Tristeza en ámbar

Otra vez me hallo preso en este maldito castillo.

Echo en falta las misiones, aunque en ellas se derramen sangre y súplicas por una vida que ningún color posee. Pero prefiero mil veces el campo de batalla, los lienzos de pasto fresco donde las miradas enrojecidas por el acecho de la muerte me ofrecen iras y odios. Sin dudar prefiero éso que la tensa calma que se respira entre unas paredes tan grises como gris siento mi alma.

Únicamente sus miradas iluminan la lobreguez de estos fríos muros de piedra.

Creen que no las veo. Que no las percibo ni las aprecio.

Se engañan.

Quizás lo hagan adrede...o tal vez inconsicentemente. Pero yo las veo, las siento y me duelen cuando en mi espalda se clavan envenedadas por una devoción que no sé si merezco.

No soy un hombre alegre. Tan sólo soy un hombre abnegado a su deber.

Defender a mi Dios Hades es la misión que se ha adherido a mi vida, y a ella me debo.

En cuerpo y alma.

Sé que respetan mi destino. Lo que ignoro es hasta qué límite comprenden mi dedicación.

Sus miradas de furtiva admiración me halagan. Incluso me atrevo a confesar, en el más estricto silencio, que a veces las necesito. Pero cuanto más las deseo, más me hieren y me entristecen.

A él, mi fiel escudero, no puedo amarle como sé que ansía, aunque jamás me lo haya tan siquiera insinuado. Pero sé que me ama...Al fin y al cabo, en algún recuerdo muy lejano, también fui humano.

El brillo que destilan sus ojos al mirarme no puede mentir. Tampoco el sonrojo de sus mejillas cuando agacha el rostro y me esquiva la mirada. Pero no puedo amarle...

Soy soldado. Quizás en algún momento mis eternos días se quiebren por la mitad, mi sangre riegue terreno muerto y mi alma divague hasta alcanzar otro destino menos frío y más fugaz.

Soy guerreo, y no puedo permitirme el humano lujo de amar.

Aunque muy a mi pesar lo hago...y no quiero ni imaginar desde cuándo.

¿Desde que era una niña? Es posible que sí...que ya entonces cayera embrujado por ese triste violeta que siempre ha titilado en sus ojos asustados.

¿O cuando la niña murió para dejar paso a la mujer que hoy es? Quizás ahí me rendí por completo. Quizás ahí no supe ser tan fuerte como creía.

Quizás ese día, cuando descubrí cuánto dolor le costaba erigirse comandante de 108 almas condenadas, fue cuando mi cobardía me venció.

La amo, pero ella no debe saberlo.

Algún día no muy lejano sé que voy a morir...

...y no voy a permitir que ella se rinda, y que lo haga junto a mí.