Entre el amor y el deber

Disclaimer: Ninguno de los personajes, lugares o nombres aquí mencionados me pertenecen, son propiedad de Nickelodeon, Dante Dimartino y Bryan Konietzko. Basados en la Leyenda de Korra.

NdelA: Este es el capítulo más esperado al menos por mi. Espero les guste. No había podido subirlo antes porque he tenido una semana bastante saturads y no había podido escribir casi nada.

— o —

La noticia se propagó como pólvora entre los soldados. El teniente Pai Lee estaba altamente sorprendido de ver a su comandante viva después de haber sido notificado que esta había sido asesinado a manos de los rebeldes. La vergüenza y la indignación lo llenaron, aunque estaba contento de saber que su superior estaba con vida, eso no lo eximia de su torpeza al dejarse embaucar por aquel hombre que se hacía llamar suegro de su superior.

—Busquen a Hiroshi Sato y tráiganlo aquí —dio la indicación a uno de sus subordinados más próximos y fue al encuentro de Kuvira.

La ladera aún estaba inestable debido a las explosiones, a cada paso que daban la tierra se desmoronaba y se corría el peligro de irse junto con ella hasta el fondo con las debidas consecuencias de la caída. Se habían atado sogas alrededor del cuerpo para que en caso de resbalar pudieran tener un punto de apoyo que impidiera su estrepitosa caída. Con dificultades, el grupo que había escalado, logró descender hasta donde los soldados de la caballería habían sido sepultados.

El olor a azufre, ceniza, sangre y el calor del fuego y el sol sobre ellos volvía más complicada la travesía, podía sentir cómo su cuerpo transpiraba y sus heridas escocían dolorosamente en su torso. Eso limitaba sus movimientos y volvían tortuosos cada paso de sus piernas en el frágil suelo. Sus músculos palpitaban temblando cuando llegó hasta la parte final y fue recibida por el teniente de su caballería. Tuvo que parar un momento para tomar aire y secarse la frente del sudor que nublaba su vista. Por la mirada de aquel hombre podía saber que no se encontraba en las mejores condiciones y realmente no lo estaba pero tenía que hacer caso omiso a sus dolencias porque aún no había logrado cumplir su objetivo.

"Ya habrá tiempo de descansar cuando muera", se dijo y volvió a erguirse para hablar con el teniente.

—Teniente —el aludido se acercó dando un saludo militar y colocándose en posición de firmes—, descanse —le ordenó y extendió su mano para estrecharla en señal afectuosa a su subordinado—. Es agradable verlo de nuevo Pai Lee.

—Es agradable verla a usted comandante —respondió al saludo—. Se nos informó erróneamente de su deceso.

—Lo sé —dijo ensombreciendo su semblante—, tenemos que ponernos rápidamente al día teniente, el tiempo apremia —sus ojos oliva se volvieron más oscuros al tomar la marcialidad y seriedad a la que estaba acostumbrada al hablar con los soldados de su batallón.

—Si comandante —habló con la misma seriedad—. Fuimos informados por Hiroshi Sato de su supuesta muerte por parte de los rebeldes, alegó que usted había emprendido su persecución para buscar justicia por la muerte del capitán Baatar Beifong, el secuestro de su esposa y el levantamiento contra la presidenta —Kuvira lo escuchó atentamente pero la opresión en su estómago crecía con la rabia acumulada—. Así que tomé la decisión de marchar con él para llevar a cabo esa tarea y buscar la revancha por su deceso, el del capitán y poner orden en la región.

—Teniente, ambos fuimos timados por mi suegro —dijo con pesar —. La realidad de las cosas es que la gente de esta zona se unió para combatir sus prácticas abusivas y esclavistas, las cuales llevaba a cabo a mis espaldas, y buscaban justicia por los atropellos a los que habían sido sometidos —le aclaró para que comprendiera las razones de lo que estaba sucediendo—. Entre algunos de sus muchos crímenes está la muerte del capitán Baatar por su mano, el intento de asesinarme enviando a sus hombres para llevar a cabo esa tarea y el fraude en contra de mi fortuna, además del engaño a la institución federal que es el ejército de este país.

El teniente encolerizado escuchando sus palabras, estaba rojo de la ira y completamente avergonzado con su superior, su sentido del honor había sido golpeado y debido a eso se pronunció con su comandante.

—Comandante —dijo solemnemente—, para restaurar la falta que he cometido y limpiar mi honor al haber arrastrado al batallón, asumo toda responsabilidad por lo sucedido entregando mi rango y sometiendome a corte marcial si es requerido, no sin antes traer ante su presencia al hombre que se hace llamar Hiroshi Sato —se inclinó dando una reverencia y llevando la mano al pecho para jurar lo que acababa de decir.

Kuvira suavizó su mirada satisfecha con su declaración. No podía culparlo, había cometido un error, eso era verdad, pero ella también lo había hecho y realmente no valía la pena perder a un hombre con su capacidad por este incidente.

—Por su honor y mi honor —puso una mano sobre su hombro haciendo que el hombre se levantara de su reverencia y la mirara a la cara—, debemos ir y atrapar a ese canalla, es la única manera de salvar nuestros errores. No lo culpó teniente, yo misma me equivoqué al confiar en él y no ver la clase de ser humano que era en realidad —Pai Lee se cuadro juntando sus botas y Kuvira pudo ver la resolución en sus ojos.

—Empeño mi vida con usted comandante para atrapar a ese hombre y hacer la justicia debida, por mi honor —los hombres que estaban junto a ellos y habían oído toda la conversación también se cuadraron colocándose una mano en el pecho uniéndose a la declaración del teniente.

—Por nuestro honor —les devolvió el gesto—, por el honor de la caballería.

Acabadas de pronunciar esas sentencias, un soldado se acercó a toda prisa a los dos de sus superiores. Tenía malas noticias por lo que Kuvira pudo ver en su rostro compungido.

—Comandante, teniente —los saludo a los dos de forma marcial—, Hiroshi Sato y su gente han salido huyendo de aquí —aquello hizo fruncir el ceño a los dos superiores—. Una partida de soldados han ido en su persecución para poder seguirles el rastro.

Aquello eran malas noticias. De nueva cuenta su suegro se iba de sus manos como el agua, sin embargo no sería por mucho tiempo. Ahora contaba con el apoyo de su batallón y del regimiento de Iroh y aunque se escondiera debajo de las piedras lo sacaría de allí a como diera lugar.

—Teniente —rápidamente dio la orden al terminar de oír al soldado—, disponga una partida que se quede a abrir el camino, del otro lado están haciendo su parte para abrir una brecha y poder pasar —el tipo asintió—. Nosotros iremos tras ellos —dijo decidida y el hombre frente a ella estaba ansioso de partir en la persecución—. Voy a necesitar un caballo.

—De inmediato comandante —se cuadró y dirigiéndose al soldado emitió la orden respectiva mientras Kuvira esperaba la ejecución.

No tardaron mucho en traerle una montura, un precioso semental, lo podía reconocer en cualquier lugar, era uno de los hijos de su preciado caballo negro y que se había convertido en uno de sus sucesores más prometedor. Negro como la noche y de crin larga y brillante. Toda una belleza equina.

Lo montó y con agrado el animal la recibió reconociéndola como su jinete. Dio algunas órdenes al caballo y este respondió presto y diligente.

Con rapidez se dividió la tropa y los aptos para luchar salieron con ellos siguiendo los pasos de los fugitivos y el resto se quedó a ayudar a los heridos y para abrir el paso.

Después de la sorpresa de ver a la hija del viejo Wan, Tonraq dirigió a su gente rumbo al campamento de los campesinos. No habían avanzado tanto cuando se toparon con un numeroso grupo que iba a su encuentro. Korra venía al frente con el par de hermanos. Vio a los hombres uniformados y los reconoció como los soldados que acababa de ver con Kuvira.

Eso los confundió, más de uno se detuvo en seco y a punto de dar marcha atrás, otros se apiñaron presas del miedo y desconcertados apuntaron sus pistolas a los recién llegados. Incluso el capataz no sabía qué hacer pero trato de calmar a todos.

—¡Tranquilos todos! —se colocó al frente mirando a su gente—. Bajen las armas, son nuestros compañeros —las personas aún recelosas no hicieron caso a sus palabras y mantuvieron sus armas en alto, no confiaban en los soldados que venían con ellos.

—¿Por qué vienen con el ejército? —un hombre visiblemente perturbado por la situación le increpó.

—¡Calmemonos! —de atrás del capataz emergió la figura de Korra quien avanzó algunos pasos montada en su caballo—. Están aquí para ayudar —señaló a los que veían con ella.

—La comandante Kuvira nos ha enviado para ofrecer su ayuda para pelear contra Hiroshi Sato —el hermano menor le hizo segunda a la morena para calmar los ánimos y explicarles el porqué de su presencia.

Entre los campesinos que estaban con Tonraq comenzaron a preguntarse si debían o no aceptar las palabras del chico. Acababan de enfrentarse a soldados que habían diezmado sus fuerzas con suma facilidad y con ello matado a varios de sus compañeros, no se sentían con el ánimo de unirse a ellos, no después de lo sucedido.

—Solo tenemos que mantenernos unidos y en paz —Korra retomó el discurso al ver que no cedían y dejaban de apuntarles—. Pueden regresar al campamento, allí estarán bien y podrán descansar y ayudar a los heridos —algunos aparentemente se relajaron—. Nosotros seguiremos adelante hasta encontrarnos con la comandante Kuvira y el resto de sus tropas para perseguir a Sato y acabar con esto de una buena vez. Los que deseen pueden ir con nosotros —les dio la opción para que consideraran sus posibilidades, entre más fueran sería mejor.

—Ya oyeron —gritó el capataz y entre ellos comenzaron a discutir que iban a hacer.

Se dividieron en dos grupos, los que estaban lesionados y querían volver al campamento de los que tenían la intención de seguir adelante y perseguir a Hiroshi.

—Hija —Tonraq se acercó a Korra—, nos topamos con la señora Kuvira y un grupo de soldados unos kilómetros más allá —señaló el rumbo de donde venían—. Nos dejaron pasar sin hacernos apenas caso.

—¿Dónde es que enfrentaron a Hiroshi? ¿Qué fue lo que pasó papá? —la morena se mostró preocupada, debían alcanzar a Kuvira y el resto de su ejército.

—En el paso de las laderas —supo de inmediato a donde se refería—. Eran demasiados para nosotros y aunque quisimos plantarles cara, tenían armas más letales. Aplastaron a la mitad tan rápido que no tuve más remedio que optar por volar el paso.

—Entiendo papá —le morena le dio una mirada de comprensión, sabía que una vez que el ejército entrara sería casi imposible mantenerse mucho tiempo—. Debemos alcanzar a Kuvira y unirnos a ellos, para este momento ya debe estar con la caballería y quizás hayan atrapado a ese maldito hombre.

—Esperemos que así sea —intervino Mako—, pero si no es así quiero ser yo quien lo agarre.

—Tranquilo hermano —Bolin se puso a la par y haciendo una seña indicó a los soldados para que avanzaran—, es la comandante o Korra quienes tendrán ese privilegio —guiño un ojo a la morena—. ¡Andando!

La tropa se movió y con ellos el resto de los campesinos que venían con Korra y los pocos que se unieran de la gente de Tonraq, estos últimos se mantenían a distancia de los soldados aún resentidos por los recientes hechos.

Llegaron sin contratiempo hasta las laderas de los cerros y encontraron allí al resto de los soldados que estaban terminando de abrir el paso. Bolín apretó el galope y se acercó a ellos preguntando por la comandante.

—Ella cruzó del otro lado con un grupo de hombres —le informó un cabo—, al parecer salieron en persecución y nos dieron la orden de reabrir el camino y unirnos a ellos con el resto de las cosas y la caballería que aún espera.

Los soldados trabajaban a toda marcha para pasar y los jornaleros y los otros soldados les dieron relevo para terminar el trabajo. No tuvieron que esperar mucho más. Lograron despejar un espacio suficiente para hacer pasar los caballos y las carretas que llevaban y se encontraron con un puñado de hombres de la caballería que también habían estado trabajando del otro lado.

—¿Dónde está el resto? ¿Hacía dónde se han dirigido? —la morena se adelantó a interrogar a uno de la caballería, sin embargo este la miró con cierta reserva entre querer o no utilizar su arma para detenerla.

Korra sintió el dilema del soldado, sin duda su cabeza aún tenía un precio y había olvidado esa parte, gracias a los espíritus el hermano menor entró en la plática tratando de aclarar las cosas.

—Le recuerdo soldado que aquí todos estamos del mismo lado —Bolín se puso al frente haciéndolo desistir de usar su pistola hablando de forma seria—, la teniente Korra es miembro de nuestro escuadrón al igual que el cabo mayor Mako así que enfoquemonos en la tarea que tenemos por delante.

Aquel gesto asombró a su hermano mayor, que vio cómo su pequeño hermano ya no era más un niño y sonrió orgulloso de verlo desenvolverse de esa manera, eso disipaba todas sus preocupaciones acerca de su autonomía e independencia.

—¡Si señor! —el soldado lo miró y vio su uniforme y el logo de Iroh en sus ropas sabiendo con esto que acompañaba a la comandante, así que asintió y abandonó su intento de detenerlos.

—¡Muy bien! Es tiempo de seguirlos, ¿alguien sabe que rumbo tomaron? —preguntó satisfecho con su acción.

—Debemos seguir su rastro —señaló el soldado hacia un punto en el camino.

Se echaron a andar de nuevo después de organizarse y enviar una avanzada que fuera indicando el camino a seguir. No debían estar muy lejos pero no conocían el rumbo que Hiroshi y sus mercenarios habían tomado. Así también dispusieron de los heridos y formaron otro grupo que los llevará a la hacienda a que fueran atendidos.

Los caballos corrían a tope, estaban a punto de ser reventados de lo exigente que era el paso que les pedían llevar, pero eso no le importaba al jinete que iba a la cabeza, lo único que le importaba era poder poner espacio de por medio y refugiarse en un lugar seguro donde no pudiera ser atrapado. Hiroshi sabía que no tenía mucho campo de maniobra. Su cerebro pensaba rápidamente a dónde ir y qué hacer. El cuartel vino a su mente, era un buen lugar para escapar y resistir pero a la larga terminaría acorralado y ahorcado con el sitio que le impusieran. Otra opción que tenía era huir a otro punto de la sierra y perderse en alguno de los muchos sitios que ofrecían protección, de la misma forma que los jornaleros habían hecho.

Se decidió por esta última opción, una vez a salvo podría escaparse a algún otro lugar lejos donde no pudiera ser reconocido.

Serpentearon los pasos de los cerros en caminos que podían llegar a ser tan estrechos que sólo el caballo podía pasar y en ocasiones con dificultad. En definitiva las carretas que venían con la tropa no podrían avanzar. Había tramos en los que el barranco a un costado estaba tan pegado que un mal paso del caballo y él y él jinete caerían al abismo debajo. Además de que el suelo estaba algo flojo en algunos puntos lo que propiciaba ligeros derrumbes que hacían más precario el camino.

Kuvira y sus soldados pronto le dieron alcance pero se vieron retrasados por las mismas cosas por las que ellos habían tenido que bajar un poco su ritmo al llegar a esos tramos peligrosos. La comandante ordenó aligerar la carga y tuvieron que abandonar los vehículos que traían consigo y andar en fila uno por uno.

Desesperado al ver la proximidad del ejército, Hiroshi apretó el paso de nuevo obviando los riesgos que eso implicaba. Su gente comenzaba a ponerse nerviosa teniendo de lado el acantilado y con el ejército pisándole los talones.

Se oyeron unas detonaciones y algunos caballos entraron en pánico y se revolvieron haciendo que un par cayera por el borde. Los soldados ya estaban a distancia de tiro y habían empezado a atacarlos para que salieran en desbandada y eso fue lo que sucedió. Avanzaban a empujones tratando de huir sin importarles ya si debían o no proteger a su comprador.

Conocía bien esas tierras y tenía una idea de lo que Hiroshi pretendía y a dónde se dirigía. Agradecía que en su niñez siempre hubiera andado en el campo de arriba a bajo y que su padre le heredará su gusto por los mapas y la geografía en general. Separó a un grupo con el que se aventuró en una desviación y ordenó al teniente seguir adelante y presionar abriendo fuego cuando los tuvieran a distancia. Ella y su cuadrilla tratarían de rodearlos tomando otra vereda que llevaba al mismo punto que la que ya seguía Hiroshi.

Tuvieron que abandonar los caballos en un segmento en el que era ya imposible que el animal pudiera seguir el paso, era demasiado grande para lo que iban a hacer. A pie y pegando la espalda a la ladera caminaron por el delgado borde acortando la distancia yendo casi en vertical y no serpenteando el cerro.

Los pequeños derrumbes de las pisadas de los caballos les llenaron la cabeza y los uniformes de tierra y algunas piedras los habían llegado a golpear pero sin ningún percance grave, quizás sólo una herida pero nada escandaloso. En el último tramo, unos doce metros hacia el fondo, prácticamente se dejaron rodar por la pendiente. Estaban bastante magullados pero íntegros y con sus armas listas para recibirlos.

Kuvira ordenó colocarse en posición y poner las bayonetas a los fusiles. Realizaron una formación escalonada con quince hombres al frente y dos relevos con casi el igual número de soldados. Apostó otros a los costados que dispararian a discreción para guiar al contingente a su encuentro.

Las pisadas no tardaron en oírse y la proximidad de los mercenarios los puso alertas. Esperaron con el dedo en el gatillo hasta el momento justo en que aparecieran y los acribillaran.

Los divisó a lo lejos pero no pudo dar la orden de parar a tiempo, los soldados que los seguían ya tenían a su gente corriendo loca por librarse de ellos que fueron a dar directamente a su destrucción sin apenas darse cuenta. Hiroshi reaccionó y desvió su camino entrando a la maleza y corriendo tras los arbustos, sólo unos cuantos que estaba cerca de él hicieron el mismo quiebre.

De todos los hombres que llevaba consigo apenas diez lo seguían aún. Estaba rabioso de la furia y desesperado como un animal herido dando sus últimas zarpadas para protegerse.

La primera línea disparó y los que estaban a la vanguardia fueron al suelo muertos o heridos. Cuando la segunda línea relevó más cuerpos cayeron. Kuvira vio cómo un grupo se había desprendido y tomado la maleza para perderse entre los árboles.

Corrió a toda prisa ordenando a unos que estaban cerca de ella que la siguieran, así se pusieron a salto de mata en la persecución.

Tenía que darles alcance, pero sus piernas no eran tan rápidas como las de los caballos aunque estos ya estuvieran más que acabados. Disparo a uno de los mercenarios y el cabello trastabilló y se dio contra un árbol deteniendo su escapé. Con presteza brinco sobre el animal y lo espoleó para que volviera a andar. Con dificultad y resoplando el caballo volvió a ponerse en pie, ya echaba espuma por la boca y sabía que no resistiría mucho más antes de caer muerto por el esfuerzo.

Hundió con fuerza sus botas en los costados y el animal dio lo último de él. Corría dando bandadas pero sin detenerse como si el mismo espíritu de Kuvira le infundiera fuerza para seguir adelante.

Un par de ramas de algunos árboles le arañaban la cara y los brazos haciendo que su uniforme, ya de por sí maltratado, acabará casi en jirones. Pero nada la iba a detener no, ahora que estaba tan cerca y aunque su cuerpo estaba al límite con todos los dolores por sus recientes heridas, nada le importaba. Estaba en las mismas condiciones que el caballo que montaba, quizás por eso el animal seguía adelante impulsado por esa misma determinación.

Lo vio próximo y aunque su vista estaba borrosa por el sudor y la sangre vacío lo que quedaba de balas en su pistola esperando que alguna le diera al cuerpo que corría delante de ella. Dio seis disparos y sólo uno golpeó el objetivo. Las corvas del caballo de Hiroshi comenzaron a sangrar y el animal cojeo y se derrumbó junto con su jinete cayendo contra el suelo en un sonido sordo y la exclamación de dolor por el golpe.

Llegó hasta él con el último aliento de su propio caballo que cayó de igual manera entre espasmos que contraían su cuerpo y la espuma de su boca se tornó roja por los pulmones colapsados del animal. Ella misma se llevó su parte al caer a tierra. Se abrió una herida en la frente cuando su cara golpeó una roca del suelo. El golpe la sacó de balance y perdió todo sentido de la percepción y el espacio, no lograba enfocar la imagen a su alrededor.

La adrenalina era tanta que en el exceso estaba provocándole una taquicardia y la opresión en su pecho y su tórax la estaban matando. Le zumbaban los oídos y casi no escucho las pisadas que venían hacia ella. Era un arrastrar de pies que denotaban que la otra parte estaba impedida también, aunque no a su nivel. Busco con sus manos su otra pistola pero no la halló en su sitio, en la caída debió de haberse perdido, pensó en su sable pero no le dio tiempo de llevar la mano hasta la empuñadura.

—Si me voy al menos tendré el gusto de acabar contigo antes —reconoció la voz temblorosa como la de su suegro y aunque sus ojos aún no le permitían despejar toda la bruma debido al golpe supo que le apuntaba con una pistola directo a la cabeza.

La caída le había provocado a Hiroshi un esguince en la pierna, sobre su rodilla, cuando el animal recargó su peso sobre su costado yendo al suelo. En la aparatosa volcadura el animal rodó sobre él pero no le provocó ninguna otra herida de gravedad y el arbusto donde cayó amortiguó el impacto, sin embargo el cansancio de la persecución y la tensión y el estrés lo habían atontado y le costó poder reincorporarse.

Sentía que los segundos se habían vuelto horas, aunque sólo habrían pasado unos cuantos minutos. Busco alrededor al responsable y halló a Kuvira tirada junto a un caballo agonizante, ella misma se veía en esa misma situación y no pudo resistir la tentación de ir y acabar con ella de una vez por todas.

Camino con dificultad aguantando el agudo dolor que su vieja rodilla le daba. Tardó un poco en llegar pero cuando estuvo de pie junto a la comandante disfruto con antelación lo que planeaba hacer.

Sacó una pistola que aún mantenía en su funda en su cinturón y le apuntó directo entre los ojos. Pudo ver que las pupilas de su nuera estaban dilatadas y se movían nerviosas de un lado a otro, como si tratara de ver algo que no podía. No le dio importancia y con su aliento cansado y el tremor de su voz le habló.

—Si me voy al menos tendré el gusto de acabar contigo antes —jaló el martillo del arma y presionó el gatillo.

Sólo que el disparo no fue a dar sobre el cráneo de Kuvira, sino a un costado.

Hiroshi había sido arrollado por un cuerpo que no logro reconocer en un principio pero forcejeaba con él por hacerse del control de la pistola. Fue allí cuando se vio reflejado en los ojos azul zafiro de Korra y gritó de frustración.

La morena estaba más entera físicamente que el viejo administrador y realmente no le costó mucho poder arrebatarle el arma y cambiando los papeles ahora era él quien era amenazado de muerte.

Tenerlo a su merced doblegado y como un animal herido y moribundo era lo que había deseado por todo ese tiempo en que planeó llevar a cabo su venganza contra aquel maldito hombre. Podía simplemente deslizar su dedo por el percutor y hacer que toda su ponzoña dejará de existir. Estaba perdida en el éxtasis de la victoria y en el deseo feroz de destruirlo con sus propias manos y vio el miedo en los ojos de Hiroshi.

—¡Korra detente! —oyó apenas como un zumbido lejano la insistente voz de Kuvira—. ¡No lo hagas! —la escuchó más clara esta vez pero aun así no renunciaba al premio que tenía enfrente—. No vale la pena que te ensucies las manos con la sangre de este imbécil —Korra no se retiró aún, acariciaba el gatillo deseosa de presionarlo pero Kuvira la estaba deteniendo.

—¡No! —vociferó en alto—. Él debe pagar por todo, su vida me pertenece —Hiroshi volteo a mirar a Kuvira suplicando por su vida a la mujer a la que había estado a punto de matar segundos antes.

—Lo sé, pero Asami jamás te perdonaría que matarás a su padre a pesar de todo lo que ha hecho —escuchar el nombre de la mujer que amaba pareció hacerla volver a sus cabales momentáneamente y titubeó pensando que tal vez la comandante tenía razón.

—¡Argh! ¡Te odio Kuvira! —exclamó y sin dejar de apuntar se levantó de encima de Hiroshi que respiro aliviado.

—El sentimiento es mutuo —dijo a modo de respuesta y ella resopló con eso—. Estás haciendo lo correcto.

—Asegurate de que llegue al paredón —bajo el arma y volteo a mirar a la otra mujer.

Todo sucedió con excesiva rapidez. Un mercenario de Hiroshi apareció de la nada a un costado suyo y con una escopeta apuntó a Korra y disparó. Apenas pudo responder estorbando para hacer que su arma se balancera haciendo que el disparo que saliera del cañón se desviara, sólo que no fue suficiente.

Un grito de dolor retumbó y la morena cayó retorciendose con la pierna derecha practicamente destrozada por la bala.

Kuvira en su instinto, ignorando todo su dolor y las limitaciones de su cuerpo, desenvainó la espada del costado de su cinturón y cortó el brazo del tipo para después atravesarlo con ella sin ninguna compasión.

Aprovechando la confusión Hiroshi rodó tratando de escapar a rastras pero la militar fue más rápida y sin pensarlo demasiado lanzó su sable que se clavó en su espalda perforándole hasta el pecho.

No analizó sus acciones hasta que fue demasiado tarde. Si de algún modo su corazón aún albergaba alguna esperanza de que Asami la perdonará realmente y pudieran tener una oportunidad esta se había esfumado como la vida de su padre se esfumaba en ese momento. El hombre se convulsionó ligeramente para detener cualquier movimiento segundos después. Lo único que podía oírse eran los gemidos de agonía de Korra a quien también se le estaba yendo la vida.

Un charco de sangre se comenzaba a dibujar alrededor de su pierna, en su muslo, donde podía verse la carne viva pulsante de líquido rojo y con el hueso expuesto horriblemente sobre el músculo destrozado. No había tiempo que perder ni lamento que hacer. Debía apresurarse. No podía permitir que la morena muriera también aunque su parte irracional y egoísta se lo pidiera a gritos. Perder a las dos cosas que Asami más amaba no le ayudarían en nada a ella para recuperarla.

Como pudo corrió hasta ella y quitando su chaqueta envolvió la pierna realizando un nudo fuerte y con un palo que tomó del suelo lo acomodo dentro realizando un torniquete alrededor del muslo para cortar la circulación y evitar que siguiera perdiendo más sangre.

Las lágrimas se presentaron en el rostro de la morena a causa del intenso dolor. Con fuerza enterraba los dedos en la tierra tratando de asirse a algo tangible y no dejar que sus sentidos le nublaran la conciencia. Podía sentir como la reacción de su cuerpo la estaba orillando a perder el conocimiento. Quizás fuera la falta de sangre lo que le estaba provocando eso o el impacto de ver su carne destrozada. Había recibido balas antes, pero nada realmente grave o que pusiera en riesgo su viva. Sólo habían sido pequeños encuentros o roces con la muerte pero ahora podía verla de pie junto a ella o tal vez sólo estuviera alucinando.

—¡Quedate conmigo! —Kuvira la tomó del rostro tratando de hacerla volver de donde quiera que su lebtebla estaba llevando—. Tienes que vivir, ¿de acuerdo? No puedes dejar que Asami sufra tu pérdida otra vez.

—Seria tan conveniente para ti —dijo apenas en un susurró que emergió de su garganta.

—Bueno si aún puedes increparme no estás tan mal —la militar pudo sentir el estremecimiento del cuerpo de la morena y viendo a su alrededor busco una forma de sacarla de allí.

Pero para su suerte, los únicos medios yacían muertos por el cansancio y la pelea. No había nada más que aquel par de caballos. Con desesperación gritó pidiendo auxilio y Korra se puso inquieta.

—Te voy a sacar de aquí y vas a regresar con Asami, ¿de acuerdo? —con las pocas fuerzas que la morena poseía la tomó del cuello de su camisa y la hizo voltear a verla.

—¿Por qué haces esto? —Kuvira la miró por un instante regresando su vista al entorno—. ¿Puedes dejarme morir y nadie te culpara de esto?

—Eres idiota si piensas que puedo hacer eso —bufó molesta—. Mi conciencia no me lo permitiría y no puedo dejar que la mujer que amo sufra por una idiota que no lucha por volver a su lado.

—Eres tú la idiota, si yo estuviera en tu lugar te dejaría morir aquí —le reviró sin entender del todo lo que estaba haciendo.

—Tuviste la oportunidad pero evitaste que Hiroshi me matara —traer el nombre de su suegro le recordó lo que acababa de hacer y se sintió mal.

—Tal vez las dos somos unas idiotas —concluyo Korra al ver de reojo el cuerpo sin vida de aquel hombre—. Lamento que tuvieras que hacer eso.

—¡Ja! Creo que es todo menos tu lamento. Al menos podrás decirle que no fuiste tú quien se ensucio las manos con su muerte —quiso sonar como si aquello no importará pero salio con demasiado rencor que incluso Korra no pudo ignorarlo.

Iba decirle algo pero la militar se levantó de su sitio y pudo ver la silueta de sus amigos, Mako y Bolín llegaban. Había aguantado bastante y aunque Kuvira le seguía repitiendo que debía resistir, las fuerzas la estaban abandonando y una vez que los chicos la tomaron para trasladarla se permitió relajar su cuerpo y permitir que la oscuridad cerrará sus ojos.

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