Entre el amor y el deber
Capítulo 6
NdelA : El fic está basado en los personajes de Lok, los cuales le pertenecen a Bryke, por lo demás, la historia es mía.
Bueno habemos capitulo nuevo. Pensé que me costaría más hacerlo, que si me costó, pero pensé que saldría a duras penas de 4000 mil palabras a los arañazos y al final salió de casi 5500. Enhorabuena. Ojala les guste, le eche galleta. Solo espero que no sea de la galleta fea.
El capítulo llega a uds auspiciado por la canción de Sino a ti de Laura Pausini a dueto con Thalia, así como la lista de reproducción Cozy time del Spotify XD, no, no les hago promoción por que no recibí un peso por ello. Solo me sirvieron de inspiración y creación del ambiente para escribir este capítulo.
Gracias a todos aquellos que le están dando una oportunidad a esta historia, a pesar de estar basada en clásicos clichés de las telenovelas mexicanas, aunque las odien sé que alguna vez en su vida vieron una.
Gracias especiales a mi mujer por aguantarme el que le ponga poca atención por estar haciendo esto.
Gracias a tod s las que se han tomado el tiempo y la molestia de dejar un comentario, , Rarie-Roo, DuranDuran, The-Evil-Queen777, LupitaAzucena, Mary, Obini, paolacelestial, Panquem y mención honorifica para Devil-In-My-Shoes, mujer tu eres una cosa chingona para la escribida, dicho del modo más mexicano que se puede.
- o -
La hija del administrador estaba impaciente. La llegada del hombre ese la tenía inquieta, seguramente no traía buenas noticias. Caminaba de un lado a otro de la sala de estar sin parar, asomándose de vez en cuando por la ventana para verlo. El tipo usaba el mismo uniforme militar que le había visto a la señorita Kuvira, diferenciaba en el logo a un costado y las hombreras metálicas que indicaban el rango. Tenía el cabello corto al ras en los lados, un tanto más largo en la parte superior, así como unos grandes anteojos de lentes anchos y armazón oscuro, una muy cuidada barba en el mentón y su tez estaba bronceada probablemente por el tiempo que pasaba al sol.
Ya era algo tarde y Kuvira no regresaba aún, quizás se había entretenido de más en el trapiche o en el campo. Una de las muchachas del servicio le vino a informar que la comida estaba lista para cuando quisieran ir a comer.
Asami volvió a salir al patio y se acercó al soldado que ahora estaba sentado bajo un árbol tomando el fresco.
- Disculpe, - el soldado se acomodó sus anteojos de anchos lentes para mirarla mejor, - tenemos comida lista si desea comer algo mientras espera. La señorita Kuvira ha tardado más de lo usual y ud debe estar cansado y hambriento por el viaje. Por favor. – el hombre la miro cavilando si tomar la oferta o no, al final se levantó de donde estaba.
- Señorita, es ud muy amable y yo muy terco, sin embargo creo que aceptare su oferta. Pues el hambre apremia. Mi nombre es Baatar, capitán Baatar Beifong, un placer conocerla señorita…
- Asami Sato. – le respondió la joven de los ojos esmeralda. – Tendrá la amabilidad de acompañarme.
Ambos se dirigían al comedor cuando escucharon el paso rápido de caballos llegando a la hacienda. En su hermoso semental negro Kuvira se aproximó hasta donde estaban, bajando antes de que el caballo detuviera su paso, con alegría en su rostro se acercó al militar y se unieron en un fuerte abrazo.
- ¡Hermano! – Kuvira exclamo al bajar del animal.
El abrazo se prolongó más de lo que Asami consideraba prudente.
- Comandante. – El hombre de anteojos se apartó dando un saludo marcial.
- Deja las formalidades, aquí solo soy un civil más. – Kuvira estaba alegre con la visita.
- No puedo evitarlo. Le extrañe, los días en el cuartel no son lo mismo sin ud fustigando a las tropas. – El militar se notaba también contento por el reencuentro.
- ¿Qué es lo que te trae por aquí? Según recuerdo aún sigo de permiso. – Uno de los rancheros que venían tras ella llego para tomar las riendas del caballo y llevárselo a repostar en las caballerizas.
- Me temo que no son buenas noticias. – Digo el capitán Baatar cambiando a una expresión más seria y preocupada, lo que hizo que la joven de ojos aceitunados viera la gravedad del asunto.
- Sera mejor que vayamos a hablar en privado. – Su rostro se tornó en la misma seriedad, al fin reparo en la presencia de su joven prometida. – Veo que ya conoces a la señorita Asami Sato. – ambos la miraron.
- Nos acabamos de presentar, me estaba ofreciendo pasar a comer algo mientras esperaba a tu regreso. – contesto el hombre de gafas.
- Tengo noticias para ti también, más alegres que las tuyas, la señorita Sato y yo estamos comprometidas en matrimonio. – El militar la vio con cara de confusión. – Cosas de mi padre. – Pronuncio como si eso lo explicara todo.
- En verdad, una disculpa por mi falta de tacto, - se inclinó hacia Asami tomando su mano y besando el dorso de la misma en señal de respeto, - espero sepa tener la paciencia y entereza suficiente para sobrellevar a la comandante, suele ser un poco tozuda y más testaruda que su servidor.
- Baatar, por dios, vas a hacerle creer que soy una mala persona. – entre risas Kuvira trato de excusarse por lo que había dicho el militar. – No le crea eso, por favor.
- Capitán, me temo que tiene razón, pero si no fuera por eso no estaríamos por desposarnos. – sentencio la chica de los ojos esmeralda.
- Enhorabuena. – dijo a modo de felicitación el militar.
- Sera mejor que vayamos al despacho. Asami podrás disponer todo para que tomemos la comida en cuanto terminemos de hablar. – La joven de labios rojos se los mordió por frustración, ella quería saber que eran esas noticias tan urgentes pero tuvo que contenerse y solo asintió a la petición de su prometida.
Entraron a la casa, Asami se separó de ellos para ir a la cocina. Kuvira y el Capitán Baatar se dirigieron al despacho cerrando la puerta una vez entraron.
La joven heredera tomo asiento detrás del gran escritorio y ofreció uno de las sillas en el frente del mismo.
- Veo que estas con suerte. Quién lo diría, hace unas semanas huías de tu casera por no pagar las cuentas a tiempo y ahora, mírate, con ropas caras, una linda casa y una mujer hermosa esperándote en ella. Tu padre te dejo buenas cosas. – Baatar se acomodó en la silla cruzando las piernas.
- El viejo fue tan malo como siempre, lo único bueno que hizo por mí en toda su vida ha sido morir. Al menos ahora espero que descanse en paz, después de todo. – se expresó con tristeza en su voz.
- Sea como sea, tienes una prometida que muchos envidiarían. Es una lástima que tenga que venir a interrumpirles. – Cruzo las manos, entrelazando sus dedos volviendo a la seriedad de antes.
- ¿Qué noticias son las que tienes? – le pregunto la chica de ojos aceitunas.
- La guerra… - suspiro el hombre de los anteojos, - la guerra está por estallar. Se ha obtenido información de que las fuerzas hostiles se están reuniendo en el norte, un grupo al mando del General Iroh partió a su encuentro. Las cosas están muy tensas. – Baatar se acomodó los lentes.
- Me imagino que esta visita, es para que vuelva a reportarme en el cuartel. – con voz apesadumbrada lo interrumpió.
- Me temo que sí. Debemos reportarnos a la brevedad en el norte. Iremos a la retaguardia del General para apoyarlo en caso de que las hostilidades comiencen. Lamento tener que llevarte conmigo. – A modo de disculpa pronuncio esa última parte. – Podemos demorar un poco, quizás a mañana por la tarde. – Como balde de agua fría le cayó encima a Kuvira lo que Baatar le estaba anunciando. Tan poco tiempo, pensó para sí la chica de los ojos aceitunados.
- En ese caso, tendremos fiesta esta noche y espero me des el honor de ser mi padrino a pesar de la premura. – intento sonar alegre pero no salió muy bien.
- Adelante, - respondió el militar, - el honor será el mío. Solo que antes podríamos comer algo, no es por nada, pero muero de hambre.- dijo tratando de romper el yerro y ambos rieron.
Salieron del despacho y tomaron rumbo del comedor, pero antes de llegar Kuvira se detuvo pidiéndole a Baatar que esperara un momento. Salió al patio y allí vio a uno de los chicos que solían merodear la casa grande para hacer los mandados. Hablo con algunos de ellos y volvió a entrar a la casa.
La señorita Asami los esperaba sentada en una de las sillas del comedor, junto a su padre, que había llegado poco después. Kuvira presento a Baatar y se dispusieron a comer. Asami apenas y pudo probar bocado, seguía inquieta y al ver el rostro de su prometida le hizo saber que las cosas no iban muy bien, pues como siempre su ceño se mostraba contraído cuando algo le preocupaba. Casi no hablo, se dedicó a observar como su padre preguntaba de la situación en la capital y sus alrededores.
Su distracción no pasó desapercibida para la joven Kuvira, quien le estrecho una de sus manos, haciéndola salir de sus pensamientos. Había comenzado a amar ese verde en los ojos de la militar, su rostro se notaba preocupado. Trato de sonreír pero le salió más una mueca sin chiste que otra cosa.
- Caballeros, con su permiso, necesito tratar un asunto con mi prometida, así que nos excusaran por un momento. – Kuvira se levantó de su silla y tomando la mano de Asami salieron del comedor y fueron a dar un paseo por el jardín.
Asami podía sentir la tensión que emanada del cuerpo de Kuvira. Estaba tan rígida, tan marcial, probablemente estaba buscando las palabras para decirle pero estas parecían no salir de su boca. Pasaron algunos minutos en silencio. Si ella no tomaba la iniciativa quizás podrían pasar así el resto de la tarde.
- ¿Tan malas son las noticias? – rompió el silencio la joven Asami.
- Mañana debo partir. – Esas tres palabras las soltó de golpe sin medir el impacto que le estaban causando a la chica de los ojos esmeralda.
- ¿Cómo así? – el corazón se le estrujo.
- La guerra no espera… ¿Aun así, ud desea casarse conmigo? A pesar de que tenga que irme mañana mismo. – Kuvira se detuvo tomando ambas manos de su prometida entre las suyas quedando de frente una de la otra.
Se miraron a los ojos, Asami trataba de escudriñar en sus pupilas aceitunadas alguna reacción, solo había amor y genuina preocupación.
- Se ira ud así, sin más, me dejara atrás. – Bajo la vista al suelo.
- Nunca. Nunca la dejaría, pero el deber me llama. Tengo que cumplir con… - Asami coloco un dedo sobre los labios de Kuvira impidiéndole seguir hablando.
- No diga más. Temo que mi egoísmo le pida que no se vaya. Que se quede a mi lado. Que no me abandone. – una lágrima imprudente se asomó en uno de sus ojos.
- Sami… - el mote salió de forma cariñosa, dejando de lado los formalismos, la militar alzo el rostro de su prometida para poder volver a mirar esos hermosos ojos verdes que estaban enrojecidos y acuosos conteniendo el caudal que amenazaba con desbordar. – Casémonos esta noche, deme la felicidad de que sea mi esposa. Compartir con ud lo que podrían ser mis últimos días. – las lágrimas comenzaron a correr por las mejillas de la joven de los labios rojos.
- Lo hare si ud promete regresar a mí. No importa lo que tenga que hacer, deberá volver a mi lado. Prométamelo y cúmplalo. – Asami la tomo por el cuello de su camisa tratando de contener todos esos sentimientos que la estaban rebasando. Kuvira la vio tan adorable, tan frágil y fuerte a la vez, la amaba por sobre todas las cosas.
- Le prometo que regresare. Sin importar nada, yo le prometo que volveré con ud. - Sello la promesa con un beso que deposito en los trémulos labios de la joven. – Me disculpara por tomarme el atrevimiento de mandar por el sacerdote para que oficie la apresurada boda.
Kuvira limpiaba las lágrimas de las mejillas de Asami con sus dedos y esta comenzó a temblar primero y después a reír.
- ¿Estaba ud tan segura de que aceptaría que mando por el cura? – dijo entre risitas.
- Temía que ud me rechazara, pero en el fondo confiaba en que aceptaría al final. – alzo los hombros ante la observación.
Se volvieron a besar.
- Solo asegúrese de salir sana y salva. – Pegaron sus frentes.
- Así lo hare.
- O -
La ceremonia seria sencilla. Las mujeres en la cocina corrieron apresurando todo para hacer una comida para la boda, los hombres se encargaron de matar y aliñar algunos animales para que estuvieran listos para ser cocinados. Las jóvenes muchachas terminaron de arreglar el jardín junto a los mozos de cuadra. Adornaron con flores, dispusieron sillas y mesas para la comilonga, así como un espacio donde las novias se pararían a dar sus votos.
Para la noche todo estaba listo y en su lugar. Tenzin el sacerdote del pueblo había llegado con su numerosa familia, el presidente municipal y su esposa, así como otras personas importantes. Hiroshi vestía sus ropas más opulentas presumiendo su nueva condición como suegro de la dueña de la hacienda. Baatar se había refrescado y arreglado su uniforme para estar presentable. Los tres, Hiroshi, Baatar y Kuvira estaban parados donde se desarrollaría la ceremonia, frente a Tenzin quien vestía su túnica ceremonial.
Kuvira estaba visiblemente nerviosa, eso se podía notar por como no podía mantener las manos y los pies quietos. Baatar se reía de ella y a Hiroshi le irritaba un poco la actitud confianzuda del militar, por lo que se fue de allí a ver porque la tardanza de su hija.
- Por favor, Kuvira, deja de hacer eso, pones nervioso a tu suegro. – entre risas Baatar hablo.
- ¡Oh! – la joven se detuvo para acto seguido volver a reanudar su vaivén, provocando una carcajada más sonora en su compañero.
- ¡Santa madre de Dios! – Exclamo el militar haciendo que Kuvira posara su vista en dirección de donde una muy hermosa Asami venia caminando.
La visión de Asami en un bello vestido blanco, casi le provoco un paro cardiaco a la heredera, era posible que una persona pudiera ser tan condenadamente hermosa. Sus ojos esmeraldas la veían fijamente y se dejó perder en ese campo verde que eran sus pupilas. Al fin dejo salir el aire que había contenido en sus pulmones cuando Asami llego de la mano de su padre hasta donde estaba.
Tan arrebatadoramente guapa en su uniforme militar se le hizo a la hija del administrador, como lucia su prometida y pronto esposa. Su porte recto y estoico se le antojaban tan monos, cualquiera pensaría en que de lindo podría ser eso, pero para ella era la visión más perfecta de galanura y gallardía que alguien pudiera poseer. ¿Así era como había imaginado su boda? Sin duda. Siempre había soñado con desposarse con un hermoso príncipe azul tan valeroso y guapo que le hiciera temblar las piernas y le robara los pensamientos además de los besos. Por instante recordó la imagen de Korra y se sintió culpable.
¿Era una mala persona por estar ahora amando a alguien más? ¿Cuánto tiempo había pasado desde que Korra se había ido y ella volvió a abrir su corazón? No mucho realmente, sabía que nunca olvidaría a Korra y nada en el mundo la haría dejarla de amar, pero Kuvira era una nueva oportunidad de ser feliz, al menos en el poco tiempo que pudiera estar con ella. La tristeza la invadió al recordar el porqué de la premura de la ceremonia. Tan solo un día tendría el gusto de ser amada por esta persona que ahora tenía enfrente.
Hiroshi extendió la mano y le entrego su hija a la joven militar asintiendo con la cabeza. Kuvira la tomo y la acerco a su lado perdiéndose una en los ojos de la otra.
La ceremonia fue corta. Se entregaron los anillos después de que Tenzin dio el discurso acerca del matrimonio y sus obligaciones, el mundo se detuvo para ellas dos. Kuvira tenía el pecho hinchado de felicidad al saberse ahora esposa de esa mujer de la que se había enamorado de forma inusual.
- El tiempo va a destiempo o lo atrapas o se escapara. El tiempo es la conquista que te cobra todo cuando da. Por cada instante que vencí buscando un sentimiento. ¿Qué te parece a ti qué necesito aquí? Sino a ti. Yo te acompaño y sé que me sostienes, ¿caminamos juntas? – La joven Asami pronuncio sus votos al tiempo que ponía la sortija en el dedo de su esposa.
- Por cada instante que me busques tú yo te preguntare, nuestro destino ¿Dónde llegara? Por una vez que tengo tanto que no importa cuánto. Somos nosotras, dos frágiles velas contra mil tornados. No es necesario ni que camine, hasta mis metas logras conducirme, llegaremos juntas hoy. No hay nada que decir, ni nada que pedir, sino a ti. ¿Lo intentamos juntas hoy? – Kuvira hablo en respuesta al voto de Asami, colocando la sortija en su dedo del mismo modo en que ella lo había hecho antes.
- Lo que queda unido hoy ante todos, los ojos del hombre y los ojos de Dios, nadie lo pueda romper jamás. – Tenzin dio la bendición de la unión. – Por la autoridad que me ha sido conferida, las bendigo y las declaro esposas una de la otra. Puede besar a la novia.
Con un poco de nervios Asami recibió el beso de Kuvira. Siendo un toque ligero que la dejo con ganas de que hubiera durado mucho más tiempo. Ambas se volvieron a saludar a las personas que las rodeaban y que celebraban esta unión.
Después de las formalidades de la cena y de compartir con los demás, Kuvira y Asami se retiraron. La joven militar insistió en cargar a su esposa cuando entraran por el umbral de la puerta de la casa, como lo marcaba la tradición, para augurarles un buen matrimonio. Al final la chica de las esmeraldas accedió y cruzo la puerta en los brazos protectores de Kuvira.
El cuarto de la joven militar había sido ya acondicionado con algunas de las pertenencias de la señorita Sato. Allí pasarían su primer y última noche juntas antes de que la chica de ojos aceitunados partiera a la guerra.
La señorita Asami, se estaba cepillando el cabello sentada frente a la cómoda en espera de su ahora esposa quien estaba en el cuarto de aseo refrescándose. Solo que ya había tardad un poco, lo que la ponía sumamente nerviosa. Se vio al espejo contemplando su rostro y sus hombros. Era hermosa, sin duda, y ese juego que había elegido para su noche de bodas la hacía lucir tan apetecible. Sabía que le robaría la cabeza a Kuvira en cuanto la viera.
Un juego de lencería de seda con encaje en combinación de color negro y rojo, muy propio de una cortesana, pero que no estaba de más en esta situación. Se sonrojo de pensar en todo lo que estaba imaginando que sucedería que acelero el paso del cepillo por su cabello.
Al fin Kuvira emergió del cuarto de aseo, con un pantalón verde claro de algodón y una camiseta blanca de tirantes del mismo material, una trenza de lado peinada de forma sencilla. Estaba nerviosa también y eso se dejaba ver por como caminaba con paso apresurado y desviando la mirada para todos lado hasta que esta vino a caer sobre su esposa.
De pronto sintió que todo el aire del mundo se le hacía escaso al ver aquel monumento de mujer allí vestida de la forma más sensual y candente que hubiese visto nunca. Ni todos sus años de entrenamiento militar le ayudaron a que no le temblaran las piernas y sentir que las fuerzas en ellas la abandonaban.
Asami se levantó y avanzo algunos pasos. El corazón de la militar bombeaba a prisa haciendo que el color de su piel se volviera de un tono rojizo.
- Señorita Kuvira, ¿esta ud bien? – su voz sonaba preocupada.
No respondió.
Su cuerpo reacciono antes de que ella pudiera pensar en cualquier cosa. Se vio sosteniendo la cintura de su esposa con sus manos y jalándola hacia sí. La proximidad de sus cuerpos fue como una chispa eléctrica que las recorrió de los pies a la cabeza.
- Me temo que si sigues mordiéndote los labios de esa manera, no dejaras nada para mí. – el sonido de la voz de Kuvira salió más grave de lo que hubiera querido, sentía el deseo comenzar a dominarla.
- En ese caso, más le vale aprovechar el tiempo antes de que me quede sin ellos. – jalo la camiseta de la militar para que pudieran unir sus labios.
El beso fue suave al principio, volviéndose más urgido y profundo cada vez. Las manos de Asami sostenían el rostro de su esposa y las manos de esta se dedicaban a prodigarle caricias a su espalda y cintura recorriéndolas. El calor se hizo presente entre las dos y el aire empezó a escasear en sus pulmones.
Con pesar se separaron.
- Te amo Sami. – deposito un pequeño beso sobre los labios de su esposa.
- Te amo Kuv. – Correspondió el beso y la familiaridad del apodo cariñoso que ahora se dedicaban la una a la otra.
La agarro por sorpresa y la alzo en sus brazos, lo que provoco que un pequeño grito saliera de la boca de ojos esmeralda por el gesto. Camino hasta la cama y con suavidad, como el más preciado y delicado de los tesoros, la deposito encima colocándose a un lado de ella. La contemplo una vez más. ¿Quién podría cansarse de tener una vista tan espectacular como esa? Al menos ella no.
Con su dedo índice se dedicó a recorrer el cuerpo perfecto de Asami. Delineando el perfil de su cara, cuello, su pecho, el cual ahora subía y bajaba más aprisa por el contacto. Dibujo sus pechos de forma sutil al inicio, pero no pudo resistir mucho, su mano actuó por si misma dejándose llevar acunando con la palma todo el contorno ejerciendo presión en él.
La señorita Asami se mordió un dedo para reprimir un gemido que amenazaba con salir. Su respiración estaba agitada. Hundió esa mano en la cabellera de la militar y la atrajo para poder besarla. El labial rojo se esparció por todo el rostro de Kuvira y su cuello, como disfrutaba del toque de esos sensuales labios.
Kuvira exploraba la fina seda que cubría el vientre de Asami y con sus dedos buscaba la forma de poder apartarla para sentir el tacto de la piel nivea de la chica que la besaba con tanta pasión. Se desesperó y sin más jalo rompiendo la delgada tela. Al fin sus dedos pudieron sentir la calidez de esa piel que la volvía loca.
Se separó un poco. Asami pudo ver el deseo en los verdes ojos de Kuvira, la excitación que esta sentía hacia ella, a pesar de eso aguardo como pidiendo permiso para seguir adelante. Asami asintió apartando sus brazos y dejando su cuerpo expuesto para que Kuvira la tomara sin dilaciones. La militar tomo esto como una aprobación, ya no se limitaría más.
A arcadas se colocó encima de su bella esposa y despojándose de la camiseta blanca. La visión de esa piel blanca bronceada por el sol que caía sobre el campo le robo el aliento a ojos esmeralda. Los músculos que se marcaban en su abdomen, hombros y brazos se le hacían tan endemoniadamente incitantes que no pudo evitar perder sus manos en ellos. Se incorporó besando a Kuvira y rodándola con sus brazos y acariciando su fuerte espalda donde enterró sus uñas sin piedad, probando la firmeza de esos músculos.
Sus uñas peregrinaron desde la espalda a las costillas y finalmente llegaron al vientre quedándose en el borde del pantalón de algodón. La piel de Kuvira estaba enrojecida y marcada con pequeños surcos que habían quedado grabados. Tomo esas manos y empujo suavemente a Asami sobre el colchón. Sus pechos inhalaban y exhalaban apresuradamente.
Kuvira termino de rasgar la fina tela de seda del camisón de Asami, pero no cedió tan fácil en el borde. Kuvira se agacho y con los dientes termino de quitarlo del camino. El panorama que se presentó frente a ella era como estar en el paraíso. Unos frágiles y pálidos pechos coronados por una espléndida cereza la recibieron. Con ansias locas fue a por ellas.
Asami se estremeció al sentir el beso sobre su pecho, soltando gemidos cuando la militar pasaba la lengua y los dientes. Su toque era delirante. Nunca en su vida había experimentado esas sensaciones tan descontroladas. Sin pensarlo sus manos tomaron la cabeza de su esposa y la instaron a seguir bajando.
Kuvira interpreto bien el gesto pues comenzó a bajar prodigando besos y lengüetazos por su vientre llegando hasta el umbral de su femineidad. Las manos de la joven heredera asieron la cintura de porcelana y con ayuda de sus dedos, sus dientes despojaron las bragas que impedían seguir más allá.
Prodigo besos por sus piernas y muslos viajando por la ingle de Asami, que estrujaba con sus dedos las sabanas de la cama. Disfrutaba de esa suave piel, del delicioso aroma y deseando probar el sabor de la chica que gemía del placer que estaba recibiendo.
Hundió su cabeza en la entrepierna abriéndose paso con su lengua entre los pliegues del sexo de ojos esmeralda, quien arqueo su espalda al sentir la intromisión. Tanto placer era delirante, era como estar al borde de la locura. Los movimientos le provocaban ondas eléctricas que recorrían su espalda hasta su nuca y la hacían estremecerse. No podría soportarlo más. Todas esas descargas la estaban rebasando, pronto llegaría al límite.
Lo que vino a continuación le hizo estremecerse sobremanera. La militar había introducido sin aviso un par de dedos. Con ritmo pausado entraba y salía de ella. En cada empuje sus gemidos se fueron convirtiendo en gritos de genuino y profundo placer. Estaba ya en la cima de su deseo.
El orgasmo vino de forma violenta sobre ella. Su cuerpo de estremeció desde la punta de su cabello hasta los dedos de sus manos y pies, como si un rayo le hubiera caído encima. Kuvira sostuvo con firmeza sus caderas para que el movimiento no la apartara. Asami cayó sobre la cama cansada, temblando como cuando se tiene frío en invierno. La agitación fue amainando poco a poco.
Kuvira estaba feliz, Asami también.
Atrajo a la joven heredera para regalarle un suave beso. Kuvira se posó a un lado de ella y la chica de las esmeraldas la echó hacia atrás para que quedara bocarriba. Era su turno de disfrutar del cuerpo de la militar.
- Sami. – Kuvira intento protestar, pero Asami la calló colocando su palma sobre su boca.
Se acomodó entre las piernas de la joven de ojos aceituna y se arrojó a comerse a besos su cuello. Estaba dejando marcas rojizas por donde su boca había pasado. Los ojos de Kuvira se habían cerrado dejándose llevar por las sensaciones que le provocaban esos labios rojos que tanto le gustaban. Los dedos de la chica de las esmeraldas jugaban en sus generosos senos masajeando con suavidad al principio para después ser más firmes en su agarre, como probando la elasticidad de los mismos.
Beso su mentón, regalando besos por su mejilla derecha hasta su erótico lunar. Desplazo sus labios hasta el lóbulo de la oreja de la joven militar suspirando pequeños sonidos sensuales que la encendieron. Una de las níveas manos de Asami se perdió dentro de los pantalones de Kuvira.
Pudo sentir el estremecimiento que llego. Los ojos aceitunados se abrieron de par en par y la besaron con rudeza. Sus movimientos se hicieron más rápidos y profundos, sus dedos de porcelana danzaban haciéndola disfrutar más allá de lo que creía posible. Le estorbaba el pantalón, así que como pudo se lo quitó junto con su ropa interior.
Unas fuertes piernas aparecieron y Asami se subió encima de una de ellas, descansando su peso. La sensación a Kuvira le pareció tan exquisita, podía sentir la humedad que había quedado en Asami y como ésta subía y bajaba frotándose. Estaba perdiendo la cabeza. La chica de ojos esmeralda volvió a su tarea. Frotaba el sensible punto de placer de su esposa con la yema de sus dedos instigando a que llegara al tope del orgasmo al mismo tiempo que ella hacía lo propio.
El placer las inundo como una ola que golpea las rocas en la playa, se unieron en un solo y enardecido grito de satisfacción.
Se rindieron a la tranquilidad que viene después de la tempestad. Yacían una junto a la otra concediéndose pequeñas caricias, disfrutando de la calidez de sus cuerpos desnudos. El frio de la noche se dejó sentir y Kuvira las rodeo con la sabana acunando a Asami en sus brazos dejándose ir al mundo de los sueños, pronunciando un te amo en la frente de su esposa que descansaba sobre su pecho.
- O –
La mañana intrusa se coló por la ventana anunciando el inicio de un nuevo día. Los rayos del sol le escocieron los ojos a la joven heredera que despertó dándose cuenta de que su esposa aun dormía plácidamente entre sus brazos. La contempló con amor por un buen rato. Era tan agradable estar así, le dolía tanto tener que partir.
¿Por qué no podía seguir disfrutando de esta felicidad? Ella sabía que no podía faltar a su deber. Se maldijo por eso.
Acaricio la mejilla de Asami quien se despertó al sentir el contacto.
- ¡Buenos días! – Le saludo la joven militar.
Un gruñido recibió por respuesta, lo que le hizo soltar una carcajada.
Agarro su rostro y coloco un pequeño beso en sus labios. Lo que la hizo abrir los ojos y darse cuenta de su alrededor. Las mejillas de Asami se colorearon a un tono carmín al recordar todo lo sucedido la noche anterior y al darse cuenta de su desnudez y todo el labial rojo que cubría la cara y el cuerpo de Kuvira.
La joven heredera reparo en la imagen al verse reflejadas en el espejo de la cómoda. Que hermosa estampa era esa, pensó para sí.
A la luz del día, Asami se veía tan arrebatadoramente hermosa, con su cabello revuelto y su cuerpo desnudo. Sus ojos aceitunados descubrieron las pequeñas marcas que ella había dejado en su cuello y pecho y comenzó a reír por su travesura. La joven de las esmeralda la miro con los ojos entrecerrados al saber el porqué de la risa.
- No reirías tanto si supieras que tú también tienes tu parte. – Dijo señalándole los puntos amoratados que también estaban presentes por la piel bronceada de la militar.
- Lo sé, pero no me importa. Las llevare conmigo como recordatorio de esta noche. De nuestra primera noche juntas. – atrapo sus labios con un beso apasionado al cual Asami se rindió.
Se dejaron llevar de nueva cuenta en un frenesí de besos y caricias deseando que el tiempo no pasase. Que no llegara el terrible momento en que tuvieran que separarse. Solo que el tiempo es algo que no se puede controlar.
No fue sino hasta pasado el mediodía que las dos bajaron al comedor a desayunar o comer, era muy tarde para uno pero muy temprano para lo otro, así que qué más daba. Querían atesorar la mayor cantidad de recuerdos juntas, por lo que no se separaron ni siquiera cuando tomaron el baño. Asami había tallado la fuerte y fornida espalda de Kuvira y sembrado besos por su cuerpo mientras estaban en la bañera.
Hiroshi había salido desde temprano llevando de paseo al compañero de armas de la joven heredera y apenas estaban regresando cuando ellas dos acababan de tomar sus alimentos. Kuvira volvió a subir a su cuarto para alistar sus cosas mientras Baatar llenaba el estómago con la comida de la tarde. Asami la siguió hasta el cuarto y se dedicó a observarla seguir su ritual para vestirse su uniforme.
Sus ojos se llenaron de agua al sentir ya la inminente partida. Se acercó a ayudarla a terminar de acomodar su chaqueta verde pero sus lágrimas eran tantas que lo único que hizo fue mojar el pecho de su esposa. Kuvira alzo su rostro para mirarla.
- Te prometo que pase lo que pase, yo regresare. Volveré a ti. ¿Podrás esperarme hasta entonces? – un dejo de duda le nublo el pensamiento, ojos esmeralda asintió.
- Te esperare todo el tiempo que sea necesario, pero por favor no tardes.
Ambas juntaron sus frentes.
- Te amo Asami Sato.
- Te amo Kuvira.
Se fundieron en un beso húmedo y salado por las lágrimas que las dos derramaban ahora.
La despedida fue tan dolorosa y desgarradora como Asami esperaba. Su corazón quedaba destrozado por la partida de la mujer que apenas unas horas antes la había hecho alcanzar el cielo con sus besos y caricias. La vio allí montada sobre su portentoso caballo negro, luciendo ese uniforme verde que le quedaba tan bien, así que guardo en ella esa imagen de su esposa, despidiéndose y cabalgando hacia el horizonte.
- o –
Espero leer sus impresiones del capítulo. Se me olvidaba mencionar. Debido a que en este mes estoy en mes del Korrasami XDD no ese no, estoy en el mes de la pre auditoría así que casi no tendré tiempo para escribir, por lo que iré actualizando mis historias una vez por semana, los días domingos por la tarde. Tratare de que sea nutrido el asunto, pero si no puedo, una disculpa de antemano. Cuídense.
Saludos.
