Entre el amor y el deber

Disclaimer: Ninguno de los personajes, lugares o nombres aquí mencionados me pertenecen, son propiedad de Nickelodeon, Dante Dimartino y Bryan Konietzko. Basados en la Leyenda de Korra.

NdelA: ¡New chapter! Lamento la tardanza, pero no había podido sentarme a escribir con calma. Reestructuración en el centro de trabajo, en otras palabras despidieron personal y nos cargaron la mano de trabajo. Espero poder entregar el siguiente capítulo sin tanta demora. Una disculpa para los que me leen y una disculpa más grande para los que se toman el tiempo para dejarme un comentario.

Hay un poco de violencia y maltrato a algunos personajes, sorry u. u

— o —

La mañana era fría a pesar de los rayos del sol en el horizonte que despuntaban iluminando el paisaje de una tonalidad azulosa y anaranjada, estos rayos no alcanzaban a calentar aún a pesar de sus esfuerzos por sentirlos sobre su cuerpo y no creía que calentaran ni siquiera al medio día cuando estuvieran en su esplendor. El lugar estaba cubierto de una gran capa de pesada nieve que había caído por la noche. Ahora el cielo estaba despejado después de que las nubes descargaran toda su furia durante la madrugada.

La pequeña tormenta los había detenido y habían tenido que acampar en aquel lugar. Levantaron tiendas a modo de refugio y usando los carruajes como barrera se protegieron contra los vientos violentos que amenazaban con llevarse las carpas. El frío era atroz, no estaba acostumbrada a él siendo Kuvira oriunda de climas más cálidos. Ni aún usando un pesado abrigo de piel podía generar el calor suficiente para calentar su cuerpo y dejar de sufrir esos constantes temblores a causa del helado viaje.

Quedaba todavía un día y medio de camino hasta su destino en la ciudad del norte y acababan de pasar la frontera del país. Era muy molesto no poder transportarse por medio del ferrocarril, que haría el viaje más corto y cómodo, pues Iroh no deseaba llamar la atención de la gente con la comitiva de soldados, por esa razón los envío a vuelta de carro. Kuvira había protestado por ello, eso los exponía demasiado frente a los bandidos en el camino pero tuvo que obedecer las órdenes de su superior.

Se movió ligeramente para intentar salir del improvisado lecho donde había pasado la noche, sólo que unos pequeños y delicados brazos se aferraban a ella rodeando su torso. Esto se estaba convirtiendo en una rutina, una muy agradable rutina, y es que Opal lograba hacerla calmar y poder conciliar mejor el sueño que cuando la chica no estaba a su lado. Al inicio Opal lo hacía a regañadientes pero ahora no se negaba y cuando caía la noche ambas buscaban estar cerca la una de la otra. Kuvira se lo agradecia depositando un beso sobre su frente, aunque pronto ese beso fue viajando cada noche más cerca de sus labios.

Justo anoche ese beso había caído sobre esos labios que comenzaban a provocarle ciertos sentimientos buenos pero primordialmente malos, le dejaban una extraña sensación de culpa y remordimiento por alguna razón inexplicable o más bien borrada de su memoria. No profundizaron el beso, apenas fue un roce, pero fue suficiente para que las cosas se pusieran un tanto tensas entre ellas.

Como pudo salió de la jaula de sus brazos y se abrigo para salir de la tienda. Divisó a Bolín sentado frente a una fogata que servía para calentar a las personas que se acercaran a ella y en donde habían colocado un caldero donde un hombre hacía un guiso para que desayunaran todos en el campamento. El olor le abrió el apetito y se fue a sentar a su lado a esperar su turno mientras aquel soldado le daba los últimos toques a lo que fueran a comer.

—¿Cómo están las cosas? —le preguntó al chico quien le entregó dos cuencos para que le sirvieran el desayuno.

—Todo en calma, comandante —Bolin le sonrió mientras esperaba a que el cocinero sacará una cucharada del caldero y la vaciara en su plato—, hoy pinta para ser un gran día.

—Espero que sea así, ya quiero llegar a la ciudad y poder regresar a la hacienda después de esta tarea —suspiro profundo al ver el caldo humeante y su estómago gruñó en protesta por no recibir el alimento aún.

—Todavía falta mucho para eso suceda —escucharon la voz detrás de ellos, Opal se aproximó hasta donde se encontraban sentándose al lado de Kuvira.

—Lo sé —le entregó su plato a pesar de la reticencia de su vientre vacío y espero a que Bolin le diera uno nuevo a ella—, es solo que sigo sin poderme acostumbrar a todo esto.

—¿Aún no hay progreso con tus recuerdos? —Opal tomó la cuchara metiendola al caldo y sirviendo un bocado que en lugar de llevarlo a su boca lo dirigió hacia la militar que recibió la cucharada con pena pues los ruidos de su estómago la habían delatado frente a la chica.

—No desde la última vez —tragó la sopa—, son trozos de mi vida que no entiendo y no logro conectarlos entre sí a pesar de mis esfuerzos —contempló el plato que el chico le diera perdiéndose un momento en él—. Es demasiado frustrante. Sigo sin sentirme yo del todo.

—Poco a poco logrará recuperarse sólo hay que tener paciencia —la animó Bolin.

Comieron casi en silencio mientras veían al resto de los soldados hacer fila para poder desayunar. No volvieron a tocar el tema esa mañana.

El sol ya estaba por encima del horizonte cuando levantaron el campamento y se agrupaban para salir del lugar. No habían avanzado mucho cuando uno de los soldados dio el aviso de una columna de humo cerca de donde estaban. Pronto la columna se volvió otras más y el sonido de gritos seguidos de disparos llegaron arrastrados por el viento hasta donde estaban.

—¡Necesito un grupo conmigo! —ordenó Kuvira y rápidamente unos diez soldados se formaron con ella y salieron galopando hacia el origen de aquel desastre—. ¡Bolin hazte cargo de la caravana! —alcanzó a gritarle antes de perderse en la espesura del bosque.

—¿Por qué tiene que actuar de esa forma tan irritante? —dijo Opal rodando los ojos.

Era demasiado estúpido para ella ver la actitud de heroína de la militar, era como abrir una vieja herida de su tonto amor adolescente. Por ese tipo de cosas la había admirado tanto cuando estaba en la academia pero ahora sin embargo no era igua. Un pensamiento cruzó su mente, el beso que Kuvira le diera la noche anterior. Un ligero rubor cubrió sus mejillas, se avergonzaba de que esta manera de actuar de la otra mujer removiera su viejos sentimientos. Sacudió la cabeza y se reprendió por su conducta. "Mi objetivo es salvar a mi familia no tontear con Kuvira". A pesar de su regaño consigo misma no pudo evitar temblar, y no a causa del frío, por recordar aquella noche donde dejó que su cuerpo se entregará a una Kuvira completamente diferente.

— o —

Cabalgaron a toda prisa llegando hasta las inmediaciones de un pequeño pueblo envuelto en el caos. Un grupo de bandidos atacaban a los residentes golpeandolos sin piedad mientras los sacaban por la fuerza de sus chozas y los llevaban por la fuerza hasta el centro del pueblo. Desvalijaban y saqueaban las cabañas para después prenderles fuego. Kuvira analizó con prisa la situación, no eran muchos bandidos pero estaban fuertemente armados en comparación de las personas de aquel lugar aunque no contra sus soldados, con un poco de esfuerzo podrían contenerlos y apresarlos.

Los soldados se formaron en posición de ataque y alzando sus fusiles dispararon para abatir a los ladrones. Un par cayeron muertos y otros resultaron heridos, mientras el resto se reagrupaban para combatirlos. Quedaban seis en pie. Kuvira ordenó el cese al fuego cuando aquellos hombres amenazaron con matar a los lugareños que tenían sometidos. Se escudaron tras ellos cuando los soldados los rodearon.

—¡Será mejor que se rindan! —exclamó la comandante mientras sus hombres tomaban lugar y apuntaban directo a los bandidos.

—¡Este no es asunto suyo! —uno de los saqueadores dio un paso al frente—. Sigan su camino extranjeros aquí no tienen nada que hacer, esto no les incumbe —el tipo malencarado sujeto a una de las ancianas que estaban entre la gente del pueblo y la amenazó apuntando su pistola directo a su cabeza.

—Me temo que no puedo hacer eso —sacó su revólver y disparó a sangre fría volando los sesos al hombre—. ¿Alguien más desea seguirlo? ¿Quien más se opone a dejar tranquila a esta gente?

Los bandidos quedaron atónitos al ver la muestra de habilidad temeraria del que acababa de hacer uso la comandante. Estaban con la boca abierta al ver a su líder muerto de esa forma tan rápida. Kuvira bajó el arma y la llevó a su espalda para evitar que vieran el temblor en su mano. Estaba haciendo acopio de toda su voluntad para no ceder ante el miedo de haber matado a un hombre. Su cuerpo había actuado solo, sin darle tiempo a pensar en las consecuencias de sus actos. Eso le dio pánico, era como si no fuera dueña de sus acciones.

Aquellos hombres se miraron unos a otros y decidieron huir dejando todo lo que habían saqueado hasta el momento. Salieron corriendo hasta donde tenían unos caballos y subiéndose a ellos dejaron el pueblo.

Kuvira no ordenó su persecución pero si el arresto de los otros que habían quedado heridos, así como el auxilio a los habitantes de aquel pueblo.

El temblor en su mano comenzó a ceder pero su respiración seguía agitada, busco un lugar para sentarse y miró a su alrededor sin encontrar nada. La anciana que había sido atacada por el bandido se acercó a ella poniendo una mano sobre su hombro para llamar su atención, sin embargo Kuvira no reaccionó bien al gesto y se apartó bruscamente queriendo poner espacio entre ellas.

—Lo lamento —dijo apenada la militar—. Yo… yo no me siento bien.

La mujer mayor le dio una pequeña sonrisa y le indicó que la siguiera hasta una de las chozas. La anciana no parecía alterada por lo que acababa de pasar, ni siquiera un poco.

Al entrar a la casa de aquella mujer, Kuvira pudo ver el desorden que existía al interior. Los pocos muebles que tenía estaban volcados, había trastos tirados por el suelo, ropa desgarrada y cosas esparcidas por todos lados. Para tratar de calmarse comenzó a recoger un poco todo aquel tiradero.

—¡Muchas gracias! —hablo por fin la anciana—. Llegaron como una bendición de los espíritus —removió el fuego incipiente de la chimenea y colocó un cazo con agua para calentarla.

—Solo estamos de paso pero les ayudaremos un poco a reordenar las cosas —terminó de acomodar lo que parecía ser un comedor tradicional de las tribus del norte.

—Se los agradeceremos profundamente —el cazo empezó a humear vapores del agua caliente y la anciana busco entre sus estantes hasta encontrar una diminuta bolsa con hojas secas que trituró en un mortero—. Esos bandidos han estado molestandonos últimamente debido a la falta de hombres en este pueblo que han marchado a la ciudad para poder mantener a sus familias.

—Eso es lamentable —dijo al tiempo que tomaba asiento en el suelo sobre unas pieles que hacían la función de cojines—. Las grandes industrias de la ciudad demandan demasiado de los pueblos de alrededor, es un precio por el avance tecnológico.

—Es un precio demasiado alto para pagar si es a costa de nuestra propia tranquilidad y nuestra alma —vacío las hojas molidas en una tetera y después depositó el agua hirviendo—. ¿Cual es el precio que ha tenido que pagar usted a cambio de su tranquilidad y su alma?

Le ofreció la bebida y sus manos la traicionaron, aún no podían detener su temblor. Con cuidado puso la taza en la mesa y la anciana la conminó para beber de ella. El aroma que desprendía el té le trajo a su cabeza un recuerdo que no logró formarse en su totalidad pero que tenía que ver con una mujer morena y una vieja rencilla, era un aroma como a pinos.

Se agobió al no poder comprender los parpadeos o destellos que surgían en su mente, ni el cómo ni el porqué de ellos. Dio un sorbo a la amarga bebida y dejó que el calor la inundará por dentro.

—No lo sé —colocó de nuevo la taza en la mesa y se vio en aquellos ojos azules cansados de una larga vida y sintió la necesidad de ser sincera—. En realidad creo que no fui consciente del pago que estaba haciendo.

—Pocas veces somos conscientes de nuestros actos, actuamos de forma instintiva para librarnos del dolor y eso nos lleva a lastimarnos y lastimar a los que nos aman —la militar agachó la cabeza perdiendo su atención en el fondo de la taza de té como parecía ser su costumbre últimamente.

—Usted parece conocerme mejor de lo que yo me conozco y ni siquiera sabe mi nombre ni quien soy —se llevó la taza a la boca para dar otro amargo trago y sus hombros se vencieron en el desánimo.

—Yo soy Katara, ¿quien eres tú? —la anciana le dio otra sonrisa.

—Kuvira, ese es mi nombre o al menos con el que mi madre me nombró —dejó salir un profundo suspiro—, y no se quien soy… he perdido todo de mi… he perdido mi camino...

Estaba terminando de pronunciar esas palabras cuando la puerta de la choza se abrió dando un fuerte golpe. Opal apareció por el marco de la puerta.

—Aquí es donde te has metido —dijo acercándose hasta ella para comprobar su estado—. ¿Estás herida? ¿Te ha pasado algo?

—No, no, estoy bien —se puso en pie terminando el contenido de la taza—. Solo estaba… —no alcanzó a decir lo que en verdad le sucedía, le daba vergüenza que la chica tuviera que aguantar lo que le pasaba—, sólo estaba ayudando a la señora Katara.

—Llámame simplemente Katara —Opal miró a la anciana mujer pero no entendió lo que sucedía así que se limitó a asentir a modo de saludo después de su aparición abrupta.

—Katara, gracias por el té —le entregó la taza dando una inclinación respetuosa—. Es tiempo de irnos —dio unos pasos atrás y se dispuso a salir con la chica Beifong de la casa de la anciana.

—Muchas gracias por todo —volvió a hablar antes de que cruzaran el umbral—. Si deseas volver a encauzar tu camino estaré aquí para ayudarte con ello, sólo los espíritus saben porque hacen las cosas pero sin duda ellos te han enviado aquí para contrarrestar el mal que Amón ha sembrado en ti.

Escuchar ese nombre dejó a Kuvira petrificada en su lugar y Opal estaba de la misma manera. ¿Qué podía saber una anciana que vive en medio de la nada de aquel hombre enmascarado?

—¿Qué ha dicho usted? —con estupefacción le preguntó Opal pues Kuvira aún no salía de su congelamiento.

—Puedes verlo en sus ojos, ese miedo, ese terror bajo la piel que sólo Amón, un espíritu corrupto como él deja en sus víctimas —la mujer sirvió una taza de té para ella dando un sorbo con tranquilidad.

—Será mejor que nos vayamos —la chica jaló a la militar que no opuso resistencia.

Se dio cuenta que su cuerpo no respondía a la orden que su mente le estaba dando, la orden de quedarse allí y averiguar más de lo que estaba diciendo la anciana. Sin embargo el regusto amargo aún presente en su boca le hizo saber que no podría hacer uso de su voluntad. Algo le había dado aquella mujer en ese brebaje para calmarla al punto de hacerla dócil frente al arrastre de la pequeña Beifong.

— o —

—¿Sigues pensando en esa anciana? —Opal la cuestionó al verla tan perdida en sus pensamientos.

Habían llegado a la ciudad del Norte donde debían hacer la transacción del negocio de Varrick con Tarrlok. Un fuerte cargamento de armas, municiones y explosivos para reforzar su ejército frente a los problemas civiles que aún acosaban su estado. Claro está era la versión oficial y dudaba que fuera la real.

—¿Cómo no hacerlo? —le respondió dándose por vencida en concentrarse en los papeles que tenía delante. Contratos y permisos—. Ella sabe cosas que necesito saber también.

—¿No estarás hablando en serio? —alzó una ceja inquisidora—. ¿No creerás en las charlatanerías de una vieja bruja?

—¿Ha regresado Bolín? —cambio el tema, le molestaba que la chica cuestionara lo que había pasado en aquel pequeño pueblo, sobretodo cuando era evidente que la mujer aquella la había leído sin conocerla.

—Aún no, pero no debe tardar —se acercó a donde Kuvira estaba sentada frente a aquel escritorio y se inclinó tomando su hombro izquierdo aproximando su pecho a la altura de su cara—. Tienes que firmar aquí y aquí —le indicó ya desesperada de no ver avance por parte de Kuvira.

La línea de ideas de la comandante se borró al ver y apreciar ese escote que mostraba los atributos femeninos de la joven mujer, haciéndola ponerse nerviosa y sonrojarse cuando esos pensamientos fueron a lugares pecaminosos al imaginarse cuán suaves y con qué facilidad cabrían esos pechos en sus manos. Trato de desviar la mirada cuando los opalinos ojos de la chica se dieron cuenta de lo que estaba viendo.

Y es que últimamente la cercanía entre las dos era mínima. Kuvira no recordaba haber tenido ningún amor antes, aunque había algo que siempre le traía una pena en el corazón al percibir el aroma del jazmín.

Opal era la mayor parte del tiempo entre enojada y cariñosa con ella. Era una forma rara de expresar su preocupación por ella. Podían compartir instantes que duraban segundos, como este, en el que la tensión entre ellas llegaba a un punto en el que todo lo que deseaba Kuvira era tomarla y hacerla suya, sin embargo, esos momentos pasaban tan rápido como llegaban y nunca se atrevía a hacer nada que no fuera sonrojarse y que Opal se alejara de nuevo.

Solo que algo había cambiado.

Desde aquel roce de labios que tuvieran en un momento de debilidad, cuando ambas estaban en los brazos de la otra vulnerables. Las cosas se habían vuelto extrañas. Esta vez la chica no huyó lejos de ella o respondió de forma agresiva. No. La distancia se fue acortando cada vez más. Los ojos oliva de Kuvira viajaron de la curva de su pecho a los prometedores labios rosas de Opal y una sed insaciable le secó la garganta. Una sed que intuía sólo sería calmada al beber los besos de la pequeña Beifong.

Opal hizo lo mismo, de una manera hipnotizante sus ojos también fueron a caer en los labios de la militar, esos labios que podían ser duros cuando ladraba sus órdenes o temblorosos cuando el deseo se apropiaba de ellos, ansío poder probarlos una vez más y un calor entre sus piernas apareció de improviso amenazando con quemar todo su cuerpo al venir a ella el recuerdo de los manos de Kuvira sobre su piel. Se mentiría si decía que no quería volver a compartir esa intimidad con ella, aún cuando hubiera sido de una manera burda y salvaje. Pero la situación había cambiado. Ya no era la venganza o el odio lo que la inclinaba a seguir adelante, había un cierto sentimiento que renacía de su agolpamiento adolescente.

Sus alientos chocaron y la distancia entre las dos prácticamente no existía. Kuvira podía sentir ya el sabor de esa boca y Opal a su vez el temblor de esos labios que la buscaban con necesidad.

—Comandante ya está todo listo para partir esta tarde —apareció Bolín sin tocar la puerta de aquella oficina y como si existiera una fuerza que las jalara para alejarlas se separaron—. ¿Interrumpo algo? —preguntó con inocencia el chico no sabiendo bien que es lo que acababa de suceder.

El joven teniente parecía tener la habilidad de aparecer en momentos precisos cuando ambas estaban en situaciones comprometidas y poner cara de circunstancia al descubrirlas.

—Ejemm —se aclaró la garganta Kuvira, pues se había quedado con la boca seca sin recibir lo que buscaba—, no, estaba terminando de…

—Firmar los papeles de la custodia del cargamento —le recordó Opal quien se fue al otro lado de la habitación visiblemente afectada.

Bolín las miro a una y a la otra pero ellas preferían no mirar a nada en particular, estaban apenadas.

—Partiremos de inmediato, no quiero demorar más en este lugar —acabo de colocar su última firma y acomodó los papeles entregándoselos a Bolin—. Llévale esto al encargado de tráfico, por favor, debe sellarlos y entregar los permisos correspondientes.

—Muy bien… —tomó los documentos pero permaneció unos segundos dudoso entre sí dejarlas solas o no.

Ante la demora del chico, Opal aprovechó y decidió escabullirse de la habitación junto con él. Permanecer en ese cuarto con Kuvira cerca podría hacerle caer de nuevo en una situación incómoda que no debía suceder, aunque una parte de ella quería dejarse llevar.

La militar vio la indecisión en el rostro de la pequeña Beifong, el como mordía su labio inferior buscando mantener el control de sus emociones. Quería detenerla cuando se dirigió a la puerta pero no se atrevió a hacerlo. Se sintió fatal. Algo en su interior le decía que no debía ceder ante el impulso que su cuerpo le estaba pidiendo a pesar de que no lograba comprender el porqué.

Quedó sola en la habitación y se hundió de nuevo en su mente. Forzó a sus pensamientos para que estos le dijeran la razón de porqué no debía ir tras Opal y pedirle… "¡Espíritus! Ni siquiera se que debería pedirle." Se dijo. En cierto nivel había entendido quien se supone que era y cuáles eran sus responsabilidades, cuál era su deber para con los Beifong y para con sigo misma. Solo que no se consideraba completa si la mitad de su pasado era un abismo negro que le impedía seguir adelante.

No podía arrastrar a Opal a ese hoyo. Tenía que encontrar la manera de llevar luz y volver a descubrir la verdad oculta debajo de esa oscuridad, aún cuando está fuera extremadamente dolorosa. La anciana apareció de nuevo como un destello.

"Puedes verlo en sus ojos, ese miedo, ese terror bajo la piel que sólo Amón, un espíritu corrupto como él deja en sus víctimas"

Esas habían sido sus palabras y no había forma de que la anciana Katara supiera de antemano el mal que estaba padeciendo. Ella había dicho que habían sido los espíritus quienes la había enviado allí y aquello no sonaba tan descabellado como lo quería hacer ver Opal. Amón la quería usar para servir a algún propósito oculto y seguramente maligno, sin embargo algo estaba interviniendo y había puesto a la anciana en su camino.

La prueba de ello estaba en su amigo Baatar quien parecía haber servido de primer intermediario devolviéndole parte de su pasado, ahora debía ir a buscar el resto y eso significaba volver a aquel pueblo.

— o —

La noche los sorprendió antes de tiempo, habían calculado que llegarían más lejos en ese tercer día de viaje pero la carga era demasiado para los animales que jalaban los carruajes y habían tenido retrasos debido a eso. A pesar de su reticencia tuvieron que acampar en un paraje que no le agradaba del todo.

Kuvira ordenó a Bolín que dispusiera las rondas de vigilancia y mantuviera una guardia constante alerta ante cualquier eventualidad. Las nubes de la tarde se habían acumulado en el cielo y todo parecía indicar que una nueva tormenta vendría con la noche. Dispusieron los carruajes de tal forma que sirvieran de barrera contra los vientos gélidos y al centro encendieron una hoguera que calentarán a los soldados para que descansen antes de relevar a sus compañeros en guardia.

De nuevo le estaba costando conciliar el sueño a Kuvira y se había mantenido en movimiento dando algunas vueltas al campamento verificando que sus órdenes se estuvieran llevando a cabo. Cuando la noche estuvo de lleno sobre ellos decidió que era tiempo de intentar descansar, sólo que no sabía qué hacer al llegar hasta su tienda y encontrarse con Opal. Temía que si tenía a la chica cerca de nuevo cediera ante su deseo de besarla. Los últimos días habían sido algo incómodos y procuraba llegar a la tienda ya tarde, para cuando Opal estaba durmiendo y ella podía mantenerse segura a cierta distancia.

Camino hasta la entrada de la tienda y se quedó clavada delante no sabiendo si seguir o no. Dio un paso pero no fue para entrar, se arrepintió y dándose la vuelta se alejó. No podía hacer eso. No podía actuar como si nada pasara, ni podía rendirse ante su deseo. No lo consideraba justo para ninguna de las dos. Fue hasta el centro del campamento y se sentó frente a la fogata para darse un poco de calor.

Había permanecido unos minutos allí cuando una gran piel cayó sobre sus hombros. Bolín le sonreía mientras se sentaba a su lado.

—Para el frío —el chico le ofreció una botella de licor pero Kuvira la rechazó—. ¿Va en serio con lo de dejar de tomar? —sorbió un trago del recipiente.

—Creo que es lo mejor —encogió los hombros y se aferró al abrigo, la fogata no parecía ser suficiente para calentarla.

—Eso me parece excelente, a su salud —Bolin alzó la botella a modo de brindis y volvió a dar otro sorbo—. Así se parece más a la comandante que conocí durante la guerra.

—¿Te parece que es así? Yo no logro reconocerme aún del todo —dijo haciendo un mohín jugando con la nieve a sus pies.

—¡Oh claro que si! —le picó las costillas con su codo ya animado por el alcohol—. Era usted un verdadero ejemplo de lo que debía ser una líder. Siempre recta, honorable y seductora. Creo que es por el uniforme y su actitud de príncipe que conquistaba a las chicas. Sin duda eso debió ser lo que atrajo a su esposa para casarse con usted, comandante.

—¿Esposa? —se sorprendió de la repentina confesión del joven que fungía como su teniente—. ¿De qué estás hablando? —preguntó confusa.

—¡Oh demonios! ¡He metido la pata de nuevo! —se puso rígido y busco la manera de salir huyendo después de decir lo que no debía—. Soy un idiota, soy un idiota —se repitió levantándose para irse.

—¿Es Opal? ¿Es por esa razón que ella está molesta conmigo? ¿Es por qué no recuerdo nuestro matrimonio? —se levantó también agarrando el brazo de Bolín impidiéndole irse—. ¡Contestame! —le gritó apretando fuertemente su agarre—. ¿Qué fue lo que hice mal con ella?

—¡Nada! —trato de zafarse de la mano que lo retenía—. No es ella… —se estaba rindiendo ante la suplica de Kuvira—. ¿Por favor no me haga decir esto? Usted quería olvidarlo y se fue, se esfumó, para que traerlo de nuevo si le causa dolor. Además eso la convirtió en la peor versión de sí —dijo desesperado por salir del atolladero.

—Pero es una parte de mi, aunque duela es un trozo de mi vida y se que es importante, no puedo perderla… me niego a perderla —Bolin dejó de intentar huir y Kuvira aflojo su agarre.

—Se que no lo recuerda pero comandante, usted hizo cosas malas a causa de eso —se rindió y agachó la cabeza.

—¿Qué clase de cosas? ¿Lastime a Opal? —la desesperación tiñó su voz y exigió saber.

—No, no a Opal, a su esposa y a usted misma —quería calmar a su superior pero no quería seguir revelando cosas que tal vez no era el momento decir. Había prometido a Opal que no diría nada y ahora estaba rompiendo esa promesa—. Será mejor que se calme y cuando esté más tranquila podamos hablar sin que se altere.

—No puedo seguir así Bolín —bajo los hombros entendiendo que su estado exaltado no estaba ayudando.

—Es cuestión de tiempo para dejar que las cosas vayan tomando su curso —trato de usar eso como excusa y dar por terminada la conversación.

—No me conformo con esa respuesta —dijo molesta apretando los puños.

El chico iba a decir algo más cuando la voz de alarma se propagó por el campamento. El silbato de la Guardia sonó y seguido de él se escucharon detonaciones de fusiles.

Estaban bajo ataque.

Ambos sacaron sus pistolas y fueron rumbo de donde provenían los sonidos.

—¡Arriba todos! ¡Coloquense en formación de defensa! —ordenó Kuvira a los soldados que estaban con ellos.

Rápidamente sus hombres se agruparon, una cuadrilla fue a reforzar la guardia que ya estaba combatiendo mientras el resto alistaba los carruajes en caso de ser necesario defenderlos de los intrusos.

Se aproximaron a la trinchera de defensa que montaran los soldados horas antes y desde donde ahora disparaban a un puñado de hombres que los atacaban desde un extremo del paraje. Parecían no ser muchos pero pronto se dieron cuenta que eran más de los que podían contener.

Tuvieron que replegarse y ceder la trinchera cuando explosiones les estallaron dentro de su defensa. Estaban usando dinamita a diestra y siniestra y no podía arriesgar a sus soldados tratando de mantener la posición.

Los morteros y las ametralladoras hicieron su aparición en su segunda línea de defensa hasta donde tuvieron que replegarse. Sin embargo los asaltantes parecían tener una dotación infinita de dinamita que no dejan de arrojar contra ellos.

Las explosiones iluminaban el campo de batalla dando una visión de todo alrededor. La nieve pronto se pintó de rojo por la sangre que estaba siendo derramada así como de cuerpos destrozados que habían sido alcanzados por los disparos y las detonaciones. El contraste con la blancura de la nieve hacía que el rojo brillante de la sangre caliente se destacará con mayor facilidad.

De nueva cuenta como sucediera hace unos días en el pueblo que estaba siendo atacado por los bandidos, su cuerpo parecía actuar por sí mismo. Como si una melodía sonará en medio de la noche y ella supiera la coreografía que debía danzar. Esquivar, disparar, atacar, proteger, moverse o morir.

Una luz encandiló sus pupilas cuando el paraje se iluminó por unos segundos mostrando en medio del campo de batalla la figura de una mujer de larga cabellera negra que caminaba hacia ella. Sus penetrantes ojos esmeralda parecían desnudarla y llegar hasta el fondo de su alma. Sus labios rojos se movían pronunciando una palabra sin sonido pero que pudo distinguir.

La estaba llamando.

Sus piernas respondieron al mudo llamado y sin darse cuenta estaba caminando hasta ella. Los destellos le permitían ver a aquella figura mientras se abría paso en medio de la nieve roja. Parecía el canto de una sirena que por las noches atrae a incautos marineros hacia su perdición.

La mujer alzó los brazos para recibirla en un abrazo que prometía ser cálido y afectuoso y apresuró su paso para fundirse entre ellos, pero en uno de esos destellos la imagen de aquella mujer misteriosa cambio a la de una ya conocida.

Ya no eran los brazos delicados y amorosos las que se extendían para recibirla, eran los brazos fuertes y dominantes de aquel hombre enmascarado.

—Amón —pronunció con miedo apenas en un susurro.

Se paralizó.

Perdió la noción de la realidad y de lo que estaba sucediendo. De nuevo aquel ser estaba controlándola, doblegando su voluntad.

Cayó de rodillas vencida por la fuerza de Amón.

Algo golpeó su pierna y apenas bajó la vista para darse cuenta de que se trataba cuando un tirón jaló de ella y alguien tomó la carga de dinamita y la arrojó lejos antes de que estallara a sus pies.

Pero el tiempo no estaba a su favor. La mecha estaba extinguiéndose cuando Bolín la lanzó alejándola, sin embargo la onda expansiva golpeó su mano y parte de su cuerpo haciendo barrera entre la explosión y la comandante.

La sangre salpicó la blanca nieve y el uniforme de Kuvira, quien al fin reaccionó con el calor del líquido escarlata y alcanzó a sostener el cuerpo parcialmente destrozado de su amigo. Sus oídos pulsaban de dolor por el ruido generado que rompió sus tímpanos.

Como pudo arrastró a un Bolín inconsciente y conmocionado hasta una posición más segura lejos de la línea de ataque.

Comenzó a revisar las heridas del joven teniente. Su mano estaba sangrando a borbotones en donde antes habían estado sus dedos. Solo horribles muñones de carne desgarrada y hueso que sobresalían es lo que quedaba de ella.

Tomó un pedazo de tela y con él realizó un improvisado vendaje para contener la hemorragia. Su pecho y su rostro también habían recibido el impacto de la explosión dejando esquirlas clavadas en su piel que apestaba a carne quemada.

Pronto un par de soldados llegaron a socorrerla y ellos cargaron el cuerpo casi sin vida de Bolín llevándoselo del campo de batalla.

Kuvira los siguió tambaleándose sin saber qué hacer. No era más que un lastre, un títere que se movía a la voluntad de Amón y no servía a otro amo más que al terror que él había dejado en ella.

Debía hacer algo o simplemente contemplar cómo seguía perdiendo personas importantes en su vida.

Los minutos pasaron y los disparos comenzaron a disminuir. Un soldado llegó hasta ella y le informó que los atacantes habían tomado parte del convoy mientras los distraían.

—Los revueltistas se llevaron la mitad de los carruajes y dejaron esto como evidencia de su participación —el soldado le mostró un trozo de tela que hacía la función de una bandera con el dibujo pintado de Amón.

—Auxilien a los heridos y reúne las provisiones y los carruajes que aún tenemos —dio la indicación al militar—. Envía un mensajero que corra a la población más cercana para conseguir ayuda médica y otro que mande un telégrafo a Iroh y Tarrlok para advertir del ataque y pedir refuerzos.

—¡Sí comandante! —hizo un saludo y se retiró para organizar al resto de sus compañeros.

Opal apareció al poco tiempo, había estado ocupada ayudando a los heridos y tratando de mantenerse ocupada sin pensar en dónde podría estar Kuvira, no quería caer en la desesperación por imaginarse que pudiera estar en peligro, eso no era conveniente para sus planes, se mintió.

Al ver la cansada y maltratada figura de Kuvira corrió a su encuentro. Como ya había sucedido antes, demostró su preocupación enojada con ella.

—¿Donde demonios te habías metido? —le gritó al ver su ropa llena de sangre—. ¿Estás herida? ¿Por qué no hay nadie ateniéndote? ¡Habla maldita sea!

—¡No es mía! —respondió en el mismo tono de voz—. No es mía —bajó su intensidad al ver el rostro compungido de Opal—. Es de Bolín, el chico saltó delante de mí y repelió una carga de dinamita pero esta explotó en el aire y…

La pequeña Beifong se llevó las manos a la boca esperando lo peor.

—¿Está muerto? —dijo trémula mientras un par de lágrimas se deslizaron por sus mejillas.

—No… no lo sé —rodeó con sus brazos a Opal que no evitó el contacto—. Espero que no… jamás me lo perdonaría, ha sido mi culpa.

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Las horas pasaron con lentitud mientras esperaban la ayuda de los refuerzos y la recuperación de los heridos. Opal y sobretodo Kuvira respiraron aliviadas al saber que Bolín había sobrevivido, aunque para su suerte había requerido la amputación de parte de su mano y ahora tendría que someterse a una intervención quirúrgica para tratar de volver funcional o al menos un poco más estética lo que quedaba de su mano derecha.

Kuvira se culpaba por ello y pidió disculpas al chico en cuanto esté estuvo consciente de nuevo. Estaba débil cuando lo visitó y procuro no tardar demasiado para que siguiera descansando. Un gran vendaje cubría su costado derecho y parte de su cara. El médico le había dicho que tendría algunas cicatrices pero nada de cuidado, lo preocupante era el estado de su mano derecha.

No espero mucho después de hablar con el doctor y ordenó que los heridos salieran de inmediato para ser atendidos en la ciudad más próxima mientras ella y el resto esperaban para mover lo que quedaba del cargamento.

—¿Estas segura que quieres hacer esto? —Opal esperaba impaciente una respuesta mientras Kuvira ensillaba su caballo negro y cargaba una maleta en su lomo—. No voy a dejar que te vayas y me dejes aquí a la espera, iré contigo.

—No tienes porque hacerlo —terminó de ajustar las correas y se giró para mirarla de frente—. Esto es algo que necesito hacer, no puedo permitir que cada vez que aparezca Amón no pueda hacer nada por el miedo y pierda partes importantes de mi vida —colocó una mano sobre su hombre ejerciendo una ligera presión.

—Pero no tienes porque hacerlo sola, te acompañaré —Kuvira negó con la cabeza—. Aunque no quieras lo voy a hacer.

—No, no puedo seguir poniéndote en peligro —subió su mano a su rostro acunando su mejilla y brindándole una cálida sonrisa.

Ya no había tenido oportunidad de aclarar las cosas con Bolín acerca de su plática sobre el tema de su esposa perdida, ni tampoco había querido hablar de ello con Opal. Si era verdad que ella estaba casada y ese alguien podía ser Opal no quería arrastrarla consigo. Debía hacer lo necesario para protegerla y recuperar sus recuerdos con ella, si es que los había.

Aunque aún seguía intrigada por la misteriosa figura de aquella mujer que se le apareció momentos antes de Amón. ¿Quién era y qué papel representaba? No lo sabía, tal vez era una pieza importante o sólo una herramienta en el sádico juego de Amón, pero tenía que averiguarlo.

Con cuidado atrajo a Opal a su pecho y alzando su rostro plantó un beso sobre sus labios. El movimiento sorprendió a la chica pero no lo rechazó. Dejó que sus bocas se fundieran en el contacto permitiendo a Kuvira tomar el control y guiar su lengua por sus labios hasta el interior de su boca. Fue un gesto tierno que se volvió apasionado cuando sus lenguas se rozaron. El sabor de su saliva y la calidez de su aliento eran algo que había deseado probar desde hacía semanas. No había querido admitir lo mal que la ponía Kuvira y lo mucho que ansiaba que esos labios la recorrieran de pies a cabeza.

Opal hundió sus dedos en la camisa de Kuvira arrastrando sus uñas por su espalda. Aquella caricia lasciva encendió el fuego interno de la militar que prolongó el beso a riesgo de quedarse sin aliento.

—¡Tomame! —le susurro Opal en cuanto se separaron jadeando en busca de oxígeno.

—No, no puedo —dio un paso atrás—. No ahora —con su pulgar rozó sus pómulos—, cuando regrese podremos continuar donde nos quedamos antes de todo esto… mi esposa —pronunció con ternura mostrándole el afecto incondicional que tenía hacia Opal.

La jaló con fuerza para otro beso fugaz impidiéndole decir nada a Opal que tardó en procesar que estaba pasando y lo que estaba haciendo ella.

—Espera —la empujó para separarla—, yo no soy ella —dijo mordiéndose el labio—. Podría aprovecharme, y se que hasta antes de que pasara lo de tu memoria lo habría hecho, la verdad es... que no soy ella.

Kuvira la miró levantando una ceja dudativa y Opal terminó de apartarla. La pequeña Beifong se debatió entre sí debía o no decir la verdad, pero a estas alturas no quería ser una opción basada en las mentiras, un premio de consolación como le había sucedido con Korra o una sucia venganza.

—Pero tú y yo… nosotras —intentó decir Kuvira pero Opal puso una mano en su boca.

—No hay un nosotras Kuvira —la joven sintió su voz quebrarse pero tomó aire para continuar—. Fui muy clara contigo, lo que pasó entre nosotras antes de que perdieras la memoria no fue sino mi manera de vengarme de mi madre y tú de tu esposa —la otra mujer quiso replicar pero Opal no apartó su mano impidiéndole hablar—. No niego que estas últimas semanas me he sentido diferente y tú has tenido la culpa de eso —recargó su frente en el hombro de Kuvira y está la abrazó—. ¡Tú y esa maldita manía de ser así!

Golpeó su pecho haciéndola retroceder. El dolor se posó en el rostro de la militar pero no debido al golpe sino al rechazo de la chica. Era obvio para Kuvira que Opal sentía algo más por ella, sin embargo la joven no quería dejarse llevar por ese sentimiento.

—Vete ahora —le dijo dándole la espalda—. Vete ya antes de que cambie de opinión y te mienta para que estés conmigo.

—¡Opal! —le suplicó pero la aludida no cedió.

—No, no vamos a jugar a esto —se apartó bruscamente cuando sintió una mano tocar su hombro—. Yo me encargo de todo aquí junto con Bolín, en cuanto se recupere, has lo que tienes que hacer pero no te demores demasiado.

Kuvira asintió y dejó de insistir. Comprendió lo que Opal estaba haciendo. No era justo para ninguna entrar en una relación si una de las partes no era una persona completa, la otra merecía más que eso.

—¡Vete ya! —gritó Opal, pero fue ella la que salió corriendo, no quería permanecer cerca de Kuvira por más tiempo.

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Había partido a los pocos días de entregar lo que quedaba del cargamento de armas. Tarrlok ya había sido enterado así como Varrick y Iroh, pero ninguno de ellos pareció sorprendido, por el contrario, lo celebraron. Era su excusa perfecta para obtener el permiso de fortalecer el ejército local y organizar detenciones y requisiciones a aquellos que fueran opositores al gobernador y su propósito de llevar orden y detener a los revueltistas que habían perpetrado el ataque.

Todo eran patrañas. Kuvira estaba molesta por haber sido usada de esa forma y sobretodo porque Bolín casi había muerto en esa querella. Sabía que a algún nivel el gobierno debió haber previsto el ataque y aún cuando proporcionó el personal necesario no fue suficiente.

Era ceder una cosa para ganar otra. Pues en realidad, los revueltistas no se habían llevado el cargamento más fuerte y pesado, sólo armamento ligero que no representaría un peso en el campo de batalla. Todo gracias a su desconfianza y a ocultar el verdadero contenido de las cajas que transportaba. Había previsto el peor de los escenarios aunque no su torpeza frente a Amón.

Una vez satisfechas todas las cuestiones documentales y de rendir cuentas a sus superiores, solicitó licencia para ausentarse algunos días para atender asuntos personales. Fue así que había marchado dejando a Opal y Bolin solos.

Cabalgó por varios días casi sin parar tratando de encontrar el pequeño pueblo donde había conocido a aquella extraña y misteriosa anciana. No tuvo mayores problemas en hallar el lugar sin embargo no pudo decir lo mismo de Katara.

Según le informó uno de los residentes, los bandidos habían vuelto a atacar días atrás pero esta vez no buscaban despojarlos de sus pocas posesiones, sino que fueron directos sobre la mujer mayor. Destruyeron su casa prendiéndole fuego con ella en el interior, apenas pudo escapar de la muerte gracias a un milagro de los espíritus, pero no le daban muchas esperanzas de recuperarse. Esto la alarmó. ¿Por qué hacer algo como eso contra esa anciana?

—Katara la ha estado esperando —le dijo el hombre que la llevó hasta donde la anciana permanecía convaleciente—. Solo por usted no ha podido hacer el viaje y cruzar al mundo de los espíritus. Espero que esto valga la pena.

Aquel hombre se mostró enojado por su tardanza y por el destino de la anciana. Ciertamente no merecía la agonía que le resultaba seguir viviendo.

La guió hasta el pie de la cama donde reposaba Katara y Kuvira tuvo que cubrirse la nariz y la boca. El olor a carne chamuscada y a putrefacción era bastante notorio. La mujer tenía cataplasmas de ungüentos sobre su cuerpo para tratar de aliviar el ardor y el dolor que debía sufrir a causa de las quemaduras. Donde aún quedaba piel podía ver lo enrojecida que estaba por la fiebre que padecía. Grandes bordes blancuzcos y negruzcos cubrían donde la carne había sido incinerada y destruido todo nervio, músculo y grasa.

Un leve quejido sonó cuando el hombre anunció su presencia a la anciana y esta abrió los ojos posando sus pupilas azules en ella. Podía distinguir las nubes que se formaron en ellos debido a la exposición al calor. Las llamas también se habían llevado parte de su rostro.

Tuvo que aguantar el vuelco de su estómago para no vomitar ante la escena tan horrible que contemplaba. Crispó los puños deseando poder tener la oportunidad de vengarme este crimen.

Katara levantó con precariedad una de sus manos y le indicó que se acercara. Kuvira obedeció colocándose en el costado izquierdo que había sido el menos dañado.

—Él… él estuvo aquí —dijo en una voz muy queda y débil para ser escuchada y Kuvira sabía a quién se refería.

—Lo sé —la secundo.

—Debes… debes acabar con él —habló con dificultad—. Amón es peligroso —intentó mover su mano para agarrar el puño de la camisa de Kuvira pero estaba muy débil—. Él robó los secretos de mi padre sobre las plantas y los usa para lastimar a las personas y someterlas.

Kuvira le dio la razón y trato de calmar la agitación de su pecho.

—Debes detenerlo —hizo uso de toda su fuerza y al fin logró agarrar el brazo de la militar—. Él quiere venganza y no parará hasta destruir a todos —se aferró con desesperación y las heridas de su mano se abrieron dejando un rastro de sangre sobre la manga de la camisa.

—¿Por qué? ¿Qué quiere vengar? —la cuestionó pero la respiración agitada de Katara le decía que la anciana no podría seguir hablando por más tiempo.

—Ira tras todos sus enemigos, no permitas que te controle o estarás perdida —el agarre en su brazo se hizo más cerrado para en un instante aflojarse.

El pecho de la anciana dejó de moverse y el ruido de su respiración cesó. El silencio se sintió como una pesada loza.

El maldito Amón había estado allí antes que ella, probablemente después del ataque que sufriera su caravana, y estaba asegurándose de que no pudiera obtener la ayuda que necesitaba para descubrir quién o qué era él.

Tenía dos certezas, la primera es que Amón tenía aliados que lo habían alertado de su encuentro con Katara y que habían facilitado el asalto durante su viaje. La segunda es que buscaba venganza.

¿Contra quien? Eso debía averiguarlo ahora, aunque una cosa era cierta, si estaba inmiscuido con los revueltistas tenía una idea de a qué enemigos se refería la anciana.

Se levantó de donde estaba al lado del lecho de Katara y cerró los ojos sin vida de la mujer. El hombre que estaba con ella procedió a cubrir su cuerpo con una manta y comenzó a recitar una oración.

Kuvira presentó sus respetos haciendo una reverencia y se dirigió a la salida pero el hombre la detuvo.

—Espere —se acercó a ella sacando algo de su abrigo—, ella me pidió que le entregara esto —sacó una pequeña bolsa que agitó frente a su cara—. Debo prepararle el brebaje para que esté contrarreste los efectos del envenenamiento que tiene su cuerpo.

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Kuvira ayudó al hombre aquel a enterrar el cadáver de la anciana. Le dijo que se llamaba Xie y era aprendiz de curandero bajo la tutela de su maestra Katara. Él había hecho todo lo posible por mantenerla apenas con vida todos esos días y sintió remordimiento por no haber apresurado su regreso como deseaba hacer.

—Beba esto —entregó una taza de humeante líquido que no tenía la mejor consistencia ni el mejor olor y suponía que tampoco tendría el mejor sabor—. Ayudará a quitar el bloqueo que su chi tiene y poco a poco restablecer las conexiones naturales de su cuerpo. Ande beba —la urgió y la militar no tuvo más remedio que hacerlo.

El primer trago fue pastoso y sumamente desagradable. El ocre y rancio saber casi la hace vomitar pero tuvo que aguantar si quería librarse del fantasma de Amón. Bebió hasta que su estómago no pudo más y casi vacío el contenido de la taza.

Se sintió mareada cuando su mano temblorosa depósito el vaso sobre la mesa. Unas leves arcadas pulsaron su cuerpo pero se negó a ceder al impulso de expulsar lo que acababa de tragar.

—Esto deberá quitar los impedimentos físicos que dejó él sobre usted —le entregó una botella con el brebaje de las hierbas que uso para preparar el que acababa de tomar—. Es importante que no hablé con nadie de esto. Él tiene ojos y oídos en los lugares menos pensados y puede estar manipulando personas que estén a su alrededor —Kuvira asintió ante su advertencia pero sentía la cabeza pesada y apenas podía prestarle atención—. Debe tomar un trago cada día por las noches hasta que se acabe el contenido. Debe hacerlo por las noches pues su cuerpo va a requerir toda la concentración posible para hacer que funcione la poción. Me entiende —quería responderle sólo que su cuerpo parecía no hacer caso, la pesadez la estaba invadiendo y se rindió sobre la mesa.

Xie puso la botella en su mano y se movió rápidamente para guardar sus herramientas en una maleta. Lo vio ir y venir sin poder hacer nada para detenerlo. Cuando hubo terminado de empacar, se acercó a ella de nuevo.

—Le he dado una alta dosis, las siguientes no serán tan duras como esta, pero tenga en cuenta mis consejos. Lo demás depende de usted y no desespere si no ve resultados inmediatos, esto es un proceso lento que la ayudará a sanar su karma —le palmeó la espalda—. Ahora me iré, es necesario que desaparezca por un tiempo si quiero salvar mi vida aunque no me alejaré demasiado. Sea fuerte.

Dicho estas palabras lo vio salir de la choza.

El cansancio la venció por algunas horas. Para cuando despertó el fuego de la chimenea se había extinguido hacía bastante tiempo pues la habitación estaba fría y a oscuras. Sintió la botella en su mano y la guardó en su chaqueta, no era demasiado grande, del tamaño de una licorera de bolsillo que fácilmente podría guardar entre sus ropas.

Se sacudió para despertar sus músculos y aliviarlos del dolor que tenían por la mala posición en que permanecieran y decidió que era tiempo de regresar, ya no tenía nada más que hacer allí.

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Cuando regresó a la ciudad donde estaban sus amigos, se presentó en el Palacio municipal directo con Tarrlok que en cuanto supo de su regreso la mandó llamar. Ni siquiera pasó a descansar o cambiarse las ropas. Tarrlok la había solicitado con carácter de urgente y no quería hacerlo esperar a pesar de su pesado viaje.

—Lamento tener que hacerla venir con tanta premura —le dijo el gobernador ofreciéndole asiento frente a su escritorio—, pero es un asunto que requiere cierta urgencia.

Dio algunos pasos alrededor de su amplia oficina y Kuvira no despegó los ojos de él. El tipo parecía bastante satisfecho.

—¿Qué es lo que desea su señoría? —preguntó respetuosamente.

—Hemos obtenido el permiso de la presidenta para formar y entrenar un regimiento especial que será usado por ella para combatir la amenaza que representa el resurgimiento de los revueltistas —se hinchó el pecho con actitud arrogante—. Nos ha dado un plazo de cuatro meses, una vez que pase el invierno, para presentar al nuevo regimiento y será usted la encargada de darle forma.

Abrió los ojos con asombro, no esperaba tener que ser ella la que tuviera que hacer eso. Significaba que dejaría de andar acompañando a Iroh por los diferentes estados, aunque ese trabajo ya estaba casi terminado, para permanecer anclada en un lugar por un periodo mayor de tiempo.

—No lo vea como una imposición, no hay mejor opción que usted para esta tarea —sonrió ofreciéndole la mano para cerrar el trato.

No tenía más que aceptar. Negarse no era una opción.

—Entonces comenzaremos a trabajar de inmediato —estrechó la mano del gobernador con firmeza y el hombre habló de nuevo.

—Mi hermano Noatak estará a cargo de todo lo administrativo, así que sólo deberá preocuparse por lo esencial del entrenamiento —Tarrlok devolvió el apretón con mayor fuerza y Kuvira sintió un escalofrío recorrer su nuca.

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—¿Así que estaremos aquí durante los siguientes meses? —preguntó el joven teniente Bolín.

—Hasta que pase el invierno —Kuvira le contestó.

Después de su corta reunión con Tarrlok el siguiente lugar que se decidió a visitar fue el hospital donde permanecía su amigo. Opal había sido notificada de su llegada y la había interceptado a la salida del despacho del gobernador y la había acompañado a verlo. Los tres estaban reunidos en una sala común donde descansaban varios enfermos convalecientes.

—¿Pudiste ver a la anciana? —Kuvira no pronunció palabra pero negó moviendo la cabeza al interrogatorio de Opal—. ¿Sigues en la misma situación? —la pregunta llevaba un trasfondo que sabía la mujer más pequeña necesita saber.

Suspiró, no podía hablar de lo que había pasado y no podía decirle que le llevaría algún tiempo más ni si daría resultado. No podía amarrarla a ella en esas condiciones.

—No tengo nada —dijo al fin y Opal desvío la mirada desilusionada—, lo lamento.

De nuevo Bolín sintió estar perdiéndose de algo importante que pasaba entre las dos. Era bastante engorroso tener que aguantarlas en ese estado. Eran bastante difíciles de entender y de hacer que pudieran congeniar de algún modo.

—Bueno al menos puedo decir que te acercas más a ser la Kuvira decepcionante que eras justo antes de tu pequeño problema —sus palabras sonaron más mordaces y heridas de lo que había querido en un principio pero no se echó atrás —. Será mejor que me retire, que descanses Bolín vendré a visitarte después.

Kuvira no la detuvo y sólo la vio marcharse. El pecho se sentía como un agujero que dolia por lo que acababa de hacer. Si no era amor la causa de ese dolor, no sabía que más podía ser. Optó por enterrar por ahora el tema de su vida amorosa. No le importaba si había o no tenido esposa, ella no estaba con ella y si era así es porque no le interesaba en lo más mínimo su vida. Debía concentrarse en parar a Amón y proteger a sus verdaderos aliados y amigos, Opal y Bolin.

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