Capítulo 30. ¡Seamos optimistas!

La muchacha casi venía al trote, tal parecía él se había olvidado de que no todos tenían piernas tan largas ni tan fuertes. Desde que habían dejado el pequeño vado, casi ni había cruzado palabra con ella, excepto para darle algo de comer. ¡Como si pudiere hacerlo en medio de esa carrera! Entendía que llevaran prisa porque podían ser descubiertos, pero, ¿acaso pretendía perderla? Agotada y agitada, se detuvo apoyándose en un árbol, como para que la sostuviera. Gontran no parecía haberse percatado de ello. ¡Por todos los cielos! ¿Hasta dónde pensaba llevarla corriendo sin parar?

—Señor... —le llamó casi sin fuerzas. Él pareció no oírle—. ¡Señor Gontran! —clamó y él, por fin reaccionó.

—¿Qué haces descansando? No hay tiempo para eso.

—No doy más... Lo siento... Pero... creo que mi corazón saldrá por mi boca... en cualquier momento...

—Deberías hacer más ejercicio... —La estudió de pies a cabeza tratando de pensar en tomarlo como un punto negativo. Parecía irritado—. Eres más joven que yo y ya estás extenuada...

—¡Yo no soy un og...! —Se mordió los labios a tiempo. Él la vio de reojo, ¿estaba por decirle eso que ya le había dicho?— ¡Guerrero! Sé coser; cocinar y... hacer que las cosas se vean más bonitas en casa... Pero, no me han enseñado a tener que... competir en carreras de velocidad ni nada por el estilo. —Aquello rompió con la aspereza del hombre, que no pudo evitar reír. Alin respiró gratificada, él había reído de nuevo.

—Eso suena intere... —Ahora fue él quien se detuvo— ¡Intenso! Apuesto... a que debe ser mucho trabajo...

—Sí... lo es... Son muchas cosas a tener en cuenta... a lo largo del día —ella confesó con una sonrisa que pareció incomodar al hombre.

—Bueno... debemos seguir... ¿Puedes andar?

—En verdad... necesito descansar... —semejó rogar. Él suspiró.

—Ahora es más complicado que antes, princesa... —manifestó— no sólo las águilas están tras nuestra pista... de alguna manera... también se están movilizando los hombres de tu reino que me tenían secuestrado... Si quisiéramos vencerles y no darles la más leve chance... no deberíamos detenernos ni de noche ni de día...

—¡Yo no podré seguir a este ritmo...! —Alin lloriqueó, pues, en verdad su cuerpo no daba más—. ¡Y no quiero morir...!

—¡Sh...! —La trajo hacia su pecho—. No morirás... Prometí protegerte... ¿Puedes cargarte a mis espaldas como... —la apartó para sonreír con diversión— un monito?

—¿Lo dice en serio? —Ella rió arrastrando una lágrima con su puño.

—Sí. Necesito tener, la mayor cantidad de tiempo, las manos libres, por si alguien se nos cruza. —Tocó la empuñadura de su espada.

—Lo siento... no sirvo de alforja... Lo más probable es que me pierda por el camino... —Se avergonzó—. Soy tan débil... —Gontran la vio con empatía y, de repente, dejó caer las alforjas al suelo, ante el extrañeza de la muchacha—. ¿Qué... hace...?

—Solo... dame unos minutos... —Indicó, cuchillo en mano, y Alin le vio hacer un tajo aquí y allí en una de las dos alforjas, a la cual vació de las pocas cosas que llevaba consigo; quitar la manija de la otra y ponérsela a la que le había hecho el hueco. Y al fin, se la quedó viendo de la cintura para abajo—. ¿Te molestaría que... —carraspeó— que tome una de las capas de tu falda? Necesito hacer un pequeño bolso para esto —señaló lo que había quedado fuera —y de relleno para esto otro. —Indicó la alforja que había sido modificada.

—¡Oh...! ¡Seguro! No tiene arreglo de todos modos. —Ella elevó los brazos con una sonrisa, pensando en que no le molestaría que su falda, alguna vez vaporosa fuera perdiendo un poco de su volumen. Gontran, aún cuchillo en mano, llevó las manos a la cintura de la joven con inseguridad, luego, pareció darse ánimo dando un fuerte respiro y, con cuidado, comenzó a cortar la tela—. Gira un poco... —indicó cuando acabó con el frente. Ni bien se soltó todo ese género, se obligó a concentrar en su tarea. Alin le veía hacer con curiosidad. Cortó un trozo pequeño donde ató aquí y allí y demostró a Alin cómo llevaría las cosas que habían sobrado en eso atado al cuello. Ella se sorprendió. Luego, el trozo más grande lo puso dentro de la alforja agujereada, y pasó los tirantes en sus hombros, como si se tratase de una mochila—. Listo. —Le dio la espalda a la chica—. Sólo tienes que sentarte aquí, indicó con su pulgar tras su espalda y yo haré el resto.

—¿Qué...? ¿Me acarreará como si fuere mi caballo?

—Bueno... tú eres mi monito, yo soy tu caballo, es bastante justo. —Le sonrió.

—¡Pero... lleva la alforja y...! —Le vio agacharse, aún de espaldas.

—No acepto negaciones. Me tomó mucho trabajo hacer esto y quiero creer que no hemos perdido tiempo innecesariamente.

—De acuerdo... —Ella pretendía sentarse dándole la espalda a su vez. Gontran la miró discrepante.

—No, Alin. Debes sentarte como si fueras un monito, la diferencia es que deberás sostenerte un poco con las manos en mi cuello u hombros y yo no tendré que sostenerte de tu tra... —Se calló sonrojado— tus... piernas...

—¡Oh...! —Ella no percibió lo que a él le preocupó—. Pero, se me verán las piernas... —se inquietó en cambio.

—Alin, no queda otra, o se te ven las piernas o sigues caminando...

—De acuerdo... —accedió desganada y él pudo sentir que, ahora, estaba tratando de pasar uno de sus miembros por el espacio entre las tiras y su cintura.

—¿Puedes...? Apóyate en mis hombros para montarte.

—Estoy tratando... —Se reclinó sobre él, quien carraspeó un par de veces al sentir el torso de la jovencita ahora casi sobre su nuca y, por poco, al ver hacia atrás qué tal iba, se topó con uno de pechos.

—Esto será difícil... —murmuró casi imperceptible para sí—. ¿Ya estás? —indagó cuando vio que ya tenía las piernas de la joven a cada lado de sí. No debió haber mirado hacia ellas, no; se corrigió, "haz de cuenta que llevas una bolsa de tierra con las que entrenas en las montañas".

—No se levante aún... Mi falda se atascó... —Ella tironeó hasta que al fin pudo acomodarla bajo sus sentaderas y por delante de ella—. ¡Listo!

—Muy bien... Sujetate. —Él palmeó sus hombros en señal de agarre, por lo que Alin rodeó su cuello con sus brazos y apoyó la cabeza en su omóplato. Gontran, ya de pie, la espió y sonrió—. ¿Estás cómoda?

—Bastante...

—Me alegro... —comentó divertido y una de sus manos fue sin pensar sobre las de la muchacha en su garganta, y ni bien lo percibió abandonó el roce. ¿Qué estaba haciendo?, se reprendió a sí mismo. No debía encariñarse con esa niña-búho-enemigo-imposible... llorona... floja... Suspiró viendo sus piernas, sí, estaban hinchadas—. Mejor pongámonos en marcha...

—Sí... —Alin, oculta por él, sonrió satisfecha con su mejilla pegada a la hercúlea espalda. Al menos así, no la perdería con tanta facilidad...

En la finca, un joven muchachito daba órdenes aquí y allá para que todo estuviera en su sitio. Los criados, viéndole asombrados, acataban después de algún que otro titubeo, suponiendo que el joven estaba algo nervioso a causa del secuestro de su hermana. Gaspard le miraba con bonanza, él estaba seguro de que ella volvería bien y él no era quien para contradecirle. Si el muchacho aseguraba que la había visto y que si corría con suerte con quien había usado para salvarla, estaría en camino y podía llegar en cualquier momento. Así que lejos de contradecirle, Gaspard ayudaba a controlar al resto de los criados.

—Guinevere, asea el cuarto de mi hermana; Marianne, el de mi padre. El resto de las mujeres, no olviden ordenar el resto de la casas, aprovechen que no me he mandado ninguna travesura... por ahora... Y los hombres, a recoger la cosecha y preparar los caballos. Todo tiene que estar preparado.

—Como diga, Su Alteza Conrad. —Descendían sus cabezas e iban manos a la obra. La mirada de Conrad se puso seria, como nadie imaginaría. Podía advertir que estaba más próxima, pero, no se atrevía a inspeccionar mucho con sus poderes por miedo a que alguien más la advirtiera. Era una tentación por comprobar si estaba sana y salva, aunque suponía que el elemento que había escogido serviría para dicho propósito—. ¡Gaspard! —nombró al anciano a pocos pasos de él.

—¿Sí, señorito? —Dio unos pasos hacia él.

—Necesito dos goblins, de los más pequeños que existan y de suma confianza.

—¿Es...? —El hombre descendió la voz y se aproximó más al muchacho—. ¿Espías, mi señor?

—Algo así. Necesito ojos que no se vean... —Le vio con confianza y él hombre cabeceó en asentimiento.

—Entendido, señorito. Lo tendrá cuanto antes.

—Gracias. —Le sonrió en correspondencia. ¿Qué sería de él sin su buen Gaspard?

Horas más tarde, dos pequeños y feos goblins con alas, uno algo rechoncho, el otro más bien escuálido; tan altos como una mano, posaban sobre la ventana del dormitorio de Conrad.

—¿Nos mandó a llamar, Su Alteza? —se oyó la árida voz del más rellenito—. ¿Su Alteza...? —repitió al ver que tal parecía no se encontraba en la alcoba y se vio con su compañero que movió la cabeza de un lado a otro—. ¿Príncipe Conrad?

—¡Oh... Leafie; Treefly! —Apareció de pronto, al otro lado de la cama, levantándose del suelo. La súbita entrada asustó a los goblins que casi caen de la ventana—. ¡Lo siento, no los oí llegar!

—¿Qué estaba haciendo ahí? —curioseó el delgado con voz de contratenor.

—Oh... solo estaba... —pareció patear algo debajo de su cama— armando algo... ¡Pero... no tiene importancia! ¡Lo bueno es que ya están aquí! ¡Tengo un trabajo para ustedes! ¡Pasen, pasen! —Los invitó a ubicarse sobre la cómoda—. Como sabrán, mi hermana ha sido secuestrada...

—Sí, y el príncipe Gontran también —rebeló Leafie, rascando su prominente estómago.

—¿El príncipe Gontran? ¿No es el posible heredero de las águilas?

—Exacto, Su Alteza —le confirmó Treefly—. El mismo día. El joven Gontran estaba en camino hacia aquí, pero, no llegó nunca a salir de sus propias tierras. —Y la mente de Conrad comenzó a trabajar con prisa.

—¿Un plan para provocar una disputa, eh?

—Eso tememos, sí. Pero... ahora todo está más caótico... —Leafie se lamentó.

—Se dice que él consiguió huir y que lo están buscando para matarle... —Treefly murmuró en secreto y los ojos de Conrad brillaron con contento.

—¡Entonces, hay mucho por hacer! Necesito que sean mis ojos, no intervenir, solo ver y traerme información, sin que nadie los vea, ni siquiera a quienes estarán espiando. ¿Puedo contar con ustedes?

—¡Pan comido! —Leafie se jactó. Con una sonrisa en sus labios, Conrad tomó un pequeño rollo de papel que desenvolvió entre los dos goblins que revolotearon para luego pararse sobre este.

—En esta región... —marcó con su dedo un círculo pequeño en el mapa— hay dos personas a las cuales deben tener bajo rigurosa vigilancia. Debo saber hacia dónde se dirigen y si se encuentran en problemas...

—¿No será un contrabando de miel, verdad? —Leaffie le observó amonestador; en tanto, Treefly se llevó una mano para cubrir su boca y reír por lo bajo.

—¡¿Pe-pero... quién crees que soy?! ¡Yo no hago ese tipo de cosas por más que me gusten las cosas dulces...! Además, ¿quién necesita contrabandear cuando simplemente puedes hacer que aparezca frente a ti? —Le mostró la lengua al gordinfloncito, lo cual causó más gracia al otro.

—Admítelo, Leaffie; él tiene razón. Siga, Su Alteza, ¿quiénes son esas dos personas?

—Mi hermana y... una amable bestia bruta que la trae a casa, casi como Ludo, pero, menos tierno y lindo.

—¡Oh...! De acuerdo... ¿Dijo usted su hermana?

—Sí. Esto no lo sabe nadie, excepto Gaspard y ustedes, ¿de acuerdo? Debe ser secreto hasta que ella consiga llegar aquí y, quizá, por siempre.

—¡Delo por hecho, Su Alteza! ¿Cuál será el pago?

—¿Un jarro lleno de pickles? —Los estudió con maldad y agregó—: De los grandes...

—¡Trato hecho! ¡Sí! ¡A sus dulces órdenes! —Extendieron sus manitas hacia las del jovencito, el cual sólo les dio los dedos para que aferrasen.

En la carreta, con cierta lentitud debido a la carga y al cansancio del viaje, Liroye dormitaba sobre el hombro de Devis, el cual parecía estar alerta, cuidando de su amigo. No confiaba en ese Rey Goblin en lo más mínimo. Ahora se hacía el bueno con él también... se cuestionaba a cambio de qué y le preocupaba que pretendiera que Liroye tuviera algo que ver con ello. Si Liroye suspirara por ese rubio engreído, no sería el drama, salvo que le rompiera el corazón y entonces, sí, él le rompería todos los huesos a cambio; pero, no era el caso. Suspiró pensando, por centésima vez, que no debió haber metido al buen Liroye en esto.

—Hola, guapo... —Liroye le sonrió abriendo sus ojos poco a poco, hasta acostumbrarlos de nuevo a la luz.

—Hola, primor. ¿Todo en orden?

—Sí, ahora que te tengo al lado mío como almohada, mejor. —Rió suavemente, en tanto, se incorporaba con flojera.

—¿Cómo siguen tus pies?

—Mucho mejor, por suerte. Serán brutos, pero, tienen buenas medicinas.

—Me alegra oír eso, que estás mejor y que, al menos le encuentres el lado positivo al asunto —bromeó. Se lo quedó viendo y se puso serio—. ¿Liroye... aquel no te ha ofrecido o pedido nada a cambio de que yo vaya en la carreta, no?

—¡No! ¡Si hasta yo quedé sorprendido! Quizá no está decidido con quién quedarse. —Mordió sus labios para no carcajear—. Te advierto que soy un fiero competidor.

—¿Cómo diablos haces para hacer chistes en momentos como este? —El otro no pudo evitar reír.

—¿Costumbre?

—Costumbre. También es costumbre meternos en problemas, ¿no crees?

—Mientras nos metamos juntos... Menos con el rubio sexy, ahí ya no sé si quiero compartir. —Siguió con sus chanzas.

—Te amo, tonto, y no quiero hagas ninguna idiotez... Al menos, no una que no pueda estar yo cuidándote.

—Y yo te amo a ti, pero, eso de que me quieres ver desnudo con el rubio...

—¡Ya termina con eso! —Volvió a reír y se callaron de a poco al advertir que les habían observado. Jareth se acercó a ellos en su corcel.

—¡Buenas tardes! ¿Tienen sed o apetito?

—No, Su Majestad. Muchas gracias. —Devis respondió sin expresión.

—¿Y tú, bella flor?

—N-no, gracias. Muy amable, Su Majestad.

—Lo que sea por dos ejemplares como ustedes. —Sonrió con sorna—. Con gusto los incluiré a mi harén una vez acabado todo esto.

—¿A los dos? —Liroye exclamó atónito.

—Son bien parecidos ambos, cada quien a su modo. —Se encogió de hombros—. Y... pueden ofrecerme diferente diversión... uno sumiso... —Elevó con su fusta la barbilla de Liroye— y el otro... renegado... —Con el mismo elemento golpeó varias veces la coronilla de Devis, quien aspiró hondo y presionó los puños para no lanzarse encima. ¡De no tener las manos atadas y estar en medio de tantos enemigos, le hubiere enseñado cuán divertido podía resultarle!—. No te preocupes, Devis, cariño, no te haré daño, sólo te haré gozar de tu propia insurrección. —Lo vio con goce al notar su estado de ánimo. Liroye ahora estaba más que preocupado por su amigo, si ese hombre le hacía algo así, Liroye se sentiría más que humillado. Las águilas eran seres majestuosos y orgullosos, no toleraban ser doblegados por nadie y menos por alguien que no perteneciera a su especie.

—Si tanto anhela sentirme dentro de usted, Su Majestad, con gusto le haré sentir mi "insurrección". —Aquellas palabras le obsequiaron un fustazo en plena mejilla que le hizo dar vuelta el rostro y pegar un grito de horror a Liroye, sin embargo, los ojos del aguileño no mostraban la más mínima consideración, excepto un profundo odio que parecía acrecentarse.

—Ya aprenderás a agradecer mi bondad... Sí; mírame de esa altiva manera... Eso es lo que necesito de ti. —Rio truhán y hecho una mirada sugestiva al otro—. Tú sigue tal cual, mi frágil golondrina... —Tomó sus manos atadas y las llevó a sus labios—. A ti te trataré como una princesa... —Liroye no podía evitar temblar. ¿Qué acaso estaba loco? ¿Acaso tenía un harén de muchachos guapos o qué? Observó a Devis con terror, el cual no sacaba los ojos del rubio monarca, y notó la roja marca que había dejado en él—. Y convence a tu novio de que sepa comportarse; en el único lugar donde le permitiré rebelarse, será en el lecho y cuando yo lo apetezca. Pronto se avecina la guerra y quiero festejar antes y después de mi triunfo. —Guiñó un ojo confidente y se apartó mordiéndose los labios, rumbo a sus dos guardianes que estaban en similares condiciones. Liroye abría y cerraba la boca como un pez sin aire, viendo a Devis.

—¿De-Devis...? ¿Él... va a violarnos, verdad? —Liroye indagó nervioso—. Él... está loco...

—¿De qué te preocupas? Contigo será amable, por lo menos... Yo no puedo asegurar lo mismo... —Exhaló tratando de pensar en cómo resolver lo irresoluto.

—¡Yo no quiero ser violado! —confesó por lo bajo—. ¡Quiero decir... sí quiero algo de atención masculina, pero, no de esta forma...! —Miró hacia el rey que hablaba risueño con los suyos—. ¡Y no por él!

—Liroye... por favor... No sé cómo podremos librarnos de este hombre... Estamos atrapados... Así... veremos qué hacer cuando el momento se acerque.

—No quiero ser violado... —murmuró con algo de infantil gesto en su rostro, lo cual sensibilizó al otro.

—Vamos... —Hizo seña con su cabeza de que se acercara, pues, él no podía abrazarle ya que sus brazos fueron atados por detrás cuando le pasaron a la carreta. Liroye se acurrucó en su pecho y suspiró—. Haré todo cuanto pueda... pero... debemos esperar a que se encuentre con mi tío.

—¿Y si a tu tío le parece buena idea que él se quede con nosotros, a modo de castigo por no advertirle de Marlon?

—Entonces... roguemos que su harén sea lo suficiente cuantioso como para perdernos entre el resto de sus concubinas. —Trató de animarle.

—¿Crees que al menos me dejará usar faldas y maquillaje?

—Bueno... te conoció con todo eso, ¿no?

—Lo fasciné —se jactó inmodesto y se largaron a reír... para no llorar.