Actualizando. Disculpen la tardanza, este capítulo fue realmente difícil. Advierto que tiene diálogos largos y habla mucho de religión, así que espero no lleguen a ofenderse o sentirse mal, ¿sí?

Gracias a quienes me siguen leyendo, me hacen muy feliz :)

Disclaimer: Inazuma Eleven no me pertenece.


Inclinación By Madoka

Capítulo 18: De Funerales y Lágrimas Amargas

Jamás me había cruzado por la mente detenerme y ponerme a pensar sobre la muerte, la eternidad, la iglesia y la religión, prefería mil veces acostarme y recrear escenarios imaginarios que pudieron o pueden ocurrir, que asustarme por no saber que pasara con mi alma cuando muera.

Siendo niño, mamá y la abuela me llevaron a muchas iglesias de distintas religiones, para que así, tuviera la libre elección de decidir a cual seguir. Para su sorpresa, no tome ninguna, y me mantenía al margen de esos temas.

Nunca me preocupo, ni estuve con el pendiente de los jueves religiosos, los domingos de misa, la semana santa, pascua, salidas a predicar y todas aquellas celebraciones alusivas a la religión y Dios. Creo en Dios, ciertamente, mas no en la iglesia, creo que solo es un engaño, narcisistas que se creen santos puritanos, que solo por estar e ir a la iglesia, se irán al cielo libres de pecado, que pueden hacer lo que les venga en gana.

Creo en el cielo, en el infierno, en los santos y los milagros, pero detesto a la gente de las comunidades religiosas, que te sacan dinero diciendo que así te iras al cielo; cada que paso frente a una, bajo la cabeza y listo.

Por el contrario, Kazemaru es muy religioso, últimamente se la pasa los jueves con Sakuma y Afuro en la parroquia durante la misa, canta y participa en las colectas y predicaciones, incluso fue a peregrinar a un convento de monjas. Yo solo le digo bien por ti, y levanto el pulgar.

Me han invitado muchas veces, les agradezco y les digo que no, que disfruten sus veladas. Ir a la iglesia a unas personas las hace ver la luz, figurativamente hablando, pues cambian su comportamiento y se vuelven más amables, comprensivas y altruistas (claro ejemplo de mi compañero de cama, que a cada rato me pregunta si no me puede ayudar en algo (ruedo los ojos y tratando de no exaltarme harto, le digo que estoy bien, gracias)).

A pesar de ser un poco ateo (porque últimamente he tenido pensamientos distantes sobre Dios), me entretiene leer la Atalaya que los Testigos de Jehová dejan en el correo cada tanto tiempo, escuchar lo bien que se la pasan en sus reuniones los Cristianos, ver meditar a los monjes Budistas, y me gustan los gorritos de los Judíos (aunque no sepa que significan), al igual que me pregunto; ¿Qué pasara conmigo después de la muerte?

Muchas teorías afirman que posterior a la muerte, permanecerás la eternidad en el cielo con Dios, o en el infierno si es que fuiste mala persona, pero ¿Qué harás en el cielo/infierno, no te aburrirás? Si te suicidas, solo miraras negro por los siglos de los siglos (eso es perturbador), o reencarnaras en un animal, una plata, o en la vida de otra persona, aunque también dicen que no mueres, y que vuelves a nacer hasta los años que regrese Dios a la Tierra a purificarnos.

Realmente no sé qué creer, y no me interesa del todo ponerme a dialogar conmigo mismo sobre eso (termino asustándome); porque yo le tengo miedo a morir. Por ignorancia, porque creo, no soy una buena persona (temo pudrirme en el infierno castigado por toda la eternidad), como relata Dante en La Divina Comedia: pagamos nuestros pecados en los distintos círculos del Infierno, luego purificamos nuestras almas en el Purgatorio, para finalmente, llenarnos de la gracia del señor en el Paraíso.

Suena convincente, pero igualmente terrorífico.

Todo eso abordo mi mente, atacándola sin medida durante la noche que no pude dormir, cuestionándome si debía o no llamar a Hiroto.

Tras la impactante noticia que me dio Kazemaru, y que casualmente también le habían dado a Fudou, corrimos hasta la casa, para enterarnos de todo: su padre no libro una operación que le hicieron en el corazón después de su tercer infarto.

Me quede devastado, pensando como estaría Hiroto; deprimido, sin consuelo. Instintivamente tome mi móvil y me dispuse a marcarle, pero me detuve en cuanto encontré su número en mis contactos, viendo la foto que le había puesto: sonreía, esa sonrisa tan característica de él, que no volvería a ver en mucho tiempo.

Me fui a la cama sin hacer nada, dormí dos horas, y desperté por una pesadilla: estaba solo con Hiroto en una habitación, sentados en la cama, él lloraba sin consuelo, y a pesar de que yo deseaba abrazarlo y decirle que todo estaría bien, no me podía mover. Temblaba, y sus ojos se inyectaron en sangre, comenzando a convulsionarse sin control; me levante de golpe, con una gota de sudor resbalándome la frente.

¿Debía llamarle, o no, debía llamarle, o no? Estaba preocupado, y no me sacaba de la cabeza el que debía hablarle, contarle mi sueño y decirle, al fin, que todo estaría bien. Pero no lo hacía. Seguramente estaría ocupado, sus demás familiares estarían apoyándolo, o tal vez durmiendo, fruto de un agotamiento extremo por la depresión del momento.

En fin, esa noche la pase mal.

Al día siguiente, Kazemaru me dijo que se había estado comunicando con Sakuma, que este por su parte con la familia Kira, que son muy amigos de ellos, informándole que el funeral se llevaría a cabo hoy en la noche, en una funeraria del centro, que los familiares habían decidido que estrictamente todos los presentes vistieran de negro.

Ahí estaba yo, sentado en el borde de la cama, sin poder sacarme la imagen del ángel llorando (recordé la vez que martirice y acabe con su relación, como lloraba en el baño), y pensando en que sería decente y adecuado para usar en un funeral (tenia pena, siquiera sabía cómo se llamaba el señor (¡ni siquiera sabía que son Kira! (Hiroto es Kiyama, no lo entiendo))).

No estaba haciendo mucho frio, y encontré una camisa de botones negra, con el borde de las mangas y el cuello color guinda (¿Por qué tengo esta cosa tan fea? ¡Ah, sí! Papá me la regalo en un cumpleaños (que pésimos gustos (por eso que la bote en el armario y nunca la saque))), tome unos pantalones oscuros, tuve que quitarle unos Vans completamente negros a mamá y me recogí el cabello como siempre, listo.

Al contrario de mí, Kazemaru tenía frio, y con su suéter afelpado, nos fuimos.

Flor D' Lis es una funeraria que se ubica en la zona más acaudalada de la ciudad, y son dueños de los principales cementerios. Jamás había ido, y no es porque nunca se haya muerto algún pariente mío, sino que por lo general los funerales los hacen en las casas de los difuntos, y no en sitios lujosos como estos (creo que es todavía más triste una funeraria que una casa (y no es que me queje de los Kira, o Kiyama (es que no estoy acostumbrado))).

Luego de preguntar varias veces y perdernos en tres calles distintas, llegamos. El edificio era de una planta, extenso y con luces cálidas, un enorme símbolo de flor transformado en llave era su logo. Me estacione en la calle frente al establecimiento, apague el auto y suspire (mamá me había prestado el carro, puesto que no sentía tener algún motivo para ir, pero mandaba las condolencias (me pareció mucho mejor)).

Kazemaru se quitó el cinturón dispuesto a bajar, mientras yo me quede inmóvil sosteniendo el volante, viendo al frente.

-¿No querías venir?- pregunto confuso volteándome a ver.

-¡Claro que no! Siquiera sé el nombre del señor…- conteste bajando la voz, mis manos cayeron a los lados, apreté los labios y dirigí mi cabeza a un lado -¡No puedo imaginar cómo estará!

-¿Hiroto?- asentí sin mirarlo –Ryuuji, yo sé que es algo difícil, pero debes estar ahí con él, todos los del grupo se reunieron para venir y darle el pésame.

-Ya lo sé, pero no soportaría verlo destrozado una vez más- masculle apretando los dientes y le di finiquito a la charla, saliendo del auto y cruzando la calle, seguido de mi buen amigo.

Mis pasos firmes se detuvieron justo frente a la puerta, veía a través del vidrio muchos rostros compungidos y desconocidos para mí, divise a Afuro y Sakuma, al igual que Isunou y sus demás amigos del grupo de mayores. Busque inconsciente a Hiroto, pero no tuve éxito; Kazemaru me hizo seña con la mano, abriendo la puerta, suspire, y armándome de valor, entre.

El olor a pan dulce y café me llego de golpe, las voces de todos se aglomeraban, haciendo un ruido inentendible que me provoco dolor de cabeza. Pronto llegaron a nosotros Sakuma y Afuro, los salude con cansancio, aun en mi osadía de encontrar al ángel.

La sala de espera era algo pequeña para el tamaño del lugar; solo tres tríos de sofás se acomodaban frente a tres salas donde se encontraban los difuntos, del otro lado había una pared de vidrio empañado que sugería eran las oficinas, al lado derecho de la entrada había otros dos sillones y carteles enormes que anunciaban horarios.

Mis buenos amigos comenzaron a hablar, pero me mantenía ausente de la conversación, mirando a todos lados. Observe detenidamente y me encontré con la cabellera azul de Reinita, caminando desde el otro extremo de la sala (no podía creer que estuviera aquí (era entendible, claro, pero me molestaba tanto (mejor dicho deberías estar molesto contigo mismo, estas ahí de pie como idiota, cuando deberías ir a buscar a tu ángel querido y darle apoyo))).

Sí, eso debía hacer, y con estos amigos que no me prestaban atención, camine en dirección contraria, sin saber exactamente a donde diantres me dirigía. Llegue hasta el otro lado, donde me topé con los baños, voltee en todas direcciones, y seguí sin ver ninguna cabecita roja (encontré a su hermana, hablando con un par de personas, pero de ahí no paso).

Resignado, entre al baño. Me recargue en un lavabo y me mire en el espejo. Era una cosa desastrosa y absurda, me sentía terriblemente incomodo, lo único que deseaba era irme de ahí, no veía a Hiroto, no conocía a ninguna otra persona de interés, ¿Qué diablos hacia? Los funerales siempre me han puesto mal, prefiero quedarme en casa, aunque suene realmente crudo y cruel, que estar en un sitio sin saber que hacer esperando no sé qué.

Di mi quinto suspiro de frustración (en el baño que agradecí estaba vacío), cuando escuche como se abría de golpe la puerta del ultimo cubículo. Me gire extrañado, no pudiendo ver de quien se trataba. Se sonaba la nariz y gemía despacio, hice una mueca de "diablos, ¿qué hago?", regresando la vista hasta el lavamanos.

-Ryuuji- dijo con voz grave, apagada y distante; sorprendido, voltee, topándome de lleno a un Hiroto demacrado, con los ojos y la nariz rojos, mas pálido de lo usual, con ojeras y pómulos hundidos, sosteniendo un pañuelo. No pude evitar contraer mi rostro, verlo así era horrible, acabado, desdichado, llorando, como una persona que ha perdido el sentido de su vida, dispuesto a no luchar por sobrevivir, resignado (recordé como desgraciado, el día de su rompimiento, como estaba tirado en el suelo llorando sin control).

No lo pensé más de dos segundos, cuando corrí a abrazarlo, este se apegó a mi pecho y soltó en llanto, rodeando mi espalda con sus brazos largos, tocándome con sus manos frías, era una sensación entre agradable y penosa (era la puñalada de tu mejor amigo (y siempre en el baño)).

Tras varios minutos de llorar, seco sus lágrimas con dificultad y salimos, sentándonos en el suelo contra una pared vacía, alejados de los demás. Fui por café para los dos (y un panecito dulce para mí (Hiroto no quiso)), y quedamos en silencio (no sabía que decir, no soy bueno aconsejando o dando consuelo, me limito a los abrazos y palmadas (aunque hay veces en que prefiero alejarme y esperar que las cosas se calmen)).

Era incomodo, ni él ni yo decíamos nada, no deseaba presionarlo para que hablara, si lo quería lo escucharía, sino, me conformaría con estar a su lado, cuando dejando de revolver su café, lo aparto, comenzando a hablar.

-Sabes Ryuuji… yo soy el culpable de que esto haya pasado- termino por decir, justo cuando estaba sorbiendo del vaso, casi lo regreso, tocí por lo bajo, aclarándome la garganta.

-Hiroto, no te culpes, no puedes haber sido tú el responsable, es difícil, pero no te eches…

-Yo fui el responsable- me interrumpió, viéndome directamente, con sus ojos hinchados y sombríos. Me quede sin aliento ante esa mirada. Bajo la cabeza y continuo –Papá estaba mal del corazón desde hace mucho tiempo, y los médicos le indicaron que bajara las grasas y azucares en su dieta, al igual que tomara medicamentos y no se sobre exaltara, porque una discusión o sorpresa demasiado fuerte, podrían desatar…algo malo…- su voz se quebró y comenzó a lagrimear.

Baje mi cabeza apartándola hacia el lado contrario (¿Qué diablos hacia? Jamás me había ocurrido algo así, me estrujaba de sobre manera el corazón verlo y sobre todo escucharlo de esa manera), deje mi café y pan a un lado, y puse mi mano sobre la suya apretándola, este correspondió.

-Fue el día que Reina termino conmigo- y el balde de agua fría me callo encima, no podía escuchar esto (y haciendo cuentas, ciertamente, fue al día siguiente que falto por su padre (me estaba dando muy mala espina)) –No tenía consuelo, llore la tarde entera, meditando que es lo que debía hacer, hasta que di con ir a disculparme y solucionarlo, fue ahí que la encontré con Saginuma y no lo soporte más. Llegue a tu casa- y me presiono más la mano –Pase una tarde increíble, me hiciste sentir mejor, y saber que la vida sigue… pero te mentí- voltee sorprendido hacia él –No estaba bien, nada lo estaba, el momento había sido bueno, pero ¿y después? ¿Qué pasaría? Me sobrevino la melancolía e incertidumbre, y fui con Isunou… él muchas veces me ofreció una forma de distracción, y diversión, pero la rechazaba pensando que no la necesitaba… pero ahora, la necesitaba como nunca. Le dije que quería olvidar, sentirme mejor… conoce sitios… especiales en la ciudad. Llegamos al Paraíso, un antro clandestino…confieso que tenía miedo, culpa…no importaba, yo suplicaba por alivio, quería borrar ese día malo, esa situación, sentirme liberado de las penas… fumamos opio, tomamos pastillas con alcohol, festejamos en grande, y por un segundo, por un efímero momento, me sentí bien, sin preocupaciones, dolor, desdicha, flotaba en una nube de felicidad… llegue a casa cerca de las dos treinta, papá me esperaba preocupado por mi ausencia, había estado marcando, pero no le quise contestar. Me grito, preguntando donde había estado, yo, perdido en el éxtasis, no me concentraba, solo escuchaba palabras sin importancia, hablaba de lo mal que estuve, que no debía haber hecho eso, porque se dio cuenta de que estaba drogado… que porque no le contestaba el teléfono, que él no me había educado para que hiciera esas cosa, que clase de hijo era…- limpio su nariz y ojos, continuando –Eso, eso, fue lo que derramo el vaso, mi placer se desvaneció, dejando un sentimiento de rencor y desprecio. Le conteste que quien se creía para decirme eso, que solo era como un trofeo del recuerdo para él, ¡que ni siquiera era mi padre! Me abofeteo, quedándose sin palabras, estaba tan resentido, que solo masculle que lo odiaba y me encerré en mi habitación… no tenía conciencia de mí, pero escuchaba sus lamentos, su llanto, lo escuche hasta quedar dormido. Mi hermana me despertó a las horas, diciéndome que mi padre había tenido un infarto, y estaba muy grave en el hospital… solo recuerdo la pesadumbre, como llore en su cuarto, rogándole que me perdonara, pidiendo que se aliviara, que él era mi padre… mi padre…- finalmente rompió el llanto, cubriendo su rostro con las manos.

No dije nada, y me quede en silencio viendo al suelo. Escuche que lo llamo su hermana, me dijo que lo disculpara, asentí y lo observe alejarse hasta unas personas que lo abrazaron y consolaron. Entendí que ese era el momento idóneo para largarme de ahí.

De un salto me levante, tome mi café y el pan, camine hasta la puerta, donde estaba en recepción Kazemaru y los otros, les dije que ya nos teníamos que ir, no espere respuesta y tome a mi buen amigo del brazo, jalándolo afuera.

El camino de regreso fue tranquilo (se puede decir para mi), lo llevamos en silencio, con la mirada de confusión de mi amigo que me volteaba a ver cada tantas millas sin poder decir nada, al contrario de mí, no despegaba la vista del frente. Me detuve en una tienda y le pregunte si quería algo, me respondió que así estaba bien; saque dinero de mi cartera y le dije que comprara galletas de higo y café para mamá, y que con el dinero sobrante se lo gastara en lo que quisiera.

Aún más confuso, con el ceño fruncido, tomo el dinero, antes de salir me dijo si no deseaba algo, le dije no gracias, y salió del auto.

Era la sensación más horrible que pude haber experimentado en lo que recordaba de vida: culpa revuelto con dolor, angustia, pesadez, nauseas, amargura, rencor, ¡y qué se yo de otros tantos sentimientos extraños que me bombardearon en ese momento!

El padre de Hiroto murió, por una estupidez. Y no fue el ángel el causante, sino yo (a lo que le entendí, soy el culpable de la desgracia familiar de los Kira).

Por mi osadía de robarle un beso, y que Haruna nos atrapara; Reinita termino con él; se deprimió y termino sucumbiendo ante las drogas; perdido en éxtasis, peleo con su papá, provocándole su mal estado de salud que lo mato ¡y todo eso lo desencadene yo por un maldito beso (te digo, no quieras arruinar una vida porque ah, todo se desmorona como torrecita de naipes)!

Ahora sé a dónde iré a parar cuando muera: directo a pudrirme en el infierno.

Mire por el cristal a un Kazemaru indeciso, que no sabía si comprar un Mr. Redds de cereza o coco, con un café preparado en mano y galletas en la otra. No lo soporte más, y comencé a sollozar en silencio, patalear, golpear todo a mi alrededor hasta caer desecho con mi cabeza estrellando el volante

¡Había arruinado la vida, existencia, felicidad de un ángel! ¡Ya te puedes consideran la peor persona del mundo! Solo debo esperar, seguramente la estúpida Star Gome gigante vendrá en mis sueños a torturarme, haciéndome más responsable y sentir más mal de lo que estoy.

Luego de un rato botado ahí, volvió Kazemaru.

-Toma, te compre un chocolate… ¿me dirás que te sucede?- lo voltee a ver con pereza, tome el vaso, mire al suelo, regrese mi cabeza al volante.

-Yo soy el culpable.

-¡¿De que estas hablando?! ¡Aquí nadie tiene la culpa de nada! ¡Las cosas que pasan deben de pasar! ¡No creas ser el ombligo del mundo y que todo pasa porque Ryuuji mete las manos a la sopa!

-¡Es mi culpa, mi culpa, mi culpa!- y solté el llanto y gritos, acompañados de los regaños de mi buen amigo.

Esa noche, de igual forma, la pase mal; no pude dormir. Debía ser un maldito crimen pasar esos desvelos con gente que duerme profundamente.

Estaba acostado de lado viendo la ventana, la poca luz de la luna que se filtraba por las rendijas de la cortina. Mis ojos no se podían cerrar, cada que lo hacían, recordaba inconsciente la imagen de un Hiroto sollozante, las caras largas de todos, y al difunto. Con los regaños que Kazemaru me dio, me quedo en claro que no era el culpable, pero aun así me sentía terrible y no estaba para nada tranquilo.

Me incorpore y frote el rostro, mire a mi lado, como mi buen amigo dormía pacíficamente. Eran cerca de la una veinte, el sueño no se sentía próximo, y las inhalaciones congestionadas de mi compañero no ayudaban.

Decidí entonces salir de ahí a distraerme (acostado pensando, tampoco es una buena recomendación para poder conciliarse con el sueño (y la amenaza de una gomita con chicle no favorecía en nada)), me levante con cuidado, tome un libro del escritorio y salí.

No hacía mucho frio, y el brillo lunar con estrellas era demasiado precioso como para no aprovecharlo. Salí por detrás y me tumbe sobre la cómoda silla mecedora. Y de nueva cuenta me invadió la culpa, aunque Kazemaru había sabido inducirme a creer que no tenía yo nada que ver, recordaba lo que me conto Hiroto sentado en el suelo de la funeraria.

Suspire, y mire el libro que había tomado del escritorio: era una recopilación de los mejores cuentos de horror de Edgar Allan Poe, marcado por un separador color verde limón, estaba El Corazón Delator, mi relato favorito (lo había leído muchísimas veces, y cada tantas, me imaginaba al protagonista como Hiroto colérico, corrompido por la locura, tratando de escapar de los latidos que delatarían su crimen: asesinar a un viejo (¡y la culpa me sobrevino!)).

Golpee mi cabeza con el libro, cuando escucho a un auto cercano, movimiento en la parte delantera de la casa. Enarque la ceja extrañado (no es del todo muy fiestero y de libertinaje mi vecindario (pero es viernes, chance y si anden algunos divertidos bebiendo y paseándose)).

El alboroto se incrementó, y surgieron risas de quien sabe dónde, eso sí que estaba raro, y demasiado cerca de mi casa. Gire la vista a un lado, en la pequeña puerta de madera que separa el jardín trasero del delantero, esa que mamá me hizo pintar tres veces seguidas porque no le gustaba el color; se movió.

Di un pequeño respingo en mi asiento, asustado y sorprendido. Estuve a punto de entrar corriendo a la casa, cerrar con llave, y llamarle por teléfono a mi madre para que saliera a ver qué pasaba, pero no lo hice, una cabeza con cabello rojo y ojos verdes se asomó por arriba, sacándome completamente de onda: era Hiroto.

-… ¿Qué rayos… ¡Hiroto!?- dije totalmente pasmado, y este sonrió, pero esta vez su sonrisa no era de comercial de dentífrico; perfecta, sino una mueca torcida de tontería, como el gesto de un borracho, un enamorado, o un demente, acompañada de una mirada distante y apagada (eso me dejo aún más fuera de mi).

No me respondió, y con movimientos erráticos y poco coordinados, trepo la puerta y cayo de espalda al césped, estuve a punto de incorporarme e ir a ayudarle, pero las extrañas carcajadas que dejo salir, me dieron miedo (estaba asustado (me cruzo por la mente que en algún punto de la noche, me había quedado dormido sin saber, y estaba teniendo una espantosa pesadilla (o que Hiroto se deprimió tanto, que los poderes de la naturaleza y divinos, lo apartaron de toda conexión humana, convirtiéndolo en zombie para que acabara con mi existencia))).

Se levantó tambaleante y se dejó caer a mi lado en la silla, soltando un suspiro de alivio, sin dejar de lado aquella torcida y maniática mueca de felicidad (¡estaba petrificado, sin saber que hacer!).

-Qué bonito clima, ¿no?- hablo en un tono entre histérico y calmado (como cuando Yuko toma antidepresivos en la cena), arrugue el ceño, apreté los labios, y me dije mentalmente "deberías dejar de consumir tantos azucares y calmantes al mismo tiempo (tal vez todo esto sea una alucinación (fruto de mis emociones complicadas))".

No supe que decir, y me incorpore para verlo mejor; tenía el cabello revuelto, los ojos rojos y las ojeras bien marcadas, ya no parecía moribundo desahuciado, sino un vago enloquecido (¿Cuándo se te hubiera ocurrido ver a un ángel así? ¡Ni en tus más locos sueños! (Ryuuji, guarda la calma, seguro solo es una actuación (o de verdad perdió el juicio))). Su mirada estaba distraída en todas partes, y luego la clavo en mí, con esa sonrisa siniestra que no me evito sentarme de nuevo.

Parpadee un par de veces y decidí acabar con el silencio.

-Hiroto…

-Ya sé que me vas a preguntar que cojones hago aquí, ¿verdad? Y también me vas a preguntar qué te pasa, porque vienes como vienes, y bla, bla, bla ¡Maldita sea, no necesito darte explicaciones!

Me quede en blanco ¿Qué había pasado? Me interrumpió y comenzó a balbucear, moviendo su cabeza para los lados y haciendo como que sus manos hablaban (esto se estaba pasando de raro).

-Ah…

-Ya, lo siento, que mal de mi parte interrumpirte de esa estrepitosa manera- hablo en un tono irónico, puso sus manos en el pecho y luego se volteó y tomo las mías –Dime, te escucho.

-… ¿Qué haces aquí? ¿Y el funeral?- fue lo único que se me ocurrió para sacarme del estupor. Este puso los ojos en blanco, me soltó y levanto los brazos harto.

-Y dale con lo mismo, ¿Qué no puedo venir a visitarte sin ninguna buena razón? Siempre me preguntas como estúpido "¿qué haces aquí?". ¡Parfar!- ahora si me había quedado en la nada total, parpadee muchas veces, lo mire levantarse y reclamarme, luego se tumbó enfadado a mi lado (¡¿Qué estaba pasando?!).

-¿Qué diablos pasa contigo?

-Ah, ahora si el señorito me habla majaderías, impetuoso lepero de mierda- me quede con la boca abierta, y entonces lo entendí.

-¡Estas putamente drogado!

-¡Bingo!- me señalo con el dedo y se carcajeo. No podía creerlo, Hiroto, el ser más perfecto de la tierra, drogado la noche del funeral de su padre, era una cosa increíble, sin sentido, absurda, inconcebible, ¡era la peor cosa del mundo! Y él la había hecho.

Esto era mucho peor que ver a Kazemaru comiéndose a besos con Haruna, de un antojo nocturno de saladitos y tú con gastritis, una pierna rota la semana antes del partido, de que digan que eres homosexual y todo mundo hable a tus espaldas; nada de eso se comparaba con la situación (y eso que son cosas serias).

Baje la mirada, desconcertado, abrumado por el extraño sentimiento de decepción, angustia (yo sintiéndome mal toda la puta noche para que llegue este muy feliz de la vida), y pronto, aquella emoción, cambio drásticamente a molestia, enojo, ira que me hacía hervir la sangre; apreté los puños con fuerza y me levante encolerizado.

-¿¡Que chingados pasa contigo!?- explote. Dejo de carcajearse y su rostro tomo un semblante sombrío, mirándome severo.

-¿¡Pasar de que!?- se levantó a encararme, haciéndome retroceder un paso (admito que me intimido esa compostura, esos ojos fulminantes de loco con los que me miraba (no se sabe lo que pueda hacer en ese estado)).

-¡Tu padre acaba de morir, ¿y te vas a drogar?!

-¡El opio sabe bien!- me guiño un ojo y se rio (esto era peor de lo que imagine).

-¿¡Te largaste a fumar opio durante el funeral de tu papá!? ¿¡Quién eres tú, y donde dejaste a Hiroto!? ¡Al chico perfecto…!

-¡No existe, no existe ese chico perfecto! Y si es que vivió alguna vez, ¡ahora está muerto!

-¿De que estas hablando…?- baje el tono de voz (ya comenzaba a escuchar a Monique ladrar (lo último que quería era un escándalo (si es que esto aún se podía considerar un arreglo de malos entendidos))). Apretó los labios y bajo la cabeza, tomo aire y se volvió a sentar, al parecer, un poco más calmado; ya no encontré sentido a mi alteración, y decidí tranquilizarme, sentándome a su lado.

-Ah… Ryuuji, tú no sabes lo difícil que ha sido la vida…

-…Tal vez no, pero sé que tiene solución, aunque no lo creas, con el tiempo las cosas cambian.

-Sí, seguro que si- silencio – ¿Tu sabes por qué mi padre era, es Kira, y yo Kiyama?

-Bueno, realmente no sabía cómo se apellidaba hasta ahora.

-Es porque… no era mi padre biológico: soy adoptado.

-¿En serio?- me quede sorprendido ante la declaración, no lo podía creer.

-Así es. El señor Kira Seijirou tuvo un hijo llamado Kira Hiroto, muy pareció a mí, de cabello rojo y ojos verdes, solo que con un color de piel decente. Era su orgullo, un futbolista increíble, se ganó una beca deportiva para jugar en el extranjero a su mayoría de edad. Se marchó, y para la desgracia de todos; murió tras un ataque delictivo, nunca encontraron al responsable. El señor Kira cayo en depresión, ya no tenía razones para vivir, y no fue, hasta que su hija Kira Hitomiko, le hablo de un orfanato en la ciudad, donde podría recuperar el amor perdido de un hijo. Ahí me encontró, tenía cinco años, llevaba viviendo en ese lugar desde que recordaba, y simplemente se enamoró de mí; le recordaba mucho a su difunto progenitor. En fin, me adopto, cambio el nombre, le roge porque no me cambiara el apellido, y me convertí en el hijo prodigo. Sacaba sobresalientes, me dije a mi mismo que lucharía por ser el mejor para él; aunque simplemente haya sido un trofeo del recuerdo, supongo que hice lo que pude.

Termino de contarme y miro hacia otro lado, restregando sus ojos con el pulgar y el índice. Realmente no pensé en quienes ni cuantos sabían de la triste verdad de Hiroto, pero me embargo el sentimiento de comparecencia, dándome cuenta que hasta los ángeles tienen su lado humano.

No supe que decir (de nuevo), y escuchando unos ligeros sollozos de su parte, me arriesgue a pasar mi brazo por sus hombros y abrazarlo tan fuerte como pude, tratando de contener las lágrimas amargas que emanaban de sus ojos irritados.

Luego de un momento, me empujo y se volteó para limpiarse la cara, preferí dejarlo en paz y no hacer nada.

-Ah…- suspiro –Supongo que ya me voy.

-¿Cómo, tu traes carro?

-No te preocupes, en este estado no conduzco, Kino lo lleva, ella no fumo, seguramente horita se debe estar apañando con Ichinose en lo que me esperan; le diré que me lleve a casa.

-Está bien, solo ten cuidado, y por favor, ya no fumes más, al menos, no por esta noche- asintió, y antes de que se diera media vuelta, lo tome del brazo (porque me surgió una incógnita) –Por cierto ¿Cómo supiste que estaba aquí atrás?

-Lance piedras a tu ventana, Kazemaru me dijo que te habías salido, así que decidí tratar de llamarte por detrás- se subió de hombros y me retiro la mano –Tratare de estar bien- posterior a esas últimas palabras, se fue saltando la puerta de nuevo.

El día siguiente fue peor, no me quise levantar de la cama en toda la mañana ni saber nada de nadie. El entierro lo habían puesto para las diez, y aunque las circunstancias se pusieran de favor y me dieran todas las de ir, no tuve el impulso suficiente como para salir de cama.

Kazemaru me brinco encima varias veces, mamá entraba con su escoba cada tanto tiempo a preguntar si iría, Sakuma me llamo por teléfono, al igual que Fubuki & Fubuki, pero no le conteste a ninguno. Subí la sabana hasta cubrir mi rostro y ahí me quede.

No soportaría ver a Hiroto, no podía sacarme de la cabeza la imagen tan perturbadora que me había dejado la conversación de anoche; esos ojos dementes y sonrisa siniestra, ya no había nada humano ni perfecto en ese él, y no me imaginaba como estaría hoy.

Tampoco quería ver caras compungidas, lágrimas y gritos, eso es lo que más detesto de este tipo de situaciones, y si podía ahorrarme esta, mejor.

El entierro seria en un cementerio no muy lejano de mi vecindario. Mamá por tercera vez entreabrió mi puerta y me pregunto que si iba a ir, que ella me podía llevar si no quería conducir. Kazemaru ya se había ido desde temprano, Afuro vino por él y los tres se fueron con la incógnita de si llegaría a presentarme (todo mundo probablemente se deba estar preguntando por mi presencia (en buenos momentos les gusta mi cercanía bola de hipócritas convenencieros)).

Harto, deje caer mis brazos a los costados, quitándome de encima la sabana de la cabeza y mirando al techo, eran las nueve cincuenta y ocho.

-Ya te dije que no, no sé cuál es tu afán de preguntarme cada cinco minutos lo que ya te he respondido cada minuto- termine y me voltee viendo la ventana, dándole la espalda. Escuche un suspiro de su parte y la puerta cerrarse.

Tal vez no estaba bien quedarme en ese sitio, en cama todo el día, se supone que debiera estar consolando a Hiroto, con mis amigos apoyando a los familiares. Pero mi consuelo había terminado justo en el momento que aquel distante ángel me dijo "impetuoso lepero de mierda", y me di cuenta de que no sabe afrontar las situaciones difíciles (no es tan perfecto como se imagina).

Quizá y exagero; huérfano, un "trofeo del recuerdo", alguien sin voz ni identidad que busca el complacimiento y aceptación de todos, quien termina a merced de drogas para relajarse y quitarse la presión y estrés que su vida le provoca, para aliviar la soledad de una existencia perfecta.

No me gustan las comparaciones, pero yo también he pasado por momentos y situaciones bastante difíciles: las peleas de mis padres y el repentino divorcio, el rechazo y abucheo por "mi homosexualidad reprimida" (a lo mejor no suenan tan mal como las de él, pero a fin de cuentas son problemas y no los estoy remediando o distrayéndome con alucinógenos (tal vez con depresivos sí)).

En fin, yo tenía mis razones por las cuales no asistir (no me seguiría torturando la cabeza pensando en buenas excusas que dar), y si a alguien le importaba, bien, y si no, mucho mejor.

Claro que a las horas me entro el remordimiento y culpa por no haber ido.

Baje las escaleras hasta el comedor a la hora de cenar (si, pase todo mi día sábado tirado en la cama, jugando en la consola y en la red social, viendo películas y leyendo ((lo que nadie sabe es que tengo en el cajón del mueble de noche mi reserva especial de galletas y agua embotellada escondidos) aparte que estuvo nublado, así que oscureció pronto (el ambiente nocturno se sintió todo el tiempo))), encontrándome a mamá y Kazemaru sentados sirviendo. Me senté en la mesa sin decir nada.

La tensión era demasiado tangible, como viento gélido que te golpea la cara al salir de casa. Mi madre se había lucido con la cena; teriyaki con ensalada imitación cangrejo, verduras salteadas y sushi bolas rellenas de pollo (entonces me di cuenta de que lo mando pedir al restaurante de la esquina, y se me quito la sorpresa).

-¿Y Yuko?- pregunte para sacar el maldito silencio que carcomía mis sienes.

-Salió con unos amigos- respondió mamá de manera simple.

-Ah… no sabía que tenía amigos ¿tanto tiempo estuve encerrado que aquella larva antisocial marginada se convirtió en mariposa comprensible y con buena onda?

-El suficiente como para no haber apoyado a tus amigos en un momento tan difícil- soltó Kazemaru, viéndome con el ceño fruncido. Suspire fastidiado y rodé los ojos al otro lado, lo que ocasiono que su molestia aumentara –Tanto que te dices estar enamorado de él y ni siquiera vas a tenderle el hombro durante el entierro de su padre; nunca pensé que fueras tan descorazonado frívolo egoísta.

-No empieces con tus dramas nena, que tengo mis razones, y no necesito darle explicaciones a nadie respecto de mis decisiones, supéralo y deja mi "frivolidad egoísta" en paz- le conteste levantando mi mano para evitar el contacto visual, pero pareciera que esto le cabreo mucho más, y se levantó de golpe, dándole un seco manotazo a mi brazo. Mamá miraba la escena con rostro compungido, sin entender (o no queriendo entender, no entendí).

Esto se estaba pasando de surrealista ¿de cuándo acá le interesa tanto a mi buen amigo lo que haga o deje de hacer? Era muy confuso.

-¡Eres una persona desagradable sin sentimientos!- y fue todo, con ese grito, me lo dejo todo en claro: jamás debí salir de mi cuarto.

Sin decir nada, me levante, tome mi plato con la comida y me marche escaleras arriba, atrancando la puerta de mi habitación, dispuesto a no soportar más dramas absurdos.

Me senté frente al ordenador con mi plato de teriyaki y entre en la red social (ya tenía rato que no me metía (todo el día me había dado por entrar a una red social antigua y aburrida)); descubrí que tenía tres mensajes sin leer (no recordaba mi popularidad): uno de Nagumo (preguntando porque no había ido), al igual que otro de Fubuki & Fubuki (ambos tienen sus cuentas por separado, pero en varia ocasiones me agregan a charlas en conjunto (es frustrante "leerlos")), y otro que me sorprendió recibirlo, de Arata.

Arata no es hombre muy de vicios, es raro verlo conectado, puesto que al termino de clases tiene entrenamiento, termina agotado y no le da tiempo que perder en babosadas come cerebros (yo de vez en cuando me conecto para saber los más recientes chismes, o para mofarme con las pendejadas que publican), así que me sorprendió mucho su mensaje, y más que tuviera un punto verde al lado de su nombre en esos instantes.

Imagine que Hijikata les habría dado el día libre por el reciente acontecimiento que cayó como tormenta de nieve; nadie podía hacer nada porque paso y todos hay que ir al consuelo del ángel (se escuchó realmente muy mal, pero es verdad, no se puede decir lo contrario (o a la mejor Kazemaru tiene razón y me he convertido en un descorazonado sin sentimientos)).

Era un simple mensaje de saludo: "hola, ¿cómo estás?".

Me jode tanto la gente que te ve conectado y rápido te envía un mensaje de "hola, ¿cómo estas, que has hecho?", es una cosa tan insoportable, ahí van como tres mensajes juntos, que se pueden hacer con más calma y ser la base de una conversación prolongada y buena. ¿Qué diablos respondo después de eso? "Ah, hola, si estoy bien gracias, y no, no he hecho nada, ¿tu?", parece que los están persiguiendo, ¿Cuál es la maldita prisa? Si no quieren hablar no hablen, ¿para qué chingados me molestan? Mucho me han de gustar las súper conversaciones complejas que tengo con todo el mundo (cielos, ¿en qué me estoy convirtiendo? Esto me está asustando mucho).

En fin, pero Arata me cae muy bien, y casi no hablo con él (no pude asistir a aquel juego que me invito Miura; resultase que a Yuko se le ocurrió la grandiosa idea de llevarse el auto ese día, y el campo no está a dos cuadras). Le respondí con un "Bien, que tal tu ", y no tardo más de un minuto en responderme.

Arata: Bien también, ¿Qué paso? No te vi en el entierro.

Ryuuji: No pude ir.

Arata: No es lo que me dijeron.

Ryuuji: (Disculpa, no sabía que necesitaba tu aprobación para decir mentiras) ¿Qué te dijeron?

Arata: Que no quisiste.

Ryuuji: Pues sí, no quise ir; no soy un hombre muy sentimental, mucho menos de consuelos.

Arata: De cualquier forma, creo que debiste haber ido a apoyarlo.

Ryuuji: Si, si, ya lo sé, ¿acaso solo me hablaste para reclamarme? No estoy de ánimos para aguantar sermones de panes de Dios como tú, así que si no tienes nada bueno que decirme, me iré.

Arata: ¡No! Perdón, no era mi intensión ofenderte :(

¿Y ahora que decía? Ya me enoje, ya le respondí feo, ¿Qué más puedo hacer? (mi Ryuuji interno me grita por mas teriyaki y una noche entera de María Antonieta (tengo ganas de ver esa película)). No me podía ir así nada más, él es un buen tipo.

Ryuuji: No te preocupes, está bien.

Arata: ¿Seguro? (menos mal que no estaba aquí para ver mi rostro de fastidio y ojos blancos).

Ryuuji: Si, seguro :) (tuve que mandarle la puta carita para que sonara convincente).

Arata: Que bien :D

Parece que las caritas felices se creen muy fácilmente, ya nada de mi molestia pareció importarle, y comenzamos hablar de trivialidades como si nada. Me pregunto por qué no había ido al partido, le comente sobre mi infortunio, me conto de las nuevas formaciones del equipo, de lo maravilloso que sería el regreso a clases (porque resulta, a él si le gusta mucho la escuela), total, las horas se fueron muy rápido, y me despedí, diciendo que fue un gusto hablarle, y haber cuando nos veíamos de nuevo.

Mire el reloj y salí del cuarto, la cocina y la sala estaban vacías, deje mi plato en el fregadero y regrese a la habitación, sabía que tenía que dejar abierta la puerta esta vez, Kazemaru duerme ahí, me guste o no.

Regularmente cuando me enojo, frustro, me enfado, o lo que sea, me pongo a dibujar, dibujo cualquier cosa, en una pequeña libreta negra que quise usar de Death Note (pero no me resulto porque mamá le pego unas flores hawaianas); ahora estaba enfadado, eran las doce cuarenta, no podía dormir, Kazemaru roncaba a mi lado, la frescura de la noche me golpeaba el cuerpo (porque andaba en pantaloncillos cortos), la plática con Arata no me había hecho mucho, y la culpa me sobrevenía por no haber asistido al entierro (así que en un momento de delirio (mientras hacía hojitas de color purpura) me dije que mañana temprano remediaría las cosas, iría al cementerio).

Era la peor idea que se me había ocurrido en la vida: ahí, dentro del auto, en el estacionamiento del cementerio, no me animaba a salir, me aferraba al volante. Me levante temprano, desayune, cambie, y me dispuse a darle el adiós al señor Kira (no conocía mucho el sitio (solo tenía a una tía lejana allí)), pero al momento que el auto cruzo el marco marrón del lugar, los ánimos y adioses que le daría en son de disculpa se fueron por la borda cuando mire la estructura donde se pone al difunto para que ahora si le den el ultimo adiós los familiares, y me imagine a Hiroto aferrado al ataúd, sin soltarse, rompiendo en llanto, casi, casi, queriéndose ir con él.

Era la sensación más espeluznante que había sentido. Mire en los alrededores, los campos verdes llenos de flores y arreglos (yo solo llegue con una rosa azul), tratando de identificar la tumba. El cementerio D' Lis es muy bonito cuando vez superficialmente, pero al acercarte a la orilla, puedes observar los agujeros rodeados de bloques, terrosos, sin ninguna estabilidad segura sobre la tapa, es un escalofrió en la espalda.

Decidido (después de discutir con mi Ryuuji interno lo gallina que era como por diez minutos) baje del auto, mirando a todas partes, sin saber si estaba del lado correcto. Hasta que a lo lejos, veo una cabellera roja muy conocida, arrodillado frente a una tumba reciente, a la orilla del cementerio.

Otro escalofrió por la espalda.

Era Hiroto; vestido completamente de negro, con la cabeza abajo, el cabello desordenado, inmóvil frente a la pequeña placa en la tierra.

¿Qué debía hacer ahora? No imagine que pudiera haber estado alguien, me plantee distintos escenarios llenos de emociones y sentimientos encontrados, pero nunca este; Hiroto frente a la tumba de su padre. ¡Dios!

Entonces me dije que debía irme, volver después, era lo mejor, ¿Cómo explicaría mi ausencia ayer? No tenía ninguna buena justificación, solo pretextos absurdos, ¿Qué hacía? ¿Y si estaba molesto, triste, o peor aún, drogado? ¿Qué le diría, perdón, no me hables estoy enojado contigo, o solamente dejar la rosa decir adiós y marcharme?

Respire profundamente, no desperdiciaría combustible y ánimos, así que me acerque.

Pasar por las tumbas me resultaba perturbante, sentía como si pisara a los propios fallecidos, todas las placas estaban muy juntas, y los grandes arreglos no ayudaban a mi buena circulación. Con cuidado llegue hasta el borde del cementerio, y me detuve a un metro de Hiroto, que parecía no haberse dado cuenta de mi presencia (me lo agradecí mentalmente).

-¿A qué vienes?- soltó de repente, sin voltearme a ver, con la voz ronca. Me sobresalte, pero no me inmute y seguí con mi seriedad y cara de vale madres, me agache y deje la rosa sobre la placa, levantándome enseguida, Hiroto me miro desde el suelo con sorpresa, tenía los ojos irritados, la mirada perdida, sombría, la nariz roja y los labios partidos, completamente demacrado.

-Vine a decirle adiós- asintió y miro la tumba.

-No te mire ayer.

-No vine ayer, no quise hacerlo.

-Ya veo…- nos quedamos en silencio. Suspire, era ahora o nunca.

-No vengo a decirte que hacer, ni que no hacer, tampoco a darte algún consejo, mucho menos a consolarte, a regañarte o felicitarte. No me compadeceré de ti, no sentiré lastima, ni empatia. Yo jamás comprenderé tu dolor, porque no viví lo que tú, no me puedo poner en tus zapatos…

-¿Qué quieres decir?- torcí la boca pensativo, pero continúe.

-Hiroto, yo te quiero, y hay otras tantas personas que te quieren, pero lo que pasa aquí, es que tú dejaste de quererte. Has estado viviendo la vida de alguien más, ¿y dónde estás tú? Que el amor que tengas por otros no sobre pase el que te tienes a ti.

-Creí que no me darías un consejo- sonrió ligeramente, y no evite sonrojarme (¡maldita sea, no me salió!) –Se a lo que te refieres…y supongo que aunque suene mal, ya no tengo barreras que impidan que me quiera.

-Lamento lo que ocurrió, lo siento enserio, pero me dolió mucho más verte como lo hice la otra noche… no desearía mirarte así de nuevo- cerro los ojos por un extenso momento, se hizo para atrás, y las lágrimas resbalaron por sus mejillas.

Supe que me debía ir. Me di vuelta para marcharme.

-Me llevaran a un lugar para… tratar mi situación, nos veremos hasta dentro de una semana. Supongo.

-Bien- levante el pulgar en ademan afirmativo sin voltearme. Fue lo único que dije antes de marcharme hasta el auto.