Adrien vestía un esmoquin negro con camisa blanca y corbata estrecha negra, su cabello lo llevaba peinado de lado como de costumbre y un antifaz negro le cubría la mitad superior del rostro.

Se encontraba en las canchas de la escuela, todo estaba pulcramente decorado con motivo de hielo: escarcha, copos de nieve, plantas de frío, muchos colores blancos y azul cristalino. A su alrededor, bailaban sus compañeros de clase enfundados en elegantes trajes de noche y todos con máscaras.

El lugar se veía invadido por una atmósfera de júbilo que te hacía olvidar cualquier otra cosa.

Esta vez no era un sueño.

Miró a su alrededor, impresionado por el buen trabajo que había hecho el comité de decoración. Ivan, Mylene, Max y Rose se habían ofrecido ese año y vaya que se habían esmerado. Arcos blancos decorados adornaban los pies de las escaleras que llevaban al segundo piso, el piso de la cancha había sido ocultado con un piso falso de madera, las mesas estaban distribuidas a los costados, de modo que el centro era la pista de baile, la luz era tenue para poder apreciar las estrellas, que se veían gracias a que esa zona de la escuela no tenía techo, varios árboles blancos de utilería adornaban las orillas, algunos más altos que otros, algunos pinos, algunos simples ramas blancas, se fijó que habían tres aparentemente distribuidos al azar que tenían muérdagos, parecían haber sido puestos apropósito en los árboles que no tenían el espacio libre debajo. Una pareja ya se besaba bajo uno de ellos. Al fondo, junto a la larga mesa de bebidas y botana, se encontraba un pequeño escenario con equipo de DJ, donde Nino ponía la música enérgicamente. Sonaba música moderna, tal vez había sido eso lo que le había hecho diferenciar entre su sueño y la realidad.

Sin embrago, no vio a Marinette por ningún lado.

Ésta se encontraba aún en su casa, aún arreglándose. Estaba tan nerviosa que todo lo que sus manos intentaban hacer lo arruinaban. Ya se había hecho el peinado unas cinco veces y en aquél momento la madre había llegado a salvar el día.

-¿Cómo te sientes?- Preguntó mientras terminaba de hacerle el moño bajo y procedía al maquillaje.

La chica suspiró.

-Sólo espero no caerme o pisar a Adrien al bailar.

La madre rió.

-Tranquila, cariño, todo saldrá bien. ¿Sabes que tu padre fue mi cita en nuestro baile de graduación?

-No, no sabía.

-¡Sí! Yo era bastante descuidada también y me puse tan nerviosa que tiré mi vaso de ponche en su traje.

Ahora Marinette rió.

-No sé si eso me ayuda en mucho, mamá.

-El punto es, Marinette, que eso no hizo que dejara de gustarle a tu padre. Si el chico te quiere, no habrá ningún ridículo lo suficientemente grande para detener ese amor.

Esto puso a pensar a la ojiazúl. Si el chico en verdad la quería… ¿en verdad la quería? ¿Qué se lo aseguraba? Todo parecía estar pasando muy rápido y de forma ilógica. Recordó el momento en el que casi la besa afuera de la panadería, el discurso que le dio aquella noche del cine, su expresión al darle la bufanda, cuando casi se besan rodando la película de Nino, su expresión cuando le extendió el paraguas en aquella noche lluviosa a principio de curso.

Luego, así de pronto, el recuerdo de unos labios tensos, un beso forzado en medio de una pelea. Chat Noir. Unos ojos verdes escondidos tras un antifaz negro.

Cerró los ojos, ahuyentando esa imagen y la loca idea que venía con ella.

Cuando por fin llegó al baile, quedó maravillada. Ya tenía rato que había empezado y todos bailaban, absortos en su diversión. Se sorprendió de ver a Chloé bailando con Kim cerca de la urna de votos para los reyes, a Julekka con Nathaniel y… vaya que el pelirrojo se veía feliz. Esto hizo sonreír a la ojiazúl, deseaba lo mejor para Nathaniel.

En la barra de bebidas estaban Alya y Adrien, conversando y bebiendo ponche. Marinette los localizó y se dirigió a ellos.

-No, en realidad no se me ocurrió proponerle pasar por ella- le decía el ojiverde a la mulata.

Ella alzó una ceja.

-Entiendo que es la primera vez que te acercas a una chica pero, hombre, por más lindo que te creas ser, esmérate o la perderás.

Adrien suspiró.

-Tienes razón, tal vez ni siquiera venga. Incluso creo que ya le gusta alguien más.

-Sí- asintió Alya -Yo también lo creo.

El chico se sentía derrotado. Las cosas no estaban saliendo para nada como él pensaba, la presencia de White Wolf y Antoine le estaban obstaculizando el camino hacia Marinette. Ya tenía sospechas sobre que a la chica le gustaba alguno de los dos.

Le vinieron a la mente una serie de recuerdos: Marinette tomada del brazo de Antoine luego de la fiesta del alcalde, White Wolf y Ladybug chocando puños luego de la pelea de Ice King, Antoine dedicándole miradas a Marinette mientras tocaba el violín, White Wolf pidiéndole a Chat Noir, con la mirada más seria que jamás le había visto, que salvara a Ladybug.

-Tal vez…- murmuró-…me fijé demasiado tarde.

La tristeza en esas palabras tomó por sorpresa a la mulata, quién lo miró lastimosa unos momentos, pero luego sonrió, viendo por encima de su hombro.

-Bueno, más vale tarde que nunca.

Marinette ya estaba tras Adrien.

-Hola- dijo, haciéndolo voltear -Disculpa por llegar tarde.

El ojiverde quedó boquiabierto, absorto en la recién llegada. Se veía incluso mejor que en su sueño, toda de dorado y con aquél vestido que parecía brillar. Si las estrellas tomaran forma humana, pensó, así lucirían.

-M…Marinette- tartamudeó el rubio -T…te ves bonita… quiero decir, tú siempre te ves bien pero…hoy, bueno, es decir, tú eres bonita pero… bueno, siempre, pero hoy… es… quiero decir, ese vestido... - suspiró -Te ves increíble hoy.

La ojiazúl rió.

-Tú no te quedas atrás, gatito.

Eso dejó atónito a Adrien. Abrió mucho los ojos y se le aceleró el corazón. Por un momento, parecía que aquél antifaz dorado se hubiese convertido en el rojo con motas y su sueño de nuevo cobraba vida. Ladybug le sonreía… no, Marinette le sonreía. ¿Es que ya lo sabía? ¿Es que le intentaba hacerle entender que ella ya lo sabía? ¿Intentaba confirmar su identidad?

La chica notó el desconcierto y le señaló la máscara.

-Hoy eres un gatito, ¿no?

El ojiverde volvió en sí. Había olvidado que había escogido una máscara de gato típica del festival de Venecia.

-Ah, s…sí- rió nervioso -Sí.

A la chica le pareció curiosa la casualidad, le pareció demasiado familiar ver esos ojos verdes debajo de la máscara negra y ese cabello rubio decorado con orejas de gato.

Sin embargo, dejó pasar el sentimiento y le devolvió a sonrisa.

Alya, por su parte, los miraba detenidamente, detectando en la atmósfera un aire misterioso. Ya se había puesto a pensar en aquello antes, puesto que era algo sospechoso que Adrien de buenas a primeras tomara interés en Marinette. Pero al ver la sonrisa en el rostro de su mejor amiga, decidió que simplemente el chico por fin había abierto los ojos a lo que tenía en frente.

-Bueno- le dijo la mulata a Marinette -¿Qué tal un poco de ponche?

La ojiazúl asintió y se acercó a la mesa para acompañarlos. Pronto la plática entre los tres fluyó, sus risas combinaban con aquél ambiente elegante, repleto de máscaras y trajes excéntricos. Las luces de navidad colgando de los árboles artificiales, las estrellas, los halos en las volteretas de aquellos que bailaban en la pista, el olor dulce del ponche, la brisa de invierno… una figura cubierta en una capa negra, un sombrero de tres picos y una bauta alzándose por la entrada principal, que a pesar de su aspecto intimidante, pasa desapercibida entre tanta extravagancia.


-Adrien Agreste y Marinette Dupain-Cheng- dijo el chico de traje de bufón al micrófono, en el escenario.

Marinette se atragantó con el ponche.

Ya se habían escogido a los reyes de los grados superiores y ni siquiera había querido acercarse al escenario pues juraba que Chloé se las había arreglado para ganar la corona.

Chloé… en ese momento estaba gritándole a Kim molesta, entre los aplausos su voz era inaudible. Entre las luces de los reflectores, su vestido de brillantes dorados ni siquiera se lucía. Entre la sensación de la mano de Adrien tomándole la suya para guiarla al escenario, a Marinette ni siquiera le importó su reacción.

El ojiverde le dedicó una amplia sonrisa y ambos subieron al escenario.

Para él, el resultado parecía normal, ¿quién no podría notar la gentileza que emanaba esa chica? Cualquiera la escogería como reina sólo de verla sonreír, él la escogería como alcaldesa si fuese posible, ella era Ladybug, la heroína de París, la que defendía apasionadamente a los demás sin importarle quién fuera, aquella inteligente chica que siempre encontraba la solución a los problemas.

Ella, por su parte, recordaba el día que Alya la había nominado para reina de hielo, todas sus ideas de que todo se arruinaría, de que todo saldría mal… estando ahí, en el escenario, recibiendo la corona y tomada de la mano de Adrien, todo aquello se veía tonto, de hecho todas sus actitudes del pasado le parecían tontas, ¿cómo pudo pensar alguna vez que no tendría oportunidad con Adrien? ¿Cómo pudo sentir que no era capaz de ser delegada o de ser la reina del baile?

-¡Aquí nuestros reyes y reinas de hielo!

Los aplausos volvieron, en la multitud Marinette notó a Alya sacando fotos excitadamente, a Julekka y Nathaniel tomados de la mano, un destello rosa del vestido de Myléne, el ramo de noche buenas blancas en la mesa de los profesores, una figura de capa y capucha negras con una máscara blanca que parecía ser parte de la decoración.

-Es hora de que la pista se abra para que nuestros soberanos nos deleiten con un vals.

La ojiazúl miró asustada al anfitrión y luego a su cita, quien ya comenzaba a bajar del escenario.

¿Un vals? ¿La gente siquiera seguía bailando eso? ¿Cómo esperaban que bailara algo así? Se imaginó en el centro de la pista, pisando a Adrien repetidas veces…

-¿Todo bien?- El ojiverde le interrumpió antes de que comenzara a imaginar la catástrofe.

-Es que…- la chica se sonrojó al aceptar su verdad -No sé bailar.

Él en cambio, le dedicó una sonrisa.

-Yo tampoco soy bueno.

Marinette se tomó las manos y bajó la mirada.

-Seguramente te terminaré pisando.

-Entonces…- el chico se inclinó ligeramente y le ofreció su brazo para que tomara de él, como el resto de los reyes habían hecho con sus reinas-…haré mi mayor esfuerzo para esquivarlo.

Su reina no pudo evitar soltar una risita y le tomó el brazo, decidiendo confiar en él.

Cuando llegaban a la pista, una hermosa melodía comenzó sonar. Adrien se sintió algo decepcionado al escuchar "Sobre las olas" de Juventino Rosas, en vez de su ya querido vals de los patinadores, pero no dejó que eso le arruinara el momento, a fin de cuentas estaba bailando con su lady, nada podía ser mejor.

Le tomó las manos para guiarla y al hacerlo notó los temblores que la invadían, así que le dedicó una sonrisa para tranquilizarla.

-Sígueme- dijo una vez que ambos estaban en posición, y comenzó a danzar.

El vals no era difícil, pensó Marinette al notar el patrón que seguía Adrien: 1, 2, 3… ella podía hacer eso. Se dejó llevar por el agarre del ojiverde.

La sensación, a pesar de ser algo inestable, era liberadora, con todas esas vueltas, ese paseo de un lado a otro en la pista, bailando vals era imposible quedarse fijos en un solo lugar, parecía casi una manera elegante de dar un recorrido por la sala, girando una y otra vez para contemplarla de todos los lados posibles.

El chico la observaba detenidamente, divertido y conmovido, la expresión de su amada era de concentración y dicha a la vez, pareciera que nunca había bailado algo así. Debajo de la máscara sus ojos azules brillaban de excitación mientras recorrían el salón con atención. En algún momento se distrajo y estuvo a punto de tropezar, pero el rubio lo sintió y la sostuvo con más fuerza para evitar que se cayera.

La chica se sonrojó. Mirando a aquellos ojos verdes debajo del antifaz negro casi podría jurar que bailaba con Chat, especialmente sintiendo la firmeza con la que la sujetaba… había sentido esos brazos antes, siendo sostenida por su colega cuando se alzaban en el bastón para observar la ciudad desde lo alto, o cuando lo había sostenido para transportarlo con ella. Esto despertó una serie de imágenes que ya le habían hecho pensar en esta posibilidad: ambos eran alérgicos a las plumas, tenían el físico parecido, Chat nunca había estado en la misma habitación que Adrien y se había portado muy raro cuando había visto el libro sagrado.

"Tú ya me conoces" resonó en su cabeza.

La calidez de las palabras de Adrien junto con el toque pícaro estilo Chat, hacía que sonara muy atractivo. Se le escapó una sonrisa al recordar la escena afuera de su casa hacía unos días, donde quiso besarla, y se encontró deseando haberlo hecho, haberlo besado cuando se había presentado la oportunidad. Ya ni siquiera recordaba por qué no lo había permitido.

Lo miró a los ojos, justo en el momento para descifrar sólo con esa mirada que él pensaba lo mismo que ella. Dieron más vueltas, provocando que el resto de salón se volviera sólo un borrón de colores. Marinette pisó la falda de su vestido pero apenas y lo sintió como una ligera sacudida. Adrien ni siquiera se percató de ello. Los dos de pronto olvidaron en dónde estaban, quiénes observaban, nadie notó el lazo invisible que parecía rodearlos y llevarlos cada vez a estar más cerca, más juntos.

La melodía terminó y todos se detuvieron, hubo aplausos, pero ellos no dejaron de mirarse. De nuevo un momento perfecto. Intercambiaron sonrisas, destellos de luz entre mejillas rosadas, detalles que transportaban palabras, miradas que parecían gritar sus mutuos anhelos. Un anhelo puro, inocente, salido de lo más profundo del corazón. Un amor desinteresado, honesto, nacido desde la admiración de ver a alguien en completa abnegación y apasionado por hacer el bien, por hacer la diferencia, por repartir a la gente lo que ellos necesitan. Una heroína y un filántropo. Una chica bondadosa y un salvador.

"Están hechos el uno para el otro"

Sin embargo, en un mundo tan grande, no podía haber sólo una mitad para cada naranja. Había esa piedra en el zapato, esa sensación que impedía que un amor así se desarrollara por completo en aquellos momentos. Principalmente, la necesidad de ocultarse tan importante secreto. Para él, también estaba el pensar que ella no confiaba en él lo suficiente. Para ella, lo que la agobiaba era Antoine. Tanto como en aquél momento se sintió agobiada por una mirada, una por sobre de todas las que tenían encima.

Delicadamente, comenzó a separarse del rubio y él lo comprendió. Con discreción, también intentó hallar entre la multitud la mirada que le causaba tal sensación, pero no la logró distinguir, no pensando que aquella figura de la bauta era parte de la decoración.