With the weight of the world upon me
I can't hold my head up high
So if you see me on the streets
Turn away and walk on by
Cause after the beauty we've destroyed
I'm cascading through the void
I know in time my heart will mend
I don't care if I never see you again
Blind
Hurts
…
Conclusiones
Sin retorno
Albus y James se encontraron con Lily en el nacimiento de las escaleras, cuando se disponían a bajar al recibidor. Atrás quedó el taller de azabache con su infinidad de pinturas bañadas en polvo y recuerdos de un romance marchito. Los hermanos se miraron con algo de incomodidad y vergüenza, como exnovios que se reencuentran tras una ruptura dolorosa. Hugo secundaba a la pelirroja y, al detallar las siluetas de los Potter, temió la posibilidad de que los tres discutieran. El pequeño encuentro verbal con Molly le había puesto los nervios de punta.
Desde que el momento que subieron al barco su relación con Lily había demostrado no ser tan sólida, se debilitaba por efecto automático debido al juicio silencioso de sus familiares. Lo que tenían era evidente incluso para quienes no les conocían. Hugo y Lily estaban unidos por sangre desde el nacimiento, crecieron bajo la sombra de sus hermanos mayores y recrearon un mundo propio para suplir el vacío que la falta de atención había ocasionado. Solo se tenían el uno al otro. No había luz en su vida si no involucraba a su prima y quería creer que ella se sentía igual. Después de todo, la había seguido tras la pelea por esa razón. Confiaba fervientemente en el lazo compartido, su fe era ciega y perpetua. Estaba enamorado, obsesionado, embelesado. Al Weasley le aterraba pensar que podía perderla.
Ya había perdido demasiado.
Sin embargo, Lily no estaba sintonizada con él. Los pensamientos de la pelirroja se desviaban una y otra vez hacia el pasado, hacia los errores que ella misma había cometido. Le enfermaba estar en La Madriguera. Le enfermaba estar cerca de sus primos porque le recordaban lo deprimente que era su existencia. En el fondo, se sentía como alguna vez Rose se había sentido. Y parecerse a ella era lo menos que deseaba. Era culpa de Hugo y su necesidad de llevarse bien con todos; si él no lo hubiese pedido, ellos seguirían amándose en el rincón de su departamento… lejos del veneno y el dolor que los Weasley portaban en la sangre. Ignorando la realidad, soñando eternamente.
-Lo mejor será que bajen. – Albus quebró el silencio, suavizando su mirada esmeralda al dirigirla hacia su hermana menor. Cuando Lily le veía solo podía pensar en su padre, eran tan similares que le causaba escalofríos. Era una sensación terrorífica. -. Es momento de que hablemos.
-No tengo nada que decirle a ninguno de ustedes. -. Lily se cruzó de brazos, dispuesta a mantener la misma actitud ácida e indiferente de antes. Analizó la proximidad entre sus dos hermanos y sonrió con antipatía. -. No me digan que ya han hecho las paces, ¿eso han estado haciendo aquí? ¿Se han lamido las heridas mutuamente?
James bufó con fastidio, cansado de lidiar con todas las emociones que estaban destruyéndole de adentro hacia afuera. Justo cuando creía haber trazado un fino hilo de unión con Albus, Lily aparecía para cortarlo de golpe. Era como si no quisiera que nadie fuese feliz, como si quisiera que todos compartieran su amargura. El castaño dirigió sus orbes mieles hacia Hugo, que empezó a rascarse la nuca con aspecto apenado. El pasillo estaba iluminado tenuemente por lo que podían verse a contraluz, adoptaban las características de sombras acechantes o fantasmas grotescos. Lo único que brillaba con intensidad eran las miradas de los presentes cargadas con emociones inconstantes.
-Hipócrita. – soltó molesto y sin pensarlo. Esa palabra encajaba con su hermana como un anillo al dedo y pudo darse cuenta que hacía muchísimos años había deseado decírsela de frente. – Hipócrita – repitió para reforzar la sensación de seguridad.
Albus le observó de reojo, arqueando las cejas con evidente admiración. Lily parpadeó turbada. Aunque le valía muy poco lo que su familia pensara (o eso quería aparentar), la actitud del primogénito de Harry y Ginny la dejó anonadada. Él jamás le había hablado de semejante forma. Por el contrario, James siempre le había tenido miedo. Después de la muerte de sus padres, Lily había acabado con la autoestima de su hermano, orillándolo a rechazar sus preferencias sexuales y su personalidad extrovertida. Sus acciones habían estado destinadas a hacerle sentir pequeño e inútil, el extra de una película.
-Oh, por favor. ¿Te crees que porque han pasado algunos años has dejado de ser un estúpido? – James se puso a la defensiva al escucharla y a Albus se le tensaron las extremidades del cuerpo. – Que Lyssander y tú se hayan comprometido no significa que su relación esté bien, no vives en un cuento de hadas. No te hagas ilusiones, James. Seguirás siendo un inadaptado, un rechazado, un estorbo... Por siempre.
Hugo sabía que Lily estaba sobrepasándose, pero no intervino. Todo sería como la primera vez, no sabía porque había sido tan ingenuo para creer lo contrario. ¿Esperaba reacciones diferentes? ¿Acaso esperaba que le recibieran con amor y comprensión, cuando él jamás había hecho algo por alguien? No importaban los ocho años pasados. La distancia y el tiempo solo habían aumentado el odio y el resentimiento en sus corazones. Una voz dentro de su cabeza se preguntó si no era necesario que todos estallaran para que el pasado dejara de atosigarlos, para ser libres de la oscuridad que les engullía poco a poco. Notó desde la distancia los ojos claros de su primo mayor nublándose por las lágrimas y el esfuerzo que ponía para no llorar. A James le dolía el rechazo, sobre todo el de Lily Potter.
-Me sorprende que hables de manera tan descarada – alegó ojiverde para defender a su hermano. Hugo suspiró sabiendo que se vería inmerso en aquella situación quisiera o no. Lily le miró de reojo, fortaleciendo la acusación de Albus. – Lo más triste de tu situación, Lily, es que te esfuerzas tanto por rechazar a los demás porque en el fondo sabes que la única rechazada eres tú. Sigues hablando de relaciones, cuando nunca has sabido cómo entablar una.
-No hables de mí como si me conocieras – escupió rabiosamente la ojimiel con la sonrisa deformada por la ira. Hacía unos minutos había encarado a Molly con una imponente soberbia y ahora la voz le temblaba sin control. Ella también luchaba por herir a quienes la habían herido. A su manera, ella también estaba jugando el juego planteado por la heredera de Percy. – Mejor dicho, no hables de mí como si te importara. Toda la vida has estado enfocado en ti mismo, regodeándote en tu maravilloso talento. ¡Dime de qué te ha servido! Vives en un asqueroso apartamento, solo y miserable.
-¡Que te tiras a Hugo todas las noches no significa que no estás sola y mucho menos que no eres miserable, Lily Potter! – nuevamente James arremetió, afilando la lengua. Esta vez, no solo Lily se mostró pasmada. El Weasley, que se sabía parte de la discusión en cierta medida, no esperaba que su nombre sobresaliera así. Se ruborizó hasta la coronilla, dolido porque aquella frase abarcaba perfectamente la relación que tenía con su propia prima. La pelirroja empezó a caminar en dirección a su hermano y elevó la mano para abofetearle, pero este se lo impidió sujetándola con firmeza. – No eres mejor que nosotros.
-¡Suéltame, James!
-No, escucha – Albus se quedó muy quieto junto a ellos, no sabiendo con quien debía colaborar. Aunque se dirigían palabras ofensivas, no se habían agredido físicamente. ¿Quería que James le hiciera daño a Lily? Viendo el rostro de su hermana pequeña, cuyos rasgos asimilaba con los de Ginny Weasley, supo que no. -. Esa noche… Cuando Rose llegó de la comisaría… Tenía ganas de decirte muchísimas cosas. Te odiaba. Ser tu hermano se sentía como un castigo. No entendía por qué repentinamente te habías vuelto tan déspota y cruel, no entendía por qué te afanabas en destrozar mi felicidad con Lyssander. Desde que nuestros padres murieron…
-Desde que los asesinaron – corrigió Albus con severidad. Odiaba, así como Lily también lo hacía, que James evitara llamar las cosas por su nombre. La ojimiel dejó de luchar para liberar el agarre al que se veía sometida. Los miraba con atención por primera vez en muchísimos años. De alguna manera, sus cuerpos se relajaron momentáneamente... como si la máscara les abandonara.
-No me gusta pensar en eso. Reconozco que no soy tan valiente como tú, Lily, jamás he tenido coraje para asumir la responsabilidad que tenía contigo y Albus – Lily desvió la mirada hacia un punto muerto en la pared. El azabache se veía igual de incómodo, mas no demostraba tener intenciones de ignorar las confesiones de su hermano. – Albus, hace un rato dijiste que era momento de pagar las deudas… Yo sé que jamás pagaré las deudas que tengo. Era el mayor y… me encerré en el miedo que me daba no tener a papá y a mamá para protegernos. Acababa de graduarme, estaba por iniciar la universidad… No quería hacerme cargo de nada porque no me sentía capaz. Me volví inseguro, inestable… Necesitaba un apoyo y Lyssander se convirtió en eso para mí. Olvidé que yo debía ser un apoyo para ustedes.
A James le había costado años entender qué había hecho para merecer el maltrato de su hermana. Sabía que nada justificaba los insultos que ella le había propinado, sabía que no estaba obligado a perdonarla. Sin embargo, deseaba hacerlo porque deseaba que Lily le perdonara. Deseaba que le amara, así como él la amaba. Quería que los luceros mieles de la joven mesera, tan semejantes a los de su madre, le dieran el alivio que había encontrado ensimismándose en su relación con el hijo de Luna. Les había abandonado y cargar con el peso de esa acción sería su karma hasta la muerte. Albus compartía los sentimientos del mayor de los Potter y, cuando las lágrimas fluyeron abundantemente a través de las mejillas pecosas y pálidas, se dio cuenta que Lily también.
-Estoy enamorado de Lucy – la confesión pilló por sorpresa a James, quien acabó por soltar a la pelirroja. Esta le dirigió una mirada triste a Albus. No era un secreto para ella. A Albus le invadió un sentimiento de alivio. Jamás había dicho aquello en voz alta, siempre se lo había susurrado en sueños y resultaba refrescante tener otro testigo aparte del lienzo. – No eres el único cobarde, James. Probablemente papá y mamá estarían decepcionados de los tres porque ninguno ha querido asumir la verdad. Los mataron y con ellos se fue una parte de nosotros – si bien recordaban el aspecto deformado que sus padres tenían la noche fatídica, Albus memoraba más la posición en la que les habían encontrado: Harry sobre Ginny, intentando infructíferamente protegerla de la amenaza inminente. – Cada uno de nosotros buscó llenar ese vacío y desafortunadamente no sopesamos la posibilidad de que debíamos buscarnos los unos a los otros.
Lily sollozó, cubriéndose la cara con ambas manos. Lloraba como el día que se había visto sola en el mundo, lloraba como el día que había abandonado la mansión y Hugo la había seguido. Lloraba porque aún no se perdonaba a sí misma haber lastimado a sus hermanos, lloraba porque sabía que podía perdonarlos por haberla abandonado. En el fondo, Lily odiaba a Lyssander y a Lucy porque ellos habían recibido algo que ella necesitaba: amor. El amor de James y Albus. En silencio, Albus la abrazó, despertando el afecto que creía dormido. La estrechó en sus brazos como Harry solía hacer en las noches de tormenta y James, tan afable y dulce, le acarició el cabello tal como Ginny hacia antes de darle el beso de las buenas noches. Ninguno lo notó, pero Hugo desapareció buscando un rincón para sí mismo; en aquel instante, solo estaban tres hermanos huérfanos ávidos de consuelo.
Rose Weasley Granger se movió incómoda ante la mirada suspicaz de Dominique, quien parecía procesar la información que ella acababa de darle. Era notorio que no comprendía en absoluto lo que le estaban pidiendo. La primogénita de Ronald suspiró ansiosamente, sentía un nudo atorado en el estómago y comenzó a preguntarse qué haría si su prima se negaba a ayudarla. Desde el día anterior, Rose sabía que algo malo sucedería, pero no tenía forma de demostrarlo; por esa razón había acudido a la última persona pensada en busca de auxilio.
Hacía un par de meses su vida, que giraba en un círculo de vicios y malas influencias, se desequilibró por completo cuando accidentalmente escuchó aquella conversación telefónica. Tras el incidente, perdió los estribos y su adicción se disparó. Casi había muerto bajo los efectos de drogas cuyos nombres ni siquiera recordaba, había deseado morirse rápido y sin culpa. Pero sobrevivió. Y Rose había cosechado de semejante experiencia una lección importante: tenía que corregirse.
Accedió asistir a rehabilitación, la encerraron entre paredes blancas para superar su "conflictiva personalidad". Y ahora que estaba de regreso en La Madriguera, sabía que por primera vez en su vida había tomado buenas decisiones. Estaba dispuesta a ocuparse de la seguridad de su familia, lo único valioso e importante que sentía realmente suyo.
-Déjame ver si lo entiendo… – Dominique infló las mejillas, un gesto que solía hacer cuando buscaba concentrarse. – quieres que te ayude a esconder armas por toda la casa una vez la cacería termine – Rose se limitó a asentir de manera pausada, reconociendo que su petición sonaba mejor dentro de su cabeza. Sabía que de haber acudido a cualquier otro habrían corrido a contarle a Hermione que definitivamente se había vuelto loca. Ninguno de los Weasley lo admitía en voz alta, pero la opinión que se tenía de Rose en la mansión era la de una chica perturbada. – ¿Puedo preguntar por qué?
-No.
La respuesta tan concreta de la pelirroja dejó atónita a la joven hija de Fleur. Miró a su prima con el ceño fruncido tratando de adivinarle el pensamiento. Llevaban aproximadamente media hora en el comedor y la familia había iniciado la cacería, un juego inventado por Arthur que consistía en encontrar instrumentos de caza por los rincones de la mansión antes de buscar una presa en los alrededores de la misma. Aunque no eran una familia de costumbres bélicas, el juego era popular y todos disfrutaban competir por el premio: decidir el menú para la cena.
Normalmente se agrupaban en parejas o tríos e inesperadamente Rose le había pedido que fuese su compañera; Dominique, como era mala cazadora pese a su actitud masculina y su habilidad para deportes que involucraban el uso de una pelota, se había sorprendido. Ahora se daba cuenta que Rose nunca había tenido intenciones de jugar.
-¿El abuelo no se dará cuenta de que las movimos? – la Weasley se apoyó contra el borde de la mesa mientras cruzaba los brazos. No entendía por qué aceptaba el ruego de Rose, tal vez fuese su expresión asustada lo que le había convencido. Algo no andaba bien.
-Tú y yo nos ofreceremos a recogerlas, el abuelo creerá que trato de mejorar mi actitud egoísta así que no se opondrá – contestó Rose con rapidez. No contaban con mucho tiempo y quería asegurarse de que Dominique no se echaría para atrás. Podía ver en su rostro infantil que aún no estaba segura. – Dominique, es importante que esto quede entre las dos. No quiero que se lo cuentes a nadie, especialmente a mi madre.
-¿Sabes que te estás comportando como una delincuente? - la actitud de Rose la espantaba y la tensión que su cuerpo reflejaba lo dejaba muy claro. Dominique Weasley siempre la había considerado un mal ejemplo a seguir, contraria a Molly, cuyas buenas notas le aseguraron un futuro brillante, o Albus, cuyo talento deslumbraba incluso a las mejores personalidades del mundo del arte. – ¿Por qué necesitas esconder armas en la casa? – no pudo evitar preguntar otra vez, a sabiendas de que no recibiría respuesta.
-Lo único que necesitas saber es que te conviene confiar en mí al menos por hoy – los labios de la Weasley Granger estaban deformados en una mueca de disgusto. Aun cuando tenía dieciséis años, Rose aparentaba mayor edad. Como si no tuviera la inocencia característica de las jovencitas.
-No puedes culparme por no confiar en ti.
Rose clavó con fiereza sus orbes azules en los de su prima menor. Era una mocosa de doce años de apariencia varonil, ingenua y temerosa; vestía con ropa heredada de James, se bañaba en lodo y lluvia y parecía despreocupada por el futuro. Rose no se sentía triste por las palabras de Dominique porque Rose sabía que Dominique era una niña insegura que realmente no confiaba en nadie. Pero en esos momentos estaba desesperada y necesitaba que ella le creyera. ¿Por qué nadie recordaba que no mentía incluso en las peores circunstancias?
Todos parecían estar al corriente de que estaba un poco tocada de la cabeza, perdida en sustancias peligrosas, mas nadie recordaba que tenía una virtud: era sincera. Pensar en la posibilidad de que solo era un derroche de tiempo la amargó profundamente. Sin nada más, la pelirroja mayor se dio media vuelta y salió de la habitación con paso apresurado, deseando esconderse de la mirada recelosa que la niña le regalaba… así como de la responsabilidad que sentía sobre sus hombros.
En medio del recibidor, justo al inicio de las escaleras, se encontró con Albus Potter. Este le sonrió con cariño, parecía entusiasmado por alguna razón y antes de que pudiera preguntar el joven le enseñó orgullosamente una escopeta de corredera de gran tamaño que se veía ridícula en sus brazos. Era el arma más eficaz del abuelo Arthur y pocas veces la habían encontrado a tiempo para usarla. Rose sonrió con ternura, era evidente que su primo estaba dispuesto a ganar el juego. Albus nunca había ganado nada. Estaba tan ensimismado en su propio regodeo que no se percató del verdadero estado de ánimo de su prima favorita, así como tampoco que su supuesta pareja estaba ausente.
La pelirroja no detuvo su andar, lo cual contrarió un poco al azabache, y se dirigió hacia las escaleras. Escuchó como Albus la llamaba, pero no regresó. Necesitaba organizar sus ideas antes y estar preparada para lo que tuviera que suceder. Si no conservaba la calma, ¿quién lo haría? Hermione le había dicho que se ocuparía del asunto, sin embargo Rose no podía pretender que no estaba al corriente de las posibilidades. Era ella quien había escuchado la conversación. Ella debía encarar al responsable. La piel se le erizó justo en el momento en el que, a través de una de las ventanas de la planta superior, vio sus abuelos salir del bosque riendo a carcajadas.
Cuando Lily abandonó el recibidor, dejó el ambiente cargado de tensiones. Molly, aun en medio de las escaleras, conservaba una actitud altiva y soberbia y miraba al resto como un grupo de insectos que debían ser eliminados. La Madriguera le había alterado de tal manera que ni siquiera era capaz de controlar sus expresiones, pese a ser experta en el arte de fingir. Tan experta como Lorcan, quien descendió desde la segunda planta con una mueca de preocupación. Parecía que la había estado buscando y al encontrase no pudieron evitar denotar cierta resignación; eran una pareja extraña y el Scamander no entendía porque no habían solicitado el divorcio.
Molly era una mujer hermosa, deslumbrante, vigorosa. Lorcan se había sentido atraído desde la adolescencia y, sorpresivamente, ella se había interesado en él también. Siendo la hija de Percy mayor, el control de la relación recayó en sus manos sin discusiones; él era como un ciego dependiente de un lazarillo. La pelirroja estaba destinada a triunfar, se esforzaba por ganarse la aprobación de los mayores y esperaba poder ocuparse de la pequeña empresa de su familia. Nadie salvo Fred buscaba hacerle competencia. Y era esa aura de competitividad, de agresividad, de magnificencia lo que había vuelto loco a Lorcan. Él estaba dispuesto a dejarlo todo por ella, inclusive el inusual interés que Dominique despertaba en su interior.
Comparar a una con la otra era como comparar dos bellezas equidistantes. Dominique le gustaba por su rostro infantil, por su apariencia de niño ingenuo; sentía deseos de besarle el rostro y abrazarla en medio de la oscuridad. Con el tiempo, Lorcan se percató que deseaba a Molly con la misma intensidad que amaba a Dominique. Y descubrirlo fue devastador, porque para entonces ya estaba comprometido.
Molly lo averiguó en el tiempo que toma parpadear dos veces y, desde entonces, el fuego que ardía por él se apagó; ella estaba al corriente del beso robado en la casa del árbol, estaba al corriente del tierno amor que alumbraba el corazón de la hija de Bill y Fleur, estaba al corriente de que su matrimonio era un fraude y la sensación de haber perdido en su propio juego, en su propio campo, con sus propias reglas la arrastró a los brazos de Frank.
La razón por la cual Lorcan y Molly no se habían separado estaba parada junto a la puerta principal de la mansión, apegada a Lucy en un patético intento de pasar desapercibida: Dominique Weasley. Molly se negaba a aceptar que Lorcan la prefería; Lorcan sabía que, después de haberse casado con Molly, nunca podría estar con Dominique. Su relación había fracasado desde el inicio por causa de aquella joven periodista de ojos azul cielo que les contemplaba con pavor desde la planta principal. Al verla detalladamente, tras tantos años, Molly Weasley hizo un gesto de desdén y rabia. Rose le crispaba los nervios porque simbolizaba la decepción más grande de los Weasley; Dominique la alteraba porque simbolizaba la decepción más grande de su vida.
-Molly, tu abuelo desea que se reúnan en el comedor otra vez – anunció Lorcan, decidido a no desviar su mirada de los ojos de su esposa. Esta arqueó las cejas, cuestionando en silencio su actitud. El rubio sonrió, fingiendo como de costumbre. – La Sra. Weasley se encuentra más tranquila, por eso quiere hablarles. Supongo que discutirán el asunto de la herencia.
El tema del dinero alertó a Victoire, quien se apoyaba en una de las columnas que adornaba la puerta principal, y a Teddy. Los señores Lupin intercambiaron una rápida mirada, conscientes de que habían olvidado el propósito de su visita a la isla. La situación económica que vivían era reparable, pero requerían del dinero que la Weasley recibía mensualmente gracias a las acciones de la empresa. Si llegaba a perder el ingreso... Teddy sabía que su mujer estaba resentida con la vida y que proyectaba esa amargura en su endeble relación.
Aunque se habían amado desde niños, pues Harry le había hecho parte de la familia desde muy pequeño, no eran una pareja estable. El rechazo que Victoire había recibido por parte de la universidad, truncando sus deseos de convertirse en médico, había abierto una brecha entre ambos. Él cumplió un sueño al que ella se había visto obligada a renunciar. Y después, estaba el asunto de Louis. Pensar en su cuñado le traía cierto remordimiento por lo cual evito mecánicamente regodearse en aquel recuerdo. Aunque era considerado un Weasley más, Ted Lupin no se sentía parte de ellos. Ellos estaban quebrados por dentro y esa era una sensación que no compartía.
-¿Eso es lo único que importa? – la vocecita de Lucy se antojó extraña en la inmensidad del recibidor. Los presentes dirigieron entonces su atención a la escritora, envuelta en un suéter verde y barato, curiosos por su intervención. La más pequeña, la talentosa artista becada cuyas aspiraciones habían quedado en nada, se sonrojó avergonzada. Tragó saliva para animarse. – La abuela Molly no está bien, ¿acaso a ninguno le preocupa?
Ninguno de los nietos se atrevió a decir algo. Lo cierto era que estaban tan enfrascados en odiarse que no pensaban en la vieja matriarca, probablemente porque todos sabían su locura había sido catalizador de la situación que vivían. Molly se cruzó de brazos y Lorcan supo que su esposa estaba dispuesta a discutir. Sin embargo, fue Roxanne quien se adelantó para evitar que su prima recibiera malos tratos.
-Lucy, claramente no es lo único que importa – la pelirroja de piel canela aun parecía afectada por la pelea verbal que había sostenido con su gemelo. No podía creer que Fred había estado a punto de golpear a su novia frente a todos. La ira le recorría las venas, pero por piedad a Lea, quien se mostraba pálida y nerviosa, decidió controlarse.
-No negarás que estás aquí por el dinero - Fred, muy por el contrario, deseaba volver a discutir con Roxanne. Esta le dirigió una mirada furibunda; estaba tan enfadada que se le había pasado el miedo que le tenía a su hermano. Sabía que ella era la causante del odio del ojiazul, pero era consciente de que no tenía por qué tolerar una actitud tan vil.
-Te equivocas, eres tú quien siempre se mueve por interés – Lea, situada en medio de los hermanos, frunció los labios con desesperación cuando su pareja contestó. No sabía si tenía el valor necesario para volver a interferir en la disputa. Sentía el vestigio de las lágrimas sobre las mejillas y el terror que le había producido el ataque frustrado de Fred todavía la invadía. – Lo único que siempre te ha preocupado es el dinero, jamás te has preocupado por cuidar a quienes te aman... Tu vida gira en torno a lo que quieres, eres un manipulador y por eso... – Roxanne pareció arrepentida de haber hablado otra vez. El gesto del pelirrojo se contrajo como un papel arrugado. Parecía adivinar los pensamientos de su hermana.
-¿Por eso qué, Roxanne? – sin pensarlo, Fred cogió a Lea del brazo y la empujó lejos, haciéndola trastabillar contra las escaleras hasta caer sentada en ellas. La rubia se mostró aturdida por el súbito maltrato. Quería quitarla del medio. – ¿Por qué no terminas de decir lo que quieres decir?
-Por eso Lea te abandonó – lo había dicho. Aquella frase despertó furiosamente los recuerdos de la noche en la que habían discutido. La mirada de Fred se nubló y los demás, que no atinaban a reaccionar, suspiraron a la vez sorprendidos por la sensación de déjà vu. – Te has esforzado por hacerme creer que te lastimé, Fred. Pero nunca tuve intenciones de hacerlo. -. Roxanne aprovechó el impacto de sus palabras para articular los pensamientos que la habían consumido durante años. – Me enamoré de Lea sin darme cuenta, mucho después de que ella decidiera terminar su relación contigo. Jamás te habría traicionado de la forma que piensas, tú... Eres mi hermano.
-¡Cállate! – Fred elevó la mano una vez más dispuesto a golpearla. No obstante, los ojos azules de la pelirroja denotaban tanta tristeza que no lo hizo. Pese a sentirse mancillado, no quería lastimarla... No más.
-Nosotras... – Lea se levantó con cuidado, dudosa de aproximarse. No sabía si su accionar acabaría por desbordar el control del Weasley. – Fred, si estuviese segura de que me amaste si quiera un poco... No habría decidido confesar mis sentimientos a Roxanne. – Finalmente la Nott se ubicó junto a él y colocó con suavidad una de sus manos en el puño elevado del pelirrojo. – Ella estaba negada a entablar una relación conmigo por ti.
-No quiero escucharlas – el joven retrocedió un par de pasos para alejarse de la rubia. Suspiró y cerró los ojos, evocando todos los insultos que Roxanne y él se habían dicho. Se sentía dolido. Se sentía traicionado. Y, escociéndole muy adentro, sentía que Lea y Roxanne le decían la verdad.
El reconocía que no había amado a la chica Nott, lo cierto es que poco le importaba. Lea era una superdotada, habían estado juntos durante tanto tiempo que Fred, tan meticuloso como siempre había sido, asumió que su futuro estaba junto a ella. Y de pronto se había alejado para convertirse en nada más y nada menos que la pareja de su propia hermana. Abrió los ojos y las observó; le veían con lástima y vergüenza. No con culpa. Y aquello le asqueaba.
-Me largo de esta maldita isla, puedes decirle a Arthur que no me importa lo que haga con su familia – sin más, Fred se perdió en dirección a la cocina para salir por la puerta trasera que daba hacia los jardines posteriores. Lea Nott parecía cansada, como si lidiar con aquella situación fuera demasiado para ella.
Roxanne, quien poco a poco se había sentido llena de coraje, inició una carrera detrás de su hermano mayor dispuesta a no dejarlo ir nuevamente. Todos coincidieron, en un acuerdo mudo, que no le convenía a nadie meterse en la conversación de los gemelos Weasley. Dominique se mordió el labio inferior y dirigió, entonces, la mirada hacia Lorcan Scamander.
-Debe ser difícil... – dijo en voz monótona lo suficientemente alto para que todos le escucharan. Sus orbes cielo se toparon con los de Molly. – Ser fiel con tus sentimientos sin importar que.
-Requiere cierto descaro. - contestó la hija de Audrey, cuyos labios se arquearon en un gesto desdeñoso.
Dominique se sintió amenazada por instinto. Molly le recordaba a una serpiente, que atacaba cuando se veía en peligro y sin reparar a quien le inyectaría el veneno. El miedo que su prima le producía se debía a la forma como le miraba: rabia, abatimiento, repulsión. Lorcan había sido su primer amor. Era el único hombre que no parecía incómodo por su comportamiento varonil y cuando la veía podía notar un brillo especial; la veía como Bill Weasley veía a Fleur. La hacía sentirse femenina, poderosa, increíble. Y aun así se había casado con Molly. Verlos besarse en el altar de la isla había destrozado a Dominique de tal forma que ya no era capaz de sentir amor ni siquiera por sí misma. Y aun así, había querido que ambos fueran felices.
Lo que más le dolía era saber que Molly y Lorcan no lo eran.
Recordaba muy bien el día de la pelea, la noche que Rose les había llamado "Malditos bastardos", porque fue aquel día que se dio cuenta lo triste que sería su vida desde ese momento. Molly le había llamado de formas inimaginables, formas empleadas solo para prostitutas de la peor clase. Ella era la causa del fraude que vivía Molly y saberlo la hacía sentirse sucia, desgraciada, usada. Saberlo la destrozó y no fue capaz de seguir adelante. Pero ella si quería avanzar. Dominique desvió su atención hacia el esposo de su prima y este se mostró azorado. Ambos corazones latían desbocados, ansiando encontrarse a través de los gruñidos recelosos de Molly.
-Supongo que sí – la voz de Dominique se había vuelto un murmullo y Lorcan desde la distancia la sentía como una caricia. – Me pregunto si valdrá la pena.
A ninguno le pareció extraño que Audrey les encerrara en el estudio, pues más una vez algunos se habían escapado para espiar las conversaciones de los adultos. Teddy y Victoire se sentaron juntos en uno de los sillones disponibles, conversando entre susurros los detalles de un posible matrimonio; eran pareja desde hacía varios años, estaban a punto de culminar los estudios. Pensar en el futuro se les hacía fácil. Louis se acercó a su hermana con una mirada brillante de entusiasmo, dispuesto a obtener información sobre el ingreso a la universidad; aunque tenía doce años, parecía animado a seguir los pasos de Teddy para convertirse en doctor.
Rose continuaba viendo con consternación aquella puerta que le impedía estar cerca de su familia. Había conseguido mantener a raya los nervios, pero en aquel momento su piel se había convertido en una capa traslúcida decorada con pecas. El sonido de un piano la reconectó con la realidad. Lucy tocaba magistralmente con Albus despotricando a su alrededor quejándose de la beca negada; Roxanne y Fred le molestaban alabando el talento inigualable de la más pequeña de los Weasley. Mientras, Hugo y Lily se habían ubicado sobre el escritorio del abuelo intentando encontrar algo nuevo entre los papeles de la empresa. Y Molly, quien parecía preocupada por lo que pudieran hacer los más pequeños, estuvo a punto de reprenderlos cuando se percató de la extraña actitud de Rose.
-¿No les parece que está muy rara esta noche? – inquirió con una ceja arqueada. Lo cierto era que Molly veía más a Rose como un despojo de defectos ándate y no le tenía la misma consideración que al resto de sus primos. James se encogió de hombros y Dominique evitó mirarla a los ojos. Le tenía mayor miedo a Rose que a Molly por lo que prefería serle leal a la primera. – No me digas que… – Al primogénito de Harry le habría gustado intervenir en la discusión que parecía avecinarse, pero la pelirroja no le dio tiempo de reaccionar. Cruzó la habitación a zancadas y cogió del brazo a Rose para zarandearla con firmeza. – ¿Rose, has vuelto a consumir?
Esa pregunta fue como una bofetada para la aludida. Las voces de los demás se apagaron instantáneamente, ahora todos estaban enfocados en ellas. Rose se soltó con brusquedad, disgustada. Podía aceptar las bromas estúpidas de Louis sobre su adicción, pero la acusación de una posible recaída le dolió. ¿Acaso no se estaba esforzando? ¿Por qué Molly debía recordarle continuamente lo poco que valía? Podía ver en la mirada azulina de su prima, tan igual a la suya, la lástima mezclándose con el desprecio.
-Rose, responde – ordenó con acritud la mayor. Había algo en la mirada ausente y quebrada de la joven que le inquietaba profundamente, le hacía sentir desamparada. La mirada de Rose era como un océano en calma que poco a poco iba agarrando fuerzas… Era como una tormenta despertando.
-¿No tienes nada mejor que hacer que molestarme? – preguntó a su vez la primogénita de Ron y Hermione. Retrocedió unos pasos, próxima a la puerta. No quería tener cerca a Molly, no quería estar cerca de nadie.
-¿Por qué no contestas? – Victoire se levantó, mas no se movió de su lugar. Entrelazó sus manos en una actitud condescendiente que le causó más rabia a Rose. Su vista se desplazó por los rostros de cada uno de los primos, dándose cuenta que parecían el bando contrario. Por un momento se sintió sola.
Aislada.
-Rosebud – ahora Albus se sumaba a la orden implícita, llamándola por aquel apodo tan ridículo e infantil que solo Arthur utilizaba. ¿Realmente todos creían que no estaba lista para salir del hospital? ¿Realmente ninguno tenía fe de que podía recuperarse?
-Me dan asco – Rose no se sintió mal cuando sus labios actuaron por cuenta propia revelando sus pensamientos. Sí, en el fondo le asqueaba la ingenuidad y la perfección que rodeaba a sus primos. Porque eran todo lo que ella jamás sería. Los odiaba. Y los amaba también. Los amaba con una fuerza tan sobrecogedora que había estado dispuesta a sacrificar lo que fuera por preservar la burbuja dorada en la que vivían. – No he vuelto a consumir – sus palabras parecían generar reacciones diversas. No reparó en ninguna particular. Desvió sus ojos hacia el pomo de la entrada. Quería salir. – No puedo seguir aquí…
El ambiente idílico del estudio contrapuesto con el silencio sepulcral que recibían del exterior le enfermaba. Sin esperar que el resto le contestara, pues estaban demasiado sorprendidos como para hacerlo, se dirigió a un florero de tamaño monumental que estaba colocado junto a una de las estanterías. Sacó la escopeta que Albus había encontrado para la cacería de la tarde; la visión del arma obtuvo un suspiro colectivo y aterrado. Sus manos palparon habilidosamente el arma, registrando la munición disponible y el peso; no le costaba manipularla. De reojo se percató de la actitud defensiva y asustada de los Weasley, lo cual la hizo sonreír ladinamente con sorna.
-Oh, vamos. ¿Pasé de ser una drogadicta y alcohólica a una posible asesina? – Rose no pudo evitar pensar que seguramente todos la veían como una extraña, como una amenaza viviente. El eco de la melodía tocada por Lucy acabó perdiéndose en el aire, absorbido por la tensión que el comportamiento errático e incomprensible de Rose había generado. – Como si fuera capaz.
-Rosie…
Apuntó hacia Molly, quien estaba precisamente junto a la entrada del estudio. El disparo sonó como un cañonazo, resonó por toda la mansión como un grito iracundo. A los herederos de Arthur y Molly les costó asimilar que el sonido no había provenido de la escopeta que su prima cargaba sino de un área externa. Rose pareció perder el vigor de hacía unos instantes, palideciendo. A causa de su rabia había olvidado cual era el propósito de aquella noche. Esta vez no dudó. En un movimiento brusco y acelerado, accionó la escopeta sin tener que reafirmar el punto hacia el cual estaba destinada la bala. El pomo salió volando por los aires, dejando impávida a Molly, quien cayó sentada en el suelo por la sorpresa. La bala había pasado a escasos centímetros de su cuerpo.
-¡¿Qué demonios estás haciendo, Rose?! – James se inclinó para sostener a la pelirroja mientras Teddy, ante la ansiedad del resto, hizo ademán de acercarse a Rose para quitarle el arma. Ella le apuntó sin vacilar haciéndole detenerse. Victoire ahogó un chillido. – ¿Rose? ¿Qué…?
-Ted, ¿podrías ocuparte de Molly? Siendo doctor, es pertinente que averigües si esta traumatizada – Rose hablaba con serenidad pasmosa, serenidad que en realidad no tenía. Dominique se dio cuenta entonces que su prima parecía otra persona y empezó a dudar de lo que había hecho para ayudarla. – Que nadie salga de esta habitación.
-Rose, por amor de Dios… ¿Qué está pasando? – Lucy balbuceó aterrada y Albus, a su lado, le sostuvo la mano. Ninguno parecía dispuesto a creer que aquella joven que amaba bailar era capaz de hacerle daño a alguien, salvo a sí misma. Fred y Louis intercambiaron una mirada, como debatiéndose si acorralarla. Rose suspiró con molestia.
-No tengo tiempo para ustedes.
Antes de que alguno pudiera agregar algo, Rose Weasley salió del estudio empleando la escopeta como una extensión de sí misma. Ninguno atinó a seguirla, ninguno se movió del lugar donde ella les había abandonado. Y entonces una tormenta de disparos se desató a lo lejos… acompañada por un cántico de gritos.
Scorpius continuaba consternado por la serie de eventos que Rose le había revelado. Aunque se negó a contarle quien era el culpable, la pelirroja accedió a relatar lo sucedido aquella noche de principio a fin. Ella hablaba con tranquilidad, desconectada emocionalmente de los recuerdos que acudían a sus pesadillas con frecuencia. Cuatro hombres fueron necesarios para abatir a los hijos de Arthur y Molly, así como sus respectivas parejas; solo se necesitó a una joven de dieciséis años para abatir a los cuatro hombres responsables de la masacre. Llegado a ese punto de la historia, la ojiazul se detuvo unos instantes. Dudaba si el rubio entendería sus accionar.
No le había mirado durante el transcurso de la conversación, así que tampoco lo hizo cuando opto por confiarle uno de sus secretos más oscuros.
-Los mataste – resumió el rubio, asombrado por lo que oía. Rose tenía un aura oscura y peligrosa que le atraía, una actitud desafiante que dejaba entrever lo poco que confiaba en los demás. Le asustaba hasta cierto punto. No obstante, resultaba extraño imaginarla accionando una escopeta de corredera. – A los cuatro.
-La policía tardó varios meses en demostrar que no le disparé también a mis padres y a mis tíos – añadió con ligera desvergüenza. Tras abandonar el estudio, había entrado a aquel comedor con el eco de los disparos martillándole la cabeza y una sensación de terror profundo. Hiperventilaba. La visión de los cadáveres la horrorizó de tal forma que no atinó a procesar nada. Sus manos accionaron el arma por cuenta propia y su habilidad para la cacería se hizo cargo del asunto. – Fue un poco irónico. La escopeta tenía seis balas. Albus usó una para cazar un conejo durante el juego, yo usé otra para destruir la manilla del estudio… Restaban cuatro balas en el cartucho cuando entré aquí. Como si el destino estuviera reservándolas para que yo tomara venganza.
Rose no se engañaba. Reconocía que tenía las manos manchadas con sangre, pero no se arrepentía. La muerte de su familia merecía más que justicia. Lo que aquellos hombres hicieron no tenía perdón, principalmente porque la pelirroja sabía que de no haberse ocupado de ellos todos los Weasley habrían muerto aquel día. El cuerpo hizo lo que su corazón exigía: protegerlos por encima de cualquier cosa. La culpa que se anidaba en su pecho tenía origen en su falta de coraje; había dejado que Hermione se ocupara de una responsabilidad que sabía suya. Tenía el peso de una mala decisión carcomiéndole el alma. Y era lo único que no se perdonaría. Por esa razón tampoco podía perdonar la ingratitud infame de sus primos. Molly la había acusado de traición, la había condenado a pesar de su esfuerzo.
El Malfoy no pudo evitar que el estómago se le revolviera cuando sus ojos grises se posaron en las manchas borgoñas del suelo. Los cristales rotos de la vajilla le hacían guiños grotescos en medio de la penumbra. Era como estar dentro de un thriller. Veía a Rose sumergirse en su propia agonía y le aterraba dejarse llevar por ella. Sin embargo, algo en su interior se agitaba y le empujaba en su dirección. Quería salvarla, quería extender su mano para acariciar el rostro traslucido recubierto de pecas. Quería que sonriera para él, que encontrara el consuelo negado durante tantos años. Rose era una víctima. La habían matado el mismo que día que se convirtió en una asesina. No la tragedia, sino la propia desconfianza de quienes más amaba.
Scorpius no podía pensar más en Albus. No podía pensar si quiera en que quería saber más sobre el misterio de la familia. Solo tenía ojos para Rose.
-¿Los odias? – inquirió, sin saber porque preguntaba algo como aquello. Los orbes azules y tormentosos de la Weasley se fijaron en él, sonriendo acongojados.
-Los odio porque no puedo dejar de amarlos – se limitó a contestar con sinceridad. Él asintió como si supiera leer entrelíneas. – Peleamos cuatro años después de la masacre. Honestamente, no creí que algo así sucediera. Yo había regresado de la comisaria, la policía se había presentado en el cabaret donde acababan de contratarme… Molly me había denunciado.
Inesperadamente, Rose tenía la necesidad de darle más información. No porque deseaba complacer sus ansias de conocimiento sino porque deseaba poder confiar en alguien aunque fuera un instante.
-Llevaba un tiempo sintiéndome agobiada. Nana Molly enfermó… Se volvió inestable, se nos negaba mencionar siquiera un mínimo recuerdo; sentía que le estaba fallando a la memoria de mis padres. Volví a consumir, ya no me importaba nada. Afuera cada uno tenía su propio escape, su propio vicio. Dentro éramos los títeres de Arthur. Se volvió exigente, grosero. La vida en esta casa era un infierno – la mano de Scorpius acogió la mejilla derecha de la ojiazul. Ambos suspiraron con leve regocijo, como si estuviesen esperando aquel contacto desde hacía mucho. – La denuncia de mi prima me dolió. Sabía que ella no me creía capaz de organizar el crimen, ella solo quería que confesara quien era el culpable. Pero no podía. ¿De qué serviría? Solo lograría destruir más a nuestra familia. Pensaba, ¿cómo me sentiría si alguien me dijera que mi madre es la culpable del asesinato de mis tíos? ¿Cómo actuarían los demás conmigo? El rechazo…
-No necesitas decir más – Scorpius la haló en su dirección, obligándola a refugiarse en sus brazos. Los rizos rojos, como llamas incandescentes, le acariciaron la nariz. – Ya no estás sola, Rose.
Siempre estaré sola, pensó. Se abstuvo de decirlo. Elevó la mirada hacia el rubio. Sus labios alcanzaban su mentón.
Cuando Ted y James encontraron a Rose el desastre ya había ocurrido. Les había tomado cierto tiempo sopesar lo sucedido en el estudio, la actitud de Rose les había impactado de tal manera que no habían reparado la posibilidad de que un peligro existía fuera de aquella habitación. El primer disparo, antes de que la pelirroja volara el pomo, les sonaba a ilusión. Poco podían imaginar el desastre que encontrarían en el primer comedor, donde Rose lloraba desesperadamente sobre el cuerpo de su madre. Estaba bañada en sangre, rodeada por el olor de la pólvora. Teddy tuvo que reprimirse al ver el cuerpo de su padrino tendido sobre el de Ginny Weasley, porque James Sirius Potter perdió la cordura momentáneamente.
Platos, copas, cubiertos… No había ni un extremo de la habitación que no se hubiese convertido en un desastre. A Teddy Lupin le habían enseñado a mantener sus emociones bajo control, pero el escenario era tan devastador que no atinaba a responder conforme la situación. La visión de los cuerpos destrozados por las balas y el lamento desaforado de Rose y James le revolvía el estómago. ¿Qué debía hacer? ¿Qué sucedería a continuación? Un sollozo resonó bajo la mesa, débil y agónico. Los pies de Teddy, movidos por acción automática, se encaminaron hacia la cabecera de la mesa. Y allí, abrazados y heridos, encontró a Arthur y Molly Weasley. Ella lloraba con el rostro clavado en el pecho de su marido, quien no se movía en absoluto.
-Dios, mío… – Teddy se agachó para tomarle el pulso al padre. Podía darse cuenta de que ambos estaban heridos, porque la sangre manaba de varios lugares y se mezclaba con la esparcida en el suelo, pero no lograba ubicarlas. Era un desastre. – James, por favor… Tienes que reaccionar y ayudarme, antes de que…
Lo siguiente que escuchó el hijo de Remus fue la desesperación que las voces infantiles exhalaron. No tuvo que levantarse para saber que los demás les habían seguido, yendo contra las órdenes que él les había dado. En aquella posición, no podía hacerse cargo de todos. Por el rabillo del ojo, Ted vio el cuerpo arqueado de Rose, tendido sobre Hermione Granger, dando espasmos de dolor. ¿Qué había sucedido? ¿Acaso Rose…? No. No era momento para cuestionar nada. En sus manos estaban, literalmente, los patriarcas de una familia que se había quebrado de golpe. Si Arthur y Molly fallecían también… ¿Quién iba a ocuparse de aquellos niños? El miedo amenazaba con paralizarle las extremidades. Estaban en medio de una isla deshabitada. ¿Cómo llegarían las autoridades pertinentes para semejante caso…?
-Ted – la voz de Molly lo sacó de la ensoñación. Se miraron a los ojos, compartiendo el terror que les embargaba. Podía darse cuenta de que la joven hija de Percy quería hacerse cargo de la situación, demostrar que nada la superaría. Quería ayudarle y la posibilidad de ello le causó alivio. – Llamé a la policía, pero no sé cuánto tarden…
-Eso no importa, necesito que me traigas un botiquín de primeros auxilios – Ted sabía que si no quería perder el control debía ocupar sus manos en algo. Escuchaba los lamentos, los quejidos, el lloriqueo insistente de aquellos que consideraba sus primos. Y le causaba un dolor tan inmenso que la presión le haría estallar la cabeza. La pelirroja asintió y se alegó torpemente, teniendo cuidado donde pisaba.
-Dime que puedo hacer – era la voz de Victoire. Teddy pensó que jamás se había sentido tan aliviado en su vida. La pelirroja veinteañera se dejó caer a su lado, percatándose de quienes se hallaban allí. Un suspiro lastimero se escapó de sus labios, bañados en lágrimas frescas. – Oh, Teddy… Mis padres… Yo…
-Victoire, eres enfermera. Te necesito aquí conmigo, debes ser fuerte. -. El castaño desvió la mirada hacia Molly Prewett, quien continuaba sollozando sin soltar a su esposo. Parecía una niña desamparada y el Lupin no quiso imaginar qué apariencia tendrían Lucy o Dominique. – No… No puedo hacerlo sin ti.
La hija de Bill se mordió el labio inferior para reprimir el llanto. Se encontraba en la misma situación que Teddy. Era la mayor, era la responsable, era quien debía mantener el control. Porque de lo contrario, aquella tragedia se volvería un suceso más lamentable. Victoire bloqueó todos los pensamientos que se arremolinaban en su mente y se enfocó en encontrar las heridas que su abuela tenía, acariciándola con sumo cuidado. La mujer parecía no responder a nadie, salvo al dolor que sentía. Sintió a Molly sentarse junto a ella para pasarle el botiquín, que probablemente no ayudaría demasiado, al verdadero médico.
-No voy a perdonarla – el murmullo de Molly la distrajo brevemente, haciéndola desviar su atención hacia los ojos furibundos de su prima. Azules, como el cielo desprovisto de nubes.
-¿De qué hablas?
-Rose… -. Molly hizo una mueca de desprecio. -. Jamás voy a perdonarla.
Lucy no fue a la prestigiosa academia de artes, así como ninguno de sus primos retomó el curso de su rutina. Después de la fatídica noche, la vida de los Weasley giró en torno a sesiones de terapia e interrogatorios infructíferos. La policía había hecho una investigación frenética para esclarecer los sucesos y toda Inglaterra se hallaba sumida en el espanto. Las suposiciones iniciales apuntaban a Rose Weasley como la orquestadora del crimen, pero entre los cadáveres de la familia se habían encontrado cuatro desconocidos cuyas identidades jamás fueron averiguadas. Parecían salidos de la nada y conectarlos al crimen se hacía imposible. Por aquel motivo, la atención se había centrado únicamente en la problemática hija de Ronald y Hermione, cuyo comportamiento dejaba mucho que desear a las autoridades.
De regreso al comedor, Lucy se preguntó cuál era el siguiente paso del abuelo. El anciano los miraba hastiado desde la cabecera de la mesa, con las manos cruzadas sobre la madera. Los Weasley se ubicaron alrededor de la superficie, conociendo anticipadamente el lugar que les correspondía a cada uno; los tres Potter acababan de ingresar al salón, en una actitud casi estoica, así que solo faltaban Roxanne, Fred, Rose y Scorpius. Arthur miraba amargamente la familia fragmentada que se manifestaba ante él y no sabía qué hacer con ella. Dirigió entonces su atención a la carpeta que yacía debajo de sus dedos entrelazados, forrada con cuero negro; dentro estaba escrito el futuro de su legado.
-Molly no se recuperará de esto – informó. El tono de su voz era bajo, impersonal. Los primos, y sus respectivos invitados, se removieron incómodos al escuchar la noticia. Sabían que la vida de la matriarca no sería muy larga. – Intenté reparar el daño, de verdad lo intenté… pero estoy demasiado viejo para continuar esperando algo de ustedes.
-¿Cuándo has esperado algo de nosotros? – la voz de Rose se alzó por la estancia cobrando una vibración espeluznante. Cada par de ojos se fijó en ella. Scorpius estaba situado tras la pelirroja como una sombra protectora. Sus manos se rozaban sin atreverse a algo más.
Albus arqueó una ceja, pasmado ante la actitud tan confiada de su mejor amigo para con su prima. ¿Acaso estaba tan concentrado en Lucy que no se percató de aquella inesperada chispa entre el Malfoy y la Weasley? De reojo observó a la menuda pelirroja, resguardada entre los pliegues del horrendo suéter verde continuaba pareciéndole hermosa. Entonces ella le regresó la mirada y sintió que el corazón se le atravesaba en la garganta. Solo una tabla de madera se oponía entre sus cuerpos, además de varios prejuicios.
-Rosebud.
-Arthur – Scorpius carraspeó detrás de la ojiazul, casi como si le ordenara comportarse. La intimidad que habían compartido hacía unos minutos se lo permitía. Rose casi sonríe. – Abuelo – se corrigió, obligándose a inclinar respetuosamente la cabeza en su dirección. Jugaba con él, con los presentes, porque no terminaba de abandonar el marco de la entrada. – Sé que en esa carpeta tienes nuestros destinos sellados. No obstante, quisiera hacerle un regalo a la familia.
Molly percibía el toque venenoso en las palabras de Rose. Y le dio mala espina. Tenía la misma mirada peligrosa que la noche trágica, la que anunciaba un mortífero presagio. ¿Confesaría? El cuerpo de la mayor se reclinó contra el espaldar la silla y su mano, involuntariamente, buscó la mano de su esposo; Lorcan cedió al agarre, no solo asombrado por el gesto sino por el temblor incontrolable de este. Tuvo el instinto de preguntarle qué sucedía, pero la mirada azulina de Dominique interceptó sus sentidos; ella los veía atentamente, ajena a lo que sucedía en el salón.
-Hace ocho años trabajaba en un cabaret de mala muerte, me drogaba con cocaína y bebía vodka desde que salía el sol – Rose se adentró lentamente en el comedor, provocando una tensión palpable en el ambiente. Arthur Weasley no se inmutó ante las declaraciones, bien conocía el pasado de sus nietos. – Un día después de mi turno se apareció Frank Longbottom para detenerme y llevarme a la estación de policía. Quería interrogarme sobre el asesinato de nuestra familia.
-Rose, ¿a qué juegas? – Victoire se clavaba las uñas en las palmas de las manos, angustiada y temerosa.
-Resulta ser, abuelo, que Molly Weasley me denunció por asesinato en primer grado. – la historia era conocida por todos. Especialmente porque tras pasar el día en la policía, la Weasley-Granger llegó a la mansión convertida en una Gorgona. – ¿sabes qué sucedió cuando arribé a la isla esa noche?
El anciano no contestó, pero podía verse en su rostro arrugado una mezcla de tristeza y dolor. Rose hablaba de manera aparentemente impersonal, aunque se notaba el resentimiento en su timbre vocal. Scorpius no estaba seguro si la joven podría controlar el instinto de soltar toda la información y herir definitivamente los recuerdos familiares. ¿Se traicionaría a sí misma diciendo la verdad? Cuando abandonaron la escena del crimen, el Malfoy no tenía conocimiento del plan que la mente de la pelirroja estaba orquestando. Porque una vez confesada parte de lo sucedido, Rose sentía que necesitaba sacarse todo del pecho.
-Estaban sentados en el salón de visitas, disfrutando la velada. Tú y Nana Molly estaban de viaje, así que Teddy y Victoire vinieron para ocuparse de nosotros. – Rose se ubicó tras la silla que le correspondía a Molly Prewett. Encajó los dedos en ella para sostenerse de algo. Desde su posición podía ver los rostros impávidos de sus primos y el resto de los invitados. – Entré. ¿Y qué fue lo que dije?
-Malditos bastardos… - el murmullo de Dominique hizo eco. La chica continuaba admirando los dedos enredados de Lorcan y Molly,
-Ese fue el día que me traicionaron. Porque después de todo el sacrificio que hice para salvarles la noche del asesinato… la culpa recayó en mi, como si fuera una delincuente.
-¿De qué sacrificio hablas? ¡Eras una carga para la familia! – Hugo rompió la parsimonia del lugar. Su hermana le regaló una expresión vacía. – Solo te metías en problemas, tú…
-Le disparé a cuatro hombres. Los maté.
Nadie obviaba el hecho. Sin embargo, Rosa jamás lo dijo en voz alta y con tanta seguridad. Lucy se cubrió los pálidos labios para ahogar un gemido triste en sus manos; Dominique finalmente acabó con su propia tortura y dirigió su atención a la pelirroja que presidía la conversación. La muerte de los delincuentes era, de cierta forma, su culpa porque ella había escondido la escopeta que Rose usó. La había puesto a su alcance.
-Se especuló mucho sobre la identidad de esos malnacidos. Se dijo incluso que eran mi pandilla, que yo los introduje en la casa para deshacerme de mi propia sangre. – Rose continuó, sabiendo que nadie la interrumpiría hasta el final. Lo único certero: todos deseaban conocer la verdad. Y por primera vez estaba dispuesta a decirla. – Y con el pasar de los años mi propia familia buscó deshacerse de mí. El día que Molly me denunció… pensé que no debí haber actuado; la noche que murieron nuestros padres… debimos haber muerto todos.
La actitud regia de la ojiazul se quebró.
-Acabamos asesinándonos entre nosotros. Cuando Teddy buscó que le negaran la beca a Louis; cuando Molly se casó con Lorcan sabiendo que Dominique lo amaba; cuando Lily despreció el amor de James por Lyssander y el de Albus por Lucy, aun cuando ella misma se sentía atraída por Hugo; cuando Albus y Lucy se renegaron el uno al otro; cuando Fred maldijo a Roxanne a causa de su relación con Lea… cuando Molly me denunció y yo solo quise romper los lazos de sangre que compartimos. – las lágrimas empezaron a fluir sin obstáculo. – Dios santo, asesinamos a nuestros padres cuando nos negamos a pronunciar sus nombres por temor a la enfermedad de Nana Molly, la matamos a ella cuando le negamos el consuelo del recuerdo de sus hijos.
Un chirrido estruendoso interrumpió el monólogo de la Weasley, quien ahora tenía el rostro manchado debido al maquillaje corrido y sollozaba incontrolablemente. Arthur se levantó de su asiento y se aproximó con prisas a Rose para estrecharle en sus brazos; él también lloraba. Comprendía muchas de las razones que habían separado a los Weasley, pero por encima de ellas se culpaba a sí mismo por no preverlas. Desde la muerte de sus hijos, nunca pudo comportarse como un padre amoroso; en cambio había sido autoritario, dispuesto a controlar cada mínimo aspecto en la vida de sus herederos. Él los había ido minando; y la presión del dolor, la frustración y el miedo al rechazo acabó por arrastrarlos a un espiral de destrucción colectiva.
-Ella no quería que murieran… - Rose hablaba con la cara pegada al torso del patriarca, quien a pesar de la edad continuaba siendo tan algo como la mayoría de sus nietos. La piel de los presentes se erizó al comprender que Rose se refería a la persona que había orquestado el delito. – Esos hombres… solo deseaban robar. Ella no quería, se negó, quiso impedirlo…
-Rose, Rose… - Arthur pretendía acallarla. Tantos años exigiendo respuestas y ahora, viendo el cuerpo de la Weasley-Granger agitarse entre espasmos solo le confirmaba algo profundamente doloroso: era mejor sepultar la verdad, por el bien de la familia.
No obstante…
-Ellos se encargaban de estafar familias importantes y adineradas y cuando mi tía se negó a colaborar… la amenazaron. Eran sus parientes, le juraron que vendrían para asesinarla. – las reacciones en la sala eran diversas: sorpresa, conmoción, sufrimiento. La palabra "tía" ahora tenía una connotación más en el vocabulario de los Weasley, quienes intercambiaban miradas asustadas. ¿Cuál de las madres era…? – Se lo dije a mi madre y me juró que todo estaría bajo control, que se ocuparía… pero la noche antes de la cena escuché a mi tía hablar por el teléfono. Ella quería orquestar un simple robo. Si les daba dinero y joyas se marcharían… Sin embargo, lo sentí. Supe que saldría mal. Era un presentimiento… quise tomar previsiones. Por eso me ocupé de dejar las armas al alcance… si algo sucedía quería tener la posibilidad de defendernos. Y aun así…
-¡Basta! – Molly rompió el contacto que mantenía con Lorcan y corrió la silla hacia atrás para levantarse. Aquel arrebato atrajo la atención de los demás, salvo Rose, quien se apretujó más contra Arthur para apoderarse de su calor. – Si has callado tanto tiempo… calla ahora, por favor.
Como el abuelo Weasley, la hija de Percy comprendió que lo mejor era resguardar la verdad. La parcial confesión de Rose había servido para avivar el fuego del resentimiento en sus corazones; todos deseaban escuchar un nombre, pero no estaban seguros si estaban dispuestos a pagar el precio que conllevaba. ¿Podrían mirar de la misma forma a los hijos del culpable? No. Ninguno se atrevía a contradecir a Molly Weasley porque en el fondo tenían miedo de heredar la culpa de una verdad que estaba consumiendo en vida a la primogénita de Ronald y Hermione.
Entró como un huracán, azotando la puerta de la entrada y ascendiendo por el espiral que conducía a la sala de visitas. Las risas aumentaban mientras se acercaba al lugar donde su ilustre familia disfrutaba de una agradable noche; la cena hacía unos momentos había acabado y la servidumbre se disponía a retirar la mesa. No obstante, a Rose Weasley no estaba pendiente de ningún detalle, pues lo único que deseaba era encarar a una persona.
-¡Son unos malditos bastardos! – no encontró obstáculo para ingresar a la habitación. Podía darse cuenta de la ligera tensión que ya reinaba en el ambiente, como si el dulce momento que compartían los primos fuera fingido. Parecía un momento épico porque el único no-Weasley presente era Teddy.
Su súbita aparición avinagró las expresiones de Molly y Victoire, las dos mayores, y produjo cierto recelo en los varones; estaban acostumbrdos a las explosiones violentas de una Rose alcoholizada y temían tener que encargarse nuevamente de bajarle los humos. Sin embargo, Rose no estaba ebria. Muy por el contrario, estaba terriblemente consciente de sí misma.
-¿Cómo te atreviste a denunciarme, Molly? ¿Qué clase de persona denuncia a su propia familia? – inquirió entonces con los orbes azules encendidos y la voz elevada. La susodicha sonrió amargamente.
-Cumplo mi deber como ciudadana. Si veo a un criminal mi deber es denunciarlo, Rosebud – añadir el apelativo que Arthur empleaba para regañarle solo la hizo enojar más. – ¿Qué mentira dijiste para que Frank te dejara libre?
-Es mágnífico que menciones a Longbottom, ¿por qué no nos cuentas cómo te hiciste tan cercana a él? – la insinuación era precisa. Y aun así, la pelirroja no se conformó. – Siempre te he considerado una arpía, pero debo reconocer que me sorprende tu habilidad. ¿Es costumbre en las recién casadas seducir a otros hombres?
-Te lo advierto, Rose, no me hagas perder la paciencia.
-¿Es una amenaza?
-Bueno, basta ustedes dos. – James interrumpió, colocándose entre ambas mujeres. Molly continuaba sentada junto a Teddy y Victoire, quienes a pesar de poseer autoridad se abstuvieron de ejercerla. – Rose, ¿qué es lo que sucede?
-Sucede que Molly acaba de denunciarme por asesinato en primer grado.
El silencio reinó por unos breves instantes, que todos aprovecharon para intercambiar miradas elocuentes. Rose volvió a sentirse insultada y dolida, aislada.
-Si de algo soy culpable, es de haberles salvado la vida – alegó entonces, adoptando un tono impersonal. Tenía ahora una espina clavada en el corazón que iba drenando el afecto que sentía por los suyos. – Vida que, cabe destacar, es patética y miserable.
-Rose, no voy a tolerar que…
-Por favor, Victoire, ¿por qué no te luces con tu marido? A él sí que le has tolerado muchas cosas. – Teddy se tensó ante la alusión explícita de su intervención para la obtención de la beca de Louis. El joven pelirrojo carraspeó incómodo, evitando mirar a su hermana mayor. – Vergüenza debería darte hablar cuando menos se necesita.
-Creo que te estás pasando de la raya, Rose, lo mejor sería que nos fuéramos a descansar – Dominique abandonó su posición, junto al piano que tocaba Lucy, para tomar del brazo a su prima mayor. Era casi un chiste que una quinceañera le diera órdenes. – No quieres decir nada de lo que estás diciendo.
-Te equivocas, Dom, siempre sé lo que quiero decir. A diferencia de ti, no tengo miedo de confesarme. – la mirada azulina de Rose se tomó con otra muy semejante. – Yo no le tengo miedo a Molly.
Dominique retrocedió y soltó a Rose como si el tacto le escociera. A su alrededor empezaron a escucharse acusaciones; Albus y Lucy renegaban una relación incestuosa, Lily le reclamaba a James su homosexualidad no declarada, se destapaba la relación de Lea y Roxanne ocasionando que Fred estallara… Había caos en la habitación. Los chillidos eran insoportables, dolorosos. Molly la llamaba prostituta por un beso inocente, Rose era tildada de asesina. Y las más fiera de las bestias, Rose, confesaba su odio por los Weasley antes de jurar que se marcharía para no volver. La hija de Fleur y Bill observaba completamente muda, absorta en la espina que tenía clavada en el pecho. ¿De verdad querían decir lo que estaban diciendo? Viendo los rostros de sus primos reconoció en ellos sinceridad, algo que hacía mucho no ejercían; viéndolos, solo los reconocía como desconocidos.
Entonces se dio cuenta que ya no eran una familia.
¿Quién de ellos era el verdadero culpable? ¿Eran víctimas… o delincuentes?
N/A
Dos años después, el final se aproxima. No es como si tuviera excusas por mi falta, la universidad ocupó todo mi tiempo y dejé de escribir. Lamento mucho haberlos decepcionado, pero espero que disfruten este corto capítulo (y el que sigue porque son los últimos) y no me maldigan. Tuve complicaciones para continuar Ecos del pasado porque mi yo de ahora no es como mi yo de hace dos años; así que quizás hay detalles fuera de control. Ojalá sepan disculparme.
Impresiones y demás serán bien recibidos en un review o MP ;) Nos veremos pronto para el epílogo.
Saludos,
FannyLu
