Disclaimer: Caraqueña, morena, bajita... No, no soy JK Rowling así que los personajes/lugares no me pertenecen.
…
Sun is up, I'm a mess
Got to get out now
Got to run from this
Here comes the shame
Here comes the shame
1,2,3, 1,2,3, drink
1,2,3, 1,2,3, drink
1,2,3, 1,2,3, drink
Throw them back till I lose count
Chandelier
Sia
…
Hipótesis
Cuando los ecos resuenan
Dominique se dejó caer en la tierra, a los pies del árbol más grande del patio trasero sin tomar en cuenta que sus jeans rotos se ensuciarían. Sobre su cabeza, anidada en las gruesas ramas, estaba oculta la casita del árbol que Bill Weasley había construido para ellos. Hacía milenios que no la visitaba, ni siquiera recordaba cómo lograban subir los doce por el tronco y entrar perfectamente sin tumbarla. Fue en esa casita donde los nietos Weasley habían tenido sus mejores momentos; fue ahí donde recibió su primer beso a los doce años, semanas después de la masacre. Inconscientemente, como hacía cada vez que se sumía en los recuerdos, la Weasley se llevó los dedos a la boca para acariciarla; tenía las manos ásperas y los labios rotos a causa de la resequedad igual que aquel día otoño en el cual Lorcan Scamander la había tomado desprevenida.
-Sabía que estarías aquí -. La vocecita de Lucy, empequeñecida por el suéter verde de lana que parecía tragársela, la obligó a abandonar sus memorias. Las primas se miraron. Seguían perturbadas por lo sucedido durante la cena y era bastante notorio. Dominique se preguntó cómo es que, aun después de lo sucedido, a ella se le ocurría pensar en el idiota de Scamander.
La pelirroja de cabello lacio se sentó a su lado, tan cerca que pudo considerarlo un abuso de su parte. Sin embargo, la mayor evitó decir cosa alguna al percatarse de que la joven temblaba de la misma forma que una hoja en pleno invierno; se veía desolada. La hija de Bill y Fleur admiró las facciones delicadas de su prima menor, notando ligeras similitudes consigo; era algo increíble: físicamente todos los nietos eran similares. Variaban las tonalidades de la piel, el número de pecas, el estilo que tenía cada quien… pero eran endemoniadamente parecidos, condenados a reencontrarse con los recuerdos al mínimo reflejo del espejo. Solo los Potter podían pasar como parientes lejanos porque los tres hijos de Harry se habían encargado de heredar sus ademanes y expresiones.
A ninguna le pareció pertinente iniciar una conversación, tal vez porque no tenía nada que decirse. Lucy probablemente había acudido a aquel árbol con los mimos objetivos que Dominique: desaparecer, olvidar, arrancarse a zarpazos el dolor del pasado. Era difícil. ¿Cómo fingir que el presente actual no era más que un eco incómodo del pasado lejano? La Madriguera olía a melancolía, a sufrimiento, a pesadillas. Y estaban encerrados en ella con su infinidad de simbolismos, con su infinidad de implicaciones y consecuencias.
-¿Cuánto crees que dure esta vez? -. Lucy acabó por quebrar el silencio que las engullía en conjunto con la oscuridad. -. Me refiero…
-Mañana en la mañana estará bien. -. Dominique evitó mirarla. Recién se percataba de las penumbras que las rodeaban. ¿En qué momento la noche las había pescado fuera de la mansión? Internamente se dijo que lo mejor sería entrar, pero no tenía ganas de encontrarse con su familia. Suficiente tenía con soportar el mutismo y la timidez de la hija de Percy y Audrey. -. Nunca dura demasiado…
-Lucy, Dominique -. Teddy Lupin había surgido como un espíritu nocturno, robándoles un respingo a las Weasley. El moreno se veía tenso, aunque relativamente menos alterado por lo sucedido; su cuñada supuso que aquel estado no se debía precisamente a Molly Prewett sino a Victoire. -. Lo mejor sería que entraran, se enfermarán si se quedan aquí. -. La preocupación está de más, pensaron las dos pelirrojas mientras lo observaban desde el suelo. Como había anochecido no podían verlo con claridad. -. Fred y Roxanne están discutiendo…
Dominique se removió sobre el asiento, terriblemente incómoda a causa de las cosquillas que se expandieron a través de su vientre y le subían por la garganta. A su lado, con una sonrisa agradable y despreocupada, estaba Lorcan Scamander parloteando sobre las maravillosas clases de medicina para animales a las que asistía; estudiaba para ser veterinario y le faltaban al menos dos años para graduarse. Estaba orgulloso de sí mismo y lo daba a entender con movimientos gráciles mientras sostenía el volante del auto que su madre Luna le había regalado la Navidad pasada: un viejo modelo Volkswagen Golf 1.6 Tdi 5P Diesel rescatado de la chatarrería que se convirtió en el primer amor de la joven hija de Bill y Fleur. Había mostrado tanto entusiasmo por el coche que Lorcan Scamander, nada más y nada menos, se ofreció a llevarla a la escuela; y ahí estaba: a solas con un universitario de diecinueve años que habla hasta por las orejas.
Recordaba haberle suplicado a su gemelo, Louis, que la acompañara, pero este lucía aterrorizado ante la idea de afectar su imagen pública; de alguna forma le avergonzaba tener que llegar en semejante espécimen y convertirse en la burla del año. La excusa fue empleada a su vez por Lucy, por Hugo y Lily e inclusive por Albus (sus primos menos sociables, a los que les resbalaba la opinión de las masas) para evitar acceder; ninguno toleraba pasar más de dos minutos en compañía del irritante Lorcan Scamander que piropeaba a las chicas más de la cuenta y padecía de egocentrismo al extremo. Nada tenía de parecido, salvo el cabello plateado y los ojos claros, al tímido y amable Lyssander.
Victoire se había emocionado con el plan pensando que quizá él estuviera interesado en su hermana menor. Escucharla hablar sobre vestidos, maquillaje y zapatos que recomendaba para las citas con chicos mayores obligó a Dominique a armarse de paciencia; de haber sido más pequeña, habría vuelto a cortarle la cabeza a sus muñecas. ¿Cómo podía Vic pretender que ella la imitara si el ejemplo que le daba era tan superfluo? Ella no quería aparentar ser bonita sencillamente porque sabía que no lo era. Desde niña siempre había usado el cabello como un varón, a tal punto que lograba mimetizarse con Louis a la perfección; en más de una ocasión el tío George bromeaba diciendo que tenía cinco sobrinos en vez de cuatro y a su madre lloriqueaba porque ningún adorno le sentaba bien. Lo único que tenía claro era que no era igual al resto de sus primas y pensar en ello no la hacía sentir mal; poco importaba que ningún chico la mirara recorrer los pasillos ni la invitara a comer helado después de clases.
Sin embargo, no pudo evitar preocuparse por esa sensación cálida que le ahoga la respiración al escuchar la voz masculina de Lorcan.
-Oye, Dom, has estado callada todo el camino. -. La aludida lo miró con vergüenza, esperando no ser demasiado obvia. Lo que menos necesitaba era que él adivinara sus pensamientos. -. ¿Crees que voy muy rápido?
Los ojos azules de la joven se posaron en el acelerador y tuvo que reprimir una sonrisa: iban a 75Km/h en la autopista principal, donde se suponía que no deberían bajar de los ciento veinte. En realidad, Dominique pensaba que Lorcan conducía como una niña: lento, preocupado más por su cabello que por la carretera. Claro que no era lo suficientemente valiente como para confesárselo. A ella le gustaban los autos, la mecánica y la velocidad; el abuelo Arthur solía llevarla a las pistas de carrera todos los cumpleaños y la dejaban armar camorra hasta que se hartara mientras su madre chillaba histérica creyendo que iba a estrellarse contra algún obstáculo.
-Es tu auto, puedes ir a la velocidad que desees. -. Se limitó a decir la pelirroja con expresión neutral, apoyando el codo en el reposa brazos y recostando la espalda en el asiento forrado en cuero. -. Solo espero que podamos llegar antes de las siete.
-No te preocupes, le prometí al tío Bill que te cuidaría. Asegurarme de que estés puntual abarca esa promesa. -. Respondió animado el Scamander, aumentando un poco a 90km/h para agilizar el viaje. Una de sus manos soltó el volante para dirigirse a la radio y encenderla, captando la atención de la ojiazul. -. Veamos… En estos momentos solo tengo los CDs cursis de Lyssander, ¿Conoces a Celine Dion? Es su amante secreta, no para de escucharla y llorar con ella todo el rato. Es verdaderamente insoportable. -. Lorcan cambiaba rápidamente las canciones buscando algo rescatable.
-Lyss es bastante… particular.
Ninguno se atrevió a decirlo, pero estaba claro que la particularidad de Lyssander tenía que ver con sus inclinaciones sexuales y no con su adorable personalidad. Los Scamander habían aceptado la noticia con estoicismo, igual que los Weasley porque no les quedaba de otra si querían conservar intacta la escasa autoestima del gemelo menor; además, Luna no era capaz de discriminar a nadie y no iba a empezar hacerlo con su propio hijo. Para Lorcan había sido difícil porque aquello había echado por tierra todas las posibilidades de compartir algo más que sangre y herencia. No obstante, lo más difícil había sido dar el visto bueno a la relación que mantenía con James Potter.
La adolescente jugueteó con el borde descosido de la falda oscura que llevaba puesta, moviendo sus piernas de manera nerviosa. La voz de Lorcan sobrecargaba el espacio, rellenaba el silencio. Aunque estaba agobiada de tanta charla insulsa tuvo que agradecerla internamente pues de esta manera él no podría escuchar el ritmo acelerado de su corazón, que latía contra su pecho como queriendo advertirle algo especial. Se sentía, de alguna retorcida forma, femenina. De no haber sido Dominique Weasley, habría aceptado que aquella sensación implicaba la entrada a un campo novedoso: el universitario de modales dudosos, carente de modestia, mujeriego de escuela le gustaba.
En la Mansión había tensión, como si estuvieran en el preludio del clímax: momento en el que todo estallaría. Fred gritaba, en medio del recibidor y frente a la escalera con forma de caracol, esparciendo su potente voz por la casa; la paciencia que se había infundado a base de vino tinto había expirado o, en todo caso, había resultado poco beneficiosa. Se sentía enardecido, con ganas de herir. ¿Cómo soportar no descargar aquello teniendo en sus narices a su abnegada hermana? Roxanne, que en otras ocasiones habría permanecido callada, no resistió la descarga y también se encontró chillando de regreso las palabras de su gemelo. Era un ojo por ojo que había acabado por dejarlos ciegos.
Lucy, Dominique y Teddy entraron en el momento justo en el cual Lea se interponía entre el puño de Fred y la mejilla de Roxanne. Él, enrojecido hasta las orejas, se detuvo justo a tiempo para evitar detonar el golpe contra la hermosa rubia cuyos ojos se encontraban a punto de desbordar las lágrimas. Ni siquiera la Nott entendía qué hacían esas gotas de agua salada allí, pero lo cierto es que verla en ese estado de quiebre solo alteró más a los hijos de George.
-Quítate, Nott -. Escupió con rabia el pelirrojo con los nudillos blancos a causa de la presión que ejercían sus dedos contra la palma de la mano. -. Este asunto no te incumbe, es entre Roxanne y yo.
-Es increíble cómo eres capaz de perder el juicio, Freddy -. Lily, apostillada al pie de las escaleras con Hugo a su lado, no logró morderse la lengua. Victoire, que se hallaba junto a la puerta principal en conjunto con su marido, su hermana y la menor de los Weasley, buscó inconscientemente apoyo en el marco de la misma; Teddy notó que estaba aguantando la respiración. -. No se trata de un asunto: Lea es el asunto.
-Lily… -. Hugo desvió la mirada hacia su prima hermana, la fuente de todos sus deseos, la mujer que amaba. Ella le miró de regreso con una expresión de indiferencia.
-¿Qué? ¿Vamos a tratar de endulzar la píldora? ¿A estas alturas? -. La pelirroja sacudió su largo cabello para despejar su vista. Tenía los ojos color miel convertidos en dagas venenosas. -. Esta situación se vuelve cada vez más absurda… Ya no lo soporto. Siempre es lo mismo. Intentan convertirlo todo en un espectáculo y luego nos hacemos los interesantes fingiendo que nada pasó. -. Se levantó, dispuesta a subir en dirección a la habitación. Sin embargo, Molly Weasley esperaba arriba y los veía con una mueca en los labios e inclinada hacia ellos; estaba preparada para atacar.
-Hablas como si estuvieras exenta de culpa. -. Habría podido decir más, pero le bastó con clavar sus orbes azules en Hugo. Este pareció acobardarse al encontrarse cara a cara con el demonio mayor del hogar porque carraspeó incómodo antes de ampliar la distancia que mantenía con Lily, quien por el contrario se mostraba desinteresada en el juego de Molly. Ella pretendía lo mismo que Fred: quebrar el equilibrio para orillarlos a todos a clamar las respuestas a todas las interrogantes que los ataban al pasado.
-No hay culpas, Molly, solo diferentes grados de responsabilidad… -. La Potter empezó el ascenso, dejando atrás la discusión. ¿No había predicho ella que aquello acabaría pasando? Se detuvo un instante junto a su prima mayor, destacando la diferencia de altura que poseían. Aun siendo pequeña, Lily Potter se veía imponente -. …y personas que no son capaces de asumirlos. -. Su mirada se oscureció, recordando a sus hermanos. Volteó levemente el rostro para mirar a Lucy atrincherada contra Dominique: ellas dos eran las productoras de todo su resentimiento contra el mundo. De manera inconsciente su mano se dirigió a la zona de su clavícula para acariciar el tatuaje que llevaba y volvió a fijar la mirada en Molly -. No me hagas parte de tu juego, no caeré de nuevo.
No era la misma de hacía ocho años. Y cuando reanudó el ascenso por las escaleras y sintió a Hugo seguirla, a los demás transpirar sus palabras y exhalar las furias pasadas se dio cuenta que ninguno de ellos lo era. Los Weasley que se encontraban en la Madriguera no eran iguales a aquellos adolescentes torpes, furibundos, subordinados y encendidos de antes.
Eran peores.
-Si esperas que me disculpe, no lo haré. -. Rose reconocía que sonaba muy a la defensiva, pero no podía evitarlo si se encontraba en la presencia de Arthur.
El anciano patriarca la observó con la mirada color hielo unos segundos antes de cerrar la puerta de la Biblioteca y sentarse tras su escritorio. Las paredes eran color borgoña y los muebles de cuero y madera costosa. Todo iba en sintonía, incluso el vacío que dejaba la ausencia de retratos o adornos; bastaba la gran colección de libros. La Weasley le devolvía la mirada intentando olvidar que en ese recinto había vivido los últimos minutos de calidad con su madre, antes de que esta fuera asesinada. Intentaba no quebrarse frente al abuelo, pero él se lo ponía difícil; la veía con lástima, resignación y confusión. Era como si ninguno puediera entender qué hacían en lados opuestos de la habitación.
Arthur Weasley cogió la botella de whisky que tenía a un lado y sirvió dos tragos. Sin hielo, sin agua. Seco. Empujó el vaso de vidrio hacia su nieta con un gesto de desinterés y bebió del suyo con paciencia, esperando a que ella bajara la guardia. Rose entornó los ojos con fastidio y poco a poco su respiración se normalizó. Aún tenía ganas de regresar y abofetear a Fred por su falta de modales. En su mente aquella falta de modales no era el problema, claro, sino la fácil habilidad que su primo tenía para herir. Era cruel. Y ella había tenido suficiente de esa crueldad como para seguir soportándola.
La verdad de Rose Weasley era que no permitía que nadie se metiera con su familia.
Nadie excepto ella misma.
-No pretendo malgastar palabras contigo, ya eres mayor como para tenerme a tus espaldas diciéndote qué hacer -. Otro sorbo. Las cejas de la pelirroja se arquearon formando dos arcos perfectos sobre sus ojos zafiros. Él sonrió ligeramente. -. Aunque no lo creas, Rosie, no quiero generar más problemas entre nosotros. Esto no es un plan maquiavélico.
-¿Y a qué se debe la especial decoración del transatlántico? -. Inquirió Rose tragándose el apodo que había usado para referirse a su persona. Lo odiaba. -. El reproductor de música, los retratos, los álbumes, las pinturas de Albus… ¿Crees que iba a pasarlo por alto?
-De hecho esperaba que lo tomaras en cuenta. -. Respondió simplemente el presidente de Weasley Group encogiéndose de hombros. Esta vez fue Rose la que necesitó darle un sorbo a la bebida, acabándola de golpe y depositando con fuerza el vaso sobre el escritorio. -. Tan delicada como siempre. -. Añadió con una sonrisita y la mirada perdida.
-¿Qué es lo que pretendes con todo este show? -. La primogénita de Ron y Hermione estaba perdiendo la paciencia. Empezó a morderse las uñas pintadas de negro, desconchando el esmalte. -. Para chantajearnos debe ser algo importante.
-Reconozco que utilicé métodos poco… ortodoxos. No obstante, como te dije esta reunión no es parte de un plan malvado, Rose. Se trata sencillamente de un acto desesperado. -. Arthur suspiró y la miró fijamente, destilando verdadera vergüenza y tristeza. -. El último acto desesperado de un viejo abuelo que quiere recuperar a su familia.
Rose se levantó del asiento para darle la espalda. No quería verlo. No quería sentir pena por él, no quería sentirse como una niña regañada. Sería volver atrás y no estaba dispuesta a hacerlo. Ella lo había dado todo. Ella no merecía sufrir nuevamente por culpa de su familia. No lo merecía. ¿Entonces de dónde provenían las lágrimas que surcaban sus mejillas? ¿A qué se debía el agua salada mojando sus labios? Sentía náuseas. Sentía al pasado abrazándola por la espalda. Pensaba en su madre, en su padre, en sus tíos… En la sangre manchando sus manos.
-Rose…
-No te lo diré. -. La pelirroja se limpió el rostro con ademanes bruscos, hastiada. Conocía lo suficiente al patriarca para saber que él había abandonado su postura adusta para mostrarle una porción de sus verdaderos sentimientos, por primera vez en doce años, pero no estaba dispuesta a ceder. Se lo había prometido. -. Te lo dije ese día, hace ocho años… voy a morirme protegiendo la verdad. -. Ladeó el rostro para dedicarle un último vistazo. -. Es lo único que me queda… Y no puedes arrebatármelo. No te dejaré hacerlo.
Scorpius se quedó en su lugar, incapaz de caminar sobre la alfombra manchada de restos y espejismos. Dejamos de usarlo hace doce años… cuando asesinaron a mis padres y a mis tíos. Tenía el eco de aquella frase resonando en su cabeza. Cuando asesinaron a mis padres y a mis tíos. Asesinaron. Padres, tíos. Acompañando esas palabras estaba un pitido extraño, como el que se escucha antes de sucumbir ante un desmayo o como el que precede al shock. De alguna manera presentía que la razón por la cual no era mencionada la segunda generación se debía a eso: una muerte colectiva y horrorosa. No obstante, ¿cómo puedes reaccionar cuando recibes una noticia semejante, aun si la esperas? La voz de Rose estaba cargada de emociones, pero él no podía identificar ninguna. Solo podía concentrarse en ese pito estridente que no lo dejaba conectarse nuevamente con la realidad.
Tenía un revoltijo de memorias sofocándolo. Albus era el protagonista, claramente. El Malfoy trataba de recordar algún indicio de aquel trauma, relacionar la información con el comportamiento de su mejor amigo y el de sus primos; solo que no comprendía porqué, si habían sufrido un suceso tan trágico, las relaciones entre los nietos de Arthur eran tan complicadas. Suele suceder que el duelo reúne a las personas, no las separa. ¿No era así? ¿Cómo una familia quebrada destruye las últimas piezas que la conformaban?
-La verdad es que no fue esto lo que nos separó, Scorpius. -. Rose respondía a las preguntas que él no formulaba oralmente, como si lo conociera perfectamente. Él finalmente la miró, en blanco. Y ella, pese a la seriedad del momento, emitió una breve carcajada. -. De haber sabido que ibas a alterarte de esta manera… no te digo nada.
-Rose… -. No sabía ni cómo verla a los ojos. Ella suspiró.
-Es más complicado. -. Se limitó a añadir la pelirroja, sintiéndose de pronto muy incómoda. Se suponía que tenían vetado hablar del tema, así había sido desde el mismo día de la tragedia. La inutilidad de ese comedor hablaba por sí solo: era algo del pasado que debía quedarse a oscuras, olvidado. -. Ese día nos reunimos para celebrar un trato importante que había conseguido la compañía, casualmente era un convenio con Malfoy Corp. El collar… la abuela decidió usar el collar que hacía muchos años Abraxas Malfoy le había regalado, era como un homenaje. Por eso recordar el collar la hizo recordar a sus hijos… lo tenía puesto el día que los asesinaron. -. Rose se aproximó al rubio, intentando armarse de valor para continuar hablando. Tenía la voz levemente rota, atorada en la garganta.
-Ella… ¿Los asesinaron frente a ella? -. La pregunta sonaba peor al ser pronunciada. Scorpius quiso golpearse a sí mismo cuando vio la mirada zafiro de su bailarina prenderse en lágrimas. -. Lo siento, normalmente pienso antes de hablar…
-Arthur también estaba presente. -. Contestó la primogénita de Ronald Weasley mientras se acariciaba los brazos en un gesto nervioso. -. Él quedó afectado, desde luego, pero mi abuela sufrió un choque emocional tan severo que acabó volviéndose… No diré loca, por respeto. Básicamente su cerebro no consigue asimilar los hechos y los bloqueó para así evitarse el dolor. -. Scorpius, en un gesto valiente, le cogió la mano para serenarla. Ella sonrió ladinamente, con cierta tristeza. -. Es extraño cómo funciona el ser humano, ¿sabes? Mi abuela de alguna forma reconoce que tuvo hijos, que ya no están aquí… pero para ella eso no tiene relevancia porque tiene doce nietos que logran borrar esa sensación de vacío que la atormenta.
El Malfoy empezaba a entender. Esa manía de representar un papel, de fingir que todo estaba en perfecto orden y armonía… No se trataba de complacer a Arthur Weasley, se trataba de complacer la locura de Molly Prewett. Los Weasley habían vivido la vida de sus padres, habían intentado convertirse en la copia exacta de ellos para así evitarle molestias a la anciana matriarca. A eso se debían los años de encierro en la casona, la constante sumisión, la ira reprimida, la desesperación que cada par de ojos azules transmitía al encajarse en algún rincón solitario y desprovisto de retratos. El comportamiento extraño encajaba. Sin embargo, aún había un pedazo de la historia que no lograba ubicar en el espacio-tiempo de las acciones sucedidas.
-Rose… ¿Por qué los asesinaron? -. Era grosero atreverse a soltar aquella frase. Era tan grosero que la ojiazul se limitó a mirarlo en silencio con el ceño fruncido y los labios entreabiertos, con una expresión que le gritaba: no repitas eso.
Definitivamente había algo que se le escapaba.
Algo que Rose le escondía.
Molly zapateó con insistencia el suelo de la estación de policía, denotando nerviosismo. Estaba pálida como un cadáver y las manos le temblaban incontrolablemente mientras sostenía su cartera tipo sobre color crema. Iba vestida con pantalones beige ajustados y una blusa azul oscuro; los tacones la hacían ver mayor. Era toda una mujer de negocios, exitosa y poderosa. Y esa imagen de impotencia, quebrada por su ansiedad e insistencia, fue lo que obligó a Frank Longbottom a acercarse para atenderla. Se conocían porque su padre trabajaba para su abuelo, en la Madriguera, desde siempre; ella lo había visto crecer a él. Y a él siempre le había gustado.
-Oh, Frank. Qué bueno verte. -. Saludó ella con una sonrisa amable, sin ánimos de ser coqueta. El joven castaño reconoció que el papel de esposa le quedaba muy bien porque lucía una actitud regia, con la alianza dorada brillando en su dedo anular. Se veía más hermosa que antes.
Molly Weasley llevaba alrededor de tres años casada con Lorcan Scamander. Los Longbottom habían asistido a aquella boda celebrada al estilo más antiguo marca Weasley: en el patio trasero de la Madriguera, con la esplendorosa naturaleza rodeando el arco nupcial donde toda una generación había contraído matrimonio. Era el matrimonio de la segunda nieta de Arthur y Molly y la primera que sería entregada por su abuelo en vez de su padre pues acababa de cumplirse un año desde la masacre. Desde aquel día de octubre, Frank no la había vuelto a ver; la nueva señora Scamander vivía en la ciudad, en un cómodo apartamento de los suburbios.
-Lo mismo digo… -. Contestó con menos ánimos, decidido a no dejarse llevar por los sentimientos que tenía. Se sentó a su lado, en esas incómodas sillas que estaban habilitadas para visitantes. Aun sentada ella le llevaba unos cuantos centímetros de altura -. ¿En qué puedo ayudarte?
-Necesito hacer una denuncia. -. Su voz se volvió dura, denotaba cierto deje de rencor. Frank parecía sorprendido. ¿Acaso se trataba de un problema matrimonial? -. Es una denuncia muy seria, pero quiero manejar esto con discreción. Por eso requiero que me atienda un alto funcionario.
-No soy precisamente un alto funcionario, pero puedo servir. -. Bromeó el primogénito de Neville con una sonrisa divertida. Molly no logró reprimir una igual. -. Te diré que gozo de buena fama aunque soy apenas un recluta. Puedo solucionar cualquier problema. -. Frank le cogió la mano, tomándose confianzas excesivas. Ella parpadeó con asombro, apenada por aquello. -. Si me lo pides, puedo hacer lo que sea por ti, Molly.
-Eres muy dulce, Frank. -. Molly le sonrió, esta vez con algo de coquetería. Hacía tiempo que un hombre no la miraba de la forma que él lo estaba haciendo. -. ¿De verdad me juras que me ayudarás? Es algo muy grave.
-Tú solo dime que necesitas.
Molly se calló unos instantes, disfrutando el cálido contacto que su mano mantenía con la del muchacho. Él la acarició con afecto. ¿Era algo errado pedirle ayuda a él? Después de todo eran casi amigos, ¿no? Neville era de la familia, Frank debía serlo también. Y estaba ofreciéndose de buena gana a ayudarla, algo que Lorcan no había hecho pese a acudir a él cuando lo había necesitado. Estaba desesperada. Necesitaba ayuda cuanto antes. Y si Frank podía dársela… ¿Cómo negarse?
-Tú debes recordar lo que pasó en la Madriguera hace cuatro años… con mis padres y mis tíos. -. Empezó ella, dulcificando la voz y restándole importancia a sus palabras. Sin embargo, el moreno frunció el ceño. -. Sabes que se hicieron muchas averiguaciones para saber cómo habían logrado entrar los… esos hombres.
-Sí, mi padre colaboró con la policía. Interrogaron a todo el personal, incluso a Anne y a mí. -. Sus ojos mieles se posaron en los azules de ella. -. Pero nunca lograron encontrar nada que relacionara a los asaltantes con la Madriguera.
-Lo sé, lo sé. -. La pelirroja apretó su mano, comenzando a ponerse nerviosa nuevamente. ¿Estaba verdaderamente dispuesta a pronunciar la acusación que tenía en mente? -. En realidad los interrogatorios no se dieron como era debido porque… el abuelo no creía posible que hubiera alguien de la familia o el personal que pudiera ser parte de semejante plan. Todos pensábamos que era incluso una deslealtad creer lo contrario… -. Los labios de la Weasley se fruncieron con dolor. Recordar la tragedia era difícil. -. Hubiera sido más sencillo de haber tenido la oportunidad de preguntarle a alguno de esos hombres, pero…
-Todos murieron, ¿verdad? -. Frank no conocía realmente los detalles porque para el momento de la masacre él y su familia se había retirado a su hogar. Habían sido despertados horas más tarde por la policía para descubrir un comedor repleto de cadáveres y sangre. -. Tu prima…
-Rose los mató. -. Afirmó Molly, sintiendo un profundo desgarre en la garganta. Estaba a punto de hacerlo y ya no había vuelta atrás. -. Lo que me hace pensar que… tal vez ella estuvo involucrada.
-Espera, Molly, ¿dices que Rose orquestó el asalto? -. Frank la interrumpió, soltando su mano. Para él era casi imposible imaginar a Rose Weasley ideando algo tan macabro.
-¿Y por qué no? Siempre ha sido problemática. Podrían haber sido su pandilla, podrían haber estado con ella. A lo mejor les debía dinero, tal vez ella misma quería dinero para seguir drogándose. -. La Weasley se levantó de golpe. Él la miró con estupefacción. Se veía furiosa. -. ¿Por qué sino una niña de dieciséis años asesinaría a cuatro extraños? No querían que la delataran, se hizo la víctima.
-Molly, creo que debes calmarte… -. Hizo el intento de tomarle la mano para ayudarla a sentarse, pero ella se desprendió del agarre.
-No, Frank. -. Había subido la voz y ahora varios funcionarios la veían de reojo. -. Acabas de jurarme que me ayudarías. -. Este no supo que responderle. -. Rose está implicada, estoy segura. ¿Por qué tenía el arma en primer lugar? Ella sabía que asaltarían la casa. Y quiero que pague por ello. -. Los nudillos de sus manos se pusieron blancos. -. Por su culpa todos están muertos. Y yo… Quiero que pague, quiero verla tras las rejas.
-Molly…
-Estoy acusando a Rose Weasley Granger de asesinato. -. La ojiazul lo miró fijamente. En sus orbes había dolor, ira y desesperación. -. ¿Qué hará, Sr. Longbottom? ¿Tomará mi denuncia o debo buscarme a un policía competente que me asista?
-Tu ganas, Molly… Te ayudaré.
Las voces de Fred y Roxanne llegaban hasta aquel rincón de la casa que siempre le había pertenecido. Rodeado de lienzos viejos, de pintura seca y brochas desgastadas, Albus podía recordar cuándo exactamente había decidido dedicar su vida al arte. Había sido mucho antes de que Rose se volviera alcohólica, cuando toda la intensidad caótica de su prima estaba volcada en aprender a atarse las zapatillas de ballet, a zapatear contra el parqué del suelo de la casa, a dar volteretas en el aire como mariposa en libertad. Era sencillo memorar el primer día que sostuvo una paleta de colores primarios para plantarlos sobre la superficie blanca; lo primero que había dibujado había sido la cabellera de Rose, indómita y extraña porque aquello representaba libertad.
Rose era libre porque hacía lo que se le venía en gana; y Albus a su vez lo era también porque la pintaba a ella. Ella le había enseñado que por encima de cualquier cosa estaba lo que él deseaba. Y en el fondo lo que más quería Albus era ser igual a Rose.
Desde entonces supo que deseaba pasar el resto de su vida paseando la brocha por el lienzo, coloreando paisajes y retratos infinitos. Siempre supo apreciar la belleza, lo sublime, lo extraordinario y eso lo convirtió en una persona que buscaba siempre estándares superiores. Pintar le permitía esar lejos de todos, le permitía ser él mismo. Albus no tenía debilidades, no pecaba de incauto o mundano; él sabía de realidades, de superficialidad y profundidad, de belleza y estilo.
O creía saberlo hasta que se cruzó por su mirada la belleza escondida de su prima Lucy.
-Albus. -. El aludido abandonó sus recuerdos para enfocar la mirada en su hermano James. Este se veía avergonzado, como si no supiera porqué lo estaba llamando.
Albus entornó los ojos y se dedicó a ignorarlo una vez se percató de que este no volvería a hablar. James era así desde que tenía memoria: buscaba consuelo y aceptación en cualquier parte, como un mendigo en busca de pan. De niño solía ser despreocupado, travieso y animado, pero desde que descubrió su inclinación sexual se convirtió en un hombre inseguro y temeroso. Y él, siendo intolerante como era, no podía perdonarle ambas cosas; para el azabache era bastante simple: aceptar lo que eres y vivir con ello o aceptarlo y sufrir por ello. Que James hubiera decidido lo segundo lo había transformado, a sus ojos, en un ídolo roto.
Continuó admirando sus trabajos anteriores, reconociendo vagamente las imágenes. La mayoría retrataban, desde diferentes ángulos y posiciones, la figura de una pelirroja de cabellos lacios y ojos claros llenos de serenidad. Sonrió ligeramente. ¿El abuelo Arthur habría visto aquello? ¿Habría él adivinado quién era la mujer de sus cuadros? Su tía Hermione, bien recordaba, le había advertido en más de una ocasión que resguardara aquel secreto para sí mismo; y lo hizo bastante bien hasta que Lucy se había empeñó en averiguarlo.
Parecía hecha de porcelana. A Albus le avergonzaba encontrar alegorías tan pobres cuando se trataba de Lucy porque se sentía un hombre de quinta categoría. ¿Acaso no era un artista? ¿No estaba su espíritu a mil kilómetros de distancia de las personas comunes? La veía. La delineaba con esmero. La mezclaba con la pintura y el lienzo. Lucy era la cosa más real que poseía y en pocas semanas se había convertido en la única realidad que lograba pintar. Su mundo, que antes era amplio y conocido, ahora se reducía a cuatro paredes mal empapeladas que olían a óleo.
Tenía la brocha en la mano izquierda, la paleta en la derecha y los ojos clavados en los labios resecos de su prima menor; ella leía en voz alta, cambiado el tono para representar los distintos papeles de sus múltiples personajes, cautivándolo con el simple movimiento que ejecutaban sus pestañas al parpadear. Se suponía que tenían una costumbre. Ella leía, él pintaba. Era todo. Simple compañía y comprensión artística. ¿Por qué él trataba de quebrar el pacto que tenían? ¿Acaso era una necesidad humana intentar complicar las cosas con sentimientos prohibidos?
-Son extraños que se miran desde la distancia, colocados en dos esferas del mundo totalmente dispares. Están hundidos en la miseria de sus vidas, son producto de sus pasados, un cúmulo de frustraciones y decepciones. El aroma a óleo, papel desgastado, lienzo y tinta les ahoga los sentidos, aviva las pasiones y desencadena los sueños… con la esperanza de que al día siguiente, todo sea diferente.
-¿Qué dijiste? -. Albus despertó de la ensoñación al escuchar aquel párrafo. Lucy se sonrojó vivamente y lo miró sorprendida, como si no esperase realmente alguna reacción de su parte; ella actuaba como si él no la escuchara realmente. -. ¿Puedes leer nuevamente esa parte?
-¿Por qué? -. Tenía la voz ronca. Llevaba al menos dos horas leyendo sin detenerse, sin beber agua ni moverse de aquel sillón donde el Potter la había sentado al llegar. Entre ellos estaba el libro que ella sostenía, el lienzo que él usaba; estaba el olor a óleo y tinta. -. Es terrible, creo que debería editarlo…
-Son primos. -. La interrumpió él con la incomodidad y el anhelo apretándole el pecho. -. Digo, es imposible… Hay una ley natural que lo impide.
-Es ficción, Albus.
-La ficción es la realidad editada, Lucy.
Silencio. Miradas. Óleo, papel, lienzo, tinta.
Lucy pasó la página del cuaderno que utilizaba para escribir, intentando calmar los calores que se habían apoderado de su cuerpo. Tenía las mejillas encendidas y la respiración entrecortada. En el fondo sentía miedo. Miedo porque él parecía haberla pescado in fraganti, como si estuviera escribiendo algo malo, equivocado, prohibido. ¿Y no lo había hecho? Se mordió el labio inferior con ansiedad. No lograba ni siquiera enfocar las palabras escritas.
-Lo que tú pintas también es una realidad editada, entonces. -. Se aferró al cuaderno con fuerza, dándose ánimos a sí misma. -. Porque no pintas las cosas que ves sino que las pintas cómo las ves.
-Digamos que sí, ¿cuál es tú punto?
-Mi punto es… si puedes pintar las cosas como las ves, ¿por qué no puedo escribir las cosas como las veo? -. Frunció los labios. -. No es justo que me juzgues.
-No te estoy juzgando. -. Corrigió él mientras depositaba sus materiales sobre la mesita que yacía junto a su cuerpo. -. Solo te estoy aclarando que no veo las cosas como tú las ves.
-Sin embargo, desearías verlas como yo las veo. -. Albus pareció sorprendido por aquella frase. Se miraron. -. Porque en el fondo deseas lo que yo deseo… ¿no es así?
Albus sonrió, divertido por el intercambio de indirectas que estaban teniendo. ¿Podía pedirle a ella que actuara de forma diferente? Había sido un error haberla criticado. Su principal problema con Lucy era que ella no escribía realidades o perspectivas de la misma; escribía la verdad.
-A cualquiera le gustaría tener el poder de editar la realidad, Lucy. Hay personas que no solo quisieran sino que tienen la necesidad de hacerlo. -. El moreno desvió sus orbes esmeraldas a sus manos manchadas con rastros de color. -. ¿No es por eso que escribes?
-No lo sé… -. Lucy se levantó y cerró el libro, obligándolo a descansar sobre sus manos arañadas por el papel. -. Dímelo tú, ¿no es por eso que pintas?
-Salgamos de acá, James. -. El castaño observó a su hermano con asombro porque realmente no esperaba que él le dirigiera siquiera otra mirada. Albus tenía una expresión tranquila, casi amable, cuando se encaminó hacia la puerta para cerrarla.
-Albus, yo… -. La mano del mayor de los Potter se aferró a la del más joven. Este arqueó una ceja, adoptando nuevamente ese aire de irascibilidad; sin embargo no lo atacó, como era usual, sino que esperó a puediera continuar. -. Lo lamento.
-No eres tú quien debe pedir disculpas.
Y aquella era la verdad. Haber recordado a Lucy en aquel espacio le había hecho entenderlo. Llevaban ocho años actuando como adolescentes, creyendo que el olvido podría borrar el pasado y reescribir la historia; querían editar la realidad a su conveniencia, modificándola según la perspectiva de cada uno. Querían vivir en un mundo donde tuvieran la razón, donde tenían verdaderas razones para odiar a su sangre. Pero lo cierto es que aquel veneno solo había empeorado todo. No eran los mismos, eran la consecuencia de una causa lamentable. James no tenía la culpa; él mismo no creía tenerla; ¿alguno de sus primos merecía ser acusado realmente?
Lo cierto era que todos, desde Victoire hasta Lucy, habían actuado conforme la situación, movidos por emociones que llevaban refrenándose demasiado tiempo. Lo cierto era que habían actuado como humanos, como hombres y mujeres.
Era tiempo de pagar las deudas.
El choque de los cubiertos de plata contra el vidrio de los platos resonaba como un eco aterrador en el comedor. Arthur a la cabecera se veía curioso por el silencio que su familia mantenía mientras su esposa, Molly, jugueteaba distraídamente con el collar de diamantes que adornaba su cuello; ambos buscaban maneras de iniciar una conversación con sus hijos y nietos, quienes parecían sumidos cada quien en sus pensamientos. Era una cena atípica en la Madriguera a pesar de que se encontraban todos presentes. No obstante, aunque todos actuaban contrario a lo usual, era Rose Weasley quien se veía más anormal.
La pelirroja hija de Ron y Hermione veía continuamente en dirección a la ventana, como si estuviera buscando consuelo en el cristal o el exterior. La joven sentía la mirada penetrante de su madre sobre ella gritándole que se comportara acorde a la situación, acorde a la promesa que le había hecho. No obstante, ella no podía estar tranquila cuando estaba a punto de desencadenarse el desastre en su propia casa.
-Rosie, no has probado bocado. -. Comentó la abuela con una sonrisa comprensiva. Aquello obligó a todos a enfocarse en la desaliñada Rose, vestida de negro azabache y con pronunciadas ojeras enmarcando sus ojos azules. Tosió, incómoda.
-Realmente no tengo hambre…
-¿Acaso las drogas te quitaron el apetito? -. El comentario bromista de Louis no sentó del todo bien en la mesa, causando revuelo en los mayores; especialmente en Hermione. Rose acababa de salir de rehabilitación, estaba apenas recuperándose de sus vicios; no había nada de chistoso recalcar los defectos de la familia.
-Digamos que me hacen ser poco receptiva, Lo. -. Rose, que sabía que su primo no tenía malas intenciones, le sonrió con malicia. Él le guiñó un ojo, acción que le acarreó un codazo por parte de su hermana Dominique. -. Deberías probarlas, logran relajarte bastante… Tal vez así no serías tan ruidoso por las noches cuando tratas de calmar tus hormonas adolescentes.
-¡Rose!
-Adoro lo decentes que pueden ser nuestros hijos. -. Alegó Fleur con un suspiro cansado. Bill Weasley le tomó la mano con cariño, haciéndole ver que era imposible cambiar el estado de las cosas.
Aquel comentario sobre las hormonas de Louis logró animar el ambiente, pues George inmediatamente contrapunteó con una de sus bromas usuales. La mesa se llenó de charlas y risas, sacándoles más de una sonrisa a los abuelos, quienes intentaban escuchar las frases que sobresalían del alboroto. Solo Hermione mantenía los labios fruncidos en una actitud preocupada; veía a su hija sonreír forzadamente, intentando ocultar el miedo que tenía sobre la cadena de sucesos que acontecerían durante la velada. Ron, a su vez, la veía a ella sabiendo que le estaba escondiendo algo pero sin atreverse a pedirle que hablara; nunca habían tenido secretos, tal vez lo que tenía tan ansiosas a su esposa y a su hija era algo sin importancia.
La conversación se desvió para memorar a los ganadores del juego que les había llevado toda la tarde a los Weasley: una competencia de caza. Arthur solía esconder por toda la mansión armas que se empleaban para aquella actividad y cada quien, haciendo un grupo, debía conseguirlas para después dirigirse al bosque y traer una presa. La presa más grande aquel día había sido la de James, Louis y Roxanne mientras que Dominique y Rose, quien había sugerido que jugaran, no consiguieron atrapar nada. Había sido una buena tarde, sin lugar a dudas.
-Yo sigo pensando que mi conejo era más grande que el tuyo, James. -. Insistió Albus con el ceño fruncido y una sonrisa alegre en los albios. Su hermano se mostró ofendido. -. Oh, vamos. Apuesto que ni siquiera fuiste tú quien lo cazó; seguro que Roxanne dio el golpe de gracia.
-Rox tiene un talento natural para disparar, claramente fue ella. -. Fred intervino a favor de la pelirroja, quien le regaló una mirada amorosa. James y Louis negaban fervientemente, tratando de callar a sus primos sin lograrlo. -. Debe ser vergonzoso perder ante una chica, ¿no?
-Bueno, bueno. Ya estuvo bien de indirectas el día de hoy. -. Arthur los silenció con un ademán despreocupado, colcoando los cubiertos sobre el plato. Acababan de terminar el postre y era hora de irse a la cama. -. Mañana podrán continuar.
-Abuelo… ¿Ya vas a dormir? -. Rose alzó su voz desde su posición, llamando la atención del patriarca.
-Es tarde, Rosie.
-Pero… ¿No podríamos ir al estudio? A lo mejor Lucy podría tocar un rato antes de que vayamos a dormir. -. Su voz se volvía cada vez más nerviosa. Audrey, que había estado toda la cena callada, la miró con una pequeña muestra de lástima.
-Lucy debe dormir, mañana es un día importante para ella. -. La niña se sonrojó ante el recordatorio: se iría a una academia de artes lejos de la Madriguera para cumplir su sueño de ser escritora. Albus bufó. -. Vamos, Albus… no hay porqué tener celos. -. Añadió divertida la mujer de Percy al tiempo que Molly Prewett y Arthur se levantaban para retirarse.
-No son celos, solo me parece ridículo. Esa plaza debía ser mía, llevo desde los cinco…
-Albus. -. Lo reprendió su madre, acariciándole los cabellos azabaches con cariño maternal. Desde que Lucy le había ganado el lugar en la academia, Albus había estado insoportable con ella.
-Disculpen. -. Hermione acalló el resto de las voces en el comedor. Mantenía una seriedad propia de ella, pero con un deje de melancolía que alteraba por completo su aura. -. Necesito hablar… ¿Podríamos quedarnos en el comedor unos minutos? -. Su mirada atravesó a los nietos. -. Solo los adultos, por favor.
-Mamá… -. Rose se vio silenciada cuando su madre fijó sus orbes castaños en ella. Parecían rogarle que la obedeciera por primera vez sin rechistar.
Antes de darse cuenta, Rose Weasley fue sacada del comedor en conjunto con sus demás primos. Audrey Weasley se había ofrecido a acompañarlos al estudio para asegurarse que se quedarían allí mientras los mayores conversaban; la primogénita de Ron quiso decir algo, explicarse con su familia e impedir lo que estaba a punto de suceder… pero no pudo. Y cuando la puerta del estudio se cerró con llave, dejándolos verdaderamente encerrados y aislados del comedor donde el resto de la familia se encontraba, Rose supo que estaba a punto presenciar una tragedia.
¿Y era ella la culpable?
N/A
Lamento la demora, pero he estado ocupada con exámenes finales en la universidad. Este capítulo no me tomó tanto tiempo, en realidad, porque ya lo tenía muy pensado; sé que puede resultar confuso porque hay varios "saltos temporales" que cabe acotar no están en orden cronológico. Más que aclarar dudas, pienso que este chap sirve para hacernos conocer más a los personajes y es el antecedente del final. Para el siguiente conocerán la verdad, que supongo pueden ir imaginando tras leer esto. Ojalá les haya gustado porque yo quedé satisfecha con mi trabajo. Un beso grande a todos, agradezco infinitamente el apoyo y los comentarios. Nunca creí que el fic tuviera tanta aceptación.
Reviews.
Orianova: Gracias a ti por comentar, muchos saludos desde Venezuela ;)
