Esta historia no es mía.
Descargo: Los personajes reconocibles de esta historia pertenecen a Rob Tapert y compañía, a RenPics, Studios USA, MCA/Universal y a cualquier otra persona que tenga intereses económicos en Xena, la Princesa Guerrera. Sólo están siendo tomados prestados para usarlos en esta historia. Con esto no se obtiene beneficio económico alguno ni se pretende infringir ningún derecho de autor. Esto es por pura diversión y para mantenerme ocupada sin meterme en líos.
Capítulo II
Poco a poco, más despacio de lo que se esperaba, Gabrielle notó que subía de nuevo hacia la luz, y se sintió a la vez ansiosa y temerosa de despertar. Estaba bastante segura de que la otra persona que estaba en la habitación con ella era Eva, y ahora que de verdad tenía que decirle lo de su madre, Gabrielle sintió que las lágrimas que no había derramado desde hacía tres lunas empezaban a manar.
Eva percibió la angustia de Gabrielle y se arrodilló al lado de la cama. No habló, sino que se limitó a sujetar la mano de alguien que podría haber sido otra madre para ella si el destino las hubiera tratado a todas de una forma un poco distinta. Se preguntó si Gabrielle la consideraría una amiga.
Las cosas siempre habían estado un poco tensas e incómodas entre ellas, aunque habían intentado superarlo por el amor que las dos sentían por Xena. Ahora era ese amor lo que las uniría o las separaría para siempre.
Gabrielle sintió que Eva le cogía la mano, y la tierna bondad del gesto la hizo llorar aún más. Se hizo un ovillo, y a Eva se le llenaron los ojos de lágrimas de compasión. Sin pensárselo, cogió a la pequeña mujer en sus brazos y la estrechó con fuerza hasta que Gabrielle dejó de temblar.
Eva besó ligeramente el pelo rubio y luego depositó a Gabrielle a su lado y cogió las manos callosas con las suyas, más suaves. Reconoció los callos producidos por las armas y cerró los ojos. Sólo una cosa la habría llevado a elegir una espada, después de tanto tiempo, pensó Eva con seriedad.
—Gabrielle —dijo suavemente, sin comprender el estremecimiento que recorrió el cuerpo de la otra mujer al oír su nombre. Gabrielle cerró los ojos e intentó recuperar el equilibrio—. Gabrielle, sé que has venido para decirme que mi madre ha muerto... ¿verdad? Es la única razón que se me ocurre para explicar que estés aquí sola.
Gabrielle asintió con la cabeza, incapaz durante largos segundos de mirar a los ojos azules que le recordaban cuánto había perdido.
—¿Me puedes decir qué pasó? —Eva se detuvo, al ver con suma claridad la agonía que había en los ojos verdes que por fin se encontraron con los suyos—. Sé... sé que la querías, Gabrielle, más que a nada en el mundo, igual que ella te quería a ti. —Gabrielle se estremeció visiblemente, pero Eva continuó—. Si las cosas hubieran sido distintas, habríamos sido una familia. Yo la quería, porque era mi madre, y sabía que ella también me quería. Y la echaré de menos, pero más por lo que podría haber sido que por lo que fue.
Gabrielle comprendió lo que estaba diciendo Eva. Era casi lo que se esperaba, dado el poco tiempo que madre e hija habían pasado juntas antes de que Eva emprendiera su viaje a Oriente. Se habían unido y hasta se habían hecho amigas, pero su pena no era la pérdida abrumadora de un alma gemela con la que vivía Gabrielle.
Gabrielle se quedó callada tanto tiempo que Eva se sintió obligada a hablar.
—Gabrielle, no puedo ni imaginarme cómo te sientes, pero estoy aquí si necesitas hablar. Aunque por ahora, me gustaría que bebieras esto y descansaras un poco. —Le pasó una taza a Gabrielle—. Podemos continuar hablando más tarde.
Gabrielle obedeció sin protestar y fue entonces cuando Eva se dio cuenta de qué era lo que le parecía tan raro... aparte de lo evidente. Gabrielle aún no había dicho una palabra.
Eva esperó pacientemente a que Gabrielle se terminara la poción que le había dejado el sanador y luego se sentó a su lado hasta que notó que la pequeña guerrera se sumía en un profundo sueño. Entonces se levantó y fue a su propia habitación, cerrando la puerta antes de llamar a la amiga divina de Gabrielle.
—Afrodita, diosa del amor y amiga de mi madre y Gabrielle, te ruego que me concedas una audiencia.
—¡Hola, chati! ¿Qué hay?
Eva se apartó de la ventana y miró a la diosa que ahora estaba plantada en un círculo de pétalos de rosa con su ligerísimo atuendo rosa. Dita sonrió y sacudió su melena rizada.
—¡Hola, Eva! Cuánto tiempo sin hablar. ¿Todavía estás con el rollo ese del Dios único?
—¡Hola, Afrodita! Sí, sigo en ello, así que gracias por venir.
—¡Qué pena! —La diosa se dejó caer en la cama de Eva y frunció el ceño con aire de suprema incomodidad—. ¡Uuuh! ¡Qué horror! —Chasqueó los dedos y al instante se encontró en su cómodo diván—. Ah, mucho mejor —suspiró—. Bueno, ¿qué pasa para que me llames a mí en vez de a Eli? —preguntó con seriedad.
—Te he pedido que vengas por Gabrielle. Una vez me dijo que eras su amiga.
Ahora Eva tenía toda la atención de Dita.
—Me gustaría pensar que lo sigo siendo.
Eva se sentó en el diván al lado de la diosa y la miró directamente a los ojos.
—Bien. Entonces puedes decirme qué le pasó a mi madre y por qué Gabrielle ya no habla.
A Afrodita se le dilataron los ojos.
—¿Cómo que qué le pasó a...? —Se le apagó la voz y se quedó contemplando el vacío—. Eso explicaría por qué Ares... —murmuró por lo bajo y luego cogió a Eva de la mano—. Vamos, nena. Tenemos cosas que hacer.
—Ah... pero... Afr... —Pero eso fue todo lo que logró decir cuando las dos desaparecieron con un estallido de chispas.
Su última visita al Olimpo había sido un desastre de tal calibre que Eva no se sintió muy relajada cuando se dio cuenta de dónde estaban. Afrodita se percató bien rápido.
—Tranqui, nena. —Había tristeza en sus ojos antes de posarlos en Eva—. No vamos a ir a la sala de audiencias. Ninguno de nosotros ha estado allí desde...
Eva puso la mano con delicadeza en el brazo de Dita y la miró con compasión.
—Afrodita, lo siento. Lo que ocurrió...
—Lo que les ocurrió fue culpa suya totalmente. Ares y yo intentamos advertírselo... intentamos detenerlos, pero no nos hicieron ni caso. Pagaron al máximo por su arrogancia. A lo mejor algún día lo pillan. —Eva la miró confusa, pero Dita continuó—. Éste es mi cuenco de las visiones. —Indicó el objeto—. Podemos ver nosotras mismas qué es lo que le ha pasado. —Miró a Eva—. ¿Sabes cuándo sucedió?
Eva hizo un gesto negativo con la cabeza.
—No, pero tiene que haber sido hace un par de lunas o así. No es más que músculos y huesos. Y tiene las manos callosas, como si llevara un tiempo luchando.
—Bueno, pues te aseguro que no ocurrió por aquí, porque si no, yo lo habría visto. Deja que enganche este trasto a la red divina mundial. Así podremos buscarla en cualquier parte y en cualquier momento.
Dita hizo unos ajustes y movió varias cosas, pasando la mirada de la parte trasera del cuenco de las visiones a la pared donde se reflejaba la imagen.
—Eva, tú echa un ojo a la imagen, ¿quieres, chata? No tengo que hacer esto muy a menudo y nunca me acuerdo... —La diosa del amor se agachó en la parte de detrás, murmurando por lo bajo.
—¡Alto! —gritó Eva, haciendo que Afrodita se chocara con la pared. Levantó la cabeza para mirar malhumorada a Eva—. Lo siento, pero así está perfecto.
Dita se apartó del cuenco, frotándose la cabeza con delicadeza al tiempo que se trasladaba a la cama para sentarse. Agitó una mano, apareció una bandeja y sirvió una copa de vino para cada una.
—Bueno, ¿hasta dónde crees que deberíamos retroceder?
—Mm, Afrodita, ¿no deberíamos empezar primero por el aquí y ahora?
—¡Oh, qué tonta! —Miró a su alrededor y luego cogió la cajita que estaba en la mesilla de noche. La apuntó hacia el cuenco de las visiones, pero no pasó nada. Dita la miró de cerca y luego apuntó de nuevo—. ¡Pero qué mal rollo! Nunca dejes que un hombre enrede con los juguetes, nena, sobre todo si es un dios. Después nunca funcionan bien. —Le dio unos golpecitos con la mano y se sintió muy satisfecha cuando la imagen pasó a Gabrielle, y luego se quedó espantada al ver el estado en el que se encontraba su amiga—. Oh, pero... ¿Gabrielle?
A Afrodita se le llenaron los ojos de lágrimas y alzó la mano para taparse la boca.
—Oh, Gabrielle —dijo en voz baja—. A ver qué podemos hacer. —Miró a Eva—. ¿Dos lunas, has dicho?
Eva asintió.
—Al menos, eso creo. Lo que le ha pasado es algo que requiere tiempo.
—Muy bien, eso sería... —apuntó la cajita y Eva vio un torbellino de imágenes que iban pasando hacia atrás—, ...como por aquí. —Dita pulsó la cajita, pero no ocurrió nada. Pulsó dos veces más y siguió sin ocurrir nada. Irritada, le dio un buen golpe y las imágenes empezaron a proyectarse hacia delante a cámara lenta.
—Mm, Afrodita, no quiero poner en duda tus métodos, pero ¿por qué no agitas las manos o chasqueas los dedos o algo así? ¿No sería más fácil?
—Sí, pero las instrucciones sobre el uso de la red divina mundial dicen que se use la caja, y eso hago. —La sacudió y la imagen recuperó la velocidad normal. Entonces casi deseó que no fuera así. Gabrielle estaba rodeada de bandidos y, sin embargo, los abatía a mandobles con la misma indiferencia que si hubieran sido matorrales. Dita carraspeó—. Tal vez deberíamos buscarlas a Xena y a ella juntas.
Las imágenes volvieron a retroceder a toda velocidad y Dita se perdió el momento final en el Monte Fuji. En cambio, las vio en la casa de té, en el momento en que Xena le enseñaba el pinzamiento a Gabrielle.
—Para —dijo Eva en voz baja—. Esto es importante.
De modo que se quedaron mirando, experimentando en directo el horror de Gabrielle. Cuando llegaron a lo del cuerpo decapitado de Xena, Eva susurró:
—Basta, por favor.
Atónita, Dita obedeció. Desconectó el cuenco de las visiones y la red divina mundial introdujo un marcador donde lo habían dejado, hecho que resultaría crucial con el paso del tiempo.
Eva tenía la cara bañada en lágrimas cuando miró a Afrodita.
—Dios mío... qué espanto. No me extraña que Gabrielle esté prácticamente destrozada por esto. Yo casi no conocía a mi madre y me siento como si me estuvieran arrancando las tripas. Lo eran todo la una para la otra.
—Xena se lo ha montado super de pena —comentó Afrodita a la ligera, secándose las lágrimas de los ojos—. Va a tener que superpagar por este mal rollo —murmuró—. Volvamos con Gabrielle. Tengo algo que puede que la ayude hasta que consiga encontrar una solución para esta movida tan cutre.
Desaparecieron, dejando tan sólo un rastro de pétalos de rosa tras ellas.
Gabrielle se despertó al notar unos dedos suaves que le acariciaban el pelo, y por largos instantes se perdió en los recuerdos que le traía esa sensación. Entonces se dio cuenta de que la caricia no era la auténtica y la realidad volvió a estrellarse sobre ella. Abrió los ojos y vio lágrimas en los ojos azules que la miraban.
—¿Cómo vas, peque? —preguntó Afrodita suavemente. Interrumpió las caricias cuando Gabrielle se incorporó, pero dejó la mano sobre el brazo musculoso. Tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no encogerse al ver los cambios evidentes que la muerte de Xena le había supuesto a su amiga—. Lo siento, Gabrielle. Acabo de enterarme, si no habría venido antes.
Gabrielle no contestó ni lloró, pero le echó a la diosa los brazos al cuello y la abrazó con todas sus fuerzas. Dita dio gracias por un intante a su inmortalidad: de lo contrario, la fuerza del abrazo habría resultado dolorosa.
Gabrielle estuvo aferrada a ella largo rato y ninguna de las dos se enteró cuando Eva salió por la puerta para dejarlas a solas. Por fin, se separaron y Afrodita colocó dos dedos bajo la barbilla de Gabrielle, obligándola a alzar los ojos verdes para que miraran a los suyos. Esta vez sí se encogió y cerró los ojos un momento cuando la profundidad del dolor de Gabrielle se encontró con su mirada.
—Tengo un regalo total para ti —dijo la diosa alegremente, pero Gabrielle notó el esfuerzo que hacía Dita para mantener la fachada. Alzó una mano temblorosa hasta la cara de Dita y sonrió desolada. Dos lágrimas se derramaron de los ojos de Afrodita y cayeron inadvertidas a la cama. La diosa alargó la mano y en ella apareció un anillo. Se lo ofreció a Gabrielle—. He visto un poco de lo que te ha traído hasta aquí. Me gustaría que llevaras esto. Es mi talismán... te señalará como elegida mía y te dará protección mientras viajas. —Observó el rostro de Gabrielle atentamente y Gabrielle le quitó despacio el anillo de los dedos. Miró interrogante a Dita y la diosa contestó—: Hasta ahora nunca lo habías necesitado.
Gabrielle meneó la cabeza e intentó devolvérselo. Las manos de Afrodita cerraron la de Gabrielle sobre el anillo.
—Por favor. Tienes que dejar que te ayude. ¡Esto está mal y necesito tiempo para encontrar las respuestas!
La bardo nunca había visto a Dita tan tajante ni tan turbada. Miró largamente a la diosa a los ojos y por fin halló la respuesta que buscaba. Entonces asintió aceptando.
Afrodita sonrió.
—Gracias, chati. Bueno, ¿quieres un viaje supertotal de vuelta a Grecia o...?
Se interrumpió y Gabrielle tardó un momento en adaptarse y darse cuenta de que Dita había vuelto a su actitud típica para hacer frente a las cosas con menos seriedad. Ella lo entendía mejor que la mayoría. Afrodita ocultaba la profundidad de sus sentimientos y su inteligencia tras la fachada de rubia descerebrada. Gabrielle hizo un gesto negativo con la cabeza y Afrodita asintió comprensivamente.
—¡Chachi! Yo tengo que investigar unas cosas, así que tú quédate aquí en plan tranqui con Eva o lo que quieras y nos vemos pronto en Grecia, ¿vale?
Gabrielle asintió de nuevo, casi segura de que había entendido lo que había dicho Dita. El tiempo lo diría.
—¡No te quites el anillo, nena! ¡Nos vemos! —Y la diosa desapareció con una lluvia de pétalos.
Gabrielle cogió uno y lo frotó entre los dedos, meneando la cabeza con una sonrisa. Se puso el anillo en el dedo corazón y luego cambió de postura, frunciendo el ceño cuando algo duro se le incrustó en la delicada carne de la pierna. Levantó la mirada al oír que llamaban a la puerta y luego volvió a concentrarse en el camastro, palpando con las manos para descubrir qué era lo que la estaba pinchando.
Sus manos dieron con los objetos justo cuando se abrió la puerta y cerró el puño a su alrededor y posó la mirada en Eva, que asomaba la cabeza titubeante. Se quedaron mirándose largos instantes y por fin Eva rompió el cuadro y se acercó a Gabrielle. No se sentó en la cama, sino que se arrodilló en el suelo a los pies de Gabrielle.
Se contempló las manos que tenía en el regazo y luego miró a Gabrielle a los ojos.
—Sé lo que pasó —dijo suavemente—. Por lo menos en parte. Pero me gustaría que me contaras toda la historia. ¿Crees que podrías...?
Gabrielle se quedó mirándola, con los puños apretados por los recuerdos, y luego bajó la vista, los abrió y cayó en la cuenta de qué era lo que la había estado molestando. Lágrimas de Afrodita, pensó, contemplando los dos grandes diamantes que ahora tenía en la mano. Miró de nuevo a Eva, cuyo rostro había adoptado una expresión paciente y comprensiva. Merece saber toda la verdad, decidió Gabrielle. Asintió con la cabeza.
Eva se incorporó de rodillas y rozó la mejilla de Gabrielle con los labios.
—Gracias. Te dejo para que te vistas y luego ¿tal vez querrás cenar conmigo? —Esperó a que Gabrielle asintiera—. El baño está ahí al lado, si prefieres darte un baño caliente primero. —Vio una levísima chispa en los ojos de Gabrielle—. Vendré a buscarte dentro de media marca o así, ¿te parece bien?
—Gracias, Eva.
No hubo sonido alguno, pero eran las primeras palabras formadas por los labios de Gabrielle desde la muerte de Xena. Era un pasito ínfimo, pero era un paso en la dirección adecuada.
Gabrielle pasó una luna casi completa con Eva. Fue mucho más tiempo del que había planeado quedarse, pero descubrió que el relato de la historia de Xena le resultaba tan extenuante que Eva sólo le permitía susurrar partes breves de la historia antes de mandarla a descansar y recuperarse.
Gabrielle pasaba gran parte de su tiempo libre con Eva meditando o entrenando. Intentaba seguir un horario que no molestara a las demás personas que había en el recinto, pero había muchas ocasiones en que Eva se despertaba en mitad de la noche y encontraba a Gabrielle en el patio, moviendo la katana con precisión mortífera.
Al cabo de once noches seguidas en la misma tónica, Eva decidió tomar medidas. Como sabía que Gabrielle dormía poco y comía menos, Eva decidió apoyarse en sus propios puntos fuertes para asegurarse de que Gabrielle obtenía por fin el descanso que tan desesperadamente necesitaba.
Esa mañana, Gabrielle había llegado a la parte de su historia donde encontraba el cuerpo decapitado de Xena, y se había marchado de repente de la habitación con la cara bañada en ardientes lágrimas de rabia. Eva no intentó buscarla inmediatamente, pues estaba reviviendo la horrible visión que la atormentaba desde que la había visto con Afrodita. Sólo podía imaginarse hasta qué punto serían más intensos los sentimientos de Gabrielle, que había vivido de verdad ese momento traumático.
En cambio, Eva fue a su habitación y buscó respuestas mediante la oración y la meditación. Se le apareció Eli y estuvieron hablando varias marcas, hasta que Eva se sintió preparada para tomar las medidas necesarias para ayudar a Gabrielle. Eli la bendijo y la instó a descansar, cosa que hizo, hasta que cayó la noche. Entonces cogió la espada que le había dejado Eli y salió al patio a esperar la llegada de Gabrielle.
Gabrielle no la decepcionó. En el momento en que la luna alcanzaba su cenit, salió de las sombras de su puerta y se adentró hasta el centro de la blanda extensión de hierba. La katana emitió apenas un susurro al abandonar su vaina y al instante Gabrielle estalló en un violento frenesí de movimientos.
Eva observaba desde las sombras y esperaba pacientemente, eligiendo con cuidado el momento preciso para entrar en la refriega. Gabrielle ni siquiera parpadeó cuando su enemigo imaginario se transformó en un ser humano viviente ante sus ojos. Se limitó a aumentar la intensidad y sus ojos se iluminaron con un brillo feroz.
Eva se estremeció al ver la expresión conocida pero olvidada que se apoderaba de los ojos de Gabrielle, y supo entonces que este combate era bien real. Eva apeló a una faceta de su ser que no veía la luz desde hacía mucho tiempo y notó que la parte de sí misma que era Livia respondía al desafío de Gabrielle.
El combate prosiguió durante varias marcas, y sólo porque Eva estaba en mejores condiciones físicas consiguió por fin dejar inconsciente a Gabrielle en el suelo. Ella misma descansó un buen rato y luego se apartó el pelo empapado en sudor de los ojos y se levantó con las piernas temblorosas.
Inesperadamente, Eli apareció ante ella y se arrodilló para coger a Gabrielle en brazos. Eva recogió la katana y lo siguió hasta la habitación de Gabrielle.
Gabrielle estuvo dos días durmiendo mientras Eva observaba y esperaba. Cuando se despertó por la mañana del tercer día, fue como si hubiera doblado una esquina. Comió decentemente y aunque seguía sin hablar, salvo para reanudar en un susurro la historia de Xena que le estaba contando a Eva, paseó un poco por los jardines y luego regresó para dormir más.
Eva consiguió entrenar un poco más con ella, pero no tardó en darse cuenta de que había tenido mucha suerte de que Gabrielle hubiera estado agotada aquella primera noche. La habilidad de Gabrielle había superado a la suya, y la única razón de que no acabara sangrando o muerta era porque Gabrielle desviaba las estocadas mortales. Pero sí que acabó con unas buenas contusiones.
Cuando ya llevaba allí tres cuartos de luna, el relato terminó y Gabrielle se sintió preparada para seguir adelante. Todavía estaba resuelta a llevar los restos de Xena a Anfípolis, pero ahora agradecía todo el tiempo que había pasado con Eva. La incomodidad había desaparecido y habían forjado una amistad que las dos iban a cuidar a pesar de la distancia.
Gabrielle guardó sus cosas en su zurrón y se lo colgó del hombro y luego salió en busca de Eva. Ésta la esperaba en la cocina del recinto.
—Gracias por estar aquí, Gabrielle, y por compartir esa historia conmigo. Sé que no ha sido fácil, pero creo que las dos necesitábamos oírla. —La bardo no contestó y Eva continuó—: Ven —dijo, cogiendo una gran bolsa—. Tengo una cosa para ti.
Gabrielle siguió a Eva por la puerta hasta los establos. Allí había un caballo que le recordaba tanto a Guapo que casi se echó a llorar. Se volvió para posar en Eva los pasmados ojos verdes. La mensajera se encogió de hombros.
—Llegó por su cuenta justo antes que tú. No se marchaba y tampoco dejaba que lo montara nadie. Después de nuestro combate del otro día, no ha dejado de mirarte. Creo que ha venido en tu busca.
Gabrielle se acercó al caballo, que la saludó casi con cariño. Volvió con Eva y alargó los brazos, dejándose abrazar al mismo tiempo.
—Gracias —susurró Gabrielle al oído de la mujer más alta—. Por todo.
—Cuídate, Gabrielle. Te quiero.
La respuesta de Gabrielle fue otro breve abrazo, luego volvió con el caballo y se montó en él. Chasqueó la lengua, apretó las piernas y Guapo salió del recinto. Gabrielle se detuvo en la entrada, se volvió y saludó a Eva agitando la mano. Luego se alejó por el camino sin mirar atrás.
Afrodita, mientras, había regresado al Olimpo para encontrar algunas respuestas. Lo primero que hizo fue observar toda la trágica historia de principio a fin. Entonces averiguó lo que había llevado a Xena y a Gabrielle hasta Japa y retrocedió e investigó un poco sobre Akemi. Lo que descubrió la enfureció, y emprendió un rápido viaje para visitar a sus equivalentes asiáticos.
Dita explicó su problema, y descubrieron que Xena no estaba en su inframundo. Decidieron que Akemi debía ser castigada por su engaño y Dita se dio por satisfecha al saber que se haría toda la justicia posible. Aunque no estaba segura de que Gabrielle fuera a estar de acuerdo, sobre todo porque Xena parecía haber desaparecido por completo.
La diosa del amor regresó al Olimpo y se lanzó a buscar a otros dioses. Primero fue en busca de Hades.
—¡HADES! —Esperó un segundo y luego vociferó de nuevo—: ¡Tío Hades! —Apareció en los dominios de Hades, pero a él no se lo veía por ninguna parte. Se enredó las manos en el pelo y abrió la boca, pero la detuvo una voz suave que sonó detrás de ella.
—No está aquí, Dita. Ahora pasa el tiempo en Roma como Plutón. Ya lo sabes.
—Hola, Perséfone. ¿Qué haces aquí?
Perséfone se encogió de hombros.
—Regreso de vez en cuando para comprobar que las cosas van bien por aquí. No podemos volver al Olimpo, al menos por un tiempo, pero para mí esto siempre será mi hogar más que Roma. Hades juzga ahora a las almas griegas y romanas desde Roma, y no está muy contento con la sobrecarga de trabajo que tiene.
—¿Crees que podría concederme un momento? Tengo un problema.
—Dita, nos encantaría que vinieras a vivir a Roma. Te echamos de menos.
Afrodita sonrió con tristeza.
—Yo también os echo de menos, pero alguien se tiene que quedar aquí a vigilar las cosas. Además, detesto Roma. Me paso por allí de vez en cuando, pero no puedo quedarme mucho tiempo. No es mi casa.
—Oh, chati, eso es como supercierto.
Dita soltó una risita al oír lo que acababa de salir de boca de su modosa prima.
—Ten cuidado, Sefi. Que te van a acusar de tener tendencias superrubias totales.
Las dos se echaron a reír.
—Venga, Dita. Vamos a ver a Hades.
—¿No es Plutón?
—Bueno, lo que sea.
La estancia resonó con su risa cuando desaparecieron con un remolino de chispas y pétalos.
—Psss... Ha... mm, digo, Plutón. ¿Puedo hablar contigo en privado un momento? —preguntó Perséfone en voz baja. El dios del inframundo asintió y se alzó.
—El juicio se reanudará dentro de una marca —dijo, y se metió en la zona que era su vivienda privada. Cogió a su esposa entre sus brazos y la besó hasta que los arrullos y risitas de Afrodita los obligaron a separarse, sonrojados.
—Hola, Afrodita.
—Hola, tío. Qué pareja tan rica hacéis. Un auténtico anuncio ambulante de la conexión amorosa.
—Ejem, sí. Bueno, aunque me alegro mucho de verte por aquí, estoy seguro de que no has venido a hablar de nuestra vida amorosa. ¿En qué puedo ayudarte?
Afrodita se puso seria al instante.
—Tío, ¿has visto a Xena?
—¿Cómo que si he visto a Xena? —preguntó Hades sin saber a qué se refería—. No ha pasado por aquí para ser juzgada, si es eso lo que preguntas.
Dita suspiró y se le hundieron un poco los hombros.
—Vale, gracias. Supongo que tendré que seguir buscando.
—¿Buscando? —Hades se calló cuando Perséfone le puso una mano en el brazo.
—Luego te lo explico. —Se volvió hacia Dita—. ¿Te puedes quedar un poco?
—Ojalá pudiera. Voy a ver si averiguo qué ha pasado aquí y ya volveré para haceros una visita más larga. Si os enteráis de algo, decídmelo, ¿vale? —Desapareció antes de que pudieran decir una palabra.
A continuación, probó con Odín, quien, aunque no era amigo de Xena, prometió comunicárselo a Dita si la guerrera pasaba por su reino. Bajó incluso hasta Egipto y tuvo una conversación con Isis. Por fin, tras haber cubierto todas las bases que se le ocurrieron, Dita regresó al Olimpo y fue a hablar con Ares.
Gabrielle reanudó su viaje hacia el oeste y cruzó despacio los desiertos y las llanuras de Cachemira, Mesopotamia, Persia y Asiria, en dirección al Mar Mediterráneo.
Había descubierto que el anillo que le había dado Afrodita le dificultaba el manejo de las armas, de modo que se lo quitó y lo guardó en su zurrón junto con las cenizas de Xena.
Casi de inmediato, notó un cambio en su conducta, pero atribuyó el aumento de sus sentidos y de su cautela al hecho de estar sola en el camino. Su primer encuentro con unos bandidos la dejó con el corazón acelerado y la sangre en ebullición. Y acabó con siete hombres masacrados a sus pies.
Tras varias experiencias más, cada una de las cuales hacía arder su sed de sangre más que la anterior, encontró una tranquila posada donde pudo descansar y recuperar el equilibrio perdido. Gabrielle pasó un día casi entero meditando hasta que por fin se acordó del anillo y lo sacó de su zurrón. Se lo puso en el dedo y sintió literalmente que la sangre se le calmaba y se posaba. Se sentó, reanudó la meditación y consiguió concentrarse hasta tal punto que logró centrarse de nuevo.
Gabrielle reconoció de mala gana que iba a tener que adaptar su técnica de combate para poder llevar el anillo. Fuera cual fuese la protección que le ofrecía, iba a impedir que perdiera el control y la cabeza antes de llegar a casa.
Los días se convirtieron en lunas y por fin Gabrielle llegó al Mar Mediterráneo. Había tomado la decisión de cruzar hasta Grecia en barco. No le apetecía mucho, pero era la forma más rápida de llegar hasta allí. Y más que nada, Gabrielle estaba lista para volver a casa.
—¡ARES! ¡Ares! ¿Dónde estás? —Dita estaba plantada en medio de uno de los templos griegos que le quedaban al dios y pegó una patada en el suelo con impaciencia. Pensaba que su hermano tendría por lo menos algunas de las respuestas que necesitaba.
Apareció con menos efectos teatrales de los que solía emplear.
—¿Qué pasa, Dita? Estaba en medio de una escaramuza en la frontera romana. —Intentó parecer enfadado, pero ella captó el cansancio y la profunda tristeza que había detrás de su pregunta.
Lo cogió de la mano.
—Ven, hermano. Tenemos que hablar.
Afrodita los trasladó a su salón del Olimpo y preparó una bandeja de golosinas y una frasca de vino.
—¿Quieres contarme la verdad, Ares? Sé que tú has tenido algo que ver con la desaparición de Xena. ¿Sabes dónde está?
Se le hundieron los hombros, pero no contestó inmediatamente. Ella se acurrucó a su lado y le cogió las manos. Luego lo miró a los ojos y habló con un tono más suave.
—Vamos, hermano. Cuéntamelo. Ya sé que ser a la vez un dios griego y romano es agotador. Yo también tengo que hacerlo, ¿recuerdas? En ese sentido, el resto de la familia salió bien librada. El Crepúsculo llegó a Grecia y Xena los "mató" para que el concepto del Dios único pudiera arraigar. Ellos se fueron a Roma y nosotros... bueno, qué pena que nadie salvo nosotros comprenda la verdad de todo ello, ¿eh?
Eso consiguió arrancarle una leve sonrisa.
—Sí.
—Así que cuéntamelo, ¿eh? No quedamos muchos en Grecia y tenemos que hacer piña. Sobre todo tú y yo. —Lo empujó con el hombro—. Eso lo averiguamos muy a nuestro pesar, ¿verdad?
Ares se estremeció por los recuerdos que le vinieron al oír la pregunta. Carraspeó.
—Ya lo creo. No fue una de las experiencias más agradables de mi larga vida.
Dita sonrió.
—Estabas muy mono de granjero.
Él intentó fulminarla con la mirada, lo intentó de verdad, pero la sonrisa de ella y el brillo pícaro de sus ojos eran irresistibles.
—¡Mmf! —fue lo único que dijo, pero sirvió una copa de vino para cada uno y Dita puso la bandeja en una mesa cercana.
—Ponte cómoda, hermana. Esto es un poco difícil de explicar.
