Entre el amor y el deber

Disclaimer: Ninguno de los personajes, lugares o nombres aquí mencionados me pertenecen, son propiedad de Nickelodeon, Dante Dimartino y Bryan Konietzko. Basados en la Leyenda de Korra.

NdelA: Este es el capítulo previo a la confrontación final. Todas las piezas se han movido y están en sus posiciones. Es tiempo de hacer pagar a Hiroshi.

— o —

Como Kuvira lo había supuesto, Korra había enviado a la hacienda a aquellos que no podían pelear para mantenerlos a salvo de la lucha. Para cuando Opal arribó con los soldados, ya estaban instalados una buena cantidad de personas en la casa Mayor. El lugar parecía sobrepasado. En el amplio patio exterior ya había algunas tiendas levantadas y los empleados de la hacienda ayudaban a las personas a encontrar un sitio donde quedarse. Encontró un poco de resistencia por parte de ciertos hombres que hacían las veces de guardianes pero estos se cortaron en cuanto vieron a los soldados que venían con ella.

—Soy Opal Beifong —se presentó frente a ellos—, estoy aquí en nombre de Kuvira Earth dueña de esta hacienda y las tierras alrededor. Ella les envía esta protección en caso de que Hiroshi Sato logre llegar hasta aquí.

La gente se arremolinaba a su alrededor para ver al grupo de militares que venían con ella. Tal barullo llegó hasta oídos de Asami que de inmediato salió a recibirlos con Malika siguiéndola detrás. Cuando cruzaron miradas la aún esposa de la dueña de la hacienda pudo sentir toda la hostilidad que emanaba de esos ojos verdes. Sin duda no era la persona favorita de Opal y podía entender porque, la chica estaría enterada ya de su relación con Korra.

Se apeó del caballo en que viajaba y fue directo hacia Asami.

—Debo hablar contigo en privado —le dijo con bastante desprecio en su voz, ella aceptó y se hizo a un lado para permitirle pasar aunque no tenía mucho ánimo de hablar con la chica Beifong.

Antes de entrar a la casa, se volteo y hablándole al militar a cargo le indicó que tenían carta libre para asegurar el lugar.

Caminaron al interior de la casa y Opal se dirigió al despacho de Kuvira, como lo supuso, este era de los pocos sitios que no habían sido invadidos por todo aquella cantidad de gente. Entró sin esperar a Asami. Una vez que estuvieron a solas, la chica de pálida piel le pidió a Malika aguardará afuera en lo que hablaba con la señorita. No muy convencida la niña aceptó esperar después de mucho rogarle, se había tomado en serio las palabras de Korra de cuidar a Asami.

—¿Cómo está Kuvira? —fue lo primero que quiso saber Asami y Opal bufó con enfado ante la pregunta.

—¿Realmente te interesa saber? —se cruzó de brazos con desafiante y mala actitud—. En verdad no puedo creer que hayas traicionado a tu esposa de esa manera —soltó como una navaja con la intención de herir.

—¿Cómo está Kuvira? —volvió a repetir molesta Asami por la manera en que la otra chica le hablaba.

Si bien no habían tenido una buena relación, se había limitado a ignorarse la mayor parte del tiempo en que Opal permaneció en la hacienda con su madre. No tenía duda de que ella estaba enojada a causa de lo suyo con Korra.

—Si tanto te interesa saber —Opal no relajó su posé, se mantuvo hostil hacia la otra mujer—, ella está cometiendo la mayor locura de su vida por ti —de entre sus ropas sacó una carta que le entregó—. Esto es tuyo.

Asami se quedó con las palabras en la boca, quiera preguntarle a qué se refería con lo que decía pero lo dejo de lado agarrando con apremio la carta delante de ella. Quiso romper el sobre y leer con avidez su contenido pero no quería hacerlo frente a la mujer Beifong así que sólo se limitó a esperar a que esta se fuera. Opal entendió la indirecta aunque no hizo el intento de moverse.

—Solo espero que sepas apreciar lo que Kuvira está haciendo —entre cerró los ojos culpándola con ellos—, y también que si elegiste a Korra sobre ella no te arrepientas de tu decisión.

—¿De cuando acá te has vuelto la defensora de Kuvira? —no habría querido responderle pero no iba permitir que esa Beifong le recriminara nada acerca de su vida.

—Desde el momento en que sus decisiones afectan a mi familia también —dijo de forma agresiva.

—Todo esto es por Korra, ¿no es así? —Asami arremetió contra ella yendo directo a lo que sabía le dolería a la chica—. Estas enojada porque ahora estamos juntas.

—Eso es algo que a ti no te incumbe —dio un paso al frente plantandole cara a pesar de la diferencia de estaturas, sólo que Asami no retrocedió, por el contrario se mantuvo firme en su lugar no dejándose intimidar—. Lo que haga o deje de hacer Korra no me interesa, soy una Beifong y si quiero puedo tener a quien yo desee a mi pies.

—Menos a Korra —se burló de ella y pareció que Opal perdería el control abofeteándola pero en lugar de eso volvió a arremeter verbalmente.

—Si, tal vez o tal vez no, o tal vez si lo deseo puedo tener a Kuvira a mis pies o a las dos si me lo propongo —dijo colocando un dedo en su mentón como sopesando la idea—. Si mi madre pudo acostarse con tu esposa, ¿que no podría hacer una versión más joven de ella? —alzó una ceja retándola pero no esperó una respuesta se echó a andar rumbo a la puerta, de esa forma la dejó temblando de rabia mientras salía del despacho—. Lo que una Beifong quiere, es lo que una Beifong obtiene —finalizó antes de cerrar la puerta.

Asami apretó con fuerza sus puños y arrugó la carta que tenía entre sus manos. No pudo evitarlo. Le hervía la sangre con la arrogancia de esa chica. Antes se había sentido celosa de ella por Korra, ahora no sabía si volvía a sentir eso mismo por la morena o por Kuvira. Trató de desechar esa idea. Confiaba en que Korra no caería en sus provocaciones, pero no sabía si Kuvira lo haría. Un dolor se presentó en su corazón al imaginarse a Kuvira de esa manera. Aún tenía fresca la herida por lo sucedido con Suyin y aunque no quisiera admitirlo del todo, eso la había orillado a irse con Korra. Quiso disipar sus pensamientos y centró su atención a la misiva. Con cuidado abrió el sobre y se dispuso a leer el contenido.

Reconoció la pulcra caligrafía de su aún esposa y no pudo evitar sentir nostalgia por todas esas cartas que se habían enviado mientras ella estaba lejos peleando en la guerra. Siempre tenía miedo de abrirlas y descubrir que esa sería la última que recibiera antes de que le informarán de su deceso en el campo de batalla. Podía sentir su corazón latir violentamente pensando en que está fuera esa ocasión. Cualquier cosa menos eso, pensó. No podría soportar su muerte aún cuando no estuvieran juntas ahora. ¿Tan fuerte era el sentimiento hacia ella? No podía negar que la amaba a pesar de todo.

"Sami"

Así iniciaba la carta, leer el mote cariñoso que Kuvira le diera hizo que se formara un nudo en su garganta.

"Probablemente cuando leas esta carta estaré luchando contra tu padre. He hecho todo cuanto he podido para resarcir mi error. Debo confesarte que me resulta doloroso el saber que estás con Korra y aunque no quiero aceptar esa realidad no me opondré a tu decisión. Cómo te lo dije cuando te conocí, nunca te obligaría a nada que tú no quisieras. Es por eso que debo pedirte perdón, quizás esta sea mi única oportunidad de hacerlo si es que no sobrevivo, pues me perdí en mi camino, me cegué por completo y me convertí en una versión detestable de mi misma. En consecuencia de esto, te libero de tu obligación conmigo, de nuestro matrimonio,si muero serás libre para estar con Korra, si sobrevivo respetaré este acuerdo y te daré el divorcio. Lamento las cosas malas que te hice pasar por mi necedad y mi sinrazón y espero puedas sólo recordarme algún día por el breve lapso en que realmente logre hacerte feliz. Te amo y creo que eso jamás va a cambiar.

Siempre tuya

Kuvira"

Unas gotas cayeron sobre el papel humedeciendolo y provocando que la tinta se corriera ligeramente. Había comenzado a llorar y ahora no podía parar de hacerlo. Se quedó así durante un tiempo en el que sólo sus gimoteos y sus lágrimas cubrían su rostro. Sus piernas no la soportaron más y cayó al suelo sentándose, dejo que los minutos pasaran y sólo se entregó a la tristeza que sentía.

La pequeña Beifong había dejado la casa Mayor acompañada de una escolta de cinco centinelas que la acompañaron al pueblo. Debía enviar un telegrama urgente a su madre para informarle la situación y ponerla sobre aviso de las intenciones de Iroh y la nueva postura de Kuvira. Todo esto sin que los hombres de Iroh indagaran en el contenido del telegrama.

Hizo las diligencias pero no se podía quitar de encima la discusión con Asami. Le había insinuado o más bien le había dicho que podía hacer caer a Kuvira en sus redes si ella lo quería así, sin embargo eso rebasaba más allá de su sistema. Desde toda la vida había sentido algo de odio y antipatía por la militar y ciertamente eso no iba a cambiar de un día para otro. Era sólo que podría hacerlo solo para fastidiarla por haberle quitado a Korra. Era capaz de hacerlo por esa razón. Sólo estaba el hecho de que su madre no se lo perdonaría, aunque como Kuvira había dicho la relación con ella se había terminado.

Desecho la idea. Kuvira y ella no tenían la mejor relación, más bien se odiaban mutuamente y sólo las circunstancias las habían llevado a aliarse en ese momento. Siguió haciendo lo suyo y procuro no volver a pensar en eso.

Al final el mensaje para su madre quedó así:

"Madre me quedaré con Kuvira por un tiempo indefinido. Tiempos complicados vienen. Confía en nosotras. Me encantaría ver a tía Lin."

No podía decir más y ya con lo que escribía se estaba arriesgando. Esperaba que Suyin entendiera el mensaje y enviará a su tía Lin con ella. La iban a necesitar.

Regreso a la hacienda y se encontró con la noticia de que Asami había intentado marchar al campo de batalla pero los guardias la habían detenido y llevado al interior de la casa confinandola en una habitación. Kuvira realmente conocía a su esposa, había contemplado que algo así podía ocurrir y se aseguró de que los soldados tuvieran la instrucción de evitar que ella abandonará el lugar si estaba en él. Opal no se sorprendió mucho, desconocía el contenido de la carta que le había entregado pero podía intuir su contenido por la plática que había tenido con la comandante.

De mala gana fue a hablar con Asami para hacerla entrar en razón.

—¿Qué diablos planeas hacer? —le espetó en cuanto entró a la habitación donde la habían retenido, su cuarto privado—. Echarás a perder todo el esfuerzo de Kuvira con tu tontería.

—Estoy harta de tener que quedarme atrás de que Kuvira o Korra pongan su vida en riesgo por mi y yo no pueda hacer nada —respondió indignada por el tono que Opal había usado.

—Pues, ¡oh sorpresa! No puedes hacer nada en este instante —le devolvió sarcástica—. Si por mi fuera te dejaría ir y que te maten, pero tienes suerte de que no sea yo quien diera la orden sino Kuvira. Así que deja de hacer berrinche y quédate aquí.

En cierto nivel podía entender su frustración, pues ella misma le habría gustado participar en la batalla, pero no había seguido la carrera de las armas como algunos de sus hermanos y la realidad era que sólo estorbaría. Así que debía hacer otra cosa en lo que fuera útil. Rodó los ojos al ver a Asami tan impotente y se mostró ligeramente empática.

—Mira, se lo horrible que es ese sentimiento de frustración —el cambio en su tono hizo que Asami se mostrara escéptica con sus palabras—. El que quieras hacer algo y no puedas porque no estás capacitada para ello. Aunque quieras no serías de ayuda y te convertirías en una carga, es mejor si te quedas y ayudas a las personas que están aquí. Por lo que se eres buena enfermera y la voz de mando de esta casa, bueno entonces aporta de esa manera.

Eso no era lo que Asami esperaba pero debía darle la razón a Opal. Iba a ayudar en la forma que ella sabía y podía. Espero unos minutos y ya más calmada le pidió a la chica salir para terminar de disponer todo lo necesario en la casa para atender a todas esa personas que habían llegado y podían llegar.

La pequeña Beifong se quedó a su lado para vigilarla y pronto se vio ayudándola a organizar el improvisado nuevo campamento.

La tropa de caballería del ejército era la adquisición que deseaba Hiroshi para poder cargar contra Korra, su padre y la bola de campesinos mugrosos que le estaban dando dolor de cabeza. No le había costado demasiado convencer al teniente al mando una vez que le informó del deceso de su comandante. Estaban deseosos de vengar su muerte. Era una cosa afortunada el que todos ellos estimaran en demasía a su nuera. No dudaron ni un segundo en unirse a él.

Tenía el conocimiento de su llegada gracias a Kuvira y aunque su plan no había salido del todo como lo tenía previsto, pues no logró recuperar a su hija, estaba casi seguro que los campesinos se encargarían de su nuera a causa de él. Confiaba en su sed de revancha y en qué Korra no la dejaría vivir ya que la tenía en sus manos.

Pero los días pasaron y parecía que nada sucedía. Los campesinos le daban pelea y sus hombres no podían hacer la gran cosa únicamente mantenerse casi imbatibles en el cuartel del que se habían adueñado. Aparentemente Korra había sido dadivosa y no había acabado con Kuvira. Sospechaba que su hija había intervenido por ella. Así que en cuanto tuvo noticias de la proximidad de la caballería fue a su encuentro.

Así es como ahora marchaba con ellos para de una vez por todas acabar con esa escoria molesta. Su primer objetivo, acabar con la resistencia que lo había mantenido acuartelado. Quería la cabeza del maldito capataz.

Por su parte Tonraq había sido prevenido del avance de Hiroshi y los soldados y había enviado a un mensajero a notificar a su hija y a Mako para que movilizaran a la gente y enviaran refuerzos para socorrerlos. Esperaba poder contenerlos el tiempo suficiente para que la gran mayoría lograra ponerse a salvo.

El antiguo capataz de la hacienda había decidido tender una emboscada a los soldados y se ubicaron en uno de los pasos obligatorios por donde tendrían que andar para llegar a San José. No disponía de la cantidad de hombres necesarios, eran apenas un ciento que en condiciones normales no presentarían batalla y fácilmente serían descartados. Sin embargo aprovecharían lo accidentado del suelo para que esté les sirviera a su favor y poder ser más que sólo una molestia.

Colocó francotiradores en las partes altas e incluso trepados en las ramas de los árboles. Un par de morteros que habían confiscado en su redada al cuartel tenían su mira sobre el camino. Así como varios hombres armados con revólveres y escopetas ocultos entre los arbustos. Los que no poseían armas de fuego los había reservado para atacar cuando lograrán pasar los primeros obstáculos. Guardaba un par de trucos en caso de ser necesarios si es que aún con todo eso no lograba detenerlos, que era lo más seguro, y con ellos detenerlos para emprender la retirada con los que quedarán.

No tuvieron que esperar mucho.

La caballería llegó. Se veían realmente imponentes montados sobre sus corceles, uniformados, armados y en formación marcial que más de uno de los jornaleros rebeldes tragó saliva pensando que está sería la última vez que verían la luz del sol. Tonraq pudo percibir el miedo en los ojos de sus compañeros, el mismo sintió el temor, pero no dejó que este ganará la partida y con su voz los llamó a no dejarse dominar por el miedo.

—Ellos sangran igual que nosotros —se dirigió a los presentes—, podrán ser muchos pero esta es nuestra tierra, estos son nuestros caminos, nadie los conoce mejor que nosotros y no pasarán de este lugar.

Los que estaban con él parecieron inflamarse con sus palabras y dejar de lado sus temores.

—Vamos a mostrarle a ese maldito Sato que no puede seguir jodiéndonos —alzo la voz y los otros exclamaron dándole la razón—, le vas a mostrar lo que es el terror de verdad.

Entre vítores y aclamaciones se lanzaron al ataque en cuanto los tuvieron a distancia.

Las primeras ráfagas de balas llegaron sin saber de donde. Rápidamente se replegaron para salir de la línea de fuego retrocediendo algunos pasos sin embargo con la sorpresa los que iban al frente de la línea habían sido abatidos, una decena de hombres y caballos yacían muertos o heridos. El teniente Pai Lee ordenó a la artillería montada colocar algunas metralletas para servir de cortina de protección y disparar a discreción los fusileros para impedir que siguieran asediandolos.

Organizó una formación en niveles y con la protección de las metralletas disparando a las laderas del paso avanzaron seguros hacia el frente. La ráfaga fue más de lo que podían soportar, pronto se vieron superados y los francotiradores dejaron de disparar. Las metralletas reanudaron sus disparos ahora dirigiéndose a los lados del camino, haciendo los árboles donde los fusileros de la caballería apuntaban sus armas para abrirse paso.

Uno a uno fueron cayendo muertos, pero eran más numerosas las bajas del lado rebelde. No pudieron aguantar mucho más. Hiroshi se mantenía en la retaguardia resguardado por su escolta personal de mercenarios que no habían tenido la necesidad de participar en la batalla pues la caballería no se los había permitido además de que no les hacía falta. Para su satisfacción podía ver desde su posición como los soldados iban barriendo con todos esos malditos jornaleros.

La caballería volvió a reagruparse después de haber acabado con la primer resistencia y ahora esperaban el contraataque.

Tonraq sabía que no podía resistir mucho más tiempo. Habían deshecho sus primeras líneas como si hubieran aplastado moscas. Enviar su pobre infantería sólo serviría para apilar un montón de cadáveres a su paso. No quería seguir arriesgando la vida de aquellas personas. Así que optó por atraerlos hasta su trampa y que les diera la oportunidad de retroceder hasta volverse a unir a la línea donde Korra debía estar con el resto de la gente.

Envío a sus fogoneros a encender la mecha. Había dispuesto a cierta distancia diversos puntos donde colocó dinamita para impedirles el paso. Volaría el camino y provocaría un derrumbe de las laderas que les obstaculizara seguir adelante.

El frente de la caballería avanzaba a paso firme disparando a los que se habían rezagado. Los fogoneros fueron alcanzados por ellos y con un esfuerzo sobrehumano llegaron hasta los puntos donde habían enterrado la dinamita y encendieron el fuego. Ninguno pudo regresar con vida, pero al menos lograron su cometido.

Los primeros estallidos sonaron y diezmaron la línea frontal de la avanzada. El calor de la explosión inició pequeños fuegos entre la maleza seca que rodeaba lo que era el camino y una avalancha de tierra y rocas sepultaron hombres y animales. Ahora no había forma de cruzar ese tramo donde antes se encontraba el paso. Tonraq llamó a la retirada y de la centena de hombres que inicialmente tenía menos de la mitad seguían en pie.

Echó un último vistazo a la zona de desastre y se lamentó por las pérdidas humanas que acababan de suceder. Había perdido unos sesenta hombres y mujeres contra tal vez una veintena de los otros, estando ellos en ventaja de terreno, no así en las armas. Explotar el lugar era su último recurso y no sería suficiente para detenerlos.

De entre los escombros y la tierra emergieron algunos soldados que aunque habían sido alcanzados por el alud seguían vivos. El teniente Pai Lee llamó a sus hombres y rápidamente formaron un grupo de búsqueda y rescate para sacar a los compañeros que estuvieran en aquel montón. Aquel hombre se revolvió en su lugar enfadado con ganas de salir persiguiendo a los rebeldes y acabar con todos ellos. Sin embargo primero debía pensar en la seguridad de su regimiento y después en la persecución de los enemigos.

Tardarían un par de horas en volver a alistarse y abrir el camino. En cualquier otra circunstancia aquello sería terrible, solo que contaban con la certeza de saber a dónde se dirigían los rebeldes por la ayuda de Hiroshi y sus hombres, así que este retraso no lograría evitar su cometido.

El estruendo por las explosiones se oyó a varios kilómetros a la redonda. Kuvira venía al mando de su tropa a todo galope y aunque suponía lo peor, el ruido le ayudó a saber a ciencia cierta a donde dirigirse.

El tiempo jugaba en su contra y sabía que iba perdiendo. Sólo esperaba poder detener todo antes de que no quedara nada en pie. No tardaron tanto en encontrar a los campesinos rebeldes que huían de la batalla.

Desde lo alto de una pequeña colina los vio pasar. No los detuvo ni tampoco oculto su presencia y la de sus soldados. Cuando se dieron cuenta de la proximidad algunos se detuvieron temerosos alzando sus armas contra ellos pero al ver que ninguno se lanzaba a la ofensiva no dispararon.

La noticia fluyó a través de la huida y llego hasta los oídos del capataz. Apresuró el trote de su caballo y logró verlos. Distinguió la figura de la patrona de la hacienda y temió que está fuera una emboscada para matarlos a todos, pero para su sorpresa los soldados aquellos no hacían nada por cortarles el paso o atacarlos. La comandante permanecía impacible esperando que terminara de pasar.

Tonraq se detuvo a los pies de la colina dejando que todos los demás jornaleros siguieran de largo. Kuvira lo saludó en la distancia y una vez que terminaron de pasar el hombreton reanudó su camino. Hasta ese momento la comandante dio la orden de seguir adelante.

La escena de desolación, destrucción y muerte que se desplegaba delante de ella le hizo revólver el estómago. Ya había visto escenas como esas miles de veces en la guerra, sin embargo esta tenía una connotación más personal que todas aquellas. Todas esas personas en parte eran una extensión de si, campesinos que trabajaban en sus tierras, vecinos de su lugar de nacimiento, compañeros de armas, los soldados que había entrenado y formado para su batallón. Todas esas muertes le dolían más de lo que cualquier pérdida en la guerra hubiera tenido antes.

La ira y la cólera le hicieron que su rostro adquiriera un color rojizo, así como las venas de su frente se levantaban dejando ver que hacia un gran esfuerzo por contenerse y no gritar e insultar por la impotencia. Anhelo poder tener entre sus manos a su suegro y matarlo de la manera más lenta y dolorosa posible. Aunque Asami seguramente la odiaría por eso, no podía dejar de desear poder hacerlo.

Indicó a uno de los subordinados lanzar una bengala para anunciar su llegada.

De esa forma un par de soldados dispararon al aire una bomba de humo roja, distintiva del ejército de Iroh y esperaron unos minutos hasta recibir la contestación del otro lado.

El viejo administrador, Hiroshi Sato, deambulaba por el sitio urgiendo al teniente Pai Lee que apresurara la apertura de la brecha para poder tener el paso.

—Esos malditos perros deben haber huido a su madriguera —le gritaba al oficial—, si seguimos retrasandonos van a reordenarse y será más complicado acabar con todos y recuperar a mi hija.

—Señor, estamos trabajando lo mas aprisa que podemos —le respondio pero eso no pareció satisfacerlo.

—Mi hija, la esposa de la comandante esta presa en manos de esos malnacidos —siguio gritándole—, si fueron capaces de matar a mi nuera, no quiero pensar en la suerte que pueda correr su viuda. La vida de mi hija está en juego y este retraso sólo agrava más su estado.

El teniente ya estaba harto de tener que escuchar sus reclamos y simplemente lo ignoro mientras el hombre despotricaba contra ellos. Fue allí cuando vieron la bengala roja en el cielo. Hiroshi no entendió que estaba sucediendo y el teniente pareció algo sorprendido de verla.

—Responder con una bengala —dio la orden a uno de sus subordinados y dejando solo al administrador fue de regreso al frente.

No tardó en verse en el cielo una bengala de color verde, la cual distingia a la caballería. Algo en todo eso le dio mala espina a Hiroshi. ¿Que significaba aquello? Se preguntó. Llamó a algunos de sus hombres y les pidió estar listos por cualquier eventualidad. Avanzó lo suficiente para estar cerca del teniente en el frente pero no demasiado.

Una nueva bengala roja zurco el cielo y el sonido de unas trompetas puso en alerta a los soldados que lo rodeaban. Era una marcha militar que conocían perfectamente.

—Es la comandante Kuvira —exclamó uno de los jinetes.

Eso hizo temblar al administrador que desconocía sus protocolos militares.

—¡Hey! —llamo la atención de uno de los soldados—. ¿Qué es todo eso?

—Es la marcha de la caballería, la que distingue al regimiento de la comandante Kuvira —el tipo se mostraba animado y a cada toque de la trompeta era Hiroshi quien se iba poniendo más y más nervioso—, pero la bengala pertenece al ejército del general Iroh.

Comenzó a sudar frío pensando en la posibilidad que del otro lado del alud de tierra pudiera encontrarse Kuvira. De ser así era él quien peligraba.

Un grupo de soldados se aventuro a escalar por el borde y tratar de llegar al otro extremo, pero pronto vieron que algunas cabezas asomaron en la cima. Con dificultad se plantaron en lo alto a pesar de lo inestable del suelo y lo precario de su posición.

—Es la comandante —dijeron al reconocer una de las figuras como la de su superior.

Aquello heló la sangre de Hiroshi y sin esperar más retrocedió a todo galope a la seguridad de sus hombres y les ordeños salir de allí a toda prisa. No se quedaría a ser atrapado.

— o —