Entre el amor y el deber

Disclaimer: Ninguno de los personajes, lugares o nombres aquí mencionados me pertenecen, son propiedad de Nickelodeon, Dante Dimartino y Bryan Konietzko. Basados en la Leyenda de Korra.

NdelA: Este capítulo va sobre Kuvira y lo que ha hecho este tiempo, al menos la primera parte. Ahora que lo leo de nuevo, me siento contrariada por poner a Kuvira en esta situación.

o —

—¿Es en serio? —exclamó Opal al entrar en la habitación, encontrándose a Kuvira arreglándose el uniforme frente al espejo mientras detrás de ella había un desorden de botellas sobre una mesa.

—¿Qué es lo que deseas? —le respondió de mal humor, tenía un fuerte dolor de cabeza producto del whiskey que había bebido la noche anterior.

—Es desastroso tener que aguantar tu carácter cuando tienes resaca —puso sus manos contra la cintura reprobando su conducta—. ¿Hasta cuando vas a dejar de torturarte de esa manera?

—¿De cuando acá te importa a ti lo que me pase? —alzó una ceja viéndola de soslayo y regresó a terminar de abotonarse la chaqueta.

—Tienes razón, me importa un cacahuate lo que te suceda, pero no así lo que pueda pasarle a mi familia porque no te concentras en lo que debes hacer —se acercó a ella colocándose entre su cuerpo y el reflejo del espejo, quitó sus manos del peto y comenzó a arreglarlo ella.

—También es mi familia y me preocupo por ellos —se justificó retirando las manos para dejar que Opal terminara de arreglar su casaca.

—¿Sigues molesta por lo de tu divorcio? —soltó sin rodeos, la miró directo a los ojos para ver su reacción y Kuvira sólo la ignoró—. Se que esto es doloroso para ti, pero debes acabar con eso. No puedes seguir casada con ella si vamos a llevar a cabo el plan que tenemos —terminó de acomodar la chaqueta pero se demoró dejando sus manos en la base del cuello de la militar acercándose sugestivamente—. Al menos tuviste la decencia de quitar el olor del alcohol —tomó el cuello de la chaqueta y la jalo plantando un beso áspero sobre sus labios.

Kuvira no tuvo tiempo de reaccionar hasta que sintió los dientes de Opal morder su labio inferior con fuerza. La chica la besaba con furia y rabia adueñándose de su boca. La militar buscó la forma de apartarla.

—Espera Opal —ante su negativa la menor volvió a morder con más fuerza dejando una fina línea roja como marca—, esto no puede pasar, no de nuevo. No voy a hacerle eso a tu madre, ya te lo he dicho.

—¿Hacerle qué? —la miró con dagas en los ojos, con el odio profundo dentro de ellos—. No pensaste en ello la otra noche —agarro las manos de Kuvira y las llevó a su cintura para después envolver sus brazos alrededor de su cuello—. ¿Dime que no lo disfrutaste? —la militar desvío la mirada avergonzada al recordar su deliz.

—Había bebido demasiado y tú te metiste a mi cama —Opal dibujo con su pulgar la mandíbula afilada de Kuvira y con una mueca en su rostro, algo parecido a una sonrisa en su boca, recibió con buen agrado el estremecimiento de la otra mujer.

—Y en ese momento no protestasté por ello —sintió un apretón en su cintura que la recorrió hasta sus caderas para que después la mujer mayor la apartara bruscamente de su lado.

—No Opal, tenía demasiado alcohol encima… yo no sabía lo que hacía —se dio la vuelta alejándose.

Su mente estaba siendo bombardeada por imágenes confusas de esa noche. Poco recordaba, sin embargo, su mente le daba lo suficiente para saber lo que había hecho.

El momento en que Opal ofreció sus besos y sus caricias para sanar sus heridas. ¡No! En realidad no lo había hecho para eso, no para sanar sus heridas, sino para abrir nuevas que opacaran el dolor de las anteriores. Los besos no eran de amor, eran besos cargados de odio y rencor, eran caricias duras y ásperas que buscaban herir más profundo, no era hacer el amor, era odio, resentimiento mezclado con sexo y alcohol.

Recordaba las palabras de Opal aquella noche mientras se quitaba la ropa. "No lo hago por ti, lo hago para vengarme de mi madre, para vengarme de Korra y de la mujer que me la quitó."

No había tomado conciencia hasta días después de que todo sucedió. Mientras se miraba al espejo y veía las huellas persistentes de sus uñas sobre su espalda y hombros, los moretones en su cuello y pecho, así como la hinchazón en sus labios por las mordidas recibidas. No hubo amor, ni remotamente esperaba eso, solo había resentimiento y desesperación, el deseo de destruir al otro para no sentirse tan miserable.

Habían pasado seis meses desde que había dejado atrás su pueblo, a Asami en realidad, cuando recibió el mensaje de su nuevo administrador. El mensaje donde le decía que su esposa se negaba al divorcio. Al principio no pudo evitar que su corazón diera un brinco de alegría al pensar por un segundo que Asami la amaba aún y por eso se negaba a la separación, pero siguió leyendo el contenido del mensaje para saber qué sólo lo hacía porque quería verla a la cara cuando tuvieran que firmar su divorcio, para restregarle lo feliz que era con otra y lo mucho que la odiaba por haber matado a su padre. Eso la llevó a lo más profundo de su desolación, a las entrañas de su infierno personal de donde Opal la saco para llevarla al suyo.

Flashback —

Acababa de leer la carta que Kai le había enviado, ni bien la dejó sobre la mesa se vio llevada por una fuerza mayor que la controló guiandola hacia la vitrina de donde tomó una de las botellas de whiskey de su interior. La abrió y bebió con avidez su contenido buscando perderse en el dulce fuego del olvido que prometía aquel líquido ardiente.

Nunca había sido una persona que gustará de beber, ni siquiera en su tiempo como cadete lo había hecho a pesar de que Baatar le insistiera un par de veces. No era lo suyo. Pensó que jamás lo sería pero ahora el líquido se deslizaba por su garganta como si fuera agua y estuviera sedienta a morir. Tal vez fuera la incontable cantidad de veces que había visto a otros hacer lo mismo ante un desastre amoroso tratando de encontrar consuelo en una botella que parecía borrar todo recuerdo doloroso, por eso había comenzado a adquirir el hábito cada vez que tenía algún problema con Asami. No era la solución, pero era lo único que tenía para sobrellevar su miseria.

El amor no era algo fácil para ella. Primero Suyin, luego Asami, con la primera actuó con madurez quizás porque sabía que las probabilidades estaban en contra. Fue un amor juvenil, por admiración y deslumbramiento ante aquella mujer fuerte y decidida que estaba extinguiendo su llama tras la muerte de su esposo y ella no podía permitir que eso sucediera por lo que le prestó su fuerza para mantenerla y hacerla resurgir con mayor ímpetu. El final era inevitable y aunque en algún momento pensó que podía durar más tiempo, no fue así y tuvo que aceptarlo y superarlo. Dolió, claro que le dolió pero el final llegó de mutuo acuerdo consciente y aceptado.

Sin embargo con Asami las cosas fueron diferentes. Llegó a ella meses después de haber pasado un tiempo consigo misma sanado sus heridas por el amor de Suyin. Llegó en un momento en que pensó que todo lo importante se estaba yendo de sus manos al perder la última pieza de su familia, aún cuando nunca fue apegada e incluso odiara a su padre al inicio. Con ella se permitió bajar la guardia, dejarla entrar más profundo, ser vulnerable incluso más de lo que alguna vez pudo ser con Suyin. Quizás creyó ingenuamente que podía tener la familia que tanto deseo por años, una persona a quien amar y que la amara con la misma intensidad. Tal vez por eso dolía con mayor fuerza todo.

Solo deseaba acabar con el dolor de su corazón mediante el efecto anestesiante del alcohol. Se sentía herida, impotente, furiosa y desolada. ¿Para qué quería verla Asami? ¿Para restregarle en la cara su felicidad con Korra? ¿Por qué carajos no firmaba el maldito papel de una buena vez y cada una seguía adelante con su vida? Eso era lo mejor. ¿Qué más quería de ella si no quedaba nada más que pudiera ofrecerle?

¿Y si aún me ama y quiere verme por esa razón? —se preguntó en un intento desesperado de darle sentido a su amor no correspondido, a todo lo que habían pasado juntas y que no valía solo terminarlo de esa manera tan injusta.

Se enjuago las lágrimas que habían brotado en algún punto de su embriaguez, empinó la botella buscando más pero ya no había líquido en su interior. Fue de nuevo a la vitrina y cogió una segunda botella de licor.

No, ella lo dejó muy claro, no me ama y Kai dice que sólo es su requisito para firmar el divorcio —habló consigo misma en medio de la vacía habitación.

El fuego de su estómago quemándola por dentro encendió su sangre y en un arrebato de furia arrojó la botella vacía, que aún estaba en su mano, contra la pared haciéndose añicos en un estridente sonido de destrucción innecesaria.

El ruido producido pronto llamó la atención y Bolín y Opal acudieron rápido a su habitación en el vagón del tren donde viajaban. Ambos estaban hospedados en camarotes adjuntos al de Kuvira. La puerta se abrió de pronto entrando los dos al cuarto de golpe.

¿Qué rayos haces? —dijo Opal en cuanto la vio y observó el sitio desordenado.

¿Qué sucedió comandante? —el chico se puso a recoger los pedazos de vidrio del suelo con la preocupación en el rostro.

Kuvira no les respondió, siguió bebiendo sin prestarles atención dándoles la espalda. Opal rodó los ojos ante su actitud pero noto la carta tirada, se acercó y la levantó para leerla. Rápidamente recorrió las líneas que escribiera el administrador y al acabar arrugó la hoja con enojo.

¡¿Cómo carajos se atreve?! —dijo sumamente molesta alzando la voz—. ¡Eres una imbécil si por esta razón te has puesto así! —le recriminó y Bolín le dirigió una mirada de descontento por dirigirse de esa forma a su superior.

¡Opal! —el chico la llamó por su nombre para que dejara los reclamos a un lado—. Eso no es necesario ahora.

¡Callate si no sabes lo que es eso! —le contestó al chico para después dirigir su atención a la comandante—. ¿Acaso vas a sentarte allí a lamentarte de la vida y lo malo que es que ella no te amé? —intentó arrebatarle el licor a Kuvira y Bolín la detuvo—. ¡Que patética eres! —le gritó mientras el chico trataba de contenerla.

Las palabras de Opal la hicieron enojar nuevamente y la militar la encaró al oír su insulto.

¡No te atrevas a hablarme de esa manera niña! —Bolin quedó en medio de las dos y con mucho esfuerzo trató de separarlas sin mucho éxito—. Tú mejor que nadie sabe lo jodido que es esto.

Así es, y no por eso voy llorando por la vida como una niña idiota porque perdí mi juguete favorito —soltó para molestarla y herirla.

Sabes que es mucho más que eso, yo la amo, la amo demasiado, no es un capricho como lo tuyo con Korra —contraataco Kuvira enterrando el dedo en la llaga.

¡Vamos chicas! ¡No peleen, por favor! —Bolin aún permanecía en medio para evitar una confrontación física entre las dos.

Pues ve, anda, corre tras ella como es tu costumbre, arruina todo lo que hemos hecho para salvar a mi familia y a esa gente de tu pueblo de Iroh, sólo porque esa mujer te lo pide —escupió con ira—. ¿Acaso piensas que te verá, se va a arrepentir y te va a pedir que regresen juntas de nuevo? ¡No seas imbécil!

Por supuesto que no —alzó las manos y dio un paso atrás dando una tregua a Bolín que respiro un poco—. Ella quiere el divorcio, eso lo deja en claro.

¿Entonces por qué haces esto? —Opal señaló la botella en la mano de Kuvira.

¡Porque me duele, todo esto me duele! —dijo con rabia—. El que muestre una buena cara y haga lo correcto, no me exime del dolor que siento por no tenerla conmigo, de que lo nuestro no funcionara… —dio un trago al licor—. Si por eso soy patética o una imbécil, dejarme serlo en paz.

El chico la miró con pena, no le agradaba ver a la comandante de esa manera así que quiso ir y abrazarla pero Opal lo detuvo ahora. Kuvira seguramente lo rechazaría cruelmente y el chico no necesitaba eso cuando lo único que buscaba era consolarla, sin embargo Kuvira no quería consuelo, al menos no el de Bolin. Opal frunció el ceño, solo tenía ganas de golpear a la comandante hasta hacerla entrar en razón pero ni siquiera ella se sentía capaz de hacer algo. También estaba herida como la mujer delante de ella.

Dejala Bolín, si quiere ahogarse en alcohol que lo haga —jaló del brazo al chico y entre protestas por parte de él, los dos dejaron la habitación.

Se quedó sola bebiendo, la botella dio paso a otra más, pues buena parte del contenido había sido derramado en la pequeña pelea. Fue hasta su cama y se recostó para dejar actuar el alcohol y así adormecierá su mente que no dejaba de pensar en Asami.

Le era imposible olvidarla.

Los recuerdos, las memorias guardadas en su cerebro no dejaban de aparecer una tras otra. Momentos felices compartidos con la mujer que amaba y la dulce esperanza de que esos instantes fueran eternos, sólo que todos ellos habían pasado, ya no había más momentos hermosos que vivir con Asami. Ella la odiaba y sólo podía hacer lo posible por tratar de no seguir siendo un problema en su vida.

Estaba tan metida en sus pensamientos y en dejar que el alcohol hiciera su trabajo que no se percató de la presencia junto a la cama. Sintió un desnivel en el colchón y el peso de una persona subir sobre su cuerpo. Se sobresaltó e intentó incorporarse pero el cuerpo sobre el suyo se lo impidió.

¡Opal! ¿Qué haces aquí? —alcanzó a decir antes de la mano de la joven Beifong tapará su boca.

Te aclaro que esto no lo hago por ti, lo hago para vengarme de mi madre, para vengarme de Korra y de la mujer que me la quitó —pronunció despojándose del resto de su ropa sin ningún intento de seducción, casi lo hizo mecánicamente por compromiso.

Kuvira no se hubo percatado de la desnudez en las finas y torneadas piernas que rodeaban su cintura hasta que sus manos se posaron en las caderas de la chica. Abrió sus ojos sorprendida al ver los pequeños y delicados pechos ante ella. La piel clara e inmaculada de Opal se estremeció con el aire más frío de su alrededor y sus vellos se erizaron con él y con el tacto de los dedos ásperos de la comandante sobre sus caderas.

¿Estás segura de esto? —dijo con los evidentes rastros del alcohol en sus venas—¿Qué hay de tu madre? Yo no puedo hacerle esto —trato de resistirse pero el fuego del licor, el cuerpo caliente de la joven, la soledad y el desamor, así como el surgimiento de un extraño deseo de poseer a alguien más, le estaban colocando una venda en los ojos sin que opusiera resistencia.

Mi madre no está aquí, estoy yo —sus manos comenzaron a retirar la camisa que Kuvira llevaba puesta—. ¿Acaso no quieres probar una versión más joven de una Beifong? ¿De mi madre?

La comandante guió las caderas de Opal sentándola en su regazo y retiró su camisa dejando al descubierto la piel de su torso. Hundió su cara en el cuello de la chica aspirando su fresco aroma ligeramente parecido al de Suyin, sólo que había un perfume de jazmín que preponderaba por encima de ese, aquel olor a jazmín le trajo el pasado con Asami a su presente y un insano deseo de acabar con la menor de las Beifong avivó el fuego del infierno en su interior. Las uñas de Opal se clavaron en su espalda arañando con fuerza mientras la comandante degustaba el sabor de su sudor en la base de su cuello. Había perdido ya cualquier uso de razón al percibir el aroma aquel que tanto le recordaba a la mujer que amaba. Se aferró a ese sentimiento y a pesar de no ser Asami, quiso engañarse pensando que era ella.

El frío pronto se fue caldeando hasta que se convirtió en un calor insoportable. Calor que emanaba de las manos de Kuvira recorriendo sus caderas y sus muslos, subiendo hasta su espalda baja y golpeando y apretando sus glúteos cuando Opal hincaba sus dientes en el hombro de la mujer mayor.

Las caricias eran duras, desesperadas como cuchillas afiladas que abrían la carne al tacto dejando la piel lacerada y palpitante por el trauma sufrido. Ambas estaban enfrascadas en una lucha de poder, de dominio y sometimiento en el que ninguna cedía ni un palmo de terreno. Ni palabras de consuelo, ni de amor existieron entre ellas.

¡Te odio Kuvira! —le dijo al oído después de lamer su cuello y finalmente mordió su lóbulo con fuerza.

Aquello hizo enojar a la militar. Con salvajidad jaló el corto cabello de Opal para retirarla y con brusquedad la echó sobre la cama. Su pequeño y delgado cuerpo trato de oponer resistencia pero la fuerza de la mujer mayor la mantuvo aprisionada. Kuvira se acomodo entre sus piernas dejando que el peso de su cuerpo descansara sobre la chica empujando sobre un punto en específico.

Opal rodeo con sus manos el cuello de la militar ejerciendo presión con sus pulgares sobre su garganta. En un rápido movimiento tomó las muñecas de la menor y las llevo por encima terminando de apoyar su cuerpo sobre el suyo hundiendo su rostro entre su corto cabello.

Eres una tonta si crees que puedes ganarme —apretó dejando unas marcas moradas sobre las finas muñecas de Opal que respondió mordiendo sus labios para hacerlos sangrar.

Subió sus piernas y se apoderó de las caderas de Kuvira que comenzaron un ritmo despiadado de fricción sobre su lugar más sensible. El daño que estaban haciéndose mutuamente parecía ser lo único que podían ofrecerse. Pequeños sollozos salieron de la boca de Opal y el ritmo subió de velocidad para hacerlos más sonoros. El agarre en sus muñecas se aflojo pues Kuvira decidió usar sus manos para que esos gemidos acrecentaran.

Sin ningún cuidado hundió un par de dedos en su ya húmeda intimidad comenzando a jugar con el diminuto bulto hinchado que se erguía en busca de sus caricias agrestes. Opal aprovecho y sin perder el tiempo sus dolidas manos buscaron la espalda baja de la militar enterrando sus uñas de manera bestial llevando carne en su camino.

¿Es todo lo que tienes? —Opal la desafío entre gemidos aferrándose a ella con fuerza.

El cabello negro de Kuvira caía como cascada sobre su rostro perlado por el demoníaco calor que había en el ambiente. Estaban empapadas en el sudor de ambas. Gotitas corrían por la espalda de la mujer mayor que resbalaban al compás de sus movimientos de vaivén, su brazo entraba y salía con brutales empujes que la llevaban más profundo cada vez. Cada embestida era un grito que rompía la paz del lugar pero no pedían se detuviera, por el contrario pedía más de forma grosera al decir que no era suficiente todo aquello.

Sus dedos se hundían en la cálida y húmeda cavidad que se convulsionaba presionando ferozmente casi como si quisiera romperle los huesos de lo apretado que era. Sin embargo eso en lugar de detenerla la impulsaba. Se apoderó con su boca de una de sus pequeños senos mordisqueando un pezón jugando a burlarse de ella cada vez que sus dientes probaban su delicada piel bronceada. Su lengua premiaba después de cada mordida y la saliva corría por su pecho dando un poco de alivio a su maltratada dermis.

Los pies de Opal acariciaban con fiereza las definidas pantorrillas de Kuvira subiendo hasta si trasero empujándola para que no parará, sus manos pasaron al rostro de la militar para hacerla subir y volviera a besarla. Kuvira protestó al ser privada del juego y gruñó en los labios de Opal. La chica podía sentir que estaba llegando al límite aunque no deseaba admitirlo. Sus dientes apresaron el labio inferior de la otra mujer y apreto hasta hacerlo sangrar, los besos adquirieron un sabor salado y metálico cuando la sangre se mezclo con la saliva de las dos.

Kuvira no se quejó de la tortura a su boca, por el contrario, aunque no podía decir que lo disfrutaba aquello le ayudaba a volver físico el dolor interno que la estaba partiendo. Sintió la tensión de las paredes de Opal y el fuerte espasmo que le siguió cuando la chica alcanzó el punto más alto de su placer.

Opal hundió sus dedos en la cabellera negra de Kuvira y con desesperación vertió su orgasmo en la boca de la otra. El sabor de la sangre y el alcohol, el dolor de las caricias, el grito ahogado y la humedad que se derramó entre las piernas de la pequeña Beifong y su mano no fue suficiente para calmar la herida que la desgarraba por dentro.

Sintió que sus fuerzas la abandonaban y la respiración acelerada de Opal empezó a volverse lenta poco a poco. Los pequeños temblores y estremecimientos fueron menguando hasta que el cansancio las alcanzó por fin en los brazos de la otra.

El alcohol y el acto sexual llano le permitieron dormir el resto de la noche. Durante esas horas de inconsciencia no supo nada más hasta que sus ojos despertaron al día siguiente. Se sorprendió al sentir una presencia cálida debajo suyo y más aún cuando se dio cuenta de la desnudez de su acompañante y de quien se trataba. Un agudo y punzante dolor le atravesó la cabeza como resultado de la resaca. Parpadeo varias veces para tener una mejor imagen de su alrededor. Todo aquello estaba mal.

Quería llorar, gritar y maldecir pero se contuvo pues no quería despertar a la chica. Con lentitud se retiró de encima del cuerpo de Opal quien estaba durmiendo profundamente pero al sentir el movimiento abrió los ojos con pereza. Lo que recibió de esas pupilas verdes una vez que tomaron conciencia de lo que sucedía fue una mirada de asco y desprecio que le revolvió las entrañas, aunque sabía que la tenía merecida. Kuvira sintió vergüenza por su proceder, por haber permitido de nuevo caer en una Beifong buscando alivio que no iba a encontrar de esa manera.

¿Es tu primera vez? —dijo con la voz trémula y ronca al ver sus dedos manchados de rojo ante la obvia situación.

Opal desvío la mirada y sólo buscó cubrir su desnudez con la sabana de la cama terminando de echarla de su lado.

Si, lo es, ¿y qué? —volvió a mirarla y sus mejillas enrojecieron nuevamente, ya no por el acto sexual sino por lo vergonzosa que se estaba sintiendo—. No me vengas ahora con tonterías de sentirte "responsable" o "comprometida" conmigo. Eres detestable Kuvira. ¡Ya deja de mirarme así! ¡No soy una niña! —le lanzó un golpe al pecho que Kuvira no evitó.

Un sentimiento de culpa la llenó. Seguía cometiendo error tras error y ahora ambas estaban metidas en este lío. Se levantó de la cama y fue hasta el cuenco de agua para limpiarse las manos y la cara para tratar de borrar la huella de su equivocación.

¡Oh vamos! —bufó con frustración—. Era totalmente consciente de lo que hacía —dijo sentándose en el borde de la cama aún tapándose con la sabana.

Pues yo no lo era, dejé que me cegara el alcohol —se entretuvo secándose para evitar mirarla, se sentía culpable—. Esto no debió pasar.

No me vengas con esa tontería —se levantó y fue a ella tomándole el rostro para que la viera—. Quisiste esto tanto como yo. Querías una amante con quien desquitar tu frustración y olvidar a esa mujer, yo quería eso también —el acero en los ojos verdes de Opal le dio escalofríos a Kuvira pero mantuvo la mirada—. Somos la una para la otra en este momento.

No quería nada de esto —retiró su mano apretando con fuerza lastimando los dedos de la menor que se quejó levemente.

¡Eres una basura Kuvira! —pronunció con resentimiento frotándose la dolorida mano.

¡No me importa lo que digas, esto fue un error y no volverá a pasar! —le respondió en el mismo tono pero lo suavizo al final—. Lo lamento.

Antes de que pudiera decir algo más la comandante salió a toda prisa del camarote dejando a Opal gritándole con rabia todo el odio que decía sentir por ella.

Fin Flashback—

—¿Seguirás con esa cantaleta? —rodó los ojos exasperada—. ¿Hasta cuándo vas a superar eso?

—Esto no es conveniente, me detestas, ¿por qué hacer esto? —tomó el cinturón con su espada y se lo colocó, lo había pensado mucho y seguía sin entender del todo el proceder de la joven. ¿Era la venganza su única motivación?

—Por el contrario, esto sería de utilidad siempre y cuando logres el divorcio —le dio la espalda para contemplarse en el espejo y dar alguno retoques a su traje—. Ya lo veo en los diarios, el anuncio de nuestra relación y un posible compromiso, eso te daría mayor impacto político incluso por encima de Iroh —dijo el nombre del general con aún mayor desprecio que el de ella y eso le hizo advertir que algo estaba sucediendo y se lo estaba perdiendo.

—¿Ha pasado algo con él? —alzó una ceja con molestia anticipada.

—Si levantarás la cara para algo más que empinar una botella lo sabrías —agarró los guantes grises y se los aventó por la cara—. Será mejor que te apresures, el gobernador de la provincia nos espera.

No le dio tiempo a replicar cuando la joven salió del lugar y le siguió los pasos. Venía por delante una reunión para nada agradable con el gobernador Tarlock y con Iroh. Estaban en un punto decisivo para obtener el apoyo del estado más poderoso del norte del país para sacar a la presidenta del poder, poder que tanto deseaba el general.

o —