Título: Willing

Autor: DebsTheSlytherinSnapefan

Traducción: Traducciones. A ver qué sale

Enlace a la historia original: s/9508339/1/Willing

Resumen:DomSeverus/SubHarry. Harry lleva desaparecido desde los nueve años, el mundo mágico ha estado buscándole durante siete años en vano. Tiene diecisiete cuando le encuentran, pero les aguarda una sorpresa si piensan que va a hacer lo que ellos quieren. Resulta que Harry es un metamorfomago y conoce a Severus desde hace años. Las maquinaciones de Dumbledore son descubiertas y una conmoción les sacude a todos.

Desde aquí, el equipo de Traducciones. A ver qué sale. Nos gustaría agradecer a DebsTheSlytherinSnapefan el habernos permitido traducir esta historia.

¡Muchas gracias! ^_^


Capítulo 44

Reuniones



Minerva acababa de corregir el último trabajo de los alumnos de séptimo año cuando una llamada sonó en la puerta de su aula. Había estado esperando durante una hora a que Hermione Granger y Draco Malfoy apareciesen. Sin duda habían estado en una clase; Granger habría aparecido enseguida si no fuese ese el caso. Colocando los trabajos corregidos en su escritorio, decidió que realmente debería trasladar todo al despacho del Director. O mejor dicho; a su despacho de Directora; le estaba llevando algo de tiempo asimilar el cambio de estatus, no cabía duda. No sólo eso, iba a tener que contratar un nuevo profesor de Transformaciones para que se encargase de su puesto, y estaban sus tareas como Jefa de la casa Gryffindor. Filius o Sprout tomarían su lugar como Subdirectores, si estaban receptivos ante la idea, por supuesto.

—Pasen —, dijo Minerva sombríamente, dejando su pluma en el bote con el resto. Se sentó más recta esperando a que entrasen.

—¿Ha solicitado verme, Profesora McGonagall? —preguntó Hermione mientras pasaba, con Draco Malfoy tras ella, fulminándola con la mirada al entrar a su vez en la habitación.

—Lo he hecho, pasen y siéntense —, dijo Minerva, observando a los dos alumnos de séptimo año, preguntándose si serían capaces de asumir las tareas que tenían por delante.

—¿Hay algún problema? —preguntó Draco, frunciendo el ceño—. ¿Va todo bien con el Profesor Snape? —añadió, preocupado por su propio Jefe de Casa y padrino. No ocurría todos los días que le llamasen misteriosamente al despacho de la Profesora McGonagall; ella estaba, después de todo, a cargo de los Gryffindor, no de los Slytherin.

—No, señor Malfoy. Todo está bien, o tan bien como puede ir en estos momentos —, le dijo Minerva al muchacho rubio—. Tengo algo que pedirles a ambos; no es algo a lo que deban acceder a la ligera. No duden en decir que no, si sienten que la tarea es demasiado monumental para ustedes. Especialmente teniendo sus ÉXTASIS este año; hay otros estudiantes a los que puedo pedírselo.

—¿Qué tarea? —preguntó Hermione, sentándose más erguida, sus ojos marrones ansiosos por algo que hacer. Desde aquella reunión de la Orden se había sentido tan mal. El periódico no le había dicho ni la mitad de lo que le había ocurrido a Harry Potter. Apenas podía creer que su tío le hubiese apuñalado; la familia se quería entre ellos. Ella no tenía tías o tíos, pero imaginaba que habrían sido como sus padres. Ginny se había ido directamente a la cama, completamente traumatizada; se había negado a ir al hospital cuando ella se lo había sugerido.

—Necesito que alguien se encargue temporalmente de las clases de Pociones y Transformaciones, sólo las de primer y quizá segundo curso. Serán pagadas, y pueden usarlas como experiencia laboral; estaré muy feliz de darles referencias para cualquier carrera que decidan emprender —, dijo Minerva, exponiéndoles la situación.

—¿Pociones? —preguntó Draco; ¿por qué su padrino necesitaba a alguien que se encargase de sus clases? Tenía unas ganas tremendas de preguntarlo, pero era demasiado sangre limpia, por así decirlo, demasiado bien educado, para hacerlo.

—¿Por qué necesita a alguien que se haga cargo de las clases? —preguntó Hermione directamente. ¿Tenía algo que ver con la Orden? ¿El juicio de Dumbledore? Pero si ese era el caso, ¿por qué sólo dos clases?

Draco lanzó una mirada de incredulidad a Granger por su flagrante falta de modales; no debería estar haciendo preguntas como esas. Sus profesores eran profesores, no sus iguales, y no tenían por qué responder a interrogatorios como aquel. Le estaba hablando a McGonagall como si fuesen de igual posición; era como hablarle a Dumbledore como si fueses su mejor amigo.

Minerva apretó sus labios, evidentemente poco impresionada.

—¿Cuándo son las clases de Pociones de primero hasta tercer año? —preguntó Draco, sacando su horario de su maleta escolar diseñada por Gradrags.

—Ah —, dijo Minerva, revolviendo a través de su pila de papeles, buscando una copia del calendario del Profesor de Pociones—. Las de primer año son las dos primeras clases de los lunes.

—Puedo hacer esas —, dijo Draco; su horario estaba libre—. ¿Y las de segundo año?

—La tercera y cuarta clases de los miércoles —, le dijo Minerva.

—Tengo una clase a cuarta hora, pero es Herbología; puedo saltarme unas cuantas; no afectará a mis notas —, dijo Draco con seriedad—. Si la Profesora Sprout está dispuesta a darme un esquema general de la clase.

—Le informaré —, dijo Minerva, aliviada de que Draco estuviese dispuesto a ayudar cuando podía.

—¿El tercer año? —preguntó Draco entonces.

—¿Está usted seguro, señor Malfoy? —preguntó Minerva antes de mirar la programación.

—Sí, señora —, respondió Draco, garabateando en su cronograma.

—Las de tercer año son la quinta y sexta clase de los martes —, dijo Minerva, con aspecto algo dubitativo ahora.

—Asumo que la clase de séptimo curso de Pociones se cancela por el momento —dijo Draco, alzando la vista de su hoja.

—Ciertamente —, confirmó Minerva, sorprendida por la forma tan… madura en que estaba actuando Draco Malfoy. Parecía como si de verdad le hiciese ilusión la experiencia. Había crecido, y sin siquiera darse cuenta, se sintió orgullosa. Siempre era agradable ver a los estudiantes crecer para convertirse en adultos maduros. No se podía decir lo mismo de Ronald Weasley aún, quien sólo había tenido tres clases este año. Ninguna de las cuales le proporcionaría un trabajo decente; el resto de los Weasleys habían hecho al menos seis clases de T.I.M.O.s, y las habían superado, incluso los gemelos. Estaba sorprendida de que Molly no se hubiese puesto hecha una furia por ello, siendo totalmente honesta.

Draco asintió, presionando con su varita sobre el cronograma, y 'tiempo de estudio' apareció sobre los espacios dedicados a las clases de pociones. Estaban destacados en amarillo para poder saber que no era algo permanente. Adoraba Pociones, así que no era ningún problema para él hacerse cargo de las clases de cursos inferiores. Había estado aprendiendo sobre la materia de su padrino desde que era un bebé. No es que el mago oscuro fuese a verle cada día; la mayor parte de las veces veía a Severus sólo algunos días al año, en su cumpleaños, Navidad, y por extraño que pareciese, en Halloween. Eso último no ocurría ahora que él estaba en Hogwarts; sin embargo todavía recibía una tarjeta de felicitación y un regalo en su cumpleaños.

—¿Tiene el Profesor Snape una programación de clases para mí? —preguntó Draco, guardando su tabla con satisfacción.

—Estoy segura de que tendrá una —, le aseguró Minerva.

—¿Eso es todo, Profesora? Me gustaría estudiar algo ya que el tiempo de clases ha sido reducido —, dijo Draco. Cogería algunos libros de la biblioteca y los leería en sus habitaciones. Las cuales, por cierto, eran excelentes, aunque no eran nada desorbitado como sus dependencias en la Mansión Malfoy; los recuerdos de su hogar habían sido mancillados por la presencia del Señor Oscuro.

—Lo es; gracias, señor Malfoy —, dijo Minerva, casi sonriendo al joven.

—No hay problema —, dijo Draco profesionalmente antes de salir de la estancia y dirigirse hacia la biblioteca.

—¿Tiene esto algo que ver con la Orden? —preguntó Hermione en cuanto la puerta se hubo cerrado y se quedó a solas con la directora.

—Señorita Granger, al contrario de la creencia popular, no necesita saberlo todo. No estoy de acuerdo con que los estudiantes en Hogwarts tengan permitido entrar en la Orden, para empezar… —comenzó Minerva.

—¿Me está echando? —la interrumpió Hermione, quedándose boquiabierta de la sorpresa.

—Puede que la Orden no exista por mucho más tiempo; todo depende de cómo vayan las cosas. Desafortunadamente, ya que es usted mayor de edad, no puedo decirle qué hacer, en realidad. La verdad sea dicha, es usted extremadamente inteligente, y puede que sea uno de los mejores miembros de la Orden que tenemos… si no insistiese en saberlo todo. Ahora, tengo mucho que hacer y no demasiado tiempo para lograrlo; ¿puede ocuparse de las clases de Transformaciones o debo pedirle a otro que lo haga? —preguntó Minerva con total honestidad. La chica le recordaba demasiado a Dumbledore; su necesidad de conocerlo todo era realmente perturbadora.

—Puedo hacerlo —, dijo Hermione; la oportunidad de enseñar era demasiado grande como para dejarla pasar. Además ya había leído todos sus libros de séptimo curso tres veces. Aunque que los estudiantes fuesen a estar de acuerdo con ella… era algo totalmente diferente.

—Gracias —, dijo Minerva, demostrando su exasperación. Honestamente, debería haber pensado en encargárselo a otro alumno.

—¿Cuándo son las clases de primero? —preguntó Hermione, siguiendo el ejemplo de Draco y anotándolo. Sacando su diario, cogió el bolígrafo muggle que venía con él y se dispuso a escribir.

—Mañana, segunda y tercera horas —, dijo Minerva, sin tener que mirar su horario.

—De acuerdo, ¿y las de segundo? —preguntó Hermione, garabateando en su diario y borrando sus sesiones de 'estudio'.

—La primera, mañana por la mañana –a primera hora, y el jueves, a cuarta hora–, añadió Minerva—. Las de tercer año, si puede hacerlas, son el miércoles, a tercera y cuarta horas —. Cogiendo un trozo de pergamino de la bandeja, comenzó a escribir lo que había planeado para sus lecciones con los de tercer curso, ya que sólo había previsto que la estudiante-profesora se ocupase de las de primero y segundo.

—Está bien —, dijo Hermione, sintiéndose aliviada; ninguna de sus clases sería interrumpida.

—Gracias, señorita Granger —, dijo Minerva.

—No es ningún problema, Profesora McGonagall —, dijo Hermione inmediatamente; todo lo que le ayudase a encontrar trabajo después de salir del colegio estaba bien para ella.

—Aquí está mi programación para las clases —, dijo Minerva, tendiéndole tres páginas de pergamino.

—Gracias, Profesora —, respondió Hermione, ufana. Poniéndose en pie, las colocó en su carpeta, con la intención de subir a su habitación de Prefecta y practicar para su primera clase. La excitación recorría su cuerpo; finalmente iba a poder demostrar a la gente de qué estaba hecha. ¡La profesora confiaba lo bastante en ella como para haberle preguntado! Deslizando su bolsa sobre su hombro dejó el despacho. Sólo tenía una hora para practicar después de todo, ya que había una reunión de la Orden después de la cena.

Minerva suspiró aliviada cuando la muchacha finalmente se marchó, era una cosa menos de la que ocuparse. Ahora sólo tenía que hacer Flu a Cornelius Fudge, y después podría cenar algo antes de la reunión de la Orden. Hablando de lo cual, debería prepararla ahora antes de que se le olvidase de nuevo. Abriendo su cajón buscó el pequeño amuleto, una moneda de oro con un fénix en ella, con algunos números y letras. En cuanto la encontró la sacó, golpeándola con la varita y estableciendo la nueva hora de la reunión; supo que había tenido éxito lanzando el conjuro cuando la moneda se calentó sobre la palma de su mano. Colocándola en su bolsillo, se incorporó, llamando a uno de los elfos domésticos.

—¿Puedo ayudarla, Directora McGonagall? —preguntó Drip, contemplando a la mujer que estaba ahora a cargo de todos ellos, de hecho.

—Necesito todas mis posesiones empaquetadas y metidas en cajas antes de trasladarme al despacho de Directora, por favor. Hazlo cuando puedas sin interrumpir la cena —, le dijo Minerva a la criatura.

—¡Podemos hacerlo ahora, Directora McGonagall! —gorjeó Dirp inmediatamente; había cerca de cien elfos domésticos en las cocinas, y sólo treinta de ellos aproximadamente estaban cocinando. Todos los demás estaban limpiando y poniendo los utensilios de cocina y los objetos de regreso en sus lugares apropiados.

—Gracias —, dijo Minerva amablemente al elfo antes de ir en dirección a sus dependencias para usar la Red Flu.


—¡Cornelius Fudge, Ministro de Magia! —, exclamó Minerva mientras su rostro desaparecía dentro de las llamas.

—¿Puedo ayudarla? —dijo una dulce y azucarada voz, teñida de fingido interés.

—Me gustaría hablar con Cornelius Fudge —, dijo Minerva, con tono brusco.

—No está disponible ahora mismo, ¿quiere dejarle un mensaje? —preguntó Umbridge.

—Quizá no me ha oído; necesito hablar con Cornelius Fudge —, dijo Minerva con irritación.

—¡El Ministro de Magia es una persona muy ocupada! —dijo Umbridge, perdiendo su propia calma.

—Entonces vaya a buscarle —, dijo la Directora como si estuviese hablando con una niña de cinco años.

—¡No puede hablarme de esa forma! —chilló Umbridge, furiosa por la audacia de aquella mujer.

—¿Qué está pasando? —quiso saber Fudge, entrando en la habitación y fulminando con la mirada a su secretaria. ¿Por qué estaba ella en su despacho? ¿Cuántas veces tenía que decirle que permaneciese fuera de él? Ella tenía su escritorio fuera de esa habitación, y allí es donde debía quedarse.

—Esta mujer solicitó verle en persona, a pesar de que le dije que usted es un hombre extremadamente ocupado, dirigiendo el Ministerio como lo hace —, dijo Umbridge, de nuevo con su tono azucarado mientras miraba al Ministro con supuesta admiración.

—¿Por qué está usted en mi despacho, para empezar? —quiso saber Cornelius, poco impresionado. ¿Por qué era tan difícil lograr que alguien le escuchase, demonios? Oh, sí, ellos pensaban que él era un idiota. Suspiró internamente; la mujer estaba realmente crispando sus nervios.

—Estaba devolviendo mi formulario para ser su subsecretaria jefe —, dijo Umbridge con dulzura, señalando con su mano de uñas pintadas de rosa la única hoja que adornaba su escritorio. Lo que evitó mencionar fue que había 'extraviado' todos los impresos que habían sido enviados por otros candidatos, especialmente Madam Bones; Dolores sabía que no tenía ninguna oportunidad contra ella. Ella quería realmente el puesto, convertirse en subsecretaria jefe significaba que sólo tendría que responder ante Cornelius Fudge. El hombre era un idiota, y con la persuasión adecuada, podría tenerle haciendo lo que ella quisiese. Tenía tantas leyes que quería que se aprobasen, la mayoría relacionadas con esas sucias criaturas mestizas que tanto odiaba. También estaba harta de actuar como escriba durante los juicios; había tantas cosas que deseaba decir.

—Márchese —, le ordenó Cornelius, cerrando sus ojos. Casi admiraba su audacia; sin duda había destruido el resto de las solicitudes mientras estaba allí. Desafortunadamente no estaba de humor para juegos, al menos no estos días, de todas formas. Sin Dumbledore y Lucius tras él, tenía que labrarse su propio nombre, su propio camino, lo que significaba que tendría que poner al público de su lado por sí mismo.

—¿Le apetece un café, señor? Parece preocupado —preguntó Umbridge, inquieta.

—Creo que el Ministro le ha pedido que se vaya —, dijo Minerva desde el fuego. Estaba empezando a irritarse, y sus piernas no estaban hechas para largas comunicaciones a través de la Red Flu ahora.

—No estaba hablando con usted —, dijo Umbridge con aquella enfermiza voz infantil.

—No quiero café —, dijo Cornelius, de pie lejos de la puerta y haciéndole un gesto silencioso para que se fuese.

—Sí, señor —, dijo Umbridge, saliendo a regañadientes para tomar asiento fuera en su despacho. Una pequeña placa en su escritorio decía 'Dolores Umbridge Secretaria del Ministro de Magia'; la había creado ella misma. Intentó escuchar, pero no oyó nada; obviamente habían lanzado un conjuro silenciador. Gruñó con irritación; cuanto antes lograse aquel trabajo mejor. Había un rumor acerca de que Harry Potter había sido hallado; el hecho de que Hogwarts estuviese en contacto con Fudge sólo apuntaba al mocoso.

—¿Puedo ayudarte, Minerva? —preguntó Cornelius, sentándose con resignación.

—¿De veras, Cornelius? ¿Dolores Umbridge como tu subsecretaria? —preguntó Minerva, dejando clara su desaprobación. Podía recordarla, una tímida chica Slytherin con la voz más horrible imaginable. Sentía un odio patológico por cualquiera que no fuese puro, y les hacía la vida imposible—. Eso ciertamente no te hará ganar votos; ella es un verdadero elemento.

—No tiene el puesto todavía —, dijo Cornelius con cansancio, frotando sus ojos—. ¿En qué puedo ayudarte?

—Severus ha encontrado, teóricamente y muy probablemente, un antídoto para la poción; lo está preparando y pregunta si lo necesitas —, le dijo Minerva, sin perder el tiempo en nimiedades.

—Ah, ¿ya? —preguntó Cornelius, parpadeando con sorpresa. Parecía que había tomado la decisión acertada enviando a Percy Weasley a ver a Severus. El chico Weasley era, por ahora, su secretario junior; tanto Umbridge como Weasley luchaban por las tareas más insignificantes, intentando ganar su favor. Lo que era extraño, no le había visto desde su regreso de Hogwarts, y no estaba en su mesa.

—No es el Maestro de Pociones más joven en lograr el título por nada —, dijo Minerva, sus labios frunciéndose con orgullo.

—No, lo supongo. Haré que Weasley compruebe el Wizengamot en busca de cualquier manipulación en cuanto regrese. Si no está aquí en la próxima media hora, tendrá que esperar hasta que acabe con el próximo juicio —, dijo Cornelius, mirando a la hora en la pared; los días parecían arrastrarse últimamente.

—Tan sólo envía una lechuza a Severus si le necesitas —, dijo Minerva—. Es mejor que no vuelvas a mandar a Percy; dudo mucho que quiera esa tarea.

Cornelius la miró intentando reprimir su regocijo; por eso precisamente le había enviado en primer lugar. Además tenía una curiosidad morbosa por saber si Severus Snape había perdido su toque. Parecía que no lo había hecho, a pesar de tener un amante en su vida.

—Lo hiciste a propósito —, dijo Minerva, llegando a la conclusión correcta.

—Quizá —, respondió Cornelius de forma circunspecta, el político en él no quería admitir nada que pudiese ser usado contra él.

—Bien, si me disculpas, actualmente estoy haciendo la mudanza de aquí al despacho de Directora —, dijo Minerva.

—Por supuesto; te dejo con ello. Te veré mañana en el juicio —, le dijo Cornelius.

—Lo harás —, asintió Minerva antes de desaparecer de la red Flu.


Ginny dio un salto cuando sintió la moneda calentarse contra su cadera. Sentándose, se limpió las lágrimas de sus ojos mientras trataba de pescar el objeto y sacarlo de su bolsillo. Frotando su nariz, miró la moneda y encontró otra reunión de la Orden más tarde, ese mismo día. Se sentía tan asqueada por todo lo que había descubierto. Su pobre Harry, había pasado por tanto. Había descubierto que sus parientes le habían hecho daño; por eso había huido. A ella no le habían permitido leer el periódico o conocer la historia al completo, y su madre había impedido a cualquiera que hablase sobre ello cuando ella estaba cerca. Apuñalado… no podía evitar estremecerse ante la idea. Se habría asegurado de que él supiese de que ella estaba allí para él, para ayudarle a superar su infancia. Si alguien le comprendía era ella, después de lo que le había pasado con el diario… comenzaría por ser su amiga, antes de hacer ningún movimiento. Con suerte él permanecería en Hogwarts, y ella podría llegar a conocerle bien; incluso podrían llegar a comprometerse antes de que ella dejase el colegio. La señora Ginevra Potter… su madre había dicho que podría ocurrir, pero hasta ese momento había sido sólo un sueño lejano. Aún podía pasar. Harry había regresado al mundo mágico, aunque no de la forma en la que ella había esperado. No era exactamente abierto o amigable; su lucha contra Doge había sido brutal. Tenía todo el derecho de estar enfadado, sin embargo, ella lo sabía.

Suspirando con tristeza, cogió sus pañuelos de papel y limpió su cara con rapidez antes de hurgar en el baúl de su compañera de cuarto y coger su bolsa de maquillaje. Normalmente ella utilizaba el de Hermione ya que ella tenía algo de maquillaje pero rara vez lo usaba. De hecho sólo lo había usado una vez que ella recordase, durante el baile por el Torneo de los Tres Magos –el baile de Yule–. Cogiendo la mejor ropa que tenía salió corriendo hacia el baño y se dio una ducha apresurada. Secándose, se puso la ropa, sin estar impresionada por lo harapienta que parecía. Algo como aquello no le había preocupado desde primer año, cuando había tenido que usar las túnicas de segunda mano que su madre había comprado en la tienda. Nadie se había metido con ella por ello… bueno, salvo Draco Malfoy de vez en cuando; ¡ella no podía esperar a tener algo de dinero para emplear en ropa! Definitivamente iba a ser la primera cosa que hiciese cuando tuviese galeones para gastar.

Yendo al lavabo que tenía espejos, comenzó a rebuscar en la bolsa de maquillaje de su compañera. Intentó coger algunas cosas que fuesen bien con sus rasgos. La mayoría de las barras de labios eran rojas, sin embargo, algo que ella no deseaba usar, así que decidió descartar esa idea. Cuidadosamente se maquilló con lo que había elegido, tomándose su tiempo ya que todavía no estaba acostumbrada. Asintiendo satisfecha al final, secó su pelo mágicamente y lo cepilló, contenta por una vez de que fuese largo, liso y espeso. Todas las chicas tenían envidia de la longitud de su pelo; esa era otra cosa en la que Harry y ella se parecían: su pelo era largo. Era más largo que el de Bill, sin duda su madre estaba enfadada por ello. Ella no pensaba que el pelo así fuese apropiado en un hombre.

Ahora mismo, ella era lo bastante atractiva como para llamar la atención. Confiaba en que sus padres no armasen demasiado alboroto al verla; no quería que la avergonzasen frente a Harry. Casi deseaba coger la túnica de su compañera también, ya que la suya se estaba volviendo gris, en vez del negro que debía ser. Su estómago se quejó, haciéndole recordar la cena; todavía tenía tiempo antes de la reunión, así que eso era exactamente lo que iba a hacer. Corriendo de vuelta a su cuarto devolvió los objetos que había cogido, tiró la toalla sobre la cama, cogió su raída túnica y rápidamente se encaminó hacia el Gran Comedor.


—¿Te gustaría comer en el Gran Comedor? —preguntó Severus cuando vio a Harry regresar al mundo de los vivos. Él sólo había dormido tres horas; con suerte no le impediría dormir esa noche. Si lo hacía, bien… ciertamente habría algo que podrían hacer para… ayudar con eso, pensó Severus, sus ojos negros brillando perversamente. No le preocupaba que Harry le hiciese sentirse como un adolescente de nuevo. Le había dado que pensar al principio, pero ya no.

—¿En serio? —preguntó Harry con ilusión, su cabeza espiando desde debajo de las sábanas mientras miraba a Severus, el cual estaba en esos momentos abotonando otra túnica. Harry las odiaba con toda su alma, no porque pensase que parecían estúpidas… de acuerdo, lo parecían si las llevaba él, pero por todos los malditos botones que tenían. Llevaba una eternidad quitárselos a su Dominante; de alguna forma fastidiaba el ambiente durante varios minutos. Estaba tan acostumbrado a ver a Severus en ropa normal; eran todo lo que había usado cuando estaban en Londres. Se le cayó la baba al ver el fuerte, pálido y musculoso pecho del hombre; se dio cuenta de que estaba volviendo a salirle pelo –a su Dominante no le gustaba tener el pecho peludo–. Harry puso un gesto de fastidio cuando los botones se cerraron sobre él, no dejándole ver más—. ¿Has estado preparando pociones? —añadió olfateando la habitación. Ciertamente olía como si hubiese sido así; ¿qué se había perdido?

—Sí, y sí —, dijo Severus con una media sonrisa, terminando con los botones, y poniéndose después sus botas.
—Yo me encargo —, dijo Severus cuando otra llamada sonó en la puerta. Deslizando su pie en la segunda bota, se encaminó a la entrada, preguntándose si era el Ministerio de nuevo—. ¿Sí?—dijo Severus con frialdad, sin reconocer a la persona de pie frente a él. A juzgar por el hecho de que no tenía puesto un uniforme, no era una estudiante.

—Hola, señor. Soy la ayudante de Madam Malkin; estoy aquí para traerle sus cosas. Deseamos disculparnos por el retraso; algunos materiales que necesitábamos llegaron más tarde de lo previsto —, le dijo, entregándole un paquete extremadamente grande, el cual por suerte había sido hecho manejable con un conjuro de ligereza de pluma. Ella había comprado dos pociones calmantes en el boticario antes de Aparecerse allí.

—Gracias —, dijo Severus, cogiendo el paquete y entregándole un galeón por llevárselo. Después cerró la puerta sin decir nada más.
—Tu ropa ha llegado —, dijo el hombre, dejando el paquete envuelto en marrón sobre la cama.

—¡Genial! —exclamó Harry mientras se incorporaba, incapaz de contenerse y desgarrar el paquete con impaciencia. Siempre se entusiasmaba con las cosas nuevas, aunque normalmente las robaba; había algo incluso más excitante en saber que se había pagado por ellas, era raro pero cierto. Encontró más paquetes marrones de papel en cuanto abrió el grande, volviéndolo todo incluso más divertido. Cogió uno y lo rompió para encontrar sus botas de escamas de dragón. Eran impresionantes, mucho mejores de lo que aparentaban en el catálogo. Definitivamente iba a ponérselas hoy. Se sentían escamosas y recias; le durarían un largo tiempo. Abrió los otros paquetes, hasta que la cama estuvo cubierta con los envoltorios, y su nueva ropa doblada y apilada a su alrededor.

—Quítalo todo de ahí —, le dijo Severus y automáticamente comenzó a hacer desvanecer el papel marrón.

—Sí, Señor —respondió Harry automáticamente. Poniéndose en pie, dejó la ropa que quería llevar fuera sobre la cama antes de colgar el resto. Ya había espacio disponible para todas sus cosas, tanto en el armario como en tres de los cajones. Severus no tenía mucha ropa del mundo mágico, se dio cuenta Harry; definitivamente tenía más ropa muggle. Se aseguró de colocarlo todo de forma limpia y pulcra; odiaba que las cosas estuviesen desordenadas y por suerte su Dominante era bastante parecido a él en eso—. ¿Cómo es comer en el Gran Comedor? —preguntó Harry mientras cerraba la puerta del armario. Ya tenía un nudo en el estómago; no estaba acostumbrado a estar junto a tanta gente desconocida.

—Estarán mirándote todo el rato —, le advirtió Severus con sinceridad—. No ocurre todos los días que tengamos invitados en Hogwarts. Si prefieres que Minerva no anuncie quién eres, está bien.

—Lo prefiero —, admitió Harry. Al menos hasta que consiguiese echarles una buena mirada y calibrarles; ninguno de ellos le comprendería sin embargo. Probablemente no le gustarían muchos de ellos, de acuerdo con lo que había dicho Severus, la mayoría eran mocosos malcriados. Por supuesto, Harry había tenido la impresión de que trabajaba en un colegio normal, enseñando química, por amor de dios. Sabía que si se metían con él querría matarles, o al menos dejarles inconscientes de un puñetazo, pero aquella no era una conducta aceptable. Su Dominante lo había dejado sobradamente claro, una y otra vez. Sin duda le esperaba recibir otra charla antes de que saliesen.

—Entonces así se hará —, dijo Severus sin más.

Y por eso era por lo que Harry adoraba ser un sumiso.

—Antes de irnos hay algunas reglas —, comenzó Severus, mirando a Harry fijamente.

—Lo sé: no pelearse a puñetazos, no insultar —dijo Harry solemnemente. Seguiría aquellas normas; no quería decepcionar a su Dominante con su comportamiento. No era fácil, sin embargo; cuando alguien le sacaba de sus casillas, su primer instinto era luchar o huir, y huir no era una opción… al menos no lo había sido en la calles.

—Y no usar magia —, dijo Severus.

—¿Qué? —preguntó Harry, mirándole estupefacto; no podía estar de acuerdo con eso. Por supuesto, no tenía problemas controlando su magia, pero era incluso más espectacular ahora. El hecho de que hubiese sido capaz de lanzar a Black a través de la habitación con sólo desearlo era increíble.

—Déjame que lo exprese de otra manera: no uses tu magia para enviar a nadie volando a través de la habitación —, le dijo Severus a su sumiso con una sonrisa irónica.

—¿Eso sólo en el Gran Comedor, verdad? —preguntó Harry. Sería mejor que fuese así, porque no era justo. Sus ojos verdes brillaron con confuso enfado. La necesidad de decir algo más casi le abrumaba, pero logró mantenerse callado.

—Por supuesto; jamás te negaría el uso de tu magia, Harry. Acabas de comenzar a usarla, y hasta que aprendas cómo utilizarla adecuadamente, no puedes controlar el poder tras ella. Debes comprender las consecuencias de usarla como hiciste anteriormente. Puedes lanzar a alguien contra un muro y romper su columna vertebral, o pueden chocar contra la pared con tanta fuerza que podrías matarlos. No estoy haciendo esto con maldad o como castigo por lo que le hiciste a Black. Ni siquiera lo hago para proteger a los estudiantes; lo estoy haciendo para protegerte a ti —, dijo Severus mientras acunaba la barbilla de Harry en su mano, hablándole con franqueza y acariciando su rostro con su pulgar. Todavía estaba sorprendido de que este jovencito le quisiese a él, de entre todas las personas.

El alivio fluyó a través de Harry. Cerrando sus ojos, se inclinó hacia la caricia disfrutándola. Su magia estaba provocando que saltasen chispas entre ambos. Permitió que su Dominante le condujese entre sus brazos. Harry apoyó su cabeza contra el pecho del hombre; el olor de las pociones se adhería a la ropa limpia incluso después de haber sido lavada. No había pensado en que su magia hiciese tanto daño a alguien, pero tenía sentido para él. Realmente tenía que dejar de dudar de su Dominante; no quería perderle por sus constantes inseguridades.

—¿Listo para que nos vayamos?—preguntó Severus después de estar allí quietos durante unos minutos. Sabía que Harry podría quedarse allí durante horas, deleitándose con el contacto. Incluso después de llevar dos años juntos, el chico todavía estaba extremadamente necesitado… bueno, no dos años realmente, ya que sólo habían pasado los veranos juntos. El resto del año Harry había estado solo; bien, aquel no sería el caso este año—. Creo que quizá durante las vacaciones de Navidad deberíamos irnos de vacaciones por nuestra cuenta. ¿Qué te parece?

—¿A algún sitio cálido? —preguntó Harry con su corazón batiendo en su pecho. Él nunca había ido de vacaciones antes, y sonaba tan bien.

—Por supuesto —, dijo Severus esbozando una sonrisa.

—Me encantaría, Señor —, le dijo Harry.

—Bien —, dijo Severus—. Ahora vamos, de otra forma llegaremos tarde, y como sin duda habrás descubierto, yo nunca me retraso.


Minerva casi dejó caer su copa cuando vio a Harry entrar en el Gran Comedor a través de la entrada de profesores, detrás de Severus. No sabía por qué estaba sorprendida, pero lo estaba, mucho de hecho. Sus ojos fueron automáticamente a donde Hagrid estaba sentado. Quizá sería mejor para todos que se desplazase un sitio más allá, para que Severus y Harry pudiesen sentarse en el lado contrario.

—¿Hagrid? ¿Podrías sentarte junto Madam Pince y permitir al invitado de Severus sentarse junto a él? —le preguntó Minerva, diciéndolo en voz tan baja como era posible, pero por desgracia Harry la escuchó. ¡Por el amor de Merlín, tenía el oído de un gato! Tomó una nota mental para recordarlo.

—¡Sí, por supuesto! Encantado de conocerte —dijo Hagrid, su enorme cuerpo poniéndose en pie y caminando pesadamente hacia el lado contrario de McGonagall. El medio gigante no tenía ni idea de quién era, o de cómo Harry se sentía mirándole.

—Gracias, Minerva —, dijo Severus mientras se sentaba; Harry tomó asiento junto a él. Podía sentir lo nervioso que estaba el chico, pero mostraba al mundo una máscara inexpresiva.

—No hay problema —, dijo la mujer, sonriéndoles a modo de bienvenida. Estaba sentada en la silla central, asumiendo oficialmente el puesto de Directora de Hogwarts –para confusión de la mayoría del colegio, había que decir–.

—No anuncies quién es —, susurró Severus.

—Me temo que eso no será posible, Severus —, dijo Minerva, con sus ojos yéndose hacia la mesa de Gryffindor. Casi todos los integrantes de la casa estaban mirándola, hablando en voz baja a sus compañeros antes de que ellos también alzasen la vista, mirando asombrados. La mayoría de ellos estaban tratando ver la frente de Harry en busca de la legendaria cicatriz.

—Maldita sea —, gruñó Severus para sí mismo. Malditos Granger o Weasley, ni siquiera había pensado en ellos –estúpidos Gryffindor del demonio–. Se volvió para fulminarlos con la mirada sólo para descubrir que ya estaban mirando en otra dirección; enarcando una ceja, se encaró con el chico sólo para verle lanzándoles una mirada de odio por su parte. Sí, en lo que respecta a aquello, Harry no necesitaba su ayuda; era más que capaz de lidiar con ello por su cuenta. Con suerte sin usar magia defensiva.

—¿Dónde está la comida? —preguntó Harry, tras haber intimidado con éxito a los estudiantes—. ¿Los elfos domésticos vienen y la sirven a todo el mundo? —Si era verdad, debía haber un número enorme de elfos en Hogwarts; había cientos de estudiantes.

—No, Harry, no lo hacen. Llega mágicamente en boles y bandejas, permitiendo a todo el mundo que se sirva. Abajo en la cocina hay réplicas de cada mesa; en cuanto la comida se coloca en ellas, es transportada mágicamente aquí —, explicó Minerva.

—Oh —, dijo Harry, asintiendo, por supuesto era servida mágicamente; este era un colegio de magia, después de todo.

Minerva hizo tintinear su copa antes de ponerse en pie—. Buenas tardes, estudiantes. Como sabrán, las clases han estado algo agitadas últimamente. A partir de mañana, la rutina de clases volverá a la normalidad. Habrán notado que el Profesor Dumbledore no está entre nosotros. Con gran pesar debo anunciar que el Profesor Dumbledore ya no es el Director de Hogwarts, y que yo he asumido sus responsabilidades como Directora. Si alguien tiene cualquier pregunta, mi puerta siempre está abierta. Ahora, cenemos, ¿de acuerdo? —dijo antes de sentarse, y mientras lo hacía la comida apareció en todas las superficies disponibles. No le prestó mucha atención al cotilleo que los estudiantes estaban llevando a cabo ahora que sabían al menos aquello.

Harry se quedó boquiabierto ante las abarrotadas mesas—. ¿Os coméis todo esto? —preguntó, mirando a toda la comida a su alrededor. Por supuesto, él nunca había estado famélico, robando comida tal y como había hecho, pero jamás había estado realmente lleno.

—No, una gran parte vuelve a las cocinas, pero estoy seguro de que los elfos domésticos le dan un buen uso —, dijo Severus discretamente. Comprendía por qué Harry estaba reaccionando de aquella manera; sólo alguien que hubiese estado hambriento la mayor parte del tiempo tendría ese comportamiento.
—Come —, le ordenó Severus con firmeza, mientras ponía comida en su propio plato. Deseaba que Harry ganase peso y eso requería comidas adecuadas. Recordando la poción de nutrición, buscó en el bolsillo de su túnica y sacó una. Se la tendió sin decir nada. Harry la bebió de un trago, haciendo una mueca de disgusto; realmente odiaba el sabor que tenían. Miró por la mesa pero no encontró zumo de naranja, sólo el horrible zumo de calabaza que no le gustaba.

—Grace —dijo Severus en voz baja.

—¿Sí, señor? —preguntó la elfa doméstica, apareciendo tras la mesa de los profesores y hablando con el susurro más bajo posible.

—Trae una jarra de zumo de naranja —, le indicó Severus, muy consciente del desagrado personal de Harry por el zumo de calabaza.

—¿Qué tiene de malo el zumo de calabaza? —quiso saber Minerva mientras el resto de profesores escuchaban con curiosidad.

—No me gusta, es asqueroso —admitió Harry.

Minerva parpadeó, sin saber qué decir. Aquello era algo nuevo; jamás había conocido a un estudiante al que no le gustase en toda su carrera—. Ya veo —, dijo antes de regresar a su cena.

—¿Por qué siguen mirándome a la cabeza? ¿Tengo algo en ella? —preguntó Harry exasperado, frotándose la cara como si sospechase que tenía una mancha.

—¿No se lo has dicho, Severus? —preguntó Minerva con cautela.

—Por supuesto que lo he hecho —, dijo Severus poniendo los ojos en blanco antes de volverse hacia su sumiso—. Sólo están buscando tu cicatriz, Harry. No ha habido un niño que haya crecido en el mundo mágico que no sepa de ella.

Grace reapareció, tendiéndole a Severus la jarra antes de desaparecer de nuevo. El hombre la colocó entonces sobre la mesa, después de rellenar automáticamente la copa de Harry.

—Eso trae a colación un punto interesante. Creo que yo no la he visto aún —dijo Minerva de manera despreocupada.

—Se desvaneció —, dijo Harry, volviendo a su comida. No era tan buena como su propia comida, pero era bastante buena. Personalmente prefería más condimentos en la suya, y nada estaba muy caliente. Agradecido se bebió la copa entera de zumo de naranja.

—¿Se desvaneció? ¿Cuando eras un niño? —preguntó Minerva, tras probar algo de su maíz.

—No, cuando yo le di algo para ayudarle a eliminar sus cicatrices —, dijo Severus, susurrando lo bastante bajo para que sólo la mujer pudiese escucharle.

—Ah, entiendo —, dijo Minerva asintiendo—. No pensé que desaparecería, al ser debida a magia Oscura.

—¿Magia Oscura? ¿En oposición a qué? —preguntó Harry. Aquello era nuevo; nunca había escuchado acerca de magia denominada 'Oscura' aún.

—Magia Luminosa —, explicó Minerva, como si fuese obvio.

—¿Cuál es la diferencia? —preguntó Harry con curiosidad.

—No hay diferencia —, dijo Severus al mismo tiempo que Minerva respondía—, la magia Oscura está ampliamente considerada como peligrosa.

—¿Por qué? —preguntó Harry. Supuso que realmente no importaba lo que ellos dijesen, él probablemente optaría por el punto de vista de su Dominante. Si alguien conociese a su Dominante como él, sabrían que sus argumentos siempre eran sólidos y lógicos, lo cual quería decir que acabarías pensando que eran tus propias ideas al final.

—Todo el mundo tiene su propia opinión, lo demostraré con más detalle después —, dijo Severus a regañadientes; no quería meterse en una discusión acerca de la magia de la luz contra la magia de la oscuridad ahora.

—De acuerdo —, dijo Harry asintiendo. Empujó la comida por su plato; los guisantes habían estado congelados, podía jurarlo. Al igual que el maíz dulce, de hecho, y la carne ya estaba fría. Normalmente no era quisquilloso con la comida, engullía todo lo que le ponían enfrente… bueno, si no contabas la comida que sus secuestradores le habían llevado. Notaba su estómago más lleno de lo habitual, quizá debido a la poción, ya que normalmente no la tomaba y se ponía a comer inmediatamente. La poción de nutrición se tomaba normalmente una hora antes, cuando comenzaba a preparar su cena.

—¿No te gusta la comida, Harry? —preguntó Minerva.

—Estoy lleno —, dijo Harry.

—No está acostumbrado a comer tres comidas al día aún —, dijo Severus reclinándose en su silla, habiendo terminado su propia comida.

El postre fue servido después, provocando que los ojos de Harry se abriesen como platos; había tanto que elegir. Normalmente no comía postre; en la calle sólo había cogido comida que le llenase. Después, cuando estaba con su Dominante, normalmente no comían nada después de la cena. Si tenía hambre más tarde de noche, tomaba unas cuantas galletas con un café.

—Prueba algunas cosas —, le dijo Severus, animando a Harry a que comiese un poco más.

—Prefiero volver a nuestras habitaciones —, dijo Harry. Estaba harto de que todo el mundo se le quedase mirando. Su Dominante le había advertido de ello, pero no estaba preparado de ninguna manera para aquello.

Estaba acostumbrado a ser ignorado… bueno, aparte de cuando estaba en el club o con sus Dominantes, pero aquello había sido una única persona… no el mar de caras que le observaban con curiosidad a pesar de que él les decía que se fuesen a la mierda con su mirada. Incluso los profesores estaban lanzándole miradas de soslayo de vez en cuando. Más incluso ahora, después de su última frase.

—Vámonos —, dijo Severus, poniéndose en pie inmediatamente; estaba perfectamente al tanto de lo incómodo que estaba Harry, podía sentirlo. Su sumiso venía primero, por encima de su reputación, los estudiantes, la Orden… absolutamente todo—. Te veré en veinte minutos —, le dijo a Minerva.

—Por supuesto —, dijo la Directora, sonriendo con tristeza, comprendiendo. Obviamente era un poco excesivo para Harry. Se acostumbraría a ello, con suerte; no le gustaría que se marchase del colegio.

—¿Ese era Harry Potter? —preguntó Pomona Sprout, con tono ligeramente sorprendido.

—Sí —, dijo Minerva, su voz dura. No iba a ponerse a cotillear como un estudiante, y tampoco animaría a los profesores a que lo hiciesen tampoco. Se dio cuenta de que Pomona había esperando a que Severus y Harry se hubiesen marchado para decir algo… lo cual la divertía enormemente.

—¡Querido Merlín! —dijo Sprout, todavía mirando en dirección a la puerta por la que habían salido. El resto de profesores sólo podían asentir, con sus mentes dando vueltas al 'nuestras' que Harry había dicho, refiriéndose a la situación en la que se encontraban.



Continuará...

¡Hola!

¿Qué tal estáis? ¿Nos habéis echado de menos? Lamentamos mucho la tardanza en traeros un nuevo capítulo, pero desgraciadamente algunas veces la vida muggle no deja mucho tiempo para estas cosas y no hemos podido dedicarnos a la traducción tanto como nos gustaría.

Espero que os gustase el capítulo de hoy. Menudas ideas tiene Ginny, si por ella fuese ya estaría comprando el vestido de novia... tengo ganas de ver su reacción cuando se de cuenta de que con Harry no tiene ninguna posibilidad XD.

¡Muchísimas gracias a: Cristine Malfoy, Reno Alvarez, Kira .Itsuki-san, sachacaro, Tsuruga Lia1412, Fran Ktrin Black, Sara, Coni y LectoraModFantasma por vuestros comentarios!

¡Nos animáis un montón a seguir!

¡Nos vemos en unos días!

¡Cuidaros mucho!

Traducciones. A ver qué sale.