Título: Willing
Autor: DebsTheSlytherinSnapefan
Traducción: Traducciones. A ver qué sale
Enlace a la historia original: s/9508339/1/Willing
Resumen:DomSeverus/SubHarry. Harry lleva desaparecido desde los nueve años, el mundo mágico ha estado buscándole durante siete años en vano. Tiene diecisiete cuando le encuentran, pero les aguarda una sorpresa si piensan que va a hacer lo que ellos quieren. Resulta que Harry es un metamorfomago y conoce a Severus desde hace años. Las maquinaciones de Dumbledore son descubiertas y una conmoción les sacude a todos.
Desde aquí, el equipo de Traducciones. A ver qué sale. Nos gustaría agradecer a DebsTheSlytherinSnapefan el habernos permitido traducir esta historia.
¡Muchas gracias! ^_^
Capítulo 29
Cornelius Fudge
Cornelius Fudge se sentó en su despacho. Había sido Ministro de Magia desde hacía algunos años, así que el lugar ya tenía su propio sello. Rodeándole estaban todos los Ministros anteriores que habían recibido homenajes y retratos; ninguno estaba en su marco ahora mismo. No todo el mundo hacía algo así, preferían dejar un retrato con sus familiares, pero aquellos hombres habían antepuesto sus carreras por encima de todo, lo cual de paso significaba que no tenían familia. Todo el mundo asumía que Cornelius era un estúpido, lo cual se ajustaba a él bastante bien, pero contrariamente a la creencia popular él sabía lo que conllevaba mantenerse en el poder. Era necesaria una conducta y unos comentarios destinados a mantener a Lucius contento, y al mismo tiempo permitir que Dumbledore creyese que le tenía firmemente dominado. Aunque, con el Señor Oscuro Voldemort de regreso, tenía que tener cuidado con Malfoy, y con qué frecuencia se le veía con él. No podía permitir que el público pensase que se estaba volviendo hacia la oscuridad, oh no; eso es algo que él no haría. Jamás avergonzaría el nombre de su familia con ese tipo de asociación. Deseaba ser recordado como el Ministro que encabezó la entrada del mundo mágico en una nueva era. Merlín, podía recordar pensarlo cuando era sólo un novato haciendo sus T.I.M.O.s. Había estado decidido, había seguido adelante para convertirse en Auror, y había escalado puestos antes de presentar su solicitud para ser Ministro. Le había llevado tres intentos, y hete aquí que lo había logrado. Por el camino se había hecho con una Orden de Merlín, de primera clase.
Todos los anteriores Ministros habían ofrecido al mundo mágico algo que necesitaba y quería, incluso aquellos que casi habían llegado al puesto Barty Crouch Senior, por ejemplo, había casi crucificado a todos los Mortífagos, declarando que merecían ir a Azkaban sin juicio, y extrañamente el mundo entero deseaba que él lograse el puesto. Entonces todo se estropeó para él, cuando su propio hijo fue arrestado y declarado culpable de ser un Mortífago y fue sentenciado a Azkaban. En ese momento comenzaron aquellas molestas reflexiones; si él no podía controlar a su propio hijo… ¿cómo podía liderar al mundo mágico en una guerra?
Fue entonces cuando Cornelius se dio cuenta de que necesitaba adoptar una postura que nadie había tomado antes, para poder destacar sobre el resto de candidatos que luchaban por el cargo de Ministro. Y así embaucó a Lucius, capaz de manipular a fondo a los sangres limpias, y a Dumbledore, el cual era seguido por la población de nacidos de muggles y mestizos al completo, así como por los sangres limpias del bando de la luz, hasta ambos que hicieron lo que él sugería. Dos personas, un objetivo, y había obrado maravillas; no tenían ni idea de que era él quien les estaba manipulando a ellos. –Ambos pensaban que eran tan astutos y superiores a él– bien, estaban equivocados. Quizá algún día dejaría que se enterasen, pero no hasta que hubiese acabado… como Ministro de Magia, en cualquier caso. Él conocía a los dos hombres mejor de lo que ellos pensaban. Dumbledore no era de ninguna manera tan "luminoso" y benevolente como le gustaba presentarse. Igual que Lucius no era tan malvado como le gustaba pensar que era. Malfoy tenía sus debilidades; su familia era la principal.
Dos sonoros golpes en su puerta sacaron a Cornelius de sus pensamientos, para encontrarse con su pluma todavía alzada para firmar la legislación nueva. La cual era, por cierto, inútil; la tinta había emborronado todo el pergamino, filtrándose hasta su escritorio. Maldiciendo mentalmente hizo desaparecer el desaguisado y se estiró. Sólo era la hora de la cena, pero se sentía como si hubiese estado trabajando sin descanso durante semanas—. Entre —, dijo Fudge con curiosidad; no tenía ninguna reunión programada y su ayudante se había marchado pronto a causa de una emergencia.
—Ah, Madam Bones, ¿en qué puedo ayudarla? —preguntó Cornelius por cortesía, más que otra cosa, ya que sabía por qué se encontraba ella allí. Le había permitido ir a Hogwarts sola y ocuparse del sospechoso. Eso tenía más que ver con evitar él mismo a Albus Dumbledore que con cualquier otra cosa. Nada más llegar al puesto de Ministro se había asegurado de que pareciese que era el anciano quien tomaba las decisiones, escribiéndole a menudo para consultarle su opinión. Le había salido el tiro por la culata, ya que el viejo mago le criticaba constantemente, aconsejándole incluso años después.
—Hablé con la Profesora Minerva McGonagall; ella me ha puesto sobre la pista de cierta información incriminatoria —, dijo Amelia, entrando en el despacho y asegurando la puerta tras ella. Poderosos conjuros silenciadores fueron colocados inmediatamente en torno a la habitación, dándoles una muy deseada privacidad.
—Muy bien, escuchémosla —, dijo Cornelius, con su rostro ensombreciéndose mientras miraba a la normalmente estoica bruja con aprensión, sin estar seguro de si le iba a gustar algo de lo que iba a ser revelado esa noche.
—Creo que será mejor si le muestro la reunión —, dijo Amelia de forma solemne.
—Muy bien —, accedió Cornelius, ocultando su recelo mientras abría inmediatamente el último cajón y sacaba un pensadero de su interior. Pertenecía al Ministerio, y era usado, aunque muy rara vez, en los juicios para probar la culpabilidad o la inocencia de alguien. Los recuerdos eran extremadamente privados, y por tanto mucha gente elegía no usar ese método como prueba. Cornelius no comprendía esa actitud; él preferiría extraer un recuerdo antes que tomar Veritaserum. Recostándose en su silla, se quitó sus gafas de lectura, frotando sus cansados ojos. Tenía la sensación de que el día iba a empeorar bastante—. Supongo que no me dirás el nombre del sospechoso.
Amelia tan solo meneó su cabeza con seriedad, antes de quedarse completamente quieta, sacando el recuerdo de su mente. La plateada sustancia se quedó pegada al extremo de su varita, siguiéndola de una forma fantasmagórica. Para alguien que se topaba con ello por primera vez, parecía como un espíritu, una entidad saliendo del final de su varita. Lentamente lo hizo descender hasta que su varita estuvo sobre el pensadero antes de agitarla. El recuerdo se deslizó aún más abajo, casi como una pluma, bamboleándose de un lado al otro antes de quedar inmóvil en el recipiente. El pensadero debía ser el mejor invento mágico jamás realizado, en su opinión, y la orden de Merlín de primera clase a su creador había sido bien merecida.
Ambos tocaron el pensadero con su dedo, y permitieron que les arrastrase a sus profundidades.
Cornelius miró alrededor, reconociendo al instante Hogwarts; había asistido al colegio, después de todo, en su juventud. De hecho había aprendido Transformaciones con el propio Albus Dumbledore, y también con Minerva McGonagall cuando ella había le había sustituido. El cambio de profesores no le había afectado realmente, ya que los Fudge siempre acababan en Hufflepuff, la casa de aquellos que eran leales. Su propio sobrino había sido colocado en Hufflpuff, Rufus Fudge, un hombre joven que estaba siguiendo los pasos de su tío abriéndose camino en el Ministerio.
—Amelia, no esperaba saber de ti de nuevo tan pronto —, dijo Minerva.
—Pedí algunos favores; han estado trabajando en ello durante dos días —, admitió Amelia—. Tuve la sensación, cuando me lo diste, de que era algo de suma importancia… ¿me equivocaba?
—Era importante —, confirmó Minerva—. Pero no a costa de que alguien trabajase en ello durante dos días seguidos.
—Aquí están los resultados —, dijo Amelia sombríamente, entregándole una hoja de pergamino—, no pude mantenerlo en secreto; lo siento. Minerva, necesitamos saber a quién pertenece esto.
Cornelius observó las interacciones atentamente; ambas estaban sorprendidas y algo aprensivas. Él había sido informado de los resultados; Amelia Bones era leal en primer lugar al Ministerio. De hecho ella era una de las pocas personas en las que él confiaba plenamente. Conjeturó que la Profesora McGonagall sabía ya de quién se trataba, a juzgar por la expresión de su rostro.
—¿A quién informaste? —preguntó Minerva.
—Al Ministro de Magia, Cornelius Fudge, y al Director del departamento de Aurores, Rufus Scrimgeour —, le respondió Amelia—. Querían venir ellos mismos, pero les convencí para que fuesen razonables. Quienquiera que sea podría estar en Hogwarts, después de todo, y tú no tienes la culpa.
A pesar de saberlo, Cornelius se sintió naturalmente alarmado por la expresión que se había extendido por la severa cara de la profesora. Su mente inmediatamente comenzó a dar vueltas; ¿quién podía ser? No había demasiados que pudiesen causarle a Minerva tanta angustia por que los resultados se conociesen.
—Minerva, ¿estás bien? —preguntó Amelia.
—La fecha; es anterior a cuando fue encontrado. ¿Cómo entró en la sala de los registros? —preguntó Minerva, claramente aturdida y perpleja.
Cornelius resopló con fuerza, tomando aire sorprendido, casi no queriendo creer lo que había escuchado. Sus ojos se fueron inmediatamente hacia Amelia, que estaba en el pensadero con él, pidiendo respuestas silenciosamente, incapaz de esperar más. La sala de los registros… oh, no. Rápidamente el Ministro de Magia juntó las piezas, y dos más dos se convirtieron en cuatro. Albus Dumbledore. Llegó a esa conclusión mucho antes de que Amelia Bones lo descubriese. Tenía que serlo, el viejo mago era el único que había estado desesperado por entrar en la cámara. Que no se le malinterpretase, Fudge comprendía su deseo, era horrible lo que Harry Potter había pasado. Él nunca tomaba partido, sólo estaba de acuerdo con quienquiera que estuviese hablando cuando se enzarzaba en una conversación acerca del chico. Teniendo él mismo un sobrino, no podía comprender por qué los muggles habían hecho aquello. Muggles abusando de un mago… era algo inaudito, inmoral y malvado a muchos niveles. Él no sabía qué había sido del chico, y le gustaría saberlo. Si estaba vivo, se merecía entrenar su magia y recobrar su herencia. No creía ni por un segundo que Harry Potter fuese a acabar con la guerra. Era un niño; había sobrevivido milagrosamente pero eso no significaba que pudiese volver a hacerlo. No, si alguien tenía una oportunidad de terminar con la guerra eran los Aurores, y aunque le revolvía el estómago reconocerlo, Dumbledore. Lo cual, si él estaba en lo cierto, podría no volver a ser posible.
—¿La sala de los registros? —repitió como un eco Amelia, dando un paso atrás horrorizada—. ¿La sala de los registros confidenciales?
Cornelius Fudge reprodujo el horror de Amelia Bones, incapaz aún de formar un solo pensamiento o palabra. Minerva no respondió, así que Cornelius tuvo que suponer que había asentido mientras él estaba en su estupor.
—Oh, Albus, ¿qué has hecho? —suspiró Minerva en voz baja.
—Necesitaré que testifiques que el detector oscuro era de Albus Dumbledore —, dijo Amelia de forma insistente—. De otra forma podría ser capaz de proclamar su inocencia.
—Espera aquí, por favor. No te muevas hasta que regrese —, dijo Minerva poniéndose en pie, cogiendo polvos Flu y diciendo en voz alta su destino.
Cornelius no se alteró cuando el recuerdo brilló y le hizo aterrizar en la siguiente escena. Había usado pensaderos lo bastante a menudo como para conocer ya cada sensación. Sin embargo le pilló desprevenido cuando dos personas más hicieron Flu dentro de la habitación 'recordada'. Uno era un hombre joven que no reconoció; el otro era de hecho Severus Snape, Profesor de Pociones y maestro en Hogwarts. Había sido espía; desafortunadamente su tapadera había saltado por los aires cuando Crouch ordenó su arresto. Albus Dumbledore se había presentando probando su inocencia al final de la última guerra. Fudge miró fijamente al joven, tratando de descubrir quién era. Sus ojos fueron atraídos por el collar, y a pesar de ser un recuerdo, Cornelius lanzó una mirada especulativa a Severus Snape… algo que no se habría atrevido a hacer si estuviese de pie frente al mago. No sólo los estudiantes temían al hombre, oh no, los adultos también estaban totalmente aterrorizados por él.
—¿Por qué están ellos aquí? —preguntó Cornelius. Pero Amelia no respondió, estaba ocupada mirando al desconocido que todavía tenía que ser identificado. Tenía una expresión de tristeza en su rostro, aunque también curiosidad, como si estuviese tratando de desentrañar el misterio o comprender a mejor a esa persona. Él esperaba no tener que tratar con Severus Snape durante la investigación; el mago le ponía los pelos de punta con una sola mirada.
—¿Es él? —preguntó Amelia, mirando a Harry de forma inquisitiva.
—Amelia, quiero que conozcas a Harry Potter; Harry, ésta es Amelia Susan Bones, la directora del Departamento para el Cumplimiento de la Ley Mágica —, dijo Minerva como presentación.
—Me alegro de conocerle finalmente, señor Potter —, dijo Amelia asintiendo con sequedad.
—¡¿POTTER?! —exclamó Fudge, balbuceando por la sorpresa, sus ojos una vez más clavados en el joven. Tenía que admitir que tenía un parecido superficial con su padre. No tenía el aspecto 'Potter' completo, sin embargo, el pelo corto y revuelto como un nido de pájaros, la complexión alta y musculosa, y los rasgos faciales que todos los Potter poseían. Por otra parte, James tampoco los había tenido; había sido larguirucho, pero eso era debido a que no había tenido oportunidad para hacerse mayor. Los ojos de Fudge se oscurecieron ligeramente ante esos pensamientos; no, James Potter había fallecido a la edad de veintiuno, un niño para los estándares mágicos de edad. Calculó mentalmente la edad de Harry –diecisiete; debería estar en su último año en Hogwarts, si no se equivocaba–.
Amelia observó la furiosa aunque indignada pose que Harry adoptó ante su pregunta de si 'era él'; ciertamente no le gustaba que le observasen. Ella no le culpaba por su forma de ser; había tratado con cosas peores durante su periodo como directora de la agencia de la ley. Normalmente actitudes como aquella le crispaban los nervios, pero Harry era una excepción. No comprendía por qué, tampoco; quizá era porque conocía su pasado y se daba cuenta de que podía tratarse de un mecanismo de defensa.
Amelia y Cornelius observaron a Harry asintiendo sin hacer ningún comentario.
—¿Qué encontraron? —preguntó Severus sin rodeos, sus ojos negros mirándolas con astucia.
Cornelius se estremeció ligeramente; había algo decididamente intenso en Snape. Sólo sus ojos podían hacerte sentir de cinco centímetros de alto.
—Aquí —, dijo Minerva, tendiéndole los resultados de las pruebas.
—¿Son cien por cien precisos? —preguntó el Profesor de Pociones. Sus ojos se dilataron al verlos.
—Sí, los resultados son incuestionablemente precisos; el detector fue comprobado dos veces —, dijo Amelia, su tono breve y formal.
—Harry, ¿usaste magia justo antes de ser capturado por Dumbledore? —le preguntó Severus, mirándole con seriedad para transmitirle a su sumiso la espantosa naturaleza de la conversación, y para advertirle de algo de lo que ni Amelia ni Cornelius tenían conocimiento.
—¿Capturado? —balbuceó Cornelius una vez más; ¡Harry Potter no era alguna clase de criminal! Capturado, efectivamente. Entonces se dio cuenta por la forma en la que Severus Snape había hecho la pregunta de que Harry sabía acerca de la magia. Frunció el ceño meditando, mirándoles a ambos con atención, percibiendo que pasaba algo entre ellos. La forma en la que Snape contemplaba a Harry le decía a Fudge que era como si estuviesen teniendo una conversación silenciosa. Sólo podías hacer eso con alguien a quien tuvieses trato desde hacía mucho tiempo, alguien a quien conocieses muy bien, especialmente lo que pensaba.
Amelia simplemente suspiró, ella básicamente había tenido la misma reacción que el Ministro, así que no podía decir nada mientras observaba cómo transcurría todo con ojo crítico. Se preguntó cual sería su siguiente reacción. Manteniendo un ojo puesto en Harry, vigiló al Ministro… deseando obtener cierto placer morboso de ello. Era extremadamente impropio de ella, pero se había llevado demasiadas sorpresas esa noche así que deseaba algo de diversión.
¿Estaba mal querer reírse un poco con aquello? Probablemente.
—Sí —. dijo Harry tragando saliva, con aspecto decididamente nervioso por alguna razón—. Acababa de salir de la tienda cuando les vi y eché a correr.
Amelia se estremeció, con un gesto que sólo podía ser descrito como confuso horror apareciendo en su rostro momentáneamente.
—¿Él huyó? —Cornelius se quedó boquiabierto en total y absoluto desconcierto. ¿Por qué? ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? Meneó la cabeza como si esperase ordenarlo todo de nuevo para que tuviese sentido. ¿Por qué huiría Harry de su propia gente? Su corazón le dio un vuelco ante la perspectiva de que Harry no confiase en los magos; ¿era debido al abuso? ¿Había arruinado Dumbledore la vida del muchacho y su porvenir mágico? El pensamiento le dejó helado.
—Lo intentó —, dijo Amelia, hablando por primera vez desde que habían entrado en el pensadero, y comenzaron a ver los recuerdos otra vez, los cuales habían saltado después de otra pausa.
—Lo siento, Dumbledore ha sido ingresado en el ala del Hospital; dejó de tomar sus pociones calmantes y está pasando el síndrome de abstinencia —, dijo Minerva, poniendo un gesto de fastidio.
—¿Abstinencia? —preguntó Fudge; no podía esperar a salir del pensadero y discutir todo adecuadamente.
Los labios de Harry se apretaron sofocando su regocijo.
—No le gusta Dumbledore —, dijo Cornelius, sintiendo crecer un leve respeto por Harry Potter. No había mucha gente a la que no le gustase el viejo mago que no estuviese en el lado oscuro.
—Considerando que no encontró a Harry cuando tenía once años, no tenía su firma mágica; obviamente se coló en la sala de los registros de alguna forma —, dijo Severus, su disgusto siendo evidente para todos por su tono de voz.
—Sí, Minerva ya había sospechado eso —, dijo Amelia sombríamente.
—¿Qué es la sala de los registros? —preguntó Harry, frunciendo el ceño ante las reacciones que su pregunta obtuvo de los otros tres.
Los ojos de Cornelius se opacaron; había tanto que Harry no sabía, y que debería. Si hubiese sido criado por sus padres estaría enterado de todo lo que hacía falta.
—La sala de registros confidenciales es donde se guardan los registros de cada mago y bruja, incluso mucho después de que hayan dejado este mundo. Esos registros se mantienen bajo estrecho control y vigilancia, ya que contienen la sangre de un mago así como una copia maestra de su firma mágica. Esos son los dos objetos más sagrados en nuestro mundo, ya que la sangre es una herramienta que puede ser utilizada para el mal, así como para la magia. Sólo por un propósito puede uno ver la sala, ya no digamos usar los registros, y es si alguien ha cometido traición sin ningún tipo de duda. Tal cosa no ha ocurrido desde los tiempos de Grindewald, hace unas cuantas generaciones. No se usa en absoluto con ligereza; el hecho de que él haya logrado entrar… pone a todos los magos y brujas en peligro. Debemos descubrir cómo lo consiguió. Si Albus Dumbledore puede hacerlo, entonces el Señor Oscuro Lord Voldemort puede ser capaz de repetir la hazaña; eso causaría una devastación y destrucción masivas a lo largo y ancho de la comunidad mágica británica —, le dijo Amelia Bones.
—¿Quieres decir que es como su historial médico? —dijo Harry, tratando de almacenar la información de una manera aceptable y comprensible.
—Eso es exactamente lo que es —, dijo Minerva, asintiendo en dirección a Harry para hacerle saber que había acertado.
—Ciertamente —, confirmó Severus con seriedad.
—¿Tenéis suficiente para arrestarle? —preguntó Harry.
—Realmente no le gusta nada —, dijo Cornelius con una sonrisa sarcástica.
—Más que suficiente, pero debemos construir un caso sólido si vamos a enfrentarnos a Albus Dumbledore. No podemos dejar espacio para el error o la duda, porque lo usará en su propio beneficio —, dijo Madam Bones, con tono profesional—. Dices que Dumbledore te atrapó; ¿puedes contarme a qué te refieres con eso?
—Creo que se explica por sí solo, ¿no cree? —dijo Harry sarcásticamente, mirándola con incredulidad; y él que había creído que ella era inteligente.
Cornelius no pudo evitar sonreír; el joven definitivamente conocía a Snape desde mucho antes de aquella reunión. Hablaba como el hombre, era algo muy obvio, y se preguntó si los otros se percataban de lo que aquello significaba. Apenas podía esperar para conocer al muchacho; lo mejor era que podría ser él mismo con Harry.
—Me obligó a venir a Hogwarts —, dijo Harry—. Eché a correr en el momento en que les vi, pero por desgracia simplemente se Aparecieron frente a mí. Black me agarró, después me soltó cuando grité que un pervertido estaba intentando secuestrarme.
Severus tosió unas cuantas veces, apartando la mirada de todos ellos.
Cornelius se quedó boquiabierto; ¿el hombre acababa de sonreír? ¿Casi soltar una carcajada en realidad? Wow, estaba atónito; el mundo realmente se había vuelto loco.
—¿Qué ocurrió entonces? —preguntó Amelia.
—¿Por qué no nos sentamos y tomamos un café y algo de comer? —sugirió Minerva.
—¿Qué hay de nuestra cena? —preguntó Harry.
El Ministro movió su cabeza en señal de asentimiento como si aquel comentario acabase de confirmar todo lo que pensaba acerca de Harry Potter.
—Grace la terminará y la mantendrá bajo un conjuro calentador hasta que regresemos —, dijo Severus. Sentándose en una de las sillas se sirvió una taza de café, haciendo lo mismo para Harry.
Amelia les contempló con curiosidad mientras tomaba asiento.
—Le pegué una patada en las pelot... —dijo Harry, deteniéndose cuando Severus se aclaró la garganta sonoramente—. En su entrepierna. Después corrí de nuevo, pero uno de ellos me dejó inconsciente. Me desperté en una habitación aquí en Hogwarts.
—¿Le pegaste una patada a Sirius Black? —preguntó Amelia Bones.
—Sí —, dijo Harry sin rodeos.
—Lo siento. Continúa, por favor —, dijo Amelia.
—Les engañé haciéndoles creer que estaba transigiendo con lo que ellos deseaban; querían mostrarme Hogwarts. Tan pronto como salí por la puerta la cerré en sus narices. Me llevó una eternidad salir de las mazmorras, pero finalmente lo logré. Pero mientras me acercaba a las puertas, ellos las cerraron —, dijo Harry, su rostro arrugado por el disgusto.
—¿Las puertas? —preguntó Amelia.
—Las puertas del vestíbulo —, explicó con calma Severus, tomando un sorbo de café.
Cornelius contempló con melancolía el caliente brebaje; ciertamente sentía la necesidad de una taza ahora. Cuanto más datos conocía, más se daba cuenta de por qué ella no se lo había contado sin más, y había preferido en cambio mostrárselo.
—Ellos sabían que tú no deseabas estar aquí —, declaró Amelia, conmocionada.
—Obviamente —, bufó Harry con irritación.
—¿Cuántos eran? ¿Sólo ellos dos? —preguntó Amelia.
—Tres —, la corrigió Harry—. Black, Lupin y Dumbledore.
—Sirius Black, Remus Lupin —, aclaró Minerva.
—¿Mantuvo a su propio ahijado encerrado en Hogwarts… después de lo que él pasó en Azkaban? —preguntó Fudge, más que atónito por sus acciones.
—Lo hizo —, confirmó Amelia en voz baja, centrando su atención en todo lo que estaba ocurriendo.
—¿Deseas presentar cargos contra todos ellos? —preguntó Amelia.
Harry miró a Minerva y a Severus, bloqueado respecto a qué hacer a continuación—. No, sólo contra Dumbledore. Los otros son sólo ovejas, no pueden pensar por sí mismos —, dijo Harry desdeñosamente.
Cornelius estudió a Harry. Verle mirar a Severus en busca de una respuesta le confirmó lo que sospechaba acerca del collar. Sabía que si intentaba siquiera mirar mal a Snape, bien… Harry Potter defendería al hombre con su vida. El chico era un sumiso, uno muy dispuesto a juzgar por la forma en la que miraba al Profesor de Pociones. No había ni un atisbo de miedo en aquellos ojos verdes. Era reconfortante saber que era feliz ahora, y que se le trataba bien. Separarles, incluso si Harry había sido manipulado para aceptar aquella situación, no le haría ningún bien al muchacho. Nadie podía hacer que otra persona abandonase una convicción personal, si ponían fuerza suficiente en ella. ¡Ovejas! Estaba casi indignado cuando se dio cuenta de lo que el chico había dicho. Sin embargo sabía de qué estaba hablando, él había pensado sobre ello muy a menudo.
—Ya veo —, dijo Amelia, evidentemente desconcertada por su comentario.
—¿Te pusieron la mano encima en alguna ocasión? —preguntó Amelia—. ¿O te hirieron con magia?
—Dumbledore persiguió a Harry fuera del colegio, lo que provocó que cayese por las escaleras de la entrada principal; no sólo eso sino que le dijo a un elfo doméstico que le detuviese usando todos los medios que fuesen necesarios. Lo cual tuvo como resultado que fuese lanzado tres metros por el aire de una explosión; Dumbledore ni siquiera comprobó si estaba bien, simplemente le volvió a meter en la habitación en la que había estado encerrado. Cuando llegué a él, toda su espalda y sus piernas estaban severamente magulladas. También colocó un conjuro de localización en él, imbuido en un brazalete de oro que le puso, asegurándose de que no pudiese huir aunque lo intentase —, dijo Severus a modo de corta y seca explicación.
—Por las pelotas de Merlín, ¿en qué estaba pensando ese hombre? —explotó, incapaz de guardarse sus pensamientos para sí mismo durante más tiempo.
—También deberíamos decirte que Albus Dumbledore dejó a Harry con los Dursley, la última familia que le quedaba —, dijo Minerva.
—Sí, estoy al tanto de eso —, dijo Amelia.
—Permitió que abusasen de Harry; tenía cartas de Arabella Figg sobre el tema y no hizo nada. Nosotros sólo lo descubrimos cuando Severus sacó a Harry de la habitación donde Dumbledore le había encerrado —, dijo Minerva con tristeza.
Cornelius sólo pudo mirar boquiabierto, incapaz de sentir nada salvo horrorizada incredulidad.
Amelia suspiró antes de añadir— ¿Hay alguna cosa más que queráis contarme? —preguntó con obvia irritación.
—Tenemos todas las pruebas que necesites para demostrar que lo sabía —, le dijo Minerva—. Te daré copias, ya que prefiero que los originales estén en algún lugar seguro.
—Por supuesto —, dijo Amelia; no era una petición fuera de lo común—. Debo informar de esto al Ministro esta noche.
—Haznos saber cómo va —, dijo Severus poniéndose en pie, dejando su vaso vacío en la mesa de Minerva. Harry se levantó inmediatamente también.
—Lo haré —, dijo Amelia, asintiendo de forma comprensiva, incorporándose también—. Fue agradable conoceros, sólo desearía que las circunstancias fuesen más agradables.
—Ciertamente —, dijo Severus con una sonrisa, la ironía escrita en sus facciones.
—Éste va a ser un proceso difícil —, dijo Cornelius, mirando a la directora del departamento para el cumplimiento de la ley mágica. Ambos tenían tazas de café con un extra de algo más fuerte en ellas –los dos lo necesitaban de verdad–. El Ministro no tenía por costumbre beber en el trabajo, pero en ocasiones resultaba demasiado para él y tomaba un traguito.
—Lo es —, asintió Amelia, frotándose los ojos y pellizcándose la nariz con cansancio. De hecho resultaba difícil de creer que sólo fuesen las seis y cuarenta y cinco de la tarde; se sentía como si fuese pasada la medianoche. Su cuerpo estaba necesitado de sueño; eso o necesitaba dormir a causa de la repentina afluencia de información que había recibido. Nunca había sido demasiado amistosa con Dumbledore, pero estúpidamente había creído que era un mago bueno que se esforzaba por hacer del mundo mágico un lugar mejor. Ella normalmente era buena juzgando el carácter de las personas, así que este golpe era devastador.
—Necesitamos mantener esto entre nosotros; nadie más puede saberlo ¿entendido? —ordenó Cornelius, haciendo aparición el jefe que llevaba dentro.
—Lo comprendo —, dijo Amelia. Cuanta más gente lo supiese, más probable sería que llegase oídos de Dumbledore, y no era algo a lo que pudiesen arriesgarse.
—Bien; si necesitas ayuda, haré todo lo que pueda por colaborar —, dijo Cornelius, y pronunció con sinceridad cada palabra, no como mera formalidad.
—¿Qué hay de Rufus Scrimegeour? —preguntó Amelia, recordando al mago.
—Déjamelo a mí —, dijo Cornelius de forma sombría—. Podré fecha para la audiencia del tribunal, dejando los nombres en blanco. Despertará la curiosidad del Wizengamot, pero es mejor eso a que se enteren antes de tiempo.
—Debería hacerlo yo, provocará menos preguntas si soy yo la que lo lleva a cabo en vez de usted —, dijo Amelia, poniendo en cuestión su idea.
—Muy bien —, concedió Cornelius asintiendo levemente, sabiendo que la mujer sin duda tenía razón. No solía poner las fechas para las audiencias, aquella era, después de todo, la ocupación de Amelia, aunque las había cambiado algunas veces, o en ocasiones, había rechazado alguna.
—Cuanto antes nos ocupemos de esto, mejor —, dijo Amelia con tristeza.
—Ciertamente —, dijo Cornelius—. Vete a casa, acuéstate pronto; vas a necesitarlo.
—Lo haré; hay algunas cosas que debo recoger de mi despacho —, dijo Amelia, poniéndose en pie al reconocer la frase como una despedida.
Continuará...
¡Hola!
¿Qué tal estáis? ¿Qué os ha parecido el capítulo de esta semana? Esperamos que os gustase, las cosas ya empiezan a moverse ¡estoy deseando ver la cara de Dumbledore cuando se reúna el Wizengamot para juzgarle a él XD.
¡Muchísimas gracias a: CuquiLuna, lucerito35, valethsnape, Kerr22, Kira Itsuki, Christine C, sachacaro, The box pandora, AngieSCullen, Lunatica Drake Dark, Ryogana, liz .hattu79, mellitacullen y Sara por vuestros comentarios!
¡Nos vemos en unos días!
¡Cuidaros mucho!
Traducciones. A ver qué sale.
