?
—Sí, te he oído perfectamente. Gritas demasiado; te oirán y vendrán por ti porque te dejaré sola si sigues así de caprichosa.
—¿Cómo se atreve? ¿Por qué tiene que ser tan malvado?
—¿Ahora soy malvado también? —se mofó él girando con ella arriba para cerrar la entrada con la parte que había arrancado, quedando todo casi a oscuras.
—¡Lo es! ¡Y un ogro! ¡Auch! —chilló cuando sintió el escarmiento. ¿Le había pegado en las nalgas? ¿Él... se había atrevido a hacerlo? La indignación fue tal que se quedó muda y quieta de rabia.
—También habíamos dicho que nada de ogro. —La dejó pisar suelo ahora, ignorando sus protestas, concentrado en lo suyo—. Quizá si quito este trozo de madera vieja...
—¡Deje de hacerle daño!
—Probemos... —Se hizo del trozo de madera con facilidad.
—¡Bruto! ¡Ogro! ¡Malvado! —Ella continuaba, en tanto, él acomodaba el trozo sobre el suelo.
—¡Mira nuestra suerte! ¡Hasta hay hongos! —Tomó uno y se lo llevó a la boca—. Están bastante buenos...
—¿Qué no me oye? ¡Le estoy dicien...! —Su boca se vio ocupada por un enorme hongo que él le puso y se largó a carcajear.
—Así te ves más tierna, mocosa.
—¡Grr...! —Se quitó el mismo de la boca—. ¿A quién llama mocosa?
—Pues, por cierto que no a tu amigo el árbol. ¿Cómo voy a faltarle el respeto? —Se echó a reír. Alin estaba hecha una furia incontenible y allí fue, acompañándose con un gruñido, al ataque insensato de semejante adversario.
—¡Maldito ogro gruñón y malvado! —Se tiró sobre él pretendiendo derribarlo. Gontran bajó su mirada para ver a la criatura salvaje que le embestía. ¿En verdad ella estaba tratando de hacerle caer o lo que fuere que pensaba estaba haciendo? Llevó una mano a sus labios para cubrir su sonrisa y terminó en el suelo, donde la espió con un ojo. Ella seguía sobre él, ojos cerrados como confiriéndole fuerzas, ahora dándole con los tristes e irrisorias palmadas en donde sintiera que le pertenecía a él.
—¡Piedad, piedad, princesa, por favor! —clamaba de costado en el piso, cubriéndose con sus brazos—. ¡No me golpee más, por favor! ¡Le obedeceré en todo, Su Alteza! ¡Seré su esclavo! —Aquella palabra pareció hacerla venir en sus cabales. ¿Tan débil había resultado? No... se dijo con sospecha y le prestó atención. La parda mirada, lejos de sufrimiento, mostraba una hilaridad en su máxima expresión y eso la hacía enfurecerse más, pero, seguía insegura de si era real o solo se hacía—. ¡Haré cuanto quieras, Su Alteza!
—¿Ah, sí...? —indagó agitada por el esfuerzo y el enojo—. ¿Cómo qué?
—¡Como... quitarte la capa de mugre, barro y bichos con mi pico! —El ofuscado grito que salió de su garganta terminó de divertirlo más, junto al nuevo ataque, pues, ahora la tenía encima de él.
—¡Te odio, tonto! ¡Eres un idiota! —Gontran pensó que ella se enfadaría y se apartaría, no que volvería a querer castigarle y, esta vez, parecía no querer dejarlo.
—¡Alin, basta, estás encima mío! —le advirtió.
—¿Y qué? ¿Ahora tiene miedo? ¡Le daré una zurra como debieron haber hecho por molestar a una joven como yo!
—¡Alin, soy un hombre, quítate, por favor!
—¿Ahora pide socorro, eh? ¡Pues, no le dejar...! —De pronto, la situación se volvió en su contra y ya no era quien estaba en ventaja, por el contrario, lo tuvo a él sobre sí, sujetándole las manos a cada lado de su cabeza. Su rostro próximo al de ella.
—No pido socorro, niña. Pido cordura. Te vuelvo a repetir, soy un hombre. No hagas esas cosas...
—¿Golpearle? ¡Usted empezó cuando me dio esa nalgada!
—Bueno, sí; quizá estuvo mal de mi parte. ¡Pero es que no te callabas ni un segundo! Y no, golpearme no me hace ni cosquillas... Solo... no te subas encima de mí de esa forma... —Alin parecía no comprender mucho a lo que él se refería por lo que se le ocurrió cómo fastidiarla, sería chistoso porque sería algo más que ridículo e imposible—. Al menos que quieras que te bese, nos casemos y pasar el resto de la vida conmigo. —La cara de la muchacha se puso roja como tomate y comenzó a moverse inquieta debajo del masculino cuerpo. Gontran la vio debatirse de manera infructuosa. Era una niña, pero, ¿por qué le gustaba provocarla? Normalmente él no era así. Suponía que era porque ella era despectiva y eso avivaba la competencia, sí; era eso—. Por suerte para ti —se incorporó de pronto—, no me gustan las niñas búhos; las encuentro tontas y chillonas. Exactamente como tú. —Se dirigió a la salida y corrió la tapa que había creado para salir al exterior, donde pareció ir a tomar aire fresco porque se desperezó y todo.
Alin quedó con el ego enormemente adolorido. ¿Por qué le seguía diciendo niña? ¿Que ella no le gustaba porque era un búho? ¿Tonta y chillona le había dicho? ¿Acaso era mejor ser bruto; bestia, ogro y grosero todo al mismo tiempo? Se puso de pie ignorando que sendos lagrimones recorrían sus mejillas y se dirigió a la salida. Si él pensaba así, pues, se valdría por sí misma. Salió del tronco y comenzó a andar hacia la derecha. Gontran le vio de reojo, pensando que seguro iría al baño o algo como eso.
—¿Dónde vas?
—¡Qué le importa!
—¿Alin, no me digas que sigues disgustada? Debes decirme a dónde... —Se calló cuando ella giró a verlo con odio, sin comprender el porqué de esas lágrimas—. ¿Estás bien? ¿Te has golpeado o algo?
—¿Y qué si es así? ¿Qué le importa?
—Pues, debo entregarte entera a tu casa. —Alin apretó los puños, no era más bruto porque hasta para eso era muy bruto.
—¿Y de qué otra manera podría entregarme a casa, tonto? ¿En pedacitos? —Se sintió astuta. Gontran sonrió con maldad.
—Bueno, yo no lo haría, pero, sí, eso es posible. ¿Nunca has vist...? —Se obligó a cerrar la boca al ver la cara de espanto de ella, espanto y odio—. ¡Me refiero a si no has oído algo así!
—¿Es un loco asesino, no es verdad? —le reprochó—.¡Por eso ha venido a salvarme de esos... pero no de usted!
—¿Qué? —cuestionó desconcertado.
—¡Que está loco! ¡Eres un loco! —Salió corriendo y se cayó a los pocos pasos, donde quedó sentada y se puso a llorar. Gontran se la quedó viendo anonadado. ¿Qué bicho la habría picado? ¿Quizás había alguna araña dentro de la corteza del árbol o qué? ¿Y de ser así, esta no era su amiga como el árbol? Le dio la espalda por un segundo y maldiciéndose para sus adentros fue a por ella.
—Alin... —La muchacha, sin dejar de llorar, pegó un grito de susto al sentir las manos caer sobre sus hombros e intentó evitarle y apartarse—. Alin... ya estás grande para esto... —Le advirtió—. Deja de jugar ya. Te portas como una chiquilla insufrible.
—¿Y usted qué? ¡Me dice cosas horrendas y me amenaza en entregarme en trocitos!
—¿Cuándo te amenacé? Sólo te hice una broma y comenté algo que no es del otro mundo. —A este punto, Alin abrió aún más sus ojos; ¿no es del otro mundo? ¿Acaso era frecuente y normal para él enviar gente en pedacitos? Creía que era mejor no enterarse—. No entiendo por qué estás tan susceptible...
—¡Ya no quiero estar con usted! ¡Me iré sola! ¡Tan solo dígame por dónde...! —Se silenció al verle frente a ella, cara a cara, su mirada era seria y le dio escalofríos.
—No irás sola a ningún sitio. Ya te he dicho que depende de nosotros evitar una guerra. Y si tengo que tenerte atada para ello, lo haré sin duda alguna. ¿Entendido?
—¿En verdad... es un asesino, cierto? —Ella hizo una especie de puchero, sintiéndose desdichada por su desgracia. Gontran suspiró agotado.
—Sí. Soy un asesino. Así que obedece. A dormir dentro de tu amigo árbol. —La tomó de los brazos y la forzó a levantarse. Alin se vio impedida de acción cuando él la trajo hacia sí y se la quedó viendo con severidad—. No te haré daño si me obedeces, pero, si no... serás mi almuerzo. ¿Para qué voy a molestarme en ir a cazar?
—¿Ha-habla en serio?
—Muy en serio —afirmó viéndola con la mirada entornada y ella sintió un dejo de terror y de atracción al mismo tiempo, y tragó saliva para poder volver a respirar—. Ya queda poco de la liebre que cazé y... quedan días por delante... En el bosque es muy duro sobrevivir y yo no pienso morir de hambre... —Los ojos de Alin se abrieron aún más si es que podía—. Así que... ¡A dormir, ahora! —ordenó cual militar y la joven se escabulló espantada hacia el interior del tronco. Los labios del aguileño se curvaron en una traviesa sonrisa. ¿Tenía que tratarla así para que obedeciera? Bueno... así sería, pues, como un subordinado. Y fue tras ella para ingresar también y volver a cerrar la entrada que había hecho. Esperaba poder descansar, lo necesitaba.
Cuando ella le vio entrar, se hizo pequeñita en un costado. Gontran terminó de acomodar el panel del tronco y la vio allí toda amedrentada que casi le dio risa. Finalmente se dirigió hacia la madera que había puesto en el suelo, para no tener que soportar la humedad de la tierra y se sentó en ella, para apoyar su espalda contra la cara interna del tronco.
—Ven aquí. Ahí te dará un resfriado y ya te has salvado de uno cuando te rescaté.
—N-no... aquí estoy bien. Gracias... —Él la espió incrédulo. ¿Tanto así le temía?
—Mira, si no quieres que me levante de malas y vaya a por ti... ven tú misma aquí, sobre la madera de tu amigo, el árbol. O no sólo te enfriarás y enfermarás, sino que te llenarás de bichos babosos.
—¿Bichos babosos? —Lo observó con ojos como platos.
—Eso he dicho. Estamos sobre tierra húmeda, en los bosques tan tupidos como este, los únicos que reciben sol son las copas de los árboles y el claro en algún momento del día.
—¿Bi-bichos... como... como... ca-ca-racoles... y babo...?
—De esos, sí. ¿Qué va a ser sino? —La estudió sin comprender y no tuvo tiempo de más porque ella dio un respingo y en menos de un segundo la tuvo a su lado, sentada sobre el otro lado de la madera, tratando incluso de subir sus pies allí. Y recordó lo que ella había dicho cuando la atajó durante esa pesadilla en la cueva—. Vamos a dormir un poco, Alin. Ven. —Extendió su brazo por detrás de ella a modo de invitación. Ella lo miró confusa.
—¿Ven? ¿No estoy aquí?
—Hará frío, Alin, no seas testaruda, arrímate más y duerme. Tampoco me puedo arriesgar a que hagas tonterías si me quedo dormido.
—¿Pero... usted no dijo antes que no me le arrime? ¡Y yo no quiero ni que me bese, ni casarme y menos pasar toda la vida con usted!
—Pues, lo lamento... —La atrajo hacia sí y su brazo se convirtió en una enorme ala marrón que la cubría en gran parte a ella y a él a su vez. El otro brazo aún mantenía su forma humana, con la mano en la empuñadura de la espada. Alin se vio atrapada en el calor de aquella ala... Si ella estuviera en forma de búho, se sentiría lo mismo de intimidada. Él era enorme y poderoso, ella... suspiró pensando en lo que él le había dicho... "polluelo de búho"—. Descansa. Esta vez sí puedes recostar tu cabeza en mí, te mantendré seca y calentita de este modo.
—¿Y los bichos?
—No te molestarán si te quedas aquí, sobre la tabla y a mi lado. —Ya había inclinado su cabeza y cerrado los ojos para dormitar, mas la voz de ella le hizo abrir de nuevo sus ojos.
—¿No se le suben los bichos?
—¿Cómo se te van a subir los bichos, por todos los cielos? ¿Acaso eres un imán para bichos o qué?
—N-no... solo que... me han pasado cosas con ese tipo de bichos...
—Cada vez que te escucho, te me haces más rara y divertida. —Volvió a arrellanarse—. No se te subirán los bichos. —Bostezó—. A lo sumo nos toparemos con algunos gusanos... y esos no pueden subirse... —Volvió a abrir la boca en señal de cansancio.
—¿Subirse? ¿Qué... clase de... gusanos...? ¿Ellos... son pegajosos? —Casi pega un salto desde su postura y se vio finalmente alzada por el aire, pues, Gontran harto de oírle, obligó a su ala volver a convertirse en brazo y con un único movimiento la ubicó sobre sus piernas, casi paralelo a él. Su espalda pegada a su pecho y su varonil voz un poco más allá de su oído.
—Mira, aquí arriba no se subirán, ¿bien? Duerme. —Alin no pudo replicar más nada, pues, los dos brazos del hombre, volvieron a hacerse enormes alas que los cubrió a ambos esta vez. Ella parecía querer replicar algo—. Y ni se te ocurra comenzar con que estás incómoda. ¡Duerme! —Bajo aquella amenaza, no le quedó otra opción más que intentar obedecerle y se terminó acurrucando también, bajo aquellas plumas. Al menos, esa sensación era agradable. Unos minutos más tarde, lo espió por debajo de sus pestañas, ya estaba dormido. Vaya guardián que resultaba. Se acomodó más en su pecho y se dejó llevar por el cansancio. Más arriba de ella, los pardos ojos se entreabrieron y una sonrisa satisfecha se dibujó en los labios.
