-¿Cómo haces eso?- Preguntó la chica, frustrada.

-¿Qué? ¿Lucir fabuloso?- El rubio mostraba una media sonrisa que habría derretido a cualquier otra adolescente. En el fondo, aún se oía a Adrien tocando el piano.

-¡No!- La ojiazúl se cruzó de brazos -¡Aparecerte así! ¿Me sigues?

-No- el chico se sentó en el taburete alto de la barra -Fui invitado, igual que tú.

-¿Invitado?

Aquél banquete era exclusivamente para personalidades importantes, gente muy rica, poderosa, ¿quién era él en verdad? ¿Algún hijo de millonarios?

Él sólo asintió y recargó un codo en la barra y posó su barbilla en su mano.

Marinette se percató de la ropa que llevaba puesta, parecía bastante más informal que el resto de los invitados: llevaba un traje blanco sobre una camisa negra de seda, pero no llevaba corbata, el saco lo llevaba desabrochado y el cabello revuelto, su pose reflejaba indiferencia, como si de verdad le importara un comino toda aquella elegancia que le rodeaba.

De pronto, la joven miró a los ojos del universitario y se sonrojó al recordar la escena en la sala de su casa, ¿qué pretendía aquél muchacho? ¿A caso sólo quería confundirla? ¿Era así con todas las chicas? ¿Quién se creía que era?

-Así que te gusta Adrien Agreste- dijo un poco más serio, mirando al susodicho.

-¡¿Eh?!- Lo miró alarmada -¡No! Digo, ¡sí!... digo, no pero sí, pero no me… o sea sí me… es que…- suspiró -es complicado.

-Bueno, es un modelo famoso y tiene mucho dinero, cualquier chica moriría por él.

Ella lo pensó unos segundos.

-S…sí, pero…- miró al suelo -y…yo...

-¿Es eso en lo que te fijas, Marinette?- Cuando él dijo eso, se escuchó más cerca de ella, así que levantó la mirada para verlo y lo encontró de nuevo a centímetros de su rostro.

Aquél chico no parecía respetar en absoluto el espacio vital de una persona.

-¡Claro que no!- Dijo sonrojada -¿Qué clase de persona crees que soy?

-No lo sé, intento averiguarlo.

La música cesó y dio paso a aplausos por parte de la gente, la joven miró a su compañero de clase en el escenario y le aplaudió igual, viendo cómo hacía reverencias para dar gracias y luego bajaba del escenario. En cuanto estuvo abajo, se dirigió a ella.

-¡Tocas genial!- Le dijo la chica -Ha sido de verdad increíble.

Él parecía un poco enrojecido, tal vez por la luz del escenario, pensó ella, y sonreía, había disfrutado bastante tocar aquella melodía, era como si ésta comenzara a tener un significado más allá para él, por el sueño, era casi un símbolo ya.

-Has mejorado mucho, es verdad- habló Antoine.

Marinette lo miró con los ojos como platos al oír que le hablaba de tú, ¡que atrevimiento! ¿La gente estos días no tiene educación?

-Mi padre dobló el tiempo de las lecciones- suspiró en cambio el ojiverde -Ojalá fuera tan virtuoso como tú.

El universitario soltó una risita.

-Oh, discúlpame- Adrien le habló a una confundida Marinette -No te he presentado, él es Antoine Piaf, mi primo.

No pudo hacer más que quedarse boquiabierta.

-Ya tuve el placer de conocer a la señorita Dupain-Cheng- el primo de Adrien se incorporó e hizo un ademán para despedirse -Que por cierto, luce espectacular- le guiñó un ojo y acto seguido se retiró.

La joven seguía atónita. ¡¿Primos?! ¡¿Aquellos dos eran primos?! Entendió entonces por qué le había parecido que Antoine tenía algo de Adrien en él, y también explicaba por qué la sonrisa de Gustav Piaf le había parecido familiar, era la misma que la de aquél muchacho. ¡Genial! Ahora la molestaría sin descanso con todo aquello, lo sabía, tendría que soportarlo como White Wolf y como Antoine… ¡Ugh! Maldito fuese el día en el que había dejado caer ese libro de matemáticas, nada de eso estaría sucediendo.

Por su parte Adrien sintió celos al oír el comentario de su primo, pero no se preocupó en realidad, sabía que era mayor que ellos y que no era muy afecto a salir con chicas en general, así que lo tomó como coquetería característica de él… si es que lo era, tenía años sin verlo desde que se había mudado a Inglaterra.

-¿Cómo se conocieron?- Le preguntó a su compañera.

Ésta reaccionó.

-¿Eh? ¿Qué?- No supo qué responder, miró a todos lados -Él… amm… fue… fue… fue a la panadería hace unos días y yo… ¡estaba atendiendo! Así que eh… me dijo… que… -juntó las manos, nerviosa -le… gustaba… ¿el pan?

Sonrió forzadamente.

El rubio la miró sin entender nada.

-¿O…kay?

Se hizo de nuevo el silencio entre los dos jóvenes, una pensaba en lo ridícula que estaba quedando y el otro se controlaba para no mirarla fijamente por lo bien que se veía, no podía superar su apariencia.

-Marinette- dijo de pronto -Yo… quisiera preguntarte… algo…

Ella lo miró, preguntándose primero de qué podría tratarse, pensó en posibilidades pero no se le ocurrió nada más que cosas como que le pediría que le ayudara con su traje para el baile, aunque no tenía sentido puesto que era hijo del mejor diseñador de Paris.

De cualquier forma, el alcalde no le dejó formular la pregunta, pues tomó mando del micrófono.

-¿Todos se divierten? ¿Sí?-Soltó una risita -Hablaba con mi buen amigo Gustav y me mencionó sobre lo bueno que es su sobrino con su instrumento, así que, como ya el joven Agreste nos deleitó, me gustaría pedirle al joven Antoine Piaf que nos haga el honor de tocar algo para nosotros.

Aplausos.

-¿Él también toca el piano?- Reaccionó la chica.

El ojiverde suspiró por haber sido interrumpido.

-Sí.

Entonces el universitario subió al escenario con una sonrisa y estrechó la mano del alcalde, diciéndole algo al hacerlo.

-Pero no es su especialidad.

El ojigrís les dijo algo a los miembros de la camerata y uno de los violinistas le cedió su instrumento, no tardó en acomodarse y probarlo con una pequeña escala. De nuevo miró a los músicos, asintió una vez y la pieza comenzó.

Las cuatro estaciones: Invierno, de Vivaldi, primer movimiento "Allegro non molto" (watch?v=XgbkvaLy3Lg)

Mientras el intro de la orquesta sonaba, el chico tomó el pedestal del micrófono y lo acomodó para que quedara más alto que él, giró el soporte de manera que quedó apuntando hacia el suelo, se colocó debajo en posición, y se unió a la orquesta en el primer arreglo del solo.

Había algo en Vivaldi que Paganini no tenía, siempre Antoine lo había pensado, siendo ambos sus violinistas favoritos. La música de Paganini a veces lograba cansarlo, pues la sentía desquiciada, en cambio a Vivaldi podía escucharlo el día entero, especialmente si eran conciertos de flauta o violín. Claro que el grado de dificultad de las piezas de Paganini era mucho más alto, los arreglos más innovadores y también tenía melodías muy tristes, pero la música de Vivaldi era todo romance en su mayoría.

Tan sólo pasando el primer minuto la gente estaba ya absorta en la melodía, el chico tenía una ejecución impecable, se movía ligeramente por momentos, casi parecía que se estuviese meciendo.

La escena le pareció preciosa a Marinette, pensó que era un marco perfecto para un dibujante o pintor, aquél guapo chico tocando con la camerata detrás. De alguna manera, sintió que las notas se arremolinaban alrededor de él, dando vueltas hasta que desfilaban al público, revoloteaban en el ambiente, llegando a todos y cada uno de los presentes, el roce de las cerdas del arco con las cuerdas cautivándolos, la precisión de los dedos desplazándose por el diapasón. Lo miró boquiabierta.

Sin dejar de tocar, el ojigrís se puso en una posición en la que podía dedicarle miradas y sonrisas a la joven.

Por razones que no pudo comprender, Marinette sintió un cosquilleo en el estómago y su corazón se aceleró, el rubor alcanzó sus mejillas, se sentía apenada pero estaba hipnotizada, no podía dejar de ver al chico tocar, no podía dejar de oír a las notas volar, no podía creer que algo tan bello pudiera salir de manos de alguien, sintió también una emoción dentro de las notas que reventaban en sus oídos, era como si el mismo instrumento amplificara lo que el intérprete cargaba en su interior, como si contara sus más profundos secretos en un idioma misterioso que ella parecía entender, como si el mismo sonido se comunicara con su piel para hacerle sentir aquellos escalofríos y hacerle entender lo que el instrumento le estaba diciendo, lo que Antoine le estaba diciendo.

Recordó lo que había pensado de él antes, lo había tachado de arrogante, de presumido, y en ese momento podía sentir incluso dolor emanando de él. Recordó también su historia, la manera en la que había mirado a otro lado cuando le había contado que su padre murió de cáncer, siempre se mantuvo serio, pero eso sólo demostraba la fortaleza que tenía. Lo recordó también como White Wolf, diciendo cómo había adquirido el valor para rebelarse, luchando junto a ella, salvando a la gente con devoción.

La última vez que había sentido aquél cosquilleo de esa manera, había sido en el incidente de la sombrilla, al inicio de curso.

De nuevo los ojos de Antoine la buscaron y ella le sostuvo la mirada, olvidando todo, deseando inconscientemente no tener que dejar de verle nunca, y que él nunca dejara de verla.

Adrien notó aquella mirada, primero de parte de su primo y luego de Marinette, una punzada le invadió el estómago y de pronto se sintió molesto, ¿por qué se miraban de esa manera? Como si compartieran un secreto que nadie más sabía…

Finalmente la pieza terminó y las ovaciones dominaron el lugar, la gran mayoría se puso de pie para vitorear.


-Lirios de valle- dijo Antoine sentado en la mesa de los alumnos del colegio -Los centros de mesa son de lirios de valle, ¿de dónde sacó el alcalde lirios de valle en esta época?

Chloé rió.

-Mi padre puede conseguir casi cualquier cosa- presumió y volvió a su pose embobada contemplando al universitario.

-Excepto que su hija tenga modales- murmuró Marinette.

Adrien lo alcanzó escuchar y reprimió una risa, pero a Kim no parecía darle nada de gracia todo aquello.

-Son flores delicadas- continuó, tomando una diminuta flor en su palma -Raras, pero muy bellas- alzó la palma para tenerla a la altura de su boca y con suavidad sopló, de manera que la florecilla voló hasta caer en el regazo de la joven Dupain, que estaba sentada frente a él -Son de aquellas a las que no les puedes quitar los ojos de encima.

La chica tomó la florecilla entre sus manos y levantó la vista a quien se la había mandado, él le miraba con una ligera sonrisa torcida. Ella se ruborizó, viéndose atrapada por unos segundos en los ojos grises enmarcados de abundantes pestañas que parecían quererla aprisionar.

-¡Eres tan inteligente!- Exclamó la rubia abalanzándose sobre el joven Piaf, quien hizo un gesto de frustración y con una sola mano la alejó de él para colocarla en su lugar.

-Gracias, que amable- gruñó, se cruzó de brazos y miró a otro lado.

La ojiazúl se rió por lo bajo.


-Marinette- Adrien alcanzó a la chica afuera del hotel, todos los invitados se estaban retirando ya, pues era bastante tarde -Espera…

Se volvió para mirarlo, dando un paso hacia él y curiosa por lo que tuviera que decirle para tener tanta prisa, notó que el chico jadeaba un poco, como si hubiera bajado las escaleras del hotel corriendo.

-¿Estás bien?- Le preguntó -¿Qué sucede?

El joven Agreste sabía que aquél era el momento, si no se lo decía en ese momento, nunca lo haría. Se llevó una mano al interior del saco donde había enrollado cuidadosamente en un bolsillo la bufanda de motas, la miró unos segundos y se la entregó.

-Yo… no te había devuelto esto- titubeó mientras ella recibía la prenda -Y… quería preguntarte si…- se llevó una mano a la nuca y miró a otro lado- si… ya tienes… pareja para el baile…

La chica aspiró sorprendida, lo que atrajo la mirada del ojiverde, quien se había ruborizado ligeramente. Se lamentó de haberle preguntado, ¡claro que ya la habían invitado al baile!, pensó, ¡Tan sólo debía mirarla! ¡Nadie dejaría que se le escapara una chica así!

Por su parte Marinette estaba sufriendo un colapso interior, Adrien le estaba invitando al baile…. ¿no era así? ¡No! ¡No era así! Sólo preguntó si tenía pareja con quien ir, pero esa pregunta siempre llevaba a una invitación, ¿no? ¡No! No debía hacerse falsas ilusiones, nada era seguro, las cosas no debían asumirse nunca porque las expectativas crecían y luego todo era más difícil de sobrellevar si no salía como ella quería, aparte seguramente Adrien iría con Chloé, no había manera de que esos dos se separaran, a final de cuentas se conocían desde niños.

-Yo…- tartamudeó -No, no… no tengo pareja… aún…

-¡¿En serio?!- El rubio de verdad se sorprendió -¡Genial! Digo, que… que… ¡yo tampoco! Entonces tal vez podríamos…- se frotó un brazo con la mano, nervioso -ya sabes, ir juntos…

Se hizo el silencio, ella no podía creer lo que estaba escuchando, ¿estaba soñando? Por un momento pensó que despertaría en medio de clase de literatura y haría de nuevo un ridículo, pero no, no era un sueño, todo aquello era real, su amor platónico de verdad la estaba invitando al baile. Él la miraba esperando una respuesta, debatiéndose en cómo reaccionaría si le decía que no.

-Te refieres a… ¿una cita?

El rubio de nuevo miró a todos lados y asintió sin decir palabra.

Ahora la ojiazúl fue quien se ruborizó.

-S…sí- respondió algo distraída, pero segundos después volvió en si -¡Sí! ¡Claro que sí!

-¿Sí?- Al chico le brillaron los ojos -¿De verdad? ¡Genial! Entonces… nos pondremos de acuerdo en la escuela- le dedicó una amplia sonrisa.

Ella se la devolvió.

-¡Claro!

Acto seguido él volvió al interior del hotel y la chica se giró hacia donde debía partir, pero antes de hacerlo miró al cielo y se llevó las manos a la boca, aguantando las ganas de gritar y brincar de emoción.

Sacó su móvil y se apresuró a llamar a Alya para contarle la noticia, ¡vaya que se emocionaría! Pero no contestó, algo que era normal a aquellas horas.

-¿Pasan por ti?- De nuevo escuchó a Antoine acercándose a ella.

Caminaba con las manos en los bolsillos, casi de manera casual pero aún así se veía elegante, era como si las personas de ese nivel social hubieran nacido con elegancia que no les podías quitar ni vistiéndolos de harapos. Aparte, su físico le ayudaba mucho.

-Eh… no, no vivo lejos…

-En ese caso, permíteme acompañarte a casa- se inclinó un poco al llegar a ella, para que sus rostros quedaran a la misma altura, y le ofreció el brazo para que lo tomara, algo que era muy común en Inglaterra pero poco visto en aquellos tiempos en Paris.

Ella tardó un momento en reaccionar.

-N… no es necesario, de verdad.

Y por segunda vez en aquella noche, sintió el cosquilleo al mirar los ojos del universitario, sólo que esta vez no había música que lo complementara, si no un aroma dulce muy agradable que él desprendía.

-Insisto- murmuró.

Sin saber muy bien por qué, ella le sonrió.

-Está bien- tomó su brazo y comenzaron a caminar.

En ese momento Adrien estaba regresando para buscar a Marinette y decirle que su chofer podía dejarla en su casa, pero cuando pasó la entrada y miró a su alrededor, la alcanzó a ver doblando la esquina, tomada del brazo de Antoine, con la mirada alzada hacia su rostro y sonriéndole.

Se quedó inmóvil.

¿Qué era todo aquello? ¿No había dicho Nino que ella gustaba de él? ¿A caso eso había cambiado? Primero White Wolf y ahora Antoine, ¿por qué todos a su alrededor parecían quererle quitar al amor de su vida? La imaginó tomada de la mano de su primo, transformada haciéndole cariños al héroe lobo, incluso se le pasó por la cabeza la imagen de Ladybug besando al lobo. Se estremeció. No, ella sí le quería, había aceptado ir al baile con él y Nino sabía lo que le decía, además, ¿si no le gustara por qué había tenido tantos detalles con él durante el tiempo que se conocían? Tal vez no como heroína, pero sí como Marinette.

Pasó saliva, tragándose sus celos con ella y volvió a entrar en el hotel.