Ranma 1/2 es una obra cuyos derechos pertenecen a Rumiko Takahashi. Este fanfiction está realizado sin ningún ánimo de lucro y con el mero objetivo de divertir y entretener.
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Capítulo 5: El maquillaje maldito
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—¡Ranma es idiota! —gritó iracunda la adolescente mientras terminaba de patear uno de los árboles del jardín.
Vestida con su habitual gi parecía haber decidido pasar el sábado entregada en cuerpo y alma a su entrenamiento, como si así pudiera borrar la frustración que le producían las dolorosas lagunas de su mente.
¿Sería cierto?¿Estaría ella encantada? Miró sus puños, firmes y apretados. Por más que lo pensaba no se sentía diferente.
—Oye Akane, creo que afuera hay un amigo tuyo. —dijo Nabiki pasando a su lado, como si tal cosa. La chica observó hacia la salida con miedo, sin saber bien qué esperar.
¿Un amigo?¿No sería alguna de las famosas citas que al parecer había concedido y ahora no recordaba? Tragó saliva y se encaminó hacia la puerta, miró hacia ambos lados de la calle hasta que reparó en el cuerpo tirado en el suelo.
—¡Ryoga! —exclamó saliendo en su auxilio.
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Kasumi Tendô no era ninguna perezosa, más bien todo lo contrario. Después de preparar, servir, recoger y limpiar los platos del desayuno se dispuso a seguir con las muchas tareas del hogar, en las cuales nadie tenía a bien ayudarla.
Aunque ella aceptaba aquello con una plácida sonrisa.
Tomó la ropa sucia que había acumulado su querida familia en los cestos del baño y con la fuerza propia adquirida por la rutina alzó la cesta hasta arriba y la metió en la lavadora.
Secó el sudor de su frente y sonrió al pensar en el día tan soleado que les esperaba, sin duda haría calor.
Escuchó los farfullos de su hermana pequeña en la planta de abajo y pensó que ya se encontraba metida en un lío, o quizás en alguna nueva aventura, venían a ser más o menos lo mismo.
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Akane terminó de arrastrar al inconsciente chico hasta el dojô, en esta ocasión Ryoga se encontraba en un estado lamentable. Quizás había perdido la orientación intentando alcanzar la residencia Tendô, y eso en plena ola de calor le había pasado una alta factura.
La joven dejó al muchacho tendido en el suelo y se apresuró a la cocina por una buena jarra llena de agua fría. Tomó un vaso y corrió de regreso preocupada, sabía que el artista marcial era fuerte, pero si no volvía en sí tendría que tirarle al estanque.
Le encontró tal y como le había dejado, tendido inconsciente, se agachó a su lado y alzó su cabeza, recostándole sobre sus piernas. Le ofreció agua mojando apenas la comisura de sus labios con unas gotas que resbalaron desde el vaso, aquello bastó para que el chico terminara de abrir la boca y se dejara cuidar bebiendo de forma obediente.
Apenas abrió un ojo para encontrarse ante una visión de ensueño.
La encantadora Akane, rodeada de un aura angelical le daba de beber con amor, alzando apenas su cabeza recostada en su regazo. Brillos dorados y blanquecinos aparecieron por doquier mientras el chico se sentía transportado al mismísimo cielo, tumbado sobre el más hermoso de los seres alados.
—Ryoga, ¿te encuentras bien? —preguntó ella mientras una amplia sonrisa se formaba en el gesto del rescatado.
—Akane… —murmuró tan feliz que podría morir.
—¿Qué está pasando aquí? —la atmósfera se rompió de golpe, lo que en cualquier otro momento no hubiera pasado de un par de comentarios hirientes, aquel día parecía la mayor ofensa al honor jamás pronunciada.
Ranma Saotome miraba a la pareja rodeado de un aura roja y peligrosa, más que dispuesto a mandar a paseo su orgullo con tal de dejar en claro las líneas que nadie debía cruzar con su prometida.
—¡Ranma! —exclamaron ambos al unísono, más sorprendidos que avergonzados.
—¿Que te crees que estás haciendo?¿Ya ni respetas tu propia casa? —dijo a la par que avanzaba con paso firme y peligroso hacia el interior del dojô.
Akane se apresuró a separarse del aún aturdido Ryoga, quien escuchaba sin entender demasiado. Las escenas de celos eran una rara avis viniendo del muy orgulloso artista marcial.
—¿De qué demonios hablas? ¡Sólo estaba ayudando a Ryoga!
—¿Te crees que no tengo ojos en la cara? —respondió él, orgulloso, señalando acusador hacia el chico quien se había sentado en el suelo. —¡Sé perfectamente lo que estabas haciendo! Casi me engañas, maldita.
Terminó haciendo amago de agarrar la jarra de agua, pero Akane vio sus intenciones y agarró sus manos antes de que pudiera volver a empaparla.
—¡Basta ya, estúpido! ¡Te digo que solo estaba ayudando a Ryoga!
—Es cierto, ella sólo… —intervino el chico perdido, pero ambos prometidos le fulminaron con la mirada en una clara advertencia: "No te metas en nuestra pelea".
El maldito de Jusenkyo tragó duro conteniendo la respiración.
—Estás comenzando a volverte paranoico por culpa de tus celos. —contraatacó ella cruzándose de brazos, en actitud temeraria, y el chico de la trenza sintió que acababa de asestarle una cruel puñalada.
—¿Celoso yo?¿De tí? —resopló incrédulo.
—Eso he dicho, estás muerto de celos.
—Más quisieras, pecho plano. Ni un ciego te encontraría el más mínimo atractivo.
—¿Ah, sí?¿Entonces qué te importa si estaba coqueteando con él?
Si las miradas matasen Ranma hubiera muerto mil veces. Claro que Akane no habría corrido mejor suerte.
—Sólo intento que conserves un poco de dignidad y que guardes las apariencias en casa de tu padre, pero allá tú y tus estúpidos coqueteos.
—Exacto, allá yo y mis coqueteos.
—¡Ajá!¡Lo admites!
—¿Ves como estás celoso?
Su reacción no se hizo esperar, mortificado y más delante de su eterno rival, Ranma simplemente actuó. Derramó todo el contenido de la jarra sobre la atónita chica quien no pudo más que dar un grito al sentir su cuerpo empapado.
Ryoga saltó hacia atrás temiendo que algún grupo de gotas traidoras operaran en él un cambio no deseado.
—¿Ya has vuelto en tí? —preguntó sin un ápice de arrepentimiento, aunque sintió como su pulso se aceleraba ligeramente al ver la camiseta empapada y pegada a los pechos de Akane, transparentandose hasta dejar ver con claridad su ropa interior.
—¡Imbécil! —gritó ella, que sin poder soportarlo más le propinó tal derechazo que el artista marcial atravesó el techo del dojô y salió volando muy lejos de su vista.
Humillada Akane se olvidó de Ryoga y salió corriendo hacia su cuarto.
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—Esa bruta sin pechos… —relataba el joven mientras llenaba una bolsa con algunos hielos y la apoyaba sobre su golpeada mandíbula.
Hizo un gesto de molestia y caminó errático hacia el salón, dejándose caer de cualquier forma sobre el suelo de madera. Observó con aburrimiento a Kasumi realizando la colada. La mayor de las Tendô colgaba la ropa mojada con una desenvoltura adquirida por la práctica.
Se avecinaba otro día terriblemente caluroso.
El chico frunció el ceño al pensar de nuevo en su prometida con el idiota de Ryoga apoyado en su regazo.
"Celoso", ¡Já!, ¿celoso él de ese cerdo bueno para nada? Se revolvió en el sitio empezando a mover de forma mecánica la rodilla. En todo caso esta vez ella no parecía estar bajo el influjo de ningún hechizo, qué raro.
—¿Uh? —Kasumi frunció el ceño al coger del cesto la camisa china que Ranma había estado usando el último día y la miró con curiosidad. —Ranma, ¿qué es esto? Creo que lo estropeé... —dijo llevándose una mano a la mejilla, preocupada, y el artista marcial no tardó más de dos segundos en saltar de su sitio e ir a inspeccionar aquello que mencionaba.
Efectivamente, dentro de su camisa y de forma un tanto precipitada se encontraba cosida una fina tela, adherida a una de las mangas disimuladamente, y al ser lavada su tinta se había corrido de tal forma que lo que hubiera en ella resultaba ilegible.
—¿De dónde ha salido? —preguntó él en voz alta tomando la prenda.
Y en ese momento varias piezas parecieron encajar en su cabeza, esa misma camisa es la que había llevado al restaurante de Shampoo, cuando les tiró "sin querer" la comida encima, ¡ella se empeñó en lavarla!
Debió colocarlo entonces, ¿sería un amuleto?¿o quizás una maldición? Parecía un sello, pero era imposible leer los garabatos que después de los cuidados de Kasumi habían quedado totalmente arruinados.
Un momento, aquel día también le dió algo a Akane, ¡la caja de maquillaje! ¿Y si estaba relacionado? ¿Y si el maquillaje era lo que la hacía comportarse así? ¡Claro!, y aquello no podía ser otra cosa que una protección anti espíritus. Shampoo había jugado bien sus cartas, haciéndolo invisible a sus ojos de seductora se había asegurado de dejarle fuera de juego, pero no contaba con que finalmente averiguara sus intenciones.
Ranma sonrió sabiéndose vencedor una vez más, esa china se las iba a pagar todas juntas, pero antes… volvió la mirada hacia la ventana de Akane, tenía que deshacerse de ese maquillaje como fuera.
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Inspeccionó el lugar con cautela, bien, no parecía estar en su cuarto.
Con sigilo se coló sin dificultad en la habitación de la chica y se dispuso a inspeccionar sus cajones antes de que regresara. Bien era cierto que podría haber encarado el problema directamente, hablándolo con Akane como personas civilizadas, pero a quién quería engañar, prefería evitar golpes innecesarios, ya la había cabreado mucho por un día.
Se dispuso a hurgar sin remordimientos en la intimidad de su prometida y comenzó con los cajones de la mesilla. Akane podía ser un desastre en muchos aspectos, pero debía admitir que en otros era tremendamente ordenada.
Extrajo un par de revistas de ejercicios, cremas varias, cuadernos de notas. Nada, sin rastro del dichoso maquillaje, abrió el segundo cajón: libros de texto, lapiceros, bolígrafos… torció el gesto.
Abrió la cómoda para encontrarse con toda su colorida colección de ropa interior, pero él no se iba a amedrentar a estas alturas por unos cuantos sostenes.
Comenzó a rebuscar de forma descarada hasta que la puerta del cuarto se abrió de golpe y se encontró frente a frente con Nabiki Tendô, la mediana de las hermanas alzó una ceja en un gesto inquisitivo.
—Vaya Ranma, no es que me meta con tus gustos, pero espero que no sea para tí. —dijo divertida señalando una diminuta prenda rosada que colgaba del cajón.
—¡N-Nabiki! —exclamó él con el corazón en un puño, por un momento se había sentido hombre muerto.
Cerró el cajón de golpe sabiéndose descubierto.
—No tengo nada en contra de tu afición por la ropa interior femenina pero, ¿sabe Akane que le robas bragas?
—¡No estaba robando… bragas! —se defendió pobremente enrojeciendo hasta la raíz del cabello, Nabiki le miró divertida y abrió el armario de su hermana de par en par.
—Aprovecha ahora que Akane ha salido, si te encuentra aquí te matará. —dijo ella tomando un vestido.
—¿C-cómo que ha salido?
—Al parecer había quedado con sus amigas para ir al cine, me pidió prestado uno de mis vestidos más… exóticos. —terminó ella mirando al chico de la trenza por encima de su hombro.
Ranma tragó saliva ante sus ojos inquisitivos, por desgracia sabía muy bien a lo que se estaba refiriendo.
—¿Estás preocupado?
—¿Por qué debería estarlo? —contestó altivo.
—No sé… tú sabrás. —dijo abandonando la habitación con varias prendas colgadas del brazo y una sonrisa ladina.
El artista marcial solo esperó dos segundos antes de salir corriendo y saltar por la ventana.
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Era indudable que Ryoga Hibiki llevaba una existencia mayormente solitaria, lo que en resumidas cuentas le había abocado a sufrir de extrema timidez. No era un chico tímido con desconocidos o amigos, pero en el terreno sentimental la cosa cambiaba, y de qué forma.
Allí estaba de nuevo, en la casa de su eterno amor sin poder decir una sola palabra al respecto.
Pedirle una cita no podía ser tan grave, al fin y al cabo ellos tenían una sólida y larga amistad. Sí, podía empezar por ahí y poco a poco su corazón comenzaría a derretirse ante los puros sentimientos que le profesaba.
No podía fallar, no de nuevo. Tomó aire y se puso en pie, iría a buscar a Akane en ese mismo instante.
—Vaya Ryoga, seguías aquí. —antes de poder dar siquiera un paso el chico se encontró de frente con la muchacha de sus sueños. No sabía en qué momento Akane se había vuelto tan sumamente silenciosa, ni siquiera sintió su presencia cuando se adentró en el dojo, ¿tan distraído había estado en sus pensamientos?
Tragó duro y corrió el peligro de trastabillar sus pasos cuando en un rapidísimo vistazo se dio cuenta de su atuendo.
Akane estaba… ¡Waoh!, su cerebro no encontró mejor palabra para definirlo, si es que "waoh" era una palabra.
Ella desde luego no solía vestir así de corto y ajustado, llevaba un vestido de licra de color morado que se pegaba a su figura como una segunda piel y apenas alzaba a cubrir hasta el inicio de sus blancos y esbeltos muslos. Un maquillaje ligero sobre sus hermosos ojos y carmín tan rojo que hacía que sus labios parecieran pétalos recién regados por el rocío de la mañana.
Desde luego no era lo habitual.
—¿A-Akane? E-estás… estás… —sus ojos bajaron un segundo hasta sus senos y sintió cómo corría el peligro de sufrir una hemorragia nasal inminente. —Estás…
Ella sonrió confiada.
—Gracias. Tu también estás guapo.
—¿Qué? —debía de haber escuchado mal, sintió un ligero cosquilleo en la nuca y en seguida supo que eran todos sus cabellos erizandose ante la cada vez más alarmante cercanía de la chica.
Sin saber en qué momento ocurrió, simplemente dejó de respirar.
—¿Quieres que nos divirtamos juntos?
—¿D-divertirnos?¿C-cómo en una cita? —preguntó con un hilo de voz, sin poder creer su suerte.
—¿Por qué esperar? —dijo ella mientras le echaba las manos al cuello y pegaba su perfecta anatomía a la del incrédulo muchacho.
Toda la vida amorosa de Ryoga pasó frente a sus ojos en un solo segundo.
Aquella vez en el jardín de infancia cuando la niña que le gustaba aplastó con sus pies el castillo de arena en el que tanto esfuerzo y trabajo había puesto. La ocasión en el patio de la escuela cuando le entregó una inocente carta de amor al objeto de sus atenciones y ella ni siquiera se dignó a leerla. La vez que, ya en el instituto, quiso declararse a una chica y la citó al salir de clases en la puerta trasera, pero su pésimo sentido de la orientación le tuvo tres días dando vueltas, y cuando consiguió llegar, al cuarto día ella no le volvió a dirigir la palabra.
Y luego estaba ella, Akane, la chica que, en plena tormenta le había salvado, besado y metido en su cama. Desde entonces era dueña y señora de su corazón, aún a pesar de las jugarretas de Ranma y de todos sus infantiles intentos por engañarle, al final siempre volvía a ella.
La miró fugazmente intentando saber si aquello estaba pasando de verdad o solo en su cabeza. Desvió la mirada invadido por el calor.
—¿Y qué pasa con Ranma? —la pregunta salió de forma automática, ni siquiera se la había planteado antes de que su boca traidora disparara aquello que tan enterrado estaba en su pensamiento.
—¿Qué pasa con él? —respondió ella mientras su respiración hacía que sus senos subieran y bajaran en un balanceo hipnótico e imposible.
—No, ¡nada! Es sólo que tú… vosotros… —ni él mismo sabía que era lo que estaba intentando decir, pero la cara de fastidio de Akane iba in crescendo. Cerró con fuerza el abrazo tras su cuello y le miró impaciente.
—¿Quieres que vaya a buscarle?
—¡No!¡Claro que no! —respondió a toda velocidad, como si sus palabras acabaran de darle el valor que le faltaba y hubieran mandado sus dudas a un lugar muy lejano.
Es verdad que Ryoga era de naturaleza tímida, pero también podía ser muy decidido cuando se lo proponía.
Sus manos temblorosas terminaron de encontrar su lugar y se prendieron a la figura de la chica en un contacto intenso y feroz.
—Akane, yo siempre… — las palabras no bastaban para llenar el espacio que se abría entre ellos y con el que tan dolorosamente quería terminar.
Su cabezas se tocaron y sus alientos comenzaron a recoger y espirar el mismo aire, en bocanadas de pura contención.
¿Podía ser? Oh sí, era el mejor día de su vida.
Se inclinó ligeramente dispuesto a poner fin a su agonía, a dar ese primer paso de su nuevo comienzo junto a ella.
—¡RYOGAAAAAAAAA! —no lo vio venir, cómo hacerlo. De estar en el paraíso se vio arrastrado a la más brutal inconsciencia de una patada voladora colosal.
El cuerpo del chico perdido se estrelló con la velocidad de un cañonazo contra la maltrecha pared del dojô, que se partió en pedazos dejando un agujero digno de una granada militar.
Akane apenas llegó a alzar la mirada para encontrarse con el culpable de su nuevo ataque frustrado. Sus ojos azules la miraban acusadores, nublados por la ira.
—¡Esto se ha terminado!¡No lo soporto más! —exclamó llevándose las manos a la cabeza. No estaba siendo racional, ¿y quién podría serlo con ella vestida de aquella manera en su enésimo intento de seducir a otro tipo?
—¡Ranma! —exclamó Akane con el corazón en un puño, asustada ante su brutal ataque.
—¡Quiero a la otra Akane de vuelta! ¡Prefiero mil veces a la bruta marimacho que a esto! —soltó de seguido, tomándola por los hombros y zarandeándola ligeramente.
—¿Pero qué te pasa ahora?
No había tiempo para las explicaciones, agarró su mano y la arrastró fuera del dojô mientras en su interior bullía su enfado. Luego volvería y terminaría con Ryoga, vaya si lo haría, ¿qué se había creído ese cerdo? ¡Había estado a punto de besar a su prometida! Iba a dejarle unas cuantas cosas claras, pero antes…
Llegaron hasta la calle, ella protestando ante el agarre intentaba razonar con el cegado chico.
—¡Ya basta! ¡No tienes que ser tan bruto!
—Dámelo.
—¿A qué te refieres?
—¡Que me lo des de una vez! —exigió arrebatándole el bolso y hurgando en él sin ningún tapujo, tirando de paso todo aquello que no le interesaba y que caía sobre la calzada de forma estrepitosa, hasta que dió con aquella maldita cosa.
Miró con un odio inusitado la pequeña cajita de latón con la rosa labrada, por culpa de eso Akane ya no era Akane, por su maldita culpa había estado coqueteando con cuanto hombre se le cruzara en el camino para su mortificación personal.
La agarró con fuerza y sin pensárselo la arrojó con rabia al canal. El sonido al hundirse hizo que Akane se agarrara con fuerza a la valla y le mirase resentida.
—¡Eso es mío! ¡Ve a buscarlo de inmediato! —gritó enfrentándole, pero Ranma al fin volví a respirar tranquilo.
La miró por el rabillo del ojo y torció el gesto, se acercó a ella invadiendo su espacio personal y con decisión comenzó a frotar sus párpados con sus dedos. Ella se revolvió entre quejas, pero Ranma la tenía bien sujeta y estaba más que dispuesto a terminar su cometido.
—¡Me haces daño! —se quejó inútilmente intentando zafarse de él.
—A ti nunca te ha hecho falta maquillaje, Akane. —dijo cuando terminó por fin de remover hasta el último atisbo de la maldita sombra de ojos que adornaba sus párpados, por un segundo ella pareció perdida, miró alrededor sin saber cómo había llegado hasta allí. —No deberías hacerme ningún caso cuando te digo esas cosas.
—¿Ranma? —preguntó confundida, y en ese mismo instante él se sintió como un gusano.
¿Acaso podía culparla por haber caído tan fácilmente en la trampa de Shampoo? No, lo cierto es que había sido culpa suya, por no decir nunca lo bonita que se veía tal cual era, con sus faldas largas y sus camisas abotonadas, no con ese ridículo vestido que enseñaba mucho más de lo que tapaba.
Evitó su mirada y se aclaró la garganta.
—Era el maquillaje, debía tener una maldición que te hacía actuar de ese modo.
Ella le miró perdida, hasta que se percató de la ropa que llevaba, se apartó un paso del chico y se revolvió incómoda, intentando cubrir toda aquella expuesta piel.
—Esa maldita… ¿cómo lo has descubierto?
—Era obvio. —se encogió de hombros presumiendo de su lógica deductiva, aunque lo cierto es que le fastidiaba no haberse dado cuenta mucho antes. —Volvamos a casa, tengo que reparar la pared del dojô.
—¿La pared? ¿Es que acaso ha habido una pelea? —preguntó curiosa, el chico de la trenza se echó las manos a la nuca y recorrió el camino de regreso silbando, sin querer contestar.
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¡Hola de nuevo queridos lectores!
Aún a pesar de tratarse de un fic muy corto, lo cierto es que me ha costado bastante terminarlo, ¿que raro, verdad? Me quedé atascada bastantes días cuando la resolución era bien sencilla... en fin, no os entretengo más, el siguiente capítulo es el final.
¡Muchas gracias por leer!
LUM
