Este capítulo tiene una gran influencia nerudiana. Se utilizan dos estrofas de La Internacional.


LA BELLA Y EL SAQUEADOR


35

Los ponis del nitrato

Yo escuché una voz que venía
desde el fondo estrecho del pique,
como de un útero infernal,
y después asomar arriba
una criatura sin rostro,
una máscara polvorienta
de sudor, de sangre y de polvo.

Y ése me dijo: "Adonde vayas,
habla tú de estos tormentos,
habla tú, hermano, de tu hermano
que vive abajo, en el infierno".

—Pablo Neruda, Los hombres del nitrato.

Ellos conocen perfectamente ese tipo de pisadas.

Darkeye, Viewshade y un grupo de selenitas con sus perros pastores lunares están inspeccionando el cauce de un arrollo. Las huellas son pequeñas, casi imperceptibles, como la respiración de una serpiente. Cualquiera las pasaría por alto, cualquiera incluso un grifo. Los selenitas, sin embargo, han aprendido a oír a las serpientes cuando respiran.

—Están reuniendo tropas —dice Viewshade. Los perros pastores lunares olfatean y se mueven inquietos, no son animales de muchos ladridos, pero son sanguinarios. Una raza ideal para los hijos de la luna: tercos, feroces, leales e incansables. Con una jauría, una familia no necesitaba mantas.

—Aquí han pasado por los menos doce —dice Darkeye. No necesita usar magia: las huellas, los aromas, las ramitas rotas y las piedras removidas son suficientes para descifrar todo.

—Pero deben de haber muchos más. Hemos hallado huellas así junto a cada arroyo —dice ella, sonriendo un poco.

—Por lo menos unos doscientos —Darkeye igual sonríe—. Tendremos mucha diversión.


El Fuego Verde parece emerger desde las entrañas de la Tierra.

Se alza hasta casi atravesar el techo, iluminando todo el lugar con su luz extraña. Sin embargo, no genera calor ningún tipo de calor.

Nightmare Tricks contempla los rostros de Deadhoof y de Azrael, que se iluminan de una manera extraña, enfermiza, con la luz verde. "Es muy extraño".

—Contamos con suficientes tropas para invadir el territorio —dice su esposo. La momia asiente.

—Será fácil. Los puntos clave son Ponyville, Trottingham y el Bosque Whitetail. Una vez asegurados esos enclaves, podremos lanzar una segunda ofensiva.

—Pretendes desarticular un ejército muy superior en número cortando sus puntos de suministro principales —dice Azrael sonriendo—. Es ingenioso.

—Así se peleaba en la antigua Equestria, jovenzuelo —dice Deadhoof antes de gruñir un sonido equivalente a una risa. Azrael igual ríe.

"Todo está hecho".

Piensa satisfecha Nightmare Tricks. Las fuerzas del Tridente ya suman alrededor de dos mil sectarios, apoyados por abundantes criaturas. Se realizan diariamente distintos sacrificios para invocar más monstruos. Cada diente del Tridente, aserrado, punzante, aporta sus poderosas fuerzas:

De la Cofradía Oscura, cien híbridos ente carne y máquina por cortesía de la Evolución; cincuenta Magos Tenebrosos y cuarenta magos-pudrición desde la Torre de los Prohibidos; y el Cuerpo de Zelotes con casi trescientos guerreros de gran fuerza y equipo.

Del Covenant, cada Secta aporta sus feligreses. Los Oscuros, la primera Secta en poder y la segunda en número, con mil Manantes Oscuros, y diversos agentes menores que en total formarán unas cinco mil almas. La Orden del Crepúsculo de Plata, tan poderosa como los Oscuros aunque más numerosa, dos mil hermanos; funcionarios de alto rango en diversas ramas del reino, con un contingente bajo su mando que fácilmente pueden sumar diez mil tropas. Los Hermanos del Signo Amarillo, ciento cincuenta hermanos. La Hermandad de la Bestia, doscientos hermanos. La Lengua Sangrienta, cincuenta hermanos. Los Keirecheires, cuatrocientos hermanos. Los Sobekianos, sesenta hermanos.

De la Legión, el colectivo de crueles guerrillas y fuerzas separatistas, se han preparado cuarenta mil soldados, del Martillo del Cielo, los Soldados de la Oscuridad, la Compañía del Viento, las Espadas Negras, los Garras del Fénix, las Tropas del Tridente, la Legión de la Perdición y la Guardia Sepulcral.

Una fuerza considerable, cultivada en el secreto de años, de rencores sin resolver y grandes odios. Pero estaba distribuida desigualmente por todo el reino. Los grandes líderes del Tridente han marcado tres puntos de reunión: el Bosque Everfree, Manehattan y el Mirkwood.

"Se están reuniendo. Cada hora que pasa, cada día y semana. Pronto el Tridente reclamará este reino, y desde ahí podrá extender su poder sobre cada nación del Mundo Conocido. Y sobre el desconocido también".

Nightmare Tricks sonríe y abraza a su esposo. Azrael la acaricia.

—¿Estás preparada? —pregunta él.

—Claro que sí —contesta ella—. Ve a cumplir tu misión.


Sólo se enteraba de que amanecía un nuevo día porque el desayuno traía café en vez de agua.

El Doctor permanece encerrado en una celda de escalofriante color blanco. Tiene un pequeño armario repleto de esterilizadas batas aguamarinas, como las que usan los enfermos en un hospital. Su colchón es suave, y las sábanas son del mismo color que su ropa.

"¿Cuánto tiempo llevo aquí? He perdido la cuenta de los días".

No siempre estuvo en esa celda. Antes estuvo en otra sumamente incómoda, una mazmorra como las del Tridente. Unos agentes le interrogaron y luego lo golpearon. En cierto momento, le dieron un sedante, que lo aturdió un tiempo prolongado. Le parecía haber recuperado ciertos niveles de conciencia en algunas ocasiones: le parece recordar levemente a un grifo de lentes refulgentes, sosteniendo un bisturí y una glándula, con sus manos y cuerpo salpicados de sangre. Le parece recordar nebulosamente a una preciosa pegaso gris, de crin rubia, mirarlo a los ojos con una mirada que parecía una extraña mezcla de seriedad y piedad.

"¿Habrán pasado meses?"

Un día, como de la nada, apareció en esa celda que ocupa ahora.

"¿Saldré algún día?"

Le parece que hay más cómo él, pero no está seguro. Lo más probable es que tengan a los otros en diferentes lugares. ¿Quién coleccionaría monstruos?

Pero... pero a veces le parece que hay otros. A veces oye cánticos, música de instrumentos que no reconoce y que le ponen los pelos de punta. A veces oye llantos de dolor y amargura. A veces, incluso gritos de dolor...

"Y son gritos de dolor que emergen desde pisos inferiores".

A él, sin embargo, lo tratan bien. Tres veces al día le llevan comida; a saber, son buenas raciones, abundantes y deliciosas. De vez en cuando, científicos entran a realizarle entrevistas y pruebas de salud. Pruebas no dolorosas, como electroencefalogramas o tests de esfuerzo.

Casi se está acostumbrando..., y lo haría, pero la idea de acostumbrarse a ser un prisionero lo espanta. Sabe que cuando se adapte estará perdido, que se adormecerá y el tiempo que pasó en libertad le parecerá un sueño. No, no quiere pasar el resto de su vida encerrado en ese lugar olvidado y perdido.

"Lo más insoportable de todo es que nada es insoportable".


Nacía el árbol de la tormenta.

Como el rugido de un dragón fue un trueno que pulverizó una torre de vigilancia y a los guardias que estaban vigilando en ella. Los demás guardias corruptos asomaron sus rostros, somnolientos, distraídos, a través de barracones y cuartos.

Vieron a la Hidra.

Se alzó con sus Cinco Cabezas rasgando las nubes, haciendo temblar el suelo con cada uno de sus pasos. Algunos fueron aplastados o masticados antes de que pudieran darse cuenta totalmente de lo que ocurría.

Caminaba como un glaciar en movimiento, como un colectivo de personas, como si fuera una Hidra hecha de todos los esclavos. Los cuales se asomaron, temerosos, de las entradas de sus cuevas y celdas, sobreponiéndose a su cansancio, su suciedad y sus heridas.

Vieron a la Hidra.

Ahí viene la Hidra, la Hidra de los desgraciados, la Hidra de los doblegados, la Hidra del pueblo. De su sombra surge cada héroe, como la cabeza desde un cuello; sus garras rasgan el suelo, garras de muchedumbre tumultuosa, que aplastan, matan y borran toda la huella de un tirano.

Es la Hidra, la Hidra formada por muertos anónimos, muertos azotados y heridos, muertos de rostros olvidados: empalados sobre una lanza, sepultados en la mina, desmenuzados en la hoguera, decapitados por un hacha, devorados por el hambre, ahorcados en el muro.

A ellos viene la Hidra, la Hidra donde cada escama está viva, donde cada escama es un rostro. Reunió la sangre de sus cuerpos, sus huesos se templaron con herramientas, se alimentó de su sufrimiento y lo repartió en su esqueleto. Tantos rostros anónimos, tantos huesos bajo tierra, como las guindas de una huerta.

Esa es la Hidra de los libres. La ahorcaron como a varios e incineraron sus cabezas, pero otras dos surgen de su cuello indomable.

Y vuelven otra vez a cortar sus cabezas, decapitadas por la cólera, y la ceniza del olvido cubre su antigua majestad. Así pasó en otros tiempo, así nació de la agonía. Hasta que un hueso secreto, unos músculos innumerables, el pueblo, hizo crecer nuevos tendones, tejió nuevos tejidos, los repartió sobre la carne. Y sus rostros son escamas de la inmensa Hidra nocturna, diseminados en todas partes, caminando con sus piernas. Esa es la Hidra, la Hidra de ellos mismos, la Hidra de todos los mineros, de todos los desgraciados, los empalados, los quemados, los decapitados, los hambrientos...

Pasa el héroe sobre ellos, un pegaso de tierra y ceniza, de herramientas como Cutie Mark, de ojos color carbón. Se detuvo frente a ellos, mirando cada rostro, buscando...

—¡Diamondheart! ¡Winter Soul! —grita frenético, y les parece, poco a poco, más conocido. Más como ellos— ¡Lobero! ¡Wisemurk! ¡Broken Heaven!

—¡Reaver! ¡Reaver! ¡Reaver! —grita alguien. Un unicornio loco. Wisemurk.

Y algunos lo reconocen.

—¡Reaver! —grita Winter Soul, el joven minero, volando a su encuentro. Se abrazan y lloran, como hermanos después de mucho tiempo. Después de años cósmicos, eras estelares. Trozo y trozo de carbón apilándose en un saco, litros de lágrimas fluyendo hasta el corazón de la tierra.

Reaver Subterra, el que había muerto, está vivo. Está vivo y volando. No pudieron arrancar sus alas, ni sepultar su cuerpo.

—¡Muerte a los hijos de puta! —grita alguien. Broken Heaven, otro como ellos, volando a vuelo bajo armado con una picota.

Winter Soul y Reaver se miran. Se miran otra vez. Tantas cosas qué decirse, tantas cosas...

—¡Sí, muerte! —grita el joven pegaso similar a un halcón, volando a buscar su propia herramienta— ¡Venguémonos!

—P-pero, la Hidra... —susurra otro minero, temeroso.

—¡La Hidra somos nosotros! —grita Reaver, y otro relámpago cae pulverizando la otra torre que queda, cerca del almacén. El fuego nace, iluminando a Reaver como si fuera un asteroide.

—¡Somos la Hidra! —grita Lobero, sombra dentro de sombras, alzando una pala. Y es más héroe que cualquiera— ¡Mineros, matemos a esos hijos de perra!

Se miran unos a otros, mugrientos, hambrientos, numerosos.

Se dan cuenta que ellos son la Hidra, naciendo a toda prisa nuevas cabezas.

—¡Maten a esos hijos de perra! —grita otro. Grito generalizado. Grito. Grito. Grito.

Se asomaron a ellos mismos, tomaron sus hermanadas herramientas. Bajaron la montaña y rodearon a los guardias, tan escasos y patéticos como siempre lo habían sido. Hundieron el hierro en las espaldas, más fácil que picar piedra, y a las manchas de carbón se sumaron las de sangre.

Tomaron la tierra en sus cascos.

Los arrojaron a las llamas, los golpearon y despellejaron. Los castraron. Aún recordaban sus espaldas laceradas, sus huesos rotos, sus anos penetrados, los compañeros muertos, asesinados, humillados, y los potros de infancia muerta, ya adultos, tomaron su venganza contra sus captores.

Esa es la Hidra, la Hidra del pueblo. Asómate a su sombra, toca sus escamas renovadas, sube hasta su cabeza, donde sus ojos color hierba propagan su luz cada día. Levanta la tierra bajo tus pies, participa de este esplendor: toma tu herramienta y tu sufrimiento, tu corazón y tu valentía, y monta guardia sobre su lomo en la frontera de sus púas.

Defiende el fin de los tiranos, comparte las noches hostiles, vigila el ciclo de la aurora, respira la altura estrellada, sé parte de la Hidra, la Hidra que se alza varios metros sobre el pantano.


Lightbacker lloró.

Al principio les amenazó de todas las maneras que pudo, prometiendo venganzas y nuevas masacres. Juró que si moría, la Princesa enviaría un ejército contra ellos y los matarían a todos. Juró y volvió a gritar, varias veces.

Nadie se detuvo.

Le arrancaron la armadura a golpes y lo arrastraron por el suelo. Reaver no podía creer que durante tantos años le temiera a ese tipo.

"Es sólo un cobarde. Seguramente ni siquiera vale la pena matarlo con armas".

Lo golpearon varias veces, con sus cascos, hasta que su rostro quedó irreconocible. Luego, quedó a merced de cada uno para hacer lo que quisiera con él.

Cualquier cosa menos arrebatarle la vida.

Ahora están decidiendo de qué manera asesinarlo.

—Propongo que lo lancemos a la mina y la sellemos con él dentro —dice Diamondheart.

—Propongo que le arranquemos la piel refregándola con piedras —dice Broken Heaven.

—Propongo quemarlo vivo —dice Winter Soul.

—¡Metámosle un fierro ardiente en el culo! —grita Lobero.

Todas son buenas opciones. Pero ninguna convence del todo.

—Tengo una idea —susurra Reaver. Les cuenta de qué va, y todos están de acuerdo.

Calentaron una cuchara al rojo vivo, y la hundieron sobre los ojos de Lightbacker. Chirriaron cuando el calor los reventó, pero no tanto como gritó él producto del dolor. Al moverse se quemó parte del rostro.

Diamondheart en persona le rompió las patas traseras usando su fuerza. Tuvo cuidado de que el hueso no se asomara de la herida, pues no quería que se desangrara.

Sin ningún cuidado, lo cargó hasta la galería más profunda que habían excavado y lo dejó tirado. Sus gritos de dolor resonaban a través de los túneles.

Los mineros sellaron con rocas todas las entradas, cualquier punto donde alguien pudiera entrar o salir, y se aseguraron de que esas rocas no pudieran ser fácilmente removidas.

Reaver supervisó todo el proceso.

Luego, tomaron sus escasas pertenencias, sus herramientas, las armas y todo lo que encontraron en las dependencias de los guardias reales.

Se marcharon en una larga caravana. Los niños iban en carretas tiradas por los yales que tiraban de los carros en la mina. Los adultos iban a pie. Reaver pensó en llevarlos a través del Bosque, pero era peligroso, así que decidió hacer un largo rodeo, bordeando todo el contorno del Everfree.

Una larga columna de harapos y pieles remedadas, de sombreros de paja y cascos sin herraduras. Atrás dejaban los cuerpos muertos de los guardias, desnudos y penetrados con palos, y abandonado en un túnel, al mayor tirano que conocieron, ahora ciego y sin poder moverse.


Estaba feliz de volver a ver a sus amigos.

"El destino sabe lo que hace".

Se emocionó al encontrarse con Lobero. El joven ya era todo un adulto, fuerte y lozano como un ciervo. Se abrazaron, se abrazaron y lloraron como padre e hijo, como abuelo y nieto, como nieve y piedra o un pegaso y un poni terrestre.

Descansaron, rieron, conversaron de lo que había pasado en los largos años que no se habían visto. Reaver comenzó a narrar su historia y se dio cuenta de que alcanzaría para llenar una obra de cuarenta y dos capítulos, prólogo, epílogo y quinientas páginas.

"Confieso que he vivido".

La vida de sus amigos casi llenaría una historia del doble de largo. Han pasado tantos días, tantos meses y años... Reaver casi se siente un extraño.

—Joder, Reaver, nos dijeron que habías muerto —le dice Winter Soul— ¡Pero yo nunca les creí! ¡Nunca les creí, Reaver!

—¡Yo menos! —dice animado Lobero— ¡Esos cabrones siempre mentían! ¡Y eran unos culogordos de mierda, jamás te habrían alcanzado!

"Lobero, pensar que eras un bebé cuando te encontramos. ¿Cuántos años he vivido?"

—Siempre quise venir a liberarlos, pero... —"Pero"—. No tenía recursos...

—No hay drama —dice Diamondheart, feliz. Reaver nunca lo había visto sonreír, y resulta muy extraño.

"Pero es genial que sonrías. Yo también sonreí cuando escapé".

Wisemurk sólo mira hacia el techo. "Tú sigues igual. Seguro... seguro Twilight sabe cómo arreglarte la cabeza".

—El truco de la hidra fue genial —dice Broken Heaven— ¿Era una hidra domada o qué?

"Era un Brujo poni vistiendo la piel de una Hidra".

—Era una Hidra rentada. Se marchó apenas su amo sopló el silbato.

—Pues fue una tremenda renta —dice riendo Winter— ¡Esos guardias de mierda no aguantaron nada!

—Sí, podríamos habernos liberado mucho antes —dice Broken Heaven.

"Mucho antes".

Por alguna razón, Reaver se siente triste.

"Debí haber venido mucho antes. Todos han vivido, menos yo".


Fluttershy estaba sorprendida de no encontrar a Reaver.

Cuando ella se fue a dormir, él ya estaba roncando en su cuarto. Pero al despertar, la cama de él estaba vacía y desordenada.

"Seguramente salió a buscar algo al Bosque".

Pensó para sí misma. Quizás frutos, para hacer el desayuno, o algo así.

"Quizás piense darme una sorpresa".

Squeeze y Dream Moon descanzan en la sala de estar, la gárgola teniendo la precaución de que ningún rayo de sol toque su piel húmeda. Una vez, cuando Fluttershy era niña, vio cuando un rayo de luz tocó un trozo de una bifurcación de su cola. El segmento iluminado se convirtió en piedra, y estuvo enferma por semanas. La pegaso siente mucha melancolía por Dream Moon, y le sorprende que siempre esté tan feliz.

"Es como si no pudieras sentir otra emoción".

—¿Han visto a Reaver? —les pregunta.

—No se encuentra en este lugar —le dice Squeeze—. Lo más probable es que haya madrugado y se encuentre realizando cierto asunto.

—¡Aaaaahhhh! Eso es muy interesante. Ahhhh, yo en la noche volé por el Bosque y vi una gigantesca Hidra surgir de la nada.

—Dream Moon ¿Qué tiene que ver la Hidra con Reaver?

—Aaaaahhhh, es interesante que lo preguntes —dice la gárgola aleteando hacia el techo, y se aferra a él como una araña ¡Aaaaahhhh! ¡Reaver podría ser un Hermano Hidra!

—Reaver nunca se volvería un Brujo, es demasiado cobarde y afeminado para eso —dice Squeeze, quitándose sus lentes de lectura—. Y aún no estoy del todo convencido respecto a sus habilidades cognitivas.

—Dream Moon, Squeeze, Reaver no es ningún Brujo ni tampoco un idiota —lo defiende Fluttershy, con su voz suave. No está molesta, sabe que para ellos el mundo de los ponis les resulta ajeno.

—Quizás no lo sea —dice Squeeze—. Pero está claro que no es el más listo de los ponis, ni tampoco el más valiente y viril de ellos.

Fluttershy lo mira con desaprobación un momento, pero luego sonríe.

"Tal vez, Squeeze. Pero yo lo amo así. Se ve tan lindo cuando se asusta".


Los oyeron cuando bajaban del Bosque.

Venían cantando por el camino. Harapientos, sucios, cantando. Venían los potros en un carro. Venían los adultos a pie, y el sonido de sus voces rasgaba la mañana como un despertador de muchas voces.

Lo oyó la Alcaldesa en su alcaldía. Lo oyeron los selenitas en sus nidos. Lo oyó Wandering Wing mientras Danzaba y Fluttershy mientras esperaba.

Lo oyó Twilight en su biblioteca, y Rainbow Dash fue despertada abruptamente. Pinkie lo oyó. Rarity lo oyó. Applejack se asomó desde su cuarto y los vio marchar. Un grupo largo, y no tan largo, de harapos y sombreros de paja, de madera vieja, piel curtida y metal viejo.

Pasaban, entonando un único canto, que les enseñó Diamonheart, un canto que él cantaba antes de ser esclavizado, cuando militaba en el Sur de Fille, antes de ser capturado y obligado a lanzar a sus compañeros a los ríos. Canta él, como cantó antes, y cantan ellos como los ríos cuando rompen contra las rocas, y como las propias rocas cayendo por los cantos de las montañas, y la nieve, que cuando se derrite canta, y como el Gran Océano que recibía los cuerpos y los envolvía en sus mortajas de algas.

¡Arriba, parias de la Tierra!
¡En pie, famélica legión!
Atruena la razón en marcha:
es el fin de la opresión.

Del pasado hay que hacer añicos.
¡Legión esclava en pie a vencer!
El mundo va a cambiar de base.
Los nada de hoy todo han de ser.

Pasaron frente al pueblo, sin embargo, muy lejos. No se dirigían hacia allá. Marchaban a otro terreno, y desde los límites de la ciudad, ese grupo de personas parecían formar una mancha coronando los pies de la montaña.

Los selenitas volaron para ver, más por sorpresa que por ansias de pelear. Los vieron sentarse. Masas de ponis desgastados, en círculos, sentados sobre sus morrales, hablando y riendo, comiendo la hierba, y mirando el cielo.

—No te rindas, que la vida es esto —oyeron que decía Diamondheart.

Y siguieron cantando, otras canciones que acaban de recordar, sobre ciudades llamadas Valparaíso, Maracaibo o Puebla. Cantaron sobre calles y sobre amores, sobre héroes que recién recordaban.

Sus propias tierras, anchas tierras, soledades que se poblaron de rumores, brazos, bocas. Sentían el viento en sus caras y sentían que se llevaban los años, las torturas, que se llevaba el odio y la desesperación de tantas noches. Su rebelión fue como una callada frase que ardía congregando corazones y martillos, hasta que las minas trepidaron cubiertas de metales y galopes.

Ellos mismos fueron copas, que recibieron lo que el mundo rechazaba, lo multiplicaron en sus límites minerales, lo machacaron en rocas indomables. Y salieron con las cabezas en alto, y el otoño les pareció la primavera.

Sus naciones nacieron de los leñadores, de hijos sin bautizar, de carpinteros, de los que dispararon como una ballesta una gota certera de sangre, y pensaron en hacerlos nacer nuevamente. Hacerlos nacer de ellos mismos, como entonces.

Pensaron en levantar una ciudad.

Una ciudad salida del carbón y del rocío.

Llegarían para sacudir las puertas con sus cascos agrietados, con sus pedazos de alma sobreviviente, con racimos de miradas que no extinguió la muerte. Con herramientas hurañas armadas bajo los harapos.