Esta historia no es mía.

Descargo: Los personajes reconocibles de esta historia pertenecen a Rob Tapert y compañía, a RenPics, Studios USA, MCA/Universal y a cualquier otra persona que tenga intereses económicos en Xena, la Princesa Guerrera. Sólo están siendo tomados prestados para usarlos en esta historia. Con esto no se obtiene beneficio económico alguno ni se pretende infringir ningún derecho de autor. Esto es por pura diversión y para mantenerme ocupada sin meterme en líos.


Capítulo I


Gabrielle sintió cómo se le desgarraba el alma cuando el sol se puso y Xena se alejó de ella. Le costaba mucho respirar, pues el dolor la abrumaba, y se obligó a concentrarse en cada bocanada de aire que tomaba. Tan concentrada estaba en conservar un vestigio de control que no detectó su presencia hasta que la pequeña urna negra le fue arrebatada de las manos y su contenido quedó flotando en el Manantial de la Fuerza.

Gabrielle se quedó atónita durante largos segundos... lo suficiente para que Ares murmurara algo que le resultó incomprensible. El dios de la guerra alzó la mirada expectante y frunció el ceño cuando se dio cuenta de que las cosas no estaban saliendo precisamente como estaba planeado. Y eso fue lo único que tuvo tiempo de comprender, porque de repente se encontró con una bardo furiosa y deshecha encima.

—¡ARES! —vociferó Gabrielle, golpeándolo con los puños—. ¿Qué Tártaro estás haciendo? ¡Eso era lo único que me quedaba de ella! ¡Maldito seas, Ares! ¡Maldito seas!

Él la agarró por los brazos que no paraba de mover.

—Tendría que haber funcionado —murmuró lo bastante alto como para que ella lo oyera—. Tendría que haberla traído de vuelta.

Esas palabras no hicieron sino encender su ira de nuevo y lo apartó de un empujón, soltando puñetazos. Él se quedó tan desconcertado por su agresividad que Gabrielle logró alcanzarlo de lleno una o dos veces, hasta que Ares le agarró las muñecas con una manaza y la sujetó con fuerza. Sólo entonces consiguió oír su desolado susurro.

—Eligió dejarme. Eligió renunciar a nuestra vida en común por una mentira. Y tú me has quitado lo único que me quedaba de ella.

No vio cómo echaba el brazo hacia atrás, pero el puñetazo que recibió en la cara fue... magnífico. Y muy doloroso, cosa sorprendente. Le recordó, y eso le dio miedo, el tiempo que había pasado como mortal, y no tenía muchas ganas de volver a pasar nunca más por esa experiencia.

—Escucha, rubita, sólo lo he hecho porque creía que era un favor para los dos, pero ya veo que jamás serías capaz de apreciarlo. El viaje de vuelta a Grecia es largo. A lo mejor consigues mostrar un poco de respeto cuando llegues a casa y entonces podremos hablar de esto racionalmente. Hasta entonces, que te vaya bien.

Desapareció con un resplandor de luz azulada, y Gabrielle pegó un último puñetazo al aire que llenaba el sitio donde había estado.

—¡ARES! —gritó de nuevo, pero se había ido. Se dejó caer al suelo hasta que su mano topó con la pequeña urna. Entonces se levantó a toda prisa y se puso a recoger con frenesí las cenizas del estanque de agua—. Por muy enfadada que esté contigo en estos momentos, Xena, tienes que saber que no quería que pasara una cosa así. Te prometí que te llevaría a casa y lo dije en serio. He intentado no hacerte promesas que no tuviera intención de cumplir. Lástima que tú no puedas decir lo mismo.

Se quedó en silencio unos minutos mientras se concentraba en recoger hasta la última pizca de ceniza que conseguía ver en la fuente con la luz de la luna llena como única iluminación.

Cuando quedó convencida de que había hecho todo lo posible, se irguió con un quejido y cerró la urna con la tapa. Miró a su alrededor en busca de sus cosas y, con un suspiro, envolvió con cuidado la urna para que no se cayeran las cenizas y metió los restos de Xena en el fondo de su zurrón. Entonces emprendió el descenso de la montaña en la oscuridad.


Gabrielle no llegó muy lejos. Lo que más quería era alejarse del lugar donde había perdido a Xena. Incluso pensar en eso le dolía, y se concentró en controlar la respiración, dando gracias distraída por el tiempo que habían pasado juntas meditando. Vio un pequeño afloramiento de rocas y se dirigió hacia allí, dejó su zurrón en el suelo, sacó su manta, se tumbó y cerró los ojos. El puro agotamiento físico se apoderó de ella y se quedó dormida mientras la voz de Ares atormentaba sus sueños... Tendría que haberla traído de vuelta.

Una lágrima solitaria escapó de su párpado cerrado, mientras dormía.


Cuando se hizo de día, Gabrielle se levantó y volvió a cargar con sus cosas. Bajó despacio y sin pausa del Monte Fuji, hasta que llegó a Higuchi. Era la hora de comer cuando llegó, y un comerciante se acercó a ella, se inclinó y le ofreció un cuenco de arroz. Ella intentó rechazarlo cortésmente, pero luego se dio cuenta de que el rechazo ofendería al hombre y aceptó su regalo, saludándolo con la cabeza cuando él no quiso aceptar que le pagara.

Poco a poco se fue dando cuenta de que todos los de la aldea se inclinaban a su paso y la miraban con una mezcla de miedo, reverencia y compasión. Le entraron ganas de echarse a llorar. En cambio, se mordió el labio y buscó a Hoketsu.

Éste no dijo nada, pero la llevó a la casa de baños, percibiendo que no estaba preparada para hablar de lo que había sucedido en la montaña. El hecho de que estuviera sola decía mucho más que unas simples palabras. Esperó hasta que ella asintió con aprobación al ver lo que había preparado y luego se inclinó al salir por la puerta. Gabrielle se desnudó y se metió en la bañera caliente, dejando caer las lágrimas por fin.


Mientras, en los muelles, se había corrido la voz sobre la increíble derrota que la pequeña guerrera rubia había infligido a Yodoshi y el precio inconcebible que había pagado por la victoria. La capitana de uno de los buques atracados salió al muelle y se puso a buscar a Hoketsu. El joven se inclinó cuando la capitana, baja y de pelo canoso, se acercó a él. Hoketsu sentía un respeto absoluto por Katerina von Lihp, aunque la mujer tenía la extrañísima costumbre de vestirse como una pastora, en lugar de cómo la capitana germana que era. Con todo, había demostrado ser amiga de Hoketsu y del pueblo de Higuchi, por lo que pasaban por alto sus idiosincrasias.

—Capitana Lihp, es un placer. ¿En qué te puede servir el pueblo de Higuchi?

—Ah, Hoketsu, amigo mío. ¿Es cierto que Yodoshi ha sido vencido por una pequeña mujer guerrera?

—Sí, sí, pero a costa de un gran precio para ella... para su alma.

La mujer mayor se rascó la cara.

—A lo mejor le ofrezco pasaje hasta casa. Seguro que no querrá quedarse aquí.

—Se está bañando, pero te la traeré si ella quiere, cuando termine.

—Perfecto. Me ocuparé de preparar el barco. La marea se retira al caer el sol y sería bueno que zarpáramos con ella.

Asintiendo, Hoketsu continuó caminando hacia el pequeño mercado y la capitana Lihp regresó a su barco.

Cuando llegó a la tienda que buscaba, Hoketsu entró y se inclinó ante el propietario. El hombre mayor se inclinó a su vez y preguntó con una sonrisa:

—Hoketsu, ¿qué puedo hacer por ti?

—Morimoto, ¿tienes algo que le pueda quedar bien al Pequeño Dragón? Su ropa quedó destrozada en el combate con Yodoshi. Desearía darle otra antes de que nos deje.

—¿Se marcha, pues?

—Me parece que sí. No hay ningún motivo para que se quede y la capitana Lihp le va a ofrecer pasaje de vuelta a Grecia. Creo que lo aceptará.

Morimoto asintió pensativo.

—Creo que puedo encontrar algo para ella. Es del tamaño de las mujeres de aquí. Deja que mire. Le daré lo mejor que tenga.

Hoketsu asintió y Morimoto fue a la trastienda. A los pocos minutos regresó y le ofreció un paquete.

—Hace varias lunas, sentí el impulso de hacer esto —dijo en voz baja—, aunque entonces no comprendí por qué. Ahora sí. Mi regalo para ella.

Hoketsu asintió y aceptó el paquete sin abrirlo. Morimoto era el mejor sastre que conocía, de modo que estaba seguro de que Gabrielle apreciaría la belleza de la obra de arte que hubiera creado.

Cuando se dirigía de vuelta a la casa de baños, prácticamente todos los ciudadanos de Higuchi fueron deteniendo a Hoketsu, deseosos de que le comunicara su agradecimiento a la bardo. Se vio obligado a pedir ayuda para transportar todos los regalos que le daban para ella, y Yama y él tuvieron que pasarse por su casa para dejar primero las cosas. Luego se volvió hacia la joven.

—Yama, ¿quieres llevarle esto a Gabrielle? Necesita ropa nueva, pero no deseo interrumpir la paz de su baño.

—Será un honor, Hoketsu. —Se inclinó y recorrió la corta distancia que había hasta la casa de baños. Cuando llegó a la puerta, se detuvo y escuchó. Al no oír nada, llamó con timidez y esperó a recibir permiso para entrar.

Gabrielle alzó la cabeza y abrió los ojos para mirar malhumorada la puerta a la que habían llamado. Suspiró silenciosamente y dijo:

—Adelante.

Yama entró en la cálida habitación al oír el susurro.

—Para ti, Pequeño Dragón. —Yama dejó el paquete sobre la banqueta donde estaban los andrajos de su traje de samurai y sus escasas pertenencias. La larga espada, la katana y el chakram resultaban muy llamativos—. Morimoto lo ha enviado para ti.

Gabrielle quiso rechazarlo, pero estaba demasiado cansada y demasiado afligida para que le importara de verdad. En cambio, asintió y cerró los ojos de nuevo. Yama sonrió dulcemente y salió inclinándose, cerrando los ojos por la angustia que había visto en los de la bardo.

Gabrielle se quedó sentada un poco más en la bañera hasta que por fin cogió el paño y la barra de jabón y se lavó, deseando con todo su corazón poder hacer lo mismo con sus recuerdos. Cuando terminó, salió del agua, se cubrió con la toalla y se acercó a inspeccionar el paquete envuelto en papel de arroz.

Desató el nudo del cordel y el papel se abrió para revelar... era otro traje de samurai, pero éste era de un azul intenso que le recordaba a... Se le cortó la respiración y cerró los ojos luchando contra el dolor. Gabrielle se puso los pantalones, que se ciñó cómodamente con el cinturón, y luego cogió la túnica. Se quedó mirando asombrada el bordado de un dragón que había detrás, un duplicado exacto del que ahora llevaba ella. Era plateado y dorado, rojo y verde, y se maravilló distraída por el intrincado detalle de su creación antes de ponérselo y colocarse las armas.

Dobló la toalla pulcramente, se puso las sandalias, salió de la casa de baños y se dirigió a los muelles.


Hoketsu vio que Gabrielle se iba y se acercó para caminar a su lado. Ella se volvió hacia él y lo miró interrogante, pero no dijo nada.

—He acordado una forma de que vuelvas al continente, si deseas regresar. No me ha parecido que quieras quedarte aquí más tiempo del necesario.

Gabrielle asintió, aceptando lo que decía, y le hizo un gesto para que la guiara.

Cuando llegaron al barco de la capitana Lihp, Hoketsu cruzó la plancha y le hizo un gesto a Gabrielle para que se uniera a él en la cubierta. Ella caminó por la plancha con la agilidad de un gato y aterrizó con un saltito sobre las tablas de teca. La capitana se apartó de su contramaestre y se acercó para saludarlos.

—Bienvenida a bordo. Hoketsu me ha dicho que te gustaría salir de Japa. Me encantaría llevarte donde quieras ir. —Gabrielle observó el cuidado barco y a la tripulación, no muy variopinta, y asintió—. ¿Tienes prisa por regresar a Grecia o te gustaría acompañarnos? Tengo varios puertos donde puedo detenerme si no tienes prisa.

Gabrielle asintió de nuevo y tanto la capitana como Hoketsu empezaron a preguntarse si se había quedado sin voz en la cima de la montaña. Sin embargo, Lihp no era sino una mujer decidida, de modo que continuó.

—Perfecto. Entonces Shanghai será nuestra primera escala. —No vio el brillo especulativo que iluminó los mortecinos ojos verdes—. Ahora ven —insistió—. Deja que te enseñe tu camarote.

Gabrielle se volvió hacia Hoketsu y lo abrazó. Él la abrazó a su vez con delicadeza, pues sabía que bajo la solidez de su cuerpo había una fragilidad a punto de quebrarse.

—Gracias —susurró antes de que ella lo soltara y se apartara para seguir a la capitana bajo cubierta. Esperó un poco más y luego se dio la vuelta y bajó de nuevo por la plancha hasta el muelle. Cuando sus pies tocaron tierra firme de nuevo, Hoketsu se volvió y miró el barco por última vez, elevando una oración a sus dioses por la seguridad del alma de Gabrielle.


Lihp bajó por un tramo de escaleras y se detuvo ante una de las pocas puertas que había en el corredor. Luego se volvió a Gabrielle con rostro serio.

—No llevamos muchos pasajeros, por lo que tu camarote no es grande. Sí que los llevamos con suficiente frecuencia para haber dejado este espacio libre con ese fin, y está limpio. Eso es lo mejor que se puede decir de él. Eres libre de moverte por todo el barco y si necesitas cualquier cosa, sólo tienes que pedirlo.

Gabrielle asintió indicando que lo entendía y la capitana abrió la puerta, echándose a un lado para que pudiera pasar. Miró a su alrededor. Katerina no había mentido: el espacio era muy reducido, pero estaba limpio y era adecuado para sus necesidades. Gabrielle lo aprobó asintiendo.

—¡Perfecto! La buena gente de Higuchi quería asegurarse de que tuvieras lo necesario para tu viaje, de modo que te han dejado provisiones. Casi todas las cosas están aquí, en tu camarote. El resto está en la zona de almacenaje de la bodega hasta que decidas dejarnos. —Esperó una respuesta, pero cuando no la hubo, suspiró en silencio y continuó—. Ahora, si me disculpas, vamos a zarpar.

Gabrielle asintió de nuevo y le dio la espalda para despedirla, acercándose al pequeño ojo de buey para abrirlo y dejar entrar el aire fresco. Oyó cómo se cerraba la puerta y los pasos de la capitana que se iban apagando, y entonces se le hundieron los hombros y se dejó caer en el pequeño camastro colocado sobre una plataforma.

Nadie oyó su llanto silencioso.


Las tres semanas siguientes transcurrieron sin grandes cambios en las costumbres de la tripulación del barco ni en las de su pasajera. Gabrielle no había dicho una sola palabra desde que puso pie en el barco y la tripulación había aprendido rápidamente a mantenerse lejos de ella. Se pasaba varias marcas al día entrenando con la katana y los sais, aunque el chakram nunca se movía de su cadera. Se le fue poniendo el cuerpo flaco y duro al tiempo que sus ojos se volvían más mortecinos y apagados.

El resto de las marcas que pasaba despierta, Gabrielle se dedicaba a contemplar el mar o a meditar. Cuanto más se alargaba el viaje, más a menudo se entregaba a la meditación. Descubrió que así se le calmaba lo que amenazaba con convertirse en una rabia abrumadora. Sus ganas de atacar a todo el que se le pusiera por delante a veces le provocaba una oleada de calor por las venas. Descubrió que con la meditación podía controlarlo.

Curiosamente, la meditación y el entrenamiento hacían maravillas también con su tendencia al mareo. Aunque no estaba feliz y contenta de volver a estar en un barco y a pesar de que su apetito era mínimo, en este viaje sólo sentía una leve molestia, comparado con viajes anteriores.

Por fin, en la mañana del vigésimo segundo día, el vigía gritó "¡Tierra a la vista!" y el barco no tardó en dirigirse a los muelles una vez hubo entrado en el puerto de Shanghai. Gabrielle fue abajo para recoger sus pocas pertenencias. Salvo por la ropa de samurai y algo de fruta fresca que había compartido con la tripulación, no había tocado nada procedente de Higuchi. Notó que el barco atracaba y soltó un suspiro inconsciente de alivio.

Cuando se dirigía a cubierta, la capitana la llamó.

—Pequeño Dragón, espera. Por favor.

Gabrielle se detuvo, hurgando en su zurrón. Encontró lo que buscaba y le ofreció a Katerina su bolsita. Lihp se echó hacia atrás como si fuera una serpiente.

—¡NO! —dijo con vehemencia—. Tu dinero no sirve con nosotros, Pequeño Dragón. La gente de Higuchi tenía una deuda contigo y así es como han decidido pagarla.

Los ojos verdes la observaron y Katerina se esforzó por reprimir un escalofrío al ver lo muertos que estaban. Por fin, Gabrielle asintió y volvió a meter la bolsita en su zurrón. La capitana asintió a su vez y soltó aliento aliviada.

—¡Bien! ¡Bien! Ahora, ¿qué hacemos con todas tus cosas, eh? —Gabrielle arrugó confusa la frente y Katerina se apresuró a explicar—. Los regalos que tenemos almacenados en la bodega.

Gabrielle hizo un gesto negativo con la cabeza y se encogió de hombros. Luego alargó la mano y estrechó un momento el brazo de Katerina antes de volverse y bajar por la plancha.

La capitana Lihp se quedó mirándola hasta que desapareció y entonces murmuró para sí misma:

—Que los dioses te protejan, Gabrielle de Potedaia. Te veremos en Grecia. —Luego volvió a su barco y a sus asuntos.


Shanghai era un puerto muy animado, lleno de comerciantes, marineros y proveedores de todo tipo de cosas. Gabrielle apenas lo notaba y no se daba cuenta de que la gente se apartaba de su camino. No advertía los susurros cuando la gente se fijaba en su traje de samurai. Sus sentidos estaban alerta, pero estaban concentrados en el peligro, no en los susurros y en el espacio que se le daba por respeto.

Salió de la calle principal, buscando una posada tranquila con baño. Lo primero que de verdad le llamó la atención fue el olor dulzón a opio, y vaciló ante la puerta un buen rato. Gabrielle se acordaba bien de lo que le había contado Xena sobre su primera experiencia en Chin, aunque nunca le había contado gran cosa de esa parte de su vida. Xena sí le había dicho la razón por la que no le gustaba usar ninguna clase de narcótico para calmar el dolor.

Ahora Gabrielle se encontraba planteándose muy en serio la necesidad de perderse como había perdido a Xena. De rellenar el vacío que le había dejado la muerte de Xena con una dulce alegría, aunque sólo fuera por un rato. Puso la mano en la puerta y la abrió ligeramente, dejando escapar el dulzón aroma del opio. Luego dejó que se cerrara al tiempo que se le hundían los hombros y se daba la vuelta para seguir avanzando por la calle.

—No. Conservaré los recuerdos y el dolor. Es lo único que me queda.


Gabrielle encontró lo que buscaba en las afueras de la ciudad. El hacha de doble hoja que colgaba cerca de la puerta le recordó a las amazonas, y supo que esa noche estaría a salvo. Se le ocurrió pensar de pasada que tendría que ir a ver a sus hermanas si vivía lo suficiente. Regresaría a Grecia... hacía mucho tiempo que le había prometido a Xena que la llevaría de vuelta con su hermano. Pero Gabrielle no tenía ningún plan definido más allá de llevar los restos de Xena a Anfípolis. Después de eso...

Con un suspiro, abrió la puerta, agradecida por el silencio relativo después del mercado. Fue al mostrador, hurgó en su bolsita y sacó una moneda de oro. La depositó en el mostrador delante de la propietaria y enarcó una ceja. Agradeció en silencio la preparación recibida gracias a Xena cuando la mujer se puso a hablar en chino a toda velocidad.

—Por eso... cena, baño, cama, desayuno y provisiones para el camino. —Gabrielle asintió y cogió la jarra de cerveza que apareció ante ella—. Todo el mundo me llama Ling —se presentó la mujer—. Ven, te voy a llevar a tu habitación.

Gabrielle se cargó el zurrón al hombro y cogió la jarra. Luego siguió a Ling por el pequeño pasillo. Abrió una puerta y Gabrielle advirtió que se trataba de una habitación limpia y austera. Asintió satisfecha y dejó sus cosas. Ling cruzó el pasillo y abrió otra puerta. Dentro había una bañera enorme, parecida a la que Gabrielle había usado en Higuchi. Salvo que en esta había otras mujeres. Todas se volvieron para mirar y Gabrielle aguantó las miradas con estoicismo.

Ling se volvió hacia ella y preguntó:

—¿Quieres bañarte ahora? Te lavaré la ropa, samurai... sin cobrarte.

Gabrielle entró en la estancia y se quitó la ropa, esta vez muy consciente de los susurros que corrían detrás de ella. Una exclamación colectiva se escapó de los labios de las presentes cuando su espalda desnuda quedó al descubierto. Cuando se dio la vuelta, advirtió que todas las mujeres se habían trasladado al otro extremo de la bañera. Encogiéndose de hombros por dentro, se acercó a la bañera.

Ling le entregó un paño y una toalla.

—Se han apartado como muestra de respeto, Pequeño Dragón. Las mujeres guerreras son muy poco comunes aquí, y jamás vemos samurais. —Le ofreció una pastilla de jabón.

A Gabrielle se le habían dilatado los ojos cuando Ling la llamó por su apodo, pero cogió el jabón y se dispuso a quitarse del cuerpo los días pasados en el mar. Cuando terminó, se levantó, se envolvió en la toalla y salió de la habitación. Nadie había dicho una palabra mientras estuvo allí y ahora el murmullo bajo de voces sonaba como un enjambre de abejas furiosas.

La cena consistió en arroz con verduras y una jarra de vino que Gabrielle descubrió sobre la mesa baja cuando entró en su habitación. Comió, gratamente sorprendida por la mezcla de sabores. Luego se quedó profundamente dormida, sin soñar.

Era tarde cuando se despertó, y sólo porque Ling estaba llamando a la puerta. Gabrielle se envolvió en la sábana y se frotó los ojos para despejárselos mientras se levantaba. Se pasó la mano por el pelo y luego abrió la puerta.

Ling le entregó una bandeja y un paquete. Gabrielle notó por el tacto que era su ropa y se inclinó ligeramente para darle las gracias. Luego cerró la puerta y empezó a prepararse para viajar.


Ling le había dado un pequeño mapa, y Gabrielle había decidido seguir el río Yangtsé mientras buscaba a Eva. Sabía que podía tardar un tiempo en dar con Eva, pero pensó que cuando empezara a oír el mensaje de Eli, la mensajera no andaría muy lejos.

Poco después de mediodía, Gabrielle se vio detenida por un pequeño grupo de hombres que le exigía un pago por usar el camino. La antigua Gabrielle, que era una habilidosa bardo y negociadora, habría intentado salir de la situación a base de hablar. La nueva Gabrielle ni se lo pensó, y en un abrir y cerrar de ojos tenía la katana en una mano y el chakram en la otra.

Los hombres se echaron a reír, asombrados por la osadía de la mujer que tenían delante. Sin saber que los comprendía perfectamente, y no sólo por los crudos gestos con los que le habían exigido el pago, un hombre le comentó a otro lo que iba a hacer para darle una lección a esta mujer descarada.

Cuando sus palabras apenas habían terminado de salir de su boca, su cabeza cayó al suelo. Su cuerpo permaneció erguido uno o dos segundos más hasta que se desplomó. En el silencio que siguió, los cinco hombres restantes valoraron la situación y a la guerrera solitaria. Decidiendo que no podría con todos a la vez, la atacaron con entusiasmo, intentando enterrarla bajo su peso.

Gabrielle movió la katana hacia delante y de lado, regodeándose en el dulce olor cobrizo de la sangre que cayó sobre su piel, casi toda al descubierto, y se lamió el especiado sabor salado de los labios. Se había vuelto a poner su vestimenta de terciopelo rojo al partir de la posada y ahora se alegraba de ello... por distintas razones.

Con la mano izquierda blandió el chakram trazando un amplio arco y alcanzó en la garganta al tercer hombre. Éste soltó su último aliento con un gorgoteo.

Los tres hombres que quedaban miraron a Gabrielle como si estuviera poseída por los demonios e intentaron retroceder. Gabrielle sintió que la sed de sangre cantaba en sus venas y sonrió.

—¿Algún problema, chicos? ¿Es que una sola mujer es un poquito excesivo para vosotros? —dijo con un susurro que les provocó escalofríos por la espalda.

No entendían sus palabras, pero la intención estaba clara. Antes de que pudieran decidir si iban a luchar o huir, Gabrielle cayó sobre ellos, liberando el dolor y la rabia que sentía. No tardó mucho y al final, seis chinos yacían muertos y la guerrera cubierta de sangre limpió sus armas y reemprendió su viaje.


Cuando se hizo de noche, Gabrielle empezó a buscar un sitio donde acampar. Se había topado con otros dos grupos de salteadores, y cada encuentro había terminado de la misma manera. Quería sentir tristeza por esas muertes innecesarias, pero lo único que lograba sentir era satisfacción. Curiosamente, no tenía mucha hambre, aunque no había comido.

Encogiéndose de hombros, encontró un lugar tranquilo alejado del camino y cerca de una charca. Comprobó el agua y cuando se convenció de que no estaba estancada, se quitó la ropa y se metió para lavarse.

Tardó unos minutos en quitarse la sangre de encima, pero lo hizo con indiferencia, luego cogió su ropa de terciopelo rojo y la lavó bien. Salió del agua y se estremeció un poco por la ligera brisa. Sacó una camisa de su zurrón y se la puso, luego colgó su ropa de los matorrales cercanos para que se secara. Gabrielle encendió una pequeña hoguera, agradeciendo el calor más que la luz. Calentó agua para hacerse té y se envolvió en las pieles de dormir, sin percatarse siquiera del momento en que pasó de la vigilia al sueño.

Los siguientes días marcaron el inicio de una rutina que continuaría durante las siguientes lunas. Gabrielle se levantaba temprano y comía, luego seguía avanzando por el camino del río. Algunos días, se encontraba con bandidos y se sentía curiosamente repleta después de acabar con cada banda. Otros días los pasaba en los pequeños pueblos o aldeas que cruzaba, ayudando donde podía... construyendo un establo, cuidando de los enfermos, reconstruyendo después de un ataque. Cosas sencillas que le recordaban que seguía viva y que siempre había gente necesitada de ayuda.

Poco a poco, los días se transformaron en semanas y las semanas se convirtieron en una luna y luego en dos. Por fin, tras casi tres lunas de viaje por las tierras de Chin, Gabrielle acabó convencida de que Eva no estaba en el país. Había llegado a las montañas sin encontrar rastro alguno del mensaje o la mensajera.

Estudiando el mapa, Gabrielle se dio cuenta de que la India estaba al otro lado de la cordillera, y decidió que estaba harta de Chin. De modo que se preparó e hizo acopio de provisiones para cruzar las montañas y entrar en la India.


Fue un arduo viaje, pero Gabrielle agradecía el esfuerzo. Tenía que estar totalmente concentrada, y eso era especialmente bueno cuando su sed de sangre volvía por sus fueros. Apenas tenía tiempo de preguntarse a qué se debía, y mucho menos de satisfacerla. El frío y la sed no tardaron en apoderarse de ella y cuando entró en un mundo que parecía un producto de su locura, se entregó a él.


Al abrir los ojos por primera vez, Gabrielle estaba convencida de que había pasado a los Campos Elíseos. En lugar del viento frío y lacerante y el azote doloroso de la nieve que se esperaba, la temperatura era agradable y el clima templado. Parpadeando, se dio cuenta de que estaba en una habitación y en una cama blanda. Se incorporó y advirtió por primera vez que estaba limpia y desnuda. Eso no le preocupó, pero sí que le despertó la curiosidad, de modo que Gabrielle se envolvió en la sábana y fue a la ventana. La abrió y se quedó contemplando... sus ojos verdes parpadearon varias veces. La hierba era exuberante y verde y las flores restallaban de fragancia y color. Había gente bien vestida que paseaba por un mercado lleno de toda clase de cosas interesantes.

Gabrielle arrugó confusa la frente. No recordaba que en los Campos hubiera un mercado. Un golpe en la puerta la sacó de sus reflexiones.

Una cabeza llena de rizos asomó por la puerta tras la segunda llamada, y por un momento Gabrielle creyó que era Ephiny. Sacudió la cabeza intentando quitarse la confusión de encima al tiempo que le hacía un gesto a la mujer para que entrara.

—Hola, joven —la saludó la alegre voz—. Bienvenida a Shangri La.

Gabrielle volvió a arrugar el entrecejo. El nombre le sonaba mucho, pero no sabía de qué. ¿Era un mito que había oído? ¿Un cuento de viajeros? Se encogió de hombros mentalmente. Ya se acordaría. Solía hacerlo. Gabrielle volvió a prestar atención a la mujer.

—...Manassa, así que dime si te puedo ayudar, ¿de acuerdo, querida? —Sin esperar respuesta, Manassa continuó—. Aquí tienes tu ropa. Está limpia y arreglada. —Gabrielle fue a coger su monedero—. Oh, es gratis, querida. Podemos hacer cuentas más tarde. ¿Tienes hambre?

Gabrielle se lo pensó y asintió.

—Bien, te dejo para que te vistas y luego nos ocuparemos de darte de comer. —La mujer se fue antes de que Gabrielle tuviera oportunidad de darse cuenta de que se había ido.


Los siguientes días transcurrieron algo confusos para Gabrielle. La gente había hecho que se sintiera muy bien acogida, sin esperar más de ella que lo que ofrecía. Aquí había una relajación, una paz, que impregnaba toda la vida, y Gabrielle descubrió que una parte de sí misma deseaba poder quedarse y disfrutar de ella. La mayor parte de sí misma se estaba poniendo cada vez más nerviosa, intentando controlar una necesidad que aún no comprendía.

En la mañana del noveno día después de su llegada a la pequeña aldea, Gabrielle recogió sus cosas. Sabía que tenía que marcharse antes de que el fuego que tenía en la sangre se manifestara físicamente. Manassa la miró con gran tristeza.

—Espero que encuentres la paz, joven guerrera —dijo suavemente al tiempo que aceptaba una pequeña cantidad de dinero de Gabrielle. Habían discutido sobre esto... Gabrielle con movimientos silenciosos y duros, Manassa con palabras tranquilas y sencillas. Habían llegado a un acuerdo aceptable para las dos y ahora Gabrielle estaba ansiosa por marcharse de la pequeña aldea antes de descargar su rabia sobre las personas inocentes que vivían allí.

Gabrielle asintió agradeciendo sus palabras y de repente se echó hacia delante para rozar con los labios la mejilla de Manassa. Luego salió por la puerta sin mirar atrás y se dirigió a la cordillera del sur y a la India, que estaba al otro lado.


Una vez más, el frío tremendo acabó con todos los pensamientos y la concentración que tenía y lo último que pensó Gabrielle antes de sucumbir fue que jamás le comunicaría a Eva la muerte de Xena.


Cuando se despertó esta vez, fue por el aroma familiar del curry y con un firme colchón de paja bajo el cuerpo. Se incorporó y miró a su alrededor, con la esperanza de descubrir algo que le indicara dónde estaba, preguntándose si su anterior experiencia había sido producto de la imaginación de una loca.

Sus movimientos alertaron al joven que la cuidaba y que asintió a la joven que estaba en la habitación con él antes de darle una taza e indicarle que bebiera. Luego habló en el suave idioma hindú que Gabrielle reconoció por sus viajes de veintiséis ciclos antes.

—Descansa, Guerrera del Dragón. Hemos llamado a la mensajera.

Gabrielle se relajó, con la esperanza de que la parte difícil de su viaje estuviera casi terminada. Se sumió en un sueño ligero y no se despertó cuando Eva entró en la habitación. A Eva se le llenaron los ojos de lágrimas al ver su palidez y su delgadez casi esquelética, pues sabía que la soledad de Gabrielle sólo podía querer decir una cosa. Eva asintió dando las gracias al joven y éste lo tomó por la despedida que era. Luego Eva se sentó en una silla junto a la cama de Gabrielle y esperó a que se despertara de nuevo.