Sé que no existe justificación alguna para actualizar después de más de un año, pero heme aquí. Sin comentarios, solo diré, que esto tendrá que acortarse para que pueda haber un final, porque (si alguien aún sigue esta historia) merecen un final.

Intentaré actualizar lo más rápido posible, ahora que ando inspirada, ¡pues a darle!

El siguiente capítulo es un "maldito extra" que en si no aporta mucho a la historia, pero deseo mucho hacerlo, y luego vendrá el penúltimo y el final.

Así que por favor, no desesperen, y gracias, gracias, gracias si continúan ahí (yo también continuaré aquí).

Disclaimer: Inazuma Eleven no me pertenece.


Inclinación By Madoka

Capítulo 22: De Sentimientos NO Recíprocos.

Ya faltan menos de dos meses (bueno, exactamente mes y medio (porque a la administración y al sindicato educativo se les ocurrió atrasar las vacaciones)) para terminar el semestre. Y la verdad, es que no me importa.

Muchas cosas dejaron de importarme hace tiempo (me parece que tres días atrás (cuando creo ahora si se arruinó mi vida (o como diría Kazemaru: "has obtenido lo que querías" (si no es que lo que merecía)))). Aunque la realidad es que no le he dicho a nadie (exceptuando por error a Yuko) sobre lo acontecido, y no planeo decírselo a nadie.

Es un secreto que me llevaré conmigo a la tumba (si no es que exploto antes de tanta desesperación); pero lo cierto es que; ya no me interesa.

Despierto y la vida sigue, continua tan normal como antes de que pasara lo que pasó. Escucho las quejas contantes de Fudou por su inminente reprobación (y la mía también), mamá y Yuko en sus propios asuntos, Afuro estresándose porque le está yendo mal con química, Sakuma trabajando y echándole porras, los clubes deportivos entrenando al máximo para los encuentros finales de la serie de cierre semestral, Maki ignorándome olímpicamente, Hiroto con Kino, y todo resulta tan normal.

Jyuka me invita a almorzar en cada receso o tiempo libre que encontramos, Suzuno se ha apartado de mí un poco, pero persiste en su intento por sacarme de quicio, Nagumo habla demasiado (aún), y Kazemaru perdido en el celular hablando todo el día con quien sabe quién. Aunque por las noches rodea mi espalda y entierra su cara en mi cabello suelto.

No le digo nada porque no sé qué decirle, pero se me comienza a ser demasiado extraño, más aun cuando murmura entre sueños que todo va a estar bien. ¿Qué va a estar bien, exactamente? ¿Y, cuándo?

Yo necesito un bien ahora mismo.

Porque a pesar de que no me importa (estoy en modo vale madres nivel experto), creo que estoy deprimido. No sé, en alguna parte había leído que quienes sufren de depresión no se dan cuenta, que es complicado identificarla. Comienzo a pensar que posiblemente esté sufriendo un cuadro de depresión severa.

Por lo que comencé a recorrer las canchas, viendo a los clubes deportivos entrenar (algo así como terapéutico).

Hiroto no está en los entrenamientos, de ningún equipo, y no sé la razón; no sé que haya sucedido con su adicción a las drogas, su estancia y posterior fuga de Oasis, su hermana, su difunto padre, Kino, la perra lambiscona de Kino. No sé, y de nuevo, no me interesa.

Solo veo su espalda recta sentada al frente, sus manos delgadas y pálidas, sus dedos largos entrecruzarse con los de Kino a su lado; sus labios sonrosados y su sonrisa perfecta (que continúa siendo perfecta a pesar de todo).

Pero todo ello se me olvida cuando me encuentro con la sonriente mueca de Arata, sus piernas enclencas correr rápidamente hacia mí, y sus brazos escuálidos rodearme el cuello, para ya no soltarme. El equipo de rugbi también pasa sus tardes entrenando arduamente; escuché que tendrían un partido contra los Gigantes de Gerudo (y sí que son gigantes (en especial su jugador numero veintiséis, Kawashima Iinda (¡es enorme!))).

-¡Midorikawa! Que sorpresa verte dos veces seguidas por aquí, ¿Qué te traes?- me preguntó Hijikata, acercándose a la orilla del campo; tomó a Arata del cuello de la camiseta y me lo quitó de encima antes de poder decir nada (por dentro se lo agradecí).

-Nada, ¿es que no puedo venir a verlos sucumbir ante su inminente derrota? Saben que van a perder- le dije burlonamente, mientras me acomodaba la camisa. Hijikata se echó a reír sonoramente.

-Me encanta el entusiasmo con el que nos apoyas.

-Nadie dijo que los apoyaba- sonreí, y esa, había sido la conversación más amena que tuve en lo que iba de semana.

-Midorikawa, ¿te quedarás a vernos?- dijo de pronto Arata en su común y repentina alegría. Me quedé pensando un momento, pero luego de tanta insistencia, le dije que sí.

Sentado en las gradas observé su entrenamiento; no lucían tan terribles como hace unos meses cuando perdieron brutalmente contra Tendo y su imparable defensa (ahí si le cedí la razón a Kazemaru, cuando dijo que era un deporte de brutos). Arata había mejorado mucho, y Hijikata seguía siendo un jugador imparable. Miura también estaba presente, pero ni lo volteé a ver (cuando se sienta cerca de mí, mínimo a un metro de distancia debe de estar (si no quiere que lo delate con que a él también se le inclina la plataforma (sin sonar ofensivo))).

Pasó la tarde y el entrenamiento finalmente acabó. Hijikata sudaba a mares, y apestaba, porque según él, los hombres de verdad apestan después de sudar (me supongo (aunque seguramente es porque se le habrá olvidado ponerse desodorante)); de eso me di cuenta en cuanto me pasó un brazo sobre los hombros, felicitando al equipo por tan buen día de trabajo (aquello me trajo recuerdos a la mente (recuerdos de cuando estaba en el equipo (unos que la verdad no me interesa rememorar))). Hijikata los despidió a todos, no sin antes decirles que no se dejaran a las confianzas (así dice él), y que continuaran esforzándose igual de duro, para aplastar a Gerudo y volver a ser ese Raimon veloz e incomparable (y ni porque el cansancio los amedrentaba, todos celebraron su próxima victoria (Hijikata siempre subiendo los ánimos (como buen capitán))).

-Ven a vernos cuando quieras; este nunca dejará de ser tu equipo- me había dicho Hijikata antes de tomar sus cosas y llevarse a rastras a Miura (que se hizo aficionado al móvil (porque solo acabó el entrenamiento, inmediatamente agarró el teléfono y comenzó a teclear)).

-Me alegra mucho que vinieras- miré al cielo, el sol irradiaba un caluroso color naranja, y el viento sopló de repente. Arata y yo éramos los únicos en el campo en esos momentos. Lo vi tomar su chaqueta, ponérsela y agarrar sus cosas.

-A mí también me dio gusto venir- y era cierto; verlos y estar con ellos, me hacía pensar en que no todo estaba perdido, ni debería estarlo. No todo se trataba de él, no todo se trataba de mí; sino de esas pequeñas cosas: de las palabras de aliento, las sonrisas y carcajadas, los olores del esfuerzo (aunque de eso no se desee demasiado).

Arata se detuvo frente a mí, viéndome con sus rasgados ojos grises desde abajo (es más pequeño que yo, no ha crecido lo suficiente aún); apretando sus manos a la correa de su mochila. Sonrió. No pude evitar sonreírle también.

Lo acompañé a casa (¿Cómo negarme a tan adorable mueca? (ok, no, pero sí; Arata es pequeño y tierno, ¿Qué se le va hacer?)), se hacía tarde y no quería dejarlo solo (además de que ya le había dicho con anterioridad a Kazemaru que no me esperara (lo más probable es que esté metido de lleno en el móvil y no le haya importado en lo más mínimo que se fuera solo a casa (cada día aprende nuevas cosas de su senpai (¡notice me senpai!)))).

Todo el trayecto nos la pasamos callados (supongo que no teníamos de qué hablar (es más pequeño que yo en todos los aspectos (eso supone una enorme diferencia en cuanto a temas de conversación (supongo)))), Arata caminaba con la cabeza abajo, y yo me estaba quedando sin aire a cada paso (el calor, ¡comenzaba a hacer mucho calor!). Cruzamos la calle y pasamos frente a un Seven Eleven. Me detuve de golpe, sin esperar a Arata, y entré corriendo, buscando algo refrescante. Justo cuando estaba pagando el gatorade color azul, me cayó en cuenta lo mal que estuve al meterme sin aviso; así que le pedí a la cajera que me cobrara un Mr. Reed de fresa.

Cuando salí, Arata estaba esperándome de pie junto al estacionamiento de las bicicletas. Torcí la mueca y le tendí el Mr. Reed (y yo quiero pensar que esa disculpa es suficiente). No dijo nada, asintió y tomó el pastelillo, antes de reiniciar nuestra marcha.

El gatorade no había ayudado en mucho a mi estado físico, Arata vive realmente lejos, y el sol se ponía rápidamente (y aun más extrañamente, ni mamá ni Kazemaru me habían llamado preguntando dónde estaba (¿será que les contagié un poco de vale madres?)).

-¿Y si nos sentamos un poco?- le dije a Arata en cuanto pasamos al lado de un parque.

-No queda ya tan lejos mi casa- respondió, pero no le hice caso, ya me había tumbado en la banca más cercana. Y pensar que algún día fui un excelente jugador de rugbi, mira ahora, estoy tan debilucho y simplón que ni siquiera caminar puedo, ¡qué vergüenza me doy! (ni porque estoy frente a Arata, que me cree una especie de celebridad).

-¿No te quieres sentar?- le pregunté, viendo que no hacía nada, como esperando a que me levantara. Negó con la cabeza y nos quedamos en silencio.

Hace tiempo que no pasaba tanto tiempo (valga la redundancia (diría Kazemaru (¿Por qué diablos menciono tanto a Kazemaru? No sé, pero me estoy preocupando))) con Arata. Incluso cuando estaba en el equipo, nunca sostuvimos una relación así de estrecha. Me comenzaba a sentir incómodo, además de que él no decía nada, y de mi boca tampoco podría salir nada bueno (si me lo propongo y me da cuerda, seguro acabo hablando de más (de Hiroto, mi estrés postraumático y mi depresión crónica (si no también de mi primera vez))). Así que nos quedamos en silencio.

Se hacía tarde, y seguro, segurísimo que mamá o Kazemaru me enviaban un mensaje preguntando mi paradero, seguro. Arata continuaba de pie, habían transcurrido aproximadamente unos siete minutos desde que me aplasté en la banca del parque. El gatorade hacía rato que descansaba en mi estómago y pronto las ganas de atender mis necesidades fisiológicas reclamarían su acto principal. Así que suspirando algo pesado, me levanté, haciéndole señas a Arata para que siguiéramos.

No fueron más de veinte metros hasta el próximo vecindario. La casa de Arata era muy bonita y vistosa; de tres pisos con tejas verdes (y recordé la película de La Niña de las Tejas Verdes, y se me antojó un pastelillo de zanahoria con chocolate caliente (aunque la temperatura estuviera aumentando gradualmente (no sé por qué (no entiendo porque tan repentinamente tengo estos pensamientos triviales)))).

Nos detuvimos en la barda de entrada, Arata tomó la puerta para abrirla, pero antes se dio vuelta y me preguntó si quería pasar. Me lo pensé, pero luego recordé mi vejiga y le dije que solo al baño. Al entrar, un aroma a lavanda atacó mi nariz, y no pude resistirme a fruncir el ceño. Arata me guio como a hurtadillas por el pasillo hasta la escalera directo a su habitación (no sé de qué se esconde (¡tú no sabes nada, Dios míos! (es el efecto de la depresión: solo sé que no se nada))).

Me indicó el baño al fondo, le di las gracias y luego me dijo que dejaría sus cosas en la habitación, que me esperaría abajo en la entrada (ya no diré que no sé qué está ocurriendo, porque es más que obvio que no lo sé).

No daré detalles de mis necesidades porque no importan, así como el mundo entero no me interesa. Instintivamente, como me encontraba solo, revisé rápidamente la red social, y mi bandeja de entrada, por si tenía algo nuevo.

Había seis notificaciones de grupos, dos mensajes y cero noticias interesantes. Uno de los mensajes era de Nagumo, de una conversación vieja, el otro, era de Kazemaru. Me sorprendió, y de inmediato lo abrí. Decía que se había quedado sin saldo, y que si de regreso le podía poner una recarga. Nada más.

Ni siquiera preguntó dónde estaba.

Bueno, total, me vale madres. Le apliqué el visto y salí del baño.

Arata me estaba esperando en la entrada, como había dicho, y su actitud tan rara se me comenzaba a antojar demasiado extraña; sé que es un chico tímido y eso, pero se está pasando de tímido y eso. Se supone que somos amigos, debería tenerme confianza (además de que es la primera vez que vengo a su casa (y yo creo que la última también)).

Terminé de arreglarme la camisa (que ya se me estaba pegando a la espalda por el sudor de la tarde), cuando vi como Arata acortaba la distancia entre nosotros y me estrechaba con fuerza, descansando su cabeza en mi pecho.

Me quedé petrificado, sin saber qué hacer. Arata me estaba abrazando (no es tan delicadito como los demás ("¡guácala! Estas sucio y lleno de sudor, ¡aléjate!")), y solo podía sentir el calor de su cuerpo y el ligero respingo que dio en cuanto su nariz se pegó a mi piel.

Lo primero en lo que pensé al tenerlo tan cerca, y en esa situación tan fuera de lugar (que "fuera de lugar" viene quedando corta), era empujarlo, sacármelo de encima y hacer algún comentario relativamente divertido y burlón a su acto. Pero lo segundo que se me ocurrió y por lo que opte hacer, fue corresponder su abrazo.

Rodeé su espalda y descansé la cabeza sobre su cabello alborotado ligeramente humedecido por el entrenamiento, viendo perdidamente al especio, a la barda de su casa. Podía escuchar el sonido de su respiración, el ligero movimiento de su pecho y uno que otro escalofrío que le recorrió la espalda. Lo abracé con mayor fuerza, atrayéndolo lo más que pude hacia mí.

Arata es pequeño, y a pesar de que es un deportista sobresaliente, sentí que si apretaba más fuerte mi agarre, acabaría por partirlo en dos. Así que di un profundo respiro y relajé el cuerpo, aun en aquella posición.

Luego de varios minutos así (minutos, cabe destacar), nos separamos, y en cuanto pude ver directamente el rostro de Arata, este me empujó fuertemente por los hombros, con la cabeza abajo, echó a correr adentro, sin decir ni una palabra.

El empuje había resultado fuerte, pero no lo suficiente para tumbarse, simplemente me tambaleé unos pasos atrás, mirando cómo se escondía adentro.

Me quedé un momento más ahí afuera, plantado frente a la barda, esperando por si cambiaba de opinión y salía, pero no lo hizo. Vi las luces de su cuarto encenderse y apagarse, y nada más. Me di cuenta entonces que ya no valía la pena quedarse; di media vuelta y regresé a casa.

Y fue entonces que comencé a replantearme los últimos acontecimientos de mi corta vida escolar y me sentí bien, porque, a pesar de que había sido utilizado en más de una ocasión, Arata me abrazó sin más, me abrazó como a una persona que necesitaba apoyo, consuelo, bienestar. Era tan patético en lo que me había convertido, tan desagradable y fastidioso, que no pude evitar llorar todo el camino de regreso a casa, preguntándome, qué había sucedido con el Midorikawa Ryuuji irónico que vivía todos los días con la flojera de la mañana siguiente, preocupándose porque su madre recordara levantarse para hacerle desayuno antes de irse a la escuela, el que dejaba que su mejor amigo le pusiera un vestido y lo maquillara, quien se escapaba por las noches a un bar a beber chocolate congelado y el que escuchaba música estrafalaria y comía emparedados nutritivos de mantequilla de maní y jalea de fresa mientras se burlaba de la programación nocturna.

¡Maldita sea! ¿Dónde diablos había quedado ese Midorikawa Ryuuji? ¿A dónde se marchó, por qué dejó en cambio a este pobre iluso desahuciado?

Sentí tanta rabia en ese momento, que las piernas me comenzaron a temblar, por lo que me terminé sentando en la misma banca del mismo parque en el que anteriormente Arata y yo descansamos.

¿Dónde, dónde, dónde?

Puse mis manos sobre la cara y lloré más fuerte, lloré recordando el paseo en motocicleta con Nagumo, la reunión con él y sus amigos adictos al alcohol y las manos flojas, la vez del Festival de Primavera cuando me quedé colgado en el techo (maldición, ese recuerdo me hizo reír entre las lágrimas), cuando fuimos a cenar y Miura me invitó al juego, el partido de béisbol, Fudou diciendo que parecía una compota de manzana recién vomitada, Amira y sus amables tratos, Maki, Saginuma y sus puñetazos, incluso a Suzuno y su secreta relación con Fuyuka.

¡Diablos, diablos, diablos!

Recordé entonces a Hiroto y sus ojos verdes, y para ese instante, ya era imposible hacerme parar de llorar. Me hice un ovillo sobre la banca y me dediqué a lloriquear todo lo que podía, a descomponerme de nuevo y rememorar.

Supongo que había que darle las gracias a Arata y sus abrazos mágicos.

A la una de la madrugada, un oficial de policía me picó el hombro con su manopla para despertarme. El rostro me ardía a horrores, y la luz de su linterna me molestaba terriblemente los ya de por si hinchados ojos inyectados en sangre.

-Su nombre por favor- dijo en un tono de voz seco y grave, sacando una pequeña libreta y un bolígrafo del casino. Me quedé callado, no quería decirle mi nombre, siquiera deseaba nombrarme; aquel lapso de aceptación que había pasado hacía poco más de cinco horas, le decía a mi Ryuuji interno que me calmara y pensara con claridad de ahora en adelante. Y el que me despertara un policía durante la madrugada mientras dormía en una banca del parque, era una situación cuestionable donde debía pensar con claridad.

Así que me aclaré la garganta irritada y le mentí.

-Asato.

-¿Cómo?- diablos, era un nombre estúpido que me había inventado, y ¿quería que se lo repitiera? Bueno Ryuuji interno, piensa entonces en un apellido decente.

-Uchiha Asato- correcto, eso no era pensar con claridad ni decentemente, pero el oficial, aunque arqueó ligeramente las cejas, asintió y lo anotó en su cuadernillo. Temblé, estaba haciendo un poco de frío, sentía la nariz y las mejillas congeladas y entumidas, además de una resequedad en la garganta que me exigía ahogarme rápidamente. El policía movió su linterna entorno a mi cara, por lo que arrugué fuertemente el ceño.

-Levante la cabeza y míreme, joven- a regañadientes lo obedecí, con mi mueca torcida y sumamente demacrada, intenté verlo lo más lúcido y normal que me fuera posible (lo cual no resultó del todo convincente, pues la cara que él puso, me decía que pronto acabaría en la prisión por consumo de estupefacientes en la vía pública) -. ¿Estuvo consumiendo algo ilegal, joven Uchiha?

-¿Qué? (por supuesto que no; me pasé la noche llorando porque mi vida es una mierda, y ni mi madre ni mi mejor amigo se han dignado a hablarme para saber dónde estoy; ah, y porque el chico de mis sueños me abandonó como a una camiseta vieja (por no decir otra cosa vieja)) Ah, bueno, un poco de marihuana, señor. Aunque en realidad no lo hice aquí; fue en casa de un amigo cerca del vecindario de las flores verdes, luego del entrenamiento de bádminton. Salí muy tarde de su casa y me tumbé simplemente en esta banca. Supongo que se me fueron las horas volando, ¿no?- y solté una ligera carcajada inocente que al oficial no le pareció para nada inocente (recordatorio; comenzar a practicar mis risas falsas e inocentes (porque al parecer, sé mentir muy bien respecto a mis hábitos sociales de consumo de drogas (perdóname mucho, madre))).

-¿No es muy joven para esos vicios?

-Ciertamente, pero estaba experimentando, ya se dará cuenta que estaba durmiendo en una banca del parque- y sonreí astuto, bajo la mirada suspicaz del oficial y sus cejas locas muy pobladas.

-Bueno, cada quien se mata como quiere, ¿o no?

-Efectivamente, mi buen señor- sí, yo me estaba matando con las memorias de un Hiroto en los labios de otra, y mi voz pastosa que cada vez se ponía más y más aguda.

-Está bien, por esta ocasión lo dejaré ir con una advertencia, pero lo tendré bien checadito, al igual que este vecindario, ya anoté su nombre y memoricé su cara, así que no tiene como zafarse, ¿ok?- asentí, con una ligera punzada de culpa en la nuca (no por mentir, que va, sino por involucrar el santuario de Arata y su casa gigante) -. Lo llevo a su casa.

-Qué amable es usted, señor, gracias- y me subí en la parte trasera de la patrulla, con la rejita y todo delante de mí; sonreír tontamente satisfecho, y no tenía idea del por qué.

Durante el trayecto me fui sordo con la canción de The Late Late Show en la cabeza, recorriendo las calles con los ojos un tanto desorbitados casi salidos de mis cuencas (de ese modo tan grande es como sentía el hinchazón). No me vi en el espejo retrovisor ni revisé el teléfono, solo movía ligeramente la cabeza al compás de la simpática melodía en mis pensamientos, mientras el oficial hablaba por radio de un supuesto robo en el Seven Eleven (ojalá no fuera el mismo en el que compré el gatorade (me sentiría el doble de extraño y culposo (aunque no fuera mi culpa, claro))).

Cuando llegamos, me bajé de la patrulla y le agradecí muy amablemente el que me hubiera traído a través de la ventanilla del copiloto, y él me respondió con un asentimiento de cabeza que le hizo bailar un poco los bigotes crispados. Me di la vuelta y escuché cómo arrancaba y las luces se perdían en el recodo de la calle (no es del todo un buen oficial (pude haberle mentido con la dirección (debió esperar a que entrara a casa para asegurarse de que le había hablado con la verdad))).

Saqué de debajo de la maceta derecha de la entrada la pequeña llave de reserva (esa que está para cuando a mamá se le olvida dentro) y entré intentando hacer el menos ruido posible (Monique había comenzado a ladrar repentinamente (y mis oídos no estaban como para aguantar tanto escándalo)).

Estaba completamente decidido a subir las escaleras y encerrarme en el baño para tomar una merecida ducha, sin reparar en nada más, cuando miré de reojo la lámpara de la sala encendida, y a Kazemaru sentado en el sofá de al lado, bebiendo lo que parecía ser un licuado de plátano con demasiado chocolate. Traía puesta la camiseta de gatos que mamá le regaló hace unas semanas atrás en uno de sus interminables días de compras (Era blanca con un enorme gato naranja en el centro; Jibanyan, me parece que se llama (y a mí no me compró nada, cabe destacar)), el cabello recogido en un moño despeinado y el peine incrustado entre la liga y el cabello. Me observaba impasible, como si en ese rostro maquillado no existieran siquiera vestigios de sentimientos.

Torcí las cejas, y la gracia que me había parecido su peinado, se esfumó tan rápido como había llegado.

-Si es por la recarga… supongo que se me olvidó- le dije, pero no me respondió, continuó bebiendo su licuado. Me quedé pensativo, Kazemaru, ¿no me hablaba? Eso era demasiado raro. Desvié la mirada a ambos lados, liego me volví a centrar en los imperturbables ojos oscuros de Kazemaru y sus pestañas largas -. Ah… sé que es algo tarde, pero tengo una gran excusa, ¿quieres oírla?- sin comentarios.

Dios mío, ¿acaso me había transportado a un mundo paralelo en donde Kazemaru no me reclamaba nada durante mi siesta en la banca? Ya no me parecía gracioso nada de eso.

Negué con la cabeza sin esperarme a nada y me dirigí a las escaleras, cuando finalmente escuché su voz.

-¿Quieres hablar?- dijo, y mis labios se fruncieron, resistiendo el impulso.

-La verdad es que no- dije entre dientes, bajé la cabeza y miré mis pies y la alfombrilla antes del primer escalón. En realidad, no quería hablar.

-Está bien, de cualquier forma; sabes que estoy aquí- inevitablemente me saltaron de nuevo las lágrimas, y me giré a verlo; había dejado el vaso medio vacío sobre la mesa, y se entretenía en el móvil. Apreté con fuerza los puños y corrí escaleras arriba.

Había quedado como aquel licuado; medio vacío, esperando que alguien bebiera de mí.

Y luego de esa noche, en la que me comparé deliberadamente con un licuado de plátano con demasiado chocolate, me dije a mí mismo; "mí mismo, ya bájale dos rayitas a tu maricón estado de ánimo".

Y si, no era como que todo estuviera perdido (me lo repito cada mañana), lloriqueando en cada esquina mi desolado corazón roto; no todo en mi vida gira entorno a Hiroto (y me lo repito cada mañana), así que bien podía hacer lo que quisiera sin que nada me importara: ¡porque no todo en mi vida gira entorno a Hiroto y sus malditos gustos!

Por lo cual, le dije a Hijikata que quería volver al equipo de rugby, mientras circulaba por mi cabeza la canción Another One Bites the Dust (no tengo la más remota idea del por qué desde que dormí literalmente en la calle, las canciones llegan solas a mi mente y retumban una y otra vez hasta que algo nuevo sucede). Hijikata se puso tan feliz, que no pudo resistir el abrazarme con sus musculosos brazos, envolviéndome en sus olorosas axilas hasta que me quedé sin aire (por la fuerza y el hedor). Arata también se alegró y fue mucho más sutil con su abrazo (como he dicho antes, es tan pequeño, que apenas llega a la altura de mis hombros). Miura estaba ahí cuando hice el anuncio, pero ni se inmutó (se encontraba muy concentrado en su celular, el muy bárbaro cabrón).

Y así fue como mis días de bruto volvieron, según Kazemaru, quien en incontables ocasiones (si no es que cada vez que me miraba) cantaba para mí.

-Tell me cuando, cuando, cuando…

-Creo que nunca, nunca, nunca- las noches en las que dormía con su cabeza pegada a mi cabello continuaban, pero ni una sola vez me había pedido que le dijera algo relacionado a Hiroto y mi estado de ánimo. Kazemaru era tan versátil pero predecible, que a veces me cuestionaba si debía creer en él o no (pues parece que quiere apoyarme en eso de mi deporte de brutos, pero se la vive inmerso en el móvil (conversando con Endou (ya lo descubrí))).

Finalmente, Midorikawa Ryuuji había vuelto (o eso quería pensar).

Por las tardes entrenábamos (y me di cuenta de la pésima condición que el semestre me había dejado (pues a cada quince pasos, deseaba vomitar mis pulmones)), regresábamos a ser los cuatro mosqueteros del campo (así decía Arata (pero mi simpatía con Miura seguía estando tensa)). Una de mis ventajas en el juego, era en que me encontraba en la línea delantera, defendiendo, por lo tanto no debía correr mucho (aunque Hijikata nos presionaba con la velocidad todo el tiempo).

Arata y yo nos quedábamos hasta tarde luego de los entrenamientos (ya no lo acompañaba a casa (creo que descubrió mi mala condición física (y el asunto con su extraña actitud quedó de lado))), recogíamos nuestras cosas y marchábamos al Rose's Palace por unos smoothies, que generalmente eran de mango.

Todo transcurría tan tranquilamente, que el tiempo parecía escapárseme como agua entre los dedos. Ya solo faltan dos días para mi debut de regreso.

Una noche llamé a Nagumo por celular, luego de que cortara tan abruptamente una conversación por la red social. Le dije que el siguiente fin de semana tendría partido, por fin. Nagumo elogió mi desempeño, y me dijo.

-Si bien va, quiero presentarte a alguien. Uff, seguro le encantas- pero yo no estaba para que me presentaran a nadie, en especial a esas personalidades que Nagumo y su queridísima novia conocen. De cualquier forma se lo agradecí, y le hice prometerme que iría al encuentro -. No te preocupes, ahí estaré para levantar tu trasero luego de que los Gerudos los aplasten. Chao.

-Gracias- y colgamos.

A los minutos siguientes, llamé a un Fudou flemoso para darle las buenas nuevas e invitarlo, lo cual fue mala idea, pues no paró de llorar, lamentándose la recuperación inminente de matemáticas (yo sé que también reprobaré (pero en estos momentos todo me vale madres)). Terminamos de hablar dos horas después, y ya un poco calmado, me dijo que vería si podía ir, pues tenía mucho que estudiar (supuestamente él).

Le di las gracias y colgamos.

El fin de semana tendría partido y no podía evitar estar contento, pues luego de las semanas entrenando tan duramente, era merecedor de un premio como ir contra los Gerudos (ya deseaba ver el rostro del gigante Kawashima siendo destrozado por el Bicho Fancy (oh yeah (aunque no es el mejor ni más amenazador de los sobrenombres (deberé pensar en uno de aquí al fin de semana)))).

El año pasado, cuando era parte oficial y sumamente importante para el equipo de rugby, jamás tuve un sobrenombre que el resto de las escuelas mencionaran (siempre fui un jugador x, en una posición x); hasta el encuentro contra los Soranos del instituto Zeus. Acabé con la nariz rota y los dientes flojos, pero aun así me levantaba cada vez a defender, por lo que comencé a escuchar en coro "Fortaleza Imparable", que poco a poco se fue transformando en Midorikashii (combinación de mi apellido con la palabra difícil (pues era muy difícil para los de Zeus vencerme (me sentí como el rey del mundo en ese momento))).

Luego del juego, muchos integrantes del Zeus me felicitaron por ser tan necio y no dejarme ganar (aunque habíamos perdido). Se los agradecí con la boca llena de sangre y la nariz chorreante (ese había sido uno de mis mejores últimos partidos), después volvimos todos en caravana a la escuela, la cual nos mandó directito a urgencias.

Estaba tan emocionado por el encuentro próximo, que no me di cuenta cuando Arata dejó caer sus cosas en los vestidores, y sus labios húmedos y suaves se pegaron a los míos en un penoso beso.

Me quedé completamente estupefacto con los ojos abiertos, viendo a Arata besarme con la cara roja como un tomate, temblando de los nervios. Cuando sentí cómo movía sus labios para abrirme la boca, fue que puse las manos sobre sus hombros y lo aparté, negando con la cabeza sin querer verlo a los ojos.

-No- dije, aunque me tiritó un poco el habla. Arata no respondió, nos quedamos en silencio.

No ahora, por favor, no me digas ahora que estás enamorado de mí o algo así, pensé (eso explicaría muchas cosas con respecto a su actitud y esa increíble admiración que me tiene (pero, ¡¿por qué ahora?! ¿No podía esperarse al menos que el semestre terminara? (digo, aun veo la espalda de Hiroto delgada pero atlética, aun babeo cuando lo miro pasar con los pantaloncillos cortos del equipo de básquet (porque el muy cabrón volvió a los equipos deportivos (y Santo Dios, me regaño mentalmente el ser tan idiota y estar tan estúpidamente enamorado todavía (¿Por qué seré tan pendejo?)))))).

Porque aunque me vale madres, y me ha hecho tanto daño, supongo que aún lo quiero (no se puede dejar de querer a alguien así como así).

Por lo cual, no podía querer a Arata.

Arata se sorbió la nariz, y sentí el chorro de agua fría en la frente, lo último que quería era deshacerme de otra amistad, en especial una como la de él (¿Cómo por qué de repente le gusto a todo el mundo, menos a Hiroto? (¡puta suerte!)). Volví a tomar a Arata por los hombros y lo abracé tan fuerte como me fuera posible, escuchando sus ligeros sollozos en mi hombro.

-Lo siento, Arata- susurré, sonando como un completo descarado.

-Está bien- respondió con la voz pastosa y quebradiza, yo sentí el ardor en mi pecho y lo solté. Tomó sus cosas y salió de los vestidores sin despedirse, sin siquiera voltearme a ver.

Suspiré, viendo la puerta, saqué el móvil y le marqué a Sakuma; había que reunirnos, había muchas cosas de qué hablar.

A las cinco treinta y seis de la tarde, Afuro bebía un vaso de Ades sabor mango mientras hacía su guía de cincuenta y ocho preguntas para química, con el cabello revuelto a punto de un colapso nervioso; Sakuma preparaba rollitos de salchicha y pan fritos en el sartén, y Kazemaru tecleaba rápidamente en el móvil (así nada nuevo). Yo solo los veía, sentados en la mesa de la cocina.

-Ha sido repentino que nos llamaras, Ryuuji, pero qué bueno; hacia tanto que no nos reuníamos así- dijo Sakuma sonriendo, sentándose en la mesa con un plato lleno de rollitos y salsa de tomate.

-Sí, verdad, si, súper divertidos- no disimulé el sarcasmo, y noté un ojo asesino sobre mí. Le resté importancia y me aclaré la garganta, aceptando un "ratoncito" de Sakuma -. Los he reunido hoy para invitarlos cordialmente y de manera personal, a mi regreso al equipo de rugby. El fin de semana tenemos un partido contra Gerudo, y como mis buenos amigos que son, deseo con alegría que vayan a apoyarme, si no es mucha la molestia, por supuesto- y me metí otro ratón a la boca.

Por los siguientes segundos, ninguno dijo nada, viéndome con ojos crédulos. Después, como si no hubiese dicho algo, regresaron a lo que estaban haciendo. Me eché otro ratón en la boca.

-Yo no puedo, tengo que estudiar y terminar esta guía, lo siento- dijo Afuro, pasando los ojos del libro a su cuaderno. Yo comí un cuarto ratón.

-Deberás perdonarme a mí también, Ryuuji, doblaré turno en el restaurant para cubrir la falta de Terumi. Lo siento- dijo Sakuma, y vi que en el plato quedaban cuatro ratoncitos.

-Yo no iré, ya te he dicho lo que pienso con respecto a ese deporte de brutos- finalizó Kazemaru, sin despegar los ojos del celular; entonces tomé los cuatro ratones y me los metí a la boca de un solo bocado.

-Bueno- dije con la boca llena, agarrándome el pecho y pasándome la comida duramente.

No puedo creerlo, se dicen muy mis amigos, pero, ¿ni a un maldito partido pueden ir? No merecen que les cuente nada, que les diga lo mucho que he estado sufriendo y cómo me dolió la entrepierna esa noche que no podía ir al baño.

Entonces, comprendí que si quería su atención, había que tentarlos con cosas grandes (un partido de rugby no es algo relativamente grande para ellos). Agarré la salsa de tomate y me la eché también a la boca, pensando en las caras que pondrían estos mugrosos mal nacidos hipócritas.

-Bueno- repetí, golpeándome el pecho por lo enchiloso de la salsa -. Entonces, supongo que no quieren saber que me acosté con Sumeragi Maki hace unas semanas- las muecas que hicieron, fueron tan extraordinarias, que creo jamás me hubiese imaginado que podrían torcer los gestos de esa manera (casi me da un ataque de risa frente a ellos).

Kazemaru dejó caer el teléfono, boquiabierto, Sakuma también estaba con la mandíbula desencajada, pero Afuro era otra cosa; él es de esas personas que cuando se sorprenden o emocionan, se les olvida respirar y se desmayan (así como a la perra Monique). Los ojos se nos desviaron a su hiperventilación y después a su cabeza caída sobre el libro, completamente inconsciente. Luego, devolvieron sus miradas impactadas hacia mí.

-Ryuuji, ¿estás hablando en serio?

-Nunca antes he hablado más en serio.

-¡Primero te comes todos los ratones, ¿y ahora nos dices que te revolcaste con Maki?! ¡No tienes perdón de Dios, Ryuuji!

-Oh cielos, pudiste haberme dicho maldita tarta de fresa, eso hubiese sonado menos insultante.

-Oigan. oigan, oiga, esperen los dos, tranquilícense.

-¿Cómo pretendes que nos tranquilicemos luego de que este… este… mal… educado hombre nos ocultó la verdad?

-Vamos, nena, sé que puedes decirme algo peor.

-¡No!- gritó Kazemaru, poniéndose de pie y golpeando las palmas sobre la mesa. No me quedé callado, e imitando sus movimientos, me puse de pie.

-¡Habrían sido los primeros en enterarse si no vivieran inmersos en sus propios malditos mundos! Si se dieran el lujo de ponerme atención alguna vez.

-¡Oh, la la, aquí viene de nuevo el señor ombligo del mundo, centro del universo!- y hasta yo me desconcerté por ese tono tan irónico que utilizó Kazemaru (le he enseñado bien (¡crecen tan rápido!)).

-¡Basta ya!

-¡No soy un helado!

Las horas siguientes fueron aprovechadas para aclarar muchas, muchísimas dudas, entre gritos y conclusiones un tanto confusas (acabé contándoles todo lo que me estaba oprimiendo, intentando porque la confianza y las verdades salieran finalmente (solo me guardé lo de Arata (eso ni yo lo terminaba de procesar aun))).

Fue una larga noche, y al final, no pude convencerlos de que fueran al partido, pero todos nos sentimos mejor, y de manera cordial me dijeron que agradecían profundamente mi sinceridad.

Esa misma noche, cuando nos fuimos a acostar, Kazemaru me tomó de la cara y me plantó un beso en la frente tan tronador, que casi pude sentir el estallido de mis tímpanos, después me apretujó a su pecho y así tuvimos que dormir (no muy cómodamente, he de ser sincero).

Y por fin llegó el día del juego. Por suerte sería en casa, así que la audiencia, deseaba pensar, estaría mayormente a nuestro favor. El uniforme del equipo me quedaba ajustado, demasiado; sentía el frío colárseme entre los muslos desnudos y poco musculosos, mientras nos cambiábamos en los vestidores, esos mismos donde días atrás, había rechazado a Arata.

Ninguno de los dos tocó el tema (he de mencionar que es un milagro de los dioses que Arata sea tan tímido y callado), y eso hasta cierto punto me agradó. Miura continuaba inmerso en su celular, y Hijikata se me acercó apenas terminé de anudarme las agujetas.

-¿Listo, Midorikashii? Ja, ja, ja. Estarás en primera línea, como antes.

-Sí, no sabes las ganas que tengo de patear a Kawashima justo en el rostro.

-Entonces no te molestará la ayuda, mientras sea en pro, ¿no?

-¿Ayuda?

-Hola Midorikawa- y esa dulzona voz atravesó el aire y me hizo cosquillas en los oídos, y mi Ryuuji internó pensó; "¡¿Por qué Dios, por qué?!".

Lo siguiente que pasó, transcurrió en un brumoso mar de confusión y desconcierto, además de una feroz adrenalina y nerviosismo, pues, ¿Quién iba a imaginar que Hiroto sería nuestro apoyo en el juego?

En la línea defensiva estaba Kawashima, a dos jugadores de distancia de mí. Era enorme, más de lo que había pensado (y mi Ryuuji interno gimoteó un instante); Hiroto estaba a mi derecha, casi hasta la orilla de la defensa.

En las gradas estaban aplaudiendo y apoyándonos (pude ver a Nagumo y su novia en la fila del medio (Nagumo andaba semi desnudo con la cara pintada de amarillo y rojo (no podía sentirme más inspirado (por decirlo sarcásticamente, por supuesto)))). Ni Fudou ni los chicos habían venido, y no me sorprendía mucho (ah, pero cuando quieran salir, mangos les daré).

Al escuchar el pitido de inicio, todo se tornó calmo, y la acción comenzó.

Seré breve y lo resumiré (porque estar explicando estrategias y movimientos de rugby como que no es lo mío (por eso solo juego sin pensar demasiado)).

Kawashima con sus gigantescos brazos, arrasaba con todos en el campo, se llevaba a más de uno al suelo (Arata fue uno de los primeros (y sentí una pizca de lástima)). Hiroto era muy ágil, y cada que podía, fungía de apoyo conmigo (no negaré que eso me ponía en una situación tensa (estaba feliz y enojado (feliz porque estúpidamente aun me gusta mucho, y enojado porque me estaba quitando trabajo))).

A los minutos transcurridos del juego, noté cómo Kawashima no me quitaba los ojos de encima, y su ancha y morena frente se arrugaba casi por completo cuando cruzábamos miradas. Lo ignoré, y me decidí a continuar mis labores.

El sol quemaba la piel, y el sudor cubría nuestros rostros. Ya habían salido las primeras gotas de sangre en los rostros tanto de los Gerudos como de los nuestros (un codazo me hizo sangrar la nariz, pero un tapón nasal y los gritos eufóricos de Nagumo me hicieron no tambalearme). Veía a Arata deshecho, y Miura tampoco lucía su mejor cara, incluso, su camiseta se apreciaba mucho más estirada de lo normal. Hijikata y Hiroto eran los únicos que parecían ilesos, estaban sucios y bañados en sudor, claro, pero andaban en pasos firmes y frescos como al inicio del partido.

El marcador tenía nuestra ventaja, y deseábamos conservarla.

En una ocasión en que nos estábamos posicionando, Kawashima me miró directamente, y tronando los dedos, me dijo entre dientes.

-Tú insecto, te voy a aplastar, te haré tronar la espalda como una rama seca. Deja que te alcance, maldito Midorikashii; una mierda contigo voy a hacer- no negaré que eso me descolocó completamente, pues nadie recordaba mi sobrenombre del partido contra Zeus, y no entendía el odio en las amenazas de Kawashima (o sea, ya no soy la Fortaleza Imparable del año pasado; estoy enclenque y falto de condición (aunque luzco excelente en mi uniforme (algo ajustado, a decir verdad (si quiere romperle la espalda a alguien, bien podrían ser o nuestro capitán o nuestro apoyo (¡ellos son los más frescos del equipo! (digo)))))).

Lo ignoré, pasando saliva con dificultad y centrándome en mi juego, intentando porque no me afectara (¡pero mi Ryuuji interno había encendido una alarma! (ay, como si fuera la primera vez que te enfrentas a un equipo fo-fo-formidable)).

Además de fuerte, Kawashima era muy veloz. De un momento a otro, había atravesado la línea de defensa cargando con dos de mis compañeros. Su hombro golpeó con el mío y caí de sentón. Levantándome de inmediato para cubrir el espacio.

En el cambio de turno, Hiroto se me acercó, tomándome del brazo para que lo viera a la cara; bajo sus ojos se apreciaban unas ligeras bolsas oscuras (así que aún no se recupera por completo).

-Ten cuidado con Kawashima, parece que está cazándote.

-Sí, si lo noté- le dije, intentando por no sonar preocupado, pero sí que estaba preocupado. Hiroto torció los labios y me soltó, corriendo a su posición.

Fruncí las cejas. Ya no me estaba gustando para nada mi debut de regreso. Kawashima ahora estaba frente a mí, y se relamía los labios disfrutando de la situación (¡Dios Santo, me quiere linchar! (¡oh Dios, oh Dios, oh Dios!)). Mis músculos se tensaron y apreté con fuerza las manos (hice bien al contarles a los chicos todo lo que había sucedido (porque parece que aquí muere Midorikawa Ryuuji)).

-¡Midorikawa!- me llamó de pronto Hijikata, sacándome de mi repentino aturdimiento y aceptación por la muerte venidera. Me hizo señas de que me acercara, y corrí aprovechando el tiempo de espera -. Cambia de posiciones con Hiroto, al final de la línea- espera un segundo, ¿qué?

Parpadeé incrédulo, pero de mi seca garganta nada salió. Asentí, y vi la sonrisa de Hiroto tan dulce cuando nos cruzamos en el cambio (acaso, ¿le había pedido a Hijikata que nos intercambiara para evitarme el golpe con Kawashima? Hiroto ¿había pensado en mí?).

Negué con la cabeza y me posicioné, mirando de reojo a Kawashima con el ceño fruncido y a Hiroto calmado, esperando lo inminente (entonces, ¿él recibirá el golpe por mí? (¡No puede ser!)).

Cuando el pitido sonó, vi a Kawashima tomar la camiseta de Hiroto y alzarlo por los aires, después, el silencio se apoderó de mis oídos y solo el clac de la espalda de Hiroto al chocar contra el pasto fue lo que pude oír. Kawashima lo había arrojado con fuerza al suelo, cayendo de espaldas con un ahogado grito en la garganta y el aire lejos de sus pulmones. Su rostro se contrajo de dolor y el pitido del árbitro me sacó del estupor.

-¡Hiroto!- grité, y todos en el público callaron, impactados por lo sucedido.

Llamaron a los médicos porque Hiroto no pudo levantarse, y observé la mueca sonriente de Kawashima alejarse. El partido no se suspendió, pero decidieron tomar unos minutos para el traslado del jugador.

-No puedo, no puedo- le dije a Hijikata luego de ver marchar a Hiroto en la camilla. Él lo comprendió, y corrí hacia la misma dirección donde momentos antes habían desaparecido los médicos.

El encuentro se reanudó, pero pude sentir los ojos de desprecio y desaprobación de Raimon; debíamos ganar.

Era interesante cómo todo se había vuelto a ir al caño por ¿qué número de vez; dos, tres, cuatro? No lo sé, lo único en lo que podía pensar, era en ir a buscar a Hiroto, y pedirle una explicación (además de disculpas (se sacrificó por mí, Dios, se sacrificó sin pensarlo (¿eso era el karma, o su propia decisión? (o tal vez ha sido sin pensar, y yo de nuevo me hago ilusiones, con que Hiroto se ha mejorado y piensa en mí como alguien importante para él)))).

Entré al edificio y recorrí los pasillos solitarios, asomándome en cada una de las ventanas para averiguar dónde lo habrían puesto.

Para mi sorpresa, fue en la enfermería del primer piso. Los médicos estaban atendiéndolo, y cuando crucé la puerta, vi en los ojos de Hiroto algo más que dolor; alegría. Desconcertado, aguardé junto al umbral, con la cabeza abajo.

El tapón nasal se había caído, sangraba y dejaba que esta corriera por mi rostro, ¿de verdad, Hiroto hizo esto por mí? Y más que eso, ¿estará bien? Me sentí como una mierda en aquel entonces cuando lo miré besarse con Kino, cuando Maki bailó sobre mí, cuando Arata me abrazó y yo no pude corresponderle; ahora, era porque no podía siquiera defenderme por mí mismo, no podía hacer nada bien. Ninguna de mis elecciones son correctas, y ya lo dijo alguna vez Kazemaru, "obtienes lo que mereces". Yo merecía ese golpe, no Hiroto, yo merecía ser tratado mejor, no como una escoria, yo merecía ser más astuto. Yo merecía…

-Midorikawa- escuché de pronto, saliendo de mis pensamientos. Hiroto me observaba, con sus ojos brillantes y una cálida mueca que disfrazaba perfectamente cualquier dolor que estuviera sintiendo (por Dios, incluso es un ángel hermoso estando herido). Nos miramos, y por un segundo, respiré un aroma a lilas que nunca antes había olido, y creí en la magia del amor verdadero, pero luego comprendí que era el florero de Amira y todo se regresó a ser la misma mierda.

Hiroto hizo una señal con la mano, y les pidió a los enfermeros que nos dejaran solos, que estaba bien. Ellos titubearon, pero salieron con firmeza de la habitación. Yo me congelé, con los nervios crispados y los ojos acuosos.

-No llores, Ryuuji- dijo con un impecable tono de voz, estirando la mano. Me acerqué y dejé que nuestros dedos se entrelazaran.

-Cómo no quieres que llore, mira cómo estás- le habían puesto un collarín para mantenerlo quieto, y todo su cuerpo parecía pequeño y relajado sobre la camilla -. Sabías que Kawashima me estaba persiguiendo, y aun así decidiste tomar mi puesto, ¿para qué?

-Me lo merecía, ¿o no?- abrí los ojos con sorpresa, y las lágrimas finalmente recorrieron mis mejillas -. No sabía de qué otra manera pagar todas las que te debo, Ryuuji; he sido una terrible persona contigo. Es lo poco que puedo hacer.

-¡No digas tonterías, Hiroto! Pudo haberte herido de gravedad, ¡es una ridiculez que hagas esas cosas solo para pagar por otras! Yo… yo no estaba cobrándote ninguna…

-Lo sé- guardamos silencio un momento; la sangre de mi nariz se había detenido, se mantenía seca sobre mis labios y barbilla -. Terminé con Aki hoy por la mañana- dijo de pronto, y levanté el rostro para verlo directamente; sus ojos brillaban, brillaban tanto -. Fue un error desde el principio haber estado con ella y no contigo. Sé que no tengo justificación alguna, y que merezco todo lo que me ha sucedido, pero no quiero arrastrarte en más de mis problemas. Debí aguardar el tiempo suficiente, pero no pude. Lo lamento tanto, Ryuuji, de verdad, perdona a este ángel caído que se plagó de lo mundano.

-No tienes que disculparte…- claro que si debía (¡discúlpate, discúlpate, discúlpate!), aunque mi Ryuuji interno se desbarataba con tantas palabras.

-¡Claro que sí! Te quiero, Ryuuji, por eso, por todas las idioteces que te hice pasar… perdóname.

-Ay, Hiroto- lloré, poniendo una mano sobre mis ojos. Hiroto bufó en una especie de risa ahogada, y acarició con su pulgar el dorso de mi mano. Era tan patético, pero tan lindo a la vez, que parecía que los últimos eventos del semestre desaparecían, y solo estábamos Hiroto y yo en aquella banca de la cancha de básquet, a la tarde, cuando le robé ese primer beso que desencadenó todo el alboroto.

-Dame una última oportunidad, Ryuuji, déjame arreglar todo esto, y te prometo… prometo que todo estará bien entre los dos- sentí cómo jalaba de mi brazo, y sin detener mis lágrimas, asentí con una ligerísima sonrisa -. Bésame- dijo.

-Te voy a manchar de sangre.

-No importa; es lo mínimo para mi redención- reímos un poco, y me incliné dubitativo hacia él, juntando nuestros labios finalmente.

Y si se preguntan por el partido; ganamos, y Kawashima y su equipo se fueron sin decir ni una sola palabra. Al igual que yo; salí de la enfermería sin mirar atrás con una sonrisa estúpida en la cara.