Entre el amor y el deber
Disclaimer: Ninguno de los personajes, lugares o nombres aquí mencionados me pertenecen, son propiedad de Nickelodeon, Dante Dimartino y Bryan Konietzko. Basados en la Leyenda de Korra.
NdelA: ¡Nuevo capítulo! Después de algunas semanas sin poder escribir debido a mis ocupaciones laborales, hoy por fin pude darle forma al capítulo para poder publicarlo. No más auditoria hasta el año que viene, al fin poder descansar un rato de reportes y más reportes.
Como se que probablemente allá quien ya quiera leer el capítulo no los entretendré mucho con mi nota, la cual será escueta pero no me olvido de agradecerles por sus hermosos reviews y el que sigan adelante conmigo en este pequeño proyecto, les adelanto que ya estoy trabajando en el Storyboard del que será mi siguiente fic fuerte, un post libro 4. Además de que estoy trabajando en un minific de día de muertos. Nos quedarán uno capítulos más para terminar esta historia y me tomaré un mes para recoger mis otros fics e irles dando continuidad antes de publicar el post libro 4.
Ojala les guste esta actualización y espero alegremente sus comentarios.
– o –
Uno de los guardias se acercó hasta ella moviendola para hacerla reaccionar. Con dificultad recuperó la conciencia y se dio cuenta de lo que había sucedido. Iba a cometer una estupidez, se lamentó por eso. ¿Donde había quedado su cordura? Se preguntó y supo que esta se había ido junto con su esposa lejos de ella. Pero no era tiempo de autocompadecerse, era el momento de tomar cartas en el asunto y hacerlo a su modo. Buscaría a su esposa y a Korra costase lo que costase, lo había dicho, si ella vivía no descartaría hasta acabar con ellas.
Era evidente para la comandante que los guardias locales estaban mal preparados y los hombres que había traído consigo de la capital eran más bien pocos, que no representaban un peso que contara. La guardia de Suyin con el teniente Sao a la cabeza estaba fuera persiguiendo a... Dios sabe a quién por que a Korra no, pues esta se había presentado en la hacienda como si nada. De esa manera no tendría oportunidad.
Tenia que hablar con Suyin y pedirle que aprobara la movilización de su batallón de caballería y quizás un contingente de infantería. Probablemente fuera demasiado, como usar un elefante para aplastar una hormiga, pero quería arrasar con todo a su paso y que no quedara duda de su poderío y capacidad.
Fue hasta la casa Mayor y pidió a una de las sirvientas le ayudara con la herida que Bolin le había hecho en la cabeza. No era muy grande pero si le había hecho un pequeño corte que quizás requiriera un par de puntos, aún sangraba pero no demasiado, ya empezaba a formarse un coágulo pero debía atenderla.
El tiempo en que espero estuvo pensando en cual seria su siguiente paso. Tenía que esperar un reporte del teniente Sao para saber cual era la situación, así que se dirigió al pueblo en cuanto termino la curación. En el camino se cruzó con la comitiva de la familia Beifong que regresaba a descansar después de la noche en vela. Los saludo y siguió de largo sin detenerse prácticamente.
Llego hasta el cuartel del pueblo y pidió informes del teniente Sao, este aún no regresaba de su persecución pero no tardó mucho en tener noticias suyas. Las tropas de la capital arribaron al pueblo poco después de que Kuvira lo hiciera y lo que vio no le agrado para nada.
–¿Qué es lo que sucedió teniente? –En cuanto lo tuvo cerca y desmontó de su caballo lo asedio con el interrogatorio.
–Debemos hablar en privado comandante –Kuvira asintió y los dos entraron al cuartel yendo a la oficina del jefe de la guardia.
La militar tomó asiento en la silla del escritorio y Sao lo hizo frente a ella. El hombre se veía bastante desgastado y maltrecho, su uniforme estaba sucio y no tenía un buen semblante.
–Deme el informe teniente –le ordenó y el tipo se avergonzó por lo que estaba por decir–. ¿Qué es lo que ha pasado?
–Me temo que tengo malas noticias comandante Kuvira, más de la mitad de los hombres han desertado. Caímos en una emboscada en los cerros que están al norte y una bandada de campesinos nos cayó encima. El teniente Mako ofreció misericordia a aquellos que se unieran a él –Kuvira golpeó el escritorio y el tipo trago saliva–, casi todos los que habían estado bajo sus ordenes y las de la jefa de la guardia lo siguieron –se llevó la mano a la cara oprimiendo el puente de su nariz, esto era el colmo de la mala suerte–. A los pocos que quedamos nos dejaron libres pero a cambio debíamos entregarle este mensaje. –El hombre saco una carta y se la entrego a Kuvira quien se apresuró a leerlo.
"Somos inocentes pero nos defenderemos si insisten en perseguirnos y matarnos."
–¡Tonterías! –la comandante arrugó la hoja entre sus manos y la tiró a la basura– Ahora con más razón deberán recibir un castigo, atacar a una cuadrilla del ejército y obligarlos a renunciar para unirse a su bando rebelde es un delito, es traición –exclamó airadamente–. ¿Con cuántos hombres cuenta teniente?
–Apenas un puñado, comandante. Los guardias locales no son una opción si se necesitan para entrar en batalla, solo servirían como carne de cañón. Necesitamos apoyo de la capital –eso era algo que no quería oír, aunque era consciente de las limitaciones.
Se levantó y camino por la oficina de la gendarmeria, meditando con los manos a la espalda.
–Es necesario que reúna a todos aquellos que sean aptos en la plaza principal, partiremos en su búsqueda –al hombre eso no pareció gustarle y enseguida replicó.
–Pero comandante, mis hombres están cansados y desmoralizados, no podemos partir enseguida sin que por lo menos tengan unas horas de sueño –la militar soltó su puño sobre la mesa enérgicamente otra vez y el tipo supo que no había más objeción que hacer.
–No es la primera vez que hacemos esto teniente, ¿cuántas veces no hemos tenido que ir a marchas forzadas durante la guerra? –dijo molesta– Reúnalos de inmediato, quiero saber con exactitud la cantidad de hombres con los que contamos y después decidiré –abrió la puerta para despedirlo y el teniente se levantó, se despidieron y Sao dejo la oficina yendo a buscar al resto de los soldados.
Kuvira salió a la plaza del cuartel y vio la cantidad y calidad de los hombres allí formados. En su mayoría eran guardias locales apenas con la formación básica que Korra les hubiera dado de forma exprés en los días previos, la otra parte, a duras penas 10 soldados del ejército, habían algunos más pero ellos eran la escolta exclusiva de la presidenta y su familia a ellos no los podía tocar sin afectar la seguridad de la presidenta.
Tenía las manos atadas, así no llegaría muy lejos, además de que como le había informado el teniente si los rebeldes se habían refugiado en los cerros del norte difícilmente podría atraparlos allí y sus posibilidades se iban a cero con estos hombres. Le preocupaba la parte de los campesinos uniéndose a Korra y Mako. Si la gente estaba descontenta, tenía un fuerte incentivo para enfrentarlos a pesar de estar en desventaja al ser civiles, armados, pero al fin y al cabo civiles. No quería luchar contra ellos.
Despidió a los hombres enviándolos a descansar, tendría que hacer algo que no le era de su agrado, pero no tenía más opción. Esperar al ejército de la capital la retrasaría y le daría más tiempo a los rebeldes a formar un grupo más grande y más difícil de lidiar.
Fue hasta la cárcel del cuartel con pesar, tendría que hacer un trato con el diablo.
–¡Al fin! –el administrador gruñó en cuanto vio a Kuvira entrar en su celda– ¿Ya capturó a esa maldita india? –La comandante lo miró pero no se inmutó con su pregunta.
–No y me temó que tengo malas noticias para ambos –se llevó las manos detrás de la espalda y se mantuvo en posición de firmes como solía hacer para mantenerse serena–. Korra se ha llevado a Asami –las facciones de Hiroshi se desencajaron y se fue encima de Kuvira arengando el cuello de su casaca.
–¿Cómo demonios pudo permitir eso? ¿Donde rayos estaba usted que dejó que tal cosa pasara? –la militar lo apartó y se limpió la cara pues le había salpicado un poco de saliva en su exabrupto.
–Tiene todo el derecho de reclamarme, fallé en mi papel de protegerla pero ella decidió irse con Korra –dijo con toda seriedad, aunque le dolía como si le estuvieran enterrando un hierro candente en el corazón–. ¡Su hija me ha estado engañando durante todo este tiempo acostándose con esa en mi casa! –perdió la compostura por un instante.
–¡Yo no crié a una cualquiera! –le respondió de forma exaltada–. Mi hija es una mujer intachable que nunca rompería su voto de matrimonio y no le permito que ponga en duda su fidelidad –Kuvira sonrió despectivamente revirandole el comentario.
–Creo que difiero con usted pero eso no importa ahora. Necesito recuperar a mi esposa y hacer pagar a esa maldita asesina por su osadía, por esa razón he venido a verlo querido suegro –el administrador se aliso el bigote como los gatos que se relamen antes de comerse a la presa.
–¿Qué es lo que necesita de mi y qué ganó con eso? –El viejo zorro no cooperaría tan fácilmente y eso lo sabía la militar.
–Quiero un grupo de hombres armados que conozcan la región como la palma de su mano, sobre todo el norte, para atrapar a los rebeldes que se refugian en los cerros y recuperar a Asami. A cambio, saldrá de aquí y seguirá conservando su puesto como administrador a pesar de las tonterías de su hija –puso sobre la mesa sus cartas sin rodeos.
–Puedo hacer eso, pero necesito más de lo que me ofrece. Mi hombre de confianza viene conmigo –señaló en dirección donde se encontraba el teniente a un costado de la celda–, dirigire al grupo armado y quiero matar yo personalmente a esa india, además de lo que ya ha ofrecido y respetará la honra de mi hija, pues se perfectamente que ella no ha cometido ninguna falta –La comandante arrugó el ceño inconforme.
–Lo de su hombre de confianza considerelo hecho, podrá acompañarme en la campaña solo que yo dirigire al grupo junto a mis hombres y si lo desea puede cooperar conmigo pero seré yo quien mate a Korra y eso no es negociable –subrayó tajantemente–, en cuanto a Asami, ese es un asunto que solo nos compete a ella y a mí, pero esté tranquilo, no romperé mi matrimonio con ella.
–Si el resultado final es la muerte de esa india, no me importa que lo haga usted o yo, mientras ella muera. Del grupo, son mis hombres, los dirigire yo y eso tampoco es negociable –extendió la mano para cerrar el trato.
–Entre los dos dirigiremos la cuadrilla entonces –estrecho la mano de su suegro aunque no estaba del todo de acuerdo.
–Esta bien, pero deberá nombrarme de forma oficial –la militar asintió, no le agradaba la idea pero tendría que aguantarlo hasta que llegará la caballería de la capital.
Era un mal necesario, se dijo tratando de convencerse y no arrepentirse de eso.
– o –
Kuvira regreso a la hacienda, tenía que despedir a la familia Beifong y hablar con Suyin antes de que partiera rumbo a la capital. Debía dejar en claro varios temas con ella.
Después de liberar a su suegro, este regreso también a la casa Mayor a darse un aseo para después partir a buscar su cuadrilla de mercenarios, ya había dado las indicaciones al teniente, el hombre de su confianza, para que fuera reuniendolos de inmediato. En su mayoría eran tipos que trabajaban con él haciendo sus fechorías, amedrentando personas, robando y matando a aquel que se atreviera a enfrentarlos. Kuvira intuía la clase de "ayuda" que recibiría de Hiroshi, pero no tenía más opciones por eso mismo no había querido cederle todo el control.
Se encontró a Suyin por el pasillo del patio central de la casa Mayor y le pidió un momento a solas para conversar. Ambas se encerraron en el despacho de Kuvira para tener privacidad y la joven dueña le contó lo que había pasado.
–Y esa es la razón por la que necesito mi escuadrón de caballería y un batallón de infantería –la militar puso al tanto de los acontecimientos a Suyin quien escuchó atenta sin interrumpirla–. Me temó que si los jornaleros se han unido a ellos podrían ser un brote de rebelión que deberá ser sofocado antes de que se haga más grande y tengamos un problema como en el norte.
La matriarca sopesó las palabras de su protegida, sin duda esto podría traer consecuencias graves si no era atendido con prontitud y eso podría empañar el buen desempeño de su gobierno hasta ahora.
–Enviaré un telegrama de inmediato a Lin, sin embargo mover al ejército tomara su tiempo, probablemente una semana o dos –Suyin quería impedir cualquier intento de insurrección ahora que estaba trabajando en traer paz y estabilidad, aunque lamentaba que tuviera que ser de esa forma.
–Me las apañare de mientras tratando de contenerlos con ayuda de Hiroshi y... –Kuvira estaba nerviosa cuando hablaba de Asami y eso no pasó desapercibido para Su– tratare de recuperar a mi esposa.
–¿Korra se ha contactado contigo? ¿Qué es lo que pide a cambio de liberarla? –la militar camino de un lado a otro como era su costumbre para tratar de recuperar el control de sus emociones pues no sabia como abordar ese tema.
–Su, para serte sincera, he sido yo quien la ha corrido de la casa –soltó sin más y la mujer mayor se sorprendió de lo que decía–. Descubrí que tenía una aventura con... Korra.
–¿De qué estás hablando? –Suyin no daba crédito a lo que Kuvira le estaba contando.
–Es una historia larga que no estoy del todo convencida de su veracidad, solo tengo la certeza de que me ha estado engañando con Korra desde que regresamos a la hacienda, tuve un arranque de estupidez y esta mañana... Al verla allí defendiendola con su vida... No pude soportarlo... –la matriarca abrazó a Kuvira acunandola contra su pecho, era la primera vez que la veía en ese estado, ni siquiera cuando ellas dos terminaron la había visto en esas condiciones–. Solo quería morirme... intenté... matarme... –Kuvira sintio vergüenza al decirle eso– No quería... no quiero sentir lo que siento por ella... Te fallé, le perdone la vida a la asesina de tu hijo para saldar mi deuda con ella y estuve a punto de quitarme la mía por ¿desamor, decepción, simple estupidez? Ya ni se porque razón.
Suyin mantuvo su abrazo, sin embargo su cuerpo se estremeció al oír la parte en que Kuvira le confesara que había perdonado la vida de Korra, aspiró el aire a su alrededor para calmarse.
–Se que debería estar enojada contigo. Lo estoy, por lo que hiciste, por intentar matarte por una persona que no vale la pena –tomó su cara entre sus manos haciéndola que posara su mirada en la de ella–, no quiero perderte a ti también –una diminuta lágrima salió de cada uno de sus ojos pistache y besó delicadamente los labios de su protegida–. No soportaría un golpe como ese.
–Lo siento tanto... Tú eres la única persona importante en mi vida que aún está conmigo –se aferró al cuerpo de Suyin como un náufrago a un trozo de madera–. No me dejes otra vez... Te necesito –apenas en un susurro de voz pronunció su pedido casi como una plegaria.
Correspondió el besó que acaba de recibir con otro más cargado de su necesidad de sentirse amada, de que aún tenía alguien que la amara por lo que era y que no la traicionaría ni la abandonaría como Asami lo había hecho. Su corazón comenzó a latir a prisa anticipándose a lo que pasaría a continuación. Se dejó llevar por la desesperanza, por la impotencia y por sus ganas de pagar con la misma moneda a la mujer que amaba.
Con una desesperación que se apoderó de ella fue despojando de sus prendas a la mujer mayor y esta hizo lo mismo con las de Kuvira. Se apoderó de esos labios que conocía tan bien y que hacía algunos años le habían regalado tantos momentos de felicidad. Quería volver a sentir eso que había perdido, el amor.
Ambas se sentían solas, decepcionadas de la vida, traicionadas por las circunstancias y buscaban un refugio en los brazos de la otra.
Pronto la ropa que les estorbaba yacía a un lado lejos de la piel que cubrían hacía unos instantes. Las manos ávidas de Kuvira no perdieron el tiempo y las de Suyin tampoco, la condujo hasta el sofá que había en el despacho y ambas se dejaron caer en él.
Volver a sentir ese cuerpo entre el suyo, tocar esa piel que conocía tan bien y de la que había memorizado cada rincón sensible para hacer estremecer a su amada protectora era un deleite para sus sentidos. Lo recorrió pasando sus dedos por cada curva, cada poro, cada sitio que sabia provocaba la exitación de la mujer mayor.
Como en aquella ocasión en que Kuvira mostrara sus sentimientos hacia Suyin después de la muerte de su esposo y le diera el consuelo y la oportunidad de volver a sentirse amada y deseada, ahora era ella, Kuvira, la que con poderosa vehemencia necesitaba consuelo, deseo y sobre todo saberse valorada y amada por otra persona, pero no cualquier persona, ese era un lugar que solo pertenecía a Su. Quizás ella seria la única que pudiera arrancar de su mente y corazón el amor por Asami.
Sin embargo en sus pensamientos, su mente la había abandonado también, pues esta le traía una y otra vez la imagen de Asami en todo momento. Sentía los besos de Suyin pero no podía dejar de compararlos con los besos dulces y apasionados de su esposa, la piel era suave, pero no era la hermosa piel nivel de Asami, los sonidos de exitación y deseo que surgían de la boca de la mujer mayor, aunque la provocaban no eran los que quería escuchar. Intentó desechar esas ideas, hacer a un lado todas esas comparaciones. Debía olvidar a Asami, aunque sólo fuera por un segundo en los brazos de su antigua amante.
Abrió los ojos y contempló la bella desnudez de Suyin y el arrebol que había en su rostro y en lugar de recordar todas esas veces que había compartido con la mujer mayor en la intimidad, solo podía pensar en lo mucho que anhelaba y deseaba que fuera Asami la que estuviera en su lugar. Hasta su mente la traicionaba. Se mordió los labios obligándose nuevamente a apartar a su esposa de sus pensamientos y solo concentrarse en la mujer hermosa que tenía delante.
Arremetió con más fuerza, haciéndose pasar por un amante deseoso e intenso besando, mordiendo y arañando y exigiendo mayor rudeza de su compañera de amor, Suyin hizo lo que le pidió y la trato con aspereza y hasta con algo de sadismo, pues quería borrar ese fantasma que se interponía entre las dos. Suyin lo sabía desde el primer beso, la primer caricia, supo que no era ella la razón real de ese deseo, pero no le importó, haría lo posible por ayudarla a olvidar.
Conocía a Kuvira mejor de lo que ella misma podía conocerse y sabia que aunque estaban haciendo el amor como si no hubiese un mañana, su protegida estaba pensando en la que era su esposa, muy a su pesar.
Suyin se impuso y Kuvira se dejó amar, pidiéndole entre gemidos que la poseyera, que hiciera lo que quisiera con ella. Las manos de la mujer mayor se apoderaron de su intimidad moviéndose acompasadamente más rápido cada vez siguiendo el ir y venir de sus caderas, entrando y saliendo. Acariciaba la rugosidad interna y haciendo círculos con su pulgar estimulaba la pequeña protuberancia que estaba hinchada por el tacto.
Ahogaba su voz llena de placer en la boca de Su con besos urgentes y sus dedos se oprimían contra su espalda con fuerza. Estaba en el borde.
Como una tormenta que azota la playa, así de intensa llego la culminación. Suyin se bebió su grito de placer como si de una sucubo se tratara, quería guardar ese recuerdo, quería borrar cualquier huella y dejar la suya tan profunda he indeleble que nadie pudiera desterrar sus caricias del cuerpo de su protegida.
La respiración de Kuvira fue regularizandose pero no perdió el tiempo en calmar su cuerpo, de inmediato reclamó el control y ahora devolvía el placer recibido. Atrapó un pezon entre sus labios y la mujer mayor suspiró profundamente al sentir la lengua de su protegida jugando con él. Un pequeño mordisco la hizo respingar ligeramente pero no detuvo a Kuvira.
Hundió sus dedos en la cabellera negra de la militar y esta fue dejando un rastro de saliva y besos por su pecho, su estómago y su abdomen hasta llegar a la antesala entre sus piernas, las cuales abrió para dar paso a la mujer mas joven quien las colocó sobre sus hombros.
El aroma y el gusto no eran iguales a los de Asami, no pudo evitar compararlos y se maldijo por eso. Jugó con su lengua recorriendo los pliegues y el centro sensible, dibujo patrones irregulares de forma lenta para después ir más rápido y de nuevo lento, llevando ese compás al ritmo de los gemidos que sacaba de Suyin. Succionaba y lamia, apretaba los dientes ligeramente para después recompensar con caricias de su lengua.
Se separó un poco pero Suyin le exigió seguir adelante empujando su rostro más profundo entre sus piernas que también ejercieron fuerza en su espalda. Volvió a trabajar con mayor ahínco e introdujo un par de dedos en la lubricada intimidad que hizo arquear la espalda de la mayor, así como una fuerte exclamación de gozo.
Añadió un dedo extra y ahora bombeaba con tres. Las contracciones apretaban sus dedos y Kuvira supo que pronto llegaría el orgasmo. La pelvis de Suyin se movía de forma frenética y los músculos internos ardían por la fricción a pesar de la humedad. Con su mano libre sujeto firmemente la cadera de la mujer mayor para no perder el control.
El orgasmo se derramó sobre sus dedos en un temblor que invadió el cuerpo de Suyin cuando alcanzó el tope, su boca succionó los fluidos y con cuidado lamio estremeciendo ligeramente a su amante cada vez que su lengua rozaba el área extremadamente sensible que era ahora su sexo.
Suyin la atrajó hacia sí abrazando su espalda y presionando su pecho contra el suyo. La de ojos aceitunados repartió pequeños besos por su clavícula y cuello, eso hizo que una risita juguetona escapara de su boca.
La calma que siguió le hizo sentir fatal a la militar. No era esto lo que esperaba, en su interior Asami jamás abandonó sus pensamientos, apareciendo como una sombra detrás de cada caricia.
Aunque le costara admitirlo, Kuvira se sintió vacía. Era consuelo lo que buscaba y aunque Suyin se lo había ofrecido no era suficiente para disminuir su dolor. Amaba a Asami más que a nada en este mundo y tenía que recuperarla, no importaba si tenia que matar a Korra en el proceso, ahora no tenía duda de eso. Nada más valía, aunque Asami no la amara y la odiara por matar a aquella traidora.
En silencio tomó su ropa y comenzó a vestirse. Suyin hizo lo mismo, le dolía ver que a pesar de sus esfuerzos las cosas no serían tan fáciles para recuperar a su preferida. Ella ya no le pertenecía. Se dijo que tal vez era muy pronto y debía darle algo de tiempo para que las cosas se acomodaran.
Una vez que estuvieron vestidas Suyin fue quien rompió el silencio.
–No me arrepiento de nada de lo que ha pasado aquí entre nosotras y no quiero que tú te arrepientas de esto tampoco. Quizás nos apresuramos, pero te daré el tiempo que necesites, solo no olvides que siempre vas a contar conmigo... Te amo Kuvira –se acercó a la militar y colocando su mano en el hombro de ella la deslizó hasta ponerla en la parte posterior de su cabeza y la atrajó hacia sí para darle un beso en la frente–. Esperaré el tiempo que sea necesario por ti y lo sabes.
–Su... Yo... –intentó decir algo, corresponder esos sentimientos, volver a pronunciar esas palabras que en otras tantas ocasiones había dicho solo para ella con entusiasmo, alegría y que había sentido tan reales que le dolía el no poder pronunciarlas ahora.
–No digas nada... –La silenció con otro beso– No te preocupes te daré todo lo que me has pedido, de eso no tengas duda – sostuvo su mano un instante y la dejo libre con un gran dolor en su corazón, queriendo echar en falta la calidez que emanaba de ella.
Abandono la oficina dejando a Kuvira sola, quien se maldijo a sí misma mil veces más por ser incapaz de dejar de amar a Asami y empecinarse en seguir adelante para recuperarla.
– o –
Habían avanzado a todo galope con el par de caballos, Bolin en uno y Korra y Asami en otro, llegaron a las faldas del cerro de San José y de pronto se encontraron rodeados de hombres armados que les impidieron el paso.
–¡Hey ustedes! No pueden pasar –un hombre de barba espesa, vestido con ropas humildes y que empuñaba un viejo fusil, que Korra dudaba funcionara por el estado en que estaba, y un machete en el cinturón fue quien les impidió el paso.
Otros hombres detrás de él aparecieron respaldando sus palabras y Korra y Bolin trataron de mantener su distancia retrocediendo un poco para en cualquier caso salir huyendo del lugar.
–¿Por qué nos impide el pasó? –cuestionó la morena avanzando para ponerse delante de Bolin.
–¿Quienes son ustedes y que buscan aquí? –fue lo que recibió por respuesta.
–Mi nombre es Korra y él es Bolin –señaló a su amigo detrás de ella, a propósito omitió mencionar a Asami que ocultaba si rostro en su espalda.
–¿Korra? –uno de sus compañeros se aproximó a él susurrandole algo al oído– ¿Quién es tu padre? –exigió saber el hombre del fusil viejo.
–Tonraq, él es mi padre –su caballo se movió nervioso–. ¿Nos permitirá pasar para encontrarnos con él?
Otros se acercaron al tipo con el fusil y hablaron en voz baja. Korra estaba lista para emprender la carrera si era necesario para salir de allí, quizo estar prevenida. Uno de ellos dejo el lugar enseguida corriendo para adentrarse por el sendero que iba al cerro.
–Puedes pasar, tu padre y su hermano los esperan, pero ella no –señaló en dirección de Asami–. A menos que se descubra y revele quien es.
–¡Oh vamos hombre! Viene conmigo, es razón suficiente –dijo con impaciencia la morena y el hombre negó con la cabeza–. Trae a mi padre aquí y que él decida –exigió.
–¿Qué tienes que ocultar? –Asami se revolvió en su lugar incómoda ante la insistencia del hombre por saber quien era.
Uno de los hombres armados con machete se acercó a ellos con curiosidad y reconoció a la chica de ojos esmeralda cuando está lo miró.
–Es la esposa de la patrona de la hacienda Mayor –exclamó en voz alta haciendo que los demás se escandalizaran.
–¿Cómo te atreves a traer a la hija del administrador? –apunto con su fusil a la morena– Con menos razón podemos dejarte pasar si la llevas –los demás estuvieron de acuerdo y se avistaron a las armas haciendo que Bolin y Korra se replegaran uno junto al otro protegiendo a Asami.
–Bajo ningún motivo la voy a dejar –advirtió la morena– aunque me amenaces, ella no tiene la culpa de ser hija de su padre.
–A menos que planees pedir un rescate por ella o hacerla pagar por los delitos del administrador, no podemos permitirte pasar –el tipo avanzó hacia ellas de forma intimidante.
Korra lamentó no traer consigo un arma, pero dudaba que aún con ella pudiera enfrentarlos sin salir herida y exponiendo innecesariamente a su rayo de luna.
–¿Qué rayos es lo que sucede? –Mako había llegado cabalgando y se interpuso entre ellos en lo que parecía una clara afrenta– ¿Creí haber sido muy claro contigo Bolin de que permanecieran en San José? –reprendió a su hermano en cuanto lo vio.
–Ya sé, pero Korra... –intentó justificarse el chico pero se calló cuando su hermano lo miró de forma acusadora.
–Ningún pero Bolin, pudieron haberlos agarrado y todo esto valer madre –fue allí cuando reparó en la presencia detrás de Korra–, y encima traen con ustedes a Asami –dijo molesto.
–¡Hija! –el capataz apareció también montando su caballo– ¿Donde te habías metido? He estado preocupado buscándote –bajo del animal yendo a abrazar a su hija quien también desmontó el suyo junto a ojos esmeralda–. ¿Señorita Asami? –pronunció al ver a la chica.
Asami saludó tímidamente al hombreton y se encogió de hombros, este se golpeó la frente, era claro que Korra no iba a renunciar nunca a Asami y por eso había desaparecido para ir a buscarla.
–¿Qué significa todo esto? ¿Quienes son estos hombres? –quizo saber la morena.
–Es obvio que tenemos que ponerte al día, debemos hablar pero no aquí, vayamos al campamento –respondió Tonraq pidiendo a su hija seguirlo–, y usted también señorita –se dirigió a Asami dándo el permiso para que ella pasara–, vamos.
Los hombres armados lo miraron con algo de recelo pero los dejaron seguir adelante, era evidente que la idea no les agradaba nada pero no objetarian al ex capataz.
Las ruinas de una vieja casona servían de base para un campamento improvisado enmedio de la zona boscosa de un gran cerro. El lugar estaba lleno de personas que iban y venían, la mayoría eran mujeres y niños, algunos hombres que de forma rudimentaria llevaban algún tipo de arma o algo que podía pasar por tal, todo eso sorprendió a Korra y sobre todo a Asami. Tonraq se llevó a la chica de ojos esmeralda aparte instalandola en una tienda. Le pidió esperar allí hasta que ellos pudieran hablar y ver la forma en que actuarían. Aunque Korra no quería separarse de Asami debía averiguar que es lo que pasaba y de donde habían salido todas esas personas. La dejaron allí al cuidado de una anciana que le pidió ayudarla a cuidar unos niños que jugaban por allí.
La morena se sintió regresar a los días en que estuvo luchando contra los revueltistas, solo que ahora estaba de su lado del campo. Temía que si Kuvira obtenía el apoyo de Suyin, lo cual era seguro, el ejército aplastaría sin ningún problema a toda esta gente.
–¿Qué hacen todas estas personas aquí? –aunque no quería escuchar la respuesta era necesario que se lo dijeran.
–En su mayoría son campesinos y sus familias que están cansados de la vida, de esta región y algunos de regiones cercanas –Korra negaba oponiéndose a lo que estaba escuchando de boca de Mako–. Nos aceptaron con ellos si los ayudabamos a luchar por su causa.
–Estas loco Mako, estas gentes no serán más que una mancha de sangre en el uniforme de la comandante –la chica se fue sobre el hermano mayor–, acabarán con todos.
–No si evitamos que el grueso de sus tropas lleguen aquí –le regresó el chico–. Tenemos ventaja táctica, el terreno nos ayuda, ellos no lo conocen y estas personas y nosotros si. Al menos podemos detenerlos lo suficiente para negociar mejores condiciones para ellos.
–Eres muy ingenuo si piensas que la presidenta se pondrá a negociar –Korra caminaba de un lado para otro impaciente–. Ella solo los verá como revueltistas aunque no lo sean.
–Pero esta gente es la que la ayudo a subir al poder –la refutó.
–No Mako, no fue esta gente, fuimos nosotros, el ejército, los ricos y poderosos que la apoyaron para quitar un gobierno decadente que ya no los beneficiaba –exclamó exaltada– y usaron la excusa de luchar por los que menos tienen.
–Pero... –el chico ya no sabia que decir.
–No hay peros Mako, la única forma es hacer que su ejército no llegue hasta aquí, en eso tienes razón, pero hay que llamar la atención de la presidenta de algún modo para hacer algún tipo de trato para ayudarlos realmente y no veo como se pueda hacer eso –dijo molesta, en esas condiciones no había mucho que hacer–. ¿Qué es lo que piden?
–Que sus tierras les sean devueltas, que se haga justicia por todas las vejaciones que han sufrido –su padre se unió a ellos en la discusión–. Muchos de ellos han sido perjudicados por la avaricia de Hiroshi Sato.
–Entonces lo que hay que hacer es acabar con él –habló por fin Bolin interviniendo en la discusión.
–No es tan sencillo, al parecer la comandante lo había detenido en el cuartel, pero nos acabamos de enterar que lo liberó y ahora está reuniendo un grupo de sus ladrones y asesinos para buscarnos –la morena sopesó las palabras de su padre, la comandante debía estar muy mal parada para optar por él.
–Kuvira debe estar muy desesperada para pedir su ayuda. Quizás tengamos un chance –pronunció Korra de forma tentativa–. ¿Con cuanta gente contamos para combatir?
–Apenas unos cientos con esfuerzos, pero no tenemos armas apropiadas ni suficientes –eso sería un problema pensó la morena a lo que Mako le dijo–, sin embargo hemos pensado que podríamos tomar el armamento que hay en la plaza de San Martin, no sería un gran problema –conocía el lugar, era la armería que abastecía a la zona y seguramente tendría lo que necesitarán para comenzar su pelea.
–Hacer eso es un camino sin retorno –Korra había meditado la situación, así que extendió la mano delante de ella– pero creo que hace mucho pasamos el punto de regreso –dijo con una sonrisa algo triste.
Los tres amigos unieron sus manos y Tonraq también los siguió.
–Es tiempo de poner manos a la obra –Bolin dijo alegre ante la posibilidad de que la suerte pudiera sonreirles.
– o –
Los Beifong estaban listos para partir esa misma tarde, Suyin confiaba en llegar a la ciudad más cercana antes de que oscureciera y de allí tomar el recién construido tren a la capital, de ese modo estarían al amanecer en casa. Estaba profundamente preocupada por su protegida, la situación en la que se encontraba y lo mucho que estaba padeciendo. Trataría de darle su apoyo incondicional lo mejor que pudiera aunque las cosas entre ellas no funcionaran.
Opal se negaba a irse, madre he hija discutian airadamente acerca de eso, ninguna de las dos cedía terreno.
–Esto es la cosa menos sensata que has hecho hasta ahora y mira que has hecho cosas irresponsables antes –le reprochó Su–. No veo la necesidad de que tengas que quedarte –Opal cruzó los brazos poniendo mala cara.
–Si lo hago es para cerciorarme que Kuvira no cometa una injusticia con Korra –su madre frunció el ceño–, porque se que ella es inocente –la cólera invadió a Suyin al ver a su hija defender a aquella asesina.
–Te estas engañando hija, estas dejando que tu amor por esa mujer te ciegue –no quería hablar de esto por qué no le atañia a ella pero tenía que quitar la venda de los ojos de su pequeña–. Tienes que saber que la razón por la cual tu hermano murió fue porque descubrió el affaire que Korra tenía con la esposa de Kuvira –le soltó sin anestesia esperando que de ese modo entrara en razón.
Las facciones de Opal fueron cambiando, escuchar eso la había dejado anonadada. Creía saber como era la morena y el nivel de confianza que habían logrado establecer para volverse íntimas amigas aunque ella siempre deseo que hubiera algo más que solo coqueteos ocasionales y besos fugaces.
–Bueno madre, eso solo me dice una cosa y es que la esposa de Kuvira es una mujer de pocos escrúpulos por dejarse seducir por Korra, quien seguramente solo buscaba diversión por un rato –se lamentó de escuchar eso de boca de Opal.
–¿Niña es que acaso no entiendes razones? –exclamó con exasperación.
–No madre, no creeré ninguna razón hasta no tener la oportunidad de hablar con Korra y que ella me expliqué que es lo que pasó –la necedad de su hija no tenía límites–. No creeré en lo que usted y Kuvira me digan porque se que pueden mentirme como ya lo han hecho antes ocultando lo que pasaba entre ustedes dos –Suyin paso saliva pesadamente.
–¿Desde cuándo lo sabes? –la interrogó.
–Desde siempre –contestó con seguridad compitiendo con su madre en las miradas–, pero no pude confirmarlo hasta que las vi un día siendo algo más que solo cariñosas –la chica dejo salir el resentimiento que guardaba hacia su madre–. ¡Ni siquiera esperaste a que el cuerpo de papá se enfriara cuando metiste en tu cama a alguien más! –se había contenido por tanto a años callando lo que sentía y se alivió al por fin poder externar su enojo.
–Así no sucedieron las cosas –un agudo dolor se instaló en el corazón de la matriarca al ver el rencor en los ojos de Opal–, y no tengo porque darte explicaciones por ello –recobró la compostura para evitar que le siguiera reprochando–, sin embargo lo haré. Como bien dices tu padre ya había fallecido, jamás le falté al respeto y si fui reservada al respecto de mi relación con Kuvira fue por ustedes, mis hijos, y lo complicado que podía llegar a ser y... Fue esa misma razón la que nos hizo separarnos.
El silencio se plantó entre las dos.
–Lamento que lo de ustedes haya terminado así, pero fue tu decisión –dijo hablando de forma sincera– y espero entiendas que yo no me daré por vencida y quiero que respetes mi decisión –Suyin bajo los brazos aceptando las palabras de la chica.
–De acuerdo, es tiempo que cometas tus propios errores y espero sepas asumir las consecuencias de tus actos –sentenció y dio por terminada la discusión.
Opal celebró el haberse salido con la suya, ahora tenía que asegurarse de que Kuvira no se atreviera a tocar a Korra antes de que ella pudiera aclarar las cosas.
Un par de guardias fue a buscarlas para acompañarlas hasta el carruaje donde Kuvira ya esperaba junto a los otros hijos de la matriarca.
A la joven dueña le sorprendió un poco al no ver a Opal lista para el viaje pero se imaginó que la chica no los acompañaría por el momento, no mientras Korra anduviera por allí. Se rió pensando en lo mal que terminaría cuando se diera cuenta de la verdad.
–¿Señorita Opal, no hará el viaje de regreso con su familia? –preguntó en cuanto las tuvo cerca.
–No, no lo haré –hablo despectivamente–. Me quedaré por aquí.
–Solo espero que no se lleve un chasco –le devolvió con una risa socarrona.
–Espero que no sea así o de lo contrario tú serás la que se lo llevé peor que yo –le respondió y se giró para despedir a su madre.
Suyin le pidió con la mirada que dejará el tema por la paz y Kuvira no siguió la discusión. La matriarca beso a su hija en la mejilla y le deseo suerte, después fue con la militar antes de subir a su carruaje.
–Cuida de mi hija –le pidió y la joven dueña asintió–. Se paciente con ella, sabes como puede llegar a ser de testaruda.
–No te preocupes –dijo tratando de quitarle importancia–, esta vez no permitiré que nadie siga dañando a tu familia.
La matriarca abrazó a su protegida y antes de separarse deposito un beso en sus labios. Opal simplemente ignoró el gesto mirando a otro lado. Kuvira se sorprendió por la muestra de afecto pues nunca antes habían cruzado esa línea en presencia de los hijos de la mujer mayor.
–Esta es tu familia también –acarició su rostro y sostuvo sus manos entre las suyas–, tú eres mi familia.
La militar aceptó las palabras de su mentora jurando honrarlas hasta su último aliento.
Los carruajes partieron con la escolta dejando atrás la hacienda Mayor. Ahora Kuvira se concentraría en seguir adelante en su búsqueda.
Al día siguiente muy temprano Hiroshi se presentó ante ella, tenía listo a su escuadrón de mercenarios y esperaban ordenes para avanzar. Reunió a las tropas que aún le quedaban y su contingente sumo unos 80 hombres, nada mal para empezar las pesquisas.
–¿A donde es que iremos? –el administrador quiso saber.
–Al último lugar donde los rebeldes fueron vistos, iremos al norte –hizo una pausa ordenando sus pensamientos– pero antes daremos una visita a San Martin a la armería del ejército, algo me dice que mis ex soldados querrán hacerse de ese arsenal y no puedo permitir eso –dio las ordenes y pronto el grupo armado partió del pueblo.
– o –
Bueno, cuentenme ¿qué les ha parecido?
