Título: Willing

Autor: DebsTheSlytherinSnapefan

Traducción: Traducciones. A ver qué sale

Enlace a la historia original: s/9508339/1/Willing

Resumen:DomSeverus/SubHarry. Harry lleva desaparecido desde los nueve años, el mundo mágico ha estado buscándole durante siete años en vano. Tiene diecisiete cuando le encuentran, pero les aguarda una sorpresa si piensan que va a hacer lo que ellos quieren. Resulta que Harry es un metamorfomago y conoce a Severus desde hace años. Las maquinaciones de Dumbledore son descubiertas y una conmoción les sacude a todos.


Desde aquí, el equipo de Traducciones. A ver qué sale. Nos gustaría agradecer a DebsTheSlytherinSnapefan el habernos permitido traducir esta historia.

¡Muchas gracias! ^_^


Capítulo 3

Un intento de fuga además de una sorpresa para Severus


Harry se despertó, su cuerpo dando un brinco mientras miraba alrededor con desconfianza. Un bostezo escapó de sus labios; estaba exhausto y hambriento –podría haberse comido un caballo sarnoso–. Todavía no probaba nada de lo que le daban, excepto la fruta, la cual inspeccionaba en busca de cualquier agujero; no confiaba en ellos en la medida de lo posible. Había logrado comer más cuando era un sin techo, y eso era decir mucho. Llevaba en esa habitación más de dos semanas; no le dejaban salir porque seguía intentando escapar. Al menos suponía que eran dos semanas; se había dedicado a marcar el escritorio cada día, para llevar la cuenta. Era terriblemente aburrido, la única diversión que tenía era dar un susto de muerte a los idiotas que le llevaban la comida. Se había dado cuenta de que el hombre que decía ser su padrino no había regresado. Tampoco la mujer pelirroja, pero a Lupin no le entraba en su duro cráneo todavía. Sus palabras, todo lo que le había dicho, sí le preocupaban sin embargo; el hombre se encogía cada vez que él hablaba. Que a todos les aterrorizase entrar allí se había convertido en su misión.

Él no quería estar allí, y ellos le estaban obligando a ello. Los idiotas realmente habían esperado que saltase de alegría por ser llevado a Hogwarts. Le habían dejado cinco libros para que leyese; uno estaba manchado con la sangre de Lupin. Habían intentado usar el incentivo de darle una varita para que leyese aquellos libros de magia. Eran extremadamente cortos de entendederas; no iba a hacer nada de lo que ellos quisiesen, y no le preocupaba Voldemort o que pudiesen asesinarle. De hecho, probablemente le dejaría intentarlo, sólo para cortarse su propia nariz para reírse de su cara. Él sólo quería irse a casa, a su mundo. Preferiría estar en la calle que allí atrapado; demonios, se sentía más seguro ahí fuera que allí.

Maldición, ¡quería salir de allí! No obstante, se estaba acostumbrando a su rutina. Hoy era el día en que la mujer de pelo rosa le llevaba el desayuno. Era arrogante pero extremadamente torpe, siempre estaba tropezando con sus propios pies. Si intentaba algo, probablemente tendría que ser con ella. Rara vez venían a verle, excepto para traerle comida. En ocasiones Dumbledore aparecía, pero siempre repetía las mismas palabras. Parecía que estaba en piloto automático, incapaz de decir nada más. Eran siempre las mismas preguntas absurdas: dónde había estado, había estado con alguien del mundo mágico, sabía algo de magia. Entonces por supuesto continuaba acerca de lo malo que era Voldemort y de cómo debía ser detenido. Cómo él, Harry, tenía que aprender magia para protegerse a sí mismo, y que comportarse de aquella manera no era lo que correspondía a un héroe. Harry se estremeció sólo con recordarlo; él no era ningún héroe.

Mirando la hora, se dio cuenta con sorpresa de que la mujer estaría allí en unos segundos. Saltando de la cama apresuradamente, cogió dos libros y los colocó donde no pudiesen ser empujados por la puerta pero sí pudiesen hacer tropezar a la tonta del pelo rosa. Necesitaría hacer más que tirarla al suelo… ¿cómo era aquel conjuro que Dumbledore había murmurado para dejarle inconsciente…? ¿Desmayi? ¿Desmaiu? ¡Desmaius! Eso era, esa era la palabra que había usado Dumbledore. Nunca había intentado nada como aquello antes. Sabía que poseía magia, ese no era el problema; simplemente nunca había empleado palabras para usarla.

Harry corrió al otro lado de la habitación, tenían que verle antes de entrar más allá. Dumbledore debía haberse asegurado de decirles que no se le permitía salir. Se estaba desesperando; nunca antes había permanecido en el mismo lugar durante tanto tiempo. Sentía como si estuviese volviéndose loco, con todas aquellas emociones luchando en su interior. Por ese motivo le gustaba que alguien cuidase de él, para aliviar la presión, para no tener que preocuparse por nada. A menudo se preguntaba si su Amo anterior se encontraba en algún lugar del castillo, o si estaba ahí fuera en algún lugar del mundo mágico. Había estado pensando mucho sobre él, allí encerrado; no había mucho más que hacer.

—Hey, Harry —, dijo Tonks. Siempre le decían exactamente lo mismo, saludándole como si fuesen sus amigos. Harry contuvo el aliento, esperando ansiosamente mientras Tonks entraba. Ella obviamente no podía ver los libros debido a la bandeja que llevaba en esos momentos. Entonces ocurrió: tropezó con ellos. Harry se abalanzó sobre ella, cogiendo su varita de su funda, gritando la palabra— ¡Desmaius! —y apuntándola a su cabeza… y funcionó. El conjuro golpeó su sorprendido rostro antes de quedar inconsciente.

El alivio fluyó a través de Harry mientras dejaba caer la varita, cerrando de un portazo antes de salir corriendo. Recordaba bastante bien el camino de la última vez, perdiéndose sólo dos veces, en vez de la docena de veces de la anterior ocasión. Con suerte conseguiría huir, ya que nadie le echaría en falta hasta que encontrasen a la chica. Era bueno para él, malo para ellos, y Harry no se iba a quejar. Mientras corría se preguntó si debería haberse quedado esa varita; podría haber resultado útil… por si acaso se encontraba a alguien en su camino. Izquierda, derecha, izquierda, derecha, derecha, derecha, dejó que la pauta siguiese mientras continuaba su fuga. Estaba muy agradecido de no haberse topado con nadie. Si no hubiese estado en las mazmorras las circunstancias podrían haber sido totalmente diferentes.

Doblando otra esquina, hizo un gesto triunfal; les había dicho que saldría de allí. Sólo era una cuestión de tiempo; no puedes mantener a alguien encerrado para siempre. Una sonrisa maliciosa cruzó su rostro, qué pena que no estaría allí para ver la expresión de sus rostros. Él no era el héroe de nadie, y que le colgasen si iba a dejar a cualquiera que le dijese o le usase de otra forma. Harry echó a correr, cruzando como una flecha junto a dos enormes puertas doradas abiertas. Su cabeza se giró automáticamente, mirando hacia dentro, divisando el techo y para su desgracia… a Dumbledore. Le había descubierto. Maldiciendo, dobló su velocidad, alejándose y resoplando por la sorpresa, su corazón saltando a su garganta. Harry, incapaz de vencer en una lucha contra la gravedad, cayó por los peldaños de Hogwarts. Los diecisiete; Harry los había contado. Tendido en el suelo, jadeó llenando sus pulmones con bocanadas de aire. Pero se puso en pie, a pesar de la agonía, temblando debido a que todo su cuerpo estaba hirviendo por la adrenalina.

Siempre había sido un corredor veloz; tenías que ser ágil en las calles, especialmente huyendo de las autoridades. Algo bueno había salido de la 'caza de Harry'. Le había ayudado a eludir a la policía docenas de veces y a lo largo de los años se había vuelto mejor en ello. Harry sin embargo se dio cuenta de que debería haber comido algo. La falta de alimento significaba que estaba usando sus últimos posos de energía. Sólo había comido unas pocas naranjas, algunas manzanas, un extraño fruto de color carne con una piedra en el centro… bueno, dos piezas de fruta con piedras en el centro, sólo que la segunda tenía un color rojo púrpura. Alejando aquellos estúpidos pensamientos, resopló con fuerza mientras corría. Pequeñas piedrecillas saltaban en todas direcciones mientras las pisaba, intentando llegar a un lugar seguro. Sólo había saltado un par de veces, una de ellas cuando estaba en la escuela Primaria. La segunda fue cuando la policía casi le había atrapado. Estaba deseando hacer lo mismo allí.

Harry corrió durante quince minutos hacia las puertas, sintiendo que la magia no le dejaría escapar. Había un domo de magia protegiendo el castillo, impidiéndole saltar fuera. Había sido capaz de hacerlo tras ver a su Dominante anterior haciéndolo; a decir verdad le había refrescado la memoria del episodio de cuando era niño. La segunda vez que había saltado había sido después de que la relación con su Dominante hubiese terminado.

Podía sentir la magia desvaneciéndose o disminuyendo; estaba cerca del borde del domo, y pronto sería capaz de huir. Mirando hacia atrás vio a Dumbledore bajar corriendo los escalones, y estaba solo. Sonriendo de satisfacción continuó. Sólo a unos pocos metros de las puertas una criatura de aspecto extraño apareció frente a él, con la mano alzada. Harry derrapó hasta detenerse justo cuando una oleada de pura energía disparada desde la mano del ser le golpeaba. Sintió que volaba por el aire; se preparó para el aterrizaje. Preparado o no, su cuerpo gritó en agonía y puntos bailaron en su mente. Gracias a dios por la adrenalina, de otra forma Harry sabía que no habría sido capaz de incorporarse. Dio una sacudida, mordiéndose la lengua mientras ante la nueva ola de dolor que radiaba a través de él. Dumbledore todavía corría; el elfo doméstico seguía allí delante.

Gateando hasta ponerse en pie, gimió mientras el mundo se inclinaba de forma alarmante. Rápidamente su equilibrio se restableció y corrió hacia los árboles. Era el único lugar al que podía ir para escapar. No sabía a dónde conducían, pero lejos de ellos sería algo bueno en esos momentos. Si iban a capturarle no se lo iba a poner fácil. No, todo lo que tenía que hacer era encontrar un árbol por el que trepar. Podía quedarse allí hasta que se fuesen por la noche, o hasta que dejasen de buscar, entonces él podría continuar. No llevaba demasiado en el bosque cuando escuchó la voz de Dumbledore. Harry siempre había querido pegarle un puñetazo al viejo; su voz le crispaba los nervios, y ahora más que nunca.

—Sé exactamente dónde está, señor Potter; no dejará los terrenos de la escuela, así que más le vale salir —, dijo Albus con confianza. No comprendía por qué el chico quería volver al mundo muggle; ¿qué le esperaba allí que le atraía con tanta fuerza que sentía la necesidad de volver a una vida en las calles? No podía entender en absoluto al chico y no sabía qué más hacer. No había sido capaz de obtener ninguna información; por lo que podía ver, Harry no demostraba tener ninguna debilidad. Sin duda no eran sus padres; no parecía preocuparse por ellos.

Harry se mordió el labio, deseando maldecir al estúpido viejo, pero podía estar simplemente bromeando. No quería delatar su posición, así que con voluntad de hierro, logró detenerse. Incluso trató de dejar de respirar tan pesadamente, pero no era fácil. Le habían dejado sin aliento dos veces; su cuerpo dolía de manera increíble. Sin embargo nada estaba roto; al menos pensaba que no. Sin duda estaría tremendamente magullado al día siguiente; podría vivir con ello mientras lograse huir. Continuó escabulléndose tras los árboles, lejos de donde había venido la voz de Dumbledore.

—El brazalete de tu muñeca delata tu posición, Harry —, dijo Dumbledore sonando cansado, como si no pudiese soportar más tener que pelear con el chico—. Sal ahora y podrás caminar de vuelta al colegio, o te llevaré levitando, la elección es tuya —. Tres semanas habían estado así; no había esperado que el chico fuese tan condenadamente terco. El muchacho tenía que aprender magia; tenía que salvar su mundo. Era su destino ¿por qué no lo veía? Se le acababan las ideas; se negaba a creer a los otros cuando decían que Harry era una causa perdida.

Harry contempló su muñeca con horror; necesitaba encontrar una manera de quitarse ese estúpido brazalete. Debía decirles dónde se encontraba, como un dispositivo GPS o algo similar… quizá incluso el conjuro equivalente a ello. Buscando el cierre apretó los dientes al no ver ninguno. No había forma de quitárselo de la manera normal. Intentó arrancarlo de un tirón, pero sólo se hizo daño en la muñeca. Arañó el brazalete contra el árbol, para ver si funcionaría pero nada; parecía como si aquella cosa estuviese protegida contra cualquier forma de manipulación. Comenzó a intentar deslizar su mano fuera del objeto, y acababa de estrechar su mano cuando escuchó las palabras del conjuro de aturdimiento y ya no supo más.


—¿Qué tal ha ido? —, preguntó Dumbledore, el habitual centelleo en su mirada ahora ausente. Se había alegrado tanto de encontrar a Harry, pero aquella sensación se había apagado hace semanas. Sirius estaba tirado en una esquina, convencido de que ninguno de ellos podría llegar al chico. Sirius había declarado que con toda seguridad él no iba a acercarse a aquella habitación de nuevo. Por supuesto podía entender la ira de Harry hacia él; era el que había llevado allí. Todavía seguía negándose a dejar entrar a nadie y se comportaba violentamente con todo el mundo. Ahora Sirius, Molly y Tonks se negaban a ir a aquella habitación; temía quién sería el siguiente.

Remus se sentó, derrotado—. No creo que nada de lo que hagamos haga que Harry quiera quedarse. Sigue tan resentido como siempre. No puedo seguir yendo allí, Albus; lo siento —, dijo mientras se masajeaba el estómago. Evidentemente Harry le había hecho algo más a Remus. Habían llamado a Poppy semanas atrás para tratar la nariz rota, y el dolor de la espalda y la entrepierna.

—Supongo que la idea de ver a sus padres en un pensadero no funcionó —, preguntó Dumbledore. Estaba simplemente expresando lo obvio, había sospechado que no lo haría. No le impidió intentarlo, sin embargo; tenía que haber alguna forma de poner al chico de su parte. Se negaba a considerar las ideas de Snape; no, no iba a decirle al chico acerca de su dinero.

Remus meneó la cabeza—. No, de hecho le puso más furioso.

Albus suspiró—, muy bien, Remus. Haré que otra persona le lleve la comida por la mañana.

—¿Qué vas a hacer ahora que todos los estudiantes están regresando? Si se enteran de lo que estamos haciendo… —dijo Remus, con aire cauteloso.

—No te preocupes, el conjuro de localización garantiza que siempre sabré dónde está. Si ocurre lo peor, tendré que decirles a los estudiantes una verdad a medias —, dijo Albus sintiéndose tan abatido como Remus. Había confiado en presentar a Harry al colegio para entonces; hacer que se uniese a sus compañeros de séptimo año con el resto de los Gryffindors.

—Muy bien —, dijo Remus en voz baja—, si necesitas algo, estaremos en Grimmauld Place.

—¿Por qué no os quedáis por aquí unos días? —, sugirió Albus.

—No lo sé —, dijo Remus; Sirius se estaba deprimiendo bastante allí, no era bueno para él. Sirius era todo lo que le quedaba, aparte de Harry, pero Harry no quería conocerles. Si tenía que escoger, elegiría a Sirius; era su amante al fin y al cabo, su todo—. ¿Qué opinas, Siri?

Sirius simplemente se encogió de hombros—, dudo que Harry vaya a volverse más cariñoso conmigo pronto, así que, ¿para qué?

—Al menos quedaos hasta mañana, hasta que los estudiantes lleguen —, sugirió Dumbledore, pero era más una orden.

—De acuerdo, sólo hasta que lleguen los estudiantes —, accedió a regañadientes Sirius. Después iba a marcharse a casa a lamerse las heridas. Tenía una botella enorme de Whisky de Fuego con su nombre en ella llamándole. Ahogar sus penas bebiendo parecía una buena manera de sobrellevarlo. Quizá debería bajar a las cocinas; seguramente tendrían algo con lo que pudiese emborracharse.

—¡Bien! —, dijo Dumbledore. Con suerte convencería a Sirius para llevarle el desayuno a Harry mañana. Quizá le sugeriría a Canuto que le visitase, descubriendo qué pasaba por la mente de Harry. Seguramente hablaría con un perro; después de todo pensaría que no se lo iba a contar a nadie.


A LA MAÑANA SIGUIENTE

—Severus, lleva algo de desayuno a Harry —, ordenó Albus—. Los otros se niegan —. Albus miró a Remus y Sirius, mostrando su decepción. Había intentado convencer a Sirius de que fuese en su forma de Animago, pero se había negado. Prefería que no le pateasen en su forma de perro, muchas gracias.

—Para eso están los elfos domésticos —, dijo Severus, curvando su labio. Él no era un chico de los recados; se negaba a ser tratado como tal, además no deseaba conocer a Potter. Sólo porque no fuese un nauseabundo Gryffindor como su padre, no significaba que quisiese nada con él. Si le decía algo a él, de la forma en la que había estado hablando a los otros, no sería capaz de contenerse. Tendría al chico sobre sus rodillas y le mostraría cuáles eran las consecuencias de hablarle de esa manera. Si Potter pensaba que unas descargas eléctricas iban a molestar a un hombre como él, estaba muy equivocado. Sólo porque respetase cómo se estaba comportando, no significaba que fuese a tolerar que se le tratase de esa forma.

—No puedo correr el riesgo de que les engañe, Severus; está a la izquierda de tu clase; llévale algo —, ordenó Dumbledore.

—Bajo tu responsabilidad —, siseó Severus a través de sus dientes apretados. No le habían pedido que lo hiciese antes por esa razón en concreto. Sabían que Severus no soportaría nada que le dijese Harry. Probablemente le lanzaría lejos, y le haría querer correr más lejos aún.

—Sé amable con él, Severus; recuerda que le necesitamos —, dijo Dumbledore a modo de advertencia.

Las fosas nasales de Severus se dilataron ante la orden. Dejando sus cubiertos, abandonó la cabecera de la mesa con un aleteo de su túnica. Le llevó cinco minutos conseguir la comida y caminar hacia la prisión de Harry. Eso es lo que era en esencia, un prisionero dentro de una escuela. Estaba medio tentado a dejar que el chico escapase, entonces quizá moverían sus culos y pondrían fin a la guerra, en vez de esperar que un chico sin experiencia mágica o entrenamiento matase a un hombre. Era mucho pedir para cualquiera, especialmente para alguien a quien no le preocupaba la comunidad mágica.

—Semper Fi —, entonó Severus, poniendo los ojos en blanco; siempre fiel, debían haber puesto la contraseña hacía casi tres semanas, con toda certeza. Sin duda cuando pensaban que Potter iba a portarse bien. Tenía su varita preparada; había visto el estado de Tonks y Lupin, y no iba a correr ningún riesgo. Entrando en la habitación, sus ojos oscuros la recorrieron por completo, asegurándose de que el chico no estaba acechando en las sombras.

Harry gruñó desde debajo de las sábanas, no había dormido demasiado, como siempre. Por puro aburrimiento durmió algunas horas antes de la cena, antes de que le despertasen, así que no había podido pegar ojo por la noche. Además todo su cuerpo latía de dolor; estaba, como había predicho, seriamente magullado—. Que te jod- —, los ojos de Harry se abrieron de par en par cuando se dio cuenta de quién era. Sin pensar, automáticamente salió de la cama y se arrodilló en el suelo, con un poco de torpeza porque todo le dolía. Cada fina brizna de las emociones que había estado sintiendo durante casi tres semanas desapareció mientras se arrodillaba ante él. Por primera vez en semanas, Harry se sintió en paz. Los turbulentos sentimientos que habían luchado en su interior finalmente cesaron su agitación. No tenía que pensar, que sobrevivir, o que hacer nada. Su magia también se calmó, mientras se arrodillaba de la forma en la que a Severus le gustaba. Su alivio se reflejó tan claro como el día en su rostro, a pesar del hecho de que estaba mirando al suelo.

Severus se quedó inmóvil, sus ojos negros estrechándose mientras adoptaba una posición que sólo usaba en su casa. Se enderezó, se volvió más calculador, seguro de sí mismo y elegante. Era un Dominante de pie frente a su sumiso. La sensación de control inundó a Severus, incluso en su confusión. Tener a Harry Potter arrodillado frente a él, él de todas las personas posibles, le hizo sentir poderoso, orgulloso, excitado, y tenía que admitir que un poco sorprendido. En un primer momento pensó que quizá Potter le había visto en el club. Entonces notó algo que hizo que su corazón diese un vuelco: la manera en la que estaba arrodillado. Era la forma en la que siempre ordenaba a sus propios sumisos que lo hiciesen, ciertamente no como hacían en el club. Colocó la bandeja sobre la mesa mientras sus pensamientos giraban fuera de control.

En el club se arrodillaban con sus manos sobre las rodillas, sus pies nunca tocando su culo. Él, sin embargo, permitía eso; siempre mantenían las manos detrás de su espalda, unidas pero sin apretarlas. No reconoció al chico; no tenía ningún sentido para él. Sin embargo sabía qué hacer para obtener respuestas. Sólo había tenido tres sumisos en los últimos diecisiete años. Caminó alrededor de Harry, y percibió con orgullo que el chico en ningún momento se puso nervioso o se movió de su posición. De pie a espaldas del muchacho durante unos segundos, exigió—: Explícate —. Si sus alumnos pensaban que era dominante, no era nada comparado con la voz que acababa de usar con Harry. A pesar de todo el chico no se inmutó, parecía impasible ante sus maneras… o acostumbrado a ellas. Si aquel era un juego al que Potter estaba jugando, lo hacía muy bien. Aunque Severus no pensaba que el muchacho estuviese jugando en absoluto, jamás había sido así con los otros.


Continuará...

¡Hola!

¿Qué tal? ¿qué os ha parecido el capítulo?
Pobre Harry, no gana para disgustos y golpes. Ya sabemos para qué era la muñequera y ¡por fin Severus y Harry se han encontrado!
Aunque Snape no le reconoce... esperemos que Harry le de una explicación convincente o ya lo veo en el regazo de Snape recibiendo una azotaina XD

¡Muchísimas gracias a CuquiLuna, TaurinaBR, Jen_ciel, Yuki92Fer, Say Abi, yangjunxian, Christine C, marcos. , liz. hattu79, Astana, Diana Pantoja, mafe y lavida134 por vuestros comentarios!

¡Nos vemos en el siguiente capítulo!^_^

¡Un saludo!

Traducciones. A ver qué sale.