Entre el amor y el deber

Disclaimer: Ninguno de los personajes, lugares o nombres aquí mencionados me pertenecen, son propiedad de Nickelodeon, Dante Dimartino y Bryan Konietzko. Basados en la Leyenda de Korra.

NdelA: Tengo muchos feels enfrentados en este capítulo, el cual por cierto debía servir como final, sólo que ya no lo fue, en parte este fue una mezcla de los tres finales que tenía planeados para esta historia y no me había decidido por ninguno. El fic va a continuar al menos por otros cinco capítulos, más quizas. Tal vez me odien un poco cuando lo terminen de leer o tal vez no, así es la vida.

— o —

Los jóvenes hermanos se acercaron a ellas y con prisa Mako tomó a Korra de entre sus manos. El relevó le permitió descansar un poco y dejar que su cuerpo se liberará un poco de la tensión por el estado de la chica. Kuvira se derrumbó sentándose sobre la tierra y Bolin, dejando un instante a su hermano, se aproximó poniendo una manos sobre su hombro.

—¿Está bien comandante? —no se molestó en levantar la vista para verse reflejada en esos ojos verdes llenos de genuina preocupación, sólo se dedicó a mirar las piedras y la tierra en el suelo sin tener ningún ánimo para nada más.

—He estado mejor —dijo ante el tacto insistente de la mano del chico sobre su hombro—. Lleven a Korra al hospital en los cafetales, es el sitio más próximo y donde podrán hacer algo por ella —al fin levantó la vista y dirigiéndole una mirada cansada a Bolín le pidió de forma tácita que la dejara.

—¿Va a estar bien? —el chico sabía que sus preguntas podían ser demasiado tontas, pero no por eso debía dejar de hacerlas, ni hacer caso omiso viendo el estado de su superior.

—Tengo que estarlo —le ofreció una sonrisa que más bien pareció una mueca extraña—. Anda vete, llevenla pronto, yo estaré bien.

Dicho esto, casi a empujones alejó a Bolín y este reticente le hizo caso aunque en su interior se debatía en irse o no. Al final opto por dejarla ante la insistencia porque se fuera. Kuvira los vio marchar presurosos quedándose sola por unos minutos.

Se echó hacia atrás acostándose cuán larga era y estirando sus doloridos músculos miró el cielo a través del follaje de los árboles a su alrededor. No había más ruido que el de su pesada respiración y algunas voces lejanas que de pronto rompían la quietud.

—¿Piensas quedarte allí a esperar tu patética muerte? —el sonido de esa voz la sacó de sus ensoñaciones y con sorpresa busco al autor de aquella pregunta.

—¿Baatar? —lo vio de pie junto a ella sonriendo con esa descaradez que le caracterizaba, se talló los ojos para asegurarse de que no estaba viendo mal debido al golpe que había recibido en la cabeza pero la imagen no se iba—. ¿Estas vivo o he muerto ya? —el de gafas rompió a reír a carcajadas.

—Ni lo uno ni lo otro —dijo cuando terminó de reírse de ella—. Sólo estoy de paso para recordarte que aún no puedes dejar de luchar —con dificultad se incorporó quedando sentada—. Me encantaría tener a mi mejor amiga conmigo pero aún no es tu tiempo. Deja de lloriquear y levántate —extendió la mano para ayudarla a pararse.

De alguna forma parecía que el tiempo se había detenido y todo sonido que antes podía oírse simplemente se había mudado. Ni siquiera su respiración parecía emitir sonido alguno. Estando de pie frente a frente con Baatar nada más parecía suceder. Su amigo miró hacia un lado, siguió el camino de su mirada y se encontró con el cuerpo sin vida de su suegro.

—El perro ha muerto —con desprecio se refirió a él y eso le afligió un poco—. No debes preocuparte por eso, ella lo entenderá tarde o temprano.

—Maté a su padre —dio unos pasos y arrodillándose junto a él volvió a sumirse en las sombras—. Su única familia.

—Era algo que debía suceder. Nunca fue un buen hombre, estaba corrompido por la ambición —Baatar se puso a su lado agachándose con ella.

—He perdido todo lo que me importaba en esta vida, ¿qué sentido tiene seguir adelante? —golpeó con furia el suelo con su puño desquitando toda su frustración.

—Tienes que averiguarlo —alzó los hombros—, si te quedas aquí nunca sabrás si las cosas podían mejorar o terminar de irse al traste, ¿quien lo sabe? Yo no lo sé, tú no lo sabes, sólo tienes la esperanza y ella es la que te va a dar la fuerza para lo que vendrá.

Kuvira resopló chocada por esa contestación que no le decía nada. Se levantó y sacó su espada del cuerpo de Hiroshi y sin mucho cuidado limpio la hoja de la sangre.

—Cuida a mi madre y sobre todo cuida de mi hermana —sintió el toque frío en su espalda y al voltear a buscar a su amigo este se había ido.

Los sonidos regresaron, podía oír perfectamente las voces en la distancia llamándola y las pisadas que se aproximaban. De nuevo el dolor volvió a ella después de la breve tregua que tuvieran pero esta vez no dejó que ese dolor la volviera a tirar.

—¿Comandante? —un soldado se acercó a ella de forma vacilante.

—Informe al teniente que el objetivo fue encontrado y eliminado en defensa propia —detrás de aquel soldado otros más llegaron—. Es necesario que dispongan el cuerpo y lo entreguen a la morgue del pueblo de donde procede —intento caminar pero cada paso era una agonía, el dolor se había acrecentado ahora que la calma venía, suspiro queriendo llenar sus pulmones de aire sólo que una tos se apoderó de ella casi provocando que se ahogara.

El soldado dio un paso adelante y la sostuvo al ver su mal estado, ella se recargo en su brazo para después alejarlo. No podía permitir que la vieran vacilar de esa manera.

—Estoy bien, estoy bien —le repitió pero aquel hombre no quedó muy convencido sólo que no dijo nada—. Traigan mi caballo, debo regresar a la hacienda. Que el teniente se haga cargo de las pesquisas.

Aquel soldado se apartó para cumplir con la orden. Kuvira trastabilló un poco antes de llegar hasta un árbol donde recargó su cuerpo en la espera. Vio como los otros militares disponían de los cadáveres y cerró los ojos no queriendo ver la imagen del padre de Asami.

Sus manos estaban manchadas de sangre aunque no sabía a quién pertenecía. Podía ser suya, de Korra, del hombre aquel al que había matado con su espada o de Hiroshi. ¿Cuánto tiempo más debía seguir llenándose las manos de sangre? Ahora que la primera parte de su tarea estaba cumplida, tendría que servir a Iroh y seguramente seguiría cargando con la vida de más personas en su conciencia.

—Comandante su caballo —ella asintió y tomando las riendas del animal lo montó.

No dijo nada más, pasó junto al teniente y este la saludo pero no se detuvo a hablar con él. Ya había dejado las indicaciones y confiaba en que Pai Lee hiciera su trabajo. Tenía más urgencia por ir a la hacienda que por cualquier otra cosa.

Tanto Opal como Asami estaban nerviosas yendo de un lado a otro de la casa y el jardín. La llegada de los heridos, tanto campesinos como soldados, las había puesto intranquilas. Opal había querido obtener información de la situación pero no obtuvo gran cosa. Simplemente que habían salido en persecución de Sato y no sabían más allá de eso.

Por su parte Asami se había mantenido ocupada atendiendo a los recién llegados. Si bien los soldados habían montado su propia tienda para atender a sus heridos, tenía bastante trabajo con los campesinos. Estos se mostraban recelosos de la presencia de los militares debido al encuentro que tuvieran. La situación era tensa y sólo una fina línea mantenía las cosas bajo control aparente.

La joven Beifong caminaba por la entrada principal para calmar sus nervios y ser la primera en enterarse de las noticias que llegarán, de esa forma fue que ella recibió a Kuvira cuando esta apareció por el horizonte. Ciertamente no se le veía bien y eso la puso aún más inquieta de saber que había sido de Korra. Temía lo peor ya que sólo un par de soldados la acompañaban y no había rastro de la morena o los hermanos.

—¡Kuvira! —la llamó en cuanto la tuvo a distancia y ella fue a su encuentro—. ¿Qué es lo que ha pasado? —la militar bajo de la montura agarrándose el tórax y Opal le ofreció su mano al ver que se tambaleaba levemente.

—Está hecho —dieron unos pasos hasta una banca donde se sentó junto con la chica—. Hiroshi a muerto, yo lo maté —dijo con culpa—. Me iba a matar y a Korra también. Ella está grave —al escuchar esas palabras, Opal sintió un escalofrío recorrerle.

—¡Maldito hombre! —exclamó con odio—. ¿Donde esta Korra? —quiso saber con urgencia.

—Mako y Bolín se la llevaron al hospital de los Cafetales, es el lugar más próximo donde podían atender sus heridas —de haberse quedado a recibir atención en el pueblo o en el campamento era casi seguro que perdiera la pierna, por esa razón les había pedido a los chicos que la trasladarán hasta ese lugar.

—Debo ir de inmediato —la chica se levantó buscando irse en ese momento pero Kuvira la detuvo agarrando su brazo.

—Espera —le pidió—, debes llevar a Asami —aquello fastidio a Opal que ni disimulo ni un poco su reacción—. Sólo dame unos minutos para que hable con ella y le diga lo que pasó con su padre.

—¿Por qué? —cruzó los brazos de mal humor—. Deja de preocuparte por esa mujer que no te ama.

—Deja de hacerlo tú también —le devolvió también molesta y la otra chica se aguanto las ganas de contestarle.

—Apresúrate —a regañadientes aceptó esperar y la acompañó hasta la entrada de la casa Mayor.

Un niño había ido corriendo hasta el patio interno buscándola para informarle de la llegada de la patrona. Asami de inmediato dejo lo que estaba haciendo dejándolo encargado a alguien más y fue a su encuentro. La imagen de Kuvira siendo ayudada por Opal le sentó mal. No sabía definir si era porque estaba herida o porque estaba celosa. La segunda opción era demasiado egoísta y disipó ese pensamiento.

En otro momento ella habría corrido a sus brazos llenándola de besos y preguntas sobre su bienestar, pero ahora sólo se quedó inmóvil viendo como Kuvira caminaba hacia ella con pesar. Tenía ganas de abrazarla, de ser ella quien la ayudará y de curar sus heridas sin embargo se estaba deteniendo. Apretó sus dedos, clavándose las uñas en la palma de la mano para no sucumbir al deseo de acercarse más de lo debido.

—Asami —la joven Beifong había dejado de ayudarla y se retiró al ver a la otra mujer—, señora Asami —se corrigió ante la familiaridad del primer saludo—, debo hablar con usted.

Ella sólo movió la cabeza, sintiéndose incómoda al oír la manera sería en que le hablaba. Kuvira camino en dirección a su despacho con su esposa siguiéndola de cerca. Una vez que estuvieron a solas se armó de valor para decirle lo que había sucedido.

—Tu padre a muerto —fue directo al grano, no había forma fácil de decirlo y entre más pronto lo hiciera más pronto ella la odiaría por eso y podría seguir adelante—. He sido yo quien ha tomado su vida cuando intentaba escapar después de casi matarme —pudo ver cómo su rostro se descomponía en un mar de lágrimas y su corazón se estrujó—. Korra está grave, recibió una bala de uno de los hombres de tu padre. Ya he dispuesto lo necesario para que tú y Opal vayan a verla.

—¿Mataste a mi padre? ¿Cómo pudiste? —la recriminación fue como un puñal que se clavaba en su pecho y simplemente bajó la cabeza avergonzada con lo sucedido.

—Decir que lo lamento no es suficiente —desvió sus ojos para no seguir mirando—, no puedo resarcir mi error y aún cuando tú padre no fuera el mejor hombre, se que no tenía el derecho de tomar su vida de esa manera.

—No, no tenías porque hacerlo —el enojo estaba presente en su voz y Kuvira pudo sentir el dolor de la mujer que amaba y la impotencia de ser ella la causante de él—. Creí que lo llevarías ante la justicia y que ellos lo juzgarían.

—Decirte cualquier cosa sonaría como excusa y no tengo perdón por eso —los sollozos se hicieron más grandes y prefirió guardar silencio.

—¡Era mi padre! —gritó con rabia—. No debías haberlo matado, no tú… tú menos que nadie… yo… yo te odio… ojalá nunca hubieras aparecido en nuestras vidas —Asami sabía que estaba siendo irracional, pero la pérdida de su padre le estaba cegando y estaba arremetiendo contra Kuvira de forma cruel, lo pudo ver en la manera en que la otra mujer parecía empequeñecer ante sus palabras.

—Lo sé, lo siento —se mordió el labio—. Yo trataré de…

—No, no quiero nada de ti, sólo desaparece de mi vida, marchate, vete lejos, no quiero volver a verte nunca más —dicho esto Asami abandonó el despacho dejando a Kuvira.

Opal estaba afuera esperando, había oído toda la discusión, era inevitable no hacerlo cuando los gritos de la chica había sonado por todo el lugar. De mala gana la miró cuando salió y Asami no estando de ganas para aguantarla rompió la tregua que habían establecido tácitamente.

—Ni se te ocurra decir una palabra, tú y tu familia han destruido todo lo que yo amaba —se fue sobre ella, prácticamente desquitandose—. No tienes ningún derecho de ver a Korra y no quiero que lo hagas.

—¿Quien te crees que eres para prohibirme algo a mi? —Opal le respondió en el mismo tono agresivo e iba a lanzarse sobre Asami cuando Kuvira la detuvo.

—¡Dejala! —la sostuvo con las pocas fuerzas que le quedaban—. Está afectada por la muerte de su padre —la chica se revolvió pero Kuvira no la soltó.

Asami las dejo en el pasillo. No quería saber nada más. Salió al patio y buscando a uno de los jornaleros le pidió le consiguieran un caballo, sin embargo los soldados que venían acompañando a la comandante fueron hasta ella para hablarle.

—Señora —uno de ellos le ofreció el caballo que traía Kuvira—, estamos listos para partir en cuanto lo desee.

Vio al negro corcel y quiso despreciarlo sólo que su deseo de alejarse lo más pronto posible ganó y aceptó al animal.

Malika llegó corriendo hasta donde Asami estaba y al ver su rostro triste la abrazó. Ella se limpió las lágrimas de su cara.

—Debo ir con Korra, Malika —se puso a su nivel y suavizó su voz—. Deberás quedarte y portarte bien —la niña se negó rotundamente.

—No, iré contigo —la pequeña se aferró a su cintura.

—Es peligroso, lo mejor es que me esperes aquí —le dio una pequeña sonrisa para calmarla pero ni así la niña soltaba su agarre.

Una de las señoras que cuidaban los niños del campamento llegó en ese momento y ayudó a Asami para hacer que la niña la dejara ir.

—¡No quiero! —la pequeña comenzó a llorar haciendo una pataleta.

—Por favor, volveré pronto, no tienes de qué preocuparte —acaricio su cabello antes de que la otra mujer se la llevara.

La pequeña Malika quedó llorando y aunque le dolía tener que hacer eso no podía cargar con ella en ese viaje. Subió al corcel negro y partió a buscar a Korra.

— o —

El berrinche de la pequeña se hizo eco por donde la mujer que la cuidaba la llevaba. Kuvira la vio y reconoció a la pequeña. Después de dejar a Opal, que también estaba haciendo tremenda pataleta, se aproximó a la niña.

—¡Hey! ¿Te acuerdas de mi? —le habló y la niña dejó de llorar lo suficiente para asentir—. ¿Quisieras ayudarme a curar mis heridas? —le ofreció para distraerla y hacer que dejara de llorar.

Eso pareció funcionar y tomando su mano la llevó hasta la tienda médica donde le dieron los auxilios. La niña se había tomado en serio su papel y pasaba el agua y las gasas a la persona que limpiaba la sangre y aplicaba los puntos a las heridas que su piel presentaba. Al menos por un rato Malika estuvo distraída con ella.

Era ya pasada la tarde cuando arribaron a la ciudad de los Cafetales. Habían andado a buen paso a pesar del cansancio de los caballos que ahora irían al establo a descansar y a tomar una buena comida para restablecerse, igual que los soldados que ya estaban bastante ajetreados por el ir y venir.

Encontró a Mako y a Bolín en el interior del hospital esperando a que terminaran de intervenir a la morena. Por lo que le dijeron estaban tratando de rescatar su pierna del trauma causado por el calibre de la bala. El daño había sido bastante considerable, les dijo el médico después cuando fue a informarles, por lo que aún había altas probabilidades de que tuviera que amputarse si esta llegaba a infectarse. Se había corregido la hemorragia y tratado de acomodar el músculo dañado y el hueso se había fisurado con unas esquirlas que llegarán hasta él. Sería una recuperación larga y dolorosa y al menos por un buen tiempo debía permanecer en cama y con la pierna inmóvil.

—¡Hola! —la morena la saludo en cuanto la vio cruzar la puerta aunque el saludo salió algo flojo.

—¡Hola! —la chica se acercó hasta ella y con su mano retiró algunos mechones de su frente sudorosa—. Quédate quieta —le pidió al ver que quiera incorporarse para recibirla—, estoy aquí y ni me iré a ningún lado.

Korra sacudió la cabeza y Asami acuñó su rostro entre sus manos depositando un pequeño beso en sus labios. Aquel gesto reconfortante la hizo calmarse. Se sentía bien, sin embargo pudo ver en sus ojos esmeralda una tristeza que no se podía disimular aunque Asami lo estaba intentando.

—¿Has hablado con Kuvira? —extendió su mano hasta su mentón haciéndola mirarla cuando intentó desviar la cara.

—No quiero hablar de eso —dijo tajante, aquello debía ser tormentoso si se negaba a tocar ese tema.

—¿Te ha dicho ya lo de tu padre? —no espero respuesta y continuó al ver su rostro compungido ante la mención—. Detesto tener que decir esto, pero me salvó la vida, realmente lo hizo.

—No Korra, ella mató a mi padre —rodó los ojos aún molesta y retirándose un poco.

—Tu padre intentó matarla, si no hubiera aparecido ella sería la que estaría muerta, por no decir que yo también —recordar el instante en que el tipo aquel le disparara le causó escalofrío.

—No quiero escuchar nada al respecto —se levantó y le dio la espalda no quiera seguir oyendola.

—De acuerdo, está bien —dijo para tranquilizarla.

—Lo siento, pero es que a pesar de todo, él era mi padre —unas gotas rodaron por su mejilla y se abrazó a sí misma tratando de darse consuelo—. Malo o bueno, era mi única familia —se mordió el labio inferior para no decir el nombre de su esposa frente a la morena—. ¿Qué clase de hija sería si no me lamentará de su muerte?

Korra palmeo la cama donde estaba invitando a Asami para unirse a ella de nuevo. La recibió rodeando sus brazos alrededor de su cuerpo y la chica lloró sobre su hombro.

Los días pasaron uno detrás de otro hasta acumularse casi dos semanas. Asami había permanecido junto a Korra mientras está estuvo en los Cafetales. Malika se les unió días después cuando Mako la llevó. La niña estaba feliz de ver de nuevo a Asami y a Korra, se la pasó casi todo el tiempo hablando y jugando con la morena haciendo más agradable el tiempo en que debía estar en aquel lugar.

Los hermanos la visitaron en dos ocasiones, ambos habían estado ocupados reubicando a toda la gente que estaba volviendo a sus hogares, si los tenían y los que no, se les estaba consiguiendo. Su padre también la visitó y estuvo con ella un par de días antes de tener que irse para continuar con ese trabajo. Korra se sentía como un lastre al tener que estar en cama mientras los demás estaban activos haciendo el trabajo duro. Asami la animaba y la presencia de Malika la ayudó a distraerse y eso fue algo bueno en su recuperación. Le frustraba el hecho de que tendría que estar así por lo menos un par de meses antes de que empezara a intentar caminar de nuevo.

Era pasado mediodía cuando los hermanos llegaron de visita ese día, aunque no venían solos. Con ellos venía también Tonraq, Opal, Kuvira y un hombre joven de tez oscura que vestía un hábito de monje al que no conocía, junto con una comitiva de soldados escoltandolos. Verlos a todos ellos se le hizo extraño a Asami que en ese momento estaba con Malika afuera del hospital después de ir a comprar algo de comida.

Los jóvenes hermanos se acercaron a ella para saludarla, así como el padre de Korra. Atrás se quedó Opal y Kuvira con el hombre de piel oscura. La militar camino hacia Asami con el chico siguiéndola y Opal se mantuvo en su lugar sin querer pasar.

—Señora Sato —le habló Kuvira con seriedad y el modo frío en su voz la hizo enojar pues de inmediato volvió el rostro para no verla—, es necesario que hable con usted un instante —los chicos y el hombreton se dieron por aludidos y las dejaron a solas, Bolín tomó a la pequeña y la llevó con él.

—No hay nada de lo que tengamos que hablar —le contestó de forma cortante.

—Aun hay algo que debemos dejar en claro antes de que me alejé de usted definitivamente —el orgullo de la chica no le permitió mirarla, se mantuvo distante.

—Sea lo que sea, no estoy interesada en ello —el desprecio y el odio en su voz la hizo dudar, sin embargo Kuvira siguió adelante.

—Si no quiere tener más tratos conmigo lo entiendo, por esa razón he traído al señor Kai —el chico de tez oscura hizo una pequeña reverencia presentándose—. Él hara las funciones de nuevo administrador —escuchar aquello removió el dolor en su pecho por su padre.

—Veo que no ha perdido el tiempo buscándole un reemplazo a mi padre —reclamó airadamente—, ¿me ha encontrado un reemplazo a mi también? —se mordió los labios en cuanto las palabras salieron de su boca.

Esa última parte había estado de más, eso lo sabía y se lamentaba por no haber tenido filtro y quedarse con ello. Las mejillas de Kuvira se tiñeron de rojo debido a la molestia que supuso ese improperio, tuvo que usar todo su control para no contestar a esa afrenta y sólo se limitó a seguir con lo que debía decir.

—Cualquier detalle que desee aclarar puede hacerlo con él ya que además se encargará del tema del divorcio y la parte que le corresponde —no dijo nada más, se dio la vuelta y la dejó.

La militar iba echando chispas enojada por el comportamiento de la mujer que en algún momento dijo que la amaba. Se fue refunfuñando hasta llegar donde los otros esperaban para entrar a la visita con Korra.

En cuanto llegó todos pasaron a verla. La morena se sorprendió de verlos allí reunidos. Su padre la abrazó y los chicos la saludaron alegremente, sólo la militar se mantuvo al margen.

—¿Esta todo bien? —preguntó cautelosa pasando su mirada por cada uno de los presentes y leer en sus expresiones que estaba sucediendo, aunque todos parecían contentos, sólo Kuvira desentonaba con ellos.

—Si, claro que si hija —Tonraq le respondió y los hermanos sacudieron la cabeza—. Hemos venido a petición de la señora Kuvira para informarte de la situación.

La morena guió sus ojos hasta la figura de la comandante quien por cierto vestía su nuevo uniforme con el logo del general Iroh al igual que Bolín. Mako permanecía de civil a diferencia de ellos dos.

—Todo va conforme —la militar comenzó a hablar—, tu padre, yo y el nuevo administrador hemos empezado a repartir equitativamente las tierras que Hiroshi —trago saliva al pronunciar su nombre— obtuviera de manera fraudulenta, así como también he otorgado parte de la fortuna de mi padre para pagar los daños a las familias afectadas. Todo ese dinero fue producto de años y años de negocios abusivos y mal habidos así que no me pertenece.

—Espera, espera, ¿renunciaste a tu herencia? —aquello sorprendió a la morena.

—No a toda realmente —suspiro, había tenido que renunciar a cosas más importantes que sólo un puñado de dinero—, estoy dando lo justo a los que les fue arrebatado en primer lugar —en ese momento el joven de tez oscura entró en la habitación—. Él es el nuevo administrador —se lo presentó a Korra—, su nombre es Kai.

El chico hizo una reverencia y el hábito no paso desapercibido para la morena. Parecía una buena elección.

—Encantado de conocerla —la saludó con una sonrisa jovial—, estaremos tratando mucho hija de Tonraq.

—Puede llamarme Korra —le dijo y él asintió.

—Tu padre seguirá siendo el capataz de la hacienda, al menos hasta que uno nuevo lo releve —Korra miró con extrañeza a Tonraq y este la sacó de sus duda.

—Los campesinos han formado un grupo de defensa y me han nombrado su representante —le explicó —, quieren evitar que en un futuro alguien más desee arrebatarles sus tierras y el fruto de su trabajo.

—Papá, esa es una gran noticia —la morena extendió sus brazos y felicitó a su padre, aquello sí que era algo bueno para la gente.

—Yo estaré por aquí un tiempo ayudando con eso —Mako dijo queriendo ser partícipe también.

—Eso es excelente —aunque estaba contenta, se sintió un poco, también quería ser útil y ayudarlos.

—Cuando estés mejor espero quieras unirte a nosotros —su padre percibió su tristeza y la animó diciéndole aquello.

—Nosotros iremos a la capital —Bolin saltó para no quedarse atrás y contarle a Korra lo que iba a hacer—. El general Iroh nos ha dado un lugar en su ejército en la nueva empresa que está tomando, vamos a recorrer todo el país.

Aquello fue todavía más extraño, cualquiera que supiera un poco de política conocía la larga enemistad entre Suyin y Iroh. El que Kuvira se embarcará junto al general sólo podía interpretarse como traición. Eso le preocupó y busco en Mako algún indicio que explicara lo que su hermano decía pero el chico no supo o no quiso decirle nada.

—Bolin —la comandante le llamó la atención y el chico dejó de hablar—, recuerda que es un tema de estado.

—Lo siento comandante —se cuadro dando un saludo militar.

—¿Qué hay de la caballería y de la presidenta? —dijo enfadada la morena.

—Servimos a la nación y procuramos el bienestar del pueblo, daremos estabilidad y unión a los estados para que esté sean un lugar mejor para vivir —esa respuesta no la hizo cambiar su cara, era como si Kuvira repitiera un discurso aprendido de antemano—, eso no ha cambiado, pero no es el tema que hemos venido a tratar. Bolín y yo partimos esta tarde y he querido que estés al tanto —dijo apartando la plática del asunto—. Si nos disculpas debemos irnos.

—Solo queda una cosa comandante —el chico le recordó señalándole el bolso de su chaqueta y Kuvira recordó el otro asunto por el que venía.

—Cierto Bolín —busco entre su uniforme y sacó un papel que le entregó a la morena que no supo de que se trataba—. Esta es tu baja temporal del ejército, para que puedas recuperarte sin presiones y te tomes el tiempo necesario para decidir qué es lo que deseas hacer después.

Korra leyó el documento y en efecto allí se notificaba de manera oficial su baja por incapacidad y dejaba abierto su regreso a las filas del ejército hasta que estuviera recuperada.

—No sé que decir —la chica se quedó sin palabras y Kuvira palmeo su hombro.

—Tu negocio ahora es mejorar y cuidar de Asami —sonrió y Korra pudo ver la tristeza debajo de esa sonrisa.

Dicho eso, Kuvira salió y Bolín detrás de ella.

—¿Por qué de pronto es partidaria de Iroh? —miró a Mako volviendo al tema que le preocupaba.

—Según lo que mi hermano me dijo, es el precio que ha tenido que pagar para que Iroh le permitiera usar sus tropas —eso no le gustó para nada a Korra.

Asami se había quedado con Kai, el joven con el hábito le estaba explicando lo que iba a proceder en cuanto al asunto del divorcio y la herencia de su padre.

—Los bienes que su padre poseía, así como el dinero en sus cuentas de banco fue confiscado por el ejército del general Iroh —no le estaba prestando mucha atención porque después de todo no le interesaba ese tema o más bien le resultaba pesaroso—, para ser devuelto a los campesinos. En suma, la herencia se ha vuelto nada.

—¿Qué dice? —no entendía muy bien pero si era así, eso significaba que no tendría ni una sola moneda para vivir ahora que se separaba de su esposa.

—Son malas noticias, sin embargo la señora Kuvira ha logrado rescatar una parte que ha sido condonada en favor suyo, además de la dote que pagará por cuenta del divorcio que han acordado —dijo satisfecho sólo que ni así Asami cambio su semblante.

—¿Supongo que debería estar agradecida por su benevolencia? —no sabía que le enojaba más si el hecho de que Kuvira abogara por ella con la herencia de su padre o que siguiera adelante con el divorcio.

—¿Eh? Bueno, estaré en comunicación con usted para darle los detalles —hizo una reverencia y siguió los pasos que el resto dieran al interior del lugar.

La chica se quedó rumiando su mal humor caminando alrededor del patio un buen rato para calmarse y al ver a Opal que la miraba con desaprobación se acercó a ella para pelear. Quería sacar su enojo de alguna manera.

—Realmente no entiendo lo que estás haciendo —la chica Beifong le dijo en cuanto la tuvo cerca—, Kuvira te ama y tu solo la alejas y te vas con otra.

—Kuvira mató a mi padre —Opal rodó los ojos al oír esa cantaleta.

—Era eso o que las mataran a ellas —dijo de forma chocante—, pero eso no te importa evidentemente así que estarás contenta de obtener lo que quieres y que Kuvira se vaya lejos de ti y probablemente nunca más vuelvas a verla.

—No, no me importa, ella me engañó con tu madre cuando dijo que me amaba sólo a mí —eso hizo exasperar a la otra chica que se llevó una mano a la frente.

—Superalo o ¿vas a negar que también tuviste tus morreos con Korra? —se cruzó de brazos retándola a decir algo respecto a eso.

—No, no lo voy a negar —dijo enfadada—. Sólo que siempre detuve a Korra cuando ella quería algo más.

—Hay que ser zorra —susurro para ella aunque no lo suficientemente bajo para que Asami la oyera.

—Y tu arrastrada buscando la atención de alguien que no te ama —la cólera lleno a Opal que estaba a punto de irse sobre Asami pero vio a Kuvira salir del hospital y se contuvo

—Bueno, Korra es historia vieja conmigo y es tiempo de pasar a otra cosa —la miró desafiante y con ganas de joderla por su insolencia —, quizás un apuesto comandante del ejército sería un buen candidato para meterla en mi cama ahora que es libre y tiene el corazón roto, no creo que me cueste trabajo —alzó una ceja sonriendo maliciosamente.

—Opal debemos irnos, el tren partirá pronto —Kuvira llegó hasta ellas con Bolín a su lado, vio la situación tensa entre las dos pero no quiso intervenir cuando Asami la fulminó con esos ojos esmeralda y sólo hizo una escueta reverencia de despedida sintió que decir algo estaba de más.

—Nos vemos —sacudio la mano y fue a tomar el brazo de la militar dándole una última mirada de desprecio.

Se podría decir que Asami estaba echando humo de manera literal. Quería ir y apartar a esa mujer Beifong de su esposa pero se detuvo de hacer aquello. ¿Qué iba a hacer? Se sentía celosa y por ende posesiva. Sin embargo comprendía que las cosas entre ellas dos estaban muy mal, la había perdonado por su desliz con Suyin pero no lo había superado, como tampoco lo hacía con la muerte de su padre a pesar de que entendía las razones. Solo era que no podía ir tras ella cuando tenía a Korra y esta estaba en la situación que se encontraba, herida y esperanzada en su amor por ella. Se sintió una mala persona por eso. Debía enterrar lo que sentía o llegó a sentir por Kuvira, eso estaba terminado, y debía concentrarse en amar a Korra.

"¿Pero porque siento que estoy haciendo lo incorrecto?", se dijo a si misma. "Es horrible que si estoy con Kuvira piense en Korra y si estoy con Korra piense en Kuvira."

Se quedó afuera un buen rato, debía calmarse antes de volver con la morena, si lo hacía era porque su corazón estaba allí y sin embargo sus pies comenzaron a caminar rumbo a la estación de trenes.

El lugar se veía lleno de vida, personas iban y venían, tanto civiles como hombres uniformados del ejército que corrían para abordar el ferrocarril que estaba a punto de partir. Asami anduvo por el andén buscando a Kuvira pero no la vio por ningún lado. El tiempo se le iba cuando observó al último soldado subir a uno de los vagones cuando la máquina pito anunciando su salida.

Corrió para alcanzarlo pero no fue suficiente el furgón del final abandonó la estación con ella desilucionada por no llegar a tiempo y encontrar a la mujer que amaba. Las lágrimas corrieron por su rostro y las dejo fluir libremente. Se quedó plantada en ese lugar hasta que el ruido de la locomotora se perdió en la lejanía.

"Quizás es el destino. Mi sitio ahora es al lado de Korra." Se dijo para consolarse y ni así podía aliviar la pena en su pecho.

—Opal date prisa, debemos ir al vagón reservado —Kuvira la apuraba desde los escalones de entrada al carro del tren con bastante impaciencia.

Seguía molesta con la chica por lo que fuera que hiciera para que Asami estuviera como estaba cuando la vio a la salida del hospital.

—Ya voy, deja de presionar que también quiero irme de aqui y no regresar nunca más —le hizo la señal para que avanzara y dejara de molestarla.

—Entonces no te atrases, Bolín ya está abordo —le dijo y entró en el vagón sin esperarla más, echó un último vistazo a la estación y entró lanzando un deprimente suspiro final.

—Dramática —esa actitud le exasperaba a la chica y tuvo suerte de que Kuvira no la escuchara.

Ella también echó una última mirada y se quedó helada al ver a Asami llegar a la estación. La militar se había metido al carro del tren y Opal se debatió entre ir y decirle que estaba Asami allí o ignorar el hecho. El gusano del odio pico con mayor fuerza y simplemente la ignoró aprovechando para alcanzar a Kuvira y distraerla para que no volviera a mirar la estación.

— o —