Título: Willing

Autor: DebsTheSlytherinSnapefan

Traducción: Traducciones. A ver qué sale

Enlace a la historia original: s/9508339/1/Willing

Resumen:DomSeverus/SubHarry. Harry lleva desaparecido desde los nueve años, el mundo mágico ha estado buscándole durante siete años en vano. Tiene diecisiete cuando le encuentran, pero les aguarda una sorpresa si piensan que va a hacer lo que ellos quieren. Resulta que Harry es un metamorfomago y conoce a Severus desde hace años. Las maquinaciones de Dumbledore son descubiertas y una conmoción les sacude a todos.


Desde aquí, el equipo de Traducciones. A ver qué sale. Nos gustaría agradecer a DebsTheSlytherinSnapefan el habernos permitido traducir esta historia.

¡Muchas gracias! ^_^


Capítulo 11

Figg descubre el pastel

Minerva miró a Arabella con preocupación; tenía lágrimas rodándole por las mejillas. La culpa que ella misma había estado sintiendo se reflejaba en los ojos de la mujer. No estaba segura de qué pensar, ¿se sentía culpable porque por no haberlo visto antes, o porque lo había visto y no había hecho nada? Reparó la taza e hizo una nueva taza de café para la conmocionada mujer, preguntándose si dentro de media hora se sentiría mal por haberla ayudado. Severus ya estaba teniendo tics de irritación, obviamente deseando interrogar a la pobre mujer de nuevo.

—¿Tienes una poción calmante, Severus? —preguntó Minerva, Figg todavía temblaba demasiado para coger la taza.

—No, sin embargo tengo algo de Veritaserum —, dijo Severus malhumorado; una sangre limpia como Arabella sabría exactamente lo que significaba. Los sangre limpia aprendían latín a edad temprana, mucho antes de que su familia se diese cuenta de que ella era una squib, sin duda. Observó mientras la mujer enderezaba su espalda y le lanzaba una mirada colérica. Severus a su vez sólo le sonrió con ferocidad, haciendo que palideciese considerablemente. No muchos podían aguantar su mirada en toda su intensidad, que era exactamente el caso en esos momentos; prometía la muerte a aquellos que caían bajo ella.

—Severus —, suspiró Minerva, aparentando irritación pero el fruncimiento de sus labios delataba la diversión que sentía. Honestamente, el hombre podía volver loco a un santo en cuestión de una semana. No cabía duda, con toda seguridad podía irritarla hasta el extremo cuando quería.

—Quiero poder regresar en algún momento del día de hoy; ahora siéntate, Minerva —, dijo Severus. El hombre parpadeó sorprendido cuando la subdirectora hizo exactamente lo que él le había dicho. Debía estar tan desesperada como él por obtener respuestas; siempre oponía resistencia si él le ordenaba hacer cualquier cosa. No es que lo hiciese habitualmente; ella le había enseñado cuando era un niño, después de todo. Le había resultado extraño hablar como iguales cuando él se había convertido en profesor por primera vez y había continuado siendo igual durante años después de eso.

—¿Sabías o no sabías acerca del abuso? —, preguntó Severus, su tono sombrío y su voz grave y amenazadora. No iba a marcharse hasta que todas sus preguntas fuesen respondidas, sin importar las malditas consecuencias.

Arabella les miró a ambos, el miedo que estaba experimentando intensificándose aún más. Había esperado aquello siete años atrás, cuando la investigación comenzó. Sin embargo nadie se acercó a la casa, a pesar del hecho de que tenían que saber que ella cuidaba de Harry cuando sus padres no estaban. Su sentimiento de culpa nunca se había desvanecido en cualquier caso, y su fe en el mundo mágico se había desplomado a un mínimo histórico. Ellos eran miembros de la Orden, no sabía si podía confiarles cualquier información que tuviese. Aun así parecía como si no fuesen a marcharse y dejarla en paz hasta que tuviesen la verdad—. ¿Sabe Albus Dumbledore que estáis aquí? —preguntó. Lo dudaba, le habría escrito y se lo habría dicho.

Severus la observó; había algo en su tono de voz cuando había dicho su nombre. No sabía lo que era, pero con toda seguridad no había sido algo bueno. No mucha gente pronunciaba el nombre de Dumbledore con otra cosa que no fuese admiración, como si fuese la segunda venida de Merlín—. No, él no lo sabe y seguirá de esa forma —, respondió Severus, ignorando la mirada curiosa que Minerva le lanzó; ella evidentemente no había captado el tono de voz de Arabella.

Arabella asintió, con aspecto de sentirse profundamente en conflicto.

—Empieza por el principio, ¿por qué te asignaron aquí? —le ordenó Minerva sentándose hacia delante, deseando conocer toda la historia, no sólo fragmentos.

Aparentando estar ligeramente aliviada, Figg se hundió ligeramente y comenzó a hablar—. Recibí una carta de Albus el día después de que Ya-Sabéis-Quién fuese derrotado. Tenía que venir aquí y vigilar a Harry a lo largo de los años. Me dio instrucciones explícitas de no hablarle acerca de sus padres o el mundo mágico —, dijo Figg.

—¡Fracasaste en tu cometido! —ladró Severus con furia.

Arabella dio un respingo antes las palabras de Severus y su tono furioso—. No, no lo hice, le dije a Albus la verdad. Me escribió algunas veces, pero después de que Harry cumpliese seis años no volví a saber de él. Me ordenó que dejase de ser melodramática, me dijo que unos azotes no significaban que estuviesen abusando de él. En otra ocasión dijo que los niños eran niños, que su hermano y él también se habían hecho muchos rasguños —. La mujer estaba medio gritando, medio suplicándoles que la creyesen.

—¿Le dijiste que Harry estaba siendo azotado? —preguntó Minerva, confusa.

—¡Exactamente eso! —dijo Arabella, las lágrimas una vez más resbalando por su rostro—. Le dije que Harry tenía un brazo herido y una herida sospechosa en su estómago. Le di unas vendas y demás, y le envié a casa, pensando que alguien vendría y lo investigaría, ¡pero nadie lo hizo! —La desesperación en su voz no podría haber sido fingida.

—¿Le enviaste una carta cuando Harry huyó? —preguntó Severus, con su tono regresando de nuevo a la normalidad.

—Al principio no quería hacerlo, él simplemente le habría devuelto aquí. Si le hubieses visto, lo habrías entendido. Estaba tan delgado, tan herido y tan infeliz… No pensaba que fuese a sobrevivir mucho más… ellos le dijeron a todo el mundo que tenía un desorden alimenticio. ¡Pero no era así! Comía todo lo que yo le daba… todo —, gritó Arabella, diecisiete años de frustración por fin liberados—. Sabía que las calles no eran lugar para un niño, la probabilidad de que él sobreviviese allí era incluso más escasa, así que le escribí. Fue la decisión más dura que he tomado nunca, pero lo hice. No hubo respuesta; escribí de nuevo, lo mismo una y otra vez. No fue hasta que el niño debía haber cumplido once que se desató el infierno.

Minerva tenía una mano tapándole la boca, y lágrimas en sus ojos. Parecía incapaz de hablar; estaba profundamente conmocionada también por lo que estaba oyendo.

—Deberías haberle cogido y haberte marchado con él —, dijo Severus con desprecio.

Los ojos inyectados en sangre de Arabella contemplaron los negros del hombre—. Desearía haberlo hecho —, confesó ella—. Sabes que él solía sentarse ahí, y yo le enseñaba fotos de mis gatos. Ni siquiera le dejaba divertirse aquí. Tenía tanto miedo de que los Dursley no le dejasen venir más si le gustaba. Tienes razón, le fallé, y debería haber hecho más —. El autodesprecio en su voz estaba allí para cualquiera que quisiese oírlo.

—Sí, deberías haberlo hecho —, dijo Severus amargamente—. Como llevarle a un hospital; tenía un brazo roto, y todo lo que le diste fueron vendas para que se hiciese un cabestrillo.

Arabella parpadeó, ¿cómo había sabido él que el brazo estaba roto? ¿O que Harry había hecho un cabestrillo? Ella no le había contado eso, sólo que estaba herido y que le había dado vendas para ayudarle. La esperanza brotó como un creciente infierno, mientras se daba cuenta de la única manera en la que podía saberlo—. ¿Sabes dónde está Harry? ¿Está bien? ¿Está a salvo? ¿Es feliz? —disparó ella en rápida sucesión.

Ahora Minerva estaba mirando del uno al otro, preguntándose qué se había perdido. Su mano por fin se había retirado de su boca mientras la furia comenzaba a asentarse. No hacia Severus sino hacia Dumbledore; haber sido avisada de antemano de que aquello podía ser cierto no había ayudado en lo más mínimo. Había sacado sus garras y estaba lista para derramar sangre por un niño al que no había visto desde que era un bebé; incluso entonces sólo habían sido unas pocas veces.

—¿Severus? —preguntó Minerva, su corazón latiendo como un tambor caprichoso. ¿Sabía él dónde estaba Harry? Si era así, ¿por qué lo estaba manteniendo en secreto a Dumbledore? ¿Por lo que había sospechado… y había resultado ser cierto?

—Él esta bien, no gracias a ti —, dijo Severus agriamente.

—Oh, oh gracias al cielo —, lloró Arabella, el alivio fluyendo a través de ella; por fin lo sabía. Harry estaba vivo, estaba a salvo; si ella hubiese estado de pie, se habría caído porque le habrían fallado las rodillas, tan profundo era su alivio. Atenuaba la culpa un poco, pero no totalmente. Los sentimientos de culpabilidad nunca se irían, eso lo sabía, se quedarían con ella hasta el día de su muerte.

—Severus… ¿qué? —preguntó Minerva, con aspecto de estar inmensamente sorprendida. ¿Todo este tiempo ella se había estado preocupando, y por alguna razón había sido Severus el que le había ayudado?

—Ahora no, Minerva —, dijo Severus. Había ido allí lleno de ira y furia hacia esa mujer, y allí sentada en su sofá lleno de muñecas no podía evitar sentir lástima por ella. Sabía que él habría hecho exactamente lo que Dumbledore le hubiese dicho hacía sólo unos pocos meses. Y aunque no pensaba que se extendiese a observar cómo tenía lugar el abuso, nunca lo sabría de verdad. Saber que ella se sentía culpable ayudaba inmensamente.

—¿Dónde están los Dursley? —preguntó Severus, su rostro perfectamente impasible.

—Vernon está en la Prisión de Wandsworth —, dijo Figg en voz baja; era la prisión más antigua de Londres, e irónicamente solía llamarse la Casa Correccional de Surrey—. Petunia está en la Prisión de Holloway.

—¿Todavía? —preguntó Severus, un tanto sorprendido. Los tribunales muggles tendían a imponer lo que los magos considerarían sentencias ridículamente leves.

—Sí, la juez a la que fueron asignados resultó ser hermana de una estudiante nacida de muggles; sabía muy bien quién era Harry y lo que había hecho —, dijo Arabella, sus labios frunciéndose con vengativo regocijo—. Les impusieron una sentencia dura, la juez dando ejemplo de que el abuso infantil no iba a ser tolerado.

—Por supuesto —, dijo Severus; sus propios labios se estaban curvando—. ¿Tienes todavía alguna de las cartas? ¿Alguna prueba?

Arabella se puso en pie de un salto de su sitio, acercándose hasta su escritorio. Sacó una gran caja de latón y la trajo con ella. Dentro había una gran variedad de cosas, evidentemente no de naturaleza muggle, incluyendo un galeón, un sickle y un knut. Hizo que Severus sintiese bastante pena por ella, por lo que habría pasado como una adolescente destinada-a-ser-algo. Lo decepcionada que estaría cuando ninguna carta de Hogwarts llegó para ella. Buscó en la caja, colocando cartas y un extraño papel de color rosa sobre su regazo.

—Estas son cartas de Dumbledore, incluso la primera que recibí con el encargo —, dijo Arabella, tendiéndosela a Minerva que estaba más cerca de ella—. Estas son copias de las cartas que le envié a él.

Severus cogió las copias, la curiosidad sacando lo mejor de él, y comenzó a leer. Le hizo sentirse furioso y enfermo que Dumbledore pudiese ignorar la preocupación de ella de la forma en la que obviamente lo había hecho. Miró a Minerva, quien estaba leyendo una de las cartas también. Ahora que tenía las pruebas no estaba seguro de qué demonios hacer.

—No me lo creo; ¿cómo pudo él hacerlo? Todo este tiempo dijo que se sentía culpable, ¡pero era todo fachada! —gritó Minerva, sintiéndose como si estuviese agarrándose a un clavo ardiendo. Estaba de pie con las cartas arrugadas en sus manos, respirando furiosamente, intentando de alguna forma contener su ira.

—¿Por qué no se lo dijiste a nadie cuando hablaron contigo hace años? —preguntó Severus.

—Nadie habló conmigo, vosotros sois la primera gente mágica que he visto aparte de Harry desde que me mudé aquí —, explicó Arabella—, ¡Esperaba que alguien dijese algo! Todo el mundo por aquí sabía que yo cuidaba de Harry cuando sus padres no estaban. ¡Estas calles sólo están llenas de curiosos y cotillas!

—¿Por qué no informaste a las autoridades? A las autoridades muggles —, preguntó Minerva.

—Harry Potter no existe en sus registros, nació en el mundo mágico —, dijo Arabella—. Si hubiese dicho algo, sus archivos indicarían que Harry no vivía allí. Probablemente pensarían que se trataba de una llamada falsa, y habrían hecho caso omiso de cualquier cosa que yo hubiese hecho o dicho —. Los servicios sociales no habrían ido allí, estaba segura de ello.

—La policía habría venido —, le dijo Severus.

—Oh —, dijo Arabella, como si finalmente comprendiese a qué tipo de autoridades se referían—. Albus me dijo que nunca involucrase a los muggles, si lo hiciese él simplemente les habría Obliviado y me habría sacado de mi puesto. Necesitaba estar aquí por Harry; al menos conmigo tenía algo de comer y un poco de la ayuda que necesitaba.

—Severus, ¿qué hacemos? —preguntó Minerva, pasándole el resto de las cartas; realmente tenía ganas de beberse una botella entera de whisky escocés ahora. Aquello sacudiría al mundo mágico hasta los cimientos. Culpaban a Dumbledore, sí, pero eso tenía más que ver con la necesidad de responsabilizar alguien que con pensar realmente que el hombre había hecho algo malo. Con esto tenían la prueba de que el director había declinado tomar partido en el asunto.

—Puede alegar que nunca recibió las cartas después del sexto cumpleaños de Harry —, le advirtió Severus.

—¡Eso es una cochina mentira! —le espetó Arabella—, su fénix las recogió.

—Eso no significa que él las leyese —, suspiró Severus.

—Albus nunca se deshace de las cartas, tiene un cajón entero lleno de ellas —, dijo Minerva con aire pensativo.

—¿No lo hace? —preguntó Severus con curiosidad.

—Nunca, cada vez las coloca en el cajón a mano izquierda, junto a sus caramelos de limón, pero estoy segura de que está cerrado y sellado —, dijo Minerva—, creo que es hora de que eche un vistazo.

—El mejor momento para hacerlo es cuando está en el Ministerio —, recomendó Severus, un plan se estaba formando entre ambos.

—Estoy de acuerdo —, dijo Minerva con una luz vengativa en sus ojos, una mirada que Severus nunca jamás había visto en ella.

—¿Cómo está Harry? —preguntó Figg, interrumpiendo su conversación silenciosa—. ¿Cuándo le encontrasteis?

—Dumbledore le encontró; Harry no estaba dispuesto a seguirles el juego, así que recurrieron a mantenerle encerrado en Hogwarts. No tengo ni idea de qué estaban planeando hacer. No debería decirte nada más, si Dumbledore viniese sabría todo lo que ha ocurrido y ha sido dicho aquí —, dijo Severus con un suave gruñido.

—Pero es feliz, ¿verdad? —insistió Arabella.

—Mucho —, dijo Severus.

—Hablaremos más cuando regresemos a Hogwarts, jovencito —, dijo Minerva con severidad. Ahí había estado ella, preocupada y fuera de sus cabales, y Harry estaba a salvo y bien. Aun así, ni siquiera podía encontrar motivo en su interior para estar realmente enfadada con él.

—Lo sé —, dijo Severus con una sonrisa sarcástica. Le divertía profundamente que su antigua profesora de Transformaciones le llamase 'jovencito'. Ahora que ella estaba realmente de su parte, se lo contaría todo. Eso significaría que tenía a Poppy y a Lupin, además de a Minerva en su bando, aunque Lupin no conocía toda la verdad todavía; quizá nunca lo sabría. No confiaba por completo en el hombre lobo.

—Gracias por tu tiempo —, dijo Severus poniéndose en pie.

—¿Le dirás a Harry que lo siento por no haber hecho más? Que confío en que finalmente sea feliz, ¿por favor? —le pidió Arabella a Severus, agarrándose a él ignorante de su aversión a que la gente le tocase. Aun así el Profesor de Pociones no se apartó de un salto, la miró a los ojos y vio que eran muy parecidos a como habían sido los de su propia madre. Estaban llenos de desolación, desesperación, una pizca de felicidad, y mucho recelo. Ambas mujeres se habían sentido como si hubiesen sido abandonadas, por su propio mundo; hasta cierto punto tenían razón. Habían sido abandonadas por sus familias y dejadas de lado.

Incluso Minerva estaba sorprendida de que Severus no se hubiese apartado de Figg; la única persona a la que había visto jamás tocándole o permitiendo que tuviese contacto con él había sido Lily. Quizá era por su infancia, cuando los únicos contactos que había conocido habían sido duros.

—Lo haré —, le aseguró Severus, retirándose finalmente.

—Gracias, gracias —, dijo Arabella, sus ojos marrones llenos de alivio.

Severus simplemente asintió; mirando a Minerva ella asintió a modo de respuesta y ambos se Aparecieron allí mismo. Tan pronto como ambos se hubieron ido, Arabella se desplomó en su asiento. El alivio la llenó en oleadas; se sentía tan bien ser capaz de confiar finalmente en alguien.

—Harry está bien, Tibbles —, dijo Arabella mientras su gato mestizo de Kneazle saltaba a su regazo—. Por fin Harry ha encontrado su camino de regreso al hogar —. Estaba en el mundo que le pertenecía por pleno derecho, y obviamente no confiaba en Dumbledore. Bien, tenía todo el derecho a no hacerlo. Estrechando al gato contra ella, devolvió la caja al cajón y subió las escaleras en dirección a su cama. Estaba tan exhausta a pesar del hecho de que era temprano.


Continuará...

¡Hola!

¿Qué tal estáis? ¿Os ha gustado el capítulo? Ha sido cortito pero ya hemos descubierto que Dumbledore sabía de la situación de Harry y no hizo nada para remediarlo... ahora tendremos que esperar a saber qué hacen Severus y Minerva con esa información (estoy deseando que le lancen unas cuantas maldiciones, se las ha ganado a conciencia)

¡Muchísimas gracias a: CristineC, CuquiLuna, valethsnape, Yuki92Fer, lagata, Kira Itsuki, Lunatica Drake Dark, Tomo-chan02, Ryogana, ArexuLightwood, Tast Cullen, mellitacullen, liz .hattu79, lavida134 y Sara por vuestros comentarios!

Nos vemos en unos días :D

¡Un saludo!

Traducciones. A ver qué sale.