Capítulo 29. Debajo de los plumones, una verdadera mujer.

La pareja se topó con un río de buen caudal, por lo cual Gontran propuso ir río abajo, pues, era uno de los que provenían desde lo alto de las montañas y continuaba en bajada, por lo que las corrientes eran intensas; el canal bastante ancho y el lecho bastante profundo.

—¿Y no podemos cruzarlo...? No sé... Quizás saltando en algún sitio... —Gontran la observó incrédulo y burlón.

—¿Estás hablando en serio? Es decir... ¿Cómo saltarías semejante río y además en faldas? No podría ni yo en mi forma fey.

—Pero... sí convertido en águila... ¿verdad?

—Sí, pero, tú no tienes las fuerzas para convertirte en búho, ¿cierto? Así que ni hablar. —Pensó que quizá él tampoco ya podría convertirse tan fácilmente en un ave, el cansancio se notaba en ambos y la mala alimentación también—. Vamos, no perdamos tiempo. Sigamos su curso y ya veremos si en algún punto del mismo podemos aprovecharnos del agua. ¿Te parece? —Comenzó a andar con ella detrás.

—¿Se refiere a bañarse? —Ella cuestionó con duda de que fuera adecuado hacerlo en esas aguas, aunque se vieran muy cristalinas estaban heladas. Siguiendo los pasos de él.

—No. A tomar el té... —La espió de reojo con divertimento.

—¡Ya deje de burlarse de mí!

—¿Que no eres mi monito chistoso?

—¡No, no lo soy... —ebullía por dentro, ese hombre era irritante— ogro! —Aquella palabra detuvo en seco al sujeto, lo cual la hizo preocupase, pues, solo podía significar dos cosas; que él había visto u oído algo amenazante para ellos o que estaba enfadado y se disponía a atacarla como había prometido. Gontran giró muy lentamente con una ceja en alto y viéndola con resentimiento.

—¿Cómo me has dicho? —cuestionó y ella amplió su mirada. Silencio—. ¡Vamos, repítelo si te atreves!

—¡N-no quiero! —porfió, pero evadió el desafío y su corazón casi se detuvo cuando le vio con una daga en la mano dispuesto a arrojársela. ¿Acaso, pensaba hacerlo de verdad?—. Y-yo... Go-Gontr... ¡Ah...! —Pegó un alarido cuando él lanzó el arma. A los pies de la joven, una serpiente venenosa, ahora decapitada. Gontran, se acercó, tomó la daga y, tras ponerla en su cinto, le dio la espalda y continuó camino. Alin se llevó una mano a la boca, al borde de una crisis de nervios. Esta vez, Gontran no la aguardó, siguió caminando, perdiéndose en la espesura de unos matorrales, y ella no podía evitar sacar los ojos de aquella alimaña que yacía a sus pies.

—¡Vaya niña latosa y mal agradecida! —El joven se detuvo a orinar en medio de aquella privacidad que ofrecía la arboleda—. ¡Ogro...! ¡Ja...! ¡En su vida debe haber visto alguno...! ¡Malcriada...! ¡No sé por qué no la dejo en el medio de la nada y que se la coman las babosas y caracoles que tanto teme!

—¡Señor Gontran! ¡Señor Gontran...! —Una llorosa Alin apareció de la nada sin advertir que estaba irrumpiendo en un momento poco recomendable. Gontran se sonrojó y dándole la espalda, trató de apresurarse a cerrar su pantalón, ella advirtió lo que él estaría haciendo allí y abochornándose también giró para no verle—. Yo... yo... lo siento... —Silencio.

—¿Lo sientes? ¿Qué cosa sientes? —Acabó acomodando su camisa dentro del pantalón.

—Yo... no quise molestarle...

—Pues, ya está hecho. Obviamente no tienes idea alguna, de nada fuera de tu habitación de niña consentida, ¿cierto? —Ya recuperado pasó junto a ella y siguió de largo. Alin quedó perpleja, creía que esta vez, sí la había hecho buena.

—¡Pero... no fue mi intención...! —Fue tras él, hablando sin parar y dando el doble de pasos para alcanzarle; él la espió con el rabillo del ojo—. ¡Cuando lo vi sacar el arma y apuntar hacia mí...! ¡Y luego ese horrible animal frente a mí...! —Ya estaba al borde de las lágrimas de nuevo. Ella ni siquiera entendía por qué él se había molestado—. ¡Lo siento...! —Se largó a llorar, desmoronándose sobre sus rodillas, lo último que sus lágrimas le permitieron ver es que él la abandonaba. Quizá lo mereciera, ella pensó. No que él fuera de lo más bueno del mundo, pero, hacía mucho por ella y trataba de consentirla pese a sus exigencias. El dolor que la embargaba no podía ser contenido, todo estaba tan mal... lo que alguna vez debía ser alegría, una fiesta, conocer a alguien interesante que la amase, se había convertido en una terrible pesadilla de la cual parecía que jamás despertaría y vivir día a día con el miedo a ser descubierta y ser atrapada y arrastrada de nuevo a un frío y oscuro abismo...

Dos fuertes brazos la trajeron hacia adelante y la cubrieron con más ahínco cuando, tras la sorpresa inicial, ella dejó salir toda su congoja. Gontran, arrodillado frente a ella, la cubrió con sus brazos dejando que descargara sus penas. De tanto en tanto, la mano en su cabeza acariciaba su cabellera y encima de la misma podía escuchar alguna palabra de aliento y, hasta por momentos, le pareció haber recibido un beso en su cabellera. Cosa que él mismo se prometió a no volver a hacer para que no hubiere malas interpretaciones. Ni siquiera supo por qué lo hizo. ¿Qué fibras movía esta pequeña brujita-búho para que él se convirtiera en alguien amable y empático? Alin no supo qué hacer, una vez acabado su llanto. No se atrevía a verle a la cara, pues, él debía pensar lo peor de ella, le había dicho ogro y ahí estaba, arrodillado, consolándola.

—¿Estás mejor? —indagó la varonil voz. Ella movió la cabeza en afirmación—. No podemos seguir de esta manera, Alin. Si no confías en mí...

—¡Lo siento! —Lo abrazó de forma inesperada que sobresaltó al muchacho—. ¡No quise ser grosera...! ¡Yo... confío en usted, solo que...! ¡Esto no debía ser así...! ¡Se suponía que sería una noche bonita y mágica y...!

—Lo sé, lo sé... No lo entiendo, pero... lo sé... —Le dio unas palmaditas y la apartó de sí para verle. Secó las lágrimas con sus pulgares y le sonrió con un dejo de ternura—. Quizá... cuando vuelvas a tu casa... vuelvan a hacer una fiesta de bienvenida y... en verdad, será bonita y mágica...

—¿Usted cree? —cuestionó con inocencia.

—Lo creo posible, sí. Tu familia te ama, ¿no es así?

—Sí... Mi papá, mi hermano y mi primo.

—Pues, cuatro ya es una buena cantidad para una fiesta especial —sugirió condescendiente. Alin le vio con curiosidad.

—¿Y... su tío...?

—¿Qué pasa con él?

—¿No le hará una fiesta de bienvenida cuando usted vuelva también? —Gontran se mordió los labios. De los dos, una vez entregada la chica a su casa, era la única que no correría peligro, él no sabía a ciencia cierta si le dejarían regresar o... vivir.

—Sí... Seguro me hará una también. —Volvió a sonreír con obligación—.Vámonos ya... —Se incorporó con ella, aun abrazándola, permaneciendo un momento así. Alin se cuestionaba el por qué aquella mirada había mostrado cierta tristeza o si había sido tan solo su imaginación—. Alin... prométeme que... una vez que estés a salvo, construirás una hermosa familia y tendrás muchos niños...

—¿Eh...? —Ella se pasmó ante aquellas palabras. ¿Y ahora qué le pasaba? ¿Se había vuelto loco? ¿Qué le importaba a él todo eso? Su joven mente no podía llegar a comprender el mensaje escondido tras esas palabras, de un hombre que le pedía esperanzas a la vida... una vida que él suponía podía perder, incluso, haciendo el bien.

—Solo prométeme que, una vez que estés segura, de nuevo entre los tuyos, encontrarás a un buen esposo y serás feliz, con niños y todo eso.

—¡E-eso...! —Se sonrojó de tan solo pensarlo—. ¡Eso no... no es fácil! ¡Y-yo...!

—¿Tú qué?

—Yo... —pareció penarse— no soy tan bonita como otras chicas... —dijo convencida y cabizbaja.

—¿Quién ha dicho? De una forma u otra, todos tienen su belleza. —No pareció convencerla—. Mh... —Se la quedó viendo pensando cómo levantarle el ánimo—. Yo creo que... te ves bien, pese a que estás hecha un desastre... como yo. —Tocó su barbilla para que le viera; ella le vio sonreír con bonanza—. Y apuesto a que, una vez bañada y acicalada, debes ser muy bonita. —Acomodó con suavidad un mechón de los, alguna vez, rubiáceos cabellos tras su oreja. La princesa se sonrojó—. Me hubiere gustado que las cosas hubieren acontecido de manera diferente, Alin. Me hubiere gustado conocerte como una muchachita feliz cumpliendo sus años e ingresando a una nueva etapa de su vida, pero, nunca llegué allí. Estoy seguro de que, te veías muy hermosa con tu vestido y tu peinado. —Ella le miró con muchas vacilaciones revoloteando en su mente. ¿Qué le sucedía?

—¿Lo... dice en serio?

—Lo digo en serio. — Ella sonrió con inocencia.

—¿Y... hubiere bailado conmigo? —Gontran sonrió con dulzura y Alin pensó que su corazón se detendría.

—Hubiere hecho todo lo posible por bailar después de tu primo, padre y hermano. Y si te hubiera caído en gracia, pues, te hubiere invitado a bailar nuevamente. —Alin suspiró aliviada.

—Gracias.

— De nada. —Tocó su nariz como si fuera una niña—. Te propongo algo... sigamos el descenso del río y, ni bien encontremos un vado, nos bañaremos. Eso nos hará sentir mucho mejor a ambos. ¿De acuerdo?

—De acuerdo. Creo que eso me tiene de muy mal humor... —Se dejó guiar de la cintura donde descansaba recatadamente la protectora mano del hombre.

Jareth observó hacia la carreta, donde nuevamente, Liroye iba sentado, observando con pena a su amigo seguir a pie tras ella. Que había un vínculo fuerte entre esos dos, no cabía duda alguna, pero, no creía que fueran amantes y todo lo que él hizo para molestarles y que se rebelaran como tal, no había dado señales de ello. El aguileño se molestaba y se preocupaba cuando Liroye era su objetivo de fastidiar; y a su vez, este se desvelaba porque el sobrino de Kaden estuviera sano y sin daño; pero, cuando él le insinuaba alguna cosa, Liroye parecía un jovencita inexperta y temerosa, por lo que lo suponía virgen muy pese a que se hacía el osado cuando le convenía. Por otro lado, Devis le miraba con cariño, pero, no era un cariño pasional. Si tenía que considerar qué había entre esos dos, él se inclinaba por un parentesco, quizá oculto para el resto por alguna razón. Ahora, si eso era así, ¿por qué estaban huyendo? ¿Acaso, ese jovencito remilgado o su existencia, representaba un peligro para alguien de su reino? ¡Vaya dúo ese par! Cambiaría de táctica, porque hasta ahora, si bien había resultado divertido provocarles, no lo había llevado a mucho, y el sylph tenía la sensibilidad de una muchacha. Ya vería cómo hacer para tenerlo a su favor... Elevó la mano en señal de detenerse y todo el mundo acató la orden, excepto los dos goblins pequeños que se llevaron por delante las piernas de uno de los soldados feys que los vio con divertimento.

—¿Su Majestad? —cuestionó su guardia a la espera de una orden.

—Suban al otro también. No queremos que mi damita se ponga triste. Nada más vean esa cara.

—¡Sí, Su Majestad! —respondió risueño y Jareth se dirigió al otro.

—No le saquen los ojos de encima. ¿De acuerdo?

—Delo por hecho, Su Majestad.

Cuando Liroye vio a los guardias dirigirse hacia su compañero, se preocupó, mas, cuando notó que lo hicieron montar la carreta junto a él, sus ojos no podían evitar brillar de contento y dejar un suspiro de alivio. Jareth lo observó como si solo estuviera controlando que se acataran sus palabras, momento en el que Liroye le observó agradecido a su vez y el monarca le hizo un movimiento de cabeza con una mirada y una sonrisa atrevida, que le hizo pensar a Liroye si no le pediría algo a cambio. Y si bien le preocupaba el hecho, se dijo a sí mismo que valía la pena el sacrificio si era por salvaguardar a su amigo... de todos modos, nadie suspiraría por él y no era un sujeto que pudiera jugarse de héroe.

—¿Qué tan lejos están? —preguntó el rey águila a sus espías sylphs, desde lo alto de un montículo.

—Ya casi a mitad de camino, mi señor.

—Eso casi suena agradable... —comentó entrecerrando sus ojos. No tendría piedad alguna una vez que los tuviera bajo sus garras—. Hagamos una breve parada para reponernos, comer y refrescarnos —avisó a su segundo, apeado al otro lado de su montura que pastaba ya sin su peso.

—¡Sí, mi señor!

—Y tú, mi buen sylph, haz que te reemplace alguno de los tuyos y descansa. Bien merecido lo tienes.

—Mil gracias, Su Majestad. —Hizo una respetuosa inclinación antes de apartarse. Kaden sólo cabeceó en respuesta y se quedó viendo, desde lo alto donde pastaba su caballo, cómo sus hombres iban desplegándose para repartirse un poco de los víveres y bebidas antes de una pequeña siesta. Su mirada era digna de su título y de su familia, los párpados a mitad de camino con sus largas y renegridas pestañas, prometiendo un infierno a quienes osaron tocar a su familiar más querido y en el cual había depositado sus esperanzas. Él no volvería a casarse ni a fijarse en mujer alguna, de eso estaba seguro, así como que tampoco dejaría al rufián de Marlon al poder... Antes, lo mataría con sus propias manos de ser necesario. Giró hacia el caballo, dejando la lontananza tras de sí, con su negra y flameante capa que parecía querer alzar vuelo.

—¿Sr. Gontran, puedo poner un poco mis pies en el agua? Me duelen ya de tanto andar...

—Ya se nos ha ido el mediodía, ¿verdad? ¿Por qué no soportas un poco más? Creo que por allí había un remanso que podremos usar para asearnos.

—Es que ya me aprietan los zapatos... —Ella suspiró acongojada, casi tenía ganas de llorar. Sus pies cada vez estaban más hinchados de tanto andar. Gontran le vio y sonrió adivinando los sentimientos de la muchacha.

—De acuerdo... Tengo un remedio para ello... —La levantó en brazos sin darle tiempo a réplica

—¿Pero... no es demasiada carga...?

—No pesas mucho y suelo cargar mucho más peso en mis entrenamientos. —Alin abrió sus ojos sorprendida.

—¿Cuánto más?

—Mh... —Semejó analizar el peso que ahora tenía en brazos—. Mínimo... unas... seis o siete veces tu peso, me temo. —Ella quedó boquiabierta, y eso que no sabía que en la altura de la montaña, todo costaba el doble de trabajo, incluso el ejercicio físico, debido a las grandes alturas.

—Yo... no voy a decir algo como "¿tanto así?" ni nada de eso porque sería como tratarme de obesa a mí misma. —Aquel pensamiento y confesión, provocó risas en el hombre.

—No eres para nada algo como eso. Tienes poco peso. No sé si se deba a que tu estirpe tiene otra contextura física o tú eres demasiado pequeña con respecto a otras muchachas.

—¿Suele cargar con muchas? —ella indagó tratando de que no se notara que le molestaba la idea de esa comparación.

—No. Alguna que otra dama en apuros o... —Se obligó a callar.

—¿O qué? —Ella frunció el cejo. Él se mantuvo en silencio unos minutos, hasta que vio su salvación.

—¡Allí está el vado! —La dejó pisar suelo nuevamente—. Vayamos a refrescarnos. —Se adelantó dejándola detrás. Ella se cruzó de brazos. ¿Acaso no la había oído o qué? No comprendía a este hombre que a veces la hacía sentir cuidada y contenida y, por momentos, la hacía enfadar —. Yo sólo me refrescaré. No podemos quedarnos mucho tiempo, ¿de acuerdo?

—Le hice una pregunta... —Ella insistió.

—¿Pregunta? ¿Qué pregunta?

—Sobre si suele levantar muchachas.

—Y te lo respondí. Cuando están en apuros.

—Sí, e iba a continuar y se detuvo.

—Eso es porque es algo que no te interesa, ¿o sí?

—¡En lo más mínimo! —Pareció molestarse más.

—Perfecto. Entonces, vamos, el agua debe estar justo a punto. Si tardamos más se pondrá muy fría. —Extendió su mano hacia ella, la cual la tomó.

—Ojala pudiera cambiar mi ropa y calzado... —se deprimió junto a un suspiro.

—Cuanto más nos apresuremos, más pronto podrás hacer todo cuanto desees, princesa. —Otra vez esa forma de expresarse y esa mirada con cierta pena.

—¿Y qué de usted? ¿Cree que mi familia no le dará albergue tras salvarme?

—Sinceramente, no sé cómo lo tome tu familia, mi pequeña polluela... Quizás no les guste la idea de verme a tu lado... aunque te haya salvado... podrían pensar que es mentira.

—¡Pero...!

—Alin, no pienses en eso. No tiene sentido. Primero, debemos llegar. Sólo pongámonos eso como objetivo, luego, el tiempo dirá.

Terminaron de descender la leve meseta y se sonrieron al ver el idílico paisaje. A un costado del río, una pequeña suerte de laguna donde la corriente aminoraba y flores y césped rodeaban las diáfanas aguas, único lugar donde el sol parecía congraciarse.

Gontran se quitó la camisa dejando a la intemperie un torso aguerrido y agachándose en la orilla, comenzó a asearse y refrescarse. Alin quedó impávida viéndole. En su vida había visto alguien con ese porte musculoso, cada vez que él juntaba agua en sus manos ahuecadas para mojar su cabeza, los músculos de sus brazos se apelmazaban en rígidas montañas que volvían a extenderse para volver a agolparse. Cuando se notó presa de la observación, se la quedó viendo desde su sitio. Alin advirtió que el cabello húmedo había oscurecido más y hacía resaltar más sus pardos ojos y, al sentirse descubierta, se sonrojó.

—¿Qué no piensas refrescarte? —él habló.

—Yo... necesito más que eso... Quisiera bañarme...

—No hay tiempo para eso.

—¡Yo no pienso dar un paso más con toda esta mugre y este cansancio! ¡Me niego a seguir así!

—¡Pero...!

—¡Me voy a bañar y ya no podrá decirme cosas feas!

—Como quieras... —concedió agotado de discutir con esa cabezadura—. ¿No irás a quitarte toda la ropa, no? —se preocupó—. Mira que si llega a venir alguien debemos correr a toda prisa.

—¿Cómo piensa que me quitaría todo estando usted aquí? —se puso más roja.

—¿Estando yo? Pues, mira, no puedo alejarme mucho. Ya la otra vez casi te atrapan a solo unos pasos míos. Así que no me alejaré, pero, si gustas, puedo ver hacia otro lado para no perturbarte. ¿Te sirve eso?

—E-eso creo... —respondió con duda, pues, tal parecía él no tenía ninguna intención en prestarle atención salvo por salvarla de los otros. Gontran se incorporó, la camisa echada sobre uno de sus hombros y se acercó a ella que trató de no prestar atención al pecho que tenía frente a sí.

—Muy bien. Mientras tú te refrescas, yo racionaré algo para que comamos. Y recuerda, no tenemos mucho tiempo.

—S-sí, ya, ya. Lo escuché —dijo molesta. Gontran sonrió con diversión.

—Bueno... ahora suenas más a una adolescente. —Palmeó su cabeza risueño y se fue a sentar a una roca desde donde podía divisar el resto del paisaje, al otro lado de ellos, en tanto, chequeaba los contenidos de las alforjas. Estudió los alrededores y vio un árbol de gran envergadura. Si se montaba en él, podría estar atento al entorno, a los cielos y a la joven en caso de estar en peligro—. Alin... —Giró hacia ella que se subió deprisa el torso de su vestido—. Lo siento —se dispensó como si nada—. Solo quería avisarte que iré allá arriba para tener todo bajo control. Si algo se acerca, lo veré antes de que ellos me vean a mí. Si necesitas ayuda, grita tan fuerte como puedas y estaré a tu lado.

—Bien.

—Y no te tardes mucho. No estamos de paseo.

—¡D-de acuerdo! ¡Pero quiero quitarme toda la mugre! —porfió.

—Como quieras, pero, hazlo con prisa. —Lo vio transformarse en la formidable águila marrón y volar hacia lo alto de aquel gigante. Finalmente se relajó y se quitó el vestido dejándolo a un lado, junto a las botas. ¡Qué asco que era todo eso que alguna vez se vio tan primoroso! Se metió en el agua, estaba más fría que cálida, pero, de algún modo, sus músculos agradecían la frescura y su piel la limpieza.

—Ah... —Se sumergió hasta que su cabeza desapareciera y, tras frotarse la cabellera, aquí y allá, se puso a nadar, eso la relajaba y le hacía olvidar la precaria situación en la que estaba.

El águila marrón entre las ramas del árbol, estudiaba con sus agudos ojos los alrededores a lo lejos. No había rastros de las águilas por los cielos, mas... algo llamó su atención por el suelo. Tres hombres de complexión mediana y delgada, búhos y él había tenido el desagrado de haber conocido a esos tres. Iba a abandonar el árbol cuando percibió a lo lejos unos puntos pequeñísimos más allá del horizonte. Por la forma de navegar en el aire, podía asegurar que eran de su propia especie. ¡Maldición, solo eso les faltaba! Con prisa y cuidado de no rebelarse, descendió en picada hacia la muchacha.

Alin estaba con el agua hasta la cintura limpiando su bota con ayuda de la humedad y un paño, parte de su vestido, y se dirigía hacia la orilla a dejar el calzado junto a su par, cuando el águila descendió tras su espalda. Tras la primera prisa con la idea de que debían escapar lo antes posible para ganar terreno y no correr riesgos, el ave, ahora ya hecho hombre quedó boquiabierto. Los blancos calzones se pegaban a la blanca piel de la muchacha dejando traslucir lo que ocultaba, ¿acaso siempre había tenido esas perfectas caderas redondeadas y esa cintura escueta que la hacían lucir tan femenina? Hasta su cabello parecía relucir ahora, aunque le costaba concentrarse en el mismo teniendo semejante espectáculo frente a sus ojos. Por fin decidió carraspear para hacerle notar su presencia. La princesa giró de improviso y la sonrisa de Gontran se amplió con travesura.

—Su Alteza, será mejor que vistas pronto o, para mi mala suerte, tendremos compañía.

—¿Están cerca? —Ella cuestionó aproximándose más a la orilla, para lo que él tuvo el recato de darle la espalda.

—S-sí. ¡Vístete aprisa y avísame cuando hayas acabado! —Se direccionó hacia las alforjas. No había esperado ver tanto, le había pillado desprevenido. ¡Y él tratándola de niña y demás! Ahora comprendía el afán del tal Graham, aunque claro que suponía que lo de aquel pasaba por un lado morboso y dañino. Sacudió los pensamientos de su mente para no meterse en problemas. Ella debía llegar segura e intacta a su hogar y él no era el más apropiado para pretender algo con una muchacha de los búhos. ¡Ni hablar! Mejor hacer de cuenta que no había contemplado nada. ¡Una niña, una niña, una niña!, se repetía para sí como si fuera un mantra, a como no funcionaba, le agregó lo de búho después de niña.

—Señor Gontran, ya estoy lista —avisó nerviosa ante el temor de verse en peligro por los malhechores de nuevo.

—¡Muy bien! —Volvió para enfrentarle y la examinó de pies a cabeza, claro, con la ropa algo destrozada y mugrienta, hubiere sido imposible percibirlo. "Una niña-búho-enemigo..."—. Andando. Comeremos algo por el camino... —Calzó las alforjas en su espalda y avanzó pasando a su lado sin siquiera verla. "Una niña-búho-enemigo-imposible..."

Alin se lo quedó viendo sin comprender. ¿Estaba enfadado o solo era porque estaba inquieto por el peligro? Pensando en ello, comenzó a seguirlo.