LA BELLA Y EL SAQUEADOR


20

Noche de negra cabellera

Esquivar a los Guardias es la parte fácil. El Escritor, envuelto en su clásica capucha para que nadie vea su no muerto aspecto y envuelto también en vientos mágicos para que en verdad nadie pueda verlo, entra a la habitación de aquel matrimonio que tanto dio que hablar.

Shining Armor y la Princesa Cadence duermen como benditos. "Así habría estado yo con Twilight" piensa el Escritor con pesar.

Elevándose del suelo tres centímetros para no tocar nada ni hacer ruido, se acerca a la Princesa.

Sus ojos puntiagudos no lloran; pero el Escritor quiere llorar. La recuerda a ella; era la niñera de Twilight. A él también lo recuerda; es el hermano de su amada. Cuando todos eran potros y todavía nada horrible pasaba en la vida, eran grandes amigos. Shining Armor bromeaba con él diciendo que por su culpa Twilight ya no paraba de leer.

"¡No me arrepiento de nada! ¡Excepto de no cumplir con mi palabra!"

Levita una jeringa. No quiere aprisionar el brazo porque teme despertarla; pero no es necesario. Las venas de su brazo se distinguen perfectamente.

Para ahorrar energía, deja de hacerse invisible. Una vez que ya tiene su dosis de sangre, la inyecta en una ampolla y va hacia la puerta.

Es entonces cuando Shining Armor despierta.

—¿Eh? ¿Quién eres tú?

"¡Maldición!"

El Capitán le arroja un poderoso hechizo, sin embargo Lightdawn salta y se arroja contra la ventana.

Puede ver la cara atónita del Capitán Shining Armor cuando invoca sus nubes hechiceras y desaparece.


Cae la noche. Stormnight clava sus ojos de dragón en la negrura que él, como cualquier selenita, es capaz de despreciar. Todo lo ve tan nítido como si la luz estuviera encendida. Vista nocturna ideal para vigilar o cazar de noche.

Los pegasos selenitas, con sus alas de dragón negras y frías como nieve y petróleo, están volando por todo el cielo estrellado. Los unicornios patrullan las calles en grupos de a cinco, un grupo en cada esquina rotando como el cielo alrededor de la Estrella Polar, que los selenitas llaman Lanu'Useyak, el Núcleo Nocturno.

—¡Jrakmaka! —grita Viewshade, levantando su arco, de pie en el tejado del Ayuntamiento y despreciando completamente la estructura de madera y concreto— ¡Jta dhragjeskan jrakmaka tek na madhen!

"¡Venceremos! ¡Los selenitas siempre venceremos a los no selenitas!" es lo que gritó Viewshade.

—¡Jrakmaka! —ruge Stormnight con toda la voz que puede conjurar sus pulmones— ¡Kei-kei dhragjeskan!

"Kei-kei" es una palabra de difícil traducción, pues los selenitas lo usan como un saludo de máximo respeto para referirse a un guerrero superior a uno mismo. Es por lo tanto una palabra de gran significado entre los pegasos con ala de dragón y los unicornios de ojos felinos. "¡Grandes son los selenitas!" es la traducción más aproximada al grito de Stormnight.

—¡Kei-kei, kei-kei dhragjeskan! —todos los selenitas, tanto pegasos como unicornios, Viewshade, Darkeye y Stormnight, parecen un dragón rugiendo con voz de fuego— ¡Jta dhragjeskan jrakmaka!

—¡Cállense, estamos tratando de dormir! —grita Thunderlane, asomándose por la ventana.

Viewshade le contesta a viva voz con una obscenidad. Los ojos del pegaso negro se abren por el asombro y sin contestarle cierra la ventana.

—¡Muy bien! —Darkeye habla en equestriano porque sabe que la ciudad entera es capaz de oírlo— ¡Nos queda claro que aquí los sementales son más femeninos que nuestras yeguas!

Risa general entre la Guardia Real de la Princesa Luna. Viewshade se tercia su arco al hombro y vuela lentamente.

Desde que fue nombrado Teniente General, Stormnight dejó bien en claro que Viewshade y Darkeye tienen la misma autoridad que él (aunque Viewshade no tiene un rango para suceder a su nombre). Toda esa cadena de rangos y mandos que los ponis llaman "disciplina" es confusa para un bárbaro selenita como Stormnight; según su cultura nocturna, el guerrero con más renombre tiene derecho a comandar a los demás en el combate. ¡Y vaya que Viewshade tiene renombre! Es normal que las yeguas selenitas sean guerreras, pero ella es guerrera aún entre guerreras (imagínense). Grosera, violenta, valiente y belicosa, es el sueño de todo semental selenita. Mala suerte para ellos, pues Darkeye ya la está "solicitando". Siguiendo la tradición selenita, para comprometerse, el semental deja su alfanje en la entrada de la cueva de la yegua en luna llena, y después de un mes, cuando la luna vuelve a llenarse, él va a buscarlo y ella tiene que decidir si volverlo su marido o no. A Darkeye le falta poco para recibir el veredicto de Viewshade, pero tanto él como Stormnight están seguros de que dirá que sí. Han sido amigos desde su más tierna infancia.

El guerrero de la cicatriz estira sus músculos de piedra mientras contempla la luna. Recuerda la primera vez que vio a su Diosa. Ella era pequeña (alcanzaría su tamaño actual después, durante el Gran Festival de la Noche); su Diosa es una selenita con cuerno y alas con suaves plumas en vez de correosas escamas; con piel tierna y con tenue olor a orquídeas en vez de la piel picada, remedada, llena de imperfecciones y cicatrices y con olor a sangre, sudor y noche de los selenitas.

Sin embargo, a pesar de su poco tamaño, no cabía ninguna duda de que era su Diosa. Stormnight por ese entonces, aunque era un guerrero de temer, era tan gris como todos los selenitas y de su mismo tamaño. Su color negro y su gran tamaño actual los ganaría después, en una de sus muchas aventuras como Guardia de la Princesa Luna. Él recuerda avergonzarse: ella, en toda majestad, tímida como una cierva, ligera como el viento sobre el ventisquero, pero en el fondo tan poderosa y fuerte como una dragona en celo. Y ellos, una manada de pobres tontos con alfanjes de acero sobre mantas de lana y piel de oveja llenas de chinches, con ushankas peludas, viejas, remedadas, y con piojos. Ellos, un grupo de ratas hediondas y cargadas de cicatrices y parásitos, ante su dulce Diosa, su Diosa que volvía de la luna a la tierra a caminar de nuevo con sus hijos, tal como lo había prometido hace mil años.

"¡Oh, Diosa! ¡Ya imaginaba que nos ibas a mandar al demonio! ¡Olías tan bien, eras tan hermosa y tu piel tan limpia y oscura! ¡Y nosotros piojosos, sucios, apestosos!"

Los ojos de la Diosa brillaban más que la luna misma. Era una noche de plenilunio.

Ella los llamó amigos.

No siervos.

No esclavos.

Amigos.

Comienza a tocar un blues de guitarra, saxofón y tambor. Stormnight siente lágrimas extrañas amenazar con salir de sus párpados. Levanta la vista hacia el astro lunar, mientras los goterones anónimos resbalan hacia el suelo como ponis alcanzados por flechas. Esboza una sonrisa mientras sus ojos se llenan de ternura. Sí, incluso un guerrero bárbaro puede sentir ternura. La música cambia de ritmo a uno similar al triste aleteo de un pájaro en la noche. Y le canta a su Diosa Princesa:

Luna, cintura estrellada,
virgen blanca, muslos oscuros,
tú acudiste cuando el primer selenita
pidió a los espíritus una Diosa
y con estrellas, sombras, lluvia y nubes,
piedra, nieve, acero y leche
nos tejiste con cariño una vida
nos educaste y nos amamantaste.
Así es nuestra filosofía interna:
devoción antes que la guerra.
(1)

La música va decreciendo su tono. Stormnight ve pasar una estrella fugaz y agacha la cabeza formulando mentalmente su deseo. Termina la canción, y el guerrero levanta la cabeza, mirando a la luna con cariño. Sí, hasta un bárbaro puede sentir cariño.


Applejack arropa a Apple Bloom con cuidado de no despertarla. La potranca se acomoda bajo las sabanas con una sonrisa en la cara. "¿Qué estará soñando?"

Sin hacer el menor ruido, como el viento entre las miles de alas de los manzanos, sale del cuarto de su hermana. Ella es parte de esa casa; cada lugar ahí tiene recuerdos y huellas. Ahí el lugar donde Apple Bloom dio sus primeros pasos; allí aquel sillón de mimbre entretejido en donde la Abuela Smith suele sentarse a tejer en invierno; el pasillo como el esófago de una serpiente en donde vio por última vez a sus padres. Aquel taburete de madera en donde un día lejanísimo en el tiempo el pequeño potro que era Big Macintosh compuso una carretita de juguete para ella cuando era potranca; la familiar cocina, con su sempiterno olor a manzanas y masa recién horneada, en donde al amparo de velas de cebo y fuentes de manzanas vio por primera vez a Apple Bloom.

La casa entera está viva y ella es parte de esa vida.

"Los Apple hemos vivido aquí desde hace tres generaciones."

Mientras camina tranquilamente hacia su cuarto, oye los mansos y pausados ronquidos de su Abuela y de su hermano. El aire tiene un ligero aroma de aquella fruta que les da su apellido, y arrastrado por el viento de afuera, llega también el extraño olor de la hierba enfriándose.

Las negras pupilas de la noche la envuelven en un parpadeo pálido.

Un paso.

"¿Abuela?"

Applejack se detiene. No está por completo sola. Pone atención.

El inconfundible sonido amortiguado de una respiración.

Oye un leve crujido de la madera.

Definitivamente no está sola. Siente ojos clavados en su nuca. Siente que cada uno de sus movimientos está fríamente vigilado.

Se voltea, esperando divisar en la penumbra a su hermano o a su Abuela; al tiempo que prepara sus músculos para enfrentarse a un posible asaltante.

Pero ve en medio de la oscuridad, brillar un cuerno igualmente oscuro. Una masa de luz pálida y energía ya está sobre ella. "¡Un hechizo!"

Trata de esquivarlo, pero es demasiado tarde. Impacta contra ella en menos tiempo que tarda uno en decir "¡patata!". Y Applejack cae al frío suelo de madera, inconsciente.


Es el silencio en la casa de la familia Doo. La frase de Derpy fue cortada por el trueno de los selenitas, pero acallado ya el fanatismo de aquel pueblo bárbaro, Ditzy Doo es capaz de continuar su relato.

Sus ojitos locos, hermosos, enigmáticos y por lo general alegres, ahora están contraídos en un rostro serio. Estira ambos cascos y cada una de sus hijas se apodera de uno.

—Cuando tenía más o menos tu edad —dice mirando a Amethyst Star—, me vine a Ponyville a estudiar Enfermería. Era mi sueño desde que era un muffin como tú —sonríe ligeramente mirando a Dinky—. Ahí lo conocí a él —los ojos de Cruzada brillan al recordar—. Era un semental magnífico, un muffin recién salido del horno, de piel dorada y una crin como la tuya —mira a Amethyst Star—. Su Cutie Mark ahora no la recuerdo muy bien; era algo relacionado con la pastelería; pero recuerdo perfectamente sus ojos. Eran exactamente como los de mi muffin más grande.

Y Derpy ríe, ríe y llora. Amethyst Star y Dinky le acarician los antebrazos.

—Fue un amor a primera vista. Después de tres meses nos casamos, y tras otros nueve meses (2) te tuvimos a ti, mi muffin más grande.

—Yo no recuerdo a ese poni —dice Amethyst Star. Derpy traga saliva.

—Yo permanecía en casa cuidándote todo el día mientras él trabajaba; luego, en la noche, cuando él regresaba, yo iba a estudiar. Pero desgraciadamente él pensó que le estaba siendo infiel, y me abandonó. Dejé mis estudios de Enfermería y busqué trabajo para poder mantenernos.

Los ojos de Derpy brillan como truenos turbulentos. Amethyst Star y Dinky tienen gruesas gotas cayendo de sus ojos. Amethyst Star sobre todo no sabía que su madre renunció al sueño de su vida para criarla a ella, y eso le produce una sensación de amargura que sólo se puede describir con lágrimas.

—Pero entonces llegó mi salvador. Tú lo recuerdas, muffin grande. Fue el amor de mi vida, y el padre de mi otro preciado muffin.

Derpy abraza a sus dos hijas, las cuales corresponden con muchísima congoja.

—Era un unicornio gris, como yo, su crin era azul y su Cutie Mark era un muffin. Él cuidó a mi muffin mayor como si fuera su propia hija. Y entre los dos conseguimos enviarte a la escuela. Más tarde llegó nuestro otro muffin.

Acaricia las crines de ambas hijas con pena. Trata de aguantarse las lágrimas de sus ojos.

—Retomé mis estudios de Enfermería. Pero una noche, durante el invierno más crudo que he visto, él salió a buscar remedios para ti, mi muffin más pequeña; aquella noche tenías tanta fiebre que parecías un pequeño sol. Hubo una fuerte nevada. Nunca volvió. Nunca nadie lo volvió a ver. Yo volví a trabajar en el correo y desde entonces las he cuidado lo mejor que mi torpeza me permite.

"Quizá no tengan ambas el mismo papá, pero tienen la misma mamá. Son hermanas, no importa lo que digan por ahí."

Derpy se sume en el silencio. Sus hijas la miran con cariño. Las tres están llorando.

Amethyst Star y Dinky, sin mirarse, dejan que sus corazones se pongan de acuerdo. Y gritan al unísono, al tiempo que le dan un gran abrazo a Ditzy:

—¡GRACIAS, MAMÁ!


Campana de una gota cayendo.

Frío como un lobo de dientes de hielo.

El tacto polvoroso e irregular del ladrillo.

Applejack abre los ojos y los cierra. Los vuelve a abrir, esta vez con gran sobresalto, y al hacerlo levanta demasiado fuerte su cabeza. Siente un gran mareo.

"Mi cabeza..."

Se incorpora del suelo a medias; toda la celda le da vueltas. Aparte de estar mareada, una desagradable sensación de cansancio remece su cuerpo como una astilla encarnada. Sin levantarse del todo, se lleva un casco a su adolorida cabeza y siente un alivio infinito al sentir su querido sombrero. Recuerda los pormenores: aquel cuerno, sin duda un unicornio, lanzándole un hechizo. Echa una mirada a su alrededor, y sus hermosos ojos verdes se expanden de la sorpresa.

"Santos manzanales podridos, ¿Dónde corrales estoy?"

Una blanca puerta. Entrando por esa puerta de madera blanca hay una sala rectangular de veinte metros por cuarenta metros; completamente vacía, suelo de ladrillos de un color gris clarísimo, y muros de concreto del mismo color. Enfrente de la puerta, muy alto, hay un pequeñísimo tragaluz rectangular enrejado con barrotes negros. A la izquierda de la puerta está la celda en donde se encuentra Applejack: amplísima, en el centro hay una gran pira de escombros del mismo color gris clarísimo del suelo y los muros; alrededor de toda la celda hay una multitud de estalagmitas, como un bosque de cañas y troncos, y da la impresión de que se forma un camino entre el bosque de estalagmitas y la gran pila de escombros. El techo de la celda es curvo, y desde su punto más alto va descendiendo en una amplia curva llena de estalactitas. Todo es del mismo color: gris tan claro que parece blanco. Hay ratas de proporciones elefantinas. Los gruesos barrotes son negros. Cerca del muro de la puerta, dentro de la celda, hay un siniestro esqueleto de un poni.

"¿Qué corrales?"

El miedo que siente al ver al difunto es reemplazado por la ira. "¡Entraron a mi casa y me secuestraron!"

Con una expresión decidida e iracunda, se levanta, va a la puerta de su celda y le da una vigorosa patada, como suele hacerlo con sus amados árboles de manzana.

Mala idea. Ella es enviada casi contra la pira de escombros, vibrando como un diapasón golpeado con fuerza.

Furiosa, se levanta. Pero ahora le viene otra preocupación que hace que una parte de ella se aterre que la otra parte se enfurezca más.

Entraron a su casa. Entonces, su familia...

—¡Big Macintosh! ¡Apple Bloom! ¡Abuela Smith! ¿Están ahí? —grita ella. El eco rebota de todas partes.

Enojada, frustrada, da otro golpe a la puerta.

Y entonces escucha piedrecillas rodar por el suelo. Es tanto el silencio gris y tétrico que lo puede oír sin problemas. Y puede oír también el sonido de una respiración. Mira hacia las estalagmitas, y logra ver un mínimo movimiento detrás de uno.

—¿Quién está ahí? —de pronto, todas las historias de fantasmas que sus primas y primos le contaron se agolpan en su cabeza. Pero fantasma o ser corpóreo, no tiene miedo.

Ninguna contesta. Oye un sonoro salto y luego pisadas que van por todo el anillo mineral, rodeándola. El ruido de la criatura saltando es tan repentino que Applejack salta sorprendida. Sin embargo, ella se da cuenta de que el eco es traicionero y que es sólo una criatura la que está rondando.

"Hay alguien aquí o a mí se me cayó una manzana."

—¡Muéstrate! —grita desafiante. No le gusta que la acechen como si fuera un ratón.

Pero sus ojos se clavan en el esqueleto. Y entonces se pone a pensar; imagina como sería estar semanas, meses, quizá años, ahí encerrada, acosada por las ratas, sin más compañía que un muerto, alimentándose de la improbable comida que tal vez ni siquiera den los carceleros; estar todo ese tiempo sin esperanza de algo mejor, soñando con regresar con su familia.

Y entonces siente una tremenda compasión. No, aquella temerosa criatura, poni o lo que fuera, no podía ser malvada. Estaba encerrada ahí, como ella, y por más tiempo.

Toda su expresión se relaja y ahora es la poni confiable y amistosa que siempre ha sido.

—Oye, sé que tal vez estés asustado, pero no tengas miedo —dice mirando a todas partes—. Yo también estoy prisionera, como tú, criatura. Acércate y tal vez podríamos ser amigos.

Silencio. Ahora ya ni oye la respiración de su compañero de celda. Es como si hubiera desaparecido.

—Ven, te prometo que no te voy a hacer daño.

—Bueno, si prometes no hacerme daño —dice una voz a su lado. Ella se sobresalta y se gira, mirando a la criatura.

Encima de una roca, una cosa como una serpiente salta a su lado, y puede ver que no es una serpiente sino un poni. Applejack se ríe de sí misma por confundirse, desconcertando al poni.

No es la gran cosa. Applejack es dos veces más grande que aquel poni. De hecho, él es apenas unos centímetros más grande Apple Bloom, aunque claramente es un semental adulto. Es un delgado y débil semental gris oscuro, de crin negra peinada con línea al medio, ojos color miel oscuro y Cutie Mark en forma de dos signos de interrogación negros bordeados en blanco. Usa una elegante chaqueta negra.

Applejack pone cara de total extrañeza. No sólo por el insólito pequeño tamaño del poni, sino que además se da cuenta que esa chaqueta que usa está tan deteriorada y vieja que parece que la usa desde hace diez años. Está remedada con tinta y trozos de género negro.

El semental frunce el ceño ante la mirada que Applejack le da. Tiene que levantar la cabeza y ella bajar la vista para poder verse.

—Hola, soy Applejack —saluda ella, ofreciéndole la pata.

—Soy Wandering Wing —el poni le estrecha la pata—. Si es que traen a un maníaco homicida, las rocas del fondo son buen escondite. Aunque hay ratas.

—No me asustan las ratas. Sólo hay que demostrarles quién manda.

El gesto suspicaz y aburrido de Wandering no desaparece.

—¿Cuánto tiempo llevas encerrado?

—No sé —contesta agriamente, moviendo la cabeza de una forma más propia de un loro que de un poni—. Yo estaba en Ponyville, acababa de gritarle a un tipo que su canción apestaba e iba a tomar el tren de vuelta a casa, cuando dos sementales rojos me golpearon, me ataron de patas y me pusieron una pelota de ping-pong en la boca —sus espesas cejas se alzan—. Y eso sí que dolió.

—Yo soy de Ponyville. Estaba en mi casa y me iba a dormir, cuando un unicornio usó magia para atraparme.

—Te vi cuando te trajeron.

—¿Viste si traían a alguien más? —Applejack pregunta con el corazón en el casco.

—No traían a nadie más que a ti.

Es como si quitaran una losa de piedra del pecho de Applejack.

"Corrales. Entonces mi familia está bien."

Wandering baja la cabeza. Applejack habría preferido tener otro compañero: se nota a leguas que ese poni, si no está loco, sí está seriamente perturbado de la mente.

Aquello debe de notarse en su cara porque Wandering levanta la cabeza y la ladea, así como un periquito. Sin embargo no dice nada. Desvía la cabeza, apoyándola sobre sus patas y Applejack irremediablemente piensa en Winona al verlo.

Se viene un silencio algo incómodo. Ella se sienta en el suelo mientras él sube a una roca para quedar a su altura. A Applejack ahora la presencia del poni comienza a perturbarla; se queda completamente quieto, como un escarabajo, y mira más allá de ella a un punto desconocido.

—¿Y te gustan las manzanas? —pregunta ella por iniciar una conversación.

—Me encantan pero prefiero los duraznos —contesta levantando apenas la cabeza. La ladea como un ave a punto de dar un picotazo—. Tú te dedicas a las manzanas, ¿Cierto?

—Sí, tengo una granja en Ponyville —contesta orgullosa, él asiente—. Todos los Apple hemos trabajado en el negocio de las manzanas desde siempre.

—¿Tienes una familia muy numerosa?

—Así es, Wandering, y siempre nos reunimos para ocasiones especiales. Pero siempre he vivido con mi Abuela y mis dos hermanos.

Y así van conversando. Más Applejack que Wandering en todo caso.

—¿Cuántos perros tienes?

—Uno... oye, ¿Cómo supiste que tenía un perro? —Applejack lo mira como intentando ver bajo su rostro.

"¿Eres un hechicero? Eso explicaría muchas cosas..."

—No te ofendas, pero hueles a manzanas, a perro y a granja.

Pero Applejack se ríe.

—Tienes razón —deja de reír pero continúa sonriendo—. Es algo que no se quita. Y tú, ¿De dónde vienes? Hueles a gato y a... polvo.

—Polvo de Providence —contesta él, bajando la cabeza, adquiriendo una posición más propia de un lagarto que de un poni—. Vivo en un campanario cerca de un cementerio y no tengo mascotas aunque un par de gatos negros van a hacerme compañía de vez en cuando. Pero estaba por mudarme a Ponyville.

—No te arrepentirás de irte a vivir a Ponyville, cuando salgamos de aquí. Es una ciudad hermosa; ahí todos son muy simpáticos. Seguramente harás muchos amigos.

—Ah, sí, amigos —dice sin mucho entusiasmo. ¿Tiene cementerios?

"¿Qué clase de pregunta es esa?"

—Bueno... hay una biblioteca...

—¿Enserio? —Wandering Wing levanta la cabeza— ¿Tiene colecciones completas de Lovecraft, Poe o King?

Applejack no tiene ni la más mínima idea de aquello que pregunta el poni. "¿Y quiénes son esos? Quizá Twilight los conozca."

—Tal vez —responde; pero hay una cosa que la intriga— ¿No te gusta hacer amigos?

—Digamos que no necesito. Me basto a mí mismo.

—¿No te sientes solo? Todos necesitan de alguien con quien conversar, bromear o divertirse.

—Yo no. Una vez sí... pero ya no.

—¿Qué pasó?

—Algo muy malo.

—¿Pero qué fue? Puedes confiar en mí. No le voy a contar a nadie.

—Cuento corto, yo era un pegaso y mi "mejor amigo" —Wandering hace un sarcástico hincapié en aquellas dos palabras, al tiempo que alza las cejas— me cercenó las alas con un machete de caza.

Los ojos de Applejack contraen su verde iris de la sorpresa. Wandering está tan quieto que parece un trastornado o parte del mineral donde está recostado.

"¿Tu mejor amigo?"

—Hay una historia detrás de eso, que no te interesa. El punto es que no quiero que vuelvan a mutilarme.

Applejack se pone a pensar cómo sería si un día de estos Rainbow Dash, o Pinkie Pie, o Twilight, o Rarity, la golpeara y le cortara una pierna. Sin duda sería amargo. Amargo y doloroso. Un dolor del alma, pues sería una amiga en la cual confía y a la cual quiere la que le estaría arrancando una extremidad.

"Ahora todo tiene sentido."

Fácilmente. La locura es seductora, una dama de pies separados que tienta, o un semental recio y de cerviz erguida. Ofrece una mano y con la otra oculta la puñalada.

Ahora Wandering Wing está hecho un ovillo, como una serpiente. "El compañero de celda que me tocó. Bueno, así es la vida."

—Yo no te cortaría las alas, Wandering —dice ella. Él simplemente la mira a los ojos. Dos ojos lagañosos que parecen miel quemada enfrentándose a dos ojos verdes como el jade y las plantas.

—Estoy seguro de que no lo harías.

Applejack sonríe. Wandering se mantiene totalmente inexpresivo.

Y ya hablan de cosas más agradables, más Applejack que Wandering. Ella le cuenta sobre la granja, cuando llega el tiempo de la cosecha, cuando va con sus hermanos a recoger las manzanas, a preparar sidra, cuando es la temporada de manzatruenos, cuando es el invierno y no hay mejor que hacer que sentarse junto al fuego. Y Wandering Wing la escucha atentamente.

Finalmente, a ambos les baja el sueño. Él decide irse al fondo de la celda a dormir. Porque Wandering sabe que ninguna yegua está cómoda durmiendo si sabe que hay un semental extraño y posiblemente loco cerca de ella. A pesar de sus movimientos lentos y torpes, no cae de las rocas.

—¡Yo dormiré aquí! —grita desde el fondo más fondo, y el eco repite— ¡Aquí-aquí-aquí!

"Eso lo dices para que me dé cuenta de que sí estás al fondo, y no estás tratando de engañarme."

Piensa Applejack. Mientras se acurruca en el suelo para dormir, le viene a la mente su familia. Big Macintosh, callado pero valeroso como el amanecer. La Abuela Smith, antigua como las manzanas y los árboles que las producen. Y Apple Bloom, pequeña y dulce como un pastel y tan tierna como sidra recién hecha.

No puede evitar derramar un par de lágrimas.

Cuando despierta, nota algo en su espalda: una red o un saco. "¡Ah, no, ahora no me atraparán tan fácil!"

Se revuelve contra aquel trozo de género hediondo a antigüedad, a lluvia y a montaña, antes de darse cuenta de que no estaba encima de ella en posición de atraparla, sino que estaba más bien puesto como para abrigarla.

Lo revisa, y es la chaqueta negra de Wandering Wing.


(1): Inspirado en la última sección del poema Se unen la tierra y el hombre, de Pablo Neruda, extraído de su libro Canto General; Canto III: Los Conquistadores, pág. 65.

(2): Los ponis tienen aproximadamente trescientos sesenta días de gestación. He preferido traspasar el periodo humano de gestación de doscientos ochenta días por considerarlo más conocido.